Sobre el estudio

Ilustración de Claude Serre.

Ilustración de Claude Serre.

Aunque el estudio se hace con útiles, sentidos y razón, lo que más cuenta en definitiva es la fuerza de voluntad.

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Para que el mecanismo de la mente trabaje necesita estar bien aceitado. El lubricante del estudio es el hábito.

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El enemigo más visible del estudio es la pereza; el más soterrado, la inconstancia.

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El estudio, que es una actividad del pensamiento, también es un lugar. Quien tiene un estudio posee una parcela para cultivar el aprendizaje.

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Aunque la mayoría de las personas ven el estudio como una entretención u ocupación del ocio, lo cierto es que es un trabajo. Demanda esfuerzo y concentración; implica el uso de unos útiles especiales y el dominio de ciertas estrategias. El estudio es el trabajo propio del intelecto.

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Cuando se ha dejado mucho tiempo de estudiar el cuerpo se amodorra y la somnolencia nos domina. Esto prueba que el estudio, como el deporte, demanda preparación física y ejercicio permanente.

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Del buen estudiante se dice que es una persona consagrada. Es decir, que convierte las tareas cotidianas en una labor sagrada.

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La mayoría de las personas confían en que la motivación sea suficiente para lograr aprender. Se equivocan: solo con el estudio el anhelo fugaz se torna en meta certera y realizable.

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Intelectual: dícese de la persona que ha vuelto el estudio una profesión.

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Leer, subrayar, glosar, resumir… Pensar, reflexionar, analizar… Escribir, producir, crear… Todas estas acciones están contenidas en el estudio. Todas estas acciones muestran la necesidad que tiene el aprendiz de conocer previamente las habilidades propias de estudiar.

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El estudio hay que aprenderlo como se aprende a caminar. No hay un impulso natural a estudiar: el estudio es una decisión de nuestra voluntad sobre nuestras condiciones naturales.

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Las obras de la cultura son, en gran medida, el testimonio del estudio que el hombre ha hecho de la naturaleza.

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Repasar es la manera como el estudio convierte la información pasajera en conocimiento apropiado.

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La mano le presta al ojo permanencia. Para estudiar no basta con leer, es necesario también escribir.

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Los estudios tienen niveles. Los hay básicos y de educación superior. Se empieza en grupo y aprendiendo lo elemental para terminar, en solitario, tratando de alcanzar lo complejo.

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Nuestros mayores relacionaban el estudio con “quemarse las pestañas”. Es evidente: estudiar es trabajar de cerca con el fuego del saber.

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Cuando los padres humildes les dicen a sus hijos que “solo les dejan de riqueza el estudio”, subrayan una herencia especial. El estudio es una fortuna inmaterial que entre más se dilapida más se multiplica en el tiempo.

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El estudio reclama concentración de nuestro entendimiento y nuestros sentidos. La desatención merma al estudio velocidad y puntería. Si no se ejercita la concentración los resultados son desalentadores. Recordémoslo: los estudiosos son atletas de la atención.

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La planificación y la organización del tiempo son dos aliadas fundamentales al momento de estudiar. Cronos ha sido siempre un aliado estratégico de Minerva.

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Algunos no gustan del estudio porque les implica enfrentarse a lo desconocido. Otros, huyen de él porque comporta esfuerzo y disciplina. También están los que temen estudiar porque no desean someterse a una posible frustración. Sea por la razón que fuere, para alcanzar el tesoro del estudio es necesario enfrentar los propios monstruos.

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Hay algo de simbolismo circular en el estudio: el encierro favorece la concentración.

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La palabra dedicación tiene sus raíces en proclamar. Quien se dedica al estudio, en consecuencia, proclama solemnemente su entrega a los oficios de aprender.

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Los estudiosos experimentados están más cerca de las arañas que de las liebres. Sus estrategias para aprender no son tanto de correr para llegar cuanto antes al final, sino de construir redes para capturar el recuerdo.

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El que estudia debe ser como un detective: formular preguntas, hacer conjeturas, investigar permanentemente. El estudioso es un sabueso del aprendizaje.

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 “Subraya ideas y no palabras”, aconseja el estudioso experto al novato aprendiz. “Todo lo que está suelto se pierde con facilidad”, le advierte con insistencia. La lección concluye con una máxima: “aprender es el esfuerzo de relacionar y ordenar la información”.

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El que estudia debe saber que las partes son poca cosa sin el todo. Los índices son mapas para no perdernos en el laberinto de lo fragmentario.

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Hay tantas técnicas para memorizar: árboles lógicos, redes semánticas, esquema de llaves… Los diagramas son el lenguaje predilecto de Mnemosine.

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Para los que están dedicados al estudio el sueño se convierte en un cómplice secreto. Atenea deja abierta su alcoba a los pies silenciosos de Hypnos.

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Es la mesa y no la cama el mejor útil para el estudio: el exceso de comodidad es el canto de las Sirenas para los que emulan la odisea de aprender.

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¿Qué es lo más difícil de lograr en un proceso educativo? Que el estudiante pase de la obligación de estudiar a la autonomía de aprender.

El autorretrato interior

Pintura de Alex Alemany.

Pintura de Alex Alemany.

Isabel: Hola, Clarita, ¿cómo te acabó de ir?

Clara María: Bien, cansada pero feliz.

Isabel: Lo mismo que yo.

Clara María: Estoy tan entusiasmada con el inicio de esta Maestría.  

Isabel: Yo también. Mi hijo me dijo que no me había visto tan feliz desde hace muchos años.

Clara María: Figúrate que mi hija, la menor, me hizo un jugo para que trajera para mis onces.

Isabel: Pero es intensa esa jornada del fin de semana, ¿no?

Clara María: Sí. Es duro. Aunque con tantas cosas por aprender y tantas lecturas y con eso del proyecto de investigación, pues uno apenas se da cuenta que ya pasaron esas catorce horas de trabajo.

Clara María: Yo ya estoy preparando la tarea que nos dejaron de hacer el autorretrato.

Isabel: La bendita etopeya, ¿cierto?

Clara María: Sabes, Chavelita, que ese término es nuevo para mí…

Isabel: Y para mí también…

Clara María: Por lo que entendí se trata de decir quién es uno en un párrafo. Pero no físicamente, sino dando cuenta de las virtudes y defectos, del temperamento, de las creencias y los valores más significativos que tenemos…

Isabel: Y usando las palabras más precisas…

Clara María: Sí, en eso insistió mucho el maestro. Que deberíamos hacer una descripción bastante precisa.

Isabel: Yo el sábado por la noche le pregunté a Otoniel, mi marido, que me hiciera una descripción sincera de cómo era yo…

Clara María: ¿Y qué te dijo?

Isabel: Sólo me dijo tres palabras: mandona, gritona y dormilona. Pero como le dije que se pusiera serio, me dijo que yo era una buena madre y que no sabía cocinar. Al final me dijo que a qué se debía el interrogatorio. Yo le conté lo de la Maestría y él, como para quedar bien, me definió como una persona consagrada al estudio y muy trabajadora.

Clara María: La que se tomó en serio la pregunta, fue Yessenia, la menor de mis hijas. Ella me dijo que yo era muy regañona y como intransigente. Que por cualquier cosa me ponía brava y que, y esto si me puso a pensar, que había días que me sentía como triste.

Isabel: No siempre es fácil aceptar lo que dicen de uno; sobre todo los seres que uno más quiere.

Clara María: Eso es verdad. Pero es inevitable. Los demás nos perciben de manera diferente. El mayor de mis hijos, el que empezó a estudiar ingeniería, me dijo por teléfono que yo era su ejemplo a seguir y que mi mayor problema era mi obsesión con el orden…

Isabel: Estuve tentada a hacerle caso al profesor y llamar a un exnovio, que tuve. A ver si mi carácter era diferente cuando yo tenía 20 años menos.

Clara María: Yo creo que a uno lo perciben distinto en cada época de la vida.

Isabel: Ojalá. Bueno, pero lo que me tiene un poco inquieta es hacer ese autorretrato en un párrafo. Y subirlo al blog. Me da como pena que todos se enteren de las cosas íntimas de uno.

Clara María: Pero para vencer ese temor está el libro álbum que nos presentó el profesor. ¿Cómo era que se llamaba?

Isabel: Una pesadilla… No. El monstruo en el armario.

Clara María: No. “Una pesadilla en mi armario”.

Isabel: A mí ese libro me puso a pensar. Porque no creas, Clarita, esto de volver a estudiar ya siendo uno veterano, pues no deja de producir cierta angustia. ¿Qué tal que uno no dé la talla? , ¿o que no pueda con tantas obligaciones académicas?

Clara María: A mi esa presentación del libro álbum lo que me produjo fue una mayor convicción. Que a los miedos no hay que huirles o sacarles el cuerpo. Que uno debe aceptarse con sus limitaciones. Y eso que dijo el profesor que me llegó al alma: “La masa con que se hace el pan de la educación, es el error”. No debemos tenerle miedo a nuestros errores; más bien tomarlos de la mano y meterlos en la cama, como vimos en la diapositiva.

Isabel: Voy a decirle a mi hermana, la que vive en Bogotá, que me lo busque en una librería. Sería muy chévere trabajarlo con mis niños del colegio.

Clara María: Pero volviendo al asunto, yo he hecho varios borradores de mi autorretrato. Empecé un cuaderno nuevo.

Isabel: Y cómo sabe uno lo de las líneas; porque el párrafo debe tener de extensión entre 8 y 12 líneas, según recuerdo.

Clara María: Lo que he pensado es lo siguiente: primero hago mi texto a mano. Lo corrijo hasta que me satisfaga. Y después lo paso al computador y, allí, iré contando las líneas.

Isabel:¿En qué letra fue que dijo?

Clara María: En Times new roman de 12 puntos…

Isabel: Sabes que sí, esa puede ser una buena estrategia. Y las lecturas previas, ¿ya las hiciste?

Clara María: Ya me leí la primera. ¿Qué tal el ejercicio de esa profesora con el tomate? Una dura esa maestra. Yo voy a copiar ese ejercicio con mis estudiantes. Me pareció impactante.

Isabel:¿Dónde está ese ejercicio?

Clara María: En la primera lectura sugerida por el maestro. Esa que se llama: “Escribir: dibujar con palabras”.

Isabel: Es que yo me metí de una a la lectura de la etopeya…

Clara María: El profe aconsejó seguir una ruta de lecturas. Alguna intención debe tener para darnos ese recorrido.

Isabel: Pero tú sabes, Clarita, que yo soy impaciente y acelerada.

Clara María: Eso, entonces, hay que ponerlo en tu autorretrato.

Isabel: Sí. Eso será lo mejor. Pero por mi acelere me puse a mirar fotos viejas. Yo tengo varios álbumes de pastas grandes, de esos que uno usaba para guardar fotografías de fechas especiales. Me puse a revisarlos con mi hermana, que vino a “chismosear” cómo me había ido en el inicio de mi posgrado y, como le conté lo de la tarea, al final no sé por qué terminamos revisando esos álbumes. Nos reímos y lloramos un rato. Especialmente con las fotos de mi mamá, que murió hace dos años. Y entre charla y charla ella me fue relatando cosas de cómo era yo de niña y cómo era de “fregada” en el colegio.

Clara María: Uno no acaba de conocerse, Isabelita. Uno es una especie de laberinto.

Isabel: Uy, te inspiraste compañera. Ya esa Maestría te está haciendo efecto.

Clara María: Y con solo un fin de semana… Espera a ver cuando llegue al último semestre.

Isabel: Se me ocurrió hacer un cuadro de mis defectos y mis virtudes, para empezar por algún lado.

Clara María: Puede ser bueno. Aunque el maestro dijo que la etopeya no era presentar un listado de defectos o cualidades. Que era más un conjunto de oraciones en las que describíamos nuestro carácter. “Un dibujo moral de nuestra interioridad”. Eso fue lo que repitió.

Isabel: Voy a hacer un mapa de ideas a ver si ordeno tantas cosas que tengo en la cabeza.

Clara María: Sabes que sí. Esa puede ser una estrategia para organizar las diferentes partes del párrafo. Y después viene lo de hallar las palabras más precisas para describir un comportamiento, un temperamento o una forma de ser.

Isabel: Qué interesantes esas referencias bibliográficas que nos compartió el maestro…

Clara María: Yo no tenía ni idea de que había diccionarios de dudas del idioma y mucho menos esos otros de ideas afines…

Isabel: Y qué tal ese diccionario razonado de sinónimos y antónimos.

Clara María: Qué cantidad de ayudas y de cosas nuevas estamos recibiendo.

Isabel: Y lecturas en cantidad.

María Clara: Yo a raticos he estado leyendo lo de investigación acción…

Isabel: Sabes que me puse a mirar lo de aprender a resumir. Un artículo del libro del profesor.

Clara María: Sí, sí… Lo tengo en capilla para leerlo esta noche. Es que me puede servir para ajustar y mejorar una tarea que les había puesto a mis alumnos.

Isabel: Bueno. Nos toca cortar la conversación, o no logramos hacer todas esas tareas.

Clara María:¿Y ya miraste el blog? Acuérdate que es domingo. Y el profe nos dijo que los comentarios había que hacerlos en la entrada de este día. Pero desde mañana hasta el jueves.

Isabel: Eso lo haré más tardecito. Por ahora, voy a ver qué le hago de comida a mi familia. Chao.

Clara María: Que descanses. Buenas noches.

El lenguaje del educador

Ilustración de Martín Elfman.

Ilustración de Martín Elfman.

El lenguaje y la educación están íntimamente relacionados. Mejor aún, el quehacer docente radica en una “puesta en escena” del lenguaje.

Desde la elección de las palabras, desde la gramática que el docente emplea hasta los diversos usos del lenguaje, el educador va construyendo, además, un tipo de pensamiento. Cada vez que elige una teoría del lenguaje está, a la vez, potenciando o marginando una concepción de pensamiento.

Es que el lenguaje usado por el maestro no puede seguir siendo entendido como un mero instrumento. Muy por el contrario: en el lenguaje se dice la educación. El lenguaje es el decir del educador. No es que el maestro emplee el lenguaje como un aditamento o un accesorio; más bien es a través del lenguaje como él puede concebirse como un ser capaz de gestar la diferencia.

Expliquémonos. El lenguaje es la capacidad o la posibilidad humana de diferenciarse del animal, de la inmediatez. El lenguaje es distanciamiento. Y eso que se ha dado en denominar función simbólica no es otra cosa que la función sígnica: representación, reconstrucción del mundo. Por el lenguaje es como logramos salir del mundo natural para comprendernos como mundo de cultura. Entonces, la tarea del educador es la de posibilitar –usando la mediación lingüística– un distanciamiento, una ruptura, una escisión con el mundo de la sensación, el mundo de la inmediatez, para entregarle al estudiante otra mirada –ésta sí cargada de sentido, repleta de signos, de palabras–, otra nueva configuración del mundo y de la vida.

La educación, así vistas las cosas, es una constante tarea de crear diferencias. De crear “alejamientos” sobre lo natural o lo “obvio”. Educar es sospechar. Y ya la elaboración del lenguaje es el producto de una insuficiencia, de una sospecha del homo sapiens sobre el animal. Cuando educamos nos ponemos en guardia, establecemos un puente entre lo dado y lo creado.

La pragmática contemporánea nos ha enseñado que cuando usamos el lenguaje importa tanto lo que decimos, como lo que hacemos cuando lo decimos. Ni qué decir del efecto que producen nuestras palabras. Hoy sabemos que el cuerpo, en tanto esencia, acompaña la función sígnica. No somos voces parlantes sino cuerpos con palabra. La pragmática coloca al educador en una actitud vigilante: ya no es tanta la preocupación por el contenido, también importa la entonación, el gesto, la forma como ese contenido se dice o se expone a otros. La pragmática le da “cuerpo” a la “carreta” docente.

Otro punto fundamental para la educación es el de los diversos usos del lenguaje. Parangonando a Jakobson, el maestro puede darle mayor o menor importancia a cualquiera de las funciones del lenguaje. Valgan algunos ejemplos: si lo que le interesa es corroborar el aprendizaje, la comprensión de la explicación, la atención en clase, seguramente apelará más a la función fática, le dará mayor realce, la pondrá en primer plano. Pero si lo que le interesa más es el contenido de la asignatura, el código mismo de la materia, entonces buscará poner en alto relieve la función metalingüística. También cabe la posibilidad que el educador tenga como objetivo fundamental su decir, su propia experiencia, sus propias historias, por lo mismo hallará en la función emotiva, esa que está centrada en el emisor, el mejor caldo de cultivo para su tarea educadora… En cualquier caso, lo que interesa es cómo el educador, dependiendo del uso o el énfasis que haga en cualquiera de las diversas funciones del lenguaje, puede lograr efectos o logros diferentes. El educador deberá preguntarse si lo que quiere subrayar es la verdad, la sinceridad, la licitud, o la belleza.

Se me ocurre ahora que el educador se mueve en eso que Wittgenstein llamaba “juegos de lenguaje”. Recordémoslo: dentro del lenguaje podemos jugar diversos juegos. De allí que educar sea como ir aprendiendo y diseñando nuevos juegos, nuevas posibilidades de interacción con nuestros alumnos. Pero también es ir marcando ciertas reglas, ciertas normas sin las cuales no es posible jugar. Cuando hablamos de Lenguaje y Educación tenemos que indagar en cuáles son nuestras gramáticas. Hasta dónde nuestras sintaxis y nuestras semánticas docentes posibilitan o permiten, censuran o mutilan, abren o cierran aprendizajes. Dicho en otras palabras, qué tan jugable es nuestro lenguaje docente en cuanto puesta en escena de un conocimiento. O, si se prefiere, cuál es nuestra reserva de lenguajes. ¿Tenemos uno sólo?, ¿acaso varios?… ¿Son nuestros juegos de lenguaje realmente juegos interesantes, llamativos, cercanos a la vida cotidiana de los estudiantes?

Sin lugar a dudas, plantearse el tema del lenguaje dentro de la educación es abrir nuevas rutas de trabajo comprensivo, nuevos itinerarios de pensamiento. Michel Foucault, en ese libro memorable Las palabras y las cosas, estudió cómo el lenguaje permea y evidencia a la vez una conceptualización del comercio, los valores, los saberes. Uno podría afirmar que cada vez que el educador dice algo en clase, ese decir es un decirse y, ese decirse, por lo demás, pone en escena una concepción –una elección que es siempre una postura– del mundo y de la vida. El lenguaje “elegido” por el docente muestra –a veces a pesar suyo– una política y una ética, una economía y una estética.

 (De mi libro Oficio de maestro, Javegraf, Bogotá, 2000, pp.167-169)

El conocimiento y la sabiduría

"Cuando el abuelo habla" del pintor mexicano Alfredo Rodríguez.

“Cuando el abuelo habla” del pintor mexicano Alfredo Rodríguez.

En una época como la nuestra en la que abunda y es de fácil acceso la información parece oportuno hacer una distinción entre el conocimiento (en su aspecto de erudición) y la sabiduría. Presentar algunas diferencias entre estos dos tipos de saber puede llevarnos hoy a tener una postura crítica de cara al “acceso inmediato” de datos y a cuestionarnos por el sentido de la formación humana.

Empecemos recordando que la acumulación de conocimientos no genera, de por sí, sabiduría. Se puede ser altamente instruido y, sin embargo, mostrar poca sapiencia. Los títulos académicos, la exposición continua a la educación formal, pueden contribuir a un mejor desempeño laboral o profesional, pero no necesariamente arrojan unos altos resultados en este otro tipo de saber. Por eso hay personas que aún, careciendo de pergaminos intelectuales, son más prudentes, más sensatas y más sabias que los eruditos universitarios. Tal vez esto sea así, porque el objetivo esencial de la sabiduría no es tanto llenarnos de infinidad de conocimientos técnicos sino darnos luces o “consejos” para afrontar o sortear de la mejor manera las vicisitudes de la vida. El punto de mira es el propio yo y su relación con otros semejantes. Más que subrayar las destrezas científicas o hacernos especialistas en una disciplina lo que la sabiduría busca es cualificar nuestro discernimiento y forjar nuestro carácter para llevar la propia existencia sin tantas angustias o desazones.

Otro elemento por señalar parte de la constatación de que la sabiduría es un saber aplicado. No es una erudición volátil o lejana a la vida. Los saberes propios de la sabiduría son validados diariamente en el yunque de estar en el mundo. Por esta razón, se habla del “arte de vivir”, haciendo énfasis en la dimensión práctica, en una experticia en la que caben la razón pero igualmente la intuición, los hábitos y la dimensión emocional de las personas. Precisamente, la sabiduría aunque puede encontrarse en los libros no se aprende sólo en ellos. Buena parte del conocimiento de la sabiduría proviene del caudal de la tradición. A través de los mayores se va transmitiendo a las nuevas generaciones. Mediante el diálogo, la conversación se va pasando tal saber a la manera de los “secretos del oficio” que los artesanos medievales confiaban a sus jóvenes aprendices. Debido a ese componente de oralidad tan predominante es que la sabiduría se condensa en refranes, sentencias y aforismos. No es mediante extensos tratados como la sabiduría pasa de una a otra descendencia. Son pequeños condensados, “fórmulas de vida” fáciles de recordar y comunicar de boca en boca. No es la cantidad de información indiscriminada lo que vale legarse, sino un destilado de la misma. Las máximas en las que se expresa la sabiduría son una selección del conocimiento esencial y útil para darle sentido y dirección a la existencia.

Como se infiere de lo expresado, resulta fundamental para la apropiación de la sabiduría la mediación de la crianza. Los padres, con cada recomendación o reproche, con la advertencia reiterada o la observancia de ciertos comportamientos, van tallando o sedimentando en el carácter de los más pequeños una forma de ser y de actuar. Es la crianza el medio privilegiado para que la sabiduría siembre y cultive sus frutos más preciados. Pero, además, los abuelos y tíos, todo el núcleo familiar, refuerzan y profundizan esas pequeñas lecciones de sabiduría. Si falta o es débil el cuidado de la crianza, muchos de esos saberes y habilidades no lograrán interiorizarse o serán remplazados por las demandas coyunturales de una época. Cuando se está desprovisto de crianza lo más frecuente es crecer en un ambiente de barbarie o sufrir innecesariamente las consecuencias de la desmemoria del pasado y la orfandad de las claves del desarrollo humano.

Desde otro mirador, la sabiduría no opera como un listado de acciones o una prescriptiva idéntica para todas las personas. El acervo de la sabiduría sufre modificaciones, adaptaciones, cambios, según las particularidades de los individuos. Dicho de otra forma, la sabiduría aporta un repertorio de principios, pero cada quien deberá, según su criterio o según las circunstancias, elegir y adaptar dichos preceptos. Podríamos decir que las indicaciones de la sabiduría son preceptos dúctiles, flexibles. No hay una cartilla mecánica o un listado de comportamientos a los cuales responder como si fuera una lista de chequeo. Los saberes de la sabiduría demandan comprender las implicaciones y procederes dentro de una situación determinada. Si el conocimiento erudito pretende ser universal y atemporal, la sabiduría reclama –para ser efectiva– atender a lo local en un tiempo específico. Allí hay otra diferencia significativa: por una parte está el conocimiento pretendidamente generalista y, por otra, la sabiduría que se reconoce altamente singular.

¿Y cuáles son las temáticas o ejes sobre los que se fundamenta la sabiduría? Son tan variados como diversas son las situaciones que debe enfrentar una persona a lo largo de su vida. Sin embargo, las insistencias mayores del saber de la sabiduría están en la prudencia, el tacto, la previsión, el cuidado y dominio de sí, el manejo de nuestras pasiones, la relación con los otros, la práctica de ciertas virtudes, la comprensión de determinados sentimientos y emociones. En cada uno de esos aspectos la sabiduría se mueve destacando o bien la bondad de tenerlos presentes o señalando  las consecuencias de desatenderlos. Aquí se puede apreciar otra distinción con el conocimiento erudito: el saber de la sabiduría no se expone de manera neutral, siempre muestra un doble filo. No es inocente el que hagamos o dejemos de hacer algo; no afecta nuestra vida de la misma forma el que nos comportemos de una u otra forma. La sabiduría, en consecuencia, pone sus enseñanzas en la misma perspectiva de los dilemas morales, de la clarificación de valores, de los ejercicios espirituales o las prácticas de discernimiento. Por eso es tan común que los apotegmas de la sabiduría se consignen en paradojas, porque la asunción de la vida y  sus peripecias nos ponen siempre en la zona de la ambigüedad, de las contradicciones, de lo indeterminado. Hagamos lo que hagamos, digamos lo que digamos–nos advierte la sabiduría– nuestra vida terminará enfrentada a dos caminos. En suma: el conocimiento no es imparcial o indiferente.

Un punto adicional, que ayuda a reforzar la distinción que venimos argumentando, es el protagonismo que le da la sabiduría a la voluntad. De nada sirve aprender un saber  o unos consejos si no hay la entereza o la constancia para ponerlos en práctica. La sabiduría considera que el entendimiento debe combinarse con lo volitivo. No es suficiente tener conocimientos, hay también que decidirse a incorporarlos y llenarlos de historia. Por momentos esa fuerza de la voluntad se convierte en entereza y, en otros casos, se acerca al campo de la  firmeza o la perseverancia. La sabiduría reconoce al conocimiento pero solo en cuanto se encarna en decisiones, en asentimientos, en resoluciones. Es nuestra libertad la que, en últimas, dota de rostro las enseñanzas de ese saber anónimo de la tradición. Y si de una parte el conocimiento parece no pedir más que ampliar nuestra memoria para acumularlo o distinguirlo con precisión, de otra, la sabiduría nos exige ejercitar nuestro espíritu y nuestro cuerpo, fraguar la consistencia de nuestros hábitos, poner a prueba nuestro albedrío. La sabiduría reclama que la información recibida pase por el tamiz de la encarnación. Quien posee sabiduría es una prueba viva de ese saber. A diferencia del conocimiento que puede predicarse sin testimoniarlo, la sabiduría convierte el saber en un ejemplo de carne y hueso.

Dejemos en claro, para finalizar estas distinciones, que la erudición y la abundancia de información no son suficientes para “gobernar” nuestra vida. La acumulación de instrucción es importante pero no suficiente. Si lo que anhelamos es adquirir una formación integral, un desarrollo equilibrado de las múltiples dimensiones del ser humano, entonces, será necesario el concurso de los saberes propios de la sabiduría. Aquí es irremplazable la colaboración de la familia y de todos los actores que tienen la tarea de educar. Es posible que mediante este esfuerzo de varios estamentos de la sociedad logremos darle el justo valor a la humilde sapiencia de los mayores y pongamos en salmuera la información novelera y copiosa que llega indiscriminada a las manos de la juventud.

El miedo profundo de los poetas

Ilustración del norteamericano Brian Despain.

Ilustración del norteamericano Brian Despain.

El manantial de la poesía
Temo que mueran mis sentimientos
y se seque esa fuente de mis versos
y que a mi alma, después de tanta inquietud,
nada le incite más que los recuerdos,
y que mis ojos contemplen el Universo, indiferentes
ante la belleza del crepúsculo y de la aurora.
Temo que la desesperación haga mella en mi corazón
 y éste desespere de sus fines.
Ahmad Rami

Si hay un temor que ronda a los poetas es el de perder la sensibilidad; o que su alma ya no sea interpelada por el universo. Un temor a convertirse en un ser indiferente ante la existencia propia y la de los demás. Este miedo, que puede llevar a la desesperanza, es el enemigo de fondo de los poetas; el pozo sin fondo de sus angustias, el abismo que puede conducirlo al suicidio, al silencio o a la locura.

Es comprensible esa angustia. Si un objetivo de su vida ha sido, precisamente, el mantener todos sus sentidos erizados y dispuestos a captar lo imperceptible, entonces, su temor mayor es convertirse en un individuo que apenas sobreviva. Que a pocas cosas le dé trascendencia y se entregue, como le sucede a buena parte de la sociedad en que vive, a trabajar para conseguir lo necesario y satisfacer sus necesidades más inmediatas. Alguien simple, sin mayores afectaciones. En otras palabras, a que ya no le duela el mundo o que pierda el sentido fino para escuchar la melodía de la vida.

De otra parte, el temor del poeta está relacionado con que se seque la fuente o el río de donde extrae la mejor agua para sus composiciones. Puede parecer una obviedad, pero los seres dedicados a la creación saben que trabajan con un material o una riqueza natural no siempre inagotable. Han aprendido que hay vetas y yacimientos –períodos o momentos, dirán otros– en que fluye a manos llenas el oro líquido de su inspiración, los depósitos de sus más queridas confesiones. Como también hay meses o años en que nada brota de esa tierra, en que ni una sola piedra preciosa puede extraerse de aquella cantera. Y a medida que va pasando la edad, cada noche, cuando se dispone a escribir, cuando la hoja en blanco tarda en llenarse, o cuando lo sorprende la madrugada sin ni siquiera haber escrito una línea, el poeta teme que esté seco, que ya no quede nada en su aljibe interior. Tal sequía de motivos o de temas lo circunda como una hiena hambrienta. 

Los poetas románticos asociaban este miedo de perder el caudal de la creación con el de la poca inspiración. Para enfrentar ese temor, revivieron la imagen de “La Musa”, un ser alado al cual se invocaba en aquellos momentos cuando la imaginación escaseaba o cuando los motivos parecían escapárseles de las manos. Desde el poeta mayor, Homero, que la consideraba la verdadera gestora de sus versos, hasta poetisas como Anna Ajmátova que la esperaba en las noches para que le prestara por unos minutos los mismos caramillos que le habían servido a Dante, la Musa era considerada un antídoto, un talismán que protegía de la escasez o la exigüidad en los versos. Aunque, desde luego, también la Musa podía encender el espíritu con tal intensidad –provocar el arrobamiento o el paroxismo–, y llevar al poeta hasta las montañas del Etna, como Silvia Plath o Hölderlin, para despeñarlo por los acantilados de la locura.

De igual modo, el miedo del poeta puede venir de que por dedicarse a los oficios de la sobrevivencia –conquistar un techo, mantener una familia, trabajar para adquirir un alimento– pierda sus mejores años, cuando se es más productivo o más imaginativo; que malgaste ese tiempo en que las palabras se entregan con facilidad a los caprichos del artista. Ese temor también lo acecha. Por eso algunos poetas prefieren asumir una vida miserable con tal de no perder el camino o el mandato de su vocación; otros les roban tiempo a sus obligaciones laborales o se destierran por unos días de las demandas sociales. También están los que se imponen, con una disciplina espartana, encerrarse todas las noches en su estudio, con el fin de no dejar morir su relación con las palabras. Con las celosas palabras de la poesía.

El poeta, hemos afirmado, tiene miedo a endurecerse o anestesiarse ante las variadas manifestaciones del universo, la naturaleza o la existencia humana. Le angustia pensar en esa condición de hombre cómodo, sólo preocupado por la riqueza y libre de conmociones o sentimentalismos. Teme, en últimas, que pierda su capacidad para hacerse preguntas, que claudique en su permanente oficio de anteponer el asombro a lo trillado o consabido. Y porque vive en ese temor, le reclama a la misma poesía, así como en los versos del boliviano Eduardo Mitre, que no lo vaya a abandonar, que persevere, “que persista en él pese a la miseria que ha hecho de esta vida”. Que nunca lo vaya a dejar –y aquí es importante agregar el plural– sin esa voz que es la que “nos despierta y bautiza los nombres de la tierra”.

(De mi libro La palabra inesperada. Aproximaciones al poema y a la poesía, Kimpres, Bogotá, 2014, pp. 95-100).

Sobre los proyectos

Ilustración de Brad Holland.

Ilustración de Brad Holland.

Los proyectos tienen la virtud de lanzarnos hacia lo desconocido. Son catapultas para nuestro sedentarismo.

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Quien tiene un proyecto pone lo importante por encima de lo urgente. Hace que lo esencial se imponga a las coyunturas ocasionales. El que posee un proyecto sabe ponderar las circunstancias.

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Si el lubricante de las utopías es la persistencia, al mecanismo de los ideales hay que darle cuerda todos los días.

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Por ser los ideales productos de la imaginación necesitan de grafismos para apreciar su cabal fisonomía. Los cronogramas son el esqueleto de un proyecto.

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Los proyectos tienen una función irradiante. Son como las estrellas: atraen y alumbran, a la vez.

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Los proyectos personales como los proyectiles tienen la obsesión de dar en el blanco. Todo es cuestión de buen pulso al elegir el objetivo y puntería al momento de tomar las decisiones.

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El alumbramiento de nuevos proyectos en nuestra existencia se convierte en renacimientos gestados por la propia entereza y la voluntad.

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Para tomarnos en serio la realización de un proyecto debemos pedirle a la crítica razón que se una auditora permanente de nuestro confiado entusiasmo.

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Los proyectos son artes especiales de pesca: nosotros somos la carnada y nosotros también somos el anzuelo.

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Aunque no lo sepamos, cada vez que planeamos un proyecto de vida disponemos de nuevo nuestro cosmos interior. Buscamos otro sol para que ilumine y de gravedad a nuestras acciones.

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Si los proyectos personales actúan como una carrilera, la locomotora será, entonces, nuestra potente voluntad.

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Así sean de corto, mediano o largo alcance, los proyectos nunca está cerca a  nuestra manos. Los proyectos nos obligan a extender el alcance de nuestros brazos.

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¿Qué tipo de aliados se requieren cuando tengamos un proyecto importante en nuestra vida? Tres características, por lo menos, deben poseer: buena memoria para recordarnos el horizonte impuesto; manos fuertes para ayudarnos a despejar el camino, y un alma dadivosa para comprometerse con el logro de una meta ajena.

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Los proyectos ponen en tensión el alcance de nuestros ideales con la fuerza real de nuestra voluntad.

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Algunos proyectos nacen como una manifestación de inconformismo o una insurgencia ante la adversidad o la desventura. Son alternativas humanas de cara el determinismo de la especie o la predestinación de los dioses.

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¿Por qué se fracasa en muchos proyectos? Porque falta claridad en las metas. Los objetivos difusos son ya una forma de malograr nuestros ideales.

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Si tenemos fidelidad a un proyecto, si nos entregamos con amor a alguna causa, todos los obstáculos parecerán nuevos logros y todos los inconvenientes serán motivos para desarrollar nuestra recursividad y explorar en talentos insospechados.

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Los proyectos de vida tienen un lado severo y exclusivo: jerarquizan nuestras valoraciones. Ni todo importa lo mismo, ni cualquier cosa satisface nuestras necesidades. Quien tiene un proyecto entra al distinguido mundo de las prioridades.

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El nuevo principio físico de Arquímedes: “Dame un proyecto y moveré al mundo”.

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Hay proyectos tan amplios en sus alcances que se necesitan por lo menos dos generaciones para percibir sus primeros resultados. En consecuencia, así no veamos en vida la realización de nuestros sueños, no por ello debemos dejar de trabajar en ellos.

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Al poner la primera piedra de un proyecto se anuncia la totalidad de la obra. En las vetas del pequeño ladrillo está inscrita la figura definitiva del edificio.

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Así caigan como castillos de naipes, nadie puede negar la ilusión con que se arman los proyectos. Es evidente: el ideal tiene más resonancia en el alma que la desilusión.

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La enfermedad moral de los proyectos más queridos no está en la parsimonia o la falta de ingenio sino en la inconstancia y la pereza.

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La ruta intangible de los ideales necesita planearse con recursos efectivos y materiales consistentes. Sin planeación los proyectos fracasan o terminan siendo ilusiones pasajeras.

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Hay proyectos que nacen muertos porque ya traen, desde su origen, los genes de nuestro pesimismo.

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Los proyectos –aún los personales– tienen aliados y detractores. Lo difícil es reconocer quiénes son de un bando o del otro. En la realización de los sueños es fácil engañarse con los acompañantes.

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Programar las tareas para alcanzar las metas es el remedio contra las caprichosas demandas de lo inmediato. Las Sirenas huyen al ver la cortante hoz de Cronos.

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El demonio tentador de los proyectos esenciales de nuestro espíritu es el ángel caído de querer abandonarlos.

Tener vivo un proyecto

Ilustración de Tomasz Alen Kopera.

Ilustración de Tomasz Alen Kopera.

Soy un convencido de que los proyectos movilizan la vida de las personas. Cuando tenemos en la mente y en el corazón una meta, un propósito, un ideal, más animados nos sentimos y menos importancia le damos a los contratiempos y a las dificultades cotidianas de nuestra existencia. Si tenemos un proyecto en curso, si somos capaces de mantener viva una utopía, este objetivo se convertirá en una especie de sol hacia el cual girará o tenderá nuestro espíritu.

Pero, siendo esto tan razonable o provechoso, ¿por qué muchas personas no cuentan con esa mira o propósito jalonador? Diría que una primera explicación proviene de no haber jerarquizado los intereses en la propia vida. Por no diferenciar lo prioritario de lo secundario, por estar presos de las melosas garras de lo urgente, terminamos entregando nuestros días y nuestros años al vaivén de lo que venga, convirtiéndonos en autómatas sin dirección alguna. En consecuencia, lo fundamental para tener un proyecto vivo y andando es aprender a ponderar y aquilatar los asuntos y las acciones en las que participamos. Priorizar, entonces, es dedicar más tiempo a unos asuntos que a otros, es organizar de mejor manera nuestros ingresos con el fin de que sobre un excedente para garantizar la realización de dicho proyecto, es aprender a decir no a los que nos descentran de la meta y hacer caso omiso de las engañifas de la masa novelera.

He comprobado que hay otra razón: un buen número de individuos identifican su proyecto pero confían en que se realice sin trabajar en él, sin labrarlo o cultivarlo diariamente. Esperan que sean las circunstancias externas o la buena fortuna las que hagan florecer ese ideal. O, muy de vez en cuando, cuando los agarra el remordimiento, retoman el ansiado proyecto para darle continuidad o desarrollo. Sin embargo, a los pocos días vuelven a dejarlo de lado, distraídos por otros menesteres de turno. Esa parece ser otra causa por la cual hombres y mujeres van abandonando sus aspiraciones. Les falta constancia, persistencia, disciplina, para trabajar en el logro de ese sueño todos los días, así sea aportando un insumo mínimo al caudal esperado o adelantando una parte pequeña de la gran tarea.

De igual modo, he descubierto que las personas fracasan en el logro de sus proyectos porque no saben hallar aliados idóneos para dicho fin. Lo frecuente es lo contrario: se buscan compinches que terminan desalentándolos o llevándolos por vías erráticas cuando no inauténticas. Razón tenían nuestros mayores al señalarnos que de la elección de nuestras compañías dependía, en gran medida, el alcance de muchos de nuestros ideales. Es conveniente, por lo mismo, saber escoger los amigos y compañeros de acuerdo a esa utopía puesta en nuestro horizonte. O si se quiere entender de otra  forma: es menester que las personas del núcleo familiar o afectivo, o esos otros seres que están cercanos a nosotros sean cómplices reales y efectivos de nuestro proyecto. No son suficientes, por lo mismo, las muestras de cariño apáticas por ayudarnos a conquistar un logro o el colegaje que se solaza con nuestro conformismo.

Cabría exponer otra causa de la falta de proyectos de un buen número de personas. Me refiero a un conformismo o resignación constante bien sea sobre lo se es o se posee. Resulta más fácil, por supuesto, no imponerse retos o trazarse objetivos de largo alcance; es menos preocupante colocarse una tarea que sabemos de antemano va a demandar demasiado esfuerzo y dedicación. A veces resulta cómodo decir que hay que aceptar las cosas como vengan o que no vale la pena desgastarse en luchar por fantasías. Hasta cierto tipo de creencias contribuyen también a enajenar la voluntad o la iniciativa. Tal vez por todo ello, los que izan la bandera de un proyecto no solo deben tener la fortaleza suficiente para enfrentar las limitaciones personales y sociales que tengan sino, además, ser incrédulos ante los fatalismos o los destinos predeterminados. Si no hay esa veta de inconformismo o de corajuda rebeldía en el espíritu será imposible emprender una utopía.

Recalquemos en nuestra tesis inicial: las personas que mantienen vivo un proyecto son las más optimistas y las que contribuyen con ahínco a mejorar la sociedad o hacer algo por los demás. Si se tiene un ideal en nuestro espíritu tendremos razones de peso para levantarnos todos los días y enfrentar las adversidades. El tener la mente ocupada en un proyecto favorece la salud interior, nos rejuvenece el cuerpo y, de alguna forma, nos hace sentir útiles y necesarios. No hay que olvidarlo: las personas con un proyecto viven su existencia como si estuvieran lanzadas permanentemente hacia el futuro.

Ocho pistas para no amargarse la vida

Ilustración de Tang Yau Hoong.

Ilustración de Tang Yau Hoong.

Vivir con intensidad cada momento. Somos seres finitos y, a pesar de ello, con aspiración de cielo. En ello radica nuestra calidad dramática. Sabemos del pasado por nuestra memoria, del futuro por nuestra imaginación y del presente no tenemos sino la certeza del instante. En esa evidencia del presente –tan fugaz, tan inasible, tan deleznable– estriba la riqueza de lo cotidiano. Dada nuestra condición de temporalidad efímera, no podemos asumir como bandera ni la nostalgia ni el escepticismo. Hay que aprender a vivir con intensidad cada momento y a asumir sin temor lo que de azar trae consigo cada día. La cotidianidad fluye y en eso, precisamente, radica su valor. Inmovilismo y falta de maleabilidad de espíritu  imposibilitan el emerger de lo cotidiano.

Construir nuestra “habitación propia”. Un techo, una casa, un apartamento. La guarida, el encierro, lo íntimo… Los espacios son más que lugares, son extensiones de una conciencia, extremidades de una voluntad. Y hay que aprender a reconocerlos y a respetarlos cuando sea necesario. Nos urge aprender un tacto para saber compartir, recibir o reverenciar ciertos lugares. Somos demasiado torpes con los espacios ajenos, quizá porque no ritualizamos los propios o porque desconocemos las secretas lógicas de construcción de una habitación, un rincón o una casa. Damos por hecho los lugares, olvidándonos de que ellos son símbolos de territorialidad, manifestaciones o signos de lo íntimo. Al lado del respeto de los escenarios ajenos, es importante también la conquista de la “habitación propia”, la lucha por el lugar personal, el logro de una zona de privacidad. La dimensión potente del secreto. Recordemos: quien aspire a mantener una libertad genuina debe construir sus propios espacios.

Evitar idealizar los afectos. Gran parte de nuestra vida la empleamos en la interacción social y familiar. También en nuestras relaciones de intimidad. La afectividad es una construcción humana, una creación de las culturas; un fruto de nuestra educación y nuestros diversos procesos de socialización. La afectividad es variable porque, recordémoslo, somos seres hechos de tiempo. Los afectos cambian, se intensifican o decaen; se modifican o adquieren nuevos bríos; están repletos de historicidad. De allí por qué sea un error el querer idealizar los afectos. Idealizar es querer encontrar modelos preestablecidos, es suponer que las personas pueden ser enmarcadas en parámetros o en estereotipos. Eso de una parte. Pero, además, los afectos no son lo único que mueve la vida cotidiana; no es acertado ni efectivo condenar toda la riqueza de la cotidianidad a vivir únicamente pendientes de la suerte de nuestros afectos. No somos personajes de telenovela. Nuestra afectividad tiene que forjarse en el yunque de lo real.

Trabajar pero sin descuidar nuestro proyecto de vida. Pensemos en la cantidad de horas dedicadas a nuestras labores en la oficina, la fábrica, la casa o el negocio. El trabajo, a la par que permite sentirnos útiles o aptos para satisfacer una serie de necesidades, también ayuda a realizarnos como seres capaces de proyectos. Por ende, para que el trabajo adquiera su justa valía, es indispensable tener –previamente– un proyecto de vida personal que lo alimente o le dé sentido. Tan importante como trabajar es ir elaborando el propio edificio vital. Ir tejiendo nuestro horizonte: esa zona de la apuesta, de la aventura. De otro lado, en lo cotidiano del trabajo hay que permitirse zonas de vacación, espacios lúdicos o de ocio; hay que diseñar pequeños escenarios para que afloren el regalo, la visita, el encuentro, el diálogo, el baile, la fiesta. Sin tales escenarios, el trabajo se convierte en maldición o en una condena insoportable.

Estar atentos para que nuestras “pertenencias” no se conviertan en nuestro lastre. Apegarse demasiado a las cosas es confundir lo valioso del alimento con el alimento mismo. Para vivir a plenitud lo cotidiano, los objetos no pueden convertirse en nuestro lastre o en impedimento. A veces sacrificamos nuestra felicidad cotidiana por aparentar cierta posesión de objetos que, en realidad, nos son innecesarios; y, en otras oportunidades, nos hacemos infelices por codiciar o envidiar cosas que, casi siempre, brillan más de lejos que de cerca. Por lo demás, hay riquezas que no dependen de la cantidad de objetos que se posean; y hay pobrezas, por no decir aburrimiento, en el exceso de lujos y de bienes. Quien distinga las diferencias y las ventajas que hay entre lo necesario y lo suntuario, muy seguramente, será más liviano –más libre– y menos apegado a una cotidianidad centrada en las cosas.

Asumir que somos actores de muchas obras. Ser con otros es actuar. Nuestra cotidianidad está repleta de representaciones. Hay  toda una serie de roles o papeles a los cuales, en mayor o menor medida, damos importancia. A diario ponemos en escena nuestro yo. De allí que necesitemos afinar nuestra capacidad para asumir varios “personajes” dentro del escenario cotidiano; ser polifacéticos, múltiples, polifónicos. Es apenas obvio pensar que nuestras actuaciones no van a ser celebradas por todos; algunos pensarán que son inútiles o tontas y otros las verán como inoportunas. Ninguna actuación nuestra será totalmente aplaudida o comprendida de inmediato. El parecer –esa opinión que los demás tienen de nuestra cotidiana representación– oscila como el péndulo, es arbitraria y mudable. No podemos permitir que nuestra identidad se configure al antojo de los demás. Hay que aprender a decir no, en serio: aprender a renunciar y a perdonar. Y, por supuesto, tenemos que desarrollar un espíritu de tolerancia, una competencia para entender las diferencias,  los matices. El ser humano no es ni blanco ni negro, sino un hermoso abanico de grises.

Aceptar que los conflictos forman parte de nuestra vida. Por ser seres hechos de tiempo, variables; por tener un cuerpo repleto de carencias; por tener diversas creencias, somos seres en permanente conflicto. Con nosotros mismos y con los demás. La condición humana posee una triple constitución: es pensamiento, pulsión y voluntad. Por momentos, una cosa es la que pensamos, otra la que deseamos y otra, bien diferente, la que hacemos. Nuestras mayores discrepancias brotan de esa triple constitución. Ni qué decir cuando son dos o más personas las que pretenden establecer algún tipo de vínculo o relación. El conflicto es el resultado de poner en juego un cuerpo, una conciencia y una libertad. Como quien dice, es de humanos tener conflictos, crisis, problemas. Pero, de igual manera, es de humanos intentar resolverlos, así sea de manera parcial. Al conflicto, más que evitarlo, hay que reconocerlo; y, sobre todo, no hay que tratar de idealizar una vida sin conflictos. Ese tipo de vida, no existe. Es en el diario tropiezo o dificultad donde la vida cotidiana se nos aparece como algo interesante y riesgoso. El conflicto nos torna recursivos, potencia en nosotros la creatividad.

No perder en ningún momento la pasión por aprender. Somos seres ansiosos por ir más allá de lo evidente. La naturaleza, las conductas, los acontecimientos, la misma vida cotidiana, se nos ofrecen como un campo de aprendizaje permanente. Toda la cultura es hija de esta aspiración del hombre por trascender, por no condenarse a ser sólo un primate con carencias y apetitos. No olvidemos que el hombre es un ser finito pero con hambre de cielo. Es impostergable mantener en nuestra cotidianidad un espacio y un tiempo, un cierto rito, para seguir aprendiendo. El día en que ya no tengamos el espíritu y el entendimiento abierto a lo desconocido, ese mismo día empezaremos a fallecer. En otras palabras, debemos infundir a nuestra cotidianidad alguna pasión, un ardor o una predilección por cierto campo del conocimiento: el arte, la literatura, la música, la poesía… Esa pasión, alimentada día a día, nos permite desarrollar otra mirada, nos abre nuevas perspectivas, nos hace menos plegados a la inmediatez de la especie. Para no sucumbir a la rutina o el aburrimiento, nos es fundamental mantener izada alguna devoción artística o intelectual. Por lo demás, el cultivo de una pasión termina siendo una especie de reserva para nuestra vejez.

(De mi libro Ser viento y no veleta. Pistas de sabiduría cotidiana, Kimpres, Bogotá, 2010, pp. 35-40).

El año nuevo: fiesta de balance y renovación

En las fiestas de fin de año se combinan dos fuerzas igualmente significativas: una de carácter retrospectivo, centrada en los balances; y otra, prospectiva, puesta más en el cambio y la renovación. Tanto una como otra son dignas de celebración y las dos han sido cantadas y exaltadas por los grupos de música bailable. Apenas como un ejemplo bastaría recordar un tema musical de la Billo’s Caracas Boys de Venezuela, la orquesta de Luis María Frómeta: “Año nuevo, vida nueva”.

La primera fuerza, decía, hace énfasis en poner en la balanza las cosas hechas o dejadas de hacer. Las fiestas de año nuevo invitan a poner nuestra vida en tono de rememoración, y a ver qué tanto de lo experimentado tuvo trascendencia o cuántas de las peripecias tenidas fueron apenas fárrago existencial. Este balance, muy de “ajuste de cuentas” con nosotros mismos, puede hacer renacer algunas heridas –en especial cuando hubo pérdidas de seres queridos– o reavivar las alegrías de algún proyecto conquistado y del cual nos sentimos orgullosos. Pero de todo ese pasado, las fiestas de fin de año celebran lo inolvidable, esas cosas o circunstancias que por ser tan positivas ya son parte nuestra. Eso es, precisamente, lo que la voz de Tony Camargo inmortalizó: “Yo no olvido el año viejo”, una canción del colombiano Crescencio Salcedo.

El otro movimiento, quizá el de mayor potencia, es el de convertir esta fecha en motivo para la renovación. Las fiestas de fin de año son un tiempo mágico para los augurios, los parabienes, para todo tipo de deseos y manifestaciones de prosperidad. Más allá de los errores cometidos o de un revés en la fortuna, en esta fecha se hacen votos por lo mejorable, por lo que seguramente alcanzará un mejor bienestar o una situación llena de felicidad. Nada de lo malo puede seguir igual; lo que se avecina son los buenos tiempos, el futuro abre sus brazos como un dios bondadoso. Y si se pinta o se hacen mejoras de nuevo en la casa, si nos sentimos animados a proponernos cumplir una meta postergada o si se cambia alguna práctica en nuestra forma de vivir es porque el año nuevo genera en nuestro espíritu un giro hacia la renovación, hacia el cambio. Las fiestas de año nuevo imantan el corazón de optimismo y esperanza. Además, lo maravilloso de esta fuerza renovadora es que no se predica únicamente para nosotros sino que desea hacerse extensiva a  familiares, amigos y a todos nuestros congéneres. Como ilustración de esta segunda fuerza de las fiestas de fin de año vale la pena escuchar “Tres deseos”, una composición de Kike Santander, interpretada por la cubana estadounidense Gloria Estefan.

Esa doble confluencia de fuerzas es el objeto de celebración de las fiestas de fin de año. Así que, asumiendo la mirada de Jano –el dios bifronte de los antiguos romanos– en este día hacemos un doble brindis. Por el pasado, para agradecer los éxitos o quemar la desventura, y hacia el porvenir para convocar el bienestar o la buena fortuna. Un gesto de despedida y otro de bienvenida se conjugan al estrechar los brazos o al levantar las copas. Hacia el final de la noche del treinta y uno de diciembre las añoranzas se aúnan con las renovadas ilusiones, y antiguas melodías recobran su sentido y dan más colorido a la fiesta. Entonces, mientras suenan las doce campanadas, escuchemos un tema clásico de Guillermo Buitrago: “La víspera de año nuevo”.

Un nuevo libro, en época de navidad

A pesar de haber publicado varios libros, el tener una nueva obra entre las manos sigue produciéndome una alegría extraordinaria. La emoción corresponde a una variedad de cosas: desde el hecho de ver realizado en físico lo que apenas era un proyecto en el diseño, en los tanteos de color, en la elección del papel, hasta la satisfacción de cumplirle a mi padre la promesa de publicar una obra cada año. Tal júbilo trae consigo, por lo demás, el afán porque el texto llegue cuanto a los lectores, para que sean ellos los que cierren un proceso empezado en los inicios del 2011.  

Repasando mi diario noto que el primer ensayo del reciente libro La palabra inesperada lo escribí el 7 de enero. Lo titulé “La mirada desnuda de la poesía”; el segundo texto está fechado dos días después: “El poeta aviva la luz de las cosas”. Los otros ensayos se produjeron con intervalos de uno o dos días, en una época en la que venía preparando otro libro publicado en el 2012, Vivir de poesía, y en la que concluía y entregaba a Editorial Kimpres mi antología poética Ese vuelo de palabras. El orden de los diferentes textos en el libro de este año no corresponde a la secuencia en que se escribieron. El último de los ensayos, “Las palabras que jamás asoman” lo consigné el 31 de enero del 2011, un “épodo” de José Gorostiza servía de epígrafe; el de “Cuando ya no tengamos al poeta” lo elaboré el 25 de ese mismo mes. Me parece oportuno transcribir acá lo que escribí en el diario al cerrar ese proceso: “he leído, como en los años en que estudiaba literatura, muchísima poesía. He revisado libros y he entrado en relación con otros autores que no había estudiado en profundidad. La biblioteca dedicada a la poesía es ahora insuficiente: me ha tocado abrir espacio en algunos estantes de las bibliotecas de otras habitaciones. He comprado varias antologías y he investigado apasionadamente las poéticas de variados escritores de poesía… Todo esto lo ha provocado mi nuevo libro Vivir de poesía. Y aunque mi primera intención era empezar a escribir los textos que acompañarían a cada uno de los cincuenta poemas que ya he seleccionado, lo cierto es que emergió este nuevo proyecto como si fuera una antesala, un escenario reflexivo sobre el hecho poético”.

Así que el nuevo libro ha tenido más de tres años de maduración. El diseño preliminar lo hice en Page Maker el 17 de junio de 2012. Después, el 5 de enero de 2013 convertí el documento a Adobe InDesign, y en ese mismo año las manos de Nancy Cortés contribuyeron  a que el libro adquiriera la fisonomía interna que ahora tiene. Lo más demorado no fue la corrección de estilo que me remitió desde Argentina mi querida amiga María Angélica Ospina sino elaborar el índice temático, ahí la colaboración amorosa y diligente de mi Margarita fue definitiva. Compramos un folder de argolla, le colocamos hojas rayadas, conseguimos separadores alfabéticos, y empezamos la tarea. Yo iba mirando cuáles términos podrían crear una constelación de lectura y acceso a la obra. Esa fue una labor lenta pero entretenida. Margarita hacía las veces de amanuense dedicada. Este índice fue revisado en varias oportunidades, debido a que por un cambio en el diseño que afectó la paginación, los números de referencia ya no correspondían al de las páginas. Muchos términos al final los eliminé porque no cumplían la condición de obtener por lo menos dos citaciones en la totalidad de la obra. El otro aspecto demorado fue el diseño de la portada. Ya había decidido desde el comienzo que iba a ser en rojo, pero el cabezote gráfico ideado por mí sufrió modificaciones. Paola Rivera, la diseñadora de la Universidad de La Salle, me dio la idea de mirar en internet texturas en un portal específico y allí encontré una que sugería, en su lenguaje abstracto, mis aproximaciones al poema y la poesía. Con todo esto volví a revisar el libro hacia finales de noviembre de este año. Pedí la ayuda a Estercita Guzmán, la heredera de la experiencia de editorial de Kimpres, para que lograra en un corto tiempo imprimirme el texto. Ella misma me sugirió el tipo de papel: blanco bond bahía. Ese fue el toque definitivo para hacer que el rojo y el gris interno adquieran un mejor contraste.

Se trata de un libro sobre la poesía, sobre esa fuerza íntima a la que está asociado todo proceso creativo; a esa dimensión rítmica de la cual participan también la voz y la música. La poesía, que tiene mucho que ver con nuestra dimensión sensible y con nuestras facultades imaginativas; la poesía, que nació en el canto y que continúa siendo el medio ideal para expresar las heridas y el gozo profundo de los corazones humanos.  Pero también es un libro sobre sobre el ser y significado de ese pequeño organismo concentrado de palabras, el poema. Sobre esa criatura hecha de signos que intenta de alguna forma apresar a la poesía. El poema que es testimonio de una lucha con la sinuosidad comunicativa de los términos y, al mismo tiempo, es el esfuerzo de los seres históricos por atrapar el instante. El poema: forma madura de la palabra escrita; trabajo artesanal para desbastar las palabras de su cansancio o su rutinaria manera de andar de boca en boca. El poema, que ha servido y sigue sirviendo para entender mejor el misterio de la vida y las no siempre claras manifestaciones de la existencia humana. Sobre esos dos motivos convergen las páginas de La palabra inesperada.

Tal es lo evidente de la obra. Pero lo que también palpita en el subsuelo del libro es mi aspiración, desde los años de estudiante de literatura en la Universidad Javeriana, de escribir un texto reflexivo sobre la poesía. A Rodolfo y Germán, en las charlas interminables sostenidas en “El Griego”, sazonadas con la risa estridente de Natalia Romero y la sonrisa meditativa de Andrés Díaz, acalorados por el aguardiente y los poemas de Cernuda –leídos siempre en voz alta– y por la descarnada lírica de César Vallejo, les compartía a esos amigos mi intención de algún día parodiar el libro que en aquella época era nuestro consejero mayor: El arco y la lira del mexicano Octavio Paz. Y ese propósito era reiterado horas más tarde en otras mesas de bohemia, en “Arte y cerveza”, y en las caminatas por las calles de una Bogotá nocturna y en los desayunaderos, especialmente el de la calle 42 con Caracas, y proseguía rondándome cuando a altas horas de la madrugada me dedicaba con absoluta devoción a la escritura de mis ensayos que tenían como palestra ese otro sueño común llamado “Trocadero”. Una revista hecha en honor a otro poeta tutelar de aquellos tiempos, el maestro cubano José Lezama Lima. Como puede colegirse, esta obra es la cosecha de varias décadas de asidua lectura de poemas ajenos y, por supuesto, de otras tantas cultivando mi propia parcela de los versos. O para decirlo sin aspavientos, en este libro está la síntesis o el añejamiento de mis ideas sobre el poema y la poesía rumiadas en mi mente por casi 30 años.

Considero que esa aspiración se vio reforzada por mi trabajo posterior en la formación de maestros. Me di cuenta en las muchas charlas sobre didáctica de la literatura que impartía la falta de un texto, escrito de manera cercana, para que los educadores pudieran con sus alumnos incursionar en el ámbito de la poesía. La bibliografía circulante en el mercado era escasa o consistía en obras impregnadas fuertemente de aplicación lingüística o textos con un tufo historicista que ocultaba las características y posibilidades de esta forma de escritura.  Así que, el profesor de literatura cuando llegaba al tópico de la poesía en su aula o bien pasaba rápido por ese punto del programa o se contentaba con impartir cierto impresionismo sin sustancia estética. Faltaba un libro que sirviera de mediación o que ofreciera algunas pistas para acercarse de mejor manera a estos pequeños artefactos expresivos. Mis posteriores investigaciones sobre este problema corroboraron aquellas primeras intuiciones. Por eso confío que La palabra inesperada, además de ser un libro interesante y gustoso en su lectura para todo tipo de lectores, sirva de igual manera a todos los neófitos estudiosos de la poesía. Creo que allí están consignados mis propios descubrimientos sobre la lírica y hay un repertorio de aspectos enfocados en la tipología textual del poema a partir de la cual los docentes de literatura podrían desarrollar o enriquecer sus clases.

Pero volvamos al libro. Espero que la lectura de La palabra inesperada sea semejante a la que me compartió María Angélica Ospina, mi correctora de cabecera. Ella me envió, el 3 de agosto de 2013, junto con las revisiones del libro un correo por internet que decía: “Hola Fernando. Antes que nada quería elogiarte este lindo texto, que parece fruto de un profundo proceso de transformación personal y expresiva. Formalmente, manejas elegantemente el estilo corto, lo cual hace muy fluido y agradable el escrito. Pero me parece aun más importante que el libro se eleva a niveles realmente poéticos, no sólo por tratar de poesía, sino porque creo que buena parte de la obra es un extenso poema con apariencia de prosa muy sencilla. Pienso que el texto es verdaderamente valioso. Aporta de manera fácil una notable cantidad de elementos y reflexiones para entender la poesía y la tarea poética para legos y expertos”. Eso es lo que anhelo: que mi libro contribuya a apreciar más y mejor la poesía. Sirva, entonces, el testimonio fraterno de esa primera lectora como un gesto premonitorio o un buen augurio para el futuro de este nuevo libro.

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