Regazo de la piedra

Ruinas de Tikal

Ruinas de la ciudad maya de Tikal.

I

Eres un tiempo hecho de tiempos

un Cristo doloroso, adolorido.

Eres la tierra antigua

la de campesinos de colores vivos.

Eres humo, aromas, infinidad de inciensos.

En cada calle guardas una leyenda

en cada lago un misterio

en cada aldea un santo.

Nada huye de ti, nada se escapa

eres el gran regazo de la piedra

la genital permanencia de los nombres.

Todo en ti suena a procesiones de palabras

Chichicastenango, Chiquimula, Atitlán.

Todo en ti suena a ritmo de pirámide

Subes o caes a la par de la obsidiana

Eres el jade, el tejido, la acuciosa mano

No hay nada en ti que no sea un altar

una promesa

Todo en ti se guarda, todo en ti pervive.

Guatemala, no sabes nada del olvido.

 

II

Y tus campos, tus hombres, tus caminos

se elevan sobre la omnipotencia del volcán

de los volcanes.

Eres la resguardada por la lava

la íntima, la del rubor eterno

Tardas en dar tu miel, eres pudor

Y cuando extiendes tu abrazo, al abrirlo,

das el mejor manjar, das tus secretos.

Cómo sabes, cómo hueles, cómo gustas.

Picante, picante

Eres también la reunión de lo diverso

la conjunción, el resplandor, el choque

Tus pobres, tus mercaderes de calle

Tus niños que siempre cuidan cualquier cosa

Todos ellos se aúnan, se agolpan, se refunden.

Guatemala, en ti conviven

la riqueza del más pobre y la pobreza del más rico.

 

III

Eres muchos espacios, varias formas

arquitectura dispersa en una urbe loca

El indio te soñó, el militar te hizo

por eso tus palacios son verdes, con cañones

y tus iglesias doradas, sin ventanas

por eso tienes calles donde toros enormes

imponen su ley de bronce, su silencio.

Eres todos los tiempos y ninguno

Fijeza, presente ebrio

vértigo del instante memorioso

abismo del que todo se acuerda por momentos.

Guatemala, en ti las madres y los hijos se hacen uno

En ti la sangre es también la roca.

 

(De mi libro Ese vuelo de palabras, Kimpres, Bogotá, 2011, pp. 33-35).

 

El proceso de componer un libro de cuentos

Amanecer alado

A finales del año pasado salió el libro Amanecer alado y otros cuentos, mi segundo libro de relatos, publicado doce años después de aparecer Venir con cuentos. La alegría de esta nueva cosecha de palabras es inmensa, y más tratándose de un género que ha estado cercano a mis búsquedas literarias.

El cuento, lo sabemos, es un aliado para recuperar las vicisitudes de hombres y mujeres durante su larga o corta existencia. Es un género con el dinamismo de la flecha, según pensaba Horacio Quiroga, y es el resultado de un ojo perspicaz de fotógrafo, al decir de Cortázar. Los hay de diversa temática: fantásticos, maravillosos, policiales, realistas o de ciencia ficción. Pero a pesar de esta variedad siempre tienen una fuerza narrativa condensada que los hacen interesantes o apetitosos como para devorarlos en una sentada.

Más no es de la historia del cuento de lo que me interesa escribir en esta ocasión. Quisiera profundizar en el proceso creativo que se lleva a cabo para lograr estos artefactos narrativos. Me interesa exponer las etapas del proceso de composición de muchos de los cuentos que he escrito, guiado por el deseo de hacer legible lo que a primera vista parece un acto espontáneo o venido de no se sabe qué zona del subsuelo psicológico.

El detonante siempre está en una anécdota. No sobra recordar que una anécdota es un hecho singular o interesante, un incidente, algo que me ha sorprendido o llamado poderosamente la atención. Esa anécdota puede provenir de muchas fuentes: un amigo que me cuenta la inexplicable infidelidad de su pareja; el conflicto de una mujer madura por tener un hijo a sabiendas de la pasada pérdida de un embarazo anterior; la muerte en soledad de un familiar; la resonancia del pasaje de una lectura; una situación cotidiana que aunque banal pone en evidencia el carácter de una persona; una coincidencia en un hecho realizado en tiempos diferentes; una frase lapidaria y contundente oída de paso; una imagen conmovedora vista o recordada; un conflicto sutil entre sentimientos; una situación posible o fabulada de un personaje histórico; una obsesión entrevista en un sueño o persistente en la duermevela… en todo caso, esa anécdota es el disparador, el fogonazo con que se inicia mi proceso creativo.

Casi siempre escribo esa anécdota en mi libreta de notas, o la pongo en mi “Despertario”, un cuaderno que tengo en mi mesa de noche. Hay anécdotas que devienen rápidamente en una historia y otras que permanecen hibernando por días o meses. También sucede que hay anécdotas que nacen y se quedan encerradas en un argumento y, otras, que de una vez lanzan sus primeros párrafos de manera rápida y sin contención. Lo común es que la anécdota vaya madurando en mí por días, hasta que ayudado por la memoria y la imaginación puedo atenderla con dedicación en la escritura. Me sucede, de igual modo, que hable sobre esa anécdota con amigos o familiares; se las relato sucintamente e invito a esas personas a que manifiesten sus opiniones al respecto. Es una especie de diálogo dirigido sobre un asunto que sigue bullendo en mi cabeza y que necesita ser atizado, enriquecido, azuzado por la conversación.

En algunas ocasiones la forma de extender o darle densidad a esa anécdota es la investigación, la lectura de libros o fuentes relacionadas con dicho motivo. Sin embargo, al igual que con las personas con que charlo al respecto, estas lecturas tienen la función de aumentar el campo de resonancia de la anécdota; explorar en las particularidades de un sentimiento; afinar la mirada y el vocabulario para nombrar algo que me interesa; conocer el simbolismo de un color; ahondar en una época, un estilo, una obra específica. Investigo para que la anécdota tenga un escenario de verosimilitud, para recoger información útil en esta etapa de incubación y rumia de la ficción.

La maduración de la anécdota trae consigo el desarrollo de un conflicto. Me complace explorar en aquellos asuntos medulares de la historia, pero cuidándome de no parecer aleccionador o moralista. El conflicto me lleva a perfilar los personajes que van a encarnarlo. Le gasto un tiempo a caracterizar estos seres de ficción aunque tienen elementos de diversas personas que les han servido de referencia. Me ocupo de describir tales personajes, ahondando especialmente en su forma de hablar, en los objetos que usan o los acompañan y en los gestos que hacen constantemente. Más que la descripción de los conflictos interiores busco que sus palabras los definan. Todo ello va gestándose en mi cabeza y se enriquece en la medida en que comienzo a redactar la historia.

El primer párrafo de un cuento es otro aspecto vital en mi manera de escribir. Si tengo ya esa entrada lo otro viene poco a poco; a veces son más los intentos fallidos que el acierto inmediato. Una vez cuaja ese primer párrafo los que siguen se desgranan como cosecha madura. Sigo creyendo que ese primer párrafo, como creía Umberto Eco, define el tono y el ritmo del cuento. En ciertos casos necesito, y de eso igualmente hablaba Rulfo, varios párrafos para encontrar el que mejor exprese lo que deseo narrar. Es una especie de búsqueda a partir de la misma escritura; una labor de socavamiento, de ir escarbando entre el mismo surco de las palabras.

Hay momentos en que el cuento avanza sin dificultad hasta lograr su fin. Esta escritura no está todavía corregida, afinada totalmente. Es una redacción en bruto que anhela descubrir su cierre. Otras veces, y el recurso era usado por Borges, la narración avanza hacia un final que ya tengo previsto pero que no sé con claridad cómo voy a conseguirlo. La narración se desplaza en pos de ese final, explorando alternativas para alcanzarlo. No obstante, y creo que eso me ha sucedido en la mayoría de mis relatos, el cierre corresponde a las propias fuerzas del conflicto, a las vicisitudes por las que van pasando los personajes. Prefiero que ciertos finales queden abiertos por la misma situación narrada o por el conflicto allí relatado, y eso lo he aprendido de observar con cuidado la sinuosa y variable condición humana. El final a veces queda como en punta, abierto al múltiple juego de las posibilidades o a la imaginativa interpretación de los lectores.

Finiquitado ese primer trayecto, henchido de un furor creativo, viene el lento proceso de la corrección. Esta etapa que se repite varias veces y en distinto tiempo aboga por la precisión semántica, por suprimir las voces repetidas, por un cambio de un signo de puntuación, por la inclusión o supresión de un detalle en uno de los personajes… Es una labor más de poda que de adiciones. Me agrada hacer esas enmiendas en horas de la mañana, y por lo menos durante una semana. En ese tiempo les leo el texto a personas cercanas para escuchar sus comentarios, aunque lo esencial es poner esa escritura en la voz de la oralidad. Al entonar esas grafías aprovecho la circunstancia para descubrir algo que no funciona cabalmente o detectar un signo de puntuación que necesita cambiar de lugar. Al oralizar el cuento recobro para la escritura la viveza de la palabra hablada, esa con la cual encantaba el primer narrador.

Pasados varios meses o años vuelvo a leer el cuento. La distancia ayuda a madurar la ficción, es su natural proceso de depuración. Por lo general encuentro algún detalle que amerita limarse o descubro un pequeño giro en la sintaxis que le permite a la prosa alcanzar un ritmo menos cacofónico o redundante. El tiempo ayuda a convertirme en crítico de mi propia producción. Al igual que Mempo Giardinelli, trato de ser inclemente con esa escritura, procuro leerla como algo ajeno, viendo en ella más las carencias que los aciertos. Concluida esa labor de curaduría en la composición me olvido de tal narración y me ocupo en otros proyectos. Transcurridos unos años, cuando noto que la carpeta en la que voy guardando estos diversos relatos contiene un número considerable, recupero cada cuento y lo someto otra vez al escrutinio de la relectura. Ahora desde la perspectiva de formar parte de un futuro libro, de ajustarse a la lógica de una publicación. Al organizar los cuentos desde esta óptica, varios de ellos se mantienen intactos y, otros, exigen unos pequeños retoques. Cerrada esta fase, envío a un corrector amigo los relatos para que los revise. Esas correcciones son la oportunidad para volver a inspeccionar lo que parecía definitivo. Después de otros meses el libro ya está listo para empezar la etapa de diagramación.

Por disfrutar este aspecto del diseño gráfico empleo varias jornadas en la selección de la fuente, en la caja tipográfica, en la ideación de las páginas maestras y en la concepción de la carátula. Una y otra variante desfila por la pantalla del computador hasta que una de esas opciones me deja satisfecho. Cuando ya está terminado el diseño hago una impresión, la anillo y me dispongo a hacer la última lectura de la obra. Al finalizar esta labor, con bolígrafos o marcadores de color hago los ajustes respectivos. Todo parece ya listo para enviar el material a la imprenta. Una vez me llegan las pruebas  de la editorial hago una última revisión, confiando en que no encuentre ningún error de esos que por más que uno vigila, siempre quedan por ahí, como un testimonio de las incorrecciones escurridizas. Aprobadas estas pruebas no queda sino esperar la llegada de esos cuentos en la hermosa forma de un libro. Un libro que, para mi gusto, debe imprimirse en un buen papel, estar cosido, mostrar cuidado en el empaste, e incluir solapas y colofón.

Sobre lo que sigue ya no tengo mayor dominio. Hay que llevar el libro a las librerías para que sean los lectores lo que hagan su dictamen; que compren el libro, lo lean y les produzca alguna experiencia estética significativa, entretenida, insospechada. Ese ha sido el modo como la literatura ha construido su camino; esa es la dinámica entre los que tratamos de escribir y esos otros cómplices que, como declaraba Cervantes en El Quijote, podemos llamar desocupados lectores. Son ellos los que terminarán dándole validez positiva o negativa a esos textos, culminando así el proceso de la composición de un libro de cuentos.

 

Doce deseos para celebrar el año nuevo

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Son variados los augurios con los que se despide la noche vieja y se celebra la llegada del nuevo año. Desde los baños y sahumerios, pasando por el uso de determinadas prendas, hasta el acopio de granos y la conocida tradición de adquirir y guardar en el hogar las espigas de trigo. Todas esas maneras de celebrar el cierre de un ciclo y el inicio de otro, abogan para que haya salud, prosperidad, abundancia, y la buena fortuna cobije los doce meses venideros. Aunque en esos agüeros hay raigambres de superstición, lo cierto es que se han convertido en prácticas populares que reúnen a la familia y promueven la alegría colectiva. Así que, embriagado por una vela aromatizada de canela, con un buen vino en la mesa, empiezo a comer mis doce uvas y formulo mis deseos para el año que comienza:     

Primer deseo: para que la paz en nuestro país deje de ser una presea política y se convierta en un genuino propósito de todos los colombianos. Que entendamos que hacemos paz en el trato digno con los demás, en las relaciones respetuosas, en la forma de resolver los conflictos.

Segundo deseo: porque merme la agresión cotidiana entre las personas, y no andemos con una piedra en cada mano y supongamos que así resolvemos los problemas. Que asumamos con todos los que nos relacionamos un pacto de no violencia convencidos de que la convivencia es un deber fundamental de todo ciudadano.

Tercer deseo: porque todos los medios masivos de comunicación mermen la información incendiaria y el chismorreo injurioso que tanto daño hacen a la opinión pública. Que se sopesen y verifiquen las fuentes noticiosas para no terminar amplificando la incertidumbre y contribuyendo a la polarización de nuestra nación.

Cuarto deseo: para que todo aquel que tiene un cargo público o es funcionario, considere que cualquier acto de corrupción deteriora su nombre,  el de su familia, y le quita recursos a los verdaderamente necesitados. Que todo corrupto asuma, aunque la ley no se lo exija, la vergüenza social y con ella el ostracismo propio de los traidores y renegados de su patria.

Quinto deseo: para que los corazones rencorosos y revanchistas sanen sus heridas y puedan abrir los brazos para la reconciliación. Que el resentimiento deje de ser el carburante de los enardecidos por un credo, una ideología o una doctrina, y el fanatismo el alcahuete de sus necedades y obcecaciones.

Sexto deseo: para que sea un delito moral menospreciar a los viejos, a los inválidos, a los que han cumplido un ciclo vital o laboral. Que haya respeto y consideración para los mayores, así ya no sean útiles económicamente y parezcan una carga para sus familiares. Que aprendamos de su experiencia y los hagamos sentir necesarios de alguna manera.

Séptimo deseo: para que los niños sean una “zona sagrada” que se debe cuidar, proteger y atender en su proceso natural de desarrollo. Que la mano del maltratador o abusador sea uno de los crímenes de lesa humanidad. Que nadie le quite a un niño o a una niña el espacio de ser libre, de preguntar y explorar lúdicamente. 

Octavo deseo: para que todo el que tenga un puesto de poder o de mando no lo convierta en un trono para la humillación y las venganzas personales. Que todo jefe renuncie al autoritarismo y la soberbia del déspota y promueva el liderazgo participativo.

Noveno deseo: porque cada ciudadano entienda que debe atender a sus deberes, y que el cumplimiento de las normas debe prevalecer sobre la justicia por la propia mano. Que respetemos las figuras de autoridad así no favorezcan nuestros caprichos. Que prescindamos de las argucias del atajo, de la trampa simulada, para eludir el camino recto previsto por la ley.

Décimo deseo: para que padres y madres de familia acepten con responsabilidad la educación de sus hijos, y no la deleguen en la escuela. Que entiendan la crianza como una práctica amorosa e ineludible. Que cada hogar asuma lo que le corresponde en su labor de crear hábitos, maneras de comportarse y pautas de relación. Que se esté continuamente atentos sobre los modos de proceder, de relacionarse y actuar de los hijos. Que los hogares no sean hostales de paso, sino verdaderas casas de acogida y diálogo formativo.

Undécimo deseo: para que el cuidado personal y de los otros sea una tarea de todos los días. Que convirtamos dicho cuidado en una higiene del alma. Que la indiferencia frente al vecino, al colega de trabajo o al prójimo, se cambie por la fraternidad acuciosa, el apoyo oportuno y el diálogo solidario. Que en lugar de la sospecha y la maledicencia asumamos como consigna el servicio y la diligencia.

Duodécimo deseo: para que la ética sea la consejera interior de todas nuestras acciones, y las virtudes hagan parte de nuestra zona de perfeccionamiento y mejora continua. Que saquemos tiempo de las otras obligaciones laborales para el discernimiento y la autorreflexión, con el fin de no perder de vista nuestro proyecto vital y poder así, con sabiduría, llevar una vida buena, digna y feliz.

Meditación navideña nueve: la cena de navidad

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Me fascina en el tiempo navideño la forma como las gentes llenan su mesa de alimentos en abundancia. Hay galletas, bebidas, dulces, carnes y platos típicos que despliegan su aroma y su color tanto en las casas más humildes como en los apartamentos de los más pudientes. La mesa se decora, se llena de frutas y de comidas en una bandeja generosa y multicolor. Hay en tal hecho un símbolo de celebración de los lazos familiares y un gesto de bienvenida para los peregrinos o visitantes inesperados.

La mesa ha sido un lugar privilegiado. Es sitio de reunión, lugar para el encuentro, espacio para la conmemoración y escenario vital para el diálogo, la confraternidad y las relaciones interpersonales. Sentarse a la mesa es, de alguna manera, además de disponernos para tomar un alimento, entrar en la zona de los vínculos humanos: socializarnos, escuchar a otros, decir nuestras propias palabras. La mesa nos reúne, nos convoca, nos llama a estrechar los lazos de la sangre o esos otros de la fraternidad y los proyectos compartidos. En la mesa recibimos lecciones de vida, muestras de afecto, testimonios de hondas angustias  o sueños profundamente ansiados.

Por supuesto, en la mesa acaece un evento vertebral de las fiestas decembrinas: la cena de navidad. El propósito es reunir a todos los miembros de la familia para celebrar los vínculos afectivos, la solidaridad y los buenos propósitos. Las viandas son el pretexto para congregar a los reticentes, a los que habitan lejos, a los que han empezado a perder de vista la fuerza de los lazos de la sangre o de la convivencia. Por eso mismo, la mesa servida, la abundante cena navideña, es sí misma un festivo reencuentro. Cómo se habla y se comenta, cuántas informaciones recientes se sirven a la par de manjares diversos. Sabemos que el encuentro reaviva los sentimientos y nos pone en una dimensión histórica; al escuchar a tíos y abuelos contar anécdotas  pretéritas recuperamos pedazos de nuestra propia vida y poblamos de sentido nombres que en un primer momento no significan gran cosa. Estar juntos disfrutando de la cena es también una oportunidad para que haya cruce de generaciones, para que los invitados más ajenos participen de los relatos fundacionales de un núcleo familiar.

Además, la cena tiene un sentido de acción de gracias que toca a todos los invitados o comensales. La reunión tiene mucho de rito tribal, de celebración comunitaria. Concluida la cosecha, pasado el tiempo del trabajo duro, viene el momento para levantar los brazos hacia el cielo en un gesto de infinita gratitud. Reunidos en torno a la mesa llega el momento de retribuir en algo todas las bendiciones o dones recibidos. Se canta, se conversa en exceso y se prueban colaciones y platos variados. También se bebe, brindando por los logros o los proyectos terminados; por los familiares que, a pesar de los años, siguen compartiendo y sirviendo de puente amoroso; o porque ha habido salud y el milagro de la vida prosigue en cada uno de nosotros. Por todo se agradece, a la par que se ríe y se comparte el alimento. A veces, como corresponde a la dinámica profunda de los ritos, también se baila. Pero el centro de todo este jolgorio ha provenido de la mesa, de lo que allí estaba dispuesto como un símbolo de participación de la cosecha y de retribución por los frutos recibidos.

Por eso, estas fiestas nos invitan a recuperar el espacio de la mesa, a salir de la burbuja personal o del bunker del cuarto privado para estar con los nuestros, con los amigos, con los compañeros de trabajo, o con aquellos otros que, aunque extraños, pueden llegar a ser nuestros conocidos. Animarnos a dejar el teléfono móvil, el correo electrónico, el chat incesante, y mirar a los ojos a quienes están al lado nuestro, es una petición o un rito que nos pide la mesa, un llamado a que forjemos con nuestras palabras y nuestra escucha la figura de la familia, del techo protector del hogar, de la alianza de ser comunidad. Aceptemos entonces, con entusiasmo y expectativa, la invitación a compartir el pan aliñado del afecto. Celebremos el regalo sensible de tener un grupo de personas que siguen siendo un sitio sagrado para resguardarnos, para renovar nuestras fuerzas o para multiplicar el alcance de nuestros brazos.

Meditación navideña ocho: las tarjetas de felicitación

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Felicitación Original de Cartero en Navidad. Época Alfonso XIII.

Es tal el regocijo que produce la navidad en nuestros espíritus que deseamos compartir ese estado con familiares, amigos, viejos conocidos y colegas de trabajo. Para ello empleamos tarjetas de felicitación y ahora mensajes a través de nuestros celulares y correo electrónico. Pueden ser frases divertidas, ingeniosas o consignas teñidas de trascendencia. Son saludos para compartir ese sentimiento de alborozo, cortas fórmulas para extender bienestar o un augurio de prosperidad.

Considero que tal práctica vale la pena mantenerla y fortalecerla. Primero, porque es un gesto comunicativo para ofrecer bienestar y no tanto de propagar negativamente las malas noticias. Es una especie de red de optimismo y de confluencia positiva de los astros. Segundo, porque nos obliga a pasar revista a aquellos seres que consideramos merecedores de nuestro mensaje. Esto nos hace recordar a personas a las que seguimos debiéndoles muchas cosas; en ese sentido, cada postal es como un reencuentro con nombres significativos en nuestro derrotero existencial. Tercero, porque los mensajes navideños invitan también a elegir un motivo, una ilustración y un mensaje específico acorde a las particularidades del destinatario.

Y ya que lo menciono, valdría revisar o cambiar esas tarjetas o esos “memes” que al ser tan virales ya no tienen rostro ni persona definida. Tendríamos que ser más originales, diseñar o escribir nuestras propias notas, enfocadas a delinear la fisonomía moral de un individuo, de atinar a describir algo de esos rasgos que diferencian a las personas y que las hacen únicas. Porque ahí está la clave de estas felicitaciones o saludos de navidad: las mejores son aquellas que retratan bien a un individuo o se sintonizan con un aspecto particular de su carácter. Esa es la difícil tarea de redactar esas pequeñas dedicatorias o esos mensajes sentenciosos: que lleguen al centro del corazón de un ser humano.

Pienso que estas postales son otra modalidad de regalo. Un regalo especialmente hecho de escritura. Lo que está en el fondo es redactar el texto mejor elaborado, bien pensado, reescrito y afinado para que diga lo que en verdad deseamos expresar. Por lo demás, las tarjetas de felicitación anhelan, por su belleza, por la calidad o la sutileza del lenguaje, ser guardadas. Son como páginas únicas de una historia personal o hacen parte de nuestro baúl de los recuerdos. Como quien dice: damos estas tarjetas para que perdure lo que allí se augura, ofrecemos esos parabienes para que al releerlos, renazca como un ave fénix lo que se desea. Podríamos decir que son amuletos de la buena fortuna o talismanes, consignas para que continúe el alborozo.

Bien miradas las cosas, estos mensajes de felicitación cumplen en navidad la función de un santo y seña para participar o estar en sintonía con el espíritu de las fiestas decembrinas. Son la forma de saludar cuando lo que anhelamos es el goce común, el bienestar de todos. Al recibir esas postales somos partícipes de una dicha ajena que, al hacerlo, empieza a encarnar en nosotros; luego, como si fuera una cadena de favores, necesitamos hacerla extensiva a otras personas. Esas felicitaciones, miradas en la lógica de lo imaginario, son los buenos días para entrar a la fiesta decembrina.

Por todo lo anterior, si aún no hemos enviado esas felicitaciones de participación de la alegría, si hemos sido demasiados olvidadizos o abiertamente desagradecidos, lo mejor es dedicar un tiempo para escribir ese mensaje, para sorprender al antiguo compañero de aventura con una nota que recuerde su brazo incansable y su fortaleza para no dejarnos en el camino; o redactar un breve reconocimiento a esos cómplices afectivos a los que les debemos no solamente momentos de placer, sino algunos hitos fundantes de nuestra historia. Todo eso lo podemos ofrecer en las modernas tarjetas virtuales o en las ya clásicas postales de papel. Los destinatarios sonreirán cuando las reciban y sabrán que otros seres los siguen guardando en su corazón a pesar de la distancia, y que, a través de esa escritura sucinta, casi cabalística, pueden acceder a la arrebatadora felicidad.

Meditación navideña siete: el árbol de navidad

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Bien sea como resonancia de tradiciones nórdicas o de ritos agrarios para celebrar los cambios de la naturaleza, lo cierto es que el árbol ya forma parte del decorado navideño. Junto a él se reúne la familia y debajo de sus ramas se ponen los regalos. Este árbol, engalanado con moños, bolas multicolores, follaje plateado y figuras decorativas, tiene un sinnúmero de simbolismos que no podemos olvidar.

El primer significado para subrayar, especialmente por sus hojas perennes, es que dicho árbol es una exaltación a la vida. Después de que ha permanecido guardado en cajas por un año le llega el momento de desplegar sus ramas y su verdor. La familia participa en este rito como un anuncio del renacimiento de la fiesta, de la alegría decembrina. Todo renace, cada cosa se limpia y vuelve a ponerse, con delicadeza, en derredor de esta figura triangular. Allí, las bolas doradas; más allá, unos diminutos osos, y arriba, la infaltable estrella. Lo que estaba resguardado renace en todo su esplendor; la vida que estaba en hibernación recobra su brío y plenitud.

Y cada adorno, cada guirnalda, lo que hacen es subrayar el deseo de prosperidad. Signos o augurios para que no falta el alimento, el trabajo, lo necesario para que la vida siga su curso inagotable. Por eso se decora con ese barroquismo, de allí el deseo de que el brillo del árbol sea como un altar tornasolado. Y por eso también, debajo del árbol se ponen los regalos, como si fueran frutos de ese mismo arbusto. Sean grandes o chicos, todos esperan que en ese lugar haya un obsequio con su nombre; que nadie quede sin parte de esa cosecha. Así que, semejando una verde cornucopia,  del árbol van saliendo muestras de agradecimiento, de afecto, de reconocimiento a los vínculos y la existencia compartida.

En este sentido, el árbol es también un símbolo de amparo, de protección. Confiamos en que esa figura nos resguarde o nos proteja de la desfortuna, de la desunión, de la orfandad. Quizá el gesto de rezar una novena, a la sombra del árbol, sea lo que mejor ilustra tal gesto de cobijo. Bien parece que en el árbol de navidad hay refugio para todos: para el familiar que persiste en una rencilla tonta, para el hijo que llega de muy lejos, para el vecino solitario, para las personas más queridas y para aquellas otras que casi ya no reconocemos… Juntos, cantando villancicos, al lado del frondoso e iluminado árbol construimos una hermosa fortaleza para guarecer los afectos y ratificar los lazos profundos de la convivencia fraterna.

Pienso que, de igual modo, el árbol comporta otro simbolismo. Me refiero al cultivo de la esperanza. Así no se diga en voz alta, el que es invitado a una casa en época navideña, espera que por allí esté algún detallito para él. Confía en que el olvido allí no tenga cabida. Y ni qué decir de los niños y niñas que miran y revisan los diferentes paquetes para ver cuál tiene su nombre, o tratan de adivinar por la forma del regalo, lo que hay dentro de ellos. Y todos esos pequeños quieren abrir inmediatamente aquellos paquetes, pero el ritual consiste en esperar hasta una fecha específica. Así pasan las noches, alimentando la ilusión y la fe, confiados en la promesa de una carta escrita al niño dios o al papá Noel. El árbol es el centro de tal expectativa; es un símbolo de la espera no hecha del consumo rápido de las mercancías, sino del tiempo lento como se adquieren las cosas que llegan al corazón.

Terminada la navidad, el árbol volverá a un lugar reservado u oculto. Otra vez la familia ayudará a descolgar, envolver, acomodar y empacar cada elemento de ese arbusto ritualizado. Los muebles de nuestras casas volverán a ocupar su lugar habitual, y la vida seguirá su curso cotidiano. Pero lo valioso de haber vestido ese humilde tronco durante unos días es su mágica atracción para convocar a familiares y conocidos, permitiéndonos renovar los lazos de la sangre y los del cariño sincero. Quizá ese sea otro de sus simbolismos: el de reunir y congregar, el de llamar a hombres y mujeres para recordar el sentido y la importancia  de las tradiciones.

Bajo la sombra del árbol de navidad confirmemos nuestra exaltación a la vida, celebremos con regocijo las manifestaciones de la gratitud y confiemos en el cumplimiento de las promesas. Que su copiosa decoración sea un buen presagio de la abundancia y el bienestar futuros; y que la intermitencia de sus luces nos advierta de la incesante renovación de la esperanza.

Meditación navideña seis: el amor

Ilustración de Valeria Petrone

Ilustración de Valeria Petrone.

Hay en navidad una sobreabundancia de muestras de afecto, de fraternidad, de amor. No se escatima en abrazos, en frases de cariño y en deseos porque la alegría, la buena fortuna o la prosperidad colmen los corazones y habiten en las familias. Una ola de simpatía inunda los rostros, y las manos están dispuestas para la afabilidad o la reconciliación.

Esa es parte de la magia de estas fiestas de fin de año. Hay una inclinación positiva para llegar al otro, para ponernos en actitud de escucha y socorrer al más necesitado. La fuerza del amor resuena con la misma efusividad de la música decembrina, y en todos los ambientes se respira un clima de convivencia. Hay una actitud favorable para la cercanía, para la renovación de los compromisos, de la amistad o el afecto que se conjuga con los alumbrados y las decoraciones multicolores.

Pensar en la fuerza vivificante del amor no deja de ser un motivo interesante. El amor abre caminos donde ninguna obligación puede hacerlo; el amor tiende puentes sobre el vacío de lo imposible; el amor da fe al descreído y esperanza al desesperado. Su vigor está en proveernos de un ímpetu para sortear lo que la enfermedad o el dolor ponen como obstáculos insalvables. El amor nos impulsa a sobreponernos y a entrar en comunión con el rechazado o tocado por la desgracia. Quien ama no denigra; quien ama tiene siempre ante sí a un hermano. Es del amor entrever semejanzas más que diferencias. Quien bien ama crea escenarios para que otro sea en plenitud; sin egoísmos ni regateo de esfuerzos. El amor, cuando es genuino, libera y no esclaviza; abre horizontes, cultiva sueños ajenos, mantiene complicidades esenciales entre los espíritus.

Es sabido que una de las claves para llenar nuestro pecho de esta fuerza amorosa está en el hogar, en la crianza. ¡Qué importante es ofrecer y decir lo mucho que queremos a los hijos!; esas criaturas deben saberse amadas para que, después, establezcan relaciones altruistas, se sientan generosas para ofrecer cariño y ternura a los demás. Es en el hogar donde se construyen los cauces para que después fluya el amor sin prevenciones, sin talanqueras. No hay que escatimar, entonces, brindar en esos primeros años manifestaciones de amor a borbotones. Volverlo gesto, caricia, reconocimiento. Esta impronta de ser amados nos acompañará toda la vida y otros serán los beneficiados de tal certidumbre.

Tendríamos que ser menos parcos en manifestar el amor que sentimos. Atrevernos a extrovertirlo sin temor al ridículo o la burla. Reiterárselo a nuestros padres que, en la medida que envejecen, más lo necesitan; recordárselo a nuestra pareja, especialmente cuando pasan los años; hacerlo extensible a los que nos colaboran o a aquellos que son un brazo permanente para alcanzar nuestras metas más importantes. Aquí el amor toma el rostro del agradecimiento. Decirlo, escribirlo, volverlo rito, compartirlo… Todo ese amor es esencial para que circulen los vínculos humanos y se mantenga en movimiento, sin oxidarse, el mecanismo sensible de la sociedad.

Aunque deberíamos también, y más en estos tiempos de la prisa y lo desechable, abogar para que el amor no se contamine de lo utilitario. Defender a como dé lugar los compromisos y la lealtad, la sinceridad y el mutuo respeto. No es bueno corromper o dejar que el amor se vuelva cualquier cosa, que terminemos confundiéndolo con el placer casual o la satisfacción inmediata. Cuando es verdadero, el amor nos compromete e implica una fidelidad a nuestras elecciones; no salimos indemnes de una relación amorosa si en ella ponemos nuestra historia y nuestros secretos. Porque amar, en esencia, es abrirnos, descubrirnos, desnudar el alma y quedar, de alguna forma, indefensos. Por eso cuidar el amor que ofrecemos o recibimos es hoy tan necesario; porque es escaso, y porque si se siente rebajado huye de nosotros.

Dejemos que este clima amoroso de la navidad llegue a nuestros hogares; permitamos que este aire bienhechor airee nuestros corazones solitarios; celebrémoslo con los brazos abiertos: por la gratuidad del encuentro, por la certidumbre de una promesa, por el milagro de poder confiar en otra persona, por la alegría de compartir nuestra esquiva libertad.

Meditación navideña cinco: la sencillez

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Me gusta pensar que el nacimiento del “mesías” en un pesebre, en un lugar pobre y sin boatos, es un signo de humildad, pero especialmente de sencillez. Como sencillo es el acontecimiento y como sencillos fueron los pastores que acompañaron aquel hecho. Esa sencillez cobija toda la existencia de ese hombre y puede ser una lección de vida para muchos de nosotros.

Y lo afirmo porque, especialmente en esta época, todo parece ir en contravía de la sencillez. Un solo caso: las demandas del mercado y de una obsesión por el consumismo han ido llenando nuestra mente de necesidades inútiles. Cada día nos atiborramos de cosas, a sabiendas de que en poco tiempo serán caducas o inservibles. Y ni qué decir, de la copia apresurada de modelos ajenos, de un esnobismo por estar a la moda, pero sin saber bien el beneficio o las consecuencias de tal remedo. Nos hemos impuesto el sobrepeso de la apariencia, perdiendo la autenticidad.

La imagen del pesebre, decía, puede ayudarnos a reflexionar sobre el valor que damos a los productos que compramos de manera innecesaria. ¿Realmente necesitamos lo que adquirimos con tanta ansiedad? Tal vez deberíamos incorporar a nuestra voluntad una fuerza de contención para no ceder tan fácilmente a lo que ofrece la propaganda en los múltiples canales. Privarnos de comprar lo suntuario podría ser una prueba a la que sometamos nuestro espíritu. Saber vivir con lo necesario, restringirnos, con el propósito de sacar un mejor provecho de otros asuntos diferentes a la posesión de mercancías.

Aprender a disfrutar, por ejemplo, de cosas sencillas como las actividades espontáneas qué tanto hemos dejado de hacer por andar corriendo detrás de lentejuelas y baratijas. Gozar de ver crecer los hijos, de compartir un humilde alimento, de caminar con alguien que amamos, de ver el esplendor de algunas tardes o la maravilla de un nuevo día. Disfrutar de una charla íntima y sincera que, en su misma simplicidad, comporta la satisfacción de lo esencial y duradero. Regocijarnos por tener aún vivos a aquellos que nos dieron la vida o gozar las bondades de la buena salud. Todo eso no requiere de grandes inversiones, son cosas tan sencillas de hacer o alcanzar y, lo más importante: son asequibles a todas las personas.

Obvio, vivir sencillamente, descubrir el goce de lo esencial, es volver a jerarquizar nuestras opciones y nuestras necesidades. ¿Qué es lo fundamental?, ¿qué vale la pena priorizar?, ¿dónde está lo importante, que merece protegerse y esforzarnos por alcanzar? Si esta actitud tomamos, muy seguramente descubriremos que hemos estado viviendo vidas prestadas o que hemos empleado los mejores años de nuestra existencia en asumir roles o maneras afectadas, en perder nuestra “esencia”, en entrar en una dinámica de imitaciones que han ido vulnerando y pervirtiendo nuestra sinceridad. Pero si la sencillez está en la médula de nuestro carácter lograremos resistirnos a las tentaciones de la apariencia.

En ese mismo sentido, ser sencillos en el trato con los demás, sencillos y francos, sirve para que las otras personas no se sientan excluidas o despreciadas. Cuando la sencillez está en la manera de relacionarnos, en el modo de comportarnos con nuestros semejantes, brota el trato digno y la simpatía. Muchas veces, son nuestras posturas altaneras, pomposas, las que conducen a que el colega o el vecino se sientan menospreciados. Tal vez no nos damos cuenta, pero el negar un saludo, presumir de nuestras riquezas, ignorar al pobre o humillar al que tiene un cargo subordinado, va creando una semilla para el resentimiento, para la agresión y el desquite soterrado.

Retornemos a nuestro punto inicial y recapacitemos en esto: las personas sencillas procuran ser auténticas; no ostentan, viven de acuerdo a sus ingresos económicos; tampoco simulan ni entran en el juego del quedar bien. Sus acciones están en concordancia con sus posibilidades y sus limitaciones. Las personas sencillas son menos influenciables por el cotilleo del qué dirán y no tienen vergüenza ni de su origen, ni de su país, ni de sus costumbres. Las personas sencillas merman el exceso de “refinamiento”, de artificio social, para no complicarse tanto el día a día, para hacer más leve la travesía existencial y descubrir la riqueza de las personas y el regalo de la vida.

Meditación navideña cuatro: la paz

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Ilustración de Jim Tsinganos.

Estar en concordia, inermes, abiertos al diálogo y la camaradería, totalmente solidarios, ese parecer ser el clamor de los cantos y los villancicos que pululan en navidad. Días y noches de paz entre los hombres es la consigna venida de los cielos, y que la reconciliación diluya el ácido corrosivo de nuestros odios.

Pregonar la paz, convertirnos en mensajeros de la convivencia parece ser el mejor regalo que podemos ofrecer a otros. Basta de injurias, de agresiones con ironías o burlas denigrantes. Dejemos de propagar tanta inquina, tanto rumor divisorio y alarmista. Pongámosle un alto a la carcoma de la envidia y a la venganza producto del resentimiento. Aunque no demos otros obsequios, procuremos ofrecerles a los familiares, a los colegas de trabajo, a nuestros semejantes, un trato digno, una actitud conciliadora y limpia de agresiones.

Esa paz empieza en nosotros mismos: a veces nos castigamos demasiado fuerte por una falta o nos avergonzamos hasta el escarnio por un defecto, y terminamos no aceptándonos, riñendo con nuestros sentimientos, con nuestros afectos o nuestras pasiones. Hay tantas intranquilidades en nuestra alma, tantas angustias en nuestro corazón, que nos convierten en seres amargados, irascibles, con el sarcasmo en los labios y la disociación a flor de piel. Es tal la lucha con nuestros miedos que desembocamos culpando a los demás o subvalorando al que percibimos como una amenaza. Por eso es difícil ser emisarios de paz, porque no hemos resuelto las contiendas en nuestro propio pecho.

Pero si el discernimiento nos habita, si acudimos con frecuencia a la autorreflexión, si el autoexamen tranquilo guía nuestro proceder, seguramente nos quedará más fácil trabajar por la paz cotidiana; por esa paz que está al alcance de nuestras manos. Por ejemplo: haremos paz si mantenemos control de nuestra boca injuriosa, haremos paz si intentamos comprender antes de juzgar, haremos paz si aprendemos a perdonar, haremos paz si a aquellos con quienes convivimos o trabajamos los respetamos, haremos paz si gritamos menos y cumplimos las mínimas normas de convivencia.

Es necesario, de igual modo, convertirnos en mediadores de paz. Contribuir de manera efectiva a que los pequeños disgustos entre vecinos no crezcan o que el conflicto entre padres no se propague en toda la familia. De nosotros depende que el incendio se extinga o que las llamas del conflicto terminen por devorar nuestro techo. Mediar es ofrecer un consejo oportuno, darle al enfurecido razones tranquilizadoras; y, también, es alejarnos de los que desean contagiarnos su fanatismo, es usar el buen humor para aplacar los ánimos caldeados y ofrecer siempre esperanza a todos aquellos que nos interpelan con su pesimismo conflictivo.

Considero que actuando así retornará la alegría a nuestra vida, y dejaremos de ser tan gruñones, tan belicosos, tan recalcitrantes con nuestros credos y opiniones. La paz contribuye a que aumente la simpatía, la confianza, el buen trato. La paz va de puerta en puerta saludando y ofreciendo solidaridad. La paz nos permite ver a lo lejos, al futuro deseado, y no tanto quedarnos anclados en los problemas o las heridas del pasado. La paz permite que cada quien saque a flote sus talentos y muestre sin temor sus predilecciones. La paz dinamiza, vincula, da cabida a la utopía personal y colectiva.

Sobra decir que ser proclamadores y mediadores de paz es una labor inacabada, de trabajo permanente; siempre hay escollos imprevistos y el camino está lleno de obstáculos. Nada es definitivo cuando buscamos que la paz sea un principio, un derecho, un modo de vivir. Cada día tenemos que enfrentar nuestros monstruos y los del prójimo, a cada momento tenemos que cuidarnos y cuidar las relaciones. Ahí estriba lo más complicado: mantener  este espíritu navideño de serenidad y concordia durante los días por venir. Seamos vestales de la luz de la paz para que siga encendida después de estas fiestas decembrinas.

Meditación navideña tres: la confianza

Ilustración de Gianni de Conno

Ilustración de Gianni de Conno.

Todos sabemos que la celebración de la natividad es el cumplimiento de una promesa. Lo que fue esperanza, al nacer el “mesías” se convierte en cumplimiento. Pero lo más interesante de este hecho es la confianza tenida por un pueblo, por una comunidad, en esa palabra empeñada, en ese pacto resguardado por la tradición. Así que, sin esa confianza, no es posible que encarne la ilusión, no es probable que renazca la fe.

Confiar es difícil porque buena parte de nuestra socialización ha estado marcada por la sospecha, por cierta malicia para sacar provecho de los demás, por las argucias de la manipulación y por conseguir nuestras metas sin importar demasiado los medios empleados. Todo eso hace que la confianza no tenga un terreno propicio para crecer. Y, si a eso le sumamos una prevención suprema a no sufrir, a no entregarnos, a no colocarnos en actitud de indefensión, pues todavía resulta casi irrealizable confiar despreocupadamente.

Claro. La confianza se hace más complicada porque abundamos en mentiras, porque nos cuesta decir o enfrentar la verdad. A veces por miedo o porque en realidad no queremos aceptarnos como somos; por eso, tejemos una tela de embustes y apariencias que terminan por minar en las otras personas la credibilidad en lo que decimos o hacemos. Nuestra falta de transparencia, esa manera soterrada y brumosa de comportarnos, nos desdibuja, nos pone en la cuerda floja de la falsedad. Cuánto perdemos por no ser auténticos, por andar cambiando de máscara, por disfrazar una carencia, una falta, una decisión equivocada.

De igual modo se torna esquiva la confianza porque no somos honestos con nosotros mismos; porque preferimos el autoengaño que un valeroso balance con nuestras limitaciones. Así que, después de estar muchos años representando esa mascarada, terminamos por no saber lo que en verdad queremos o lo que da sentido a nuestra existencia. Por andar en esa simulación, suponemos que los demás actúan de la misma manera y, en consecuencia, nos privamos de los vínculos genuinos, de las relaciones duraderas, de los compromisos reales. Dicha falta de honestidad con nuestra alma es la que termina por dejarnos varados en la soledad, el aislamiento o la antipatía agresiva.

Sin embargo, a pesar de todos esos obstáculos, vale la pena arriesgarnos y abrir nuestro corazón a manos llenas, servir desinteresadamente, ofrecer un afecto, una amistad, un amor, basados esencialmente en la tranquilidad de nuestras elecciones y en la seguridad que nos produce el actuar limpiamente. Si somos fuertes en nuestro interior, si hay una certeza esencial que nos orienta la libertad, podremos aceptar que una estrella nos guíe, que la palabra empeñada siga viva así sea en un juramento, que los vínculos sobrepasen el paso de los años. Porque el que así confía reconoce en el semejante unas condiciones como persona, mayores a sus defectos o temores; porque es tal su abundancia de ternura, de solidaridad o compromiso, que logra completar en otro ser lo que le falta para alcanzar la gratuidad, el amor genuino, la franqueza de corazón.

Es probable que pasemos por ingenuos o cándidos al actuar así; no obstante, son preferibles esos epítetos a los de resentidos o recelosos. Para qué vivir siempre a la defensiva, poniendo la malicia o la desazón ante cualquier manifestación de afecto o la suspicacia frente a determinada confesión. Mejor confiar y lanzarnos a la realización de lo imposible que permanecer encarcelados por nuestros resquemores.

Inspirados, entonces, por la tradición navideña podemos intentar confiar más en los que nos rodean. O podemos invitarlos a que se quiten por un tiempo las espinas  para que sea posible el abrazo auténtico y la reconciliación. Es recomendable sanar los vínculos, hablar abiertamente de nuestros miedos al mismo tiempo que reconocemos la necesidad de compañía; es vital que apartemos de nosotros la desconfianza, la duda ponzoñosa, las aprensiones transmitidas como si fueran otra sangre, para dejar que crezca la posibilidad de la esperanza, de la ilusión que nos hace siempre mejores de lo que somos. Confiar es permitirnos recuperar la condición fraterna que nos distingue como seres humanos.