Reseñar “El ojo y el espíritu”

Escribía en un texto anterior que la reseña es un género híbrido en el que se combinan las operaciones de resumir y valorar. Con el fin de ejercitar a mis estudiantes de posgrado en esta tipología textual les he propuesto la elaboración de una reseña del pequeño libro de Maurice Merleau-Ponty, El ojo y el espíritu, publicado por Paidós, Buenos Aires, 1977 (hay una nueva traducción de Alejandro del Río Herrmann, editada por Trotta, Madrid, 2013). Entonces, para que el resultado sea óptimo, vamos a dividir la reseña en dos momentos: primero, nos centraremos en el resumen y, más tarde, nos ocuparemos de la valoración crítica.

Para adelantar la parte del resumen recomiendo leer con atención lo dicho en mi entrada sobre “La reseña: ejercicio de síntesis y juicio valorativo”. Allí retomo las cuatro macrorreglas propuestas por Teun van Dijk para lograr resumir un texto. Y si se quiere profundizar en un ejemplo, invito a los lectores a revisar mi artículo “Aprendiendo a resumir (a la manera de Van Dijk)”, contenido en mi libro El quehacer docente, publicado por la Universidad de La Salle en 2013 (las páginas dedicadas al asunto van de la 55 a la 75). Es fundamental comprender cómo operan las operaciones de omitir, seleccionar, reconstruir y generalizar, si deseamos tener un buen resumen. Por lo demás, para elaborar esta primera parte del ejercicio, es necesario hacer varias lecturas del texto. No sobra recordar que en la relectura está la garantía de una reseña de calidad.

La otra condición es la extensión del resumen. Vamos a tener como referencia un margen entre 120 y 150 palabras. Esta condición es, por sí misma, un reto para identificar la estructura del texto, reconocer lo sustancial del mismo y, muy especialmente, aprender a eliminar información secundaria.

La reseña: ejercicio de síntesis y juicio valorativo

Ilustración de Ben Goossens.

Ilustración de Ben Goossens.

La mayoría de autores que han reflexionado sobre el ser y las características de la reseña coinciden en que es un tipo de texto híbrido. O bien es el resultado de conjugar el resumen y el comentario[1] o es la suma de aunar elementos de los textos expositivos con lo medular de los argumentativos. También coinciden en que la reseña tiene como fin hacer un juicio valorativo; en este sentido, su finalidad rebasa la mera descripción del contenido o la simple enumeración de las partes de un texto o una obra cultural[2].

Y si se trata del campo de la investigación la reseña debe cumplir la función de dar cuenta del contenido de determinado texto pero en función de la pertinencia, calidad o utilidad para una problemática específica. Cuando así se procede, el reseñista no puede olvidar que su tarea está al servicio de los objetivos de la pesquisa y que el juicio que emita dependerá de qué tanto aporta al proyecto investigativo bien sea en la fundamentación teórica o metodológica.

De otra parte se encuentran algunas indicaciones para elaborar las reseñas. Las hay demasiado genéricas y tan específicas que parecen un protocolo de estricto cumplimiento. Pero para no caer en un simplismo o en una minucia en su construcción, podemos decir que la reseña debe atender a tres grandes partes o momentos: referencia, resumen y juicio crítico[3]. Sobra decir, de una vez, que estas fases operan como una carta de navegación que dependiendo de la pericia y la experiencia del reseñista lograrán un resultado afortunado u obtener grandes beneficios.   

La primera fase de la reseña, que a veces se coloca al inicio como un epígrafe o en un recuadro, corresponde a los aspectos de la referencia bibliográfica (título, autor, editorial, ciudad, fecha, número de páginas) y algunos datos de la edición del texto (formato, tipo de publicación, filiación institucional). Si lo que se está reseñando es un hecho cultural pues se incluirá aquí lo que se llama la ficha técnica, el reparto o los datos identificativos del espectáculo.

El segundo momento de la reseña tiene que ver con el resumen del texto o la sinopsis del evento. Esta fase demanda una lectura juiciosa, atenta y, por lo general, acompañada de notas y esquemas del texto. Si la reseña es de un hecho cultural (demos por caso una película) lo recomendable es poder apreciarlo por lo menos dos veces. Sea como fuere, elaborar el resumen requiere atender a ciertas operaciones de pensamiento que, a diferencia de lo que se comúnmente se cree, van más allá de producir un texto reducido o resultado de una mirada superficial.

Para elaborar el resumen se pueden seguir las cuatro macrorreglas propuestas por Teun A. van Dijk[4]. Esas cuatro operaciones del pensamiento son: a) Omitir, que consiste en eliminar las informaciones menos importantes. Los datos omitidos deben ser elementos adheridos a las estructuras pertinentes que no tienen una función significativa dentro de la estructura del conjunto. Esta información es irrecuperable. b) Seleccionar, que es una operación en la que se suprimen datos del texto original, pero que pueden ser recuperables por implicación, presuposición o redundancia. Es decir, podemos seleccionar aquellos enunciados que implican a otros por inferencias o deducciones. c) Reconstruir, entendida como una operación mental para agrupar o integrar toda una serie de informaciones en torno a un esquema o un guión. Implica operaciones de interpretación, transformación y recombinación de las unidades lingüísticas. En suma, comprende las relaciones entre datos dispersos. d) Generalizar o abstraer, en la que se substituye el texto original por otro más conciso que ignora ciertos detalles.

Si la reseña omite este apartado del resumen muy fácilmente desembocará en el comentario gratuito o dejará al lector sin saber bien de qué se trata el texto o hecho cultural tomado como motivo. El resumen, siguiendo a Nietzsche o a Estanislao Zuleta, es la etapa en la que el reseñista debe asumir como “camello” el texto: rumiarlo, dar cuenta de él, desentrañar su estructura y la médula de su contenido.

El tercer momento, que es lo esencial de la reseña, es el juicio sobre la obra o hecho cultural objeto de nuestro interés. Es el momento para la lectura crítica. Esta apartado puede hacerse de diversa manera: 1) Analizando cada uno de los capítulos o grandes apartados del texto o hecho cultural; digamos que es una lectura consecuente con la organización secuencial de la obra o hecho, de principio a fin. 2) Haciendo una lectura transversal del texto o hecho cultural; cuando se toma esta vía, el reseñista podrá elegir un camino que según su entender está explícito o implícito en la obra. Lo importante es que tal lectura crítica en verdad evidencie ese tópico que cual si fuera un meridiano atraviesa cabalmente el conjunto. 3) Siguiendo determinados indicios o huellas, desperdigas a lo largo del texto o hecho cultural motivo de nuestra reseña. La lectura crítica, en este caso, corresponde a un trabajo de pesquisa en la que se van hilando indicios como quien arma un rompecabezas o descubre un enigma.

Lo importante de cualesquiera de estas formas es la de superar la fugaz impresión o quedarse por fuera del texto o hecho que nos interesa reseñar. La reseña, hay que repetirlo, es un ejercicio de escritura en el que se da cuenta de una lectura en profundidad de un texto. Lo contrario es caer o confundir las diferencias de la reseña con el comentario casual, la columna de opinión o la sinopsis descriptiva. Si el reseñista se confía en la información sacada de afán o en acudir a esos resúmenes que proliferan en la web, sin enfrentar el texto o hecho en cuestión, lo más seguro es que el resultado no sea de calidad o no se cumpla el propósito académico.

Precisamente, esta última parte de la reseña es la que ha hecho que se la relacione con los textos argumentativos, en cuanto buscar persuadir al lector de una valoración específica. El reseñista como el que escribe un ensayo, desea persuadir o disuadir a los posibles lectores o espectadores de que lean, vean o escuchen determinado producto cultural. De ser esto así, la reseña pertenece a los textos epidícticos: esos discursos que buscan alabar, censurar, admirar; convencer a otros de las bondades o defectos de un texto u obra. El autor de una reseña, vistas así las cosas, pretende influir en otros para que piensen o actúen positiva o negativamente sobre lo que es el objetivo de su tarea.

Notas y referencias

[1] Así lo entiende, por ejemplo Marina Parra, en su libro Cómo se produce el texto escrito. Teoría y práctica, Magisterio, Bogotá, s.f., pp. 147-149..

[2] Una lectura provechosa para el neófito en hacer esta modalidad textual es el capítulo 4: “La reseña” del libro Lectura, metacognición y evaluación de Álvaro William Santiago, Myriam Cecilia Castillo y Jaime Ruiz Vega, Alejandría, Bogotá, 2006, pp,151-188,

[3] La profesora Neyssa Palmer Bermúdez  de la Universidad de Puerto Rico denomina a estas tres partes: identificación, resumen y crítica. Puede consultarse en internet su excelente módulo “Los elementos fundamentales de una reseña”, http://www1.uprh.edu/cruzmigu/ESPA_LEFDUR.pdf 

[4] En La ciencia del texto, Paidós, Barcelona, pp. 59-63.

Tres obstáculos al describir

"La piel y el cabello", ilustración de Verlag Wort y Bild Rolf Becker.

“La piel y el cabello”, ilustración de Verlag Wort y Bild Rolf Becker.

Describir: pintar con palabras. Dibujar con lenguaje lo que ven nuestros ojos. Delinear con cuidado: rasgo a rasgo, detalle a detalle. Volver nuestra mirada una lupa, una lente afinadísima para no pasar por alto, para no dejar de lado aspectos o elementos fundamentales de alguien, de cierto hecho o cierta situación. Describir: elección fina del lenguaje para dar cuenta de nuestras percepciones.

Sin embargo, aunque tal aspiración parece medianamente fácil, son por lo menos tres los impedimentos que salen al encuentro del que desea hacer una descripción. El primero, que es la base para poder describir, es el haber afinado o cualificado nuestro ver, hasta convertirlo en un mirar[i]. Mirar, lo sabemos, no es un acto inmediato, fácil, mecánico; quizá el ver cumpla con tales características. Pero el mirar, en cuanto actividad voluntariamente dirigida, requiere que al ojo se lo eduque, se lo forme, se lo cualifique para alcanzar cierta fineza en la percepción. Cierta perspicacia[ii]. O para ponerlo en otras palabras, una cosa es lo percibido y otra, muy diferente, lo visto[iii]. Entre un momento y otro media el ejercicio, la práctica, el trabajo con eso que pudiéramos llamar una “educación de los sentidos”. Entonces, el primer impedimento está en la materia misma que ve, en el ojo. Entre otras razones, porque nuestro ojo natural es un ojo cultural o enculturado. No vemos como una cámara fotográfica: miramos bajo la lente de nuestras ideologías, de nuestros imaginarios; miramos bajo los filtros de nuestra socialización[iv].

Un segundo obstáculo tiene que ver con el útil que empleamos cuando vamos a describir: las palabras. O nos faltan o nos sobran. O no son las indicadas, o son tan vagas que al final no dan cuenta precisa de lo mirado[v]. El poco trato con las palabras, ese analfabetismo funcional de nuestro tiempo que ha reducido la riqueza lexical a los mínimos del consumo, es una talanquera difícil de superar. Las palabras, en cuanto dispositivos o mediaciones del pensamiento, en cuanto códigos, tienen sus propias leyes; hay sintaxis que las orientan y hay semánticas que las determinan. Las palabras tienen su propia gravitación, su propio mundo. Entonces, cuando echamos mano de ellas para describir algo o para describir a alguien, necesitamos cierto dominio o cierta pericia para gobernarlas o, al menos, para lograr que digan con precisión lo que esperamos[vi]. No es cuestión de sinónimos o de ampulosidad en el discurso. Mejor aún, las buenas descripciones consisten, precisamente, en encontrar la palabra justa o adecuada para determinado rasgo o para cierta particularidad de un rostro, un objeto o cierta situación[vii].

El último de los obstáculos, que por estar al final, no es el de menor importancia o la última instancia de un proceso de descripción, es el de no saber o no tener algo en mente cuando se quiere describir. Digamos que ya no es la torpeza del ojo, sino la pérdida de norte del investigador. Cuando se describe algo, dada la complejidad de las personas y las cosas, dada la red y la trama de signos que conforman cualquier unidad cultural[viii], hay que definir con anterioridad hacia dónde es que vamos a focalizar nuestra pesquisa. Es muy difícil, por no decir imposible, hacer descripciones generales o de todo. La descripción se vuelve fina, de filigrana, cuando trabaja en espacios delimitados, fijados, enmarcados. Por lo mismo, si no se tiene o no se sabe previamente qué es lo que deseamos describir, pues terminamos apuntando hacia cualquier lugar o perdiendo nuestras municiones en aspectos que no eran en últimas los objetivos de nuestra cacería. Quien describe se parece mucho a un cazador. No sólo porque define con anterioridad la presa que desea cazar, sino porque debe seguir sus huellas o sus indicios, sin perder nunca el rastro de lo que busca. Una buena descripción, entonces, pertenece al arte de la cinegética[ix].

Como puede verse, describir con alguna propiedad, requiere superar por lo menos los tres obstáculos mencionados. De un lado, cualificar el ojo, de otro dominar las palabras y, finalmente, saber enfocar o delimitar el objeto mismo de la descripción. Desde luego, no digo con ello que superados tales escollos ya sea suficiente para tener dominio de tal herramienta de conocimiento y de creación. Porque, la descripción necesita sortear un vado más amplio y más profundo: el del propio desinterés. Si no hay una motivación que catapulte a la descripción, por más que se hayan superado los tres obstáculos mencionados, siempre estaremos en el conato, en la tarea inacabada o imprecisa. La emoción no sólo despierta nuestros sentidos sino que nos coloca en disposición para tomar conciencia del entorno[x]. Nos eriza las sensaciones, nos exacerba el ánimo, nos estimula el interés. Y cuando un investigador tiene dentro de sí una pregunta o un cuestionamiento que le interesa, la descripción ya tiene por lo menos un lienzo idóneo para plasmarse.

Notas y referencias 

[i] Si se desea ampliar en este proceso de cualificación del ojo, mírese mi texto “Más allá del ver está el mirar” en el libro La cultura como texto (lectura, semiótica y educación), Javegraf, Bogotá, 2004, págs. 77-88.

[ii] Un buen libro para ilustrar la idea de perspicacia, especialmente en el campo de la investigación, es la obra ¡Eureka!  (Descubrimientos científicos que cambiaron el mundo) de Leslie Alan Horvitz, Paidós, Barcelona, 2003. El autor trae a colación diversos casos en donde se pude comprobar cómo el ojo afinado, el ojo educado, es el que puede convertir algo nimio o insustancial en un hecho o un evento significativo.

[iii] De manera amplia, Jacques Aumont ha desarrollado este desplazamiento de lo visible a lo visual en su libro La imagen, Paidós, Barcelona, 1992.

[iv] Varios textos pueden ayudar a profundizar en esta idea. Sólo como referentes iniciales recomiendo tres. El primero de ellos: Modos de ver de John Berger, Gustavo Gili, Barcelona, 1974; el segundo, El ojo del observador compilado por Paul Watzlawick y Peter Krieg, Gedisa, Barcelona, 2000. Y uno más: La construcción social de la realidad de Meter L. Berger y Thomas Luckmann, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1984.

[v] Véase mi texto “Esa palabra tan nuestra y tan lejana”, en el libro Oficio de Maestro, Javegraf, Bogotá, 2003, pág. 159-163.

[vi] Con las palabras, como lo escribiera el mexicano Octavio Paz, hay que practicar cierto oficio de jinete, de domador. Valga recordar ese poema suyo, titulado “Las palabras”:  “Dales la vuelta, / cógelas del rabo (chillen, putas), / azótalas, / dales azúcar en la boca a las rejegas, / ínflalas, globos, pínchalas, / sórbeles sangre y tuétanos, / sécalas, / cápalas, / písalas, gallo galante, / tuérceles el gaznate, cocinero, / desplúmalas, / destrípalas, toro, / buey, arrástralas, / hazlas, poeta, / haz que se traguen todas sus palabras”. En Poemas (1935-1975), Seix Barral, Barcelona, 1979, pág. 69. 

[vii] Aquí también hay una gama de textos que pueden servir de ayuda para ilustrar lo dicho. Por ahora, apenas como un aperitivo, sugiero la maravillosa obra Palomar, de Ítalo Calvino, Siruela, Madrid, 1997; y los poemas de los libros de odas de Pablo Neruda. Me refiero a las “Odas elementales”, “Nuevas Odas elementales” y “Tercer libro de odas”,  recogidas en su libro Poesía (Tomo I), Noguer, Bilbao, 1974.

[viii] El concepto de unidad cultural ha sido desarrollada por mí en el libro La cultura como texto (lectura, semiótica y educación), Javegraf, Bogotá, 2004. Léanse, por ejemplo, los apartados “¿Qué son y cómo trabajar con unidades culturales?”, “Leer un texto vivo”, “Semiótica El rehén: intento de una semiótica política” y  “Citizen semiotic”.

[ix] Para profundizar en este aspecto, consúltese el artículo “Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales”, contenido en el libro Mitos, emblemas, indicios (Morfología e historia), de Carlo Ginzburg, Gedisa, Barcelona, 1989, págs. 138-175. De igual manera, son sugestivas las ideas de Josefa Zulaika en su texto Caza, símbolo y eros, Nerea, Madrid, 1992.

[x] Si se quiere estudiar cómo ha ido cambiando la forma de percibir esto de las emociones valdría la pena leer la compilación de Cheshire Calhoun y Robert C. Solomon, ¿Qué es una emoción? (lecturas clásicas de psicología filosófica), Fondo de Cultura económica, México, 1989.

(De mi libro La enseña literaria. Crítica y didáctica de la literatura, Kimpres, Bogotá, 2008, pp. 209-212).

Objetos del ambiente escolar

Les he solicitado a mis estudiantes de la Maestría en Docencia de la Universidad de la Salle que describan un objeto escolar. La extensión debe oscilar entre cinco y ocho líneas (o entre 80 y 130 palabras). Se trata de un ejercicio de escritura para desarrollar las habilidades de observación, precisión semántica y, especialmente, de reconocimiento del ambiente cotidiano de trabajo. Estas destrezas son definitivas en la etapa de la descripción del problema de investigación y constituyen la columna vertebral del enfoque etnográfico o cuando se elabora un diario de campo.

Aunque ya he recibido y leído los primeros intentos y acercamientos al ejercicio solicitado, noto que hace falta comprender –antes de lanzarse a escribir– qué es en verdad la descripción. En consecuencia, voy a señalar una ruta de lecturas, contenidas en este mismo blog. Espero que sirvan de tutoría permanente y contribuyan a cualificar los textos de mis estudiantes de posgrado.

La primera lectura se titula “Describir: dibujar con palabras”. Recomiendo empezar por dicho documento. Además de señalar lo esencial de la descripción se presentan ejercicios que ilustran lo medular de esta modalidad textual. Releído el ensayo pasaría enseguida a dos barajas de aforismos identificados con el encabezado “Sobre la descripción I” y “Sobre la descripción II”. Los dos grupos de aforismos ofrecen de manera concentrada y esencial un acercamiento a las particularidades del ejercicio que nos interesa. Por ser aforismos hay que leerlos lentamente, rumiándolos en nuestro pensamiento. Pienso que en esos dos textos, a la par que se analiza con hondura el ser de la descripción, se ofrecen recursos para sortear las dificultades al describir. Hechas las anteriores lecturas recomiendo mirar un ensayo denominado “El objeto como signo”.  En él se presentan, en una perspectiva semiótica, los miradores estratégicos o los criterios para desentrañar un objeto. Es una lista de chequeo a tener en cuenta o un abanico de posibilidades para enfocar nuestra mirada.

Con esa reserva de lecturas en nuestra cabeza ahora sí podemos elegir un objeto del ambiente escolar. Sobra decir, que debe provocarnos algún interés o al menos tener la magia de las cosas inquietantes. Con ese objeto al frente, observándolo muchas veces, mirándolo y escudriñándolo por todas sus facetas, procederemos a redactar nuestra descripción. Lo más seguro es que no tendremos a la mano los nombres propios de cada una de las partes, entonces, habrá que indagar o investigar al respecto. Cuando nos faltan los sustantivos indicados tendemos a generalizar o nos vamos por las ramas, o terminamos divagando. ¿Cómo se llama la punta del compás?, ¿cuál es el nombre de la forma de un lápiz?, ¿cómo es conocida la parte que enmarca un portón?, ¿de qué material está hecha una calculadora? , ¿cómo le dicen a las divisiones de un armario? Baste la siguiente ilustración (sobre el compás) para corroborar la importancia de conocer los nombres específicos de las partes de un objeto cuando tenemos la intención de describirlo:

Por lo demás, y en eso profundiza mi ensayo “Describir un objeto”, necesitaremos también mirar cómo el tiempo ha hecho mella en el objeto; o cómo las manos han ido dándole cierta fisonomía particular; o qué tanto lo ha afectado la intemperie o el sol. Y de igual manera deberemos, al momento de presentar la descripción, darle importancia a las medidas, la textura y el color, así como al contexto en que está ubicado el objeto.

Salta a la vista que el ejercicio de describir un objeto escolar nos lleva a volvernos extranjeros para el mundo cotidiano en que trabajamos. Es necesario ver los objetos familiares como si fueran cosas absolutamente novedosas o llenas de maravilla. La descripción, precisamente, busca presentar al lector una realidad distante o ajena para él. Es como si el escritor convirtiera sus palabras en unos ojos capaces de transportar seres ausentes. Y por eso hay que ser cuidadosos en la elección de los términos, y darle al conjunto tanta importancia como a los detalles.

Resta decir que muy seguramente serán necesarias más de dos versiones para alcanzar una descripción de calidad. A veces, porque hay una flagrante desorganización en los elementos o porque en el afán de mencionar el uso dejamos inconclusa una serie de características. En otros casos, será la falta de dominio en la puntuación la que hará que nuestro objeto se presente fracturado o descompuesto. Lo aconsejable, entonces, es afinar la mirada, asediar el objeto desde diferentes perspectivas y empezar a volverse fiel amigo del diccionario, ojalá de aquellos llamados ideológicos, de campos semánticos o de ideas afines.

 

Carta a los padres de familia

Ilustración de Quino.

Ilustración de Quino.

Apreciados padres,

Me valgo de esta forma de comunicación porque no ha sido posible reunirme con ustedes personalmente. Sé que a las reuniones de entrega de boletines siempre falta alguno, cuando no los dos. Entonces, y debido a la importancia de su apoyo para esta misión de formar a sus hijos, he acudido a este medio de escritura usado en pasadas épocas con el mismo fervor de los correos electrónicos en la actualidad.

Lo primero es contarles que, hagan lo que hagan, ustedes siempre serán referentes de comportamiento y de actitudes para sus hijos. Por acción o por omisión sus hijos los mirarán para saber cómo comportarse y, por imitación, irán asimilando ciertas actitudes o determinadas conductas. Insisto en que tal referencialidad podrá darse de manera consciente o inconsciente. Y así sea planeada o no siempre estará al frente de sus hijos como si fuera un conjunto de señales para orientar sus vidas.

Otro asunto que deseaba mencionarles es lo fundamental de su labor en lo concerniente a forjar hábitos. Quizás esa ha sido una de las funciones esenciales de la crianza; y debido a la urgencia de las necesidades económicas de hoy se ha ido dejando a la buena de Dios o a las no siempre afortunadas manos de la sociedad de consumo o los medios masivos de información. Les comentaba, y perdonen mi insistencia, que a ustedes les corresponde preparar el terreno de los hábitos para que sea fértil y podamos más tarde los maestros labrar ese terreno con alguna fortuna. Hay tantos hábitos en los que ustedes deberían insistir: los de alimentación y vestido, los de trato y convivencia, los de aseo y ahorro, o esos otros tan necesarios del leer y el estudiar, del aprender a saludar y dar las gracias. Los hábitos son una segunda piel que ustedes deben tejer cada día con su ejemplo y dedicación. Recuerden que los hábitos incorporados son una herencia para toda la vida.

En este mismo sentido, deseo reiterarles la fundamental tarea de acuñar en sus hijos valores y virtudes. Y digo acuñar para subrayar esa especie de impronta en el carácter que tiene una persona cuando ha contado en su crianza con un repertorio de valores, tales como el respeto, la honestidad, la responsabilidad o la solidaridad. Ustedes saben, estimados padres, que los valores actúan como brújulas morales en el futuro actuar de sus hijos; a ellos acudirán cuando se sientan perdidos en una situación existencial o servirán de guías para el convivir y relacionarse con sus semejantes. Esos valores hacen las veces de tutores o mentores cuando ustedes no estén presentes o cuando ya no los acompañen en sus vidas. Y si además, ustedes han tenido la precaución de favorecer determinadas virtudes, entonces a sus hijos les será más fácil conquistar sus metas porque tendrán en sí la disciplina o la constancia, y conseguirán relacionarse mejor con sus semejantes porque sabrán ser menos ostentosos, más prudentes y dignos de confianza. Nada de eso sobra en la crianza de los hijos  ni es un asunto secundario.

Aunque me extienda un poco más deseo comentarles que ustedes son cuidadores de los vínculos sociales o de las relaciones interpersonales de sus hijos. Tengan presente que de la inexperiencia y la ingenuidad se aprovechan los timadores y comerciantes del vicio. Las malas costumbres o las vías torcidas abundan por doquier. Por lo mismo, es su deber –con tacto y perspicacia– saber quiénes son los amigos y conocidos de sus hijos, y cuál es el núcleo de amistades por ellos frecuentado. Y no me refiero a una fiscalización excluyente de sus relaciones, sino a un vigilante conocimiento de tales vínculos. Mucho más hoy, cuando los medios virtuales han creado la posibilidad de mantener abiertas las puertas de nuestras casas. Sigue siendo importante insistirles a los hijos que inviten a su casa a esos primeros amigos o convidar a reuniones en las que ustedes puedan apreciar de primera mano aquel grupo de colegio que su hijo o su hija frecuentan tantas horas. Cuidar, en consecuencia, es concebir el espacio de la familia como un escenario de la prevención, del anticiparse a las elecciones equivocadas o a aquellas decisiones que por la inexperiencia pueden arruinar el futuro de una persona.

Considero también que este celo por lo que hacen y por quienes comparten la cotidianidad de sus hijos puede ser un buen motivo para desarrollar en ellos el discernimiento y el buen juicio. Hablar con sus hijos de lo que piensan o de por qué actúan como actúan es otra tarea de primer orden en esto de ser padres. Tengan presente que ustedes animan o no el aprender a reflexionar sobre las experiencias que cada día les acaecen a sus hijos; dediquen un tiempo para escucharlos, para ponerles situaciones reales o hipotéticas que les permitan, poco a poco, descubrir los alcances o las repercusiones de un modo u otro de actuar. Dialogar, por lo mismo, es un taller irreemplazable para alcanzar la madurez en la toma de decisiones y un crisol para aprender a usar la libertad.

Una cosa más me atrevo a recomendarles. La de no perder su lugar de apoyo en el crecimiento de sus hijos. Estar ahí para dar un consejo oportuno; estar ahí para servir de consuelo; estar ahí para dar ánimo o servir de abrazo de apoyo ante la dificultad, es esencial en las peripecias del viaje existencial de las nuevas generaciones. Sucede que hoy, por múltiples razones, casi no se está en el hogar o de poco tiempo se dispone para escuchar atentamente los problemas acuciantes de los hijos. Sin embargo, y eso seguramente ustedes ya solo saben, el consejo o el apoyo moral de un papá o una mamá son cosas que no tienen ningún precio o que nada los puede reemplazar. Tengan en su mente la parábola del hijo pródigo y permítanse estar presentes cuando uno de sus hijos retorne al hogar agobiado por el fracaso, los errores, o con los sentimientos hechos trizas. Abran los brazos y estén dispuestos a comprender y perdonar.

Ya para concluir esta misiva, me gustaría decirles que el fin último de su labor como padres, el objetivo capital de la crianza es llegar a convertir su forma de estar en el mundo y enfrentar la vida en un emblema para sus hijos. Ellos necesitan ver en ustedes el testimonio de que vivir vale la pena y de que, a pesar de los obstáculos o las decepciones, la vida sigue teniendo sentido, que es un don maravilloso al cual hay que sacarle todo el provecho y toda su riqueza. Ustedes, apreciados padres, deben dejarles esa herencia; la forma como vivan su existencia tiene que ser un símbolo o una enseña imperecedera en el tiempo. Tengan presente esto: es en la lejanía cuando mejor se aprecia la escultura tallada año a año con sus manos.

Con todo mi aprecio,

Fernando

Describir un objeto

A primera vista parece simple describir un objeto. Observe con cuidado y pinte lo que mira, nos dicen. Haga un listado de sus características, vuelven a insistirnos. Pero si bien es útil tener en mente dichas recomendaciones, no podemos dejar de lado la riqueza y complejidad propia de los objetos. Ignorar sus peculiaridades, por no decir su esencia, es condenar la descripción al fracaso o a una tarea superficial.

Es que los objetos, así los consideremos desechables, tienen una relación profunda con las personas. Por momentos son como una extensión del hombre y, en otras ocasiones, son la evidencia silenciosa de la forma de ser o actuar de un individuo.

Los objetos se parecen a su dueño. Hay objetos que a pesar de los años siguen siendo útiles, mientras otros a los pocos días de uso ya parecen un vejestorio. Desde luego, esto se debe al trato o al vínculo que los hombres establecen con sus cosas. Por eso vemos vehículos pulcramente tenidos y también automóviles desaliñados y descuidados hasta el exceso. Y por la misma razón, hay personas que con celo acicalan y atesoran sus objetos como hay otras que con rapidez los destrozan o los dejan desnudos a las fuerzas de la herrumbre o la intemperie.

Analícese cómo la mesa donde escribimos va perdiendo su laca justo donde nuestros brazos o nuestras manos la recorren cotidianamente; o qué decir de aquella silla que ya parece haber tomado la forma de nuestras posaderas. Y ni hablar de los mangos de madera de los cuchillos de cocina que se desgastan según la huella de las manos que los utilizan o nuestros zapatos en los que cada arruga reproduce las señales inequívocas de una anatomía. He visto objetos con aristas de aluminio ir perdiendo su espesor por la continua suavidad de unas manos; y he comprobado más de una vez la moldura adquirida de los sacos al acompañar por mucho tiempo a su dueño.

Sabemos, además, que a los objetos se adhieren los perfumes, las manchas, y el ambiente como si fueran una pátina indeleble. Los objetos están inmersos en un contexto, en una época, en una cultura. Por eso, aunque al momento de salir de la fábrica sean idénticos, lo cierto es que al entrar en relación con un individuo o con una comunidad específica, sufren transformaciones, adaptaciones, mutilaciones, mutaciones. De igual modo las características de una profesión los impregnan de nuevos significados o los dotan de un simbolismo insospechado. De allí porque el perfume, por ejemplo, cambia su intensidad o su acidez según un tipo de piel o una determinada sudoración; y en ese mismo sentido, hay objetos que lucen maravillosamente en un cuerpo y dejan de ser vistosos al ser usados por otra persona.

De otra parte, es común que determinados objetos formen una familia para poblar determinados espacios. Esa unión de objetos, muchas veces atendiendo a elaboradas estéticas, se convierte en un deber ser social o en una silente radiografía de una época. Existen protocolos a los cuales obedecen los objetos y tenemos objetos que desencadenan ritos, etiquetas, festividades o ceremonias de diversa índole. Es común, por lo mismo, hablar de mobiliario o de baterías de cocina, o de caja de herramientas. Los médicos hablan de instrumental y los industriales, los ingenieros o los militares de equipamiento. El mundo de la escuela tiene lista de útiles, material didáctico, recursos audiovisuales y dotaciones de variado tipo. Por momentos el espacio del salón de clase es, en sí mismo un objeto y, en otros, es todo el edificio de la institución, toda la estructura la que se comporta como si fuera una mole unificada y dotada de identidad.

Repensadas así las cosas, describir un objeto se torna difícil. Lo más fácil es enumerar una serie de características; tal vez las más evidentes. Pero se olvida que los objetos dependen de la relación que tengan con las personas; que cambian según el trato y el cuidado; que están sometidos al clima y el tiempo; que guardan historias muchas veces evidentes en una raspadura, una mella o la falta de una pieza. Es imperativo medirlos y conocer de qué material están hechos; por supuesto que necesitamos precisar su color, su fisonomía y estructura. Eso es necesario. Más no es suficiente. Las buenas descripciones, las que son fieles a la hipotiposis de los retóricos clásicos, necesitan “hacer ver”, “poner ante los ojos” las peripecias del objeto, sus vínculos, sus cicatrices, su trasegar por el mundo. Las buenas descripciones hacen que las cosas revelen su acontecer, ponen a los objetos en el sitial de lo contemplado. El que así describe un objeto, en consecuencia, debe admirarlo tranquilamente para dar testimonio en su escritura de tal encuentro.

Etopeya en quince líneas

"Autorretrato enfermo", ilustración de Fernando Vásquez.

“Autorretrato enfermo” (2004), pintura de Fernando Vásquez.

Tengo una curiosidad y una pasión permanente por conocer. Tal vez por ello soy un bibliófilo consumado y un semiotista de oficio. Me intriga el acaecer del mundo y el comportamiento de las personas. No soy indiferente ante lo que me rodea. Tal interés me ha llevado a convertirme en escritor. Soy de carácter decidido, pero someto mis acciones a una larga reflexión. Me considero persistente y me precio de llevar a la práctica ideas que para muchos resultan difíciles de alcanzar. Puedo imponerme disciplinas con entregada devoción. Por lo general soy de temperamento tranquilo, afable; y silencioso cuando la ira o la impaciencia –mis dos monstruos íntimos– me  atenazan el espíritu.  Sé perdonar y tengo la gracia de no albergar ni rencores ni odios imperecederos. Me satisface ayudar a los necesitados y soy feliz al tratar de enseñarles a otros lo que conozco. Tengo facilidad de expresión y habilidades sociales para relacionarme. No soy fanático ni sectario, tampoco proclive a la ostentación de bienes materiales; detesto la inautenticidad y la habladuría envenenada. Valoro en mí y en los más cercanos la lealtad; busco, por lo mismo, establecer vínculos gestados más desde la confianza que en el miedo. Creo en el amor tranquilo de las certezas compartidas. Llevo izada en mis acciones la honestidad como bandera ética.

La etopeya o el retrato moral

"Triple autorretrato" de Norman Rockwell.

“Triple autorretrato” de Norman Rockwell.

Como se sabe, la etopeya consiste en hacer una descripción del carácter o los rasgos morales de una persona. Es, por decirlo así, la elaboración de un retrato interior o íntimo. Aunque parece una labor sencilla conviene tener presente algunas características de este recurso de la retórica clásica, considerado como una de las figuras de pensamiento.

Un primer asunto digno de recordar se refiere a que la etopeya es una modalidad de la descripción. En consecuencia, se requiere perspicacia, observación juiciosa y un buen repertorio de adjetivos para lograr precisar las variadas tonalidades de un comportamiento o una manera de ser. La etopeya exige encontrar el término preciso para señalar una cualidad moral, una emoción recurrente o un tipo de pensamiento. Más allá de un listado de palabras lo que se busca es describir con agudeza y pulso firme los rasgos individuales de una conducta o una forma de ser.

Precisamente, otro aspecto fundamental de la etopeya es mantener el equilibrio para no caer en el exceso de las virtudes ni el sólo resaltar defectos de una persona. Si se escribe una etopeya debe privilegiarse la gama de los grises más que optar por el blanco o el negro de los estereotipos. Es decir, ni convertir el retrato en un perfil ideal ni construirlo como si fuera un memorial de agravios. Aunque el propósito sea dar cuenta de una subjetividad, se debe mantener el tono de lo objetivo.

Una tercera característica de la etopeya corresponde al necesario tiempo de observación requerido para realizarla. Las buenas etopeyas son, en cierto sentido, un proyecto de investigación, una sistemática pesquisa sobre las actuaciones y expresiones íntimas de un individuo. Se requiere la observación sistemática para hallar aquellos rasgos recurrentes, esas particularidades definitorias de una identidad. De igual forma, es recomendable apreciar al individuo en distintos contextos y en diferentes épocas para ver qué rasgos permanecen y cuáles son apenas comportamientos circunstanciales o pasajeros. Puesto en otras palabras: la etopeya es el resultado de someter a examen riguroso los hábitos, las creencias, la forma de interactuar, los gustos y deseos de un ser humano.

Como puede inferirse de lo dicho hasta aquí, quizá las mejores etopeyas sean genuinos autorretratos. ¿Quién más que nosotros mismos para dar cuenta de los meandros de nuestra interioridad? ¿Qué mejor pintor de nuestros rasgos éticos que nuestra propia mano? Por supuesto, atendiendo a las características o recomendaciones ya mencionadas. El autorretrato, entonces, es un ajuste de cuentas con nuestro yo íntimo, con nuestro teatro afectivo. Cuando así es concebida la etopeya puede ser más fácil entrar en relación con motivaciones ocultas, sentimientos inconfesos o aspiraciones inadvertidas por los demás.

Puede resultar útil al hacer el autorretrato recordar los consejos de los manuales de retórica clásica en los que se invitaba, cuando se realizara la etopeya, a poner el carácter de una persona en la perspectiva del pasado, el presente y el porvenir. Algo así como dotar al carácter de plasticidad y posibilidad de evolución. Tal vez de esta manera se pueda evitar la sobredimensión de una cualidad o el pasar por alto detalles psicológicos que aunque nimios son definitivos al momento de percibir el resultado final de una personalidad. Al final de cuentas lo que somos es el resultado del desarrollo paulatino y no el fruto acabado de un instante.

Agreguemos a lo dicho que así como el pintor cuando desea retratarse necesita del espejo, de igual forma el hacedor de etopeyas requiere del discernimiento para reconocerse y conseguir revelar las facciones de sus pasiones, las señales profundas de sus estados de ánimo. Teniendo, desde luego, el cuidado suficiente para no enamorarse de su propia imagen o confundir la realidad de su conciencia con la ilusoria forma proyectada por el reflejo.

Demos fin a estas reflexiones sobre la etopeya recalcando el valor de la descripción. Una destreza en la que se aúnan la fineza de la mirada y la elección precisa de los vocablos; una habilidad lingüística para establecer distinciones y registrar las características esenciales de las cosas o los seres vivos. Y al ser las personas –su idiosincrasia– el objetivo de la etopeya, con mayor razón cobra importancia saber elegir el sustantivo exacto o el adjetivo adecuado para fijar con precisión las variaciones de un temperamento.

Inventar incansablemente nuestra vida

Ilustración de Toni Demuro.

Ilustración de Toni Demuro.

Nunca
Jaime Torres Bodet
 
Nunca me cansará mi oficio de hombre.
Hombre he sido y seré mientras exista.
Hombre no más: proyecto entre proyectos,
boca sedienta al cántaro adherida,
pies inseguros sobre el polvo ardiente,
espíritu y materia vulnerables
a todos los oprobios y las dichas…
 
Nunca me sentiré rey destronado
ni ángel abolido mientras viva,
sino aprendiz de hombre eternamente,
hombre con los que van por las colinas
hacia el jardín que siempre los repudia,
hombre con los que buscan entre escombros
la verdad necesaria y prohibida,
hombre entre los que labran con sus manos
lo que jamás hereda un alma digna,
¡porque de todo cuanto el hombre ha hecho,
la sola herencia digna de los hombres
es el derecho de inventar su vida!
 

Parece natural que, por el hecho de nacer, ya seamos hombres. El poeta mexicano Jaime Torres Bodet, en su poema “Nunca”, nos muestra que no es así. Que el convertirnos en hombres es una tarea de toda nuestra vida; un oficio al cual debemos entregarnos mientras existamos. En este poema podemos ratificar que la vida no es sólo una cosa dada sino, fundamentalmente, una invención forjada con nuestras propias manos. 

El poeta afirma que nuestro oficio de hombres posee una serie de tareas. La primera de ellas es la de ir siempre en búsqueda de algo, de alguien. Dada nuestra esencia, nuestra boca está siempre sedienta. No nos conformamos, siempre estamos en pos de una meta, una obra, un propósito. Hagamos lo que hagamos, cualquiera sea nuestro origen o nuestra raza, los seres humanos vamos en continuo camino. Por todo esto, el hombre es un “proyecto entre proyectos”. Su interior, su corazón, su espíritu, es una especie de arco en tensión, una fuerza distendida que lo hace escudriñar y explorar tierras lejanas. 

En cuanto insistente perseguidor, Jaime Torres ­Bodet agrega que el hombre es un buscador de jardines imposibles. Se suma a otros hombres por ciertas causas perdidas pero necesarias para satisfacer su hambre de utopías. Esa es su grandeza y la causa de su dramático destino. De igual modo, es un salteador de verdades prohibidas, un altruista libertario. Y cuando más parece que todo a su alrededor está en ruinas, más se aferra a necesitar y reclamar una verdad. Gran parte de sus oficios consiste en labrar algunos principios o ciertos valores tan llenos de sentido como para legarlos a otras generaciones venideras.  

Mas no por ello se siente un ser todopoderoso. Jaime Torres Bodet reconoce que el hombre sediento de horizontes es profundamente vulnerable. Tanto por los oprobios como por las dichas. No se trata de un organismo inmune o invencible. La materia prima de que está hecho lo ha convertido en un ser sensible y afectable por el mundo y las personas. Precisamente por ello, por saberse frágil y lastimable, es que toma con beneficio de inventario los honores, el poder o la perfección. Y si no se siente “rey destronado” es porque sabe que esos escaños son pasajeros, que hay bastante oropel y mentira en tales ambiciones palaciegas. Tampoco se asume como “ángel abolido”, pues más de una vez, a pesar de la maldad que le coquetea complaciente, ha mantenido impoluta su alma; y otras veces, sabiéndose limpio, ha dejado caer sus alas en los terrenos oscuros de la inmoralidad.   

Ese oficio de ser hombre lo ha llevado de igual modo a ser o convertirse en un aprendiz permanente. Cada día que llega, cada cosa que hace, cada relación que establece, le ofrece innumerables ocasiones para acabar de formarse, para asimilar experiencia, para ejercitarse en habilidades diversas, para repasar o profundizar en conocimientos. Su vida misma es un continuo aprendizaje. Desde el vientre materno hasta las últimas horas de su existencia, tendrá que recoger y digerir, aprehender y entender, estudiar y conocerse. Así camine de manera insegura, así sus semejantes lo repudien, no podrá renunciar a este apetito adherido a sus sentidos y a su mente. 

Pero la tarea fundamental, la que podríamos llamar de una vez su derecho más alto, es la de “inventar su vida”. Nadie puede ni debería quitarle esa labor. Porque no hay dos vidas semejantes, porque a cada ser humano le corresponde delinear y configurar su existencia. Las coordenadas o el mapa de nuestra vida dependen de cada uno de nosotros. Imposible, por no decir falso, que haya un modelo del cual podamos derivar cabalmente nuestro ser; puede que tengamos mentores, ayudantes, referentes, puntos de partida; pero el diseño final, la obra definitiva, es sólo fruto de nuestra responsabilidad. A cada hombre le compete ese oficio: inventarse el territorio de sí mismo.  El poeta afirma que no debemos cansarnos nunca de tal ocupación; que allí está el temple de nuestro carácter. Se trata, en últimas, de un asunto de dignidad. Porque el oficio de inventar la propia vida es la verdadera herencia que un hombre puede legarle a otros hombres.

(De mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, Kimpres, Bogotá, 2012, pp. 35-40).

Literatura y formación en valores

"Visiones del Quijote" de Octavio Ocampo.

“Visiones del Quijote” de Octavio Ocampo.

Sin lugar a dudas, el principal objetivo de la literatura es conmover o producir un efecto estético en el lector. Algunos autores prefieren decir que su propósito es entretener y otros, que su deseo es comunicar una experiencia personal o expresar una obsesión interior.

Sea como fuere, la literatura es un arte capaz de conmover, apasionar y poner en movimiento la sensibilidad de un lector. Pero, también la literatura pone en circulación unos valores, un conjunto de actitudes o comportamientos relacionados con el ser o el convivir. En la medida en que son un producto cultural, las obras literarias participan y recrean los valores de determinada sociedad. A veces, para describirlos o exaltarlos y, otras, para criticarlos o verles sus mecanismos ocultos.

No obstante, la literatura no opera como una cartilla de moral o un código de buenas conductas. Su proceder es indirecto, sutil; usando la sugerencia, la ambigüedad, el humor o la ironía. O recurriendo al símbolo con su capacidad de evocación y potencial analógico. La literatura muestra, pero no demuestra; presenta unos valores pero sin que por ello anhele adoctrinar o catequizar.

Digo lo anterior porque a veces los educadores, en su afán de la formación ética de los alumnos, descuidan o dejan de lado la dimensión estética de las obras literarias. Hasta pueden llegar a instrumentalizar la literatura para tipificar –de manera simplista– un listado axiológico fijado en el proyecto educativo de la institución donde laboran. No digo con ello que la lectura de las obras literarias no contribuya a la formación de los estudiantes. Claro que sí. Pero no es un asunto inmediato y mecánico. La literatura reclama que los lectores descifren sus claves (siempre plurales, diversas) y así logren sacar el mayor provecho de sus páginas. Por eso es fundamental que los maestros ayuden a sus estudiantes a ver las relaciones entre los personajes, la genealogía de los conflictos, las transformaciones de una conducta, la complejidad de determinada situación literaria. Lo peor que le puede pasar a la literatura y a la formación ética es emplear las obras literarias como si fueran artefactos de un solo uso, o artilugios para un único fin.

Creo que la literatura, desde la perspectiva de una didáctica de los valores, ofrece motivos para el diálogo, para la discusión en clase. El trabajo del maestro, entonces, es propiciar el discernimiento, la argumentación, el análisis crítico. Esos temas recurrentes expresados por la literatura deben ser explorados en sus diversos niveles de significación, mostrando siempre el haz y el envés de un hecho; ayudando con preguntas intencionadas a que los alumnos clarifiquen valores y descubran los dilemas morales cuando entra en juego la libertad o el relacionarse con sus semejantes.

Por lo mismo, el maestro debe ser cuidadoso y perspicaz al momento de elegir las obras que va a trabajar en clase. Ojalá seleccione obras literarias lo suficientemente ricas, en su elaboración y contenido, que posibiliten apreciar la cara poliédrica de la realidad o las infinitas máscaras de las personas. En muchas ocasiones, obras literarias acusadas de presentar antivalores, pueden ser un excelente recurso para contrarrestar el obcecado moralismo de ciertos docentes o la inmaculada concepción de los seres humanos que tienen algunas instituciones educativas.

De otra parte, y eso es bueno recordarlo, los valores no se enseñan y menos se aprenden como otra asignatura. Requieren de tiempo y de un contexto adecuado; implican la participación del núcleo familiar y la sociedad; traen consigo la necesaria creación de hábitos. En consecuencia, mal haríamos en suponer que la lectura de una obra literaria sea suficiente para enseñar determinado valor. Quizá la literatura, al presentar situaciones y acontecimientos en donde se viven y debaten valores, sirva de piedra de toque para que los estudiantes “tomen conciencia” o dimensionen imaginariamente las consecuencias de una determinada actitud o decisión. Es probable que a través de esos ejemplos ficticios se espolee el nervio moral de los alumnos y se vayan acendrando ciertos comportamientos o se talle discretamente un carácter. Es factible que la escuela –en sentido amplio– logre con esas obras literarias crear un repertorio de “ejemplos” lo suficientemente luminoso como para irradiar en el futuro el actuar ético de los alumnos. Pero eso es apenas una posibilidad y se requiere, por lo demás, la concurrencia de otros factores y otros actores si se quiere garantizar una genuina formación moral de las nuevas generaciones.

Recalquemos en nuestra idea inicial: la literatura es un arte de la palabra cuyo principal fin es sensibilizar a los lectores sobre la variada y compleja condición humana. Una forma creativa del lenguaje mediante la cual se  reconfigura la realidad al tiempo que se promueve el desarrollo de la fantasía y la imaginación de sus potenciales lectores. Tengamos bien presente esta finalidad estética de la literatura cuando la usemos con propósitos didácticos o cuando hagamos de ella un recurso para la formación en valores.

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