Té chai y mendacidad

Ilustración de John Holcroft

Ilustración de John Holcroft.

Milena: Te he visto muy concentrado en estos días.

Juan José: Ando investigando sobre la mentira.

Milena: ¿Y eso?

Juan José: Es tal la avalancha de calumnias, de embustes que uno escucha en estas épocas electorales, que me ha entrado la curiosidad  por desentrañar este modo de actuar de los políticos.

Milena: Eso ha sido de siempre así…

Juan José: Es posible. Pero hoy se ha vuelto un arma habitual de descrédito, un recurso cotidiano para mancillar un nombre o poner astutamente a dudar a los electores sobre qué es verdad de todo lo que dicen sobre alguien…

Milena: Mi padre se sorprendía de que la gente sabiendo todo ese cúmulo de patrañas, de promesas falsas, sabiendo eso, votaran por esos personajes.

Juan José: Me cuesta aceptarlo pero, según leí, el pueblo no soporta la verdad; y que por eso es mejor venderle algo de ilusión, de fantasías para soliviar su pobreza o sus múltiples necesidades. Mejor el sueño que la realidad.

Milena: Doloroso pensar que es así, aunque hay muchos intereses de por medio. Tal vez lo que secundan a los mentirosos es porque conocen la doble faz de estos politiqueros. Saben que ese discurso promesero es puro barniz, porque en el fondo hay lucros esperándolos, fraudes dispuestos a sus apetitos personales.

Juan José: Una de las cosas que me ha llamado la atención de esta pesquisa es el rompimiento de la confianza, de los vínculos, que trae consigo la mentira.

Milena: Sí, es muy difícil confiar en alguien si esa persona nos miente. Uno queda en la incertidumbre, andando como a tientas en las relaciones.

Juan José: Y poco futuro puede construirse… Al mentirle a alguien paralizamos el presente. El engaño tiene el mismo veneno de la mirada de Medusa.

Milena: Eso me parece una idea sugestiva…

Juan José: Debe ser porque te encanta todo lo de mitología. ¿Sabías que hay un personaje relacionado con esto de la mentira en la mitología griega?

Milena: No… ¿quién?

Juan José: Casandra.

Milena: Cuéntame…

Juan José: El relato, en síntesis, es la historia de una ninfa hermosa que cautivó a Apolo; ella le pidió en contraprestación de su amor, el don de la profecía; Apolo se lo concedió. Sin embargo, una vez obtenido este poder, Casandra le negó sus favores al dios. Apolo le impuso este castigo: podría leer el futuro pero con la desgracia de que nadie creyera en tales vaticinios.

Milena: Interesante. Otra vez la negación del futuro, ¿no?

Juan José: Casandra les advirtió a los troyanos que el caballo de madera era una trampa, que el rapto de Helena iba a traer enormes desgracias, pero nadie creyó en sus profecías. Ese es el problema: una vez la mentira instaura sus dominios es difícil que el porvenir tenga lazos con lo creíble, con lo verdadero.

Milena: ¿Y qué otras cosas has encontrado en tu investigación?

Juan José: Tantas, que este té chai no va alcanzarnos para contártelas.

Milena: Al menos empezamos a deshacer el ovillo…

Juan José: Un aspecto más es que la mentira necesita de otras mentiras para mantenerse en pie. No es posible que una mentira se sostenga sola. Para justificarla o darle cierta credibilidad es necesario un coro de mentiras secundarias que le den consistencia.

Milena: Por eso dicen que el mentiroso debe tener buena memoria…

Juan José: Así es. Pero lo que me llama la atención es el lastre que esto provoca. Un mentiroso acumula falsedades, teje engaños, urde falacias de tal forma que lo que parece una defensa termina siendo su encierro, su cadena. Lo que en un momento era protección, con el tiempo, es su propia indefensión.

Milena: Más rápido cae un mentiroso que un cojo, afirma el refrán.

Juan José: Es como un círculo vicioso: el mentiroso miente para defenderse pero ese mismo escudo se transforma en un cilicio torturante…

Milena: Ahora que lo dices, me parece que el mentiroso se parece mucho a Sísifo. Una y otra vez lleva sus mentiras a cuestas, las carga hasta la cima de la verdad, pero no puede alcanzarla nunca, y, entonces, debe volver al inicio, con otra mentira, a ver si con ella ahora sí conquista su cometido. No deja de ser una forma de castigo…

Juan José: En lo que coinciden varios autores es en que la mendacidad fractura o fisura la confianza.

Milena: No cabe duda…

Juan José: Yo tengo la idea de que la piel de la confianza es frágil, de que es un ser que demanda mucho cuidado para no estropearlo. Y creo que esa piel se va haciendo más fuerte en la medida en que la nutrimos con la verdad.

Milena: Algo poética la manera de entender el asunto…

Juan José: Fíjate y verás que es así. Las relaciones se hacen más fuertes si las lubrica la sinceridad, la franqueza. Entre más veracidad, más fuertes los lazos, más hondos y permanentes los vínculos.

Milena: Hasta razón tienes. Y la lógica contraria sería igualmente válida: las relaciones serán más raquíticas, menos resistentes, si aumenta la mentira, el recelo, la prevención.

Juan José: Además, Mile, nos olvidamos de que el mentir, especialmente, cuando hay afectos de por medio, provoca sufrimiento en otro ser humano.

Milena: Lo sé, uno ha escuchado tantas historias…

Juan José: Hay mucho de egoísmo en el mentiroso o, por lo menos, una falta de consideración sobre sus semejantes. El mendaz ignora  el sentimiento de otredad.

Milena: Quizá, por eso mismo, nuestra época tan egoísta, tan poco solidaria, favorece y rinde culto a la mentira.

Juan José: Porque así el sufrimiento de la otra persona no aparezca mientras exista el encantamiento elaborado por la mentira, lo cierto es que cuando todo se devele, cuando el engaño sea descubierto, el dolor será más hondo, más demoledor. Los mentirosos, aunque no lo sepan, son dilatadores del sufrimiento ajeno.

Milena: ¿No crees, entonces, en las mentiras por amor? Hay personas que piensan que es mejor vivir engañadas… que prefieren, precisamente no saber, para no sufrir…

Juan José: Si viviéramos en un eterno presente, eso sería posible. Pero estamos hechos de tiempo, de memoria. ¿De qué sirve ocultarle la verdad, al ser que decimos amar, si al final las evidencias de la realidad lo llevarán a conocerla? Eso es como la muerte…

Milena: ¿Cómo así?

Juan José: Pues, sí, tarde o temprano moriremos. Esa es una realidad de puño. ¿Para qué mentirnos esa verdad? A pesar de que no quisiéramos, aunque nos neguemos a aceptarlo, alguna vez llegaremos a ese término. ¿No sería mejor, por lo mismo, asumir la vida desde esa certidumbre? De pronto al aceptar dicha verdad de lo que somos nos lleve a otorgar otro sentido a nuestra existencia, a jerarquizar de otra forma nuestras actuaciones, a asumir la libertad de otra manera. 

Milena: ¿No será que los seres humanos se niegan a aceptar esa condición finita y por eso necesitan de la mentira?

Juan José: Es probable. Credos e ideologías han acicalado este destino del ser humano. Pero considero que no podemos dejarnos engatusar por la idealización de la vida o por una metafísica a partir de la cual falsificamos nuestra condición mortal. Seríamos una farsa caminante.

Milena: Bueno. Te pusiste filosófico…

Juan José: Tú me picas la lengua… ¿o será por el jengibre del té?

Milena: A mí me parece que uno no aguanta toda la verdad… Se requieren dosis, tacto para decir esas verdades hondas y complejas…

Juan José: De acuerdo, pero eso no es lo mismo que ocultarla o convertirnos en falsarios de oficio. A mí me gusta mucho citar ese verso de Emily Dickinson: “Di toda la verdad, pero dila sesgada…” Y el sesgo tiene que ver con el tacto, con el cuidado con el otro. Con preservar su dignidad, a pesar de cualquier cosa.

Milena: Y ya que hablas de poesía, no son los literatos unos hacedores de engaños con palabras…

Juan José: Así parece. Pero ese engaño es para revelarles a los demás, precisamente, una verdad. Es una mentira que, al ser descubierta, lo que trae en su médula es la revelación de una verdad.

Milena: Sin embargo, al fin y al cabo, es un engaño…

Juan José: Pero con una diferencia de las otras mentiras de las que veníamos hablando. En la literatura, por ejemplo, esa mentira es un engaño acordado. El autor y el lector hacen ese pacto. Por eso el goce y no el sufrimiento, por eso la alegría y no la tristeza de saberse burlado…

Milena: Escuchándote pienso que para enfrentar la verdad se requiere valor, y la gente, en general, tiene mucho miedo.

Juan José: Totalmente de acuerdo. El exceso de miedo nos falsifica, nos quita la autenticidad, nos enmascara el cuerpo y el alma. De pronto, un pueblo amedrentado prefiere las mentiras a las verdades; por eso los políticos más astutos –y hay uno en particular que tú y yo conocemos– son los que saben administrar ese temor, inocularle a la gente ese flagelo para que se traguen enteras todas sus mentiras. El miedo nos hace cómplices de falsedades, de calumnias, de odios infundados…

Milena: Y si a eso le sumamos lo que hacen los medios masivos de comunicación o la ligereza de las actuales redes sociales, pues el miedo parece ser parte del ambiente…

Juan José: No cabe duda. Estamos en un campo de batalla de embustes y chismes, de engañifas y verdades a medias…  Por ello, con mayor razón necesitamos tener criterio para seleccionar la almendra de la pajilla vacía.

Milena: Hay mala fe en todos esos que prometen y luego no cumplen o en los que ilusionan y después se arrepienten de sus compromisos…

Juan José: Yo percibo un afán de dominio en el que miente. Con esos engaños lo que se busca es someter al otro, bien porque  se saca provecho de su ingenuidad o porque esa persona no alcanza a entrever que le están manipulando sus sentimientos. Pero eso no sucede solamente en la política. También en las relaciones humanas, el que se entrega o abre sus brazos sin malicia, de alguna forma se expone a que le hagan pedazos sus más íntimos anhelos…

Milena: Por lo que observo en nuestro mundo globalizado, las gentes simulan y disimulan demasiado. Hay exceso de apariencia y un absoluto abandono de la autenticidad.

Juan José: Ese es un estigma que a muchos envenena. Eso y el autoengaño, que es para mí la peor de las mentiras, porque convierte a las personas en remedos de sí mismos, en títeres de madera de sus propios embustes.

Milena: Me dejaste iniciada con el tema. Tienes por ahí una recomendación bibliográfica para continuar conversando en la distancia…

Juan José: ¿Has leído a El libro de los ejemplos del conde Lucanor?

Milena: No…

Juan José: Es un libro del siglo XIV. Hay allí un cuento, que bien parece un apólogo, titulado “Lo que sucedió al árbol de la mentira”, te lo recomiendo…

Milena: Lo buscaré, a ver si me sumo a tus indagaciones sobre la mentira…

Juan José: Me cuentas lo que te sugiere ese cuento…

Milena: Ya nos encontraremos muy pronto, te lo aseguro.

Juan José: Espero que no sea una mentira piadosa.

Milena: Claro que no. Después de esta conversación, me cuidaré de no prometer cosas que no puedo cumplir…

Sobre la mentira

Ilustración de Angel Boligán Corbo

Ilustración de Ángel Boligán Corbo.

Una mentira trae consigo, para justificarse, otra mentira, y así sucesivamente. El precio de mentir es continuar haciéndolo en una cadena interminable. Castigo de Sísifo que arrastra una roca cada vez más grande.

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Determinadas circunstancias nos llevan a mentir; otras, a practicar un tipo de disimulo. En el mundo de las relaciones humanas, cada rostro es un sinfín de máscaras.

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El embuste de los niños se origina, en gran parte, por el miedo; el de los adultos, proviene del cálculo. En el primer caso, tememos al castigo; en el segundo, nos solazamos con la premeditación.

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El poderoso tiene que lidiar continuamente con dos emisarias de la mentira: la calumnia y la adulación. Tanto una como otra son malas consejeras para la toma de decisiones.

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Mentir es fácil; lo difícil es mantener exacta y sin contradicciones la mentira. El talón de Aquiles del embustero es el tiempo.

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¿Por qué necesitamos mentir a los seres que decimos amar? Para no hacerlos sufrir, contestan algunos. Pero, tarde que temprano, cuando la verdad aparezca, veremos en ellos aparecer sus lágrimas. Mentir es, en esencia, prorrogar el dolor.

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La mentira siempre es ocultación: de lo que fuimos, de lo que somos, de lo que anhelamos ser.

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“La falsedad nos enreda en todos los errores”, afirmaba San Agustín. En el fondo, el mentiroso lo que busca es enredarnos; hacer que la verdad se pierda en los laberintos de la duda.

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De tanto mentir vamos construyendo una máscara que termina por empotrarse en nuestro rostro. El simulacro se convierte en nuestra verdad.

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Siempre se ha dicho que la mentira debilita a la verdad; yo diría que es más bien un corrosivo para la confianza.

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La mentira necesita del rumor para fortalecerse; el rumor de la mentira para parecer interesante.

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Es reprochable el hábito de andar mintiéndole a los demás; pero lo que resulta imperdonable es mentirnos a nosotros mismos. El autoengaño es la peor de las mentiras porque va creando, lentamente, una falsa conciencia de lo que en verdad somos.

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El engaño es la escenografía preparada por la mentira. El teatro de falsedades requiere de un decorado seductor.

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Aunque resulte paradójico, hay vidas humanas en las que lo único cierto han sido sus mentiras.

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La verdad corta como los cuchillos afilados; la mentira, como las espinas de las rosas. La primera nos duele en el cuerpo; la segunda, hiere profundamente el corazón.

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Es indudable que la cobardía lleva a que proliferen las mentiras. Si no hay valentía en nuestro carácter seremos incapaces para reconocer nuestras fallas y huidizos para alcanzar nuestros deseos.

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Ironía: melancolía risueña que siente la verdad por la mentira.

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Ciertos mentiras se inventan para, según se dice, no perder a quien amamos; pero, por esos mismos embustes, se termina perdiendo dicho amor.

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Los políticos han hecho de la mentira un arma para desacreditar a sus adversarios y un recurso retórico para disfrazar sus promesas. Es decir, con ella engañan tanto a sus opositores como a sus seguidores.

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Determinadas mentiras tienen el fin de tapar o enaltecer. A veces son maquillaje para cubrir defectos o vicios y, en otros casos, pedestales para glorias inexistentes.

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Ciertas amantes mentirosas suponen o esperan que el secreto de sus pócimas retenga para siempre a sus amados. Eso puede durar un tiempo. Al final, Ulises es más astuto que Circe.

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Algunas mentiras nos protegen y otras, aunque no queramos, nos exponen: difícil resulta siempre jugar a ocultar la verdad.

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Hipocresía: disimular lo que somos y simular lo que no somos.

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La persona mentirosa padece la maldición de Casandra: aunque pueda decir algunas verdades, jamás llegarán a ser creíbles.

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Para ser un mentiroso hay que tener excelente memoria. No es fácil tejer y tejer telas de araña y luego acordarse de los lugares exactos donde se enlazan los nudos.

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Hay cierta complicidad del engañado para que el mentiroso cumpla su cometido: entregar su confianza sin prevenciones o creer cabalmente sin recelos. Los brazos abiertos olvidan la suspicacia.

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Lo difícil al descubrir una mentira no es tanto el perdón en el presente, sino la fractura de la credibilidad en el futuro.

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Enfrentarnos a nuestras verdades demanda esfuerzo y valentía; maquinar ciertas mentiras apenas es una dejadez de nuestro carácter.

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“No mencionar la cuerda en la casa del ahorcado”, aconseja el refrán. Sin embargo, a veces cierta sinceridad ayuda a que el condenado reconozca sus mentiras.

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Disimulo: etiqueta de la mentira.

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El arte finge la realidad para que, mediante ese artificio, podamos reconocer nuestras verdades más profundas.

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Ser o parecer: ese es el dilema del mentiroso.

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La franqueza riñe con la política, porque esta última prefiere los afeites y las lisonjas de la mentira. Los políticos lo saben: al pueblo le gusta más escuchar promesas ilusorias que explicaciones reales.

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En la afirmación de San Agustín, de que “mentir es decir lo contrario de lo que se piensa con intención de engañar”, lo que se subraya no es tanto el contenido de la mentira como su deliberado propósito. No la flecha envenenada, sino la elección de la diana.

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Deberíamos aprender la lección del bufón medieval: decir las más crudas verdades como si fueran mentiras jocosas.

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El que no acude a las mentiras y se obstina en decir siempre la verdad es tildado de loco o de profeta. Por eso, la mayoría de los hombres hacen un pacto para ocultar sus genuinas intenciones o simular sus verdaderos propósitos. Vivir con otros es, en el fondo, compartir unas formas de mentira.

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Con la mentira pasa lo que con ciertos fármacos delicados, si nos equivocamos en la dosis podemos intoxicarnos o perder irremediablemente al paciente.

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El que miente quiere dominar: aprovecharse de la buena fe de otro, sacar ventaja de su ingenuidad o su abandono afectivo. La mendacidad, en sentido moral, tiene lazos con la humillación.

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Es mejor jugar con pocas cartas de la verdad para evitar blofear al barajar demasiadas mentiras.

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Si amar es compartir secretos, y los secretos entrañan una complicidad a toda prueba; entonces, cuando amamos constreñimos nuestra voluntad para evitar la traición o la mentira. Quizá el verdadero amor sea un acto de genuina valentía: la fidelidad a la palabra empeñada.

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Veracidad y mendacidad: estos son los dos caminos cuando entramos a relacionarnos con otros. Tal disyuntiva no es un asunto menor: en mentir o decir la verdad está la clave de los vínculos sociales.

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 “Oler la mentira como mentira”, pedía Nietzsche. Es decir, asumir nuestros límites, entrever nuestros abismos, aceptar nuestras falencias. En síntesis: nada de autocomplacencias.

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La mentira es leve, sale rápido de nuestra boca; la verdad es sólida y requiere de la prudencia de nuestros labios.

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La sinceridad es una mancha difícil de borrar; la mentira, en cambio, un mugre que cae al primer remojo.

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La obsesión por el poder trae consigo la facilidad para la calumnia, la irresponsabilidad  de envilecer a todo oponente. Las falsas imputaciones de los poderosos son la semilla del autoritarismo.

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Allí donde haya crédulos fervientes aparecerán ladinos mentirosos. La masa propicia en su frenesí tales engendros.

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Las redes sociales han hecho de la mentira una diversión peligrosa: cuando se junta la irresponsabilidad con la obsolescencia informativa lo más seguro es que la honra o la dignidad de las personas dependa del capricho del rumor colectivo.

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 “El reverso de la verdad tiene cien mil caras”, escribió Montaigne. Así que no quedan sino dos alternativas frente a las personas: o apostamos por confiar en ellas o vivimos en el permanente recelo.

 

El cronista y el etnógrafo

Caricatura de Waldo Arturo Matus

Un maestro de la crónica: Carlos Monsiváis. Caricatura de Waldo Arturo Matus.

Bien miradas las cosas, mucho de lo que hace un cronista –hablo del consagrado a este oficio– se asemeja al trabajo propio de los etnógrafos. Veamos algunas de esas zonas de confluencia y saquemos algunas consecuencias para los procesos investigativos.

Lo primero, y quizá lo fundamental, es que cronista y etnógrafo realizan un proceso investigativo que combina la labor documental con el trabajo de campo. No es cuestión de transcribir alguna entrevista suelta o un fugaz contacto con algún personaje. Por el contrario, es un ejercicio de inmersión, de convivencia, de trato frecuente con el objeto de nuestro interés. De allí que se necesiten esos dos momentos: una labor de archivo, de hemeroteca, de lectura de declaraciones o libros, de rastreo iconográfico o de audio. Tal equipaje previo es como la reserva para ir luego al campo, al encuentro con los informantes para entrevistarlos en su contexto. Si no hay una juiciosa y abundante tarea documental pocos serán los dividendos al estar “cara a cara” con nuestra persona seleccionada.

Y, en ese mismo sentido, tanto el cronista como el etnógrafo realizan un tipo especial de indagatoria con el informante principal: la llamada entrevista en profundidad. Es decir, necesita varias sesiones de diálogo con el entrevistado para ir ahondando en su personalidad, en su actuar, en su forma de ser y comportarse. Estas sesiones de entrevista están, por lo general, espaciadas en el tiempo y pueden hacerse en diferentes escenarios en los cuales se desempeña el entrevistado. Sobra decir que realizar este tipo de entrevista demanda una escucha atenta, un trabajo de sigilo y unas habilidades interpersonales para crear confianza en el otro. En suma, la entrevista en profundidad no es la realización de un cuestionario frío ni casual.

Es oportuno precisar aquí la importancia de la grabadora y la libreta de notas. La primera, por supuesto, para no dejar perder el contenido y los matices de la voz del entrevistado, y la segunda para anotar el poder silencioso del gesto, los énfasis trasladados a los ademanes, las vinculaciones del habla con los objetos, la indumentaria o para consignar determinadas afirmaciones que sirven como bisagras de interés para continuar el diálogo. Gracias a la grabadora nos ocupamos de mantener un diálogo genuino y no andar como escolares copiando un dictado; y gracias a la libreta de notas atrapamos indicios del personaje, “detalles del natural” que pueden ser de utilidad al momento de redactar el texto final.

Un segundo punto de confluencia es el relacionado con el valor de los detalles tanto para el cronista como para el etnógrafo. Precisamente, el historiador Carlo Ginzburg llamó la atención sobre la importancia de los detalles en una investigación y recalcó el proceso mental de la abducción para formar hipótesis con informaciones mínimas. Más aún, puso en alto relieve los detalles secundarios o marginales. Son estos nimios asuntos los que anuncian o prefiguran un campo de actuación o descifran toda una vida. El cronista y el etnógrafo, entonces, son sabuesos de los detalles, de indicios, de pistas. En este sentido, aunque son cualificados profesionales de la escucha, mantienen en su espíritu una reserva de sospecha para no creer todo lo que las personas dicen. Por eso, cotejan, entrevistan a distintos implicados, triangulan la información recogida, ponen en tensión posiciones opuestas. En todo caso, el cronista y el etnógrafo saben que la percepción de la realidad depende mucho de las emociones y los intereses de la gente. Y al igual que los detectives o los médicos saben que cualquier indicio puede llevarlos a descubrir el mayor enigma o resolver el más intrincado problema.

Un tercer asunto que vincula a cronistas y etnógrafos es el respeto a las voces de los informantes. No se trata de convertir unos testimonios en un pretexto para decir cualquier cosa o en tratar de embellecerlos porque molestan o poco gustan. Por eso es que abundan los entrecomillados en las crónicas y en los informes del etnógrafo. La fidelidad a las voces de los entrevistados, posee por lo demás otra virtud: la de dotar al producto final de verosimilitud. El cronista y el etnógrafo necesitan o tienen la obligación con el lector de hacer creíble lo que cuentan o dicen los informantes. Más que la interpretación de un hecho o la impresión de determinada persona, lo que buscan es mostrarnos sin intermediarios o falsificaciones el retrato humano o el cuadro de un acontecimiento. La credibilidad o validez de lo que muestren dependerá, en gran medida, del cuidado y fidelidad a las voces de los informantes.

Todo lo anterior no es sino la fase preparatoria de la crónica o el informe del etnógrafo. Ahora viene la segunda etapa en la que una y otro necesitan poner lo visto y escuchado en un texto llamativo, sugerente, amigable para el lector. Ese segundo momento es el de la reconstrucción narrativa. En un lado quedan los hechos y, ahora, –mediante la filigrana de la escritura– se convierten en acontecimientos. El cronista y el etnógrafo saben que en este instante se juegan los días o los meses de investigación previa. De lo que se trata en esta etapa es de organizar o de articular todos esos elementos encontrados mediante la mirada perspicaz, la escucha empática, la documentación exhaustiva. A veces resulta afortunado hilvanar la información manteniendo un hilo temporal, o puede resultar útil usar subtítulos como si fueran escenas de una película. La idea de montaje –tan definitiva en el cine– le viene bien a cronistas y etnógrafos. Uno y otro, en la sala de edición o en el cuarto de redacción, se dedican a armar el rompecabezas, a darle una unidad a lo que durante la investigación fueran momentos fragmentados o discontinuos. Esta labor de “ensamblaje” combina elementos propios de la narración (el suspenso, la tensión, el cambio de perspectiva), con otros tiempos para la descripción y el acopio de testimonios. Por lo demás, demanda un tacto especial para elegir lo vital de la información y sopesar el peso real del material recolectado. Y ni qué decir de la preocupación por la elección de las palabras adecuadas, la puntuación precisa y el aplomo para poner los adjetivos. Dicha preocupación al redactar es lo que provoca la emoción en los lectores, el vínculo secreto que da las crónicas o los informes de los etnógrafos su carácter altamente comunicativo.

Como se ha podido apreciar, el cronista y el etnógrafo se emparentan en el enfoque de investigación, en la referencia a un método y en buena parte del uso de instrumentos específicos. Ambos se nutren poderosamente de la observación, del uso de entrevistas y del trabajo de campo. Los dos aspiran a desentrañar lo que a primera vista parece insustancial o poco llamativo, con el fin de hacernos más sensibles a la compleja condición humana. Cronista y etnógrafo, además, mantienen un lazo de sangre con la narrativa. Los productos terminados que ofrecen –las crónicas o informes– son una reconstrucción intencionada en la que es fundamental tocar la zona emocional del lector, provocar o mantener viva su sensibilidad. Quizá por eso tanto los cronistas más consagrados como los etnógrafos de largo aliento continúan nutriéndose de la tradición de la literatura. Ella sigue siendo, su fuente de inspiración y también su punto de llegada.

La disyuntiva de los dos caminos

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El camino no elegido

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo,

Y apenado por no poder tomar los dos

Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie

Mirando uno de ellos tan lejos como pude,

Hasta donde ser perdía en la espesura;

 

Entonces tomé el otro, imparcialmente,

Y habiendo tenido quizás la elección acertada,

Pues era tupido y requería uso;

Aunque en cuanto a lo que vi allí

Hubiera elegido cualquiera de los dos.

 

Y ambos esa mañana yacían igualmente,

¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!

Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante,

Dudé si debía haber regresado sobre mis pasos.

 

Debo estar diciendo esto con un suspiro

De aquí a la eternidad:

Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,

Yo tomé el menos transitado,

Y eso hizo toda la diferencia.

 

He vuelto a mirar el poema de Robert Frost, “El camino no elegido”, en la traducción de Agustí Bartra, y me ha entrado el deseo de hacer algunos comentarios sobre este texto, en la perspectiva del proyecto vital.

El título nos da una pista para comprender el eje significativo del poema. En medio de las “dudas” y los “quizá”, lo que nunca sabremos es qué hay en ese otro camino no elegido, qué pasaría si la elección hubiera sido esa. Nunca conoceremos si habría sido una mejor opción que la del “camino menos transitado”. Y no sería una buena práctica de vida lamentarnos por eso; o imaginar lo que habría pasado si hubiéramos regresado sobre nuestros pasos para cambiar de ruta.

El poema de Frost, aunque nos habla de las disyuntivas que tenemos las personas a lo largo de nuestra vida, a pesar de reiterar que hubiera sido lo mismo elegir una u otra opción, lo que recalca es la elección por el camino menos transitado, el que a todas luces era el más incierto o, por lo menos, el más “tupido”. Lo que el poema subraya es que la preferencia fue por el más desconocido, el menos familiar o común. Quizá el poeta quería señalar que en medio de las opciones, a veces es mejor –para establecer una diferencia notable– tomar el sendero menos previsible a pesar de no tener una absoluta certeza o una evidencia positiva de tal alternativa.

Eso parece ser lo deseable. No obstante, queda la pena de no poder vivir al tiempo las dos posibilidades, los dos derroteros. Porque ejercer la libertad es, de alguna manera, disolver la discrepancia y optar por uno de los dos. Algunos dirán que lo mejor es recorrer uno primero y  luego el otro. Sin embargo, nadie nos puede garantizar que tengamos el tiempo suficiente para hacerlo o que pasados unos años sintamos el mismo deseo o la misma atracción por la vía no seleccionada. A veces acontece que la preferencia de un camino termina por hacernos olvidar otras posibilidades; ya ni pensamos en dicha disyuntiva. Lo seleccionado tiene tal riqueza o interés que termina sellando otras opciones.

Claro, también están los que descubren que esa vía no era la suya; que por ser un camino menos transitado, exige un esfuerzo mayor, una tenacidad o una resistencia en el viaje que no todas las personas tienen o desean adquirir. Entonces, la vuelta atrás parece inevitable. Ese retroceso puede tener un final feliz, a pesar de que al volver sobre nuestros pasos no encontremos igual lo que parecía otra salida a nuestro proyecto vital. O quizá, ya pasó su fascinación o no contamos con la edad suficiente para asumir ese viaje. Todo eso es posible. De pronto todo el proyecto vital de un ser humano se basa en eso: elegir o renunciar.

Puede que el éxito sea un buen indicador de que la predilección valió la pena; o puede que ese mismo éxito no garantice nada sobre la elección correcta. En todo caso, al tomar un camino, al seleccionar esa ruta en medio del “bosque amarillo”, no nos queda otro recurso que seguir avanzando, abriendo trocha, creando con cada uno de nuestros pasos un itinerario de valoración. Solo al final, bien al final, sabremos si esa decisión fue la más acertada o si, definitivamente, fue un largo equívoco. El sentido del camino está al final, ese es el problema y ese el enigma de toda existencia humana. Hay que hacer la travesía para validar el acierto o el error de un escogimiento.

En consecuencia, por más que nos llenemos de “suspiros”, por lastimeros que sean nuestros lamentos de cara a una alternativa equivocada, lo cierto es que esa fue nuestra opción, nuestra toma de partido. A lo mejor es aconsejable optar por los caminos menos transitados, pero nadie puede garantizarnos que seremos felices o cabalmente afortunados. El proyecto de vida de un ser humano consiste en trasegar, en ir enfrentando disyuntivas, en ejercer cotidianamente nuestra libertad. Es en el culmen de nuestra vida, hacia el ocaso de nuestro proyecto vital, que sabremos el peso o la valía del camino elegido.

 

Entrevista a La Lectura

Georgy Kurasov.

“Mujer leyendo con naranja”, pintura del ruso Georgy Kurasov.

Encontré a La Lectura envolviendo regalos, en una de las librerías al norte de Bogotá. Me aceptó esta entrevista contagiada quizá por el espíritu navideño que, según ella, tanto la beneficiaba. Hacia el mediodía compartimos un capuchino en una cafetería situada en el patio interior de la librería. De manera afable contestó a mis interrogantes. Aunque sigue siendo joven, es una mujer madura; su vestuario es más clásico que moderno, usa zapatos de tacón mediano que combinan muy bien con una pañoleta de seda china. La montura de sus lentes tiene visos dorados.

—Una primera pregunta, apenas obvia por lo que estamos viendo en estos tiempos, ¿cree usted que se está leyendo menos que hace unos siglos?

—Es posible. Hay una pereza y una apatía por leer en buena parte de las nuevas generaciones que ha mermado el interés por mis servicios. Usted sabe que no soy fácil para ofrecer mis favores; quien me requiere necesita concentración, paciencia y un interés continuado.

­—¿Las nuevas tecnologías la han desplazado?

—Un poco, si se refiere a acceder a mí en el formato libro. Pero las gentes me siguen utilizando en otros medios y soportes; bien parece que aún no hay alguien que me substituya cabalmente. Pienso que estas nuevas tecnologías me han convertido en algo muy operativo, muy pragmático. Cuánto extraño a esas personas que me dedicaban su tiempo con total devoción. ¡Qué dicha era tener tantos adoradores de tiempo completo!

—¿No habrá influido la familia? Es evidente que padres y madres no leen frente a sus hijos por andar engolosinados con la televisión.

—Sí. Esa es una buena razón. Son contados los hogares en los que mi presencia sea central para la crianza o como parte de un proceso formativo. Lo común es que no logre encarnar en hábitos ni que me consideren un artículo de primera necesidad.

—¿Y la escuela?

—La escuela ha sido mi aliada, mi gran defensora, mi más querido benefactor durante siglos. ¡Qué sería de mí sin las aulas, sin el apoyo incondicional de los maestros y maestras! Yo me siento a gusto allí.  Los escenarios educativos son un lugar propicio para desplegar mis alas; son un vivero, un hábitat ideal para que echen raíces mis posibilidades, mis riquísimos frutos. Yo les debo tanto a los maestros, ellos son los que me recomiendan, los que me sacan de anaqueles claustrofóbicos o de vetustas bibliotecas. Por ellos permanezco en la memoria de los más pequeños y a pesar de la desidia de los estudiantes tengo un encuentro, así sea intermitente, con ellos.

—Noto que son las generaciones mayores las que más velan por su continuidad.

—No crea. Hay unos cuantos jóvenes que me buscan con asiduidad. La curiosidad y el placer son un buen aliciente para no abandonarme. A veces creo que mi adeptos y seguidores con seres excepcionales o no tan comunes. Más bien son espíritus sensibles, inquietos, preocupados por el sentido del mundo y de la vida. Claro, también están los que anhelan poblar su ocio de aventuras o de fantásticas situaciones para escapar de un mundo cada vez más repetitivo y desesperanzador.

—A propósito de esto, ¿qué consejos le daría usted a alguien que a pesar de intentarlo, se priva de conocer sus favores?

—Le diría que halle su “nicho” de interés, que encuentre un tema, un motivo que lo inquiete y, desde allí, que se anime a buscar un libro, una revista, un sitio en internet que esté conectado con dicha zona de su gusto. Hecho esto, que por mera curiosidad visite una librería, que se deje incitar por ese ambiente. Y que en medio de todas esas voces mudas, indague por algún texto relacionado con su tema. Que lo compre y lo lleve a su casa como una provocación. Después viene lo difícil: que lo empiece a leer y logre terminarlo. Para ello le aconsejaría que no intente llegar al final de una vez; que vaya por partes, dosificando, luchando con el sueño y con la televisión. Es más: que se desconecte de ese aparato unos minutos y los trueque por mi compañía. Le diría, además, que hable con los amigos y amigas de aquello que va encontrando durante nuestras citas silenciosas.

—Parece retadora la invitación…

—Yo ofrezco manjares que merece la pena conocerlos. Aunque pueda parecer al inicio un tanto exigente, pertenezco a las abanderadas y defensoras de que lo demasiado fácil empobrece el espíritu.

—Por qué no nos comparte algunos de sus más grandes beneficios…

Lo intentaré, aunque debo confesarle que no es fácil hablar de mí con tanta vanidad. No obstante, enumero seis de los que parecen mis mejores atributos: Primero: soy la posibilidad para que las personas vayan del pasado al futuro sin moverse de su casa. Mi piel es un infinito mar o un camino interminable. Segundo: soy un alimento para desarrollar la imaginación y, según sé, contribuyo a que la vejez no deteriore tan fácilmente el cerebro de las personas. Mis fluidos mantienen viva la red eléctrica de los cerebros humanos. Tercero: soy una compañía especial para las almas solitarias, para los amantes de la interioridad, para los que los atenaza la enfermedad o están constreñidos por muros inexpugnables. Presto mis brazos o mis ojos o mis manos para que el esclavo tenga alas, para que el solitario se sienta acompañado y para que el abandonado recupere la atención necesaria para sobrevivir. Cuarto: soy una magnífica cómplice de sentimientos, de pasiones, de proyectos y sueños. Me encanta contribuir para que los labios se junten, las promesas tomen cuerpo y los afectos hallen la palabra justa para convertirse en confesión o testimonio. Me gusta ser la celestina de los vínculos entre las personas. Quinto: soy una moneda valiosa para el diálogo entre los seres humanos. Por momentos sirvo para el trueque de asuntos cotidianos y, en otras ocasiones, soy en sí misma motivo de encuentros, charlas, tertulias y pláticas… Por eso tengo gran afecto por el vino, la bohemia, por los cafés y los sitios reservados. Sexto: soy, además, maestra silenciosa. Enseño, guío, muestro cosas y asuntos tan variados como complejos. Por mi sangre corre el deseo genuino de educar, y me llena de absoluta alegría ver cómo el ignorante se hace un poco menos rudo y el más necio adquiere para sí un poco de sabiduría.

—Escuchando todos esos beneficios, resulta extraño que haya personas que se priven de conocerla, o de apropiar esos favores.

—A lo mejor es porque no tuvieron buenos iniciadores, o porque el culto a la frivolidad de este tiempo hace que mis beneficios parezcan cosas densas o de gran esfuerzo… o quizá sea porque viven demasiado en función de la prisa, porque están tan obsesionados por la utilidad inmediata que se privan de beneficios de más larga duración.

—Y sobre esas campañas de los gobiernos para motivar a conocerla, sobre los planes estatales para fomentar su presencia, ¿qué piensa?

—En mucho ayudan. Especialmente a aquellos que por diferentes motivos han estado lejos de mis brazos. Estoy muy agradecida con esas voces  que impulsan un encuentro con mi mundo. Por supuesto, a nadie se lo puede obligar; ni ayuda mucho la imposición. Siempre he creído que mi mayor aliada es la libertad, el acto libre por escogerme sin que haya castigos u obligaciones morales. Al final de cuentas, el vínculo que ofrezco nace como una relación amorosa.

—Algunos han escrito que usted  mantiene una relación cercana con la muerte, que permite el diálogo con los ya fallecidos.

— Es cierto, gracias a mí hablan los que ya no tienen sangre en sus venas. Mis ojos son como la barca de Caronte que pone en comunión dos mundos. Y lejos de preocuparme por esta filiación con los difuntos debo decirle que me enorgullece en cada una de mis actuaciones recuperar para los vivos aquellas voces consumidas por el polvo y el olvido. Por eso creo que al desplegar mis ojos y mi memoria lo que hago es un homenaje a esas voces que merecen salvaguardar de la recordación.

—Y otros han dicho que si uno frecuenta demasiado sus favores se enloquece…

—Si por locura entienden lo que le pasó a mi devoto amigo Don Quijote, hay que decir que sí. Pero fíjese que su locura consistía en salir al mundo a resolver entuertos y luchar por los más desvalidos, en defender su amor de malandrines y en restaurar la edad de oro de la poesía. Si a eso llevan mis encantos, pues bienvenida sea la locura.

—Ha hablado de devotos, de sus adoradores excelsos, ¿qué rasgos tienen o deben tener?

—Ah, esos cómplices perfectos, que los hay, necesitan antes de cualquier cosa, visitarme todos los días. Algunos lo hacen como alondras en la mañana y otros prefieren, al igual que los búhos, visitarme durante las noches. Este es un rasgo esencial de mis adoradores: cortejarme todos los días. El otro aspecto que mis devotos admiradores poseen es una buena memoria para retener lo que mis ojos les confían. Mi amante ideal guarda mis palabras como si fueran tesoros. No sabe lo que disfruto comprobar la manera en que mis confesiones se convierten en frases memorables en la boca de mis fervorosos seguidores. Me parece que esas personas son fieles hasta el punto de volver a mí varias veces. Bueno, ese podría ser otro rasgo: disfruto enormemente que mis adoradores recorran de nuevo mi piel, que me redescubran, que repasen mi ser como si fueran caminos inexplorados. En este punto, soy una convencida de que solo los ritos dan trascendencia a las cosas que hacemos.

—No puedo dejar de preguntarle por esa otra señora admirable, La Escritura, ¿cómo son sus relaciones?

—Usted sabe que ella es una hermana para mí. Gracias a sus cuidados crecí saludable y por ella he multiplicado mis alcances. Nos vemos a cada rato, intercambiamos informaciones diversas y nos enorgullecemos de lo mucho que hemos conseguido juntas. Desde luego, ella es más seca, más silenciosa, más fría, si usted quiere, hasta que entra en diálogo conmigo; entonces, da gusto observarla en su locuacidad, en su manera de contar anécdotas, en su forma de cantarle a la vida, al mundo, al universo. Por momentos calla, hace una larga pausa, me mira expectante, y vuelve a narrarme eventos o aventuras de hace mucho tiempo. Cuando está en ese estado, me pide que la acompañe un poco más, que no deje de estar pendiente de sus ademanes y sus signos acompasados. Ella es mi hermana mayor, y la necesito como a mis propios ojos.

—Como sé que debe volver a su trabajo, déjeme terminar este diálogo haciéndole tres preguntas. La primera, ¿por qué la pintan a usted asociada con las alas?

—Tal vez porque disipo la pesadez de los espíritus. O porque yo misma soy pura imaginación. Y ahora que lo pienso mejor, me figuran alada por lo que tengo de evanescente o incorpórea; porque soy como un viento refrescante o porque mi ser está hecho de la misma materia que los ideales o los sueños.

—La segunda, que fue la que tuve la tentación de hacerle al principio: ¿por qué el libro sigue siendo su mejor carta de presentación, su heraldo irremplazable?

—Me toca usted un asunto del cual podríamos gastar muchas horas conversando. Pero, para no impacientar a los clientes que desde hace rato me miran ansiosos, le diré que los libros son una especie de medios para comunicarme; son el ropaje que mejor me sienta. Un espacio en el que respiro con facilidad y me hace desplegar toda mi energía. A veces pienso que por ellos me he hecho más cercana a hombres y mujeres, a niños y jóvenes; gracias a ellos tuve rostro y fisonomía reconocible. Los libros son mi soporte, mi sangre, mi herencia. Y aunque actualmente hay otros adalides electrónicos, me sigue gustando mucho esa forma rectangular hecha de papel y tinta. Me encanta vestirme con esas manchas, con ese atuendo artesanalmente encuadernado.

—Por qué no me regala, como cierre de esta entrevista, una frase que podamos convertir en consigna para invitar a otros a conocerla y disfrutarla.

 —No es una frase propia, sino de un pensador que fue un adorador incansable de mis goces, René Descartes: “La lectura de todos los buenos libros es como una conversación con los mejores ingenios de los pasados siglos que los han compuesto”. Como ve, mi forma de ser ha sido y sigue siendo una invitación a conversar.

 

Regazo de la piedra

Ruinas de Tikal

Ruinas de la ciudad maya de Tikal.

I

Eres un tiempo hecho de tiempos

un Cristo doloroso, adolorido.

Eres la tierra antigua

la de campesinos de colores vivos.

Eres humo, aromas, infinidad de inciensos.

En cada calle guardas una leyenda

en cada lago un misterio

en cada aldea un santo.

Nada huye de ti, nada se escapa

eres el gran regazo de la piedra

la genital permanencia de los nombres.

Todo en ti suena a procesiones de palabras

Chichicastenango, Chiquimula, Atitlán.

Todo en ti suena a ritmo de pirámide

Subes o caes a la par de la obsidiana

Eres el jade, el tejido, la acuciosa mano

No hay nada en ti que no sea un altar

una promesa

Todo en ti se guarda, todo en ti pervive.

Guatemala, no sabes nada del olvido.

 

II

Y tus campos, tus hombres, tus caminos

se elevan sobre la omnipotencia del volcán

de los volcanes.

Eres la resguardada por la lava

la íntima, la del rubor eterno

Tardas en dar tu miel, eres pudor

Y cuando extiendes tu abrazo, al abrirlo,

das el mejor manjar, das tus secretos.

Cómo sabes, cómo hueles, cómo gustas.

Picante, picante

Eres también la reunión de lo diverso

la conjunción, el resplandor, el choque

Tus pobres, tus mercaderes de calle

Tus niños que siempre cuidan cualquier cosa

Todos ellos se aúnan, se agolpan, se refunden.

Guatemala, en ti conviven

la riqueza del más pobre y la pobreza del más rico.

 

III

Eres muchos espacios, varias formas

arquitectura dispersa en una urbe loca

El indio te soñó, el militar te hizo

por eso tus palacios son verdes, con cañones

y tus iglesias doradas, sin ventanas

por eso tienes calles donde toros enormes

imponen su ley de bronce, su silencio.

Eres todos los tiempos y ninguno

Fijeza, presente ebrio

vértigo del instante memorioso

abismo del que todo se acuerda por momentos.

Guatemala, en ti las madres y los hijos se hacen uno

En ti la sangre es también la roca.

 

(De mi libro Ese vuelo de palabras, Kimpres, Bogotá, 2011, pp. 33-35).

 

El proceso de componer un libro de cuentos

Amanecer alado

A finales del año pasado salió el libro Amanecer alado y otros cuentos, mi segundo libro de relatos, publicado doce años después de aparecer Venir con cuentos. La alegría de esta nueva cosecha de palabras es inmensa, y más tratándose de un género que ha estado cercano a mis búsquedas literarias.

El cuento, lo sabemos, es un aliado para recuperar las vicisitudes de hombres y mujeres durante su larga o corta existencia. Es un género con el dinamismo de la flecha, según pensaba Horacio Quiroga, y es el resultado de un ojo perspicaz de fotógrafo, al decir de Cortázar. Los hay de diversa temática: fantásticos, maravillosos, policiales, realistas o de ciencia ficción. Pero a pesar de esta variedad siempre tienen una fuerza narrativa condensada que los hacen interesantes o apetitosos como para devorarlos en una sentada.

Más no es de la historia del cuento de lo que me interesa escribir en esta ocasión. Quisiera profundizar en el proceso creativo que se lleva a cabo para lograr estos artefactos narrativos. Me interesa exponer las etapas del proceso de composición de muchos de los cuentos que he escrito, guiado por el deseo de hacer legible lo que a primera vista parece un acto espontáneo o venido de no se sabe qué zona del subsuelo psicológico.

El detonante siempre está en una anécdota. No sobra recordar que una anécdota es un hecho singular o interesante, un incidente, algo que me ha sorprendido o llamado poderosamente la atención. Esa anécdota puede provenir de muchas fuentes: un amigo que me cuenta la inexplicable infidelidad de su pareja; el conflicto de una mujer madura por tener un hijo a sabiendas de la pasada pérdida de un embarazo anterior; la muerte en soledad de un familiar; la resonancia del pasaje de una lectura; una situación cotidiana que aunque banal pone en evidencia el carácter de una persona; una coincidencia en un hecho realizado en tiempos diferentes; una frase lapidaria y contundente oída de paso; una imagen conmovedora vista o recordada; un conflicto sutil entre sentimientos; una situación posible o fabulada de un personaje histórico; una obsesión entrevista en un sueño o persistente en la duermevela… en todo caso, esa anécdota es el disparador, el fogonazo con que se inicia mi proceso creativo.

Casi siempre escribo esa anécdota en mi libreta de notas, o la pongo en mi “Despertario”, un cuaderno que tengo en mi mesa de noche. Hay anécdotas que devienen rápidamente en una historia y otras que permanecen hibernando por días o meses. También sucede que hay anécdotas que nacen y se quedan encerradas en un argumento y, otras, que de una vez lanzan sus primeros párrafos de manera rápida y sin contención. Lo común es que la anécdota vaya madurando en mí por días, hasta que ayudado por la memoria y la imaginación puedo atenderla con dedicación en la escritura. Me sucede, de igual modo, que hable sobre esa anécdota con amigos o familiares; se las relato sucintamente e invito a esas personas a que manifiesten sus opiniones al respecto. Es una especie de diálogo dirigido sobre un asunto que sigue bullendo en mi cabeza y que necesita ser atizado, enriquecido, azuzado por la conversación.

En algunas ocasiones la forma de extender o darle densidad a esa anécdota es la investigación, la lectura de libros o fuentes relacionadas con dicho motivo. Sin embargo, al igual que con las personas con que charlo al respecto, estas lecturas tienen la función de aumentar el campo de resonancia de la anécdota; explorar en las particularidades de un sentimiento; afinar la mirada y el vocabulario para nombrar algo que me interesa; conocer el simbolismo de un color; ahondar en una época, un estilo, una obra específica. Investigo para que la anécdota tenga un escenario de verosimilitud, para recoger información útil en esta etapa de incubación y rumia de la ficción.

La maduración de la anécdota trae consigo el desarrollo de un conflicto. Me complace explorar en aquellos asuntos medulares de la historia, pero cuidándome de no parecer aleccionador o moralista. El conflicto me lleva a perfilar los personajes que van a encarnarlo. Le gasto un tiempo a caracterizar estos seres de ficción aunque tienen elementos de diversas personas que les han servido de referencia. Me ocupo de describir tales personajes, ahondando especialmente en su forma de hablar, en los objetos que usan o los acompañan y en los gestos que hacen constantemente. Más que la descripción de los conflictos interiores busco que sus palabras los definan. Todo ello va gestándose en mi cabeza y se enriquece en la medida en que comienzo a redactar la historia.

El primer párrafo de un cuento es otro aspecto vital en mi manera de escribir. Si tengo ya esa entrada lo otro viene poco a poco; a veces son más los intentos fallidos que el acierto inmediato. Una vez cuaja ese primer párrafo los que siguen se desgranan como cosecha madura. Sigo creyendo que ese primer párrafo, como creía Umberto Eco, define el tono y el ritmo del cuento. En ciertos casos necesito, y de eso igualmente hablaba Rulfo, varios párrafos para encontrar el que mejor exprese lo que deseo narrar. Es una especie de búsqueda a partir de la misma escritura; una labor de socavamiento, de ir escarbando entre el mismo surco de las palabras.

Hay momentos en que el cuento avanza sin dificultad hasta lograr su fin. Esta escritura no está todavía corregida, afinada totalmente. Es una redacción en bruto que anhela descubrir su cierre. Otras veces, y el recurso era usado por Borges, la narración avanza hacia un final que ya tengo previsto pero que no sé con claridad cómo voy a conseguirlo. La narración se desplaza en pos de ese final, explorando alternativas para alcanzarlo. No obstante, y creo que eso me ha sucedido en la mayoría de mis relatos, el cierre corresponde a las propias fuerzas del conflicto, a las vicisitudes por las que van pasando los personajes. Prefiero que ciertos finales queden abiertos por la misma situación narrada o por el conflicto allí relatado, y eso lo he aprendido de observar con cuidado la sinuosa y variable condición humana. El final a veces queda como en punta, abierto al múltiple juego de las posibilidades o a la imaginativa interpretación de los lectores.

Finiquitado ese primer trayecto, henchido de un furor creativo, viene el lento proceso de la corrección. Esta etapa que se repite varias veces y en distinto tiempo aboga por la precisión semántica, por suprimir las voces repetidas, por un cambio de un signo de puntuación, por la inclusión o supresión de un detalle en uno de los personajes… Es una labor más de poda que de adiciones. Me agrada hacer esas enmiendas en horas de la mañana, y por lo menos durante una semana. En ese tiempo les leo el texto a personas cercanas para escuchar sus comentarios, aunque lo esencial es poner esa escritura en la voz de la oralidad. Al entonar esas grafías aprovecho la circunstancia para descubrir algo que no funciona cabalmente o detectar un signo de puntuación que necesita cambiar de lugar. Al oralizar el cuento recobro para la escritura la viveza de la palabra hablada, esa con la cual encantaba el primer narrador.

Pasados varios meses o años vuelvo a leer el cuento. La distancia ayuda a madurar la ficción, es su natural proceso de depuración. Por lo general encuentro algún detalle que amerita limarse o descubro un pequeño giro en la sintaxis que le permite a la prosa alcanzar un ritmo menos cacofónico o redundante. El tiempo ayuda a convertirme en crítico de mi propia producción. Al igual que Mempo Giardinelli, trato de ser inclemente con esa escritura, procuro leerla como algo ajeno, viendo en ella más las carencias que los aciertos. Concluida esa labor de curaduría en la composición me olvido de tal narración y me ocupo en otros proyectos. Transcurridos unos años, cuando noto que la carpeta en la que voy guardando estos diversos relatos contiene un número considerable, recupero cada cuento y lo someto otra vez al escrutinio de la relectura. Ahora desde la perspectiva de formar parte de un futuro libro, de ajustarse a la lógica de una publicación. Al organizar los cuentos desde esta óptica, varios de ellos se mantienen intactos y, otros, exigen unos pequeños retoques. Cerrada esta fase, envío a un corrector amigo los relatos para que los revise. Esas correcciones son la oportunidad para volver a inspeccionar lo que parecía definitivo. Después de otros meses el libro ya está listo para empezar la etapa de diagramación.

Por disfrutar este aspecto del diseño gráfico empleo varias jornadas en la selección de la fuente, en la caja tipográfica, en la ideación de las páginas maestras y en la concepción de la carátula. Una y otra variante desfila por la pantalla del computador hasta que una de esas opciones me deja satisfecho. Cuando ya está terminado el diseño hago una impresión, la anillo y me dispongo a hacer la última lectura de la obra. Al finalizar esta labor, con bolígrafos o marcadores de color hago los ajustes respectivos. Todo parece ya listo para enviar el material a la imprenta. Una vez me llegan las pruebas  de la editorial hago una última revisión, confiando en que no encuentre ningún error de esos que por más que uno vigila, siempre quedan por ahí, como un testimonio de las incorrecciones escurridizas. Aprobadas estas pruebas no queda sino esperar la llegada de esos cuentos en la hermosa forma de un libro. Un libro que, para mi gusto, debe imprimirse en un buen papel, estar cosido, mostrar cuidado en el empaste, e incluir solapas y colofón.

Sobre lo que sigue ya no tengo mayor dominio. Hay que llevar el libro a las librerías para que sean los lectores lo que hagan su dictamen; que compren el libro, lo lean y les produzca alguna experiencia estética significativa, entretenida, insospechada. Ese ha sido el modo como la literatura ha construido su camino; esa es la dinámica entre los que tratamos de escribir y esos otros cómplices que, como declaraba Cervantes en El Quijote, podemos llamar desocupados lectores. Son ellos los que terminarán dándole validez positiva o negativa a esos textos, culminando así el proceso de la composición de un libro de cuentos.

 

Doce deseos para celebrar el año nuevo

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Son variados los augurios con los que se despide la noche vieja y se celebra la llegada del nuevo año. Desde los baños y sahumerios, pasando por el uso de determinadas prendas, hasta el acopio de granos y la conocida tradición de adquirir y guardar en el hogar las espigas de trigo. Todas esas maneras de celebrar el cierre de un ciclo y el inicio de otro, abogan para que haya salud, prosperidad, abundancia, y la buena fortuna cobije los doce meses venideros. Aunque en esos agüeros hay raigambres de superstición, lo cierto es que se han convertido en prácticas populares que reúnen a la familia y promueven la alegría colectiva. Así que, embriagado por una vela aromatizada de canela, con un buen vino en la mesa, empiezo a comer mis doce uvas y formulo mis deseos para el año que comienza:     

Primer deseo: para que la paz en nuestro país deje de ser una presea política y se convierta en un genuino propósito de todos los colombianos. Que entendamos que hacemos paz en el trato digno con los demás, en las relaciones respetuosas, en la forma de resolver los conflictos.

Segundo deseo: porque merme la agresión cotidiana entre las personas, y no andemos con una piedra en cada mano y supongamos que así resolvemos los problemas. Que asumamos con todos los que nos relacionamos un pacto de no violencia convencidos de que la convivencia es un deber fundamental de todo ciudadano.

Tercer deseo: porque todos los medios masivos de comunicación mermen la información incendiaria y el chismorreo injurioso que tanto daño hacen a la opinión pública. Que se sopesen y verifiquen las fuentes noticiosas para no terminar amplificando la incertidumbre y contribuyendo a la polarización de nuestra nación.

Cuarto deseo: para que todo aquel que tiene un cargo público o es funcionario, considere que cualquier acto de corrupción deteriora su nombre,  el de su familia, y le quita recursos a los verdaderamente necesitados. Que todo corrupto asuma, aunque la ley no se lo exija, la vergüenza social y con ella el ostracismo propio de los traidores y renegados de su patria.

Quinto deseo: para que los corazones rencorosos y revanchistas sanen sus heridas y puedan abrir los brazos para la reconciliación. Que el resentimiento deje de ser el carburante de los enardecidos por un credo, una ideología o una doctrina, y el fanatismo el alcahuete de sus necedades y obcecaciones.

Sexto deseo: para que sea un delito moral menospreciar a los viejos, a los inválidos, a los que han cumplido un ciclo vital o laboral. Que haya respeto y consideración para los mayores, así ya no sean útiles económicamente y parezcan una carga para sus familiares. Que aprendamos de su experiencia y los hagamos sentir necesarios de alguna manera.

Séptimo deseo: para que los niños sean una “zona sagrada” que se debe cuidar, proteger y atender en su proceso natural de desarrollo. Que la mano del maltratador o abusador sea uno de los crímenes de lesa humanidad. Que nadie le quite a un niño o a una niña el espacio de ser libre, de preguntar y explorar lúdicamente. 

Octavo deseo: para que todo el que tenga un puesto de poder o de mando no lo convierta en un trono para la humillación y las venganzas personales. Que todo jefe renuncie al autoritarismo y la soberbia del déspota y promueva el liderazgo participativo.

Noveno deseo: porque cada ciudadano entienda que debe atender a sus deberes, y que el cumplimiento de las normas debe prevalecer sobre la justicia por la propia mano. Que respetemos las figuras de autoridad así no favorezcan nuestros caprichos. Que prescindamos de las argucias del atajo, de la trampa simulada, para eludir el camino recto previsto por la ley.

Décimo deseo: para que padres y madres de familia acepten con responsabilidad la educación de sus hijos, y no la deleguen en la escuela. Que entiendan la crianza como una práctica amorosa e ineludible. Que cada hogar asuma lo que le corresponde en su labor de crear hábitos, maneras de comportarse y pautas de relación. Que se esté continuamente atentos sobre los modos de proceder, de relacionarse y actuar de los hijos. Que los hogares no sean hostales de paso, sino verdaderas casas de acogida y diálogo formativo.

Undécimo deseo: para que el cuidado personal y de los otros sea una tarea de todos los días. Que convirtamos dicho cuidado en una higiene del alma. Que la indiferencia frente al vecino, al colega de trabajo o al prójimo, se cambie por la fraternidad acuciosa, el apoyo oportuno y el diálogo solidario. Que en lugar de la sospecha y la maledicencia asumamos como consigna el servicio y la diligencia.

Duodécimo deseo: para que la ética sea la consejera interior de todas nuestras acciones, y las virtudes hagan parte de nuestra zona de perfeccionamiento y mejora continua. Que saquemos tiempo de las otras obligaciones laborales para el discernimiento y la autorreflexión, con el fin de no perder de vista nuestro proyecto vital y poder así, con sabiduría, llevar una vida buena, digna y feliz.

Meditación navideña nueve: la cena de navidad

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Me fascina en el tiempo navideño la forma como las gentes llenan su mesa de alimentos en abundancia. Hay galletas, bebidas, dulces, carnes y platos típicos que despliegan su aroma y su color tanto en las casas más humildes como en los apartamentos de los más pudientes. La mesa se decora, se llena de frutas y de comidas en una bandeja generosa y multicolor. Hay en tal hecho un símbolo de celebración de los lazos familiares y un gesto de bienvenida para los peregrinos o visitantes inesperados.

La mesa ha sido un lugar privilegiado. Es sitio de reunión, lugar para el encuentro, espacio para la conmemoración y escenario vital para el diálogo, la confraternidad y las relaciones interpersonales. Sentarse a la mesa es, de alguna manera, además de disponernos para tomar un alimento, entrar en la zona de los vínculos humanos: socializarnos, escuchar a otros, decir nuestras propias palabras. La mesa nos reúne, nos convoca, nos llama a estrechar los lazos de la sangre o esos otros de la fraternidad y los proyectos compartidos. En la mesa recibimos lecciones de vida, muestras de afecto, testimonios de hondas angustias  o sueños profundamente ansiados.

Por supuesto, en la mesa acaece un evento vertebral de las fiestas decembrinas: la cena de navidad. El propósito es reunir a todos los miembros de la familia para celebrar los vínculos afectivos, la solidaridad y los buenos propósitos. Las viandas son el pretexto para congregar a los reticentes, a los que habitan lejos, a los que han empezado a perder de vista la fuerza de los lazos de la sangre o de la convivencia. Por eso mismo, la mesa servida, la abundante cena navideña, es sí misma un festivo reencuentro. Cómo se habla y se comenta, cuántas informaciones recientes se sirven a la par de manjares diversos. Sabemos que el encuentro reaviva los sentimientos y nos pone en una dimensión histórica; al escuchar a tíos y abuelos contar anécdotas  pretéritas recuperamos pedazos de nuestra propia vida y poblamos de sentido nombres que en un primer momento no significan gran cosa. Estar juntos disfrutando de la cena es también una oportunidad para que haya cruce de generaciones, para que los invitados más ajenos participen de los relatos fundacionales de un núcleo familiar.

Además, la cena tiene un sentido de acción de gracias que toca a todos los invitados o comensales. La reunión tiene mucho de rito tribal, de celebración comunitaria. Concluida la cosecha, pasado el tiempo del trabajo duro, viene el momento para levantar los brazos hacia el cielo en un gesto de infinita gratitud. Reunidos en torno a la mesa llega el momento de retribuir en algo todas las bendiciones o dones recibidos. Se canta, se conversa en exceso y se prueban colaciones y platos variados. También se bebe, brindando por los logros o los proyectos terminados; por los familiares que, a pesar de los años, siguen compartiendo y sirviendo de puente amoroso; o porque ha habido salud y el milagro de la vida prosigue en cada uno de nosotros. Por todo se agradece, a la par que se ríe y se comparte el alimento. A veces, como corresponde a la dinámica profunda de los ritos, también se baila. Pero el centro de todo este jolgorio ha provenido de la mesa, de lo que allí estaba dispuesto como un símbolo de participación de la cosecha y de retribución por los frutos recibidos.

Por eso, estas fiestas nos invitan a recuperar el espacio de la mesa, a salir de la burbuja personal o del bunker del cuarto privado para estar con los nuestros, con los amigos, con los compañeros de trabajo, o con aquellos otros que, aunque extraños, pueden llegar a ser nuestros conocidos. Animarnos a dejar el teléfono móvil, el correo electrónico, el chat incesante, y mirar a los ojos a quienes están al lado nuestro, es una petición o un rito que nos pide la mesa, un llamado a que forjemos con nuestras palabras y nuestra escucha la figura de la familia, del techo protector del hogar, de la alianza de ser comunidad. Aceptemos entonces, con entusiasmo y expectativa, la invitación a compartir el pan aliñado del afecto. Celebremos el regalo sensible de tener un grupo de personas que siguen siendo un sitio sagrado para resguardarnos, para renovar nuestras fuerzas o para multiplicar el alcance de nuestros brazos.

Meditación navideña ocho: las tarjetas de felicitación

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Felicitación Original de Cartero en Navidad. Época Alfonso XIII.

Es tal el regocijo que produce la navidad en nuestros espíritus que deseamos compartir ese estado con familiares, amigos, viejos conocidos y colegas de trabajo. Para ello empleamos tarjetas de felicitación y ahora mensajes a través de nuestros celulares y correo electrónico. Pueden ser frases divertidas, ingeniosas o consignas teñidas de trascendencia. Son saludos para compartir ese sentimiento de alborozo, cortas fórmulas para extender bienestar o un augurio de prosperidad.

Considero que tal práctica vale la pena mantenerla y fortalecerla. Primero, porque es un gesto comunicativo para ofrecer bienestar y no tanto de propagar negativamente las malas noticias. Es una especie de red de optimismo y de confluencia positiva de los astros. Segundo, porque nos obliga a pasar revista a aquellos seres que consideramos merecedores de nuestro mensaje. Esto nos hace recordar a personas a las que seguimos debiéndoles muchas cosas; en ese sentido, cada postal es como un reencuentro con nombres significativos en nuestro derrotero existencial. Tercero, porque los mensajes navideños invitan también a elegir un motivo, una ilustración y un mensaje específico acorde a las particularidades del destinatario.

Y ya que lo menciono, valdría revisar o cambiar esas tarjetas o esos “memes” que al ser tan virales ya no tienen rostro ni persona definida. Tendríamos que ser más originales, diseñar o escribir nuestras propias notas, enfocadas a delinear la fisonomía moral de un individuo, de atinar a describir algo de esos rasgos que diferencian a las personas y que las hacen únicas. Porque ahí está la clave de estas felicitaciones o saludos de navidad: las mejores son aquellas que retratan bien a un individuo o se sintonizan con un aspecto particular de su carácter. Esa es la difícil tarea de redactar esas pequeñas dedicatorias o esos mensajes sentenciosos: que lleguen al centro del corazón de un ser humano.

Pienso que estas postales son otra modalidad de regalo. Un regalo especialmente hecho de escritura. Lo que está en el fondo es redactar el texto mejor elaborado, bien pensado, reescrito y afinado para que diga lo que en verdad deseamos expresar. Por lo demás, las tarjetas de felicitación anhelan, por su belleza, por la calidad o la sutileza del lenguaje, ser guardadas. Son como páginas únicas de una historia personal o hacen parte de nuestro baúl de los recuerdos. Como quien dice: damos estas tarjetas para que perdure lo que allí se augura, ofrecemos esos parabienes para que al releerlos, renazca como un ave fénix lo que se desea. Podríamos decir que son amuletos de la buena fortuna o talismanes, consignas para que continúe el alborozo.

Bien miradas las cosas, estos mensajes de felicitación cumplen en navidad la función de un santo y seña para participar o estar en sintonía con el espíritu de las fiestas decembrinas. Son la forma de saludar cuando lo que anhelamos es el goce común, el bienestar de todos. Al recibir esas postales somos partícipes de una dicha ajena que, al hacerlo, empieza a encarnar en nosotros; luego, como si fuera una cadena de favores, necesitamos hacerla extensiva a otras personas. Esas felicitaciones, miradas en la lógica de lo imaginario, son los buenos días para entrar a la fiesta decembrina.

Por todo lo anterior, si aún no hemos enviado esas felicitaciones de participación de la alegría, si hemos sido demasiados olvidadizos o abiertamente desagradecidos, lo mejor es dedicar un tiempo para escribir ese mensaje, para sorprender al antiguo compañero de aventura con una nota que recuerde su brazo incansable y su fortaleza para no dejarnos en el camino; o redactar un breve reconocimiento a esos cómplices afectivos a los que les debemos no solamente momentos de placer, sino algunos hitos fundantes de nuestra historia. Todo eso lo podemos ofrecer en las modernas tarjetas virtuales o en las ya clásicas postales de papel. Los destinatarios sonreirán cuando las reciban y sabrán que otros seres los siguen guardando en su corazón a pesar de la distancia, y que, a través de esa escritura sucinta, casi cabalística, pueden acceder a la arrebatadora felicidad.