Homero Manzi: “un alma en orsái”

Homero Manzi

Homero Manzi: “el poeta de las cosas que fueron”.

 

LOCUTOR A: Hoy, con el ritmo del bandoneón, del fuelle, el olor a barrio, las caras pintorreteadas de minas y palastrunes, con el brillo de lunas y el humo y el calor particular de las noches del viejo Buenos Aires, vamos a acercarnos a la figura del poeta Homero Manzi.

LOCUTOR B: Homero Nicolás Manzioni, el poeta de las cosas que fueron, según lo definió Enrique Santos Discépolo.

LOCUTOR A: Manzi, nacido en 1907 en Añatuya, un primero de noviembre; sexto de ocho hijos, estudiante de derecho, profesor de secundaria; adaptador y guionista cinematográfico y, sobre todo, uno de los mayores poetas populares de la Argentina. Popular por su amor al terruño, por su lucha por lo tradicional, por su pasión por lo argentino, por su nostalgia al Buenos Aires de ayer.

LOCUTOR B: Influenciado por Evaristo Carriego –el mismo Carriego a quien Borges dedicó un estudio memorable– y José González Castillo, apoyado por la excepcional calidad de músicos como Aníbal Troilo, Sebastián Piana, Hugo Gutiérrez y Lucio Demare y lleno de las lunas garcialorcanas, Homero Manzi logró captar en sus obras el sentir y el pensar del hombre de Buenos Aires durante veinte años, de las décadas de 1930 a 1940.

LOCUTOR A: Pero, además, fiel a la poesía emocionada, de cuño cotidiano y de contenido social, Manzi enalteció una serie de personajes suburbanos como el viejo ciego, el organillero, la solterona, el mayoral del tranvía, el payador, el cochero, el marinero sin puerto donde anclar, o la cancionista del bulín: Malena.

LOCUTOR B: Y desde un tono descriptivo Manzi también se detuvo en los objetos del barrial, en el terraplén, en el farol, en la taza de café, en el pucho de cigarro, en la mesa y los espejos, en las calles y el tren. Todas estas cosas fueron enaltecidas por Manzi, convirtiéndolas en verdaderos poemas y no en simples letras de tangos o milongas.

LOCUTOR A: Homero Manzi, Cadícamo y Discépolo, melancolía del tango lento que acompaña la soledad; paisaje inspirado en los arrabales, hecho con la angustia del pasar del tiempo. Tango canción o pensamiento triste que se puede bailar.

 

LOCUTOR B: “Paisaje”, el vals que acabamos de escuchar, con música de Sebastián Piana, interpretado por la orquesta de Pedro Laurenz y cantado por Alberto Podesta, nos ubica de lleno en el mundo poético de Homero Manzi. “Paisaje” nos sitúa en una constante suya: el pasado o, lo que es lo mismo, el dolor de abril.

LOCUTOR A: Para Homero Manzi la vida verdadera es un paisaje lejano, colgado al frente del retrato de la amada –un retrato que por lo demás ella se ha llevado–. La vida verdadera es, o mejor fue, un paisaje con marco dorado –bella manera de decir un pasado heroico– y con tono otoñal; es decir, de la vida que entra en la vejez. La vida verdadera para Manzi es un paisaje perdido entre el tono velado, gris y brumoso del olvido, un paisaje que angustia y, ante el cual, no cabe más que llorar con la lluvia de abril, recordando los buenos años. Para Manzi el pasado es la primavera que se opone lastimosamente al otoño del pinar.

LOCUTOR B: De ahí la importancia de la memoria o del recuerdo para Homero Manzi. “La vida no pasa de ser un costalado de recuerdos”, dice Ernesto Arango, el malevo de Aire de tango de Manuel Mejía Vallejo. El olvido no existe para Manzi, no existe olvido para el tango. El olvido es una mala trampa del amor. Las cosas, los amores, no se van de uno; ellos, como recuerdo, lo bañan a uno en su orín, contagiándonos ese “ir buscando a ciegas olvido adentro”.

LOCUTOR A: Manzi creía en esa metafísica del tango, en ese empuñar en el aire cosas que se fueron. Manzi repetía con Gardel “te acordás hermanos qué tiempos aquellos…” y evocaba a Jorge Manrique para decirnos que, allá, en un tiempo remoto, tan remoto como nuestros años “cualquier tiempo pasado fue mejor”. José Gobello escribe que esta idealización del pasado, esta nostalgia, este retornar al dolor, es una actitud romántica. Y agrega: “si el tango es sentimental por esencia, forzosamente tiene que ser romántico porque lo romántico es, precisamente, la propensión a lo sentimental”.

LOCUTOR B: Desde luego, el romanticismo del tango brota del choque brutal con la realidad y no de la abstracción de la misma. Es la vida de carne y hueso, de sexo y puñal, la que se pone como costal de recuerdos; por eso mismo, la vida hay que sufrirla, para que se nos quede íntegra en la memoria, porque de otra manera la olvidaríamos y, sin recuerdos, no hay verdadera vida.

LOCUTOR A: Y hay otro vals, “Desde el alma”, con música de Rosita Melo y con letra de Homero Manzi y Víctor Piuma Vélez, que refleja perfectamente lo dicho hasta ahora: Manzi es un alma que se niega a olvidar, un alma que llora lo perdido y llama lo que murió. Homero Manzi o el deseo de volver a la antigua ilusión, Francisco Canaro, su orquesta, y la voz de Nelly Omar.

 

LOCUTOR B: Para Homero Manzi, el pasado –la “triste ceniza del recuerdo” – es “nada más que ceniza, nada más”; por eso la palabra “adiós” posee tanta importancia para él. “Adiós es el misterio que siembra el tren”. Adiós es el instante definitivo, es el momento en que se divide en dos la historia de un hombre: adiós es la forma como el tiempo nos muestra su rostro. Entonces, ante la angustia y el dolor de la pérdida o la ausencia, Manzi propone una salida al corazón: eternizar los recuerdos, aunque sea “triste vivir en ellos”, aunque “cause tanto escuchar ese rumor”. El adiós, por lo mismo, se vuelve definitorio y, gracias a ese recurso, Manzi logra definir y aclarar el presente. El adiós es el amor que pasó por ser cobarde, y vive eternamente sólo entre sueños.

LOCUTOR A: Desde este punto de vista, el adiós se asocia irremediablemente con la mujer. “Las sombras son tus ojos, las flores son tu piel, me siguen los recuerdos, me duele tanto ayer”, dice el tango. Los recuerdos de la mujer son una ausencia que se alarga y que tiene gusto a fruta amarga, a castigo y soledad. La mujer, para Manzi, es un punto de referencia en el tiempo; cierto, pero distante. En otras palabras, la amada es un retrato que no se cuelga en el muro, es una voz de sombra, es una pena de bandoneón. La mujer, para Manzi, tiene ojos oscuros como el olvido y tiene labios apretados como el rencor. Lo que cuenta de la mujer es la herida de su traición o las cartas con promesa de amor eterno; por eso el tango habla de hombres solos y es para hombres solitarios.

LOCUTOR B: La amada, que deberíamos llamar mina, la querida del lunfardo, la percanta o la paica, se asemeja al barrio; o mejor, ella forma parte de él. Todo barrio por lo mismo es un romance. Un romance que ya pasó. El barrio es luna y misterio, callejas lejanas, viejos amigos y, por supuesto, es también Juana –la rubia–, la que tanto se amó o enseñó a amar. El barrio, el pedazo de barrio con sus noches, es la otra piedra de toque de la poesía de Homero Manzi. Barrio que, como las otras cosas que venimos anotando, es visto desde el recuerdo.

LOCUTOR A: Al barrio se lo evoca porque al regresar a él ya no están las cosas donde estaban, ya no están los amigos donde siempre bebían… “¿Dónde está mi barrio, mi cuna maleva, dónde la guarida, refugio de ayer? … El asfalto de una manotada ha borrado la vieja barriada que nos vio nacer”. Cuando se vuelve al barrio, cuando se quiere ir del presente al pasado, nos hallamos con que él ha sido destruido o remodelado y su calor y colorido ya no nos pertenece. Manzi recoge en sus poemas, según afirma Juan José Sebreli, la nostalgia del que retorna y recuerda, en medio de la fiesta en que ahora vive el barrio de la infancia, el antiguo patio del conventillo, aquella vieja casa de vecindad o de inquilinato.

LOCUTOR B: Escuchemos, entonces, a Roberto Goyeneche, interpretando “Barrio de tango”, música de Aníbal Troilo y letra de Homero Manzi.

 

LOCUTOR A: El barrio en Manzi es el dolor de no saber olvidar, es una elegía. Y, hablando de esta suma de mujer y barrio, corroídos y conservados por la sal del recuerdo, hay un poema canción compuesto en 1948 por Manzi y Aníbal Troilo: “Sur”. En esta composición Manzi retrata la amargura del sueño que murió, al decir de José Gobello.

LOCUTOR B: “Sur” puede parecer reaccionario, desde el punto de vista social, ya que en él se prefiere la esquina del herrero a la esquina del taller de mecánica; ya que en él se opta por el barro y la pampa en lugar de la urbanización. Sin embargo, “Sur” podría interpretarse mejor como una vuelta amarga al barrio Nueva Pompeya en 1922 o 1932, cuando era una suma de lagunales rellenos con tierra, cuando el farolito plateando el barrio iluminaba un organito que molía un tango, según escribe González Castillo.

LOCUTOR A: Y Manzi –nos reitera José Gobello– no canta únicamente al barrio, canta a su alma, canta a sus emociones; se canta a sí mismo.  No canta a Nueva Pompeya, sino a su juventud que transcurrió en ese barrio. Pompeya es el decorado de la historia; el protagonista, Manzi. O parafraseando a Borges, el barrio crea a Manzi y es recreado por él.

LOCUTOR B: Oigamos a Eduardo Rivero interpretando “Sur”, ese tango de Aníbal Troilo y Homero Manzi; un tango que de alguna manera evoca al “Barrio pobre” de Jiménez y Belvedere, el barrio reliquia del pasado, el barrio que esconde en sus portones el amor… Barrio arena que la vida se llevó.

 

LOCUTOR A: Hemos dicho que para Homero Manzi todo retorna al recuerdo, todo se abisma en el pasado o, si se quiere, que los recuerdos persiguen al pasado. Hemos dicho también que la mujer en Manzi se asemeja al sueño más querido y, por ser así, es el sueño que más nos hiere, el que nos duele más. De otra parte, hemos anotado que la nostalgia por el barrio viejo, con su último organito, hace de la poesía de Manzi una criatura abandonada que cruza de pronto el barro de algún callejón. Digamos algo ahora sobre la manera como Homero Manzi construye sus poemas.

LOCUTOR B: Manzi es un maestro de la metáfora y lo es, precisamente, por cumplir a cabalidad la petición de Lautréamont, aquella de poner en comunión las realidades más distantes. Manzi reúne en un solo verso lo más orillero con lo más celeste, lo más arrabalero con los más cristalino. Manzi aproxima lo insólito creando a su paso versos como “la lluvia sutil que llora el tiempo” o “sobre el mármol helado, migas de medialuna” o “la sombra que es más fuerte que la muerte” o aquel otro, poéticamente lunfardo: “el trago de licor que obliga a recordar si el alma está en orsái”.

LOCUTOR A: Manzi vincula, por ejemplo, las cartas de la amada con las palomas, pero asociándolas en el huir del campanario. Manzi escribe: “hecho pedazos se nos muere en los brazos… el ayer”; habla de los “pasos apagados”, del “destino de percal” o de “la angustia de novia ausente” o de “los sapos redoblando en la laguna”. Manzi construye versos únicos, dada la súbita carga de las palabras encontradas: “en aquella noche larga maduró la fruta amarga de esta enorme soledad”.

LOCUTOR B: Y aunque no faltó quien le asignara el propósito de intelectualizar el tango y le reprocharan el tono garcialorcano de sus versos, Manzi, según opinión de José Gobello, logró desasirse de la realidad sobrevolando las cosas y descubriendo entre ellas relaciones ocultas y sutiles. Luego, tomó su costal y cargando en él sombras y recuerdos entonó tangos y milongas: “yuyos amargos de arrabal, pieles oscuras, voces de sangre”.

LOCUTOR A: Enumeraciones y descripciones precisas hicieron de Homero Manzi el poeta genuino y espontáneo del Buenos Aires de 1940. Un poeta que no quiso escribir meramente en lunfardo porque sabía que por más que se escondan las penas salen sin llamarlas, cumplidas como el sol y la muerte. Precisamente, sobre este exilio voluntario en la manera de escribir, Manzi en un poema titulado “Treinta años”, firmado en noviembre de 1937, le decía a su mujer:

“Volví a la convivencia de la barriada burda

Dejé perder la gloria de mi destino grande

Tomé la calle angosta y le canté a la luna

Y la gente del barrio se detuvo a escucharme”.

 

LOCUTOR B: De otra parte, sabemos que Homero Manzi aguardaba su muerte. Dicen que el tango es un entrenamiento para la muerte, y ésta le llegó un 3 de mayo de 1951. Tenía entonces 44 años el poeta de Añatuya. En el sanatorio donde esperaba la muerte Manzi escribió varios poemas, entre otros “Discepolín”, dictada por teléfono a Aníbal Troilo y convertido luego en un tango sin par. Y, además, escribió otro poema magistral, premonitorio si se prefiere. Manzi lo tituló “Definiciones para esperar mi muerte”. Este poema resume perfectamente lo que fue el poeta y su mundo. Retomando las palabras de Manuel Mejía Vallejo, este poema cierra el recorrido de un hombre de tango, de esa clase de hombres que comprenden que sólo hace falta morir para haber vivido una vida completa.

 

LOCUTOR A: Hasta aquí este homenaje a Homero Manzi, al poeta de las cosas que fueron. Manzi, un poeta que conocía el sabor de las palabras, su campo de sonidos; un compositor que al pensar de Osvaldo Rossler, realzó el suburbio e ideó nuevas criaturas para el tango.

MURMULLAR BIBLIOGRÁFICO

Fernando Assuncao: El tango y sus circunstancias (1820-1920), Buenos Aires: Emecé editores, 1974.

Horario Ferrer: El libro del tango, Buenos Aires: editorial Galerna, 1977.

José Gobello: Conversando tangos, Buenos Aires: A. Peña Lillo editor, 1976.

Manuel Mejía Vallejo: Aire de tango, Bogotá: Plaza & Janés, 1979.

Osvaldo Rossler: Buenos Aires dos por cuatro, Buenos Aires: Editorial Losada, 1967.

Juan José Sebreli: Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, Buenos Aires: Siglo XX, 1979.

Los libros, mis libros

Ilustración de Jungho Lee

Ilustración de Jungho Lee.

Son silentes, aunque hablan en otra frecuencia a nuestra mente y nuestro espíritu. Callan, pero si uno los sabe tratar, dicen cosas a nuestra hambre de conocimiento o a nuestras necesidades vitales. Son pacientes, dóciles, extrañamente pasivos, a pesar de su poderoso contenido o sus libertarios mensajes. Están ahí. Son una presencia, un referente, un mojón de la cultura. Dependen de otro, de alguna mano que los traslade o los cambie de posición. Pero en esa parálisis, en ese gesto estatuario, saben que pueden ser buscados, reclamados, íntimamente necesarios. La pasividad en ellos tiene un toque budista o una sabiduría ancestral. Tienen el don de la presencia, la certeza de saberse un lugar, un refugio, una fidelidad al alcance de la mano. Son celosos, pudorosos; guardan y conservan; no gritan, no promulgan estruendosamente sus secretos. Al contrario, en su murmullo silencioso, en su melodía muda, cifran parte de su encanto y de su seducción. Son, en realidad, monumentos del silencio, oráculos abiertos a la ansiedad de una pregunta, a la desazón de una inquietud o, simplemente, al inquieto divagar de la curiosidad. Desempeñan muchos papeles o cambian de forma como Shiva, el dios hindú de la naturaleza: a veces, son augures descifradores del universo; otras, chamanes que invitan a un viaje interior; y, en la mayoría de los casos, hacen las veces de aedos o contadores de historias maravillosas… Fascinan, inquietan, divierten; contagian emociones, despiertan la mente, agudizan los sentidos; rompen las cadenas del que tiene muchos miedos, multiplican el mundo al fanático y preso de una única ventana, guardan la sabiduría de los hombres destilada a través de las generaciones y los pueblos… Les gusta juntarse. Detestan estar solos. Por eso les fascina la arquitectura de las filas, las columnas, las pirámides; aunque también les gusta estar por ahí, tirados sobre una silla o desparramados en una alfombra, así como si fueran gatos de cuatro lados. Juegan a perderse o desaparecer de su dueño. Hay una lúdica en refundirse que marca su destino, o un azar que ellos mismos invocan o son su santo y seña. Disfrutan ese desaparecer por momentos, dotan a sus páginas de un halo fantasmal o fantástico. Pero, una vez reaparecen, apenas vuelven a su lugar originario, se engolosinan con la sensación de ser criaturas reencontradas, hijos pródigos, familiares recuperados después de un éxodo de pocos días. Temen a la intemperie, al abandono, al polvo que no es más que otro nombre del olvido; se apartan del agua que los debilita, del sol que los opaca, del fuego que los asesina. Aguantan, resisten, se resguardan como ovejas del lobo del tiempo; confían en que unas manos los cuiden; aspiran a ser eternos, a pesar de estar hechos de una materia frágil y corruptible. Los libros…

Mis libros… Cuánto los quiero, cuántas horas con ellos, cuántos ahorros para tenerlos cerca. Son mi tesoro, mis confidentes, mis amigos incondicionales, mis consejeros de cabecera. A ellos voy si me apremian las preguntas, a ellos acudo si pocas luces parecen iluminar un problema, de ellos me nutro para entrar en relación con las voces del pasado. Son mi puente, mi mantra, mi talismán. Los he subrayado, los he marcado con mi propia historia, los he organizado según los avatares de mis búsquedas y la sinuosa evolución de mis gustos. Cada uno, todos ellos, tienen algún vínculo con las peripecias de mi vida. No están ahí o han aparecido sin que haya un motivo, un acontecimiento, un evento personal que los imbuya de sentido. Pueblan mi entorno, habitan conmigo, me circundan, ocupan más de una habitación. Han crecido en número y, con el pasar de los años, han construido una fortaleza, un castillo de papel, dispuesto en varios anaqueles, inexpugnable para muchos, cierto y claro para mis ojos y mis manos. Me resguardan, son mi ejército callado que presta guardia a todas horas; los veo en filas, atentos a mi llamado. Los hay gruesos y pesados, como también delgados y pequeñitos; comparten un apellido de sus marcas de nacimiento o la filiación de una tribu temática. La mayoría ya tienen las cicatrices propia del uso y otros exhiben, anhelantes, la virginidad de sus páginas. Son muchos, pero a pesar de ello, puedo recordar a cada uno como si fuera un hijo muy querido: sé en qué lugar habita, en qué sitio me espera. Cuando los miro, formando ese coro multicolor de la catedral de mi biblioteca, pienso que son el mayor de mis bienes, mi fortuna secreta, mi herencia incalculable; y, al mismo tiempo, creo que son mi otra familia, mi sangre elegida y conservada. Y, en este sentido, les debo a ellos un cuidado especial, una devoción por su suerte y su manutención. Ellos son una fuente de mi felicidad, una geografía abierta a mis alas de creador, unos compañeros fieles de mis aventuras intelectuales. Todos los días tengo que ver con ellos: los cultivo, como el hortelano con su tierra de labranza; los socavo, para encontrar alguna piedra preciosa en las laderas de sus páginas; los navego, y siempre traigo algo a mi existencia cuando vuelvo de recorrer sus inmensos mares.

Mis libros… los libros: heraldos o vestales del fuego de las ideas; antídotos eficaces contra la barbarie y la ignorancia; obras del ingenio humano para contrarrestar el aburrimiento y la desmemoria.

Educar en la poesía

Vladimir Kush

Ilustración de Vladimir Kush.

El diálogo que sigue corresponde a una entrevista que los maestrantes Elkin Ballesteros Guerrero, Martha Lucía Vargas Liévano, Luz Esperanza López Welfar y Oscar Yair Pérez Rubiano, de la Maestría en Docencia de la Universidad de La Salle, me hicieron para su proyecto de investigación sobre “La poesía, una expresión para ser incluida en la educación artística”. A ellos mi agradecimiento.

¿Qué concepción tiene de poesía?

En su origen la poesía es creación. Poiesis es creación. Hay una distinción que Octavio Paz hizo entre poesía y poema. La poesía es más que el poema; el poema es la concreción de una dimensión de la poesía; porque la poesía no existe solo en las palabras, en el sentido amplio de la poiesis. En tanto que lenguaje, la poesía es como la exquisitez del mismo, como el afinamiento mayor de esa materia prima. En su inicio la poesía era canto, danza y palabra. En algún sentido, rito, y en otro, fiesta. La poesía también es una mirada en el espejo del mismo lenguaje; es el lenguaje mirándose a sí mismo, regodeándose, mirando sus matices. Maiakovski hablaba de un ritmo-retumbo. El lenguaje reflejándose a sí mismo, o el lenguaje lúdico: “mi lu, mi lubidulia mi golosisadalove…” de Oliverio Girondo. Esas palabras pueden prescindir de sus significados y ellas solas, en sí mismas, producir un ritmo. Ahí hay un inicio de la poesía. Otra vía es entender que la poesía está asociada a la invocación y la oración, al rito. De igual modo, la poesía tiene también esa dimensión de comunicar estados de ánimo, del espíritu. A veces uno está deprimido, y escucha cierta música que lo pone más bajo o lo levanta. En la película El Show Debe Continuar de Bob Fosse, todas las mañanas el protagonista pone a Vivaldi, y es como que la vida, a pesar de la enfermedad, sigue. Entonces hay poemas que tiene la función de levantar el espíritu. Hay también un vínculo de la poesía con lo existencial del hombre; el objetivo mayor de la poesía es tocar los problemas esencialmente humanos: el dolor, la soledad, la muerte, la esperanza, el amor, el olvido… Lo que trato de decir con todo esto es que, en últimas, la poesía es una de las manifestaciones expresivas del hombre a través de la palabra. Pero eso ha cambiado a lo largo de la historia y las culturas: la poesía ha sido rito, canto, exaltación, ensimismamiento, juego…

Ahora hablemos del poema. El poema es una forma organizada del lenguaje que responde a un ritmo, a una cadencia, a unos hemistiquios, a unos cortes, que también varían según los contextos; pero implica, por lo general, una forma de tratar y organizar la palabra. En su inicio muy pegado a la música o al ritmo. Entonces, cuando hablamos del poema, la poesía limita sus alcances porque es el poema lo que se comunica, es el medio, pero a lo que aspira el poema es a producir un efecto estético en el lector. La poesía es como el aire, el ámbito, el ambiente. Pero el poema es el avión, el cohete, la flecha. Hay de alguna manera poesía en la vida, hay poesía en ciertos actos y determinados estados poéticos que no necesariamente terminan en un poema.

¿A qué se debe que la poesía tenga un lugar privilegiado en su vida?

He leído cuento, novela, mucho ensayo, pero lo que leo habitualmente es poesía. ¿Para qué me ha servido la poesía? Para alimentar el alma, para darme un espíritu de sutileza, para afinar la mirada. Para darle a la escritura una flexibilidad; la poesía me ha ayudado a tener una prosa más amigable, menos ladrilluda, más cercana con el lector. La poesía también ha sido una escuela de sensibilidad para mí. Por ejemplo en el amor, Pedro Salinas fue mi maestro, y Luis Cernuda, y Vicente Aleixandre. Esa idea es muy importante, porque muchos de nosotros primero descubrimos el amor en la poesía y luego lo buscamos en los labios reales. Un poco como en la película El cartero, a propósito de Pablo Neruda, el poeta nos presta unas palabras para luego encontrar a alguien de carne y hueso para decírselas. Para mí la poesía ha sido una escuela de la sensibilidad, muy importante. En mi libro Vivir de poesía he seleccionado poemas que se han vuelto como consignas en mi vida, también han sido reflexiones de sabiduría. ¿Tienes una pérdida amorosa?, ¿quién te da una clave para enfrentarla? Elizabeth Bishop y un poema excepcional “Aprender el arte de perder”. ¿Estás viviendo la plenitud del amor?, ¿quién lo ha descrito de manera perfecta?, pues Pedro Salinas, Ese libro de Vivir de Poesía es un libro que quiero mucho, porque es una especie de testamento existencial: el libro va desde tener motivos para venir al mundo hasta alegrarnos por haber vivido: amor, dolor, pasiones, todo, y ahí están los poetas, Vallejo, Cavafis, Kipling, Rilke, todos esos poetas que quiero. Ha sido muy importante en mi vida la poesía porque me ha dado referentes, algunos poemas se han vuelto hitos, poetas que son como consejeros: “Dame tu libertad. No quiero tu fatiga, no, ni tus hojas secas…”. Esos poetas, esos poemas me han ayudado a construir mi sentimentalidad y a entender esos asuntos complejos de la vida.  

Creo que la poesía me han provisto de un lenguaje para nombrar el mundo. Si uno es un lector habitual de poesía tiene más afinada la sensibilidad y, por eso mismo, puede gozar más. Pero también puede sufrir en mayor medida, porque la poesía te afina la sensibilidad; o te da cierta perspicacia, cierta manera de enfrentarte a muchas cosas. Cuando perdí a mi padre yo ya había hecho una escuela, con Eduardo Cote Lamus, “Elegía a mi padre”.  Lo que quiero decir es que no sé si a todas las personas les pasará igual, pero la poesía es mentora, consultora, compañía. Me ha dado unos catalejos para mirar a lo lejos, para escudriñar la noche. En mi libro La palabra inesperada hablo mucho de eso, del que está de noche, del que otea, del vigía.

El aprendizaje y dominio de un arte requiere de unos conocimientos, habilidades técnicas propias de la expresión; entonces podríamos decir que: el escultor, arcilla y precisión en las manos; el pintor, lienzo, pinturas y técnica para desarrollar su estilo; el músico el instrumento, las partituras y el virtuosismo, ¿y el poeta?

El poeta tiene palabras, un repertorio de palabras. Unas técnicas de composición, unas figuras para componer, llámense también recursos expresivos.  Elementos musicales. Sí, como soportes musicales, tiene también eso a la mano.

Para usted, ¿la creación de poesía es el resultado de la inspiración o del estudio riguroso y programado?

Picasso decía que ojalá la inspiración lo cogiera trabajando. La inspiración es uno de los motivos vertebrales del romanticismo, pero es un concepto de los griegos, de las musas, de que dioses alados te visitan. A mí me gusta más entender que lo que llamamos inspiración es el resultado de una concentración. Pongo un ejemplo: a los estudiantes del Nivelatorio los invité a escribir aforismos sobre un tópico específico… todos los días tenían que escribir algo. Y me dicen: “pero Fernando es que yo no estoy inspirado”… Sin embargo, el ejercicio no es de estar inspirado o no, sino de que de tanto estar ahí con el tema, de pronto sale una chispa. Es como una piedra, uno la va raspando, y de pronto hay una chispa, esa chispa es el fruto de raspar. ¿Qué es la chispa en esto de la inspiración? Es el trabajo de la raspa de la mano.

Las artes son hijas de las musas, ¿pero quién era la madre de ellas? Mnemosine, la diosa de la memoria. Pero no estoy diciendo con esto que no haya ciertos momentos especiales. Lo que digo es que no creo que uno se siente a esperar la inspiración. Pero sí hay ciertas condiciones para que se dé ese estado: requiere concentración, dedicación; es estar, como se dice coloquialmente, metido en el cuento. Ahora viene la segunda parte de la pregunta: entre mejor uno domine la técnica más rápido agarra esa diosa alada llamada la inspiración. Pero también aplica al revés: la sola técnica no produce buenos poetas, se requiere de una sensibilidad especial preparada, educada.

Basados en algunas evidencias de nuestro proceso de investigación, identificamos que la poesía se ve como un eje temático exclusivo del área de Lengua Castellana y desde una perspectiva muy técnica. ¿Por qué cree que la Educación Artística en la escuela no se ocupa de su enseñanza siendo esta una expresión del arte?

El cultivo de la personalidad en este momento está volcado en el afuera. En el tener, en el producir. Al adentro lo mata la sociedad de consumo. La pérdida de la esencia tiene que ver con este mundo de la prisa, de la rapidez. Creo que la poesía podría darnos pistas sobre una escuela de la lentitud. La lentitud nos hace íntimos, profundos; es muy difícil, por ejemplo, alcanzar ciertos sentimientos y afectos o entender a las personas desde la lógica de la prisa. La lentitud no como pereza, sino como degustación. La poesía es para leerla, para releerla. Reposar, reposar, reposar. El espíritu en salmuera. Ciertos poemas hay que beberlos como un buen coñac; la intención no es que te tengas que emborrachar. La lentitud puede ser una pista para el tiempo de la poesía. Ciertas experiencias de silencio de igual manera son fundamentales. El silencio interior es uno de los silencios más difíciles de escuchar; a veces, en situaciones de pérdida lo escuchamos. Escucha uno sus penas, sus angustias. Yo creo que las situaciones que te ponen fuera de ti, el éxtasis o el sufrimiento lo obligan a uno a escucharse. Esa es otra pista importante: por estar tan pegados de la cultura del afuera la poesía escasea, porque la poesía implica el oído y lo interior. Todo el mundo hoy está volcado hacia el afuera, la poesía le dice a uno: espera. Vuélcate hacia dentro. Hacía ti mismo. Y escucha.

¿Se puede determinar una edad específica para comenzar los procesos de acercamiento a la poesía en la escuela?, ¿cuáles?, ¿por qué?

La didáctica de la poesía empieza jugando con las palabras. Si eso se capitaliza, ya hay un principio de la construcción poética. Inventar lenguajes. Crear juegos de lenguaje es uno de los principios de la escritura poética. Las jitanjáforas y todos los juegos de lenguaje; aquellas palabras que terminan igual, que al cambiar de sentido producen otra cosa. Si la materia prima del lenguaje no se explora bien, el niño no entenderá qué es la poesía. Los juegos del lenguaje le crean al niño un oído para el ritmo, para ver los cambios y variaciones que se pueden hacer con las palabras.

¿Cómo enseñar poesía en la escuela?, ¿qué pasos seguir?, ¿qué estrategias?, ¿qué recursos serían los esenciales?

En la didáctica de la poesía hay que encontrar detonadores, algo que la agencie, que provoque el encuentro con la magia de las palabras. Pongamos un ejemplo: la profesora llega y dice, “niños, van a hacerle un poema a su madre”. Yo creo que no se trata de eso. Mejor preguntarles, ¿qué es lo que más recuerdan de su madre?, ¿si llegara a faltar que sería lo que más recordarían de ella? No es mucho, pero obliga a que pase algo en la sensibilidad de los niños. En los estudios fundamentales de poética de Emil Staiger dice que la poesía nace con el recuerdo.

Deberíamos hacer una didáctica de la sentimentalidad, tener un telón de fondo para la emocionalidad. ¿Qué conmueve a los estudiantes? O hacer talleres de poesía con los más pequeños sobre el asombro. Uno les pregunta a los niños que les asombra, por qué se asombran, qué les produce asombro, por qué les genera asombro, qué nombre le pondrían a ese asombro… O jugar con las palabras: invitarlos a descubrir palabras feas, bonitas, tristes, palabras gordas. O invitar a los estudiantes a que indaguen sobre el origen de sus nombres, ¿qué significan? Cuando un niño o niña sabe que significa su nombre, si es de origen alemán, vasco, hebreo, empieza a descubrir que las palabras tienen magia, que ellas hacen cosas. Como decía Octavio Paz, “la palabra pan, tocada por la palabra sol, se vuelve efectivamente un astro; y el sol, a su vez, se vuelve un alimento luminoso”.

O podríamos empezar desarrollando en ellos la observación. No se puede ser poeta sin observar finamente; o sea, lo primero es una escuela de la observación y los sentidos. Yo creo que la observación es la base para que uno luego vea relaciones, y las comparaciones son el caldo de cultivo, la semilla mayor de la poesía. Cuando se relaciona, cuando se compara, estamos próximos a la analogía, que es la base de la metáfora. O que lleven un diario de la escucha; que consignen en un cuaderno aquello que hayan escuchado y que les llame la atención. Educar el oído es otra vía para familiarizarse con la poesía.

Me parece que hay otra pista clave en una didáctica de la poesía: la educación del ritmo. Los diferentes tipos de ritmo, Hay un libro de Georges Jean, sobre este punto. El ritmo del corazón, el ritmo circadiano, los ritmos de la naturaleza. Que, a su vez, repercuten en los tipos de verso, el terceto, el cuarteto, el sexteto… Necesitamos formar a los niños en el ritmo; de ahí la importancia del profesor de Música y de Danza. La música, así los estudiantes no vayan a escribir en rima, es clave en la iniciación de la poesía. Las canciones de cuna, son los primeros encuentros con la poesía.

Usted le da mucha importancia a la mostración didáctica, ¿Qué sería la mostración en el caso de la poesía?

Enseñar, por ejemplo, la forma como se ha construido un poema, quiero decir, cómo está compuesto. Fascinar a nuestros estudiantes mostrándoles algunos poemas y mirarlos para que aprecien su estructura interna. Que el estudiante pueda sorprenderse de la maravilla de su composición. Las composiciones fascinan porque la gente no se da cuenta de eso. Es como el “making”, el detrás de cámaras; los estudiantes no han tenido la posibilidad de que alguien les muestre los vericuetos, los engranajes de eso; pero no con un fin evaluativo o para calificar, sino para maravillar. En últimas, es como destapar la caja negra; es esa la función didáctica de enseñar, de mostrar.

La comunicación y el directivo docente

Jon Krause

Ilustración de Jon Krause.

Que los directivos docentes hacen o tienen muchas funciones es innegable. Porque no solo deben liderar, supervisar y evaluar a los docentes, sino también establecer vínculos con otros actores educativos, además de atender la gestión administrativa y responder por los objetivos últimos de las políticas educativas.

Sirva de ilustración la investigación hecha por la UNESCO en el 2014, en ocho paises de América Latina y el Caribe sobre el Liderazgo escolar, en la que se enumeran, entre otras, las siguientes funciones, roles o atribuciones de un directivo docente: “atender o resolver problemas pedagógicos y administrativos o de la comunidad escolar en general; ejercer la representación del establecimiento (legal, judicial y extrajudicial, técnica y administrativa); controlar la puntualidad, disciplina y cumplimiento de los docentes y demás funcionarios; asegurar que el establecimiento responda a las políticas y legislación educativa; organizar instancias de trabajo pedagógico de los docentes; supervisar aulas o clases; fomentar o controlar la evaluación de alumnos y los resultados de aprendizaje; asesorar a docentes; dirigir, organizar y controlar el trabajo docente o la implementación del programa académico; motivar la capacitación y desarrollo profesional de los docentes; evaluar a los docentes; responder por la estructura y equipamiento y/o determinar las necesidades en esta área y velar por su mantención; realizar y mantener actualizado el inventario del establecimiento; suscribir o legalizar los documentos oficiales del establecimiento; responder a las solicitudes de documentación o información de las autoridades; administrar y controlar fondos y recursos; presidir o acompañar los actos de la escuela y fuera de ella; promover la participación e integración de la comunidad escolar y los organismos escolares; establecer y mantener canales de comunicación con la comunidad escolar; favorecer la convivencia y el buen clima escolar; ejecutar acciones de seguridad para los alumnos y/o de prevención de riesgos”.

Por lo que puede verse, ni es un cargo fácil, ni se puede llevar a cabo de cualquier manera. Si se analizan en detalle varias de estas actividades se notará que en ellas hay, de manera explícita o implícita, un alto componente comunicativo. O dicho de otra manera, las habilidades de comunicación son una necesidad y una ayuda para muchas de las tareas o responsabilidades cotidianas de un directivo docente. Por eso, es necesario analizar y explicar de qué manera la comunicación incide o contribuye a optimizar tales funciones.

Una primera bondad de la comunicación para un directivo docente es la de servir de puente, de medio de relación, de bisagra para los vínculos. La comunicación, en este caso, ayuda a juntar diferentes actores, distintos niveles o ámbitos de la institución. Las piezas separadas o disímiles encuentran en los recursos comunicativos un pegante, una forma de ensamblaje. El directivo docente, en esta perspectiva, propicia, facilita, incentiva esas zonas o espacios de encuentro; pone en común, muestra puntos de similitud, teje relaciones como un orfebre de los vínculos humanos. Para hacerlo necesita ir más allá de coordinar un grupo y empezar a usar la comunicación con el fin de convertir a un conglomerado de personas en un verdadero equipo.

La segunda utilidad de la comunicación para un directivo está enfocada a favorecer o propiciar el buen clima laboral. En este caso, la comunicación –centrada en actitudes de reconocimiento y respeto– contribuye a que el bienestar de un grupo se transforme en apoyo y fraternidad para alcanzar determinadas metas. El directivo docente tendrá en cuenta que sus tareas no son únicamente de productividad, sino que también incluyen las de contribuir a que haya unas óptimas condiciones laborales, cuidar del bienestar de los colaboradores y sus familias, y buscar alternativas para desarrollar el talento humano de los miembros de su institución. Si hay una comunicación fluida y oportuna, si se toma en cuenta la opinión de los empleados, si se socializan con ellos las decisiones importantes, si hay la suficiente confidencialidad en lo escuchado, si poca atención se presta y menos se promueve el chisme descalificador, muy seguramente el directivo obtendrá una sana convivencia en su institución.

Un tercer campo de servicio proviene de la imagen global que gracias a la comunicación logra consolidar una institución. La comunicación aporta sus saberes sobre las piezas divulgativas que la institución utiliza para promoverse o aquellas otras que se consideran constitutivas de su identidad. Colores, mensajes, distintivos, eslóganes, valores prioritarios…, cada uno de estos aspectos –si en verdad son valorados por el directivo docente– repercutirá en que toda la comunidad comparta un lenguaje propio de la institución. La comunicación, no hay que olvidarlo, propicia un sentido de filiación, crea una “personalidad” corporativa, refuerza al interior y al exterior los signos de pertenencia, de fidelización y de prestigio social. 

La cuarta ayuda que la comunicación presta a un directivo docente es la de legitimar o afianzar un tipo de poder o de mando. Si las decisiones o las políticas no circulan en la comunidad educativa, si aumenta el secretismo y la poca deliberación, muy reducida será la aceptación o el reconocimiento de un directivo. La comunicación implica, en estas ocasiones, propiciar encuentros regulares con todo el personal de la institución, al igual que una agenda planeada en la que el directivo muestre y explique a todos los actores sus proyectos, sus metas prioritarias, su estilo de gestión. Es bueno recordar que no basta con tener el poder; hay que conquistar la autoridad, y esa en gran medida proviene de cómo el directivo se socializa, cómo involucra a otros, cómo deja de ser una cabeza solitaria, y más bien se convierte en un gestor de alianzas, en un facilitador solidario para todos los miembros de su institución.

Una última función de la comunicación, quizá la de uso más frecuente, es la de estimular la motivación a los miembros de una comunidad educativa. Mediante las técnicas, estrategias y mediaciones propias de la comunicación, se logra mermar el desánimo y la poca participación de los colaboradores, se alcanza a afectar el mundo de las emociones y los sentimientos de las personas. El directivo docente utiliza la comunicación con el fin de persuadir, de mover pasiones, de conmover a los indolentes y apáticos. Buena parte de las estrategias propias de la retórica clásica y otras tantas de los tipos de auditorio estudiados por la retórica contemporánea, serán definitivas al momento de lograr la adhesión de los dirigidos. Argumentar, en este sentido, no es solo hablar a un público, sino poder identificar bien las particularidades de la audiencia con el fin de tocar no solo su mente sino también sus corazones. Un directivo docente tiene que echar mano de la comunicación oral, del lenguaje no verbal, para que en sus conversaciones, en un comité o en una reunión de padres de familia, no solo lance informaciones, sino que logre interpelar o implicar a aquellos que lo escuchan.

Cabría exponer otras utilidades de la comunicación para un directivo docente pero podemos cerrar aquí. El propósito esencial de lo expuesto es subrayar la relevancia de la comunicación en la gestión organizacional y la necesidad de estudiar o conocer mejor las particularidades de esta disciplina o dicha profesión. Una vez un docente logra el cargo o las funciones de directivo necesita desarrollar unas habilidades comunicativas para organizar, coordinar, persuadir, movilizar o liderar a un grupo de personas. Aprender sobre las minucias de la comunicación le permitirá al directivo distinguir los medios y conocer cuáles mediaciones son las más adecuadas según determinados fines; de igual modo, ser sensible a las condiciones de persona, tiempo, modo y lugar, necesarias para que un mensaje llegue cabalmente; y, por último, saber diferenciar las variadas formas de comunicación y su impacto en las diversas audiencias. Ese es el reto y la oportunidad de enriquecer y hacer más cordial y efectiva la dirección docente.

El continuo instante

Ilustración e Istvan Orosz

Ilustración de Itsvan Orosz.

“El virgen, el vivaz, el hermoso presente”.
Mallarmé

 

Gracias a la memoria sabemos del pasado; por la inteligencia, del futuro. Pero nos movemos en la cuerda funambularia del presente. Y ese presente, su evidencia, está en el instante.

El instante brota, aparece. Es. El instante tiene la fuerza de un rayo, un resplandor fugitivo, un golpe. Nuestra existencia deviene en instantes: un acto, una palabra, un gesto, un paso, una caricia. Su emerger es siempre sorpresivo. Porque a pesar de querer tener certeza del instante futuro necesitamos esperar que se dé en el presente; no hay posibilidad de retrotraerlo o posponerlo. Y con el pasado sucede algo semejante: rememoramos el instante que ya pasó, evocamos lo que quedó de impronta en la memoria. Pero en un caso o en otro no podemos asir la fugaz plenitud del instante.

La imaginación sabe trabajar mejor con el instante que otras capacidades humanas. Ella puede, así como si fuera una pasta o una goma especial, extender ese instante hasta un punto que se refunde con la alborada de otro golpetazo de tiempo. La imaginación permite alargar la consistencia del instante; hace que lo finito adquiera las particularidades de lo interminable. Al hacerlo, gracias a esa maleabilidad, logra dotarlo de un campo de radiación tan potente como para hacerlo imborrable, perenne. La imaginación perpetúa lo que en sí mismo es efímero o deleznable. Desde luego, se apoya en la memoria que, a su vez, descompone esa escena o ese hecho, ese momento, en un paisaje de infinitos elementos. Entonces, lo que parecía apenas un rápido encuentro, se convierte en una infinidad de cosas: una mirada, un gesto preciso, una determinada palabra, un tipo de bebida, una prenda de vestir, un lugar específico, un sentimiento particular, el nombre de un restaurante, la hora elegida, un aroma, un sabor… Así procedió Marcel Proust cuando fue en busca del tiempo perdido. Atomizó la duración, explotándola en tantos fragmentos que cada uno de ellos conformaba una eternidad. El evento en cuestión se amplía, se extiende, se multiplica, se perpetúa en una reverberación o resonancia interminable. La imaginación se apoya en los detalles para multiplicar lo que parece indivisible. El instante tocado por la imaginación es una avalancha de asociaciones, relaciones, imbricaciones, toques y contactos continuados.

El instante, según creía Gastón Bachelard, no construye horizontal sino verticalmente. Ahonda, va hacia el fondo del ser. A pesar de ser fugaz, es denso; tiene capas, estratos, pisos de sentido. De allí que una experiencia, aunque breve, pueda ser más intensa que otra vivida durante mucho tiempo. El instante desciende, penetra, se hace más genuino cuanto más profundo cava. Es posible, por lo mismo, vivir en un instante todo lo que de suyo tiene un sentimiento, una experiencia, un evento, un hecho. No es necesario recorrer todo el camino de algo para conocer lo que de esencial tiene dicha aventura. De esos eventos decimos que son excepcionales porque, gracias a ellos, hemos podido develar el rostro del instante. Claro, ni son todos, ni siempre se dan en cualquier experiencia; son escasos. Requieren del concierto de varias circunstancias y espacios al igual que la confluencia de determinadas personas. Cuando esto acaece, el instante se convierte en epifanía, milagro, revelación.

Sobra decir que el instante contiene en sí mismo tanto la vida como la muerte; solo que en su fogonazo una y otra se refunden. Es tal el destello del instante que no se alcanza a percibir la oscuridad que lo precede y lo sobrepasa. Es tan demoledora su presencia, su radiante aspecto, que pareciera no tener principio ni final. O la fusión entre uno y otro instante es tan rápida que ese presente obnubila nuestra percepción. Allí radica su belleza, su fascinación. Obvio: un instante acaba para ceder su lugar a otro.  Sin embargo, la forma como abre y cierra sus fronteras es causa de su encantamiento o de su seducción. El instante reúne en un mismo espacio el grito del nacimiento y el ay de la extinción. Ese engarce de temporalidades es la causa de su magia, de su prodigio. Lo más cercano para entender esta amalgama es el éxtasis amoroso: en un instante la finitud se une con lo infinito y lo limitado besa lo ilímite. En ese instante el adentro está afuera y el afuera es un adentro perfecto.

Quizá los seres humanos sabemos o intuimos estas cosas y anhelamos retener tales instantes. Por eso acudimos a las imágenes y por eso echamos mano del arte y de la poesía. Tal vez porque nos resistimos a perder el instante. Aunque, pensándolo mejor, la grandiosidad del instante está en su inaprensibilidad. Huye, se nos escapa. A no ser que, como ya lo decía, tengamos la suficiente imaginación o el talento artístico para saber conservarlo en una metáfora, en un recuerdo, que no sólo deje intacta su libertad de centella, sino que, además, nos permita disfrutar su cabal esencia.

Cuidar a otro

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El cuidar a otros nace de un doble movimiento en nuestra conciencia: de un lado, de la valía del prójimo, del hermano, del amigo que sufre o padece alguna pena, la desgracia o la enfermedad. Cuidamos porque el otro congénere nos importa, nos interpela. Y, de otra parte, de la capacidad personal de poder servir, de ayudar o colaborar –solidariamente– a quien sabemos necesita una mano, una palabra, un abrazo fraterno. Así que, cuando hablamos de cuidado es porque movilizamos nuestros sentimientos y nuestras acciones en una doble vía: porque escuchamos al otro y porque al hacerlo salimos de nosotros.

El primer impulso, el de ser sensibles al prójimo, al otro que vemos o sentimos frágil, tiene mucho que ver con la compasión, con la compañía y el apoyo en situaciones desfavorables o realmente dolorosas. El semejante, en esta dimensión, nos interpela de manera significativa. Deja de ser una persona anónima y adquiere un rostro, un nombre; se transforma en un ser con historia. Dicha fragilidad nos cuestiona o nos pone alerta; hace que la despreocupación o la indiferencia se apeen de su pasar de largo y tomen el tiempo necesario para conversar con ese otro ser, para “darle un tiempo” a quien lo necesita. Cuando así procedemos, cuando nos preocupamos por el doliente, el empobrecido, el enfermo, el desafortunado, nos sabemos más que individuos y empezamos a participar de una constitución humana similar. Reconocer el rostro ajeno preocupado, adolorido o lastimado hace que sintamos en nosotros una filiación profunda con esa misma condición. Cuidamos, entonces, porque nos identificamos o participamos de ser profundamente humanos.

El segundo movimiento que motiva el cuidar, afirmábamos, brota precisamente de la urgencia de salir del limitado territorio de sí mismos. Nuestro radio de acción se amplía y va en busca de otras personas que sabemos reclaman una ayuda, un medicamento, una palabra, un abrazo fraterno. Cuidar es una fuerza que nos impele a salir, a caminar, a despojarnos un tanto de nuestras posesiones y de nuestro tiempo. Este desplazamiento conlleva a que rompamos con ciertas rutinas o comodidades para entrar en esa otra zona sensible y delicada de los afectos y sentimientos de las personas sufridas o atrapadas por el infortunio. Al cuidar asumimos que podemos ir más allá de la acción interesada o del cálculo moral de dar algo para recibir otra cosa a cambio; ese cuidar a otro ser transforma la desconfianza en preocupación por el semejante, rompe el tranquilo paraíso de los egoísmos altaneros. El que cuida está afuera o dispone su espíritu para salir al encuentro del menesteroso o desdichado.

Cuando cuidamos tenemos, por lo mismo, la oportunidad de descubrir en nosotros lo que de afectables poseemos como partícipes de una condición humana vulnerable. Renunciamos a mostrarnos como seres todopoderosos, imbatibles, autosuficientes. Al disponernos de esa manera asumimos que los otros completan, añaden, complementan, enriquecen lo que somos o necesitamos ser. El otro nos hace falta en la medida en que reconocemos fronteras o zonas de nuestra personalidad esencialmente endebles, desvalidas; es decir, nos aceptamos como seres sustancialmente necesitados. Porque nos sabemos carentes y expuestos a las privaciones es que solicitamos una ayuda, una voz de aliento, un gesto afectuoso que renueve las fuerzas desfallecidas.

En definitiva, al sacar un tiempo para escuchar con atención al amigo o familiar que está ahogado con sus problemas o sus dolencias interiores; o al mostramos acuciosos para ayudar al que padece un revés de la fortuna o enfrenta un trayecto de la adversidad; o si dentro de nuestras prioridades ponemos en primer orden la llamada a la amiga que padece una dolorosa enfermedad, la visita fraterna al que está soportando el duelo de una pérdida, o la colaboración oportuna al que sabemos radicalmente carente de recursos… cuando todo eso hacemos, la cara anónima de los demás asume un rostro y nuestra palabra, nuestras manos y nuestros brazos hallan otra utilidad diferente al servicio personal. Si cuidamos al otro, en consecuencia, nos desplazamos, salimos de la cápsula de nuestra individualidad, abrimos nuestro corazón para la acogida y la hospitalidad.

No obstante, si bien pareciera fácil dar ese paso hacia el cuidado del otro, lo cierto es que muchas personas no lo logran. A veces por la arrogancia derivada del exceso de bienes o porque siempre se ha gozado de una buena salud o una suerte positiva. Y en otros casos, que son la mayoría, porque hay un miedo interior, un temor a exponerse, a contagiarse de los problemas o las angustias de otro ser humano. Se teme abrir el alma o los brazos porque, al actuar así, ya no tenemos el suficiente control o poder sobre los demás. Ahora es el otro el que nos reclama o nos lanza su llanto o sus desventuras; el que pide socorro o nos invita a entrar a su fisurada historia. Por eso, muchos individuos prefieren tomar distancia o hacerse los desentendidos frente al prójimo doliente. Ese comportamiento es más seguro, menos comprometedor. Lo contrario, y que requiere una buena dosis de valentía en el espíritu, es tomar como bandera la confianza, darle visa a la gratuidad, y extender nuestra piel y nuestras palabras hasta ese otro que sabemos fracturado por las peripecias amargas de la vida. Con ese confiado valor podremos hacer de cada acto de cuidado una ocasión para la ternura, el amor, la protección o la solidaridad.

Como la brisa o el viento inesperado

Muchacha defendiéndose de Eros

“Muchacha defendiéndose de Eros” de William-Adolphe Bouguereau.

Como la brisa o el viento inesperado

o con sigilo de fiera en fiel acecho,

así llega el amor a nuestro pecho

suave y voraz con su poder callado.

Es una espera tensada como un arco,

una ansiedad total por alcanzar el cielo,

un incendio casual ardiente como el hielo,

un mar llevando a la deriva un barco.

Nadie ha podido asegurar su sino

ni fijar un curso a su luz de cometa;

es un misterio, un lance de adivino,

un alado regalo, una fugaz saeta.

Y a pesar del afán o nuestro desatino,

viene o se va cual mariposa inquieta.

 

Eros y Psique

Eros y Psique Antonio Canova jpg

“Eros y Psique” de Antonio Canova.

Psique: ¿Y por qué no puedo ver tu rostro?, ¿por qué debo aceptar solo palparte en la oscuridad?

Eros: ¿Y por qué es tan importante verme a la luz del sol? ¿Te haría más feliz de lo que eres?

Psique: Creo que sí. Me gustaría no solo adivinarte sino reconocerte en verdad. ¿Eres un hombre, un dios, una bestia?

Eros: ¿No te ha dicho tu corazón lo que soy?, ¿y tus manos y tus labios no han entrevisto mis facciones? Yo aún sin verte conozco el brillo de tu mirada y la grandiosidad de tu sonrisa.

Psique: Sí, yo también te percibo. Pero no sé por qué no puedo estar contigo todo el tiempo; ¿por qué debo conformarme con estos encuentros nocturnos? Odio el amanecer que te aleja de mis brazos.

Eros: Yo siento, en cambio, que sigues en mí, que el día es una eterna noche. No dejo de adorarte, así no te tenga cerca o no pueda oler tu piel.

Psique: A mí, por el contrario, me gustaría compartir esta felicidad con todo el mundo, que estos peñascos, que el viento mismo, los pájaros y los bosques supieran la alegría que me producen tus palabras, tus besos, tu ternura, tus manos cariñosas.

Eros: ¿Para qué?, ¿qué ganarías con ello? ¿Aumentaría lo que sientes?, ¿cambiaría la intensidad de tus sentimientos?

Psique: No sé. Además, ¿por qué mis hermanas no pueden conocerte? Qué bueno sería que mis padres y toda mi familia supieran de ti. Me encantaría decirles a todos que soy infinitamente feliz…

Eros: ¿Lo necesitas en verdad? ¿Tan importante son los demás para rubricar lo que tu cuerpo sabe?

Psique: Es un dilema: cuando llegas, cuando me abrazas, cuando me confundo con tu ser nada importa. Eso parece suficiente. Me colmas, me llenas. Soy como una diosa del Olimpo. Pero apenas te vas, apenas presiento tu partida, todo ese espacio que llenabas se convierte en un hueco, en un vacío que me entristece. Entonces, lo que era plenitud ya no es más que ansiedad, lo que me colmaba se transforma en carencia dolorosa. Ese es mi drama, la tragedia que desde la cuna me anunciaron los dioses. ¿Puedes ayudarme?

Eros: No tengo sino la certeza de lo que siento por ti. Bendigo el día en que con mis propias flechas herí mis manos. Yo que era tu victimario me convertí en tu cuidador.

Psique: A veces creo que lo que me duele son tus constantes ausencias. ¿No puedes quedarte todo el tiempo conmigo, ¿por qué ese afán de huir de mí cuando viene la aurora?

Eros: ¿Y si no te gustara mi rostro a plena luz, ¿si la claridad develara mi monstruosidad? En muchas ocasiones el exceso de resplandor nos enceguece. Mi forma genuina es ésta: aparecer y desaparecer, al menos para tus ojos exteriores, porque si has escuchado mis palabras, siempre estaré ahí, en tu mente, en tus recuerdos, en tu memoria.

Psique: Recordarte es hermoso pero por momentos no es suficiente. Yo creo que mi condición me lleva a tener la certeza total de lo que eres. Me urge que la penumbra se complete con la claridad.

Eros: ¿Te gusta la rotundidad, los absolutos, la perfección?

Psique: Sí.

Eros: Yo, a diferencia de ti, convierto cada instante en toda la eternidad. Y tus recuerdos, en lugar de dolerme, acrecientan mi amor y mi deseo por volver a verte. Entre más me alejo más te añoro, entre más me distancio de tu lado más presente estás en mis pensamientos.

Psique: Quizá eso sea así porque eres un ser alado. He palpado con mis manos la suavidad de tus alas. Al inicio no supe bien qué eran, pero comprendí que son tu protección. Tal vez por eso no necesitas como yo la permanente presencia. Yo soy alguien condenada al temor de la soledad. Tu ausencia es una cárcel así esté en este hermoso palacio.

Eros: Puedes tener razón. Aunque yo pienso que tú, aun teniéndolo todo, siempre encontrarás algo que te falte.

Psique: ¿Eso es un reproche?

Eros: No. Señalo que tus pensamientos son más ambiciosos que tu propia piel.

Psique: Soy mujer…

Eros: ¿Un hijo colmaría ese vacío infinito?

Psique: Es probable.

Eros: Pues has de saber que dentro de ti ya hay una semilla bienhechora.

Psique: Lo sabes, antes que yo, ¡imposible! Pero, si eso es cierto, con mayor razón deberían conocerlo mis hermanas. ¿Cómo privar a los demás de esta futura felicidad?

Eros: Ahora soy yo quien no te entiende. ¿Para qué ese afán de que los otros confirmen tu dicha?

Psique: ¿Pero a ti no te parece necesario compartir toda esta alegría?

Eros: No. Eso es invocar la envidia de los hombres. Cuando los demás perciben un exceso de felicidad en alguien, inmediatamente traman ardides para traerle la tristeza.

Psique: ¿Debo, entonces, conformarme con una felicidad de manera secreta?

Eros: Íntima.

Psique: Pero al actuar así, bien pareciera que estoy haciendo algo prohibido. Es como si me sintiera culpable de mi propia felicidad.

Eros: Piensas de esa manera porque tienes la eternidad como meta. Yo, a diferencia de ti, hago eternas las horas que paso contigo.

Psique: Ahora que lo dices, creo que es verdad. A mí si me importa mucho saber o tener la claridad de los finales.

Eros: Ese es un misterio que ni mi padre puede saberlo. Fíjate en tus hermanas, aunque ya están casadas y gozan de una presunta felicidad, lo cierto es que añoran lo que tú tienes. Por eso no debes escucharlas, ¿para qué dejar indefenso tu corazón a las consejas y los pareceres ajenos?

Psique: ¿A ti no te importa el punto de llegada?

Eros: Quizá lo importante es el mapa… Eso es lo que garantiza el viaje, la aventura…

Psique: Pero el mapa es importante si uno quiere ir a un lugar específico…

Eros: El mapa orienta, pero nunca sabremos bien lo que acaecerá en la travesía.

Psique: No sé…, tal vez yo vivo de imposibles.

Eros: O te privas de lo posible por añorar esos imposibles.

Psique: Así soy, ¿será que esa es mi tragedia?

Eros: Solo los que no se conforman con las imperfecciones que la vida les regala andan en la permanente búsqueda de lo perfecto.

Psique: Según eso, ¿debo conformarme con las pocas horas que nos quedan antes de que el sol te ahuyente de mi lado?

Eros: Conformarse parece poca cosa, si no entendemos la gratuidad de lo que la vida nos ofrece. La diosa fortuna dispensa favores que algunos leen como sus desgracias. Pienso ahora en la suerte que tuve al ser elegido por mi madre para provocarte un castigo. Fíjate, yo que debía ser tu verdugo ahora soy tu cautivo. Entonces, conformarme contigo es saborear la dicha de ese azar bienaventurado. Nunca quise tenerte, pero al recibir ese regalo lo tomo como si fuera otra ambrosía celestial.

Psique: Tus palabras me confunden. Sí, soy feliz, no puedo negarlo, pero el solo pensar en que el alba me quitará tu voz, me llena de infinita tristeza.

Eros: Quieres la claridad y la temes a la vez, ¿te has dado cuenta?

Psique: Tal vez yo sea una contradicción. Pero, ¿aun así te gusto?

Eros: Íntegra, toda. La belleza que veo en ti no necesita claridades; mis sentidos te pintan mejor que mi inteligencia. Aun en esta penumbra, al tocarte, mis manos crean un espejo y puedo contemplarte. ¡Eres hermosa!

Psique: Calla. Cúbreme con tus alas y procura que todas mis dudas caigan en un profundo sueño. Al menos por hoy, has que los minutos que nos restan sean una eterna noche.

Eros: Así sea, mi mariposa. Deja que la ensoñación te permita gozar del milagro de este amor.

Psique: ¡No te vayas!

Eros: Todavía sigo aquí…

Los objetos y sus vínculos

Eso sí era aluminio

“Eso sí era aluminio. Contramarcado. No producía herrumbre, ni nada”.

Algunos objetos guardados y queridos por mi madre, especialmente de la cocina, me han hecho volver a pensar en el significado de las cosas y de cuán honda resulta su relación con las personas. Los párrafos que siguen son un intento por darle extensión y nombre a ese vínculo.

Un primer aspecto de los objetos es su relación profunda con quien los usa. En las cosas se ven las marcas o la impronta de nuestro gusto, de nuestro carácter, de un “estilo” particular. Ellas adquieren, por decirlo así, la señal de un temperamento o de una forma de ser. Y aunque haya objetos semejantes en el mercado, cada uno de ellos va adquiriendo los rasgos de quien lo posee. Bien sea por su protección o su abandono, bien por el maltrato o el cuidado, los objetos reciben de su poseedor una seña de identidad.

En este mismo sentido, los objetos se convierten en una extensión de las personas. Son la prolongación de una forma de vivir o de una manera de pensar. Ellos hacen las veces de emisarios de un individuo; representan, en cierto sentido, la imagen de una personalidad. Bien sea por el costo, el diseño, la marca, el color o cualquier otro rasgo físico, los objetos logran ser emisarios de seres humanos que tienen o desean tener dichas características. En algunos casos, basta saber que determinados objetos están en un lugar para inferir la presencia de un individuo; son las evidencias mudas de un ausente.

De allí que conservar determinados objetos sea tan importante; por eso también, al cambiar de domicilio, trasteamos esas cosas con nosotros, como si fueran miembros insensibles de nuestra familia. Los llevamos como otra parentela que reclama un lugar, un espacio para cumplir su servicio u ofrecer su presencia estética. Desde luego, esto es así porque esas cosas están untadas de afectividad, de recuerdos, de memoria. Yo conservo, por ejemplo, la navaja con que mi padre me cortó el ombligo cuando nací; y también mi Cartilla Charry en la que aprendí mis primeras letras. Aunque pueden parecer objetos nada costosos económicamente hablando, sí son demasiado valiosos en mi capital personal. Perderlos sería como dejar mutilada una parte de mi propia historia.

La barbera

“De usted, hijo, no pueden decir que fue cortado con la misma tijera”.

Es evidente: los objetos tienen una carga simbólica tanto más fuerte cuanto comportan zonas de nuestra sensibilidad, de nuestro mundo emocional. Es esa dimensión afectiva la que cubre a los objetos de una pátina especial, de un sentido “sagrado” que les da el toque diferenciador o adquirir otra fisonomía que bien pudiéramos llamar, siguiendo a Walter Benjamín, un “aura”. Un halo destellante que convierte a la más humilde artesanía en una reliquia de valor incalculable. Mi madre guarda, como un tesoro, la pequeña olleta de aluminio en la que me hacía mis primeros teteros, y conserva intacto el último sombrero Barbisio que usó mi padre, envuelto en una bolsa plástica. La fuerza simbólica de esas cosas está asociada a un relato que las justifica y las enaltece. Tocar esos objetos es, al mismo tiempo, despertar la memoria de quien los conserva. La evocación, entonces, es el brillo de las cosas, lo que las convierte en objetos “fulgurantes”, “únicos”, “invaluables”.

Aunque resulte una obviedad, los objetos se van desgastando como las personas. El polvo, la intemperie, la humedad, el óxido, todo eso corroe su naturaleza, su esencia. Hay polillas y comején, hay herrumbre y pérdida del barniz. El tiempo asedia las cosas hasta volverlas polvo o hacerlas inservibles. El abandono, el descuido, la muerte misma, llevan las cosas al deterioro, la fractura, el destrozo o la desmorona total. Ellas, como los mismos hombres, están expuestas a las vicisitudes de quienes las poseen o sometidas a los accidentes inherentes a la materia. Son afectados por el entorno y por la más peligrosa de todas las herrumbres: el olvido. Pero aun así, y basta mirar lo que sucede con las ruinas o con los anticuarios, los objetos se resisten a sucumbir cabalmente al paso de los siglos. Recuperan o resucitan, mostrando orgullosos esas heridas, enaltecidos de su pérdida de lustre. Los objetos, al convertirse en antigüedades, ofrecen salidas al inexorable corroer de las horas y los días.

Habría que señalar que los objetos industrializados del mundo de hoy, a diferencia de los hechos en décadas anteriores, están hechos para desaparecer, para durar muy poco. Son cosas con fecha de vencimiento próximo. Pareciera que el mensaje subyacente es que no debemos apegarnos a ellas, que están hechas para servir de manera limitada y, después, deben engrosar el basto muladar o el cementerio de las cosas inservibles o pasadas de moda. Por eso, los materiales con que están elaboradas son de baja calidad, deleznables, de consistencia endeble o abiertamente desechables. Su esencia es pasajera y su objetivo satisfacer las necesidades inmediatas. Se parecen mucho a la época a la que pertenecen: encantada por la novedad, efímera, desdeñosa de las tradiciones y las costumbres, empeñada por lo homogéneo y seriado. 

Cierro estas reflexiones sobre los objetos recordando cómo ellos constituyen o hacen parte de la cultura. Son creación, elaboración de la mano y la inteligencia del hombre. Son tan humildes como complejos en su estructura o su diseño; tienen infinidad de usos y responden a las variadas necesidades de los seres humanos a lo largo de su historia. Prestan sus favores a distintos oficios y profesiones; ofrecen bienestar, ayudan a la sobrevivencia, potencian la innovación, multiplican las interrelaciones entre los hombres y los pueblos, permiten una experiencia estética. Muchos de esos objetos los vamos desgastando con el uso, otros nos sirven durante nuestra travesía vital y otros más lograrán pervivirnos. Varios de ellos quedarán como legado y unos más andarán nómadas, de cuarto en cuarto, perdidos de la mano que los cuidó a lo largo de una existencia.  

Carta de la madre ausente

Encuentro Remedios Varo

“Encuentro” de Remedios Varo.

Hola, hija mía,

Te extrañará recibir esta carta. Pero no he podido descansar en paz, sabiendo que tu corazón se quedó con aquellas palabras en las que no te perdonaba tu joven embarazo. Lo sé, porque aquí donde habito, en este purgatorio, parte de mi tormento es soñar los sueños que tú sueñas. Te he visto, especialmente en estos meses, buscarme entre esas imágenes fulgurantes que hacen parte del mundo donde resido. Sé también que tus lágrimas forman parte de esa herencia de sufrimiento que te dejé, pero he de confesarte que la sal de tu llanto me quema los pies. Eso es un asunto inexplicable, pero en varias ocasiones he sentido resecas la planta de esas extremidades que, bien lo sabes, cuidaba con sumo esmero. Te pido, te suplico, que no llores. Tu sufrimiento en este espacio se transforma en un fuego invisible, en una centella que abrasa mi piel.

Pero, no es por eso que me he animado a escribirte esta carta. Tú conoces que yo no era muy buena para escribir. Prefería siempre hablar. Esa era la forma como me protegía, la válvula de escape para no romperme por dentro, el recurso para conservar intacto algún pedazo de mi corazón. Así que nunca tuve necesidad de escribir para nada y para nadie. Además, la sangre caliente que corría por mis venas me llevaba de manera veloz a hilar términos, a engarzar palabras que, al unirse, adquirían la dureza o la ponzoña para ocasionar daño o, por lo menos, defenderme de las desgracias que me sitiaban a diario. Eso no tengo que explicártelo, porque mi vida no fue fácil y no tuve la fortuna de sentirme plenamente amada. Sea como fuere, me he sentido en deuda contigo, y he decidido escribirte estas palabras. Son una manera de resarcir el dolor que pudieron ocasionar aquellas otras, las que escuchaste muchas veces de mí, cuando vivíamos allá, en esa casa de un largo zaguán.

Empezaré por pedirte perdón. Sé que esperabas una mayor comprensión de mi parte a tus errores de madre adolescente; sé que a escondidas reclamabas un gesto o un abrazo de solidaridad ante tus fallas juveniles. Perdóname por no poderte ofrecer esa pócima de cariño. Tal vez no sabía cómo hacerlo o creí, con torpeza, que era una manera de prevenirte para futuras acciones semejantes. Reconozco, desde la claridad que ofrece toda retrospectiva, que me faltó valor para abrazarte más, para escucharte, para juntar nuestras almas en un abrazo silencioso. Pero, las dos sabemos que el miedo ha estado atenazándonos la garganta y el abrazo. En todo caso, considero que esta misiva puede ayudarme a decirte que a pesar de mi lejanía o mi dureza verbal, lo cierto es que por dentro mi corazón anhelaba estrecharte para decirte que no estabas sola, que contabas con mi cariño maternal, que aún en ese dramático problema había una esperanza al final del camino. Me faltó valentía para ofrecerte el amor que tanto esperabas. Por eso, te pido que me perdones. Borra de tu mente lo que te dije. Déjame resarcir mediante estos signos muertos las ofensas que te lancé cuando estaba viva. Concédeme entrar a tu alma para sanar esas heridas; deja que mis cuidados de madre, que poco ofrecí cuando estaba contigo, en este tiempo sean mi ocupación predilecta. Sí, hija, perdóname. Permíteme acariciarte el cabello, pasar mis manos invisibles por tu frente y así disipar las culpas y las tristezas que siguen oscureciendo tus pensamientos.

También deseo que entiendas que no vale la pena seguir cargando con esos recuerdos tristes. Has de saber que en este territorio, como bien lo han entrevisto los poetas, son únicamente los recuerdos felices los que nos permiten ver un poco de luz del ansiado paraíso; los otros recuerdos, nos halan hacia abajo, hacia las sombras más negras; nos lastran el espíritu. Por eso es mejor que te deshagas de esas afrentas o esa maldición que alguna vez lancé a tu cara. Ayúdame con recuerdos alegres, amorosos; concédeme la dicha de que tu mente tenga una imagen agradable y placentera de mí. No sabes cuánto alivio produciría ese acto. Te sugiero que busques una fotografía mía en la que esté sonriendo o que transpire felicidad; elige una foto de las que más te gusten y mándala ampliar. Ponla, te lo solicito, en un lugar visible donde vives y deja que ella haga lo que no pude hacer yo cuando vivía. He aprendido en esta tierra medianera que los muertos hablamos mejor a través de las imágenes. Entonces, cuando me mires, cuando veas esa foto, sabrás que te estoy acompañando, que no hay quejas ni reclamos, que sólo está mi mirada comprensiva y el gesto rotundo de mi amor por ti. Anhelo llegar a tener ese lugar privilegiado en tu cuarto y en tu corazón.

No quisiera terminar esta carta sin contarte otro secreto de mi alma. Siempre te admiré. No te lo dije nunca. Eso también lastima mi conciencia. Pero me sentía, en secreto, orgullosa de tu lucha, de tu tenacidad en medio del abandono, de tus pocas fuerzas en medio de la tormenta. Y admiré tu terquedad, tu voluntariosa manera de enfrentar la adversidad con tan pocos recursos. Todos sabíamos que tú eras la mejor guerrera de la familia y por eso la vida o las circunstancias te ponían las pruebas más duras. Lamento no habértelo dicho, pero esa valentía ponía a prueba mi carácter. Te cuento esto ahora porque sin esa tenacidad, sin ese empeño que ya traías desde pequeña, sé que no lograré una paz en mi conciencia. Ayúdame, hija mía. Socórreme para salir de este purgatorio; préstame tus manos para descorrer la ventana del pasado y gozar de la luz que se esconde allá arriba. Haz que tu perdón sea la salida a esta repetida letanía de arrepentimientos y confesiones acalladas. Sálvame, mi niña, te lo ruego, concédeme mirar la sonrisa festiva de tu rostro. En tu felicidad está el secreto de mi propia salvación.

Te beso desde mi cercana lejanía…