Literatura y formación en valores

"Visiones del Quijote" de Octavio Ocampo.

“Visiones del Quijote” de Octavio Ocampo.

Sin lugar a dudas, el principal objetivo de la literatura es conmover o producir un efecto estético en el lector. Algunos autores prefieren decir que su propósito es entretener y otros, que su deseo es comunicar una experiencia personal o expresar una obsesión interior.

Sea como fuere, la literatura es un arte capaz de conmover, apasionar y poner en movimiento la sensibilidad de un lector. Pero, también la literatura pone en circulación unos valores, un conjunto de actitudes o comportamientos relacionados con el ser o el convivir. En la medida en que son un producto cultural, las obras literarias participan y recrean los valores de determinada sociedad. A veces, para describirlos o exaltarlos y, otras, para criticarlos o verles sus mecanismos ocultos.

No obstante, la literatura no opera como una cartilla de moral o un código de buenas conductas. Su proceder es indirecto, sutil; usando la sugerencia, la ambigüedad, el humor o la ironía. O recurriendo al símbolo con su capacidad de evocación y potencial analógico. La literatura muestra, pero no demuestra; presenta unos valores pero sin que por ello anhele adoctrinar o catequizar.

Digo lo anterior porque a veces los educadores, en su afán de la formación ética de los alumnos, descuidan o dejan de lado la dimensión estética de las obras literarias. Hasta pueden llegar a instrumentalizar la literatura para tipificar –de manera simplista– un listado axiológico fijado en el proyecto educativo de la institución donde laboran. No digo con ello que la lectura de las obras literarias no contribuya a la formación de los estudiantes. Claro que sí. Pero no es un asunto inmediato y mecánico. La literatura reclama que los lectores descifren sus claves (siempre plurales, diversas) y así logren sacar el mayor provecho de sus páginas. Por eso es fundamental que los maestros ayuden a sus estudiantes a ver las relaciones entre los personajes, la genealogía de los conflictos, las transformaciones de una conducta, la complejidad de determinada situación literaria. Lo peor que le puede pasar a la literatura y a la formación ética es emplear las obras literarias como si fueran artefactos de un solo uso, o artilugios para un único fin.

Creo que la literatura, desde la perspectiva de una didáctica de los valores, ofrece motivos para el diálogo, para la discusión en clase. El trabajo del maestro, entonces, es propiciar el discernimiento, la argumentación, el análisis crítico. Esos temas recurrentes expresados por la literatura deben ser explorados en sus diversos niveles de significación, mostrando siempre el haz y el envés de un hecho; ayudando con preguntas intencionadas a que los alumnos clarifiquen valores y descubran los dilemas morales cuando entra en juego la libertad o el relacionarse con sus semejantes.

Por lo mismo, el maestro debe ser cuidadoso y perspicaz al momento de elegir las obras que va a trabajar en clase. Ojalá seleccione obras literarias lo suficientemente ricas, en su elaboración y contenido, que posibiliten apreciar la cara poliédrica de la realidad o las infinitas máscaras de las personas. En muchas ocasiones, obras literarias acusadas de presentar antivalores, pueden ser un excelente recurso para contrarrestar el obcecado moralismo de ciertos docentes o la inmaculada concepción de los seres humanos que tienen algunas instituciones educativas.

De otra parte, y eso es bueno recordarlo, los valores no se enseñan y menos se aprenden como otra asignatura. Requieren de tiempo y de un contexto adecuado; implican la participación del núcleo familiar y la sociedad; traen consigo la necesaria creación de hábitos. En consecuencia, mal haríamos en suponer que la lectura de una obra literaria sea suficiente para enseñar determinado valor. Quizá la literatura, al presentar situaciones y acontecimientos en donde se viven y debaten valores, sirva de piedra de toque para que los estudiantes “tomen conciencia” o dimensionen imaginariamente las consecuencias de una determinada actitud o decisión. Es probable que a través de esos ejemplos ficticios se espolee el nervio moral de los alumnos y se vayan acendrando ciertos comportamientos o se talle discretamente un carácter. Es factible que la escuela –en sentido amplio– logre con esas obras literarias crear un repertorio de “ejemplos” lo suficientemente luminoso como para irradiar en el futuro el actuar ético de los alumnos. Pero eso es apenas una posibilidad y se requiere, por lo demás, la concurrencia de otros factores y otros actores si se quiere garantizar una genuina formación moral de las nuevas generaciones.

Recalquemos en nuestra idea inicial: la literatura es un arte de la palabra cuyo principal fin es sensibilizar a los lectores sobre la variada y compleja condición humana. Una forma creativa del lenguaje mediante la cual se  reconfigura la realidad al tiempo que se promueve el desarrollo de la fantasía y la imaginación de sus potenciales lectores. Tengamos bien presente esta finalidad estética de la literatura cuando la usemos con propósitos didácticos o cuando hagamos de ella un recurso para la formación en valores.

La poesía vuelve a la escuela

Ilustración de Nicoletta Ceccoli.

Ilustración de Nicoletta Ceccoli.

Creo que la oferta poética que circulaba en los textos escolares, de hace por lo menos cuarenta o cincuenta años, era mayor que la de ahora. Más rica, más acorde a las edades de los estudiantes, más pensada en términos formativos, y altamente valorada por los maestros. Por lo demás, la práctica de aprender los poemas de memoria, era una forma de hacer que los estudiantes guardaran un ritmo particular del lenguaje, un repertorio de situaciones o experiencias ajenas a partir del cual era posible comparar o contrastar la propia vida. En suma: la poesía era de esos asuntos que involucraba a toda la escuela.

Lo que sucede hoy, y eso se evidencia a partir de investigaciones tanto de los planes de formación como de la práctica docente, es que la poesía ha ido perdiendo valor e importancia. Apenas se retoman algunos textos de los poetas “consagrados”, pero más para cumplir con los lineamientos oficiales que como una genuina convicción del maestro. Se alega que a los alumnos no les gusta ese tipo de textos y, desde allí, se pasa al silenciamiento de la poesía o a darle un trato de cosa vieja y pasada de moda. Con muy contadas excepciones, la poesía hoy no convoca a la escuela, no es un punto vertebral de su agenda formativa.

Sin embargo, el contacto, la lectura y el trabajo frecuente con la poesía en la escuela, es importante por las siguientes razones: a) porque es una forma particular de acercarnos a la realidad; otro tipo de conocimiento, b) porque es una modalidad de lenguaje en el que las imágenes, los símbolos, se convierten en otra manera de completar nuestros alfabetismos, c) porque además de mostrarnos un lenguaje medido y preciso, es un medio de educar nuestra sensibilidad y d) porque es un testimonio o una modalidad expresiva para dar cuenta de la compleja condición humana.

Por supuesto, para subsanar este abandono, una primera estrategia didáctica tiene que ver con la lectura habitual de poesía en los diversos escenarios de la escuela. Leerla, en principio, para disfrutarla, para ir acostumbrando a nuestros alumnos a esos ritmos, a ese lenguaje, a esas comparaciones. La lectura de poesía implica, además, un cambio de práctica: del poema recitado, al poema entonado. Esta primera estrategia es para el profesor. Él es el directo responsable y no necesariamente supone una actividad posterior de los alumnos, y menos una calificación. Es tomarse unos minutos para que los alumnos se habitúen a escuchar esta otra música.

Un segundo nivel o un grado mayor de contacto con la poesía es el de involucrar a  nuestros alumnos con el comentario del texto poético. Pero no se trata sólo de indagar por el gusto o el impacto. Es más bien una tarea de hacerla legible, de dar pistas no siempre evidentes, de ir de línea en línea sin perder el conjunto, de indagar en los ritmos o en las imágenes del poema… Aunque puede hacerse, por supuesto, de manera oral, el comentario es una oportunidad para poner al estudiante en relación con la escritura. El comentario de textos es una lectura que combina el explicar y el comprender. Un ejercicio de exégesis, de genuina hermenéutica.

También puede ser muy útil enseñarles a nuestros alumnos lo propio del pensamiento relacional, que sigue siendo una de las materias primas para elaborar y leer la poesía. Este tipo de pensamiento, cuyo mejor ejemplo es la analogía, es un pensar de múltiples aristas, un pensar abierto, plural; un pensamiento que a pesar de las diferencias entre los seres y las cosas es capaz de encontrar entre ellas variadas semejanzas. Un pensamiento que, por eso mismo, es menos dogmático, menos sectario, menos intransigente. El pensamiento relacional es el germen de lo simbólico, el lubricante del interculturalismo y de lo trascendente.

De otra parte, la lectura de poesía puede ser una cartilla para que los más jóvenes empiecen a leer el abecedario de los sentimientos y las pasiones. Que tengan otro discurso diferente al de la sociedad de consumo; un lenguaje que les permita confrontar el simplismo y el esquematismo de la cultura light del espectáculo. Es urgente que hablemos en clase, por ejemplo, de cómo nace, se desarrolla y cambia el amor. Y también hablar del desamor, de esa otra dimensión que el mundo frívolo de hoy desea ocultar o ridiculizar. Leyendo poesía podemos mostrar  la complejidad de los sentimientos, con el fin de no banalizarlos o convertirlos en idealizaciones de telenovela.

Concluyamos afirmando que la poesía es un refugio para el alma; un murmullo sonoro capaz de aconsejarnos en circunstancias esenciales o determinantes de nuestra vida. Puede que al inicio los estudiantes la perciban innecesaria. Pero los maestros sabemos que fomentar el gusto y la lectura de poesía es una semilla que da sus mejores frutos en el tiempo futuro, cuando sean las dificultades o la desesperanza las que obstaculicen el camino. Vale la pena tener una reserva de poemas, conservar esa caja de primeros auxilios cerca a nuestros haberes más queridos. 

Aprender el arte de perder

Pintura de Oswaldo Guayasamin.

Pintura de Oswaldo Guayasamin.

Un arte
Elizabeth Bishop
 
No es difícil dominar el arte de perder:
tantas cosas parecen llenas del propósito de ser perdidas,
que su pérdida no es ningún desastre.
 
Perder alguna cosa cada día. Aceptar aturdirse por la pérdida
de las llaves de la puerta, de la hora malgastada.
No es difícil dominar el arte de perder.
 
Después practicar perder más lejos y más rápido:
los lugares, y los nombres, y dónde pretendías
viajar. Nada de todo esto te traerá desastre alguno.
 
He perdido el reloj de mi madre. Y, ¡mira!, voy por la última
–quizá por la penúltima– de tres casas amadas.
No es difícil dominar el arte de perder.
 
He perdido dos ciudades, las dos preciosas. Y, más vastos,
poseí algunos reinos, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue ningún desastre.
 
Incluso habiéndote perdido a ti (tu voz bromeando, un gesto
que amo) no habré mentido. Por supuesto,
no es difícil dominar el arte de perder, por más que a veces
pueda parecernos (¡escríbelo!) un desastre.

 

Son más las voces y los textos que nos hablan hoy del ganar, del atesorar, del perdurar y del enriquecernos, que aquellos otros enfocados en reflexionar sobre las pérdidas y las derrotas. Es en esta última perspectiva donde se ubica el poema “Un arte” de la poetisa norteamericana Elizabeth Bishop. Un texto profundamente meditativo, centrado más en el aprendizaje de las pérdidas que en la algarabía de los que pregonan el éxito fácil y el triunfo a cualquier precio.

Mirado en conjunto, el poema de Bishop nos invita a ir en un crescendo, de lo nimio a lo más grande: desde los objetos banales hasta las estimadas posesiones; después, aprender a perder las reliquias atesoradas, los ambientes amados, las ciudades queridas… Y luego, lo más difícil, aprender a perder a las personas, a los seres que hemos amado. Así, aunque parezca difícil de aceptar, debemos ir aprendiendo el arte de perder. La poetisa considera que tal proceso es un arte, entre otras cosas, porque se va aprendiendo poco a poco. No es un aprendizaje que se dé de un momento a otro en nuestra vida; hay que ir asimilándolo día a día, con experiencia, con sabiduría.

¿Y por qué estas pérdidas no son un desastre? ¿Por qué Elizabeth Bishop nos dice que debemos escribirlo? Porque olvidamos que además de piel y músculos, de nervios y sangre, estamos hechos de tiempo. Somos seres de memoria y de costumbres. Dada esa condición, tenemos la capacidad para adaptarnos a las nuevas circunstancias; quizá buena parte de nuestra sobrevivencia como especie se deba a esa vocación para la adaptabilidad. Es normal, por lo mismo, que nos acostumbremos a un ambiente, a determinados objetos, a ciertas personas; pero, de igual modo, nos vamos acostumbrando también a su ausencia o a su pérdida. Porque además tenemos la facultad del olvido, esa otra manera de “aprender a perder”. Tal vez sepamos estas cosas, pero cuando enfrentamos la pérdida de algo o de alguien, nos obstinamos en no aceptarlo. La vida sigue adelante, esa es una lección para repetirnos cada vez que perdamos alguna de nuestras posesiones más queridas.

De otra parte, está nuestra terquedad por el apego. Ese es uno de los grandes inconvenientes para aceptar las pérdidas en nuestra vida. El apego, debemos tenerlo presente, es una de las causas profundas de nuestros sufrimientos. El apego es la no aceptación de que las cosas cambian, de que las personas crecen, de que la vida evoluciona. El apego es nuestra terquedad por mantener inalterables la siempre dinámica y sinuosa vida. Nos hemos creído, o lo hemos aceptado cándidamente, que todo debe permanecer inmodificable, que nuestros cuerpos no pueden envejecer, que siempre seremos jóvenes, que nunca se agotará el dinero en nuestras arcas. Nos hemos apegado tanto a los bienes materiales y a las personas que para donde miremos usamos el ojo paralizante de Medusa. Allí, en esa dependencia del apego, hay otra razón para que sea difícil el aprendizaje de perder.

Es innegable que echaremos de menos a algunas personas cuando ya no estén con nosotros; por momentos, sentiremos pesadumbre al perder un empleo al que estábamos acostumbrados o una posesión por la que luchamos arduamente; padeceremos oleadas de incisiva rememoración por épocas o momentos pretéritos que nos fueron altamente significativos, pero eso será por un tiempo y “no será ningún desastre”. Otras personas ocuparán el puesto que nosotros teníamos; nuevos proyectos y nuevos ideales desplegarán sus alas; inéditas tierras reclamarán el tesón y la valentía de jóvenes descubridores. Así ha sido siempre a lo largo de nuestra humanidad. También es esa la manera como la vida avanza y crece y fructifica. Si nos quedáramos paralizados por el rostro de la Gorgona de la conservación eterna, sólo tendríamos a nuestro alrededor un museo de cosas y personas muertas.

Realista y sincero el poema de Elizabeth Bishop del cual hemos hablado. Realista porque nos advierte que no somos irremplazables ni inmortales. La finitud y el olvido también están en nuestros genes. Y sincero porque, usando ese tono de fraterna compañía, nos ofrece un consejo esencial sobre nuestra condición humana: hay que aprender a perder porque, de otra manera, no seguiríamos adelante. Las pérdidas, si así lo hemos comprendido, son el lastre que debemos liberar si es que ansiamos continuar ascendiendo en el globo de nuestra existencia.

(De mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, Kimpres, Bogotá, 2012, pp. 71-76).

Sobre la envidia

"La envidia", según el grabador holandés Jacob Matham.

“La envidia”, según el grabador holandés Jacob Matham.

El corazón del envidioso tiene las características de los dientes de los roedores: su rencor crece a medida en que va desgastándose.

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El que cultiva envidias cosecha recelos y almacena semillas de odio.

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La codicia del envidioso se consume, como las llamas, en su propio resentimiento.

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La envidia es un padecimiento: un anhelo que termina por doler en el propio cuerpo.

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Donde los demás ven aliados, los envidiosos perciben rivales.

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Schopenhauer consideraba que la envidia era un enemigo de nuestra felicidad. Eso es cierto. La envidia nos quita la posibilidad de disfrutar lo que tenemos por andar mirando en otros lo que nos falta.

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La envidia es el lado cortante de la admiración.

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La envidia es una forma de resentimiento. Una rabia contra los demás por una ofensa fraguada sólo en nuestra imaginación.

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La envidia es una forma de egoísmo. No toleramos que nadie más tenga o sea como nosotros.

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El envidioso es un esclavo de lo que apetece. Un servil dependiente de aquello que detesta.

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El envidioso sufre por exceso o por defecto. Algo le falta o algo le sobra. El envidioso padece la inconformidad caprichosa de los niños.

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El envidioso es un celoso obsesivo: Imagina rivales en todas partes.

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El espejo ha sido un objeto socorrido para simbolizar la envida. Quizá porque en el fondo el envidioso no sea sino un ser ensimismado luchando con su propio reflejo.

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La envidia es una variedad de la disnea: se vive suspirando permanentemente por lo que no se tiene.

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La envidia, como ciertos isópteros, va carcomiendo el alma. El corazón del envidioso termina hueco sin que él se dé cuenta.

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La envidia es un monstruo que anda dormido en nuestro interior. La ostentación y la vanagloria lo despiertan.

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La envidia tiene algo de fuerza demoníaca o posesión inexplicable que, a pesar la persona, se apodera de su voluntad y su pensamiento. Por algo María Zambrano la llamó “el mal sagrado”.

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El envidioso es un ladrón en potencia: sufre del deseo intenso de obtener lo ajeno.

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A Jesús no lo mataron por la expulsión de los vendedores del Templo sino por envidia. Muchos fariseos esperaban en el fondo de su corazón ser el Mesías.

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La envidia es una forma de autofagia. El envidioso termina devorándose a sí mismo.

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Los envidiosos concitan para propagar la animadversión o el descrédito hacia aquel que descuella, triunfa o sobresale. Así ha sido siempre: lo común envidia a lo excepcional.

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Cierta forma de envidia se siente en los dientes. Es como si el bien ajeno nos destemplara el alma.

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¿Por qué ese tiene lo que yo no tengo?, se pregunta enconado el envidioso. ¿Por qué me da pesar saberlo?, vuelve y se interroga entristecido.

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El envidioso padece de la vista. No puede ver a los demás sino con la mirada torcida de la malevolencia.

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Hay personas más inclinadas a la envidia. Aquellos que nunca están satisfechos ni con lo que son ni con lo que tienen.

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Las críticas del envidioso son dardos de una alta precisión. Obvio, parten de identificar en los demás aquellos asuntos que él no posee.

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La tarea del envidioso consiste en magnificar detalles o minimizar prestigios.

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El envidioso usa el “pero” como una forma de ver en las obras de su colega primero la mancha antes que el logro.

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Luzbel, que era soberbio, es un envidioso encarnizado. Y su mayor maldad es tentar al ser humano para que caiga al igual que él. Luzbel busca que el hombre pierda el paraíso de su terrena felicidad.

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La bala que el envidioso apunta sobre el envidiado tiene como diana su propia cabeza.

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La emulación nos obliga a ser mejores; la envidia nos lleva a sacar lo peor de sí. 

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El soberbio mira a los demás con desprecio; el envidioso lo hace con apasionada atención.

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Las injusticias que el envidioso argumenta son, en verdad, formas de expresar su resentimiento.

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El envidioso sufre porque nadie le reconoce lo que, según él, es un bien o un logro importante. Los demás –afirma– son ciegos para sus virtudes. Esa es la causa de su resentimiento.

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El envidioso es un astuto; sus actividades tienen un fin doble para hacer creer que no padece aquello que en su interior le corroe.

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El envidioso, por mirar torcidamente, no se percata  de las cualidades del envidiado. O si las mira, lo hace distorsionándolas. Todo envidioso sufre de miopía o astigmatismo.

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El envidioso trata de ocultar la envidia como el tímido su rubor. Y entre más niega su ojeriza por alguien más se evidencia su antipatía.

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Todo envidioso es un pesimista. La vida siempre le parece injusta y sus propios talentos despreciables.

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¿Y si Dios hubiera visto con buenos ojos las ofrendas de Caín? ¿Habría en el corazón de Abel lugar para la envidia? ¿O será que únicamente habita en los espíritus que son avaros en ofrendas y faltos de gratitud?

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De la historia bíblica de Saúl y David podemos aprender una cosa: el envidioso confía en que algún filisteo mate al envidiado. Y, otra más: si se quiere ofender a un envidioso lo mejor es contestarle como David respondió a los oficiales de Saúl, “yo no soy más que un hombre común y corriente”.

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En el paraíso de la amistad ronda ocultándose la serpiente de la envidia.

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La envidia es una tentación que, al morderla, conduce al éxodo.

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Hay envidias que llevan a la emulación y, otras, a la animadversión. Todo es cuestión de simpatía o de miedo ante el semejante.

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La envidia es una forma de masoquismo moral.

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“La envidia es una herida en el alma”, dijo Sócrates. Una herida incurable, habría que agregar.

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La envidia, para aniquilar a su presa, lanza primero su perro de caza preferido: la calumnia.

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Antes se usaba la palabra “livor” para definir a la envidia; seguramente por la relación de la cara del envidioso con el color morado propio de los muertos.

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Existe un vínculo entre la envidia y la codicia. En ambos casos se trata de un irrefrenable deseo por poseer los bienes ajenos.

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La prosperidad ajena aguijonea a la envidia como la espuela a la cabalgadura.

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El padecimiento de la envidia no tiene convalecencia. Por el contrario, es una enfermedad que tiende siempre a empeorar.

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La envidia es un sentimiento que, después de un tiempo, ya es una posesión.

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Parte del éxito del envidioso es que el envidiado nunca sabe de sus intenciones. Simulación y silencio forman parte del camuflaje de la envidia.

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El envidioso siente que si emula a alguien se humilla. Cree que todo amor conlleva a la esclavitud.

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La ingratitud y la desconfianza son los heraldos de la envidia.

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Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana, simbolizaba a la envidia con una lima sobre un yunque: exacta alegoría de una pasión que a la par que desbasta va al mismo tiempo desgastándose.

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El infierno del envidioso consiste no sólo en su tristeza eterna sino en su envenenada soledad.

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El codicioso desea tener los bienes del prójimo; el envidioso, anhela su ser.

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Escribe San Basilio que la envidia es parecida a un buitre: huele los defectos y las fallas del envidiado, nunca la grandeza de sus obras. La envidia ulcera lo vivo.

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La envidia es un veneno que se irriga más rápidamente y surte su mayor efecto cuanto más el envidiado aumenta sus bienes o multiplica sus logros.

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De todas las hijas que Santo Tomás atribuía a la envidia, las más poderosas son la murmuración y la detracción. Y lo son porque tienen pies ligeros y ofrecen placer con facilidad.

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Los cristianos oponen a la envidia la caridad. Interesante manera de entrever que en el máximo bienestar del prójimo siempre hay una zona de carencia. Se es caritativo porque el otro algo necesita.

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Existe un remedio casero contra la envidia: alegrarse con el triunfo de los amigos. Desde luego, hay que macerar lentamente el egoísmo con el agua cristalina de la confianza.

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Bien vale la pena recordar la personificación de la envidia propuesta por los renacentistas: es una mujer vieja, flaca y sucia, que se alimenta de víboras, devora su propio corazón y lleva como soporte una vara de espino. ¿Podría imaginarse mayor sufrimiento?

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El envidioso solo ríe cuando ve que el envidiado cae en desgracia.

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Las enmiendas del envidioso tienen la misma consistencia de la Hidra: apenas se corta un remordimiento reaparecen dos nuevas murmuraciones.

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La envidia es una bestia de caza: anda al acecho oliscando espíritus afortunados.

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El sol del éxito proyecta siempre una sombra: la envidia.

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En el escudo de armas del envidioso puede leerse esta divisa: “Calumnia, calumnia , que algo queda”.

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La reina del cuento de Blancanieves es un buen ejemplo de la obsesiva preocupación de la envidia: “Espejito, espejito que me ves, la más bella de todo el reino, dime, ¿quién es?”.

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La virtud tiene una compañera silenciosa: la envidia.

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De los tres perros feroces de que hablara Lutero (ingratitud, soberbia y envidia) el más peligroso es el último porque este perro persigue sus presas aún después de muerta la víctima.

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Los que afirman que la envidia es un principio del igualitarismo dejan de lado el valor de la meritocracia. El talento, lo sabemos, es más aristocrático que populista.

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Los espacios cerrados o amurallados son más proclives a la envidia. La cercanía y la constante familiaridad traen consigo la mutua observación. En los pueblos y los conventos el murmurar atenúa el aburrimiento.

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Al gran simulador, que es todo envidioso, lo peor que le puede pasar es que se descubra su malquerencia por alguien. La envidia, entonces, se transforma en descrédito.

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Desconocer las cualidades del hermano o reconocerlas. Ese es el dilema del envidioso.

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“La envidia ve el mar pero no las rocas”, dice un proverbio ruso. Eso pasa con el envidioso: supone que los bienes del vecino se lograron sin esfuerzo o que el talento del colega no conllevó ninguna disciplina. El envidioso desea los beneficios pero evitándose toda fatiga.

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Es un grado muy sutil el que va de la admiración a la envidia. Todo depende de la sensibilidad del espíritu y la consistencia del carácter. 

Con la camiseta en alto

Colombia está frente al mundo. El fútbol es el escenario y la tribuna que convoca multitudes; pero, más que eso, es la imagen del país ante otros territorios y otras gentes. En el fútbol, lo individual, o la negación de la solidaridad se deshacen frente a la sensación del patriotismo, el fervor y la identidad de un pueblo.

Un Mundial es un punto de encuentro. Cada partido, cada espectáculo representan la armonía de muchas naciones unidas. Cada raza, pueblo o país se reúnen en torno del juego y, simultáneamente, constituyen un sólo género: el género de la diversidad. La reunión de tantas culturas en torno del fútbol constituye un espacio que permite el juego del pluralismo, que da lugar al abanico de lo heterogéneo y consigue un consenso universal sobre un único punto: la convivencia pacífica.

La coyuntura de este Mundial también nos puede ayudar a pensar lo fundamental que es el trabajo en equipo. Sirva de ejemplo la colaboración entre un estratega experimentado como Pékerman, la preciosa armonía de los pases de James, la velocidad impredecible de Cuadrado y las atajadas imposibles de Ospina. El Mundial nos sirve para valorar la importancia de un proyecto en común, de un sueño en el cual es tan importante el buen arquero, la defensa segura, la ofensiva eficaz, como el mediocampo organizador y oxigenado.

Colombia está en los cuartos de final; en Fortaleza, Brasil, bajo el clamor de mil banderas, con la camiseta en alto, el sudor en el cuerpo y su fútbol festivo, allí estará nuestra selección. Y  de igual manera estaremos cada uno de nosotros, acompañándolos, siguiendo de cerca cada jugada, cada toque y cada avance, cada gol de esos que llenan las calles de nuestro país en un júbilo que a todos nos torna hermanos; un gol de esos que nos permite volver a abrazar al vecino, dialogar con aquellos otros que apenas saludábamos, compartir una bebida olvidándonos de las pequeñas diferencias cotidianas.

Ojalá los días del Mundial sean un tiempo y un espacio propicios para recibir y generar más alegría, para ser más solidarios, para tener una sonrisa a la mano. Un tiempo para reconquistar la tolerancia y la confianza hacia los otros. !Sí, sí, Colombia!..

Calistenia escritural

Es como para que no se aflojen los músculos de la mano, para que no pierdan su agilidad o las múltiples posibilidades de movimiento. Es puro ejercicio, pero así como en el ballet, o en la música. Se trata de una práctica. Un ejercitamiento… O como dice Augusto Monterroso, se trata de “educar el cuerpo y deseducar la mente para que sea el cuerpo el que escriba, como es el cuerpo del bailarín el que baila y el del alpinista el que escala montañas”.

Escribir, continúa Monterroso, “implica siempre un esfuerzo que la mente (de por sí propensa al autoengaño) se halla con frecuencia dispuesta a desarrollar, pero al que el cuerpo, el brazo, la mano, se niegan”. Y se niegan, precisamente, porque empiezan a sufrir de una especie de cansancio, de desidia, de agotamiento por inacción; una especie de flaccidez que termina por postergar siempre la escritura. “Mañana”, “después”, “cuando tenga más tiempo disponible”, “cuando esté mejor de salud”… tales afirmaciones no son más que autoengaños, son pura falta de dedicación para enfrentar la resistencia, cuando no la modorra, que opone el cuerpo a la escritura.

Hace poco, cuando visité mi médico, volvió a repetirme la importancia del deporte, del ejercicio físico. “Por aquello de la circulación”. Y ahora, quizá porque estoy hablando del cuerpo, y últimamente no me he sentido del todo bien de salud, se me ocurre que para que la escritura fluya, para que la sangre de la idea no tenga ningún obstáculo, se requiere una dieta o un programa de ejercicios cotidianos. Para que no se pierda o desaparezca la fuerza y el vigor propios de una escritura “siempre joven”, tenemos que ponernos la “sudadera”.

Sudar el cuerpo puede ser el párrafo o las dos hojitas consignadas en mi libreta de notas, o esas otras frases apuntadas en cualquier recibo o en cualquier tarjeta de presentación, o las glosas o comentarios hechos al margen del libro que estoy leyendo. Sudar el cuerpo son las dos horas diarias (a pesar del cansancio del día), sentado aquí, frente al computador. La disciplina, se dirá. Yo corregiría: se trata de la resistencia o de aprender a persistir; de sobreponerse al sueño, a ese estado de ensoñación que nos invita –de manera un tanto absurda– a buscar cualquier programa insulso de la televisión o a ir de un sitio a otro de la casa, como un sonámbulo, entregado al hacer nada.

Está claro que la mano, el brazo, el cuerpo se resiste a la escritura. Escribir no es un acto mecánico. Si no hay una anticipada y continuada preparación física, el proyecto escritural queda atrapado en el desánimo, el cansancio o la flojera. Piénsese que flojo no sólo remite al apático, sino también a lo que está suelto, a lo que no es consistente o apretado. Flojedad es falta de músculo, de lasitud y, a la vez, de distensión o desmadejamiento.

A lo mejor ese es el sentido o la utilidad del diario. Un escenario o arena de papel para el calentamiento. Pienso ahora en los Cuadernos de Notas de Henry James, o enos Diarios de Kafka, o en el de Virginia Woolf. Hasta el mismo Oficio de vivir, oficio de poeta de Pavese. Los diarios son como gimnasios para que el cuerpo se mantenga en forma; y, cumplen, además, la función adicional del hábito, de la constancia. Buena parte de los diarios de escritores, más que un recuento pormenorizado de las actividades cotidianas, son escenarios para que la escritura ensaye, para que la mano, el brazo, el cuerpo no pierdan su estado físico. Los diarios permiten que el escritor no entre en frío a una obra de envergadura o de alto vuelo; son como los combates de estudio o las peleas previas a la gran noche. Los diarios permiten que el escritor se conserve o mantenga en forma: la conquista de un estado corporal que termina por convertirse en una confianza.

Y si no es el diario, algunos escritores prefieren imponerse la tarea del artículo en el periódico o el comentario semanal en la revista. No más de cuartilla y media, le advierten; entregarlo a más tardar el jueves en la tarde, vuelven a repetirle. Tales recomendaciones pueden convertirse en otros lugares o sitios para que el cuerpo se acostumbre, para que no desconozca –como el caballo que dura largo tiempo sin monta– el ritmo y el movimiento propios de la escritura. Pienso ahora que estos trabajos de ejercitar la mano, incluso pueden llegar a asumir el rostro de la docencia; de la clase escrita como labor previa a la exposición oral. ¡Cuántos lazos de filiación hay entre escritura y educación, entre escribas y pedagogos!

Las anteriores reflexiones  –el ejercicio de escritura precedente– nacieron de mi lectura, entre las horas de la madrugada de ayer y la tarde de hoy, del texto La letra e (Fragmentos de un diario) de Augusto Monterroso. Allí, en ese libro, mezcla de artículos publicados en periódicos, notas para conferencias, rememoración de lecturas…, se ve cómo el escritor guatemalteco prepara la mano, el brazo, el cuerpo. Allí, hay un buen ejemplo de lo que podríamos llamar calistenia escritural.

(De mi libro Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos, Kimpres, Bogotá, 2008, pp. 554-557).

Cuidar la superación de nuestros odios

"Caín", del pintor alemán Lovis Corinth.

“Caín”, del pintor alemán Lovis Corinth.

El odio no es más que carencia de imaginación.
 Graham Greene

Además del lastre que trae consigo el odio, además de minimizarnos la grandeza de nuestro corazón, el odiar a alguien nos evidencia también nuestra pobreza de espíritu. Quien odia reduce la riqueza y la pluralidad de otro ser humano a unas cuantas características físicas, a unas determinadas palabras o a unas contadas ideas. El odio, por lo mismo, es una mirada simplista sobre los demás. Una pasión que estrecha nuestro entendimiento y restringe nuestra convivencia.

Analicemos nuestra tesis. El odio nos hace esclavos de aquello que despreciamos. Dependemos de él. Y aunque buscamos por todos los medios hacerle daño a esa otra persona, lo cierto es que nos convertimos en sus criados. Tan pendientes estamos de cada acto, de cada palabra dicha por aquel ser objeto de nuestro odio, que condenamos nuestra propia vida a estar encadenada a una vida ajena. Cuando se odia siempre se va a la zaga, siempre se está servilmente detrás de nuestro prójimo. Por eso mismo, el odiar es una manera de mermar o acotar nuestra libertad; cuando esa pasión nos atraviesa perdemos nuestra mirada de águila y asumimos la enceguecida condición de los topos. Aunque nuestro fin es castigar o dañar a un semejante, las lesiones que provoca el odio terminan por herirnos a nosotros mismos.

De otra parte, muchos de nuestros odios tienden a volverse algo repetitivo. Siempre volvemos a la misma frase desagradable, siempre buscamos provocar la misma zancadilla, siempre nos ocupamos de elaborar las mismas estratagemas para “desaparecer” al otro, así sea simbólicamente. Cuando se odia, el tiempo se nos vuelve circular. No se sale del mismo comportamiento. Por eso se habla del odio “encarnizado”, porque en ese caso no hacemos más que redundar en la misma conducta para agredir a alguien, porque no hay variación en ese empeño exterminador, porque asumimos como ritmo vital la monotonía de la animadversión.

Como puede verse, son más las desventuras que trae el odiar que los beneficios. Tal vez deberíamos tomar como consigna en nuestra existencia superar nuestros odios. Obligarnos a no depender eternamente de una ofensa, de una antipatía, de alguna agresión. Ponernos como tarea no quedar prendidos a “eso que tanto dolor nos produjo o que tantas desventuras nos provocó”. Tratar, en lo posible, de desprendernos de esa rémora que a bien tiene enredársenos entre pecho y espalda: cortarla –ojalá de raíz– y dejarla caer por su propio peso en el fondo de su rencor. Tenemos que ser capaces de perdonar. Aprender a dejar atrás, sin remordimientos, el insulto, el perjuicio, la fechoría, el golpe más brutal. Si así actuamos, más fácilmente recuperaremos nuestra salud física y moral, y hasta podremos curar también a aquel que pretende dañarnos.

Un esfuerzo por comprender la naturaleza humana puede sernos muy útil en esto de rebasar o adelantarnos a las furias del odio. Hay personas que actúan negativamente sobre nosotros porque tienen miedo o porque algún rasgo de nuestro ser los amenaza o los pone en evidencia; hay seres humanos que desean fracturar algún espacio profesional nuestro porque lo que hacemos es justo lo que ellos más desearían; hay colegas que se esconden para clavarnos el puñal por la espalda porque no soportan de frente la claridad de nuestra alma. Si se mira con cuidado a cada persona que enfila sus baterías para rompernos el espíritu o para magullarnos el cuerpo, siempre descubriremos algo que explica sus actuaciones o algún motivo no siempre evidente. Entonces, al comprender la causa de ese odio hacia nosotros, bien porque no compartimos una misma ideología o porque tenemos una forma diferente de ser, cuando eso hagamos, lograremos develar sin sufrimientos el trasfondo elemental que da pie a la canallada o la malignidad.

Todo odio nos arrastra hacia el abismo de la destrucción. El odio es el otro nombre de la desolación, porque cuando odiamos queremos que nuestros hermanos desaparezcan. De allí que el odiar vaya en contra de la continuidad de la vida. Y si uno se obstina en odiar, poco a poco se va quedando solo, se va aniquilando hasta la médula, se va despedazando en una horrenda carnicería. El odio es una forma de autofagia. Una imperfección que debemos corregir a toda costa, si es que anhelamos ser constructores de vida y no propagadores de muerte.

(De mi libro Custodiar la vida. Reflexiones sobre el cuidado de la cotidianidad, Kimpres, Bogotá, 2009, pp. 149-152).

Sobre el respeto

Ilustración de Antonio Mingote.

Ilustración de Antonio Mingote.

El valor del respeto es, en su esencia, un sentimiento o una actitud de preocupación por nosotros mismos y por nuestros semejantes. Algunos filósofos han hecho énfasis en esta actitud de “miramiento” o de consideración que está en la base del respeto. Quien respeta es porque se siente interpelado por lo que lo rodea.

Somos respetuosos porque nos sentimos parte de algo: de una tradición, de una familia, de unas creencias, de unos referentes morales. La persona respetuosa se siente interpelado por el ambiente, por sus congéneres, por la trascendencia, por sí mismo. Y esa interpelación se le convierte en una obligación, en una demanda que lo lleva a atender determinados rituales o hablar de una especial manera o a actuar o comportarse de una particular forma. En este sentido, el ser respetuoso se sabe corresponsable de su entorno y de sus semejantes. No le son indiferentes ni su pasado ni el porvenir de la humanidad o del planeta en el que habita. Para decirlo lacónicamente: el respeto  riñe con la indiferencia.

De otra parte, el respeto está fuertemente enraizado con la dignidad. En este caso, el respeto subraya esa cualidad o condición esencial de las personas, eso que las convierte en sujetos de derechos y deberes y que las hace únicas e irrepetibles. La dignidad que puede estar referida a un cargo, a una edad o a una envestidura se hace extensiva a una forma de pensar, creer o actuar. El respeto, entonces, es la consecuencia o el resultado de proteger y defender en primerísimo lugar la dignidad del ser humano. Aquí cabe decir, de una vez, que por eso mismo a veces el respeto no hay que solamente ofrecerlo sino, en algunas ocasiones, exigirlo. A sabiendas de que esa dignidad de las personas ha sido, a través de la historia, una conquista de los seres humanos, merece demandarla o darle el lugar de ser un derecho fundamental en todas las naciones. Por eso el respeto es un valor esencial para la garantía práctica de muchas de las normatividades legales y un heraldo de las características esenciales de los seres humanos.

Precisamente, y ese puede ser uno de los aportes mayores de Inmanuel Kant, todos los seres humanos, indistintamente de su riqueza material, sus talentos individuales o su estatuto social, está dotado de dignidad, en tanto participa de una naturaleza racional. Es esa capacidad para imponerse obligaciones morales la que le permite a cualquier persona saberse digna, más allá de los méritos, rangos o profesiones. Y por considerarse sujetos de dignidad es que los seres humanos se imponen ciertas actitudes, asumen una compostura o eligen determinados comportamientos apropiados.

Pero hay más. El respeto es un valor mediador para garantizar la convivencia entre los individuos. Bien vale la pena recordar lo que cuenta Platón en su diálogo del Protágoras al respecto. Allí se relata que Zeus, para evitar la discordia y facilitar la paz entre los hombres, envió a Hermes con dos regalos, el respeto (aidos) y la justicia (dike); dos garantes para facilitar los vínculos de amistad entre los habitantes de las ciudades. Como puede inferirse el respeto es uno de los valores fundacionales de la convivencia. Sin él, no habría posibilidad de continuidad de la especie humana. El respeto contiene en sí mismo a otro valor, la tolerancia y sin él, sin su sangre nutricia, sería muy difícil alcanzar la confianza y con ella la colaboración o la solidaridad. El respeto posibilita el diálogo genuino y lleva a que los miembros de una comunidad puedan sentirse en libertad para expresar sus diferencias o resarcir sus errores. El respeto, en últimas, es garantía para la paz y, de alguna manera, un vocero cotidiano de la justicia.

Otra manera de entender el respeto es como la “capacidad o la actitud de ponerse en el lugar del otro”. Cuando así se comprende el respeto lo que se pone en alto relieve es su relación con la capacidad de escucha para lograr “comprender desde dentro” a otra persona; es esa escucha activa la que nos permite asumir, así sea por un momento, el punto de vista de nuestro interlocutor, para así ser sensibles a determinado hecho o situación ajena. Si en verdad nos ponemos en lugar del otro, el respeto hace que nos tomemos en serio a nuestro semejante o que le demos la importancia que merece. Y si se quiere ir más a lo profundo, es esta actitud la que posibilita los gestos de compasión genuina, al considerar a la otra persona como un hermano o compañero de viaje existencial. Digamos que el respeto, en esta perspectiva, es esencial para el mutuo reconocimiento.

Tocamos aquí otra de las bondades del respeto: la de dar cabida al reconocimiento. Dicho reconocimiento puede darse a un lugar de nacimiento, a un linaje, a ciertos ritos, a símbolos o prendas de vestir. El reconocimiento es un acto incluyente. Por eso es fundamental tener presente a qué grupo pertenecen las personas con que tratamos o en cuáles creencias o ideales están inscritas; esas diferentes formas de pertenencia son claves al momento de definir una identidad y hacen parte de los haberes morales que debemos estar atentos a reconocer o subrayar cuando establezcamos nuestra relaciones interpersonales.

Por eso, entre otras cosas, es que el respeto es lo contrario a la humillación. Cuando humillamos lo que hacemos es rechazar algunas de las formas de pertenencia a las que está ligada una persona. La humillación segrega, expulsa a un individuo de la comunidad humana: lo deja, por decirlo así, huérfano de los vínculos sociales. De allí también que el respeto busque valorar esas diferencias de género, de religión, de política o de gustos estéticos. El respeto, así entendido, refrenda la autoestima de las personas y, en última instancia, favorece la autonomía de cada ser humano. Cuando respetamos avalamos el inalienable uso que tiene cada persona de su libertad y de ser sujeto de derechos.

Sobra decir que aprender a respetar demanda una disciplina racional y una voluntad de cuidado sobre sí mismo y sobre los demás. Aquí es importante el papel de la crianza y la tarea formativa de la escuela, sin dejar de lado los aportes que puede hacer la sociedad en su conjunto y otros mediadores de comunicación e información. Recordemos que al capricho voluntarioso de los niños hay que ir educándolo para que tenga límites. Igual sucede con los jóvenes que necesitan ir incorporando a su espíritu libérrimo los linderos de la responsabilidad y la obligación. Tal vez aprender a respetar sea, como quería Kant, la mayoría de edad de nuestra libertad. Y cuando eso se dé ya no necesitaremos de otros que nos digan cómo utilizarla, sino que sabremos, por el contrario, hasta dónde pueden ir sus fronteras y que deberes se derivan de su pleno ejercicio. 

Contemplando a Tadzio

"Muerte en Venecia" de Luchino Visconti.

Aschenbach en “Muerte en Venecia” de Luchino Visconti.

Belleza…, la mano extendida, temblorosa, moribunda; la mano ligeramente temerosa, indecisa por la mirada ya borrosa, ya perdida. Belleza que aún a la muerte se atreve a seducir, que aún puede volver la vista (la misma mirada pero desde otra visión) y despreciar la vida. Esquivarla –si se quiere– coquetamente. Belleza, la mano moribunda, inmoral, tratando de asir la eternidad. Belleza es una mascarada por abarcar en un único instante la totalidad del tiempo. Belleza no habita en la confianza, en el lugar seguro de lo deducible, no; ella se mantiene junto al mar, en la arena o en la noche, siempre moviéndose en el espacio de lo infinito de lo inconmensurable.

Si alguien pregunta ¿dónde está la belleza? Yo –mostrándole algunos de mis poemas– le diré: “Toma, léelos y te darás cuenta de lo que no es la belleza”; y si insistiese en su pregunta, sólo podría darle un argumento más: “Belleza es tan cercano a muerte, a Dios… Cuando quieres tenerlos y, son tuyos, ya no puedes saber dónde hallar su presencia. Belleza es ansiedad de ver el envés de la vida, la espalda de las cosas, el dorso impenetrable de la sangre… Lo visible, lo que uno se atreve a mostrar como belleza: el poema, la escultura, la pintura: la obra, no recoge la esencia de lo bello, nunca ha podido. Lo que retiene la obra de arte es el apetito, el ansia furibunda de otear aquella ignorada pradera donde, según se dice o se intuye, viven las presencias angélicas, los héroes, la luz intermitente de una virgen y el sello tranquilo con que se impusieron las señales al mundo… Lo que retiene la obra de arte es lo que ella, por sí misma, nunca logrará ser. La belleza que se aposenta no existe, su ser es el movimiento; pero un ritmo tan perfecto que logra ser quietud. La belleza detiene el flujo de lo interior y lo exterior en su fluctuar, lo torna puro equilibrio, símbolo del símbolo”.

Mortalidad que, reconociéndose, se afianza en lo inmortal. Finitud que, contemplándose en el espejo, descubre la nostalgia o la reminiscencia del infinito. Muerte que, desde su corte brusco o inesperado –siempre venidero– se levanta insensata, proclamando resurrección. “¡Oh, Dios. Tú que nos has hecho para morir, ¿por qué nos inundaste la sed de eternidad, que hace al poeta?”, reclamaba Luis Cernuda. Belleza es un vaivén, un árbol majestuoso quejándose por no llegar al cielo…; lo bello es seducción de sacrificio, llamado que es destino, camino que es olvido. Bello es el viento en su presencia ausente, en su caricia sin mano, en su frescura impalpable. No, la belleza no está en lo determinado; si hay belleza, ella es ambigüedad. No es bella la mujer, no es bello el hombre; tan solo son hermosos. ¡Quién, entonces, en la vida retiene un soplo de lo bello? ¿Quién juega a mantener la monstruosa sensación de la belleza? Ese quien no se muestra y, si de veras existe, es una peligrosa unión, un contraste de labios rojos, manos largas y ojos tristes somnolientos a playa: el adolescente, la adolescencia. Sólo la juventud; sí, ahí, en el despertar indeciso, en la alegría que es ausencia de conocimiento; ahí, se reclina momentáneamente la belleza, se deja ver, pero no debe tocársele. La mano que roza la belleza, la caricia que se unta de lo bello, quema ardiendo la flor, destruye el espejismo: se conoce su engaño. Su verdad era efímera, su gesto era apariencia. Belleza no hay en las dimensiones conocidas ni en las realidades propuestas por la historia; belleza no se encarna en lo visible, en lo sensual; belleza siempre es límite… limitación del límite. Límite de lo humano que todavía no ha alcanzado más allá de sí mismo y, en esta dirección, límite también de lo inhumano, juego simbólico en el extremo límite terreno. Belleza: el juego en sí, el juego que el hombre juega con sus propios símbolos y así, simbolizando –lo único posible– escapar a la angustia de la soledad.

No es belleza lo que las obras buscan; es belleza lo que las obras niegan. Nada hay perfecto en la imperfección y sólo la imperfección sabe ir a lo perfecto. El barro quiere ser luz iridiscente, la luz tiempo vacío, el tiempo cuerpo, el cuerpo eternidad. No es belleza lo que el poema busca, es belleza lo que huye del poema. Toda obra de arte es imperfecta porque, de otra manera, sería divinidad o mera muerte; y la obra, se esfuerza por ser vida o afirmación de la vida. Así que, tiene que resignarse a la mutilación o lo incompleto. No es belleza lo el poeta busca; es belleza lo que no es el poeta. Allí, la vida, la realidad manchada de costumbre; allá, lo bello, lo innombrable dispuesto a la sonrisa. Allí, la sensación, el vestigio primario de la esencia; allá, el espíritu el espíritu, la resistencia imperturbable a ser naturaleza; allí y allá; allá y allí: la levantada insatisfacción, el abandono a lo imposible. No es belleza lo que la vida busca, es belleza lo que la vida ignora. Toda obra de arte repite el mismo movimiento de búsqueda, perpetúa el tintineo de husmear en la prohibición, en el misterio de lo santo. Hay tantas experiencias negadas al entendimiento. Toda obra de arte repite el grito salvador en medio de la peste, la blancura de un traje en medio de la podredumbre del abismo. Toda obra de arte baja como Dante a los infiernos y repite la aventura del sentido. Odisea, travesía, correría. ¿Dónde, dónde la belleza? Al final nunca habita, nunca vive al comienzo. ¿Dónde, dónde la belleza? En el esfuerzo, en el intento, en la paciencia del artesano, en la ignorada persistencia, en el golpeteo constante, en la obra; sí, en la obra de arte se encuentra la belleza, pero sólo sus vestigios. No es belleza lo que las obras tienen; es belleza de lo que las obras dan indicios y… de nuevo, la búsqueda: arte. La promesa: “Lo bello no es tan operante como prometedor”, decía Goethe, y son “solo pocos los que recuerdan lo sagrado que han contemplado”.

Belleza… la mano extendida, temblorosa, moribunda; la mano ligeramente temerosa, indecisa por la mirada ya borrosa… La mano del poeta John Keats: “Estoy convencido de que escribiría por puro anhelo y amor de lo bello, aun cuando el trabajo de mis noches apareciera quemado cada mañana y ningún ojo la llegara a contemplar”.

Sobre los libros

Ilustración de Quint Buchholz.

Ilustración de Quint Buchholz.

Hay libros que buscamos y, otros, que silenciosamente nos encuentran.

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La entrega del libro a su lector es absoluta: si él quiere tomarlo, se ofrece sin reparos; si lo abandona, mantiene intacta su disposición inicial.

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Si a un amante de los libros se le pierde un volumen, convertirá dicha pérdida en un caso policial: ¡Búsquenlo!, ¡Tiene que aparecer!

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Ciertos libros son de engañosa seducción: recién uno lee entusiasmado las dos primeras páginas, rápidamente siente el deseo de abandonarlos.

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Subrayar los libros es otra forma de tatuaje: cada marcación es una extensión de la identidad de nuestro espíritu.

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Algunos libros siguen esperando al lector ideal, al príncipe azul que los despierte de su letargo silencioso.

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Como ciertas parejas amorosas, existen libros que sólo al llegar al final sabemos si valió la pena el tiempo empleado en esa relación.

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A veces nos sorprende un subrayado hecho por nosotros en un libro tiempo atrás. La explicación es sencilla: lo que consideramos importante depende de la experiencia acumulada.

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Los diseñadores gráficos son los estilistas de los libros.

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Las formas y colores de la portada son un desesperado llamado del contenido del libro para mostrarle al lector el encanto guardado en  su monótona textura interior.

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El tipo de papel en el que se imprimen los libros es la piel de su contenido. Y aunque solo sirva de soporte lo cierto es que debe ser acariciado y olido por el lector apasionado. El tipo de papel define el modo de acariciar propuesto por cada libro.

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El que guarda libros lo que anhela atesorar es el testimonio de cada encuentro.

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El polvo es un lector asiduo de los libros. Un lector –si lo permite el tiempo– compenetrado hasta la médula.

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La goma usada en los libros mal empastados está hecha del mismo material de los padres irresponsables.

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El libro virtual confía en su presencia discontinua; el de papel, pega y cose discontinuidades.

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El que regala un libro más que dar un objeto prefigura un gesto y una emoción futura.

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La venta de libros usados es un azaroso mercado regido por la ley de desechar lo inútil o encontrar algún tesoro.

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Ciertos libros tienen el don de la regeneración: entre más los leemos más cosas interesantes les encontramos.

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Los libros que releemos son como cómplices amorosos de una aventura apasionada del pasado.

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A veces pasa que dejamos de leer un libro no porque perdamos el interés, sino porque el calado de sus páginas resuena en la profundidad de nuestra vida. Por lo tanto, no es un asunto de apatía sino de íntima afectación.

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El libro pide dos cosas para abrir sus misterios: atención concentrada y fértil imaginación.

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Algunos libros nos impactan del tal manera que necesitamos recomendarlos como si fuéramos poseídos por un fervor contagioso.

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Sorprende que determinados libros vayan pasando de padres a hijos como si fueran una especie de herencia inagotable.

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Los libros sagrados exigen que los ojos del lector, además de leer signos, puedan leer misterios.

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El libro es como un oráculo: depende de las preguntas que tengamos, así las respuestas.

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El pasado tiene sus emisarios: los silenciosos libros.

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En la medida en que nos adentramos en un libro fascinante empezamos a creer que ese libro fue escrito especialmente para nosotros.

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¿Por qué será que así hayamos visitados cientos de veces la misma librería, terminamos encontrando algo que no habíamos visto o que estaba oculto en lo evidente?

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El que convive entre muchos libros habita en un plácido inquilinato compuesto por personas de distinta época, lengua y condición pero extrañamente pertenecientes a una misma familia.

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Los libros, para que suelten sus mensajes, debemos hacerlos sonar y resonar en nuestra cabeza.

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