La comunicación y el directivo docente

Jon Krause

Ilustración de Jon Krause.

Que los directivos docentes hacen o tienen muchas funciones es innegable. Porque no solo deben liderar, supervisar y evaluar a los docentes, sino también establecer vínculos con otros actores educativos, además de atender la gestión administrativa y responder por los objetivos últimos de las políticas educativas.

Sirva de ilustración la investigación hecha por la UNESCO en el 2014, en ocho paises de América Latina y el Caribe sobre el Liderazgo escolar, en la que se enumeran, entre otras, las siguientes funciones, roles o atribuciones de un directivo docente: “atender o resolver problemas pedagógicos y administrativos o de la comunidad escolar en general; ejercer la representación del establecimiento (legal, judicial y extrajudicial, técnica y administrativa); controlar la puntualidad, disciplina y cumplimiento de los docentes y demás funcionarios; asegurar que el establecimiento responda a las políticas y legislación educativa; organizar instancias de trabajo pedagógico de los docentes; supervisar aulas o clases; fomentar o controlar la evaluación de alumnos y los resultados de aprendizaje; asesorar a docentes; dirigir, organizar y controlar el trabajo docente o la implementación del programa académico; motivar la capacitación y desarrollo profesional de los docentes; evaluar a los docentes; responder por la estructura y equipamiento y/o determinar las necesidades en esta área y velar por su mantención; realizar y mantener actualizado el inventario del establecimiento; suscribir o legalizar los documentos oficiales del establecimiento; responder a las solicitudes de documentación o información de las autoridades; administrar y controlar fondos y recursos; presidir o acompañar los actos de la escuela y fuera de ella; promover la participación e integración de la comunidad escolar y los organismos escolares; establecer y mantener canales de comunicación con la comunidad escolar; favorecer la convivencia y el buen clima escolar; ejecutar acciones de seguridad para los alumnos y/o de prevención de riesgos”.

Por lo que puede verse, ni es un cargo fácil, ni se puede llevar a cabo de cualquier manera. Si se analizan en detalle varias de estas actividades se notará que en ellas hay, de manera explícita o implícita, un alto componente comunicativo. O dicho de otra manera, las habilidades de comunicación son una necesidad y una ayuda para muchas de las tareas o responsabilidades cotidianas de un directivo docente. Por eso, es necesario analizar y explicar de qué manera la comunicación incide o contribuye a optimizar tales funciones.

Una primera bondad de la comunicación para un directivo docente es la de servir de puente, de medio de relación, de bisagra para los vínculos. La comunicación, en este caso, ayuda a juntar diferentes actores, distintos niveles o ámbitos de la institución. Las piezas separadas o disímiles encuentran en los recursos comunicativos un pegante, una forma de ensamblaje. El directivo docente, en esta perspectiva, propicia, facilita, incentiva esas zonas o espacios de encuentro; pone en común, muestra puntos de similitud, teje relaciones como un orfebre de los vínculos humanos. Para hacerlo necesita ir más allá de coordinar un grupo y empezar a usar la comunicación con el fin de convertir a un conglomerado de personas en un verdadero equipo.

La segunda utilidad de la comunicación para un directivo está enfocada a favorecer o propiciar el buen clima laboral. En este caso, la comunicación –centrada en actitudes de reconocimiento y respeto– contribuye a que el bienestar de un grupo se transforme en apoyo y fraternidad para alcanzar determinadas metas. El directivo docente tendrá en cuenta que sus tareas no son únicamente de productividad, sino que también incluyen las de contribuir a que haya unas óptimas condiciones laborales, cuidar del bienestar de los colaboradores y sus familias, y buscar alternativas para desarrollar el talento humano de los miembros de su institución. Si hay una comunicación fluida y oportuna, si se toma en cuenta la opinión de los empleados, si se socializan con ellos las decisiones importantes, si hay la suficiente confidencialidad en lo escuchado, si poca atención se presta y menos se promueve el chisme descalificador, muy seguramente el directivo obtendrá una sana convivencia en su institución.

Un tercer campo de servicio proviene de la imagen global que gracias a la comunicación logra consolidar una institución. La comunicación aporta sus saberes sobre las piezas divulgativas que la institución utiliza para promoverse o aquellas otras que se consideran constitutivas de su identidad. Colores, mensajes, distintivos, eslóganes, valores prioritarios…, cada uno de estos aspectos –si en verdad son valorados por el directivo docente– repercutirá en que toda la comunidad comparta un lenguaje propio de la institución. La comunicación, no hay que olvidarlo, propicia un sentido de filiación, crea una “personalidad” corporativa, refuerza al interior y al exterior los signos de pertenencia, de fidelización y de prestigio social. 

La cuarta ayuda que la comunicación presta a un directivo docente es la de legitimar o afianzar un tipo de poder o de mando. Si las decisiones o las políticas no circulan en la comunidad educativa, si aumenta el secretismo y la poca deliberación, muy reducida será la aceptación o el reconocimiento de un directivo. La comunicación implica, en estas ocasiones, propiciar encuentros regulares con todo el personal de la institución, al igual que una agenda planeada en la que el directivo muestre y explique a todos los actores sus proyectos, sus metas prioritarias, su estilo de gestión. Es bueno recordar que no basta con tener el poder; hay que conquistar la autoridad, y esa en gran medida proviene de cómo el directivo se socializa, cómo involucra a otros, cómo deja de ser una cabeza solitaria, y más bien se convierte en un gestor de alianzas, en un facilitador solidario para todos los miembros de su institución.

Una última función de la comunicación, quizá la de uso más frecuente, es la de estimular la motivación a los miembros de una comunidad educativa. Mediante las técnicas, estrategias y mediaciones propias de la comunicación, se logra mermar el desánimo y la poca participación de los colaboradores, se alcanza a afectar el mundo de las emociones y los sentimientos de las personas. El directivo docente utiliza la comunicación con el fin de persuadir, de mover pasiones, de conmover a los indolentes y apáticos. Buena parte de las estrategias propias de la retórica clásica y otras tantas de los tipos de auditorio estudiados por la retórica contemporánea, serán definitivas al momento de lograr la adhesión de los dirigidos. Argumentar, en este sentido, no es solo hablar a un público, sino poder identificar bien las particularidades de la audiencia con el fin de tocar no solo su mente sino también sus corazones. Un directivo docente tiene que echar mano de la comunicación oral, del lenguaje no verbal, para que en sus conversaciones, en un comité o en una reunión de padres de familia, no solo lance informaciones, sino que logre interpelar o implicar a aquellos que lo escuchan.

Cabría exponer otras utilidades de la comunicación para un directivo docente pero podemos cerrar aquí. El propósito esencial de lo expuesto es subrayar la relevancia de la comunicación en la gestión organizacional y la necesidad de estudiar o conocer mejor las particularidades de esta disciplina o dicha profesión. Una vez un docente logra el cargo o las funciones de directivo necesita desarrollar unas habilidades comunicativas para organizar, coordinar, persuadir, movilizar o liderar a un grupo de personas. Aprender sobre las minucias de la comunicación le permitirá al directivo distinguir los medios y conocer cuáles mediaciones son las más adecuadas según determinados fines; de igual modo, ser sensible a las condiciones de persona, tiempo, modo y lugar, necesarias para que un mensaje llegue cabalmente; y, por último, saber diferenciar las variadas formas de comunicación y su impacto en las diversas audiencias. Ese es el reto y la oportunidad de enriquecer y hacer más cordial y efectiva la dirección docente.

El continuo instante

Ilustración e Istvan Orosz

Ilustración de Itsvan Orosz.

“El virgen, el vivaz, el hermoso presente”.
Mallarmé

 

Gracias a la memoria sabemos del pasado; por la inteligencia, del futuro. Pero nos movemos en la cuerda funambularia del presente. Y ese presente, su evidencia, está en el instante.

El instante brota, aparece. Es. El instante tiene la fuerza de un rayo, un resplandor fugitivo, un golpe. Nuestra existencia deviene en instantes: un acto, una palabra, un gesto, un paso, una caricia. Su emerger es siempre sorpresivo. Porque a pesar de querer tener certeza del instante futuro necesitamos esperar que se dé en el presente; no hay posibilidad de retrotraerlo o posponerlo. Y con el pasado sucede algo semejante: rememoramos el instante que ya pasó, evocamos lo que quedó de impronta en la memoria. Pero en un caso o en otro no podemos asir la fugaz plenitud del instante.

La imaginación sabe trabajar mejor con el instante que otras capacidades humanas. Ella puede, así como si fuera una pasta o una goma especial, extender ese instante hasta un punto que se refunde con la alborada de otro golpetazo de tiempo. La imaginación permite alargar la consistencia del instante; hace que lo finito adquiera las particularidades de lo interminable. Al hacerlo, gracias a esa maleabilidad, logra dotarlo de un campo de radiación tan potente como para hacerlo imborrable, perenne. La imaginación perpetúa lo que en sí mismo es efímero o deleznable. Desde luego, se apoya en la memoria que, a su vez, descompone esa escena o ese hecho, ese momento, en un paisaje de infinitos elementos. Entonces, lo que parecía apenas un rápido encuentro, se convierte en una infinidad de cosas: una mirada, un gesto preciso, una determinada palabra, un tipo de bebida, una prenda de vestir, un lugar específico, un sentimiento particular, el nombre de un restaurante, la hora elegida, un aroma, un sabor… Así procedió Marcel Proust cuando fue en busca del tiempo perdido. Atomizó la duración, explotándola en tantos fragmentos que cada uno de ellos conformaba una eternidad. El evento en cuestión se amplía, se extiende, se multiplica, se perpetúa en una reverberación o resonancia interminable. La imaginación se apoya en los detalles para multiplicar lo que parece indivisible. El instante tocado por la imaginación es una avalancha de asociaciones, relaciones, imbricaciones, toques y contactos continuados.

El instante, según creía Gastón Bachelard, no construye horizontal sino verticalmente. Ahonda, va hacia el fondo del ser. A pesar de ser fugaz, es denso; tiene capas, estratos, pisos de sentido. De allí que una experiencia, aunque breve, pueda ser más intensa que otra vivida durante mucho tiempo. El instante desciende, penetra, se hace más genuino cuanto más profundo cava. Es posible, por lo mismo, vivir en un instante todo lo que de suyo tiene un sentimiento, una experiencia, un evento, un hecho. No es necesario recorrer todo el camino de algo para conocer lo que de esencial tiene dicha aventura. De esos eventos decimos que son excepcionales porque, gracias a ellos, hemos podido develar el rostro del instante. Claro, ni son todos, ni siempre se dan en cualquier experiencia; son escasos. Requieren del concierto de varias circunstancias y espacios al igual que la confluencia de determinadas personas. Cuando esto acaece, el instante se convierte en epifanía, milagro, revelación.

Sobra decir que el instante contiene en sí mismo tanto la vida como la muerte; solo que en su fogonazo una y otra se refunden. Es tal el destello del instante que no se alcanza a percibir la oscuridad que lo precede y lo sobrepasa. Es tan demoledora su presencia, su radiante aspecto, que pareciera no tener principio ni final. O la fusión entre uno y otro instante es tan rápida que ese presente obnubila nuestra percepción. Allí radica su belleza, su fascinación. Obvio: un instante acaba para ceder su lugar a otro.  Sin embargo, la forma como abre y cierra sus fronteras es causa de su encantamiento o de su seducción. El instante reúne en un mismo espacio el grito del nacimiento y el ay de la extinción. Ese engarce de temporalidades es la causa de su magia, de su prodigio. Lo más cercano para entender esta amalgama es el éxtasis amoroso: en un instante la finitud se une con lo infinito y lo limitado besa lo ilímite. En ese instante el adentro está afuera y el afuera es un adentro perfecto.

Quizá los seres humanos sabemos o intuimos estas cosas y anhelamos retener tales instantes. Por eso acudimos a las imágenes y por eso echamos mano del arte y de la poesía. Tal vez porque nos resistimos a perder el instante. Aunque, pensándolo mejor, la grandiosidad del instante está en su inaprensibilidad. Huye, se nos escapa. A no ser que, como ya lo decía, tengamos la suficiente imaginación o el talento artístico para saber conservarlo en una metáfora, en un recuerdo, que no sólo deje intacta su libertad de centella, sino que, además, nos permita disfrutar su cabal esencia.

Cuidar a otro

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El cuidar a otros nace de un doble movimiento en nuestra conciencia: de un lado, de la valía del prójimo, del hermano, del amigo que sufre o padece alguna pena, la desgracia o la enfermedad. Cuidamos porque el otro congénere nos importa, nos interpela. Y, de otra parte, de la capacidad personal de poder servir, de ayudar o colaborar –solidariamente– a quien sabemos necesita una mano, una palabra, un abrazo fraterno. Así que, cuando hablamos de cuidado es porque movilizamos nuestros sentimientos y nuestras acciones en una doble vía: porque escuchamos al otro y porque al hacerlo salimos de nosotros.

El primer impulso, el de ser sensibles al prójimo, al otro que vemos o sentimos frágil, tiene mucho que ver con la compasión, con la compañía y el apoyo en situaciones desfavorables o realmente dolorosas. El semejante, en esta dimensión, nos interpela de manera significativa. Deja de ser una persona anónima y adquiere un rostro, un nombre; se transforma en un ser con historia. Dicha fragilidad nos cuestiona o nos pone alerta; hace que la despreocupación o la indiferencia se apeen de su pasar de largo y tomen el tiempo necesario para conversar con ese otro ser, para “darle un tiempo” a quien lo necesita. Cuando así procedemos, cuando nos preocupamos por el doliente, el empobrecido, el enfermo, el desafortunado, nos sabemos más que individuos y empezamos a participar de una constitución humana similar. Reconocer el rostro ajeno preocupado, adolorido o lastimado hace que sintamos en nosotros una filiación profunda con esa misma condición. Cuidamos, entonces, porque nos identificamos o participamos de ser profundamente humanos.

El segundo movimiento que motiva el cuidar, afirmábamos, brota precisamente de la urgencia de salir del limitado territorio de sí mismos. Nuestro radio de acción se amplía y va en busca de otras personas que sabemos reclaman una ayuda, un medicamento, una palabra, un abrazo fraterno. Cuidar es una fuerza que nos impele a salir, a caminar, a despojarnos un tanto de nuestras posesiones y de nuestro tiempo. Este desplazamiento conlleva a que rompamos con ciertas rutinas o comodidades para entrar en esa otra zona sensible y delicada de los afectos y sentimientos de las personas sufridas o atrapadas por el infortunio. Al cuidar asumimos que podemos ir más allá de la acción interesada o del cálculo moral de dar algo para recibir otra cosa a cambio; ese cuidar a otro ser transforma la desconfianza en preocupación por el semejante, rompe el tranquilo paraíso de los egoísmos altaneros. El que cuida está afuera o dispone su espíritu para salir al encuentro del menesteroso o desdichado.

Cuando cuidamos tenemos, por lo mismo, la oportunidad de descubrir en nosotros lo que de afectables poseemos como partícipes de una condición humana vulnerable. Renunciamos a mostrarnos como seres todopoderosos, imbatibles, autosuficientes. Al disponernos de esa manera asumimos que los otros completan, añaden, complementan, enriquecen lo que somos o necesitamos ser. El otro nos hace falta en la medida en que reconocemos fronteras o zonas de nuestra personalidad esencialmente endebles, desvalidas; es decir, nos aceptamos como seres sustancialmente necesitados. Porque nos sabemos carentes y expuestos a las privaciones es que solicitamos una ayuda, una voz de aliento, un gesto afectuoso que renueve las fuerzas desfallecidas.

En definitiva, al sacar un tiempo para escuchar con atención al amigo o familiar que está ahogado con sus problemas o sus dolencias interiores; o al mostramos acuciosos para ayudar al que padece un revés de la fortuna o enfrenta un trayecto de la adversidad; o si dentro de nuestras prioridades ponemos en primer orden la llamada a la amiga que padece una dolorosa enfermedad, la visita fraterna al que está soportando el duelo de una pérdida, o la colaboración oportuna al que sabemos radicalmente carente de recursos… cuando todo eso hacemos, la cara anónima de los demás asume un rostro y nuestra palabra, nuestras manos y nuestros brazos hallan otra utilidad diferente al servicio personal. Si cuidamos al otro, en consecuencia, nos desplazamos, salimos de la cápsula de nuestra individualidad, abrimos nuestro corazón para la acogida y la hospitalidad.

No obstante, si bien pareciera fácil dar ese paso hacia el cuidado del otro, lo cierto es que muchas personas no lo logran. A veces por la arrogancia derivada del exceso de bienes o porque siempre se ha gozado de una buena salud o una suerte positiva. Y en otros casos, que son la mayoría, porque hay un miedo interior, un temor a exponerse, a contagiarse de los problemas o las angustias de otro ser humano. Se teme abrir el alma o los brazos porque, al actuar así, ya no tenemos el suficiente control o poder sobre los demás. Ahora es el otro el que nos reclama o nos lanza su llanto o sus desventuras; el que pide socorro o nos invita a entrar a su fisurada historia. Por eso, muchos individuos prefieren tomar distancia o hacerse los desentendidos frente al prójimo doliente. Ese comportamiento es más seguro, menos comprometedor. Lo contrario, y que requiere una buena dosis de valentía en el espíritu, es tomar como bandera la confianza, darle visa a la gratuidad, y extender nuestra piel y nuestras palabras hasta ese otro que sabemos fracturado por las peripecias amargas de la vida. Con ese confiado valor podremos hacer de cada acto de cuidado una ocasión para la ternura, el amor, la protección o la solidaridad.

Como la brisa o el viento inesperado

Muchacha defendiéndose de Eros

“Muchacha defendiéndose de Eros” de William-Adolphe Bouguereau.

Como la brisa o el viento inesperado

o con sigilo de fiera en fiel acecho,

así llega el amor a nuestro pecho

suave y voraz con su poder callado.

Es una espera tensada como un arco,

una ansiedad total por alcanzar el cielo,

un incendio casual ardiente como el hielo,

un mar llevando a la deriva un barco.

Nadie ha podido asegurar su sino

ni fijar un curso a su luz de cometa;

es un misterio, un lance de adivino,

un alado regalo, una fugaz saeta.

Y a pesar del afán o nuestro desatino,

viene o se va cual mariposa inquieta.

 

Eros y Psique

Eros y Psique Antonio Canova jpg

“Eros y Psique” de Antonio Canova.

Psique: ¿Y por qué no puedo ver tu rostro?, ¿por qué debo aceptar solo palparte en la oscuridad?

Eros: ¿Y por qué es tan importante verme a la luz del sol? ¿Te haría más feliz de lo que eres?

Psique: Creo que sí. Me gustaría no solo adivinarte sino reconocerte en verdad. ¿Eres un hombre, un dios, una bestia?

Eros: ¿No te ha dicho tu corazón lo que soy?, ¿y tus manos y tus labios no han entrevisto mis facciones? Yo aún sin verte conozco el brillo de tu mirada y la grandiosidad de tu sonrisa.

Psique: Sí, yo también te percibo. Pero no sé por qué no puedo estar contigo todo el tiempo; ¿por qué debo conformarme con estos encuentros nocturnos? Odio el amanecer que te aleja de mis brazos.

Eros: Yo siento, en cambio, que sigues en mí, que el día es una eterna noche. No dejo de adorarte, así no te tenga cerca o no pueda oler tu piel.

Psique: A mí, por el contrario, me gustaría compartir esta felicidad con todo el mundo, que estos peñascos, que el viento mismo, los pájaros y los bosques supieran la alegría que me producen tus palabras, tus besos, tu ternura, tus manos cariñosas.

Eros: ¿Para qué?, ¿qué ganarías con ello? ¿Aumentaría lo que sientes?, ¿cambiaría la intensidad de tus sentimientos?

Psique: No sé. Además, ¿por qué mis hermanas no pueden conocerte? Qué bueno sería que mis padres y toda mi familia supieran de ti. Me encantaría decirles a todos que soy infinitamente feliz…

Eros: ¿Lo necesitas en verdad? ¿Tan importante son los demás para rubricar lo que tu cuerpo sabe?

Psique: Es un dilema: cuando llegas, cuando me abrazas, cuando me confundo con tu ser nada importa. Eso parece suficiente. Me colmas, me llenas. Soy como una diosa del Olimpo. Pero apenas te vas, apenas presiento tu partida, todo ese espacio que llenabas se convierte en un hueco, en un vacío que me entristece. Entonces, lo que era plenitud ya no es más que ansiedad, lo que me colmaba se transforma en carencia dolorosa. Ese es mi drama, la tragedia que desde la cuna me anunciaron los dioses. ¿Puedes ayudarme?

Eros: No tengo sino la certeza de lo que siento por ti. Bendigo el día en que con mis propias flechas herí mis manos. Yo que era tu victimario me convertí en tu cuidador.

Psique: A veces creo que lo que me duele son tus constantes ausencias. ¿No puedes quedarte todo el tiempo conmigo, ¿por qué ese afán de huir de mí cuando viene la aurora?

Eros: ¿Y si no te gustara mi rostro a plena luz, ¿si la claridad develara mi monstruosidad? En muchas ocasiones el exceso de resplandor nos enceguece. Mi forma genuina es ésta: aparecer y desaparecer, al menos para tus ojos exteriores, porque si has escuchado mis palabras, siempre estaré ahí, en tu mente, en tus recuerdos, en tu memoria.

Psique: Recordarte es hermoso pero por momentos no es suficiente. Yo creo que mi condición me lleva a tener la certeza total de lo que eres. Me urge que la penumbra se complete con la claridad.

Eros: ¿Te gusta la rotundidad, los absolutos, la perfección?

Psique: Sí.

Eros: Yo, a diferencia de ti, convierto cada instante en toda la eternidad. Y tus recuerdos, en lugar de dolerme, acrecientan mi amor y mi deseo por volver a verte. Entre más me alejo más te añoro, entre más me distancio de tu lado más presente estás en mis pensamientos.

Psique: Quizá eso sea así porque eres un ser alado. He palpado con mis manos la suavidad de tus alas. Al inicio no supe bien qué eran, pero comprendí que son tu protección. Tal vez por eso no necesitas como yo la permanente presencia. Yo soy alguien condenada al temor de la soledad. Tu ausencia es una cárcel así esté en este hermoso palacio.

Eros: Puedes tener razón. Aunque yo pienso que tú, aun teniéndolo todo, siempre encontrarás algo que te falte.

Psique: ¿Eso es un reproche?

Eros: No. Señalo que tus pensamientos son más ambiciosos que tu propia piel.

Psique: Soy mujer…

Eros: ¿Un hijo colmaría ese vacío infinito?

Psique: Es probable.

Eros: Pues has de saber que dentro de ti ya hay una semilla bienhechora.

Psique: Lo sabes, antes que yo, ¡imposible! Pero, si eso es cierto, con mayor razón deberían conocerlo mis hermanas. ¿Cómo privar a los demás de esta futura felicidad?

Eros: Ahora soy yo quien no te entiende. ¿Para qué ese afán de que los otros confirmen tu dicha?

Psique: ¿Pero a ti no te parece necesario compartir toda esta alegría?

Eros: No. Eso es invocar la envidia de los hombres. Cuando los demás perciben un exceso de felicidad en alguien, inmediatamente traman ardides para traerle la tristeza.

Psique: ¿Debo, entonces, conformarme con una felicidad de manera secreta?

Eros: Íntima.

Psique: Pero al actuar así, bien pareciera que estoy haciendo algo prohibido. Es como si me sintiera culpable de mi propia felicidad.

Eros: Piensas de esa manera porque tienes la eternidad como meta. Yo, a diferencia de ti, hago eternas las horas que paso contigo.

Psique: Ahora que lo dices, creo que es verdad. A mí si me importa mucho saber o tener la claridad de los finales.

Eros: Ese es un misterio que ni mi padre puede saberlo. Fíjate en tus hermanas, aunque ya están casadas y gozan de una presunta felicidad, lo cierto es que añoran lo que tú tienes. Por eso no debes escucharlas, ¿para qué dejar indefenso tu corazón a las consejas y los pareceres ajenos?

Psique: ¿A ti no te importa el punto de llegada?

Eros: Quizá lo importante es el mapa… Eso es lo que garantiza el viaje, la aventura…

Psique: Pero el mapa es importante si uno quiere ir a un lugar específico…

Eros: El mapa orienta, pero nunca sabremos bien lo que acaecerá en la travesía.

Psique: No sé…, tal vez yo vivo de imposibles.

Eros: O te privas de lo posible por añorar esos imposibles.

Psique: Así soy, ¿será que esa es mi tragedia?

Eros: Solo los que no se conforman con las imperfecciones que la vida les regala andan en la permanente búsqueda de lo perfecto.

Psique: Según eso, ¿debo conformarme con las pocas horas que nos quedan antes de que el sol te ahuyente de mi lado?

Eros: Conformarse parece poca cosa, si no entendemos la gratuidad de lo que la vida nos ofrece. La diosa fortuna dispensa favores que algunos leen como sus desgracias. Pienso ahora en la suerte que tuve al ser elegido por mi madre para provocarte un castigo. Fíjate, yo que debía ser tu verdugo ahora soy tu cautivo. Entonces, conformarme contigo es saborear la dicha de ese azar bienaventurado. Nunca quise tenerte, pero al recibir ese regalo lo tomo como si fuera otra ambrosía celestial.

Psique: Tus palabras me confunden. Sí, soy feliz, no puedo negarlo, pero el solo pensar en que el alba me quitará tu voz, me llena de infinita tristeza.

Eros: Quieres la claridad y la temes a la vez, ¿te has dado cuenta?

Psique: Tal vez yo sea una contradicción. Pero, ¿aun así te gusto?

Eros: Íntegra, toda. La belleza que veo en ti no necesita claridades; mis sentidos te pintan mejor que mi inteligencia. Aun en esta penumbra, al tocarte, mis manos crean un espejo y puedo contemplarte. ¡Eres hermosa!

Psique: Calla. Cúbreme con tus alas y procura que todas mis dudas caigan en un profundo sueño. Al menos por hoy, has que los minutos que nos restan sean una eterna noche.

Eros: Así sea, mi mariposa. Deja que la ensoñación te permita gozar del milagro de este amor.

Psique: ¡No te vayas!

Eros: Todavía sigo aquí…

Los objetos y sus vínculos

Eso sí era aluminio

“Eso sí era aluminio. Contramarcado. No producía herrumbre, ni nada”.

Algunos objetos guardados y queridos por mi madre, especialmente de la cocina, me han hecho volver a pensar en el significado de las cosas y de cuán honda resulta su relación con las personas. Los párrafos que siguen son un intento por darle extensión y nombre a ese vínculo.

Un primer aspecto de los objetos es su relación profunda con quien los usa. En las cosas se ven las marcas o la impronta de nuestro gusto, de nuestro carácter, de un “estilo” particular. Ellas adquieren, por decirlo así, la señal de un temperamento o de una forma de ser. Y aunque haya objetos semejantes en el mercado, cada uno de ellos va adquiriendo los rasgos de quien lo posee. Bien sea por su protección o su abandono, bien por el maltrato o el cuidado, los objetos reciben de su poseedor una seña de identidad.

En este mismo sentido, los objetos se convierten en una extensión de las personas. Son la prolongación de una forma de vivir o de una manera de pensar. Ellos hacen las veces de emisarios de un individuo; representan, en cierto sentido, la imagen de una personalidad. Bien sea por el costo, el diseño, la marca, el color o cualquier otro rasgo físico, los objetos logran ser emisarios de seres humanos que tienen o desean tener dichas características. En algunos casos, basta saber que determinados objetos están en un lugar para inferir la presencia de un individuo; son las evidencias mudas de un ausente.

De allí que conservar determinados objetos sea tan importante; por eso también, al cambiar de domicilio, trasteamos esas cosas con nosotros, como si fueran miembros insensibles de nuestra familia. Los llevamos como otra parentela que reclama un lugar, un espacio para cumplir su servicio u ofrecer su presencia estética. Desde luego, esto es así porque esas cosas están untadas de afectividad, de recuerdos, de memoria. Yo conservo, por ejemplo, la navaja con que mi padre me cortó el ombligo cuando nací; y también mi Cartilla Charry en la que aprendí mis primeras letras. Aunque pueden parecer objetos nada costosos económicamente hablando, sí son demasiado valiosos en mi capital personal. Perderlos sería como dejar mutilada una parte de mi propia historia.

La barbera

“De usted, hijo, no pueden decir que fue cortado con la misma tijera”.

Es evidente: los objetos tienen una carga simbólica tanto más fuerte cuanto comportan zonas de nuestra sensibilidad, de nuestro mundo emocional. Es esa dimensión afectiva la que cubre a los objetos de una pátina especial, de un sentido “sagrado” que les da el toque diferenciador o adquirir otra fisonomía que bien pudiéramos llamar, siguiendo a Walter Benjamín, un “aura”. Un halo destellante que convierte a la más humilde artesanía en una reliquia de valor incalculable. Mi madre guarda, como un tesoro, la pequeña olleta de aluminio en la que me hacía mis primeros teteros, y conserva intacto el último sombrero Barbisio que usó mi padre, envuelto en una bolsa plástica. La fuerza simbólica de esas cosas está asociada a un relato que las justifica y las enaltece. Tocar esos objetos es, al mismo tiempo, despertar la memoria de quien los conserva. La evocación, entonces, es el brillo de las cosas, lo que las convierte en objetos “fulgurantes”, “únicos”, “invaluables”.

Aunque resulte una obviedad, los objetos se van desgastando como las personas. El polvo, la intemperie, la humedad, el óxido, todo eso corroe su naturaleza, su esencia. Hay polillas y comején, hay herrumbre y pérdida del barniz. El tiempo asedia las cosas hasta volverlas polvo o hacerlas inservibles. El abandono, el descuido, la muerte misma, llevan las cosas al deterioro, la fractura, el destrozo o la desmorona total. Ellas, como los mismos hombres, están expuestas a las vicisitudes de quienes las poseen o sometidas a los accidentes inherentes a la materia. Son afectados por el entorno y por la más peligrosa de todas las herrumbres: el olvido. Pero aun así, y basta mirar lo que sucede con las ruinas o con los anticuarios, los objetos se resisten a sucumbir cabalmente al paso de los siglos. Recuperan o resucitan, mostrando orgullosos esas heridas, enaltecidos de su pérdida de lustre. Los objetos, al convertirse en antigüedades, ofrecen salidas al inexorable corroer de las horas y los días.

Habría que señalar que los objetos industrializados del mundo de hoy, a diferencia de los hechos en décadas anteriores, están hechos para desaparecer, para durar muy poco. Son cosas con fecha de vencimiento próximo. Pareciera que el mensaje subyacente es que no debemos apegarnos a ellas, que están hechas para servir de manera limitada y, después, deben engrosar el basto muladar o el cementerio de las cosas inservibles o pasadas de moda. Por eso, los materiales con que están elaboradas son de baja calidad, deleznables, de consistencia endeble o abiertamente desechables. Su esencia es pasajera y su objetivo satisfacer las necesidades inmediatas. Se parecen mucho a la época a la que pertenecen: encantada por la novedad, efímera, desdeñosa de las tradiciones y las costumbres, empeñada por lo homogéneo y seriado. 

Cierro estas reflexiones sobre los objetos recordando cómo ellos constituyen o hacen parte de la cultura. Son creación, elaboración de la mano y la inteligencia del hombre. Son tan humildes como complejos en su estructura o su diseño; tienen infinidad de usos y responden a las variadas necesidades de los seres humanos a lo largo de su historia. Prestan sus favores a distintos oficios y profesiones; ofrecen bienestar, ayudan a la sobrevivencia, potencian la innovación, multiplican las interrelaciones entre los hombres y los pueblos, permiten una experiencia estética. Muchos de esos objetos los vamos desgastando con el uso, otros nos sirven durante nuestra travesía vital y otros más lograrán pervivirnos. Varios de ellos quedarán como legado y unos más andarán nómadas, de cuarto en cuarto, perdidos de la mano que los cuidó a lo largo de una existencia.  

Carta de la madre ausente

Encuentro Remedios Varo

“Encuentro” de Remedios Varo.

Hola, hija mía,

Te extrañará recibir esta carta. Pero no he podido descansar en paz, sabiendo que tu corazón se quedó con aquellas palabras en las que no te perdonaba tu joven embarazo. Lo sé, porque aquí donde habito, en este purgatorio, parte de mi tormento es soñar los sueños que tú sueñas. Te he visto, especialmente en estos meses, buscarme entre esas imágenes fulgurantes que hacen parte del mundo donde resido. Sé también que tus lágrimas forman parte de esa herencia de sufrimiento que te dejé, pero he de confesarte que la sal de tu llanto me quema los pies. Eso es un asunto inexplicable, pero en varias ocasiones he sentido resecas la planta de esas extremidades que, bien lo sabes, cuidaba con sumo esmero. Te pido, te suplico, que no llores. Tu sufrimiento en este espacio se transforma en un fuego invisible, en una centella que abrasa mi piel.

Pero, no es por eso que me he animado a escribirte esta carta. Tú conoces que yo no era muy buena para escribir. Prefería siempre hablar. Esa era la forma como me protegía, la válvula de escape para no romperme por dentro, el recurso para conservar intacto algún pedazo de mi corazón. Así que nunca tuve necesidad de escribir para nada y para nadie. Además, la sangre caliente que corría por mis venas me llevaba de manera veloz a hilar términos, a engarzar palabras que, al unirse, adquirían la dureza o la ponzoña para ocasionar daño o, por lo menos, defenderme de las desgracias que me sitiaban a diario. Eso no tengo que explicártelo, porque mi vida no fue fácil y no tuve la fortuna de sentirme plenamente amada. Sea como fuere, me he sentido en deuda contigo, y he decidido escribirte estas palabras. Son una manera de resarcir el dolor que pudieron ocasionar aquellas otras, las que escuchaste muchas veces de mí, cuando vivíamos allá, en esa casa de un largo zaguán.

Empezaré por pedirte perdón. Sé que esperabas una mayor comprensión de mi parte a tus errores de madre adolescente; sé que a escondidas reclamabas un gesto o un abrazo de solidaridad ante tus fallas juveniles. Perdóname por no poderte ofrecer esa pócima de cariño. Tal vez no sabía cómo hacerlo o creí, con torpeza, que era una manera de prevenirte para futuras acciones semejantes. Reconozco, desde la claridad que ofrece toda retrospectiva, que me faltó valor para abrazarte más, para escucharte, para juntar nuestras almas en un abrazo silencioso. Pero, las dos sabemos que el miedo ha estado atenazándonos la garganta y el abrazo. En todo caso, considero que esta misiva puede ayudarme a decirte que a pesar de mi lejanía o mi dureza verbal, lo cierto es que por dentro mi corazón anhelaba estrecharte para decirte que no estabas sola, que contabas con mi cariño maternal, que aún en ese dramático problema había una esperanza al final del camino. Me faltó valentía para ofrecerte el amor que tanto esperabas. Por eso, te pido que me perdones. Borra de tu mente lo que te dije. Déjame resarcir mediante estos signos muertos las ofensas que te lancé cuando estaba viva. Concédeme entrar a tu alma para sanar esas heridas; deja que mis cuidados de madre, que poco ofrecí cuando estaba contigo, en este tiempo sean mi ocupación predilecta. Sí, hija, perdóname. Permíteme acariciarte el cabello, pasar mis manos invisibles por tu frente y así disipar las culpas y las tristezas que siguen oscureciendo tus pensamientos.

También deseo que entiendas que no vale la pena seguir cargando con esos recuerdos tristes. Has de saber que en este territorio, como bien lo han entrevisto los poetas, son únicamente los recuerdos felices los que nos permiten ver un poco de luz del ansiado paraíso; los otros recuerdos, nos halan hacia abajo, hacia las sombras más negras; nos lastran el espíritu. Por eso es mejor que te deshagas de esas afrentas o esa maldición que alguna vez lancé a tu cara. Ayúdame con recuerdos alegres, amorosos; concédeme la dicha de que tu mente tenga una imagen agradable y placentera de mí. No sabes cuánto alivio produciría ese acto. Te sugiero que busques una fotografía mía en la que esté sonriendo o que transpire felicidad; elige una foto de las que más te gusten y mándala ampliar. Ponla, te lo solicito, en un lugar visible donde vives y deja que ella haga lo que no pude hacer yo cuando vivía. He aprendido en esta tierra medianera que los muertos hablamos mejor a través de las imágenes. Entonces, cuando me mires, cuando veas esa foto, sabrás que te estoy acompañando, que no hay quejas ni reclamos, que sólo está mi mirada comprensiva y el gesto rotundo de mi amor por ti. Anhelo llegar a tener ese lugar privilegiado en tu cuarto y en tu corazón.

No quisiera terminar esta carta sin contarte otro secreto de mi alma. Siempre te admiré. No te lo dije nunca. Eso también lastima mi conciencia. Pero me sentía, en secreto, orgullosa de tu lucha, de tu tenacidad en medio del abandono, de tus pocas fuerzas en medio de la tormenta. Y admiré tu terquedad, tu voluntariosa manera de enfrentar la adversidad con tan pocos recursos. Todos sabíamos que tú eras la mejor guerrera de la familia y por eso la vida o las circunstancias te ponían las pruebas más duras. Lamento no habértelo dicho, pero esa valentía ponía a prueba mi carácter. Te cuento esto ahora porque sin esa tenacidad, sin ese empeño que ya traías desde pequeña, sé que no lograré una paz en mi conciencia. Ayúdame, hija mía. Socórreme para salir de este purgatorio; préstame tus manos para descorrer la ventana del pasado y gozar de la luz que se esconde allá arriba. Haz que tu perdón sea la salida a esta repetida letanía de arrepentimientos y confesiones acalladas. Sálvame, mi niña, te lo ruego, concédeme mirar la sonrisa festiva de tu rostro. En tu felicidad está el secreto de mi propia salvación.

Te beso desde mi cercana lejanía…

 

La politiquería del odio

Ilustración de Jeff Christensen1

Ilustración de Jeff Christensen.

Me alarma el nivel de odio que gran parte de las campañas políticas vienen impulsando o propagando en sus piezas publicitarias y en los discursos de la plaza pública. Más que propuestas de un partido, lo que se hace es lanzar frases incendiarias, descalificaciones injuriosas o flagrantes ofensas contra el opositor. Tal forma de hacer política se propaga aún más, cuando los medios masivos de información y las redes sociales se solazan con tales diatribas o siembran más cizaña en sus audiencias.

Pero ya no se trata de verdades comprobadas o de evidencias sobre determinado asunto. Eso pasó a un segundo plano. Lo que se ve ahora es la afrenta contra la persona. Lo que se pretende grabar en los seguidores es una consigna de destrucción, de destituir o acabar a ese contrincante. Y la masa, lo sabemos, es proclive a estos infundios; la muchedumbre es propensa al fanatismo y la falta de discernimiento. Por eso, cuando hay desmanes o francos ataques a la persona de algún candidato, aunque los mismos políticos se escandalicen de tales hechos, lo cierto es que es el resultado de su propia estrategia publicitaria.

Incentivar al odio resulta fácil en países como el nuestro en el que cualquier excusa, ojalá emocional, resulta un desfogue para las miles necesidades y las frustraciones personales. Odiar es una salida inmediata para aquellos a los que les han vulnerado habitualmente sus derechos o para quienes la esperanza está vedada. Promover la discordia, exacerbar las pasiones para que el presunto rival no sea escuchado, todo eso cala profundo en los corazones de los resentidos y los sometidos a las más hondas desigualdades sociales.

Claro está que el odio también es una estrategia política de los populismos. Esa fue la estrategia del nazismo y esa la de otros regímenes en los que por cuestiones de raza, religión o ideología se buscó por todos los medios disfrazar las verdaderas intenciones de quienes así manipulaban los corazones y las mentes. Los populismos desaparecen los matices; no hay gamas de colores o sutilezas para entender lo diverso. En el populismo las cosas y las personas o son blancas o son negras, y los que no están conmigo están contra mí, esa es la consigna. Lo que vale y se realza con grandes epítetos, con vehemencia ponzoñosa es que los otros, los que no comparten mi postura, van a acabar el estado, son unos traidores a la nación, son la lacra o los desadaptados que merecen eliminarse. Por eso también los populismos vuelven a desempolvar el discurso “patriotero” y la idealización de un país perfecto. Bien miradas las cosas, detrás de esos discursos de “grupo seleccionado o elegido” lo que se esconde es la más flagrante táctica de no convivencia. Más que una práctica democrática el populismo es una estrategia de guerra.

Lo que sigue sorprendiendo, a pesar de las justificaciones ya mencionadas, es la adhesión con que una buena parte de la sociedad le sigue el juego a estas campañas del odio. Es obvio que hay motivos comerciales o empresariales que autoponen la venda o fomentan el disimulo. Pero no es justificable que haya esa complacencia silenciosa o una actitud de ver el circo desde la barrera, sin ni siquiera llamar a la cordura a los mismos que patrocinan o son afines a sus intereses económicos. Esto no es un asunto menor. En Colombia ha habido, si es que las nuevas generaciones ya lo olvidaron, un terreno propicio para perseguir y desaparecer al que piensa diferente, para estigmatizar al vecino porque alguien desde algún púlpito lo tildó de ateo. Entonces, asumir la indiferencia ante las campañas de odio puede resultar contraproducente en el mediano y largo plazo.

Lo que sí podemos hacer cada uno de nosotros y en el radio de acción de  nuestras familias es no coadyuvar para que este virus del odio se propague. Es necesario asumir una actitud más serena, crítica, y con altas dosis de tolerancia. Propaguemos la escucha, el disenso sin agresión, la argumentación en contravía del puño, la piedra o el disparo anónimo. Que sean las razones las que se impongan y no la intimidación o el sectarismo intransigente. Más que azuzar, contribuyamos aplacando los ánimos; más que encender con el rumor mendaz, procuremos aclarar lo que a todas luces es desinformación malintencionada. Sobra decir que tal labor no será fácil: aprender a convivir siempre ha requerido mayor esfuerzo que llamar a la antipatía y la hostilidad.

Y una labor semejante tendrá que hacer cada maestro en su escuela, su colegio o su universidad. La educación no puede quedarse absorta ante tal seducción por el odio. Es prioritario que diseñemos estrategias didácticas que ayuden a las nuevas generaciones a no dejarse infectar por este modo de hacer política; es urgente que desarrollemos actividades de lectura crítica en el aula en las que podamos someter piezas publicitarias o noticias de los medios masivos al cuidadoso examen de su ideología subyacente; es vital que asumamos en nuestras instituciones de enseñanza un clima que favorezca la tolerancia, la convivencia, el respeto por la diferencia. Quizá con todas esas acciones, y con nuestro ejemplo pacifista, contribuyamos a que la politiquería del desprecio y el odio visceral no encarne en los que tienen la posibilidad de construir colectiva y pluralmente un nuevo país.

Amar para vivir doblemente

Ilustración de Christian Schole

Ilustración de Christian Schole.

Qué alegría, vivir

sintiéndose vivido.

Rendirse

a la gran certidumbre, oscuramente,

de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,

me está viviendo.

Que cuando los espejos, los espías,

azogues, almas cortas, aseguran

que estoy aquí, yo, inmóvil,

con los ojos cerrados y los labios,

negándome al amor

de la luz, de la flor y de los nombres,

la verdad trasvisible es que camino

sin mis pasos, con otros,

allá lejos, y allí

estoy besando flores, luces, hablo.

Que hay otro ser por el que miro el mundo

porque me está queriendo con sus ojos.

Que hay otra voz con la que digo cosas

no sospechadas por mi gran silencio;

y es que también me quiere con su voz.

La vida –¡qué transporte ya!–, ignorancia

de lo que son mis actos, que ella hace,

en que ella vive, doble, suya y mía.

Y cuando ella me hable

de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,

recordaré

estrellas que no vi, que ella miraba,

y nieve que nevaba allá en su cielo.

Con la extraña delicia de acordarse

de haber tocado lo que no toqué

sino con esas manos que no alcanzo

a coger con las mías, tan distantes.

Y todo enajenado podrá el cuerpo

descansar, quieto, muerto ya. Morirse

en la alta confianza

de que este vivir mío no era sólo

mi vivir: era el nuestro. Y que me vive

otro ser por detrás de la no muerte.

 Pedro Salinas

Varios y exquisitos son los poemas de Pedro Salinas para referirse al amor, a las facetas y los dramas del amor. Pero el poema “Qué alegría, vivir sintiéndose vivido”, en especial, pone su acento en el amor profundo, en ese que no necesita de la presencia física para existir. Un amor tanto más fuerte cuanto está enraizado en la ausencia. Un amor esencial porque se manifiesta a través de otro. Porque es el otro el que verdaderamente encarna lo que sentimos por él.

Salinas parte de una certidumbre: a través de otro ser puedo también vivir. Me es posible, por decirlo así, desdoblarme. Y la otra persona, me presta sus ojos, sus labios y puedo ver cosas y decir palabras sin moverme del sitio en que estoy o manteniendo cerrados los labios. Sigo viviendo a partir de esa otra persona. Allí está el milagro del amor: “que haya otro ser por el que miro el mundo porque me está queriendo con sus ojos”. O, si se quiere, que el amor hacia otra persona se hace más intenso, más hondo, cuando encarna en ella, cuando sus sentidos son los de otro, cuando su memoria es también la del amado ausente. Esa es la certeza de Salinas, que cuando amamos, cuando lo hacemos de verdad, comenzamos a vivir doblemente.

Todo aquel que haya vivido la experiencia de amar de esta manera sabrá que eso es cierto. Cuántos de nosotros al estar lejos del ser que amamos, al mirar un paisaje, un evento o entretenernos en determinada cosa, ponemos en nuestros ojos no la mirada propia sino aquella otra de la persona que de tanto besarla y llenarla de historia ya es parte de nuestra carne. El gusto por un color, la pasión por una comida, la preferencia por un aroma, se convierten en motivos poderosos para desdoblar nuestra identidad; aunque estemos solos, somos en realidad un nosotros. Igual acontece con las palabras. Por momentos nos vemos usando expresiones que reconocemos, en un segundo, como propias del ser que amamos; pero después, pasado ese fugaz asombro, las hacemos tan nuestras, que no parecen distinguirse de nuestro propio vocabulario. La razón de esta vida doble que provoca el amor puede ser el hecho de fraguarlo en el yunque del día a día, de alimentarlo con pequeñeces, de verle su rostro esencialmente humano.

Creo igualmente, y el poeta lo manifiesta hacia el final del poema, que un amor así sólo puede gestarse desde la confianza. Salinas la tilda de “alta”, porque si es una confianza pequeña, si alberga así sea una incipiente duda, lo más seguro es que sea demasiado frágil y no pueda sostener o mantener en el tiempo las vigas del amor. La confianza es el lubricante del amor genuino. Por ella es que la distancia puede sortearse o tocarse el negado cuerpo de la amada ausente. La alta confianza, además, es la clave para decir “lo nuestro”. El amor maduro, el amor que logra incorporar a otro, nos hace plurales, nos reivindica de “la primer condena de la vida”, como dice el mismo Salinas, en otro poema. Ya no estamos solos; nos sabemos dos, nos llamamos “pareja”. Al decir lo nuestro, alcanzamos el estadio superior del amor porque logramos trascender la limitada satisfacción de lo propio.

Las últimas líneas del poema, que pueden parecer enigmáticas, llaman la atención sobre la “no muerte”. Pareciera que la vida tuviera una cara y un envés. La cara, ya lo sabemos, es la fuerza vivificante del amor; el otro lado, por supuesto, es la muerte. Pero Salinas dice que al ser amados de esta manera, al lograr que alguien nos ame en la ausencia y la alta confianza, tendremos no un lado oscuro sino otra cara de luz a nuestra espalda. Que al ser dos, que al vivir esa doble vida del amor, a la muerte no le queda espacio para ejercer sus dominios. La imagen es magnífica: si el vivir vale la pena, si tiene algún sentido, es porque el amor —como se exalta en el Cantar de los Cantares— es más fuerte que la muerte, porque detrás de las sombras del olvido, está radiante la memoria de un otro que nos ama. 

(De mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, Kimpres, Bogotá, 2012, pp. 65-69).

Todos somos hijos de Pedro Páramo

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Fotografía de Juan Rulfo.

Quiero leer a Pedro Páramo sin buscar isotopías, sin detenerme a ubicar estructuras o en desentrañar influencias literarias. Voy a leer desde el goce, desde el mero deleite que produce y debe seguir produciendo la lectura. Y, además, quiero leer la novela de Juan Rulfo desde la óptica de alguien que necesariamente ve en las letras, en las letras de Pedro Páramo, su vereda, su pueblo, su continente latinoamericano. Voy, pues, al texto, pero también a mi memoria.

Deseo incluir como norte algunas frases de Juan Rulfo. La primera: “Los antepasados son algo que ligan a los hijos al pueblo, los hijos que no quieren abandonar a sus muertos. Llevan sus muertos a cuestas”. La segunda, y quizá la que más me interesa ahora: “El hombre de la ciudad ve sus problemas como problemas del campo (…) El 70% de los que vivimos en la ciudad hemos venido de la provincia. Entonces hay una población que no se adapta, el hombre que ha nacido y vivido en el barrio de vecindad”. Estas dos afirmaciones del novelista mexicano deseo tenerlas en mente durante el recorrido de la presente lectura de Pedro Páramo, porque pienso que hay en ellas una verdad del hombre latinoamericano, un sentido de la vida que, al mismo tiempo que convierte la novela en un testimonio humano y social, es también, de alguna manera, una propuesta de escritura.

En todo caso, deseo insistir en que en la obra de Juan Rulfo hay tanta amargura como esperanza, tanta sensualidad como locura, tanta religiosidad como apetito revolucionario, tanta soledad como barullo susurrante, precisamente por vivir los personajes de la novela –digamos mejor, nosotros mismos– entre el anhelo de aventura, el probar suerte y el retorno, o ese volver “a sentir el sabor del azahar de los naranjos en la tibieza del tiempo”.

Cómo hay de nubes, cómo de aire, cuánto sol hay en Pedro Páramo. Y cuánto recordar, cuánto partir y regresar, cuántas despedidas y otros tantos reencuentros. Para mí, hay una frase que resume toda la novela de Juan Rulfo: “Recuerdo días en que Comala se llenó de ‘adioses’ y hasta nos pareció cosa alegre ir a despedir a los que se iban. Y es que se iban con intenciones de volver”. En esa intención de volver está el rostro profundo del hombre latinoamericano. A veces puede transmutarse en ilusión y la ilusión, dice Rulfo, cuesta caro. Poco importa: “Dicen que los pensamientos de los sueños van derechito al cielo”. Esa intención de volver gira en dos sentidos, pero conservando el mismo ritmo histórico: de un lado, la manecilla del que quiere volver; del otro, la manecilla del que desea que los que se fueron, regresen… O si se me presta la analogía, una manecilla estaría en: “ver aquello a través de los recuerdos de mi madre” de Juan Preciado, y la otra manecilla en: “hace mucho tiempo que te fuiste, Susana” de Pedro Páramo.

Dolores –la madre de Juan Preciado– y Pedro Páramo tienen en común una mirada nostálgica hacia su pasado, hacia su niñez. Tanto una como otro viven anclados en el recuerdo de algo que olía a miel derramada: el color de la tierra, Comala; unas manos suaves, Susana San Juan. Para Dolores, el viento que mueve las espigas; para Pedro Páramo, el aire que hacía reír… Pero hay más. Juan Preciado y Susana San Juan viven también de otras nostalgias: Juan, la de su madre; Susana, la de Florencio. Tanto para el primero como para la segunda, ese pasado se torna sueño e ilusión: Juan Preciado vuelve a Comala en lugar de Dolores, porque ella, le dio sus ojos para ver; Susana San Juan vuelve al mar para purificarse, gracias al cuerpo de Florencio. Juan no puede salir de una promesa, Susana no quiere renunciar a su antigua felicidad… Los ejemplos podrían extenderse. Sin embargo, el recuerdo y la nostalgia se configuran en un gran símbolo: “Todos somos hijos de Pedro Páramo”, todos vivimos alguna vez en Comala. Este símbolo, representa los lazos que crean la tierra y la sangre con respecto al hombre o la cultura. “Todos somos hijos de Pedro Páramo”: en él, que es también Comala, quedó nuestra niñez, nuestra virginidad, nuestra juventud; allá, quedó nuestra historia. Ser “Todos hijos de Pedro Páramo” es tanto como tener un mismo destino. Por eso, al morir el padre, el pueblo, todo se desmorona, todo se derrumba. Entonces, para los que se quedan no hay sino la ruina o miseria, cuando no, la muerte; para los que vuelven, no hay sino un encuentro con los fantasmas. Irse es estar lleno de llanto y de venganza; volver es perderse; quedarse es aceptar la condición de ánima.

En tanto que distante, ¿qué piensa o rememora uno de su Padre, de su Comala, de su casa? Quizá, solo las nubes, el aire, el color del sol cuando atardece, el vuelo de los tordos… Siempre la Naturaleza. Idilio, dirán algunos; yo prefiero entenderlo como una forma de nombrar la eternidad: “La llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más allá, la más remota lejanía”… Al estar distante recordamos también la lluvia, la noche y el caer de las gotas de agua ¡Cómo llueve en el pasado! ah, y el murmullo de los grillos. Pero este recordar no es sino esperanza: “Esperé treinta años a que regresaras, Susana. Esperé a tenerlo todo”; este recordar no es sino el anhelo infinito de ver retroceder el tiempo para observar otra vez “la estrella junto a la luna”, “las nubes deshaciéndose”, “las parvadas de toros”, “la tarde todavía llena de luz”.

Comala o Pedro Páramo es una alcancía donde se guardan los recuerdos. Dorotea tiene razón: “El pueblo es la querencia. El lugar que se quiso. Donde los sueños se enflaquecieron. El pueblo, mi pueblo, levantado sobre la llanura… Sentirás que allí uno quisiera vivir para la eternidad. El amanecer; la mañana; el mediodía y la noche, siempre los mismos; pero con la diferencia del aire. Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida…”. Y poco importa que haya pueblos que sepan a desdicha; vistos en la distancia, como decía Novalis, esos mismos pueblos, pobres y flacos, desdichados, se tornan poesía: “Y los gorriones reían; picoteaban las hojas que al aire hacía caer, y reían; dejaban sus plumas entre las espinas de las ramas y perseguían a las mariposas y reían. Era esa época”. Quizá, por eso, el volver, el acercarnos demasiado al pasado, produzca en nosotros una mueca amarga al ver la casa abandonada, el pueblo agonizante. Mejor, entonces, llenarse de sueños y darle vuelo a las ilusiones.

Cuando el hombre latinoamericano va a la ciudad, huyendo de la violencia, de la miseria o el desengaño, huyendo de sí mismo, siempre guarda un crujir de piedras bajo las ruedas de las carretas; conserva la imagen de los bueyes moviéndose despacio… Ese lugar seguro en el corazón, esas cosas de Susana San Juan que Pedro Páramo nunca llegó a saber, esas cosas que no se apagan, son las cosas que permiten volver a Juan Preciado o las que dan la resistencia a cualquier Abundio, a cualquier arriero del camino.

Todo padre, todo pueblo, cualquier Comala, reclama con lágrimas el retorno de sus hijos. Pedro Páramo sabía, de una parte, que “todos escogen el mismo camino. Todos se van”, pero entendía también que los sueños persiguen a los viandantes, a los que salen de casa. Los sueños, que son las palabras sin sonido. Los murmullos que matan. Por lo demás, al decir de Ambrosio, el pastor de marras de Don Quijote: “quien está ausente todos los males tiene y teme”. Comala nos pregunta: ¿Por qué ese recordar intenso de tantas cosas? ¿Por qué no simplemente la muerte –el olvido– y no esa música tierna del pasado? y nosotros, como hombres situados entre el descontento y la promesa –porque Pedro Henríquez Ureña también era hijo de Pedro Páramo–, responderemos: “recuerdo o vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre…”

Pedro Páramo desnuda al hombre latinoamericano, campesino aferrado a la niñez, sin regreso posible y, Juan Rulfo, desde su silencio ético, enseña que la literatura en América Latina no es un problema de escuelas, sino el intento por aclarar o resolver nuestros problemas fundamentales. Comala es como Macondo, símbolo de un continente que vive una tensión dramática, la lucha entre un ancestro mítico que no se quiere abandonar y un imperativo histórico que debe ser asumido.