Ventajas de la relectura

Relectora

Es común pensar que la relectura sea una dificultad cuando, en verdad, es una de las estrategias para lograr la comprensión de un texto. Veamos por qué “leer más de una vez” es uno de los recursos privilegiados de los lectores expertos.

La relectura nace de entender que la comprensión de un texto o un libro no es algo inmediato. Más bien es el fruto de volver una y otra vez –como los bueyes en el arado– sobre las líneas de un párrafo. No hay la pócima mágica de la lectura rápida o la comprensión inmediata. Es esa continua labor de avance y retroceso la que va construyendo o develando el sentido, el significado profundo de un artículo o una obra escrita. Releer es la forma como las palabras se convierten en indicios y las ideas hallan un vínculo. Si no releyéramos difícilmente encontraríamos los hilos con los cuales están amarrados los textos.

Además, la relectura contribuye a subsanar la desatención, la distracción o la falta de concentración. Digamos que al releer aplicamos un corrector sobre estas “anomalías” del lector descuidado. Hasta podría afirmarse que al releer se recupera el interés o, al menos, se lanzan salvavidas para mantener a flote la motivación o no dejar hundir la náufraga curiosidad. Si hay relectura se pueden corregir muchos olvidos y percibir los asuntos vertebrales de un escrito. Por eso es recomendable, si es la falta de vigilancia o la inadvertencia las que gobiernan al lector, obligar al ojo a retroceder, a volver sobre sus pasos para recuperar información relevante o para explorar el significado de una palabra desconocida. En un proceso de lectura tales retrocesos no son pérdida de tiempo sino seguras formas de avanzar en el viaje de la comprensión.

Aquí vale la pena agregar que la relectura es una aliada eficaz para discriminar la información entretejida en un texto. Al releer pasamos por un tamiz la avalancha de frases que corren de un lado a otro en un párrafo. Mediante la relectura sopesamos las ideas sustanciales de otras que son ancilares o de poco valor comunicativo. Es releyendo como se puede ir estableciendo una jerarquía entre las ideas y cómo, poco a poco, se rearma la estructura de un texto. Releyendo reconocemos las ideas-fuerza, releyendo entrevemos la disposición de los elementos y su relación con el conjunto, releyendo apreciamos el esqueleto de un escrito y cómo se produce la coherencia entre los diversos fragmentos. Si no fuera por la relectura viviríamos en el “presentismo” de lo inmediato (del término próximo y solitario) y seríamos incapaces para dar cuenta de la globalidad, del objetivo final, del mensaje transversal que subyace en cualquier texto. O para decirlo de otra manera, nos convertiríamos en lectores de palabras y seríamos incapaces para entender un discurso.

Eso en cuanto a la relectura durante el acto de leer. Pero habría que agregar otra cosa. Por ejemplo, la utilidad de la relectura una vez concluido el primer asedio a un texto. Cuando así procedemos, comprendemos mejor lo que en la primera lectura parecía extraño o inexplicable. Si uno lee un texto por segunda vez tendrá otras claves para descifrar lo que un inicio era un total enigma. Esta segunda lectura estaría soportada en un mapa de orientación proporcionado por el primer recorrido en el escrito. Y esa carta de navegación permitirá descubrir dónde lo que veíamos intrascendente es un hito de gran significación o aquello que parecía una vía jugosa no era más que un desvió sin importancia. Cuando se lee por segunda vez un escrito se tiene una mirada de ave, de planeador, de gran plano que posibilita apreciar el paisaje y, desde esa perspectiva, ubicar con precisión los diversos accidentes de un texto.

Y yendo un poco más lejos, la relectura guarda unos lazos con el tiempo y el recuerdo. Me refiero al placer y la sorpresa que da volver a releer un libro después de pasados unos meses o varios años. Aquí sucede algo maravilloso: releer es un ejercicio de rememoración –en el sentido platónico–, es como reencontrarnos con antiguos amigos, con lugares ya visitados o con seres que hicieron parte de nuestra vida pasada. Muchas características serán reconocidas y otras nos parecerán inéditas o totalmente desconocidas. Eso puede comprobarse en los subrayados que hicimos en aquellas obras. Pero lo interesante de este reencuentro propiciado por la relectura es que nos muestra otra particularidad del leer: su dinamismo, su movilidad incesante. No se lee siempre lo mismo porque no permanecemos iguales en el tiempo; no hay un significado inalterable porque nuestra mente evoluciona, cambia, muda, se transforma con las experiencias y los nuevos conocimientos. De allí que la relectura sea una manera de captar esas transformaciones sutiles de nuestra conciencia y un intento por darle a nuestra imaginación las alas fuertes de la memoria.

Particularidades de la descripción

El arte de la pintura Vermeer

“El arte de la pintura” de Johannes Vermeer.

He escrito en varias oportunidades sobre la descripción. Y lo he hecho porque aunque parece la tipología textual más fácil o más inmediata para un novato escritor, lo cierto es que posee una densidad y unas particularidades que bien vale la pena recordar o tener en cuenta.

Empecemos señalando la necesaria educación de la observación para lograr una buena descripción. Creo que esa labor de “cualificar el ojo” y “afinar la percepción” son prerrequisitos indispensables al momento de describir. De pronto en este aspecto poco se repare o se dé por supuesto. Nada más equivocado. Necesitamos aprender a mirar las cosas, las personas, los hechos, la realidad, para luego buscar las palabras adecuadas. Tal escuela del mirar empieza en una capacidad para apreciar los detalles, los matices, las tonalidades, la variedad de formas y expresiones mediante las cuales se presentan los seres y los objetos.

Lo segundo, y es uno de los puntos de mayor dificultad cuando se trata de describir, es contar con un repertorio de palabras lo suficientemente amplio como para lograr nominar aquella diversidad proveniente de nuestro “educado mirar”. Ahí reside gran parte de las limitaciones del novel escritor. Cuenta solo con generalidades o con un vocabulario muy limitado que reduce o minimiza la complejidad del mundo o los seres vivos. Si no se tiene en la mente un repertorio amplio de lenguaje, si poco es el hábito lector, si no hay una genuina fascinación por las palabras, las descripciones que hagamos no alcanzarán el cometido de ser coloridas “pinturas”. La riqueza del lenguaje, la competencia lexical del escritor es uno de los secretos del hacedor de descripciones.

Una tercera condición está relacionada con el modo como se organiza la descripción. No es cuestión de listar unas características o ponerlas de manera atropellada. Quien realiza una descripción tiene que hacer una composición y visualizar en su mente una jerarquía: irá de lo macro a lo micro, primero pondrá los rasgos generales y luego dará cuenta de las particularidades. Nombrará el conjunto para que sea fácil comprender la ubicación de sus partes. En este sentido, realizar una descripción es replicar los pasos de un buen fotógrafo: primero encuadrar, elegir un ángulo y luego sí organizar los elementos. Para ilustrar lo dicho, sirva decir que cuando se elabora una prosopografía –el retrato físico de una persona– se empieza por la estatura, luego se señala la corpulencia o contextura, para luego dar cuenta de la forma de la cara y de las manos. Con ese marco de características será más fácil detenerse en el cabello, el color de los ojos, la forma de la nariz y los labios. Sobra decir que la composición inicial está determinada por la importancia de las características: a veces una cicatriz, un lunar, unas cejas pobladas o el color llamativo de unos ojos prevalecen sobre otros detalles.

Derivado del aspecto anterior, aparece otra característica de la descripción: la relevancia de los rasgos o detalles. El que describe debe sopesar muy bien qué tanto peso tiene un aspecto en relación con el conjunto. Por momentos el color puede convertirse en el rasgo esencial o, en otros casos, es la forma la que subordina al resto de elementos. No todos los detalles tienen la misma valía al momento de hacer una descripción. Por eso la observación juiciosa es tan importante, por eso los pintores y los bailarines necesitan un espejo, para acertar dónde una textura o el ángulo de un movimiento son suficientes para mostrar la esencia de algo. La relevancia es la que convierte la superficie plana en un terreno dotado de prominencias y declives, la que indica dónde están los altos aspectos merecedores de atención y cuáles son esos rasgos comunes poco significativos. Este punto es sustancial a los caricaturistas, pues dejan de lado muchos detalles de una persona para concentrarse en los aspectos más relevantes de su cara.

Dicho todo esto, cabría preguntarse ¿por qué es tan valioso aprender a describir? O ¿qué perderíamos si no dominamos esta tipología textual? La primera respuesta es obvia: describir es lograr dar cuenta de la variedad, de las diferencias, de la riqueza del mundo y de la vida.  Quien domina la descripción puede expresar la pluralidad y complejidad de la naturaleza y la cultura. En esta perspectiva, la descripción contribuye a luchar contra los esquematismos, los formulismos, los formatos en serie, la reducida mirada de un único punto de vista. El segundo beneficio es para los investigadores: si no se aprende a describir muy difícilmente podremos hacer un estudio etnográfico o la realidad cotidiana dejará de interesarnos y pasará inadvertida. El que tiene afinada la observación y logra darle forma a través de descripciones será más apto para hacer un descubrimiento, seguirle la pista a un problema o cotejar evidencias. La última razón es de orden literario: el que sabe describir puede crear mundos posibles, diseñar escenarios fantásticos o maravillosos tan verosímiles, tan creíbles, que en ellos parecerá normal el surgimiento de personajes o historias asombrosas. Si se cuenta con ese insumo de la descripción, la ficción contará con el mejor ambiente para hacernos vívida la situación más realista o llevarnos a un mundo de máxima fantasía.

La pulsión de Séraphine

Yolanda Moreau interpretando a Séraphine

Yolanda Moreau interpretando a Séraphine.

Hace pocos días miré la película dirigida por Martin Provost y protagonizada por Yolanda Moreau sobre la pintora “naif” Seráphine Louis. Además de conmoverme la historia de esta mujer humilde –secretamente entregada a la pintura– me ha llamado la atención la forma extraña como la pulsión expresiva toca ciertos espíritus y gobierna su existencia.

Me refiero, y este es un hecho mostrado ampliamente en el film, a cómo una persona necesita encerrarse en un pequeño cuarto a satisfacer esa urgencia de embadurnar una tabla con barnices y colores, a dotar de sentido algo que ni ella misma sabe de dónde proviene, ni conoce el fin práctico de tal tarea. Una necesidad interior que nada tiene que ver con la fama, el reconocimiento social o el beneficio económico. Se trata de algo más fuerte y por momentos inexplicable: satisfacer una pulsión que la incita a encontrar materiales –así sean escasos y no de la mejor calidad– para dar forma a eso que ronda en su cabeza y viene a ráfagas como el viento de las montañas o el correr de los ríos. Esa pulsión que circula a borbotones y requiere por algún lugar salir, moverse, hacer eclosión.

Viendo la película he recordado tanto a otro pintor con esa misma pulsión: Van Gohg. Tengo en mi mente las cartas a su hermano Theo en las que le confiaba ese deseo de pintar sus sueños, de pintar para no sufrir ese tormento que le encendía el alma. Por momentos ese fuego está muy cercano a la locura y, en otras ocasiones, se acerca a la suprema lucidez. Tal tensión se evidencia en la película. A pesar de los duros oficios domésticos realizados por Séraphine, siempre hallaba un tiempo para buscar las materias primas con las cuales preparar sus pigmentos y encerrarse de noche –acompañada de su canto– a calmar un tanto ese llamado de poner en una superficie física lo que era una visión, una intuición, un arrobamiento venido de no se sabe qué pozo de la conciencia o de qué profunda mina espiritual. Sobre eso hay un secreto. Ni hay herencias familiares, ni influencias, ni estudios escolarizados que lo expliquen. Es algo “natural” o tan cercano al alimento cotidiano o a una labor rutinaria. Tal vez eso sea lo que los románticos preconizaban como “inspiración” o el favor celeste tan solicitado por Fray Angélico. Otros dirán que tal estado proviene de haber sido poseídos por un “daimon”, por una fuerza sobrenatural que los gobierna, los seduce o los hace esclavos de sus mandatos. Esa  divinidad o ese genio, lo podemos comprobar también en la película, puede provocar la suma dicha o la absurda fatalidad.

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Séraphine Louis: “El árbol del paraíso”.

Y cuando esa pulsión toma posesión de un alma, lo que queda es abandonar las otras obligaciones y dedicarse completamente a ella. Es la dedicación definitiva la que conduce al perfeccionamiento. Quizá tal obsesión lleve la conciencia a sus límites o haga que el proceder habitual desconcierte a vecinos y conocidos. Pero si se logra encontrar ese vínculo con la fuerza interior muchas obras irán apareciendo, más y más telas de dos metros irán saliendo de las manos del artista. La otra parte, la suerte de encontrar un mecenas o un entendido en arte que pueda entrever el talento en medio de tantas formas y colores, es un asunto secundario. Pienso que hay cantidad de artistas que morirán anónimos, que no tendrán la suerte de conocer un marchante alemán como Wilhelm Uhde. Más no por ello dejarán de pintar, escribir o componer. Esos apasionados, esos amanuenses de una energía íntima y particular seguirán robando en las iglesias parafina, hurtando sangre de los mataderos para darle un colorido único a ese afán, a ese entusiasmo que transforma los dedos en pinceles y provee a los ojos de una clarividencia para descubrir de qué estaba hecho “el árbol del paraíso” o percibir el halo protector que recubre a las flores y a las plantas.

Séraphine ejemplifica bien el fervor por un arte. Lejos de determinismos de clase social, de aristocracias favorecidas o de títulos académicos, lo que evidenciamos en este caso es que el ardor por expresar un mundo privado no depende de tales condicionamientos o requisitos especiales. Así es como aparecen los juglares populares, como despuntan los artesanos humildes o como el arte elige a sus heraldos. Allí podemos comprender el ímpetu, las noches en vela, el paroxismo que subordina la necesidad de comida, el enardecimiento de tantos artistas. Si la pulsión está en el centro de su corazón, lo más seguro es que ese calor irradie con tal intensidad que termine por quemarles los dedos o cegar su razón. Eso es probable. Pero aun así, dicho riesgo vale la pena. Porque gracias al delirio de personas como Séraphine de Senlis advertimos que las flores son, en realidad, pedazos de pequeñas estrellas refundidas en los jardines o los bosques. Por esos artistas nos ponemos en sintonía con  el movimiento que hay en lo inanimado y podemos ver la herencia fantástica de luz que poseen todas las criaturas.

Qué verde era mi valle

John Ford un maestro de la imagen narrada

El maestro de la imagen narrativa John Ford.

Soy uno de los admiradores del talento visual y narrativo de John Ford. Me gusta esa pensada manera de elaborar los planos y la riqueza simbólica de sus filmes. Uno de esos ejemplos es, precisamente, la película Qué verde era mi valle, estrenada en 1941.

El argumento, como se sabe, es la historia de una familia galesa de mineros del siglo XIX, relatada por el más pequeño de los hijos: Huw. Durante el desarrollo de la película presenciamos no solo la exaltación a la importancia de la familia –sus valores y tradiciones– sino que se van tocando otros temas como el nacimiento del sindicalismo frente a las injustas condiciones laborales, el papel de la religión en una comunidad, y la suerte de un pequeño pueblo al cambiar las condiciones económicas que le daban sustento y posibilidades de trabajo.

Pero no quisiera referirme a estos aspectos de sobra conocidos. Prefiero destacar cuatro puntos del film que continúan siendo para mí merecedores de elogio y fascinación.

El primer punto es la forma como John Ford concibe las tomas. En esta película como en otras (Centauros del desierto, 1956) siempre hay una ventana o una puerta que hacen las veces de otro encuadre por el cual entra no solo una luz maravillosa sino que sirven de puente, de transición entre una situación y otra, entre una condición emocional de uno de los personajes y otra diferente. Puentes y ventanas son los otros focos a través de los cuales Ford amplifica una decisión, un conflicto, un cambio de fortuna.

El niño Huw se convierte en minero

El niño Huw se convierte en minero.

En otras ocasiones, el ángulo de la cámara contribuye a exaltar un momento o circunstancia de la vida. En Qué verde era mi valle abundan los ángulos en contrapicado. Por momentos la cámara está colocada bien abajo para que cobre más relevancia la larga procesión de trabajadores avanzando hacia la mina –siempre humeante, siempre brumosa– como si fuera una fila de “corderos” yendo hacia el esquiladero o de condenados en permanente viacrucis. Sorprende, de igual forma, las veces en que la cámara se sitúa abajo de la horizontal para hacer más dramática la subida del elevador, esa jaula que trae del fondo de la mina heridos o muertos. Ford logra con esas posiciones de la cámara aumentar el dramatismo y hacernos partícipes de la angustia de una familia o prolongar la expectativa angustiosa de una comunidad.

Un segundo aspecto que subrayo de esta película es cómo Ford presenta la infancia. Todo el film es un poema elogioso a esa época en la que la felicidad suprema era tener una moneda para comprar una melcocha, compartir la  mesa familiar, caminar por las colinas al lado del padre. Lo interesante es el lirismo con que Ford nos cuenta la historia. Hay tanto respeto a esos recuerdos, a esos años fundacionales de una personalidad, que es fácil identificarse con ellos, así uno no haya nacido en la fría Gales sino en una vereda calurosa de Cundinamarca. Lo que maravilla y pone a palpitar el corazón y la memoria es el talento de Ford para transmitir esa ternura inolvidable del calor hogareño, las marcas inolvidables de los primeros mentores (los consejos del pastor Gruffydd), las primeras lecturas, los primeros amores inconfesados. Tal fascinación se hace mayor porque Ford dota a la infancia de un tono elegíaco apasionante. Poco a poco, así nos lo va mostrando la película, descubrimos que esa edad dorada, esa época maravillosa, ha ido desapareciendo. Y  no queda sino el recurso de nuestra memoria. Son nuestros recuerdos o nuestra imaginación los que convierten esos años en una “verdad” imperecedera.

Gwilyn Huw y Beth parte de la familia Morgan

Gwilyn, el padre; Huw, el hijo que recuerda y Beth, la madre.

Un tercer punto significativo de la película consiste en darle a la familia, a sus ritos y roles, una relevancia contundente. Buena parte del film transcurre bajo el techo de una familia, la de los Morgan. De allí parten y allí vuelven –así sea por un tiempo– los hijos; la familia es el fuego tutelar, un centro del afecto en el que se comparten los problemas, las alegrías cotidianas, una enfermedad o una pérdida definitiva. Nada queda por fuera de ese “nicho sagrado”. Es ahí que se inculcan unos valores, unas creencias, una idea del ahorro, una forma de enfrentar el mundo y relacionarnos con los demás. Es ahí que nos reponemos de las zurras del mundo y encontramos el abrazo reponedor de los que nos quieren genuinamente. Todo está relacionado o vinculado con ese eje de la familia: el predicador, el médico, el maestro. Todos participan de ese eje regulador y socializador. Por supuesto, y esa es otra bondad del film de Ford, no se trata de presentar una familia ideal: hay conflictos, discusiones, choques. Pero nunca se fractura el vínculo; estén donde estén los integrantes de la familia, se mantiene esa relación. No importa el motivo o la causa del éxodo de los miembros familiares, siempre habrá un gesto de agradecimiento, una ofrenda de la memoria para aquellos seres que cuidaron y guiaron nuestros primeros años de existencia.

El último aspecto está relacionado con la relevancia del canto a lo largo de la película. Desde luego, varios de esos cantos tienen un motivo religioso, pero lo que me parece interesante es cómo el canto se transforma en una expresión de lo colectivo. La comunidad se expresa cantando sus alegrías y sus tristezas. Se canta al amor, a la muerte, al sufrimiento, al trabajo; y la mayor de las distinciones es poderle cantar a la reina. Este cantar colectivo le da a la película un tinte de tragedia clásica; es un coro que sirve de amplificación a las peripecias de los personajes. Es la forma como nosotros, el público, nos hacemos partícipes del drama. El filme de Ford se inicia con un canto colectivo y concluye de la misma manera: aunando las voces para celebrar una época, un canto entre laudatorio y elegíaco por las cosas buenas desaparecidas.

Hechizo de la escritura

"El joyero" del pintor francés Guillaume Seignac.

“El joyero” del pintor francés Guillaume Seignac.

Tanta necesidad de ti, de tus socorridas y calurosas manos. Tanto afán por compartir tus ingeniosas maneras de aproximarte al mundo y a las personas. Porque hay algo mágico en tu forma de proceder, una alquimia de andar siempre recreando lo que miras o tocas;  y de tanto estar a tu lado, como que se me ha pegado ese anhelo de pintar de nuevo las estrellas o de delinear otra vez el corazón de las personas. Digamos que por vivir muchos años a tu lado, ya tengo otra perspectiva de los seres, las cosas, la existencia. Tus ojos hacen parte ya de mis ojos y mi sensibilidad está atada a tu exacerbado cuerpo de signos. Ya no te considero extranjera o, mejor, deseo no ser un extraño ante tu presencia. Aunque, a veces me asalta el temor de no ser digno de tus exigencias o tus demandas de tiempo. Porque he descubierto que parte de tu esencia es la de ser una fiera salvaje, de esas que acechan a su presa, y que la derriban cuando ella menos lo espera. Y así no te vea, ansío que estés vigilándome entre el alto pasto de las sabanas tropicales. En esas ocasiones me gusta saberme un cervatillo para tu olfato de sedienta leona. Eso es lo que anhelo. Pero también he comprobado que te gusta mimetizarte y hacerme creer que desapareciste de mi campo de visión; yo sé que estás por ahí, confundida en el paisaje, pero lo único que veo es la blancura del papel o la sequedad de mis ideas. Me parece que ese es uno de tus juegos predilectos: el de embaucarme con tus silencios y tu piel manchada. Te diviertes viéndome dar tumbos e ir de un lado a otro en pos de algún indicio o huella de tu caminar invisible. Ahora yo me parezco al torpe cazador que no sabe seguir un rastro de baba o que le son incomprensibles los vestigios que tus pies de gacela han dejado entre las piedras o el sinuoso viajar de una corriente de agua. Muy en tu interior te sonríes de mi torpeza para oliscar el aire y adivinar tu recorrido. Como el olfato me es esquivo, puedes andar desnuda y sudorosa, en plena libertad. Creo que si no fuera por tu compasión me dejarías divagar en esta selva de cosas no dichas y mundos impensados. No obstante, y ese es también parte de tu hechizo, cuando me ves agotado y desorientado, empiezas a hacerte visible o le das a mi inteligencia las luces suficientes para ver tus pies de animal escurridizo en medio de la penumbra. He dicho inteligencia, pero lo que exiges a toda prueba es imaginación. Si no convoco a esas fuerzas hechas de rizomas y raíces múltiples, si me obstino en ver las cosas como son y no como podrían ser, lo más seguro es que vuelva a enceguecerme en tu búsqueda. Es la imaginación el lente o el filtro que permite develar tu forma intermitente, tu presencia ambigua y resbaladiza. De igual modo sé que reclamas, antes de hacerte tangible, que yo haga libaciones o que pronuncie las oraciones a la diosa de la memoria. Sin esas plegarias mis ruegos quedarían en el vagabundeo. Precisamente, ahora, cuando te invoco una vez más, a la par que rezo, acompaño esas palabras con la ventura del ritmo: “¡Oh, tú, diosa benigna, diosa de los creadores, deja que tus voces infinitas resuenen en mis oídos; convierte el pasado en un canto interminable y haz que cada nombre tenga la dureza del mármol. Oh, tú diosa de bondad, diosa del pulso firme, dale la llave a mi mente para que en todo laberinto de palabras encuentre la salida y pueda descifrar los mensajes escondidos en la oscuridad del silencio…” Así que, protegido por esa oración a Mnemosine, ya percibo la levedad en mis manos y evidencio un puente entre mi cerebro y mis dedos. Y apareces en todo tu esplendor. Veo tus saltos y tu fugacidad. Hasta puedo percatarme de tus escarceos y gambetas. Mi cuerpo va a tu encuentro. Ya no me siento cazador ni presa. Te reconozco compañera de viaje, cómplice de empresas fantásticas, brazo solidario en medio de la soledad. Dentro de mí reina la felicidad o una alegría inexplicable. Tú lo sabes porque aumentas los platos en la mesa y me ofreces nuevas bebidas, deleitosas, exóticas, embriagadoras. Y yo me veo como un sibarita apurando cada licor y degustando cada bocado de alimento. Ya no sé qué tomar primero o cuál es el alimento más sabroso. Tus ojos de compañera se dedican a mirarme por atrás de mis pensamientos; por momentos te confundo con mis ojos. Tu cercanía es tanta que ya no puedo verte afuera; eres parte de mí, me habitas. ¡Escritura!

Año viejo y año nuevo, otra vez

Cuando termina un año lo normal es colocarse en actitud de balance. Revisamos, hacemos memoria, ponemos en la balanza lo hecho o dejado de hacer y sacamos en limpio nuestros logros o nuestras tareas pendientes. En algunos casos, el balance es bastante positivo en diversos aspectos: conquistamos una meta que desde hacía rato veníamos aplazando, alcanzamos un ahorro a pesar de los limitados ingresos, mantuvimos con ímpetu y calidad un trabajo. Para otros, el saldo resulta poco alentador: no se avanzó mucho en delimitar un sueño, apenas sí se alcanzó a guardar algo de dinero, ni siquiera se dio inicio a una tarea considerada prioritaria. En una situación u otra, al llegar el cierre de diciembre nuestra mente o nuestro espíritu asumen la postura del discernimiento.

Es este revisar lo vivido lo que hace inolvidable o merecedor de no recordar un año pasado. Cuando el balance nos afecta o hace evidente nuestra falta de tenacidad, lo que deseamos es pasar la página y empezar de nuevo. Pero, si por el contrario, lo que hemos conseguido es positivo y lleno de satisfacciones, lo que anhelamos es perpetuar esa suerte o mantener viva la prosperidad obtenida. Cada quien, a solas con su conciencia, sabrá si tiene que lamentarse por dicho tiempo pretérito o celebrar festivamente el año que termina.

Pero lo que moviliza la llegada del nuevo año en la mayoría de personas es un deseo de renovación. El corazón vuelve a esperanzarse y confía en que las debilidades, el infortunio, las cosas negativas, cambien de rumbo y tomen vientos más favorables en los que sea posible la mejora, el avance, la recuperación. El año nuevo trae consigo un vigor y una energía para aquellos que sienten perdida toda posibilidad; provee un optimismo a los empobrecidos y vuelve a poner en sus labios palabras de prosperidad y fortuna. Es como si en las pequeñas cosas de la vida cotidiana, el nuevo año produjera una resurrección o jovialidad de lo vetusto y acabado. Y por eso lo que se desea, al lado de los brindis y los abrazos, es que haya felicidad, que la salud retorne a los cuerpos enfermos, que la alegría saque una vez más su rostro de sol primaveral e ilumine nuestra existencia. El año que comienza trae consigo el anhelo supremo de regeneración y perfeccionamiento, de progreso y bienestar.

Por todo lo anterior es que la espera del año nuevo tiene las características de un genuino ritual. Es un rito de paso: algo dejamos atrás y algo deseamos adquirir o tomar en nuestras manos. Quemamos o botamos las cosas viejas o inservibles y nos disponemos a “estrenar” o renovar en muchos sentidos. Y por eso hay tantos augurios y tantos símbolos: para que no pase ese primer día del año desapercibido, para que haya una señal, un giro, un viraje en nuestro ser. De allí también la necesidad de celebrar y bailar, de tomar algún licor y contagiar a otros nuestro regocijo, con el fin de que todos participen de ese ambiente de rejuvenecimiento, de cambio vital.

De nuevo la música, los temas parranderos sintetizan esa alegría de esperar el primer día del año. Las canciones, como los ritos, vuelven a escucharse a todo volumen en las fiestas populares o en los clubes distinguidos. Es alegría compartida la que decora los hogares o los salones comunales; son las palabras de bienaventuranza y el sonido de las copas las que se juntan para  rememorar y recibir el tiempo venidero. Es la familia la que vuelve a estar en el centro de este rito, es la refrendación de la amistad y el afecto los que nos impulsan a compartir manifestaciones de cariño. Porque no hay nada mejor que sentir cerca la presencia del amor cuando agoniza un año viejo y se ven a lo lejos, en el cielo, las luces de los fuegos artificiales que anuncian la llegada del año nuevo.

Novena meditación navideña: la infancia

La navidad es una estación ideal para enaltecer la riqueza y magnitud de la infancia. Un tiempo presente de celebrar la alegría y las travesuras de los más pequeños o de rememorar la pretérita niñez, llena de regalos, golosinas y aventuras imborrables. Aprovechemos unos minutos, entonces, para descifrar un poco esta época consagrada a los zagales y chiquitines.

Para comenzar recordemos que la niñez corresponde a esos primeros años de vida en que construimos nuestro ser y en los que, poco a poco, vamos aprendiendo un lenguaje, unos valores, unos hábitos, una personalidad. Esos años de nuestra vida son determinantes para lo que seremos después. Lo que experimentemos o padezcamos se convertirá en un mapa de cicatrices profundas. La infancia es el subsuelo, las raíces que soportarán en el mañana nuestro desarrollo afectivo, intelectual y moral. Dadas las particularidades de esta etapa de nuestro ciclo vital es que resulta definitivo atender esta edad con el cariño necesario y proveer las condiciones óptimas para su plena evolución.

Decir infancia, de otro lado, es resaltar los aportes del juego y el ocio creativo a la constitución de una libertad potente y una imaginación vigorosa. Y allí es que son fundamentales los juguetes para ayudar a multiplicar las aptitudes y los talentos de los pequeños. La navidad se convierte en una aliada para que la diversión y el esparcimiento de los niños tengan ambientes y objetos que les permitan dar rienda suelta a su fantasía, al inagotable y variado mundo del deporte o a los juegos entre amigos y compañeros que tanto contribuyen a fortalecer la convivencia pacífica y la socialización fraterna.

Pero enaltecer la infancia es también una manera de llamar la atención sobre su cuidado. No es justo que, especialmente en estas festividades, haya niños en el abandono, la mendicidad o la desesperanza. Valorar la infancia es pensar qué podemos hacer para mejorar las condiciones de los pequeños o compartir algo de  nuestros haberes con ellos. Todos estamos en la obligación de contribuir de alguna manera para que lleguen a las manos de los niños empobrecidos un regalo, una prenda, un alimento que tengan el sabor y el color de la época decembrina. Lejos de las obligaciones de un credo religioso o de una política gubernamental, la atención a la infancia debe hacer parte de nuestra agenda personal. Digamos que la navidad nos hace corresponsables de la suerte de los niños propios y ajenos.

Cabe agregar otra cosa que muestra la relevancia de la infancia y su incidencia en la edad adulta. Por ejemplo, la permeable piel de esta edad para influencias de todo tipo. En la niñez estamos expuestos a radiaciones y asedios diversos; son muchas las potestades que se pelean un lugar o un sitio preferido. De allí que debemos estar alertas para saber elegir, dosificar o descartar ciertas sugestiones o creencias que en lugar de favorecer a los párvulos terminan afectando negativamente su autoestima, el libre desarrollo de su personalidad o las potencialidades de esas tiernas personas.  Por eso la crianza fue y sigue siendo un arte supremo del cuidado.

Concluyamos estas meditaciones subrayando la reserva afectiva que podemos dar a los niños si en estas navidades –aunque ojalá fuera siempre– estamos con ellos, compartimos sus bromas y locuras, los incluimos en los quehaceres cotidianos, estamos prestos a responder su curiosidad permanente. Creo que todos sabemos que si en nuestro corazón hemos tenido una infancia amorosa y apuntalada por una crianza responsable, somos menos proclives a dejarnos vencer por  la adversidad y más aptos para mantener en vilo la esperanza. Y esa provisión en nuestra alma es una riqueza más valiosa que cualquier herencia hecha de bienes materiales. 

Octava meditación navideña: los regalos

¿Quién no ha esperado en navidad un regalo? y ¿quién no ha sentido desde el fondo de su corazón el deseo de darle a un ser querido un obsequio en estas fiestas? Con cuánta dedicación se envuelven y preparan unos detalles, siempre anhelando que la sorpresa sea el supremo objetivo. Cómo brillan los ojos de los niños al tratar de adivinar lo que esconden los paquetes vistosos, protegidos celosamente por el árbol de navidad. No podría ser de otra manera: la navidad es la época del obsequio, del ofrecer a otros signos de cariño o agradecimiento. Miremos con alguna atención el significado de regalar, el simbolismo de estas manifestaciones de la estimación o la simpatía.

Un regalo, hay que decirlo de una vez, es la demostración del afecto. A través de él, mediante su contenido, expresamos muchas cosas: el apoyo recibido en un momento específico de nuestra vida, la certeza de una compañía o la complicidad en un proyecto, el reconocimiento a una tarea o un trabajo durante muchos meses, la honda estima o el profundo amor por alguien… De todo ello, los regalos ofrecen o pretenden dar testimonio. Y aunque sean pequeñas cosas o no tengan un precio comercial excesivo, los regalos aumentan su valor al bañarlos con el barniz de la gratitud, el amor o la consideración. Las cosas se convierten en objetos sensibles, en dádivas mágicas que comunican la amistad o la fraternidad, en tributos excepcionales para resaltar un sentimiento.

Dos dinámicas se gestan al interior de los regalos. La primera es la propia de quién da el obsequio. En este caso, para que el regalo sea valioso, se requiere un rastreo anterior, una indagación cuidadosa del gusto o la necesidad que se anhela satisfacer con el detalle. Esa tarea preparatoria es la que da nombre propio al regalo, y la garantía de que tal adivinación de en el blanco de la sorpresa. Después de esta elección, viene la etapa del embalaje del regalo. Ahora se trata de cubrirlo con un vestido acorde al destinatario. No es cuestión de envolverlo de cualquier forma. El regalo cobra más interés si se lo oculta con ropajes seductores. Un moño, un papel atractivo, una decoración, dotan al regalo de un hechizo digno del mensaje esperado. Posteriormente viene el momento de la entrega del regalo: aquí también es necesario crear un clima para ofrecer el obsequio, es vital que haya un ritual  mediante el cual ese don llegue a las manos del destinatario. La otra dinámica proviene del que recibe el regalo. Bien sea porque cultiva esa esperanza previa o porque se siente realmente conmovido al momento de recibir el obsequio. Las manifestaciones de regocijo, de júbilo, son el festejo del don. Si no existe un abrazo en respuesta al obsequio recibido, el regalo pierde su encantamiento.

Y aunque en diciembre es costumbre el trueque de obsequios, lo más interesante del regalo es que no espera una retribución equivalente. No es un asunto regulado por la lógica del mercado o el negocio. El regalo se nutre de la gratuidad, del milagro de la dádiva, del altruismo. De allí por qué cobre tanta relevancia darle a los niños un obsequio, porque nos basta recibir de ellos una sonrisa, o su alegría al abrir el regalo o el alborozo de estrenar los juguetes. La fantasía de papá Noel –la mítica actitud del abuelo bonachón– pone en alto relieve el goce de entregar sin esperar retribución, la satisfacción profunda que entraña la caridad. El regalo se autoalimenta de la bondad o la filantropía.

Celebremos en esta nochebuena la fuerza simbólica del regalo, el vínculo emocional que posibilita entre los seres humanos. Participemos de ese rito de la entrega de obsequios, aplaudamos, multipliquemos los abrazos y los besos, compartamos la felicidad de estos aguinaldos, porque mediante esas cosas, a través de esos presentes que van de una mano a otra, hacemos un homenaje a la generosidad y, muy especialmente, exaltamos el auténtico desprendimiento.

Séptima meditación navideña: los ritos

Los días de navidad, las fiestas del último mes, traen consigo el tiempo de la rememoración. Cada año, se “viste” de nuevo el pesebre, se decora una vez más el árbol de navidad, se reúne toda la parentela para compartir una cena. Las fiestas decembrinas exigen la emergencia de los ritos, sin los cuales dichas fechas perderían su trascendencia. Tomémonos unos minutos para reflexionar sobre este conjunto de actos y palabras propios de la celebración.

Salta a la vista que los ritos tiñen la vida cotidiana de una luz o una pátina distinta a la habitual. Cada vez que envolvemos un regalo con tanta delicadeza y esmero, lo hacemos para sumarle al objeto un valor adicional; cuando preparamos la mesa, detalle a detalle, ansiamos sumar a los alimentos un sabor del afecto o el agradecimiento. Los ritos sacralizan lo banal, impregnan de otro sentido lo más cotidiano. De esta manera, un día corriente se transforma en un evento solemne, una reunión cualquiera se muta en un evento memorable.

De otro lado, los ritos son la manera como las tradiciones perviven. A través de los rituales se sigue manteniendo una costumbre, se perpetúa una creencia o se impregna en los más jóvenes un vínculo con el pasado, con las tradiciones constitutivas de un pueblo o una comunidad. Los ritos son los heraldos de un pasado que al vociferar su mensaje en el presente establecen un puente inmediato con el porvenir. Por eso son tan importantes los ingredientes precisos para determinada receta (los que usaba la madre o la abuela), por eso son irremplazables los villancicos de la novena de aguinaldos, por eso sigue siendo tan valiosa la reunión de la familia en la nochebuena o  el fin de año.

Porque los ritos poseen otra fuerza adicional: convocan, reúnen, aglutinan voluntades. Las campanas de la iglesia llaman a sus fieles a celebrar y festejar una fe inquebrantable; el deseo de ver de nuevo a la familia o los seres queridos, hace que se anhele cuanto antes llegar al hogar materno; la curiosidad por abrir los regalos pone a los niños en disposición de esperar la visita del niño dios. Los ritos llaman, convidan, congregan. Y los invitados a este ceremonial saben que no pueden presentarse de cualquier manera, que necesitan –como los reyes magos– llevar algún regalo o un símbolo para estar a tono con esa fiesta de renovación. Ni llegamos ni salimos de la misma manera al haber participado de un ritual: algo en nosotros se modifica o, al menos, sufre un revuelo emocional.

Precisamente, dadas estas particularidades de los ritos es que echan raíces en la memoria de las personas. La fiesta de hoy es motivo de recordación para la celebración de mañana. Cada rito potencia el venidero en una cadena de anécdotas, situaciones, circunstancias que, por haberse dado en dicho tiempo, se tornan inolvidables. Si no fuera por los ritos iríamos perdiendo la memoria de los hitos fundacionales de una cultura, un pueblo o una familia. Son los ritos los que nos protegen de quedar a la deriva del olvido o perdidos en el anonimato existencial.

Así que, mientras rezamos la novena, abrimos un regalo o compartimos la cena navideña, pensemos o caigamos en la cuenta de la importancia de los ritos. Démosles la trascendencia que se merecen, no pasemos por alto o trivialicemos los elementos y las maneras que los constituyen. Los ritos son talismanes potentes para la rememoración, una herencia viva de nuestros mayores y, si lo queremos, son un legado que podemos dejar a las nuevas generaciones.

Sexta meditación navideña: la diversión

Carnaval

La navidad es, sin lugar a dudas, época de alegría y diversión. Las canciones en la radio y la televisión celebran y proclaman el regocijo y el esparcimiento. En cualquier casa de familia, en la programación de los hoteles, en los parques públicos, se anuncia e invita al jolgorio y la fiesta colectiva. Aprovechemos este ambiente relajado y pensemos un tanto sobre la relevancia y el significado de la diversión.

Divertirse es importante para incorporar el lado lúdico de los seres humanos. No todo puede ser seriedad, formalismos y solemnidad. Las personas necesitan del baile, de la distracción para recuperar fuerzas, oxigenar la mente y darle recreo al espíritu. Cada persona, así como los pueblos, requiere de momentos carnavalescos para vivir el desorden, el ocio y el placer. Si no fuera por esta fuerza entusiasta seguramente viviríamos en la locura, el sonambulismo o la agresión permanentes. Al divertirnos regulamos la pesadez de la sobrevivencia y las obligaciones y nos permitimos el entretenimiento leve y la irresponsabilidad juguetona.

De otra parte, la diversión permite romper las distinciones sociales, los estratos, las desigualdades provenientes de los abolengos, el grado de riqueza o las diferencias de títulos académicos. Cuando estamos en diversión todos somos iguales y todos podemos participar del festejo y el esparcimiento. La diversión rompe los protocolos y los formalismos para hacer democrática la risa, el canto, la recreación. Al divertirnos recuperamos, por decirlo así, una hermandad de tribu que garantiza celebrar los ritos colectivos, la exaltación de la fraternidad y el espíritu del ágape o la gran mesa. Nadie puede sentirse extranjero o extraño cuando entra en la zona de frontera de la diversión.

Sobra decir que la diversión es el mejor remedio contra el aburrimiento. Los que sufren de tedio o gran tristeza cuando ven las calles iluminadas y llenas de festones, los equipos de sonido multiplicando a todo volumen los ritmos bailables, las vitrinas adornadas de colores llamativos… cuando esto observan los afligidos,  sienten que son interpelados por las mil estrellas de la diversión, que reciben una especie de tónico o reconstituyente para su alma. La seriedad amarga cede ante la jovialidad y el deleite común. Tal llamado de la diversión es para los seres más apesadumbrados una presencia de la riqueza de la vida ante la gris congoja de la muerte. Al divertirnos resaltamos el milagro de estar vivos, y el baile y el licor se convierten en formas dionisíacas de exaltar tal maravilla.

Hay mucho de goce en esto de permitirse la diversión. Y el goce, lo sabemos, no siempre logra mostrar sus necesidades o manifestarse libremente. Por eso, cuando la diversión nos habita podemos hacer catarsis y, con ese acto de purificación, asumir de mejor manera nuestras emociones y nuestros sentimientos. El solaz, la vacación, la juerga, facilitan que salgan de nosotros cosas o asuntos sepultados, rencores emponzoñados, palabras que de tanto mutismo comienzan a intoxicarnos. Al divertirnos nos es más fácil perdonar y restituir los vínculos que los escrúpulos y la severidad se obstinan en mantener fracturados.

Participar de la navidad, celebrar estos días, es renunciar al fastidio y la lamentación. Si la diversión llena nuestro corazón y danza en nuestros hogares, seguramente entreveremos alguna esperanza a nuestras desventuras. Y así sea durante un corto tiempo, como es lo propio de la fiesta y el carnaval, lo valioso habrá sido que la diversión logre sembrar de nuevo sus semillas de optimismo y, con ello, ofrecernos la posibilidad de dar cabida a las ilusiones y los sueños.

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