La innovación en perspectiva

Pieza gráfica de la agencia alemana DDB

Pieza gráfica de la agencia de publicidad alemana DDB.

Se aplica hoy el término innovación a tantas cosas y de manera tan indeterminada que vale la pena profundizar en sus particularidades y reales alcances. Al menos así lograremos ajustar conceptualmente lo que parece un simple epíteto aplicado al mundo de la empresa, los negocios o a procesos de diversa índole.

Lo básico es entender que la innovación parte de algo o se desarrolla sobre algo ya existente. Esto es, precisamente, lo que la diferencia de la invención. El innovador, en consecuencia, es un gran lector de los contextos, de la tradición, de lo que está en uso. Su proceder inicial, la chispa de su labor es observar con cuidado el statu quo, lo habitual, el trasegar de los hechos o las rutinarias maneras de hacer alguna cosa. No hay innovación sin esta previa reflexión sobre lo establecido. De allí, de ese fino y detallado estudio a lo vigente es que puede identificarse una fisura, un obstáculo, un problema, una falla, un gasto innecesario, una pérdida de recursos. Y al tener ubicado tal asunto es que brota o nace una idea innovadora. Repitámoslo: innovación no es una acción desprendida del contexto o alejada de situaciones concretas; por el contrario, nace de la perspicacia o indagación sobre hechos, procesos o situaciones instauradas.

La innovación es variada y diversa en sus alcances. Podemos innovar un procedimiento, un producto, un servicio, una práctica. A veces, la innovación se evidencia a lo largo de un proceso o se sabe de ella al concluir un objeto o una mercancía; en otros casos, puede darse en los materiales o en la forma de organización de las personas para lograr determinado fin. Hay innovación procedente de adelantos tecnológicos y hay innovación derivada de la investigación social o la investigación aplicada. No existe por lo tanto un único camino o se cuenta con un protocolo estándar para alcanzarla. Sirve la intuición, la serendipia, la visualización, la prospectiva, el estudio de casos, la experimentación. Tampoco se puede homogenizar o aplicar la innovación sin reparar en las condiciones locales o las variables de determinado contexto. Por eso, lo que parece menos innovador en un lugar resulta muy innovador en otro; o lo que parecía ser una innovación muy efectiva en una geografía termina siendo un fracaso en otro sector. Insistamos: la innovación no es una receta homogénea o de aplicación uniforme. Por ende, en una curva de desarrollo, la innovación sufre adaptaciones, transformaciones o modificaciones sustanciales. La innovación, como sucede con la evolución de la vida, es adaptativa, afectable por el entorno, sistémica y cumple un ciclo de existencia.

Otro rasgo de la innovación es el de ser una cadena de acciones y no una mera actividad desligada o desarticulada de un conjunto. Por eso se habla de un proceso o un proyecto innovador. En este sentido, la innovación aglutina a personas, recursos, operaciones, materiales y tiempos. El que se lanza a innovar necesita armonizar la concurrencia de muchas cosas. Ese es parte del éxito o la garantía para que una innovación encarne o perdure. Así que, innovar es también diseñar, planear, organizar y administrar heterogéneos elementos. La innovación no es solo una fugaz idea creativa sino un lento y persistente ejercicio de gestión y consolidación.

Un cuarto punto, que se olvida con facilidad, es la relación de la innovación con los procesos de cambio. Innovar demanda poner en cuestionamiento o en “crisis” lo conocido o habitual. Innovar es una invitación a cambiar, reformular, reorganizar o reelaborar algo. Entonces, si no se conocen o poca atención se presta a las dinámicas de los cambios, la innovación no echará raíces o será una ocurrencia genial pero sin repercusión o resonancia. Los grandes innovadores son a la par buenos estrategas para facilitar o propiciar planes de transición, pilotajes, reingeniería de procesos, ajustes escalonados. Es posible que otra de las claves del éxito de una innovación esté ahí, en fraguar ella misma su modo de generarse. Claro, a veces son unas las personas que diseñan y otras las que implementan, pero si la innovación no prevé las posibles resistencias o no ha ideado un itinerario para el cambio, tendrá grandes tropiezos o resultará entendida como una idea irrealizable, descabellada o inoportuna.

Es evidente que la innovación requiere de mucha creatividad. Sin ella, sin ese lubricante, no habrá ni reformas, ni alteraciones, ni mudas a lo permanente. Por eso mismo, las estrategias para innovar se nutren en gran medida de las técnicas creativas: la sinéctica, la lluvia de ideas, el análisis morfológico, la lista de atributos, la analogía, la resolución de problemas. Todos estos recursos contribuyen a que el espíritu innovador se concentre o tenga una propuesta ingeniosa y llamativa. Sin creatividad la innovación queda en reformas superficiales o conatos de novedad. Es importante subrayar que la creatividad enfocada a la innovación incluye procesos de pensamiento como la inferencia, la analítica conceptual, la alegoría, la heurística y la disociación semántica. Dicho en otros términos, la capacidad de innovar se potencia en la medida en que se desarrollan habilidades de pensamiento divergentes, laterales, creativas. Tal apuesta formativa debería ser tenida en cuenta por educadores o capacitadores empresariales.

Agreguemos a lo dicho otra cosa más: digamos algo con respecto al carácter o temperamento necesario para emprender una innovación. Los innovadores, y hay abundantes ejemplos para probarlo, son personas con alta capacidad para el riesgo, la aventura, el ensayo y error. Son audaces y con baja afectación a la crítica adversa o los comentarios burlones de los demás. Los innovadores poseen fortaleza interior y la suficiente autoestima como para sobreponerse a la crítica despiadada o la maledicencia. Pero, además de ello, los innovadores poseen tenacidad y fortaleza para no desfallecer ante la adversidad o sobreponerse a los obstáculos de todo tipo. El innovador posee tenacidad y una voluntad de hierro para persistir en sus propósitos. Estas cualidades son definitivas no solo en la etapa de ideación y gestación, sino al momento de implementar la innovación.

La última cuestión que me gustaría tratar es la de las condiciones para la innovación. Es sabido que muchas ideas innovadoras no cuentan al inicio con el apoyo o reconocimiento suficiente. Más bien hay un clima contrario o poco halagüeño para su florecimiento. No obstante, si las organizaciones o las instituciones son más flexibles en su estructura, si apuestan por la diversidad, si son más tolerantes con el error y no temen anticiparse al futuro, seguramente despuntarán con abundancia las ideas innovadoras o se incrementará una disposición hacia el cambio. En consecuencia, se requieren empresas e instituciones que confíen más en la creatividad de sus empleados y menos en la burocracia formalista y repetitiva, jefes o directivos que apoyen y secunden centros de excelencia, proyectos de investigación, laboratorios de innovación, o a personas atrevidas y arriesgadas para diseñar escenarios factibles o universos paralelos. Un ambiente, en suma, en que se pueda experimentar sin ser señalados o sancionados, en que el cumplimiento de las tareas no riña con el juego de imaginar futuros posibles, en que sea factible usar otras alternativas sin ser por ello tildados de “raros” o asociales. Construir y proteger ambientes innovadores es apoyar los disensos, creer en la ruptura de paradigmas, cultivar todo tipo de emprendimiento, azuzar el pensamiento complejo y volver lo inesperado una oportunidad para realizar los sueños imposibles. 

 

Liderazgo y cambio vital

Liderazgo y cambio vital

Un tiempo considerable de mi vida laboral ha estado vinculado a la asesoría y la consultoría en temas relacionados con la comunicación, la motivación, el liderazgo, los procesos de cambio y las dinámicas del proyecto de vida. Han sido muchos años trasegando con programas de inducción, seminarios, conferencias, cursos de capacitación; mostrando alternativas para mejorar el clima laboral o el trabajo en equipo. De igual modo, he desarrollado propuestas de comunicación asertiva, de liderazgo centrado en valores y una gama amplia de aspectos asociados con las éticas del cuidado y la necesidad de la formación integral. Todos estos asuntos han tenido como telón de fondo la educación tanto de adultos como de autoaprendizaje, sumada, además, a las técnicas de las narrativas autobiográficas y el discernimiento, recursos óptimos para favorecer el desarrollo personal y la preocupación por la alteridad.

Evidencia de esta larga experiencia en empresas y organizaciones, en instituciones privadas y públicas, es la que he agrupado en este libro. La mayoría de los textos corresponden a una evidencia de lo que he realizado o pensado, y, otros, pueden ser piedras de toque o reflexiones de entrada a un aspecto en particular. De allí que haya empleado también distintos recursos escriturales: la carta, el diálogo, el aforismo, el ensayo, las ideas fuerza, la glosa, el contrapunto, la disociación analítica. El propósito de esta pluralidad discursiva ha sido tener múltiples accesos al campo del liderazgo y los procesos de cambio, en particular los de la propia persona. No he pretendido ser exhaustivo, ni parecer erudito. He procurado presentar consideraciones y, en diferentes oportunidades, propuestas enfocadas a enriquecer un tipo de comportamiento o despertar el interés sobre temas como la influencia, la motivación, la sabiduría, los proyectos, la palabra, los ritos, la escucha, la táctica y la estrategia.

En varios apartados procuro comprender de una manera menos simplista o mecánica aspectos del comportamiento organizacional, de las relaciones laborales, o de aquellas responsabilidades de quien guía, o tiene bajo su dirección a otras personas. A veces se llega a un cargo o se ocupa un puesto de autoridad sin reparar en la preparación exigida ni en las delicadas consecuencias de tal investidura; esto no solo toca al mundo empresarial o institucional, sino a entidades como la familia, la escuela o asociaciones diversas. Por eso es fundamental tener cierta vigilancia sobre el trato, los discursos utilizados, los valores en juego o la idea de persona que imanta el derrotero de dichas actuaciones.

Cabe decir que buena parte de lo aquí dicho tiene el tono del consejo o la cavilación, procurando siempre advertir de una falencia moral o señalando una vía de trabajo sobre el carácter, la voluntad o las pasiones humanas. Así que, más que lecturas para satisfacer la curiosidad académica, son llamadas de atención, motivos para la meditación o puntos de reflexión sobre el descubrimiento de sí y los vínculos sociales. A eso invito, entonces: a permitirnos el tiempo para mirar nuestras propias actuaciones frente al poder, la dirección de grupos, el enfrentamiento a lo nuevo, el desarrollo de la voluntad y la toma de decisiones. Esto parece muy urgente hoy cuando abunda la irresponsabilidad, la corrupción, la mentira o el desprecio por los demás, y es necesario tener algunas luces para resolver los dilemas morales o prácticos de la existencia cotidiana.

La obra en conjunto subraya o invita a no perder de vista la ruta del proyecto personal; esto sigue siendo un buen indicador del sentido que vamos dando a nuestra experiencia y de qué manera convertimos nuestros errores o los retos más difíciles en acicate para seguir tallando la estatua interior, al decir del biólogo francés François Jacob. Esa es mi aspiración, y confío en que así será entendida por los caminantes lectores de estas páginas.

Abrazos

Tomasz Alen Kopera

Ilustración de Tomasz Alen Kopera.

Abrazar a alguien continúa siendo uno de los gestos mayormente utilizados por los seres humanos para mostrar o rubricar una variedad de afectos, sentimientos y pasiones. Dediquemos, entonces, unos párrafos a explorar en esta acción o rito de cariño.

La prioritaria utilidad de abrazar, su sentido básico, es el de exaltar o refrendar el amor por alguien. Abraza la madre a su hijo, el hermano a la hermana, el abuelo a su nieto. Ceñimos los brazos para que otra persona sepa o “evidencie” lo que las meras palabras no logran transmitir a cabalidad. Abrazamos a otro ser para decirle una vez, y muchas más, cuán importante es para nosotros, cuánto significa en nuestros proyectos más esenciales, cuánto ha entrado a formar parte de nuestra vida. Rodeamos al otro, lo abarcamos, para unirnos con él, para reforzar un vínculo afectivo.

De igual manera, se abraza para significar el perdón, para señalar una reconciliación o subsanar una herida, reanudar una relación, restablecer un vínculo roto. Estos abrazos tienen la fuerza de sellar o servir de juramento a la afrenta superada, al daño resarcido o al menos olvidado. Al abrazar así, al traer hacia nosotros al distante, al pródigo, al “ofendido”, lo que hacemos es ampliar el radio de acción de nuestra generosidad, de nuestra transigencia. Esta dimensión del abrazar dice qué tanta es nuestra capacidad para indultar la falla ajena o el error del congénere; muestra el temple de nuestra alma para dispensar los desatinos y faltas ajenas. El que abraza en estos casos renuncia al veneno del resentimiento y hace una amnistía con sus apetitos de venganza.

Agreguemos que abrazar es igualmente un gesto poderoso de solidaridad o de compasión. Bordeamos con nuestros brazos al familiar, al amigo o al semejante cuando una pena lo aflige, cuando ha perdido a un ser querido, cuando la enfermedad o la desgracia tocan a su puerta. En estas ocasiones, el abrazo cumple la función de ayudar a mermar el dolor, de dar fuerza o ánimo al que no ve ninguna salida a sus problemas o no aguanta la carga impuesta por la adversidad. Si es esta la situación, el abrazo la mayoría de las veces no necesita de palabras. Basta envolver al otro para contagiarle nuestra voz de aliento, nuestro apoyo moral o nuestra ayuda incondicional para su espíritu. Abrazar al necesitado, al débil o al abandonado es una prueba de nuestra solidaridad con el sufrimiento ajeno.

También abrazamos a ciertas personas para manifestarles el agradecimiento, la retribución sensible por un servicio, una ayuda, un apoyo vital de diversa índole. Al abrazar a esas personas lo que pretendemos es exaltarlas, reconocerlas, cubrirlas de unos dones o virtudes no fácilmente visibles para la mayoría. Estrechamos a esos seres, a veces con fuerza, para reiterarles una promesa, un pacto, una deuda espiritual, una herencia formativa. Al abrazar así, recompensamos de algún modo lo que sabemos es una obligación impagable. Los abrazos que ofrecemos a esos hombres y mujeres son expresiones de su grata aparición en nuestra existencia o de su valía en lo que somos como personas, profesionales o ciudadanos. Al abrazar a esos individuos les decimos que ni han sido olvidados ni es coyuntural su presencia en nuestra historia.

De otra parte, se abraza para proteger, para resguardar, para crear un muro salvador. Ese es el gesto supremo de la maternidad o de la paternidad, la acción mayor de altruismo o abnegación y el gesto último que todos debemos a los recién nacidos o a las criaturas más indefensas. Abrazar es bordear, crear una muralla en la que seamos nosotros los que nos exponemos primero al peligro o al miedo amenazador. En estas circunstancias el abrazo es un acto de custodia, de ofrecimiento de cobijo, de salvaguarda a la debilidad o la indefensión. Los abrazos, en consecuencia, se tornan escudos, aleros, cercados de carne, resguardo para el alma indefensa.

Y están, por supuesto, los abrazos apasionados, aquellos que ofrecemos o recibimos en la desnudez compartida. En estas ocasiones, el abrazo es un intento por fundirse en el otro, por amalgamar lo que deseamos o necesitamos tener en plenitud. Estos abrazos apasionados, tan desaforados como interminables, son confirmación y estímulo, preludio y epílogo de la entrega amorosa. Abrazarse, permanecer abrazados, es un acto de profunda intimidad, de total confianza, de cercar la sangre que tiende a desbordarse por las fisuras de los cuerpos frenéticos o en delirio. Dichos abrazos son, en suma, una muestra perfecta del culmen del deseo y, a la vez, un gesto sublime de prodigar ternura.

Dicho lo anterior, habría que permitirse con más frecuencia dar y recibir abrazos. O, al menos, estar más atentos para saber cuándo alguien los necesita. Porque abrazar es un modo de decirle a otro “aquí estoy presente” o de reiterarle un “cuentas conmigo”. Abrazar es una forma de comunicación muy poderosa porque implica la acogida, porque demanda abrirse para otro y porque lleva a juntar los cuerpos para estrechar los corazones. Es decir, a poner muy cerca y en sintonía el palpitar de nuestra condición humana.

Animales parlantes: maestros del hombre

Milo Winter

Ilustración de Milo Winter.

Señala Carlos García Gual que, en el caso de la fábula, “los animales revelan verdades universales concernientes a la naturaleza humana”. Son las bestias las que mejor ayudan a que las personas nos reconozcamos en aquellos rasgos o características no aceptadas o asumidas. Son esos vicios –escondidos, simulados– de los que se ocupa la fábula de forma indirecta. En esta perspectiva, la fábula cumple una función social en la medida en que pone en evidencia lo que un grupo humano malintencionadamente olvida o deja de considerar digno de valoración. La fábula, mediante ese espejo alegórico, evalúa la conducta de los hombres y advierte sus consecuencias.

Por esto se ha afirmado que la fábula tiene una función didáctica en asuntos relacionados con la moral o el comportamiento social. Su interés primordial, al presentar ejemplos o casos determinados, es la lección que desea comunicarnos. Hay una clara intención de instruir o enunciar un precepto. Son pequeños relatos enfocados a ofrecernos lecciones prácticas, claves morales para ser con otros, convivir o tener ejemplos para comprender las debilidades o vicios de la condición humana. Esas lecciones, que se concentran en la moraleja (epimitio) o en los pequeños textos que abren los relatos (promitio), son expresados de manera enfática, lapidaria, siguiendo el tono de la literatura sapiencial o de los textos con intención edificante.

Aunque debemos advertir que en muchas fábulas es al lector al que le corresponde inducir o deducir lo que está detrás del sucinto relato. La puesta en acción de esa instrucción moral implica comprender el sentido alegórico y figurado; por ello, el fabulista construye su texto invitando al lector a un ejercicio de descubrimiento, de adivinar lo que esconden aquellos diálogos entre animales parlantes. Semejando el mecanismo de la parábola o del chiste de “doble sentido”, la fábula enseña acentuando el tono sugerido: simboliza, elabora una analogía, aboga para que descubramos “la verdad” implícita en aquellas ficciones. No es extraño, entonces, que sea necesario releer algunas fábulas para entender la “lección ética” escondida.

Usando el estilo alusivo, impersonal, la fábula enseña o señala asuntos sobre los cuales los seres humanos somos muy susceptibles o poco aptos para recibir la crítica. Lo hace sin personalizar, sin agredir, sin entrar en la confrontación directa. Más que indicar una prescriptiva explícita o censurar de forma manifiesta, invita al lector a “meditar” o a “reflexionar” sobre sus propias conductas o las de sus semejantes. La lectura de la fábula presupone un acto de autoexamen o de comprensión ajena sobre asuntos “prácticos” como el gobierno de nuestras pasiones, la mejora de nuestros defectos y la vigilancia sobre nuestras bajezas y banalidades. “Aquí está el ejemplo”, señala la fábula; y depende de cada uno sacar sus propias conclusiones. O, para ponerlo en términos más coloquiales, la fábula instruye bajo la lógica de: “al que le caiga el guante que se lo chante”.

Como puede inferirse, la fábula posee un ingrediente crítico útil para la formación del carácter no solo de los más pequeños. A la par que señala una acción inadecuada o destaca las consecuencias de un comportamiento indeseable, deja una reverberación en la mente de los lectores al emplear el humor, la exageración, la sátira, el remedo. “La ironía tiene un rol fundamental en nuestro perfeccionamiento interior”, ha escrito Jan Jakélévitch. Mediante la rápida recordación del verso o apelando a la identificación narrativa, la fábula trae consigo un buen resultado formativo. Ese fue el potencial educativo que vieron escuelas occidentales de filosofía como los cínicos y los estoicos y otras de cuño oriental, como el hinduismo y el budismo.

En todo caso, entre más leemos y releemos fabulistas de diferente tiempo y nación, notamos que la acción presentada por los animales en cada relato es semejante a un pequeño teatro al que asistimos para “purgar”, en el sentido dado por Aristóteles, cierto aspecto de nuestro ser o del convivir con otros. Y al igual que en una tragedia, al acercarnos a esa representación de bestias parlantes, sentiremos temor, porque podemos caer en una situación análoga a la expuesta en la fábula, o tendremos algún tipo de compasión debido a que, al evidenciar un vicio moral en otros, entenderemos la lucha interior por la que pasa el personaje, puesto que nosotros alguna vez lo padecimos o aún hoy seguimos luchando para superarlo.

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Ilustración de Gustavo Doré.

El ruiseñor enamorado y la golondrina fugaz

A veces los actos compasivos de amor, cuando son más necesarios para alguien, ponen a uno de los amantes en el dilema de desaparecer o mantenerse. O si no, repárese en la historia del ruiseñor enamorado y la golondrina fugaz.

Un ruiseñor, de canto fuerte y alma sensible, se enamoró de una golondrina. Fue en julio, al regresar las dos aves de uno de sus vuelos migratorios. El ruiseñor, con silbidos expresaba su adoración por la golondrina, también le ayudaba a hacer su nido, le buscaba insectos especiales para su alimentación, y advertía con trinos de los gavilanes que merodeaban a su amada. La golondrina decía también amar al ruiseñor: le prodigaba besos furtivos, respondía con su canto al llamado y con sus gorjeos exaltaba al cantor que la miraba extasiado.  Todo parecía ir muy bien. A las dos aves les encantaba volar juntas en el cielo azul y expresar, aunque a la golondrina no tanto, su felicidad al viento. Sin embargo, por causa de una tormenta, el ruiseñor se fracturó una de sus alas. Le pidió, entonces, a su amada que todas las tardes volara cerca al nido. La golondrina dijo que sí. Y por varios días pasó veloz muy cerca de donde estaba el ruiseñor, alegrándolo con esa visita fugaz. Pero empezó a cansarse de ese rito del crepúsculo. En su corazón sintió la tentación del abandono, y lo que era un acto frecuente se volvió escaso, hasta desaparecer. Dicen que el ruiseñor aún sigue esperando el pasar de su amada golondrina y, que por eso, se lo escucha cantar durante horas desde el final de la tarde hasta bien entrada la noche.

Alexander Wells

Ilustración de Alexander Wells

El zorro y el chacal ventajoso

De tanto deambular por el mismo bosque, un zorro terminó por hacerse amigo de un chacal. El zorro le compartía muchas cosas: el territorio de caza, las presas que conseguía y, en algunas ocasiones, su guarida. Así pasaron muchas estaciones. Pero en un invierno, largo e inclemente, la comida escaseaba y los días pasaban sin que los dos amigos probaran un bocado. Frente a esa situación, decidieron separarse para buscar alimento. El zorro escarbando aquí y allá pudo encontrar una carnuda liebre. La mató y la escondió al lado de una gran roca, cubriéndola con hojas para luego compartirla con su amigo. El chacal encontró una camada de ratones en la cepa de un árbol viejo. Apenas logró entrar a la madriguera de una vez devoró apresuradamente todos los roedores. Terminada la comida, que por el afán le produjo un dolor estomacal, se echó al piso agarrándose la barriga. Así lo encontró el zorro.

—Mi única caza fue un flaco ratón y, con esta hambre, apenas alcanzó para un bocado.

— Entiendo, dijo el zorro, con cierta suspicacia.

—¿Y tú hallaste algo?, preguntó el chacal sobándose el vientre.

El zorro le habló a su amigo de la caza de la liebre, y dónde la tenía escondida para compartirla.

—¡Qué detalle el tuyo! —exclamó el chacal, yendo a paso lento por el dolor en su panza.

— ¡Vamos —repuso el zorro—, la tengo detrás de aquella roca!

El chacal, por todos los ratones ingeridos, apenas podía seguirle el paso al colega. El zorro se adelantó un poco, llegó a la roca, escarbó hasta encontrar la liebre muerta y la puso a la vista. Pasados unos minutos llegó el chacal y encontró al compañero entusiasmado:

— Ven, empieza tú —dijo el zorro.

— No, con este dolor no tengo ganas de nada —repuso el chacal—, sobándose el estómago.

— Si ese es tu deseo… —replicó el zorro, empezando su merienda.

Cuando iba por la mitad volvió a insistirle al amigo:

— Acércate, aquí tienes tu parte.

—No me siento bien —contestó el chacal.   —Mejor cómetela toda, que por lo que veo está deliciosa —agregó.

—No te imaginas cuánto —musitó el zorro.

Enseguida, con total fruición terminó de degustar poco a poco la liebre. Satisfecho de aquel banquete, se tendió sobre la hierba. El chacal, dando muestras de indigestión, vio al zorro quedarse dormido en una envidiable placidez.

Bien lo dice el felino refrán: “El amigo ventajoso con el tiempo pierde el alimento más precioso”.

La fábula: sabiduría práctica y espíritu crítico

Ilustración de Félix Lorioux

Ilustración de Félix Lorioux.

La fábula continua siendo una tipología textual capaz de sugerir, de aludir de manera indirecta asuntos o eventos que, de otra manera, serían demasiado evidentes o rayarían con la ofensa o la afrenta retadora.  Al estar organizada desde una estructura alegórica permite la ironía, el espíritu crítico, el humor o la sátira. La fábula, en esta perspectiva, toma ideas abstractas para representarlas de forma plástica. Hace tangible una idea, un concepto, un sentimiento, un vicio o una virtud humana.

Desde las ya clásicas fábulas de Esopo, pasando por las de Fedro, Babrio y todas aquellas otras de cuño medieval (las de Odón de Cheriton), hasta las ideadas o reelaboradas hacia el siglo XVII y XVIII por La Fontaine, Samaniego o Iriarte, esta forma de “enseñar deleitando” ha sido un recurso didáctico para aproximar a chicos y grandes en cierta sabiduría de la vida, cuando no en unos referentes de formación moral. Por ser elaborada de manera concisa y directa, por echar mano de las particularidades del mundo animal como espejo para la conciencia de los hombres, la fábula sigue ofreciendo amplias posibilidades creativas y, para los que amamos la educación, ofrece un caudal de recursos formativos.

Como bien lo ha estudiado Carlos García Gual y Rodríguez Adrados, la fábula está elaborada según un esquematismo o “armazón lógica” de tres elementos: a) una situación inicial, en la que se expone determinado conflicto b) una actuación, en la que los personajes eligen y toman decisiones y c) una evaluación de la acción o comportamiento elegido. En muchos casos la fábula tiene una lección o moraleja expresada al inicio (promitio) o al final de la misma (epimitio), aunque por la misma forma de elaborarla puede tener implícita la lección moral o el consejo esperado. Sea como fuere, la brevedad y la intención moral son consustanciales a la fábula. El efecto buscado es que el lector “entrevea” o induzca la sabiduría práctica derivada de esa pequeña narración.

Al poner a los animales a representar los variados aspectos de la condición humana, la fábula contiene un dramatismo exaltado por los diálogos o el juego agonista, por lo general, entre dos personajes. Dicho contrapunteo conlleva a la médula de la fábula; de allí que, en varios textos se dejen de lado extensas descripciones o se use la omisión de aspectos de la trama. Todos los elementos de la fábula están imantados por la “lección moral” o el “consejo práctico” subyacente. También por eso, se usan pocos elementos para pintar a los protagonistas o se parte del supuesto de que los lectores saben asuntos que no merecen explicarse. La fábula, como la caricatura, omite aspectos o detalles para concentrarse en su mensaje fundamental.

Sobra decir, y hay autores contemporáneos como Augusto Monterroso para ilustrarlo, que la fábula pone al descubierto, saca los “trapos al sol”, ayuda a develar lo que a todas luces desea mantenerse escondido, muestra el abuso del poderoso frente a las limitaciones del débil. Hay una función crítica de fondo, una intención de desenmascaramiento tanto a nivel personal como colectivo, que le otorga a la fábula un carácter contestatario o de denuncia. Y si bien provoca alguna sonrisa, ese gesto en el lector es el resultado de haber descubierto una verdad detrás de una modesta ficción, o descubrir tras la ironía, lo que con disimulo o fuerza las personas o la sociedad han tratado de ocultar.

Las fábulas que siguen son un pequeño ejemplo de lo que acabo de exponer, y son de igual modo una invitación para que los maestros y maestras renueven la lectura y escritura de esta tipología textual, tanto o más útil en nuestros días cuando campean, con total desvergüenza, los vicios morales y los contravalores. Estoy convencido de que volver a poner la fábula en el aula de clase es un excelente recurso para ejercitar el pensamiento crítico de nuestros estudiantes.

Jerry Pinkney

Ilustración de Jerry Pinkney

El gato y el ratón malherido

—¿Por qué no me matas de una vez —rogó el ratón malherido al gato.

El felino apenas lo miraba de soslayo, celoso de que la presa se escapara de sus garras.

—Prefiero la muerte a esta humillación —exclamó el roedor a punto de fallecer.

El gato hacía caso omiso a todos los reclamos del ratón. Ponía una pata sobre el roedor, pero sin ahogarlo; clavaba sus uñas pero en partes no tan vulnerables. Apretaba y soltaba a la vez al ratón en un juego inclemente.

—Al menos salva mi dignidad —suplicó entre ayes el roedor.

El gato observó medio muerto al ratón y pensó que lo mejor de la cacería no era atrapar a alguien, sino tenerlo sometido a su voluntad.

Ilustración de Jean-Ignace-Isidore Grandville

Ilustración de Jean-Ignace-Isidore Grandville

La cacatúa habladora y la vieja de manos huesudas

Para aquellos que desean siempre tener la última palabra, vale la pena recordar lo que le pasó a la cacatúa habladora y la visita fugaz de la vieja de manos huesudas.

Cuando alguien en una reunión iba exponiendo una idea, la cacatúa habladora levantaba su penacho e interrumpía el discurso para agregar algo semejante a lo que su interlocutor venía expresando; en otros casos, lanzaba una idea y ella misma se la respondía sin dar tiempo a que los asistentes dieran sus opiniones. También era común, que en las fiestas a donde era invitada, antes de que terminara el banquete la cacatúa parlanchina se trepara a una viga para hacer una intervención de cierre. Durante muchos años así se comportó la cacatúa parlanchina en las juntas o los eventos sociales donde asistía.

Hacia la mitad de su vida, una penosa enfermedad hizo que la cacatúa se resguardara en su nido. Estando allí, recibió la visita de una vieja de manos huesudas. El ave no tuvo tiempo de hacerla entrar porque, cuando se dio cuenta, la vieja ya estaba sentada a su lado.

—¿Muy enferma? —preguntó.

Antes de que la cacatúa le contestara, la vieja se respondió:

—Son buenos, de vez en cuando, estos reposos.

El ave quiso replicarle pero la vieja seguía en su monólogo:

—Yo visito a muchos enfermos, esa es mi tarea diaria.

La cacatúa empezó a sospechar que esa visita no era común. La vieja se levantó de donde estaba y mirando al ave le tocó con su dedo huesudo el curvado pico.

—Y a varios de ellos, les escucho decir sus últimas palabras.

La cacatúa miró a la vieja con ojos de súplica, porque deseaba vivir aún muchos años, y por primera vez guardó silencio.

Iela y Enzo Mari

Ilustración de Iela y Enzo Mari.

La mariposa insatisfecha

Una mariposa, de hermoso colorido, deseaba tener las tonalidades más bellas de la naturaleza. Aunque ya poseía una forma esplendorosa y unos jaspeados muy llamativos en sus alas, aspiraba que el sol la proveyera de los visos del ocaso. El astro rey le concedió tal don. La mariposa estuvo feliz por un tiempo, pero luego anheló los colores diversos del arco iris. El cielo le cumplió tal anhelo. Sin embargo, en la oscuridad la mariposa perdía su irisado traje. Así que le rogó a la luna que le confiriera la gracia de alumbrar en la noche. La luna, que sigue siendo una diosa de concesiones inapelables, aceptó dicha petición: la convirtió en una luciérnaga. “¿Y mis coloridas alas?”, preguntó la mariposa. La luna fulgurante permaneció callada.

Stéphane Poulin

Ilustración de Stéphane Poulin

El amo malhumorado y sus dos perros

Un amo de temperamento irascible y ánimo voluble tenía dos perros en su granja. El primero era dócil y propenso a zalamerías, se llamaba “Servil”; el segundo, algo reservado, buen guardián y cazador, tenía por nombre “Servicial”. El amo, cuando estaba tranquilo, al uno le daba la comida en la mano mientras le acariciaba el lomo; al otro, le lanzaba el alimento sin muestras de cariño. Las cosas eran distintas cuando el genio le cambiaba al amo: al primer animal lo maltrataba con insultos y patadas, en tanto al segundo lo agredía solo con palabras. Así eran las cosas en casa; pero cuando el amo iba de cacería, “Servicial” era más efectivo para perseguir conejos; en cambio “Servil” se dedicaba a ladrar, daba unas cortas vueltas en el bosque y volvía a buscar las caricias de su dueño. De regreso a la granja, el amo furioso, pateaba e insultaba a “Servil” y elogiaba en silencio a “Servicial”. Ya más tranquilo, cuando terminaba la jornada, el amo se sentaba a descansar y observaba con atención a sus dos canes. En el fondo de su corazón, sentía por un perro afecto con desprecio y, por el otro, respeto con admiración.

 

 

Nuestro sincretismo cultural

Vendedores ambulantes de Pedro Ruiz

“Vendedores ambulantes” (2009) del pintor bogotano Pedro Ruiz.

Si hay algo que nos identifique, no sólo a los colombianos, sino a toda nuestra América Latina, es la diversidad en comidas, vestidos, ideas, credos, ritos y, por supuesto, ritmos. Una diversidad que no implica exclusión de los otros elementos. Sincretismo, es más adecuado decir. Entre nosotros conviven, perviven y se contrapuntean, la devoción mariana, la superchería, la magia, el misticismo oriental, la brujería y también el vals, la cumbia, la salsa, el bambuco, el merengue, el paseo, la balada, el jazz, el rock… y también el estudioso de los antiguos textos grecolatinos, el versado conversador de taberna, el petulante cínico, el maestro, el esnobista, el sibarita o el lector de periódico, sobre todo de las páginas deportivas… Digo que conviven, no que se rechazan. Y esto se debe a que nuestras pequeñas ciudades, casi siempre vistas como un pueblo con edificios en el centro, son el punto de convergencia de la diáspora campesina, del desarraigo, de la huida de la violencia, así sea sólo como una memoria amarga; pequeñas ciudades, en donde se reúnen multiplicidad de aspiraciones, esperanzas, recuerdos y, por supuesto, el tinte o los tintes particulares de la región, de la vereda, del pueblito vigilante de la niñez. Esta imbricación hecha de sangre y memoria, afortunadamente nos hace –a veces, con peligro– aptos para recibir todo lo extranjero.

Basta ver un camión de servicio público, su consola, para llenarnos de este tipo de espíritu; basta ir a nuestros barrios para constatar el juego de variación entre el tendero, el señor de la fama; Don Julio, el de la panadería, Don Prudencio, el del granero que es también la miniplaza de verduras, frutas y cerveza… entre el señor de la droguería, y el del pequeño restaurante que siempre vende caldo con costilla. Basta ir a este espacio cultural, para convencernos de nuestro sincretismo que no es mero mestizaje, sino estado de tensión, de conformación, de metamorfosis. Al ser un continente demasiado joven, vivimos la tensión entre el recuerdo mítico y el imperativo histórico de una toma de posición ante los demás espacios culturales, ante los rostros de otros tiempos y otras geografías. Nuestro sincretismo es el resultado de haber sido colocados de pronto, súbitamente, en la historia de Occidente, violentándonos un proceso propio, distinto. Y es el resultado también, de haber podido asimilar tanta alabarda, tanto arcabuz, tanta espada, a punta de astucia, malicia, ingenio de curare y seducción de india. Aún los grandes centros comerciales, todas las metrópolis, conservan en su esencia, este espíritu sincrético nuestro que reúne, en un mismo punto, lo diverso.

Ante tal panorama, a uno le corresponde asumir una cuota de tolerancia y al mismo tiempo, un valor de diferenciación. Hablar de mejor o peor, de bueno o malo, cuando se hace referencia a las manifestaciones artísticas, artesanales, culinarias o musicales, es una necedad. Mas sin embargo, creer que todo es confusión, es un desatino peor. El bambuco y el pasillo, junto al río, el pescador y el lucero, junto al Mohán y la Madremonte; la cumbia y el mapalé, al lado del sonido del mar, del cimarronaje, del palenque y las antiquísimas historias de cadenas y muerte; el merengue y el paseo, junto al pueblo hecho de bahareque, junto al sol canicular y la sabana; el galerón y el joropo, al lado de la inmensa llanura, ese otro mar… en fin, la montaña, el río, la llanura, el valle, el mar o la selva, todos estos ambientes y ritmos se consolidan en nuestra identidad. Cada región –no sé si llamarlas folklóricas– aporta un ritmo diferente, como son distintos los tamales, la lechona, el sudado, y el sancocho, que dependen de la sazón de la región y de la tradición inherente a su elaboración. No suena lo mismo la hoja de plátano, el guadual, la ola, la ululante caña o el viejo guayacán; como tampoco vuelve a oírse igual el clamor del terruño infantil, luego de haber soportado la casa de inquilinato o el sordo y monótono repetir de los tornos. La gran ciudad trae sus otros ritmos, cercanos a la máquina eléctrica, al motor del automóvil o al indefinido pito de las computadoras.

No creo que nuestra tradición cultural sea la de la pobreza. Quizá sea pobre si la comparamos con la tabla del progreso de otras latitudes. Por lo demás, el subdesarrollo no es predicable en el arte. El ethos que informa cualquier manifestación cultural, brota o se desprende, ha escrito Octavio Paz, como un hijo maduro de la cultura que lo engendra. México nos ha enseñado tal valentía de lo propio, la actitud del que no se avergüenza. La nueva trova cubana también se ha situado en esa perspectiva. Al no reconocer nuestras producciones, nuestras creaciones brotadas de nuestro entorno y tradición, de nuestro vasallaje y nuestras luchas por romper tal dominio, al no reconocerlas, decimos, estaremos abocados a la transculturación, al neocolonialismo y, ya sabemos, que en arte, las formas no se importan, so pena de ser siempre imitación desactualizada.

II

 

Tomemos un ejemplo, de todos bien conocido, para constatar lo que he venido diciendo: “Pescador, lucero y río” de José A. Morales. Veámoslo por partes.

El pescador, que contiene la imagen del trabajo, de toda vocación no necesariamente alienada. El pescador que es símbolo de la búsqueda, al mismo tiempo que de la destreza: una mezcla entre azar y técnica. La suma de un oficio, una artesanía y el modo particular de unas condiciones de vida.

Luego, el lucero. El lucero que tiene el color de lo inalcanzable, la pasión por la altura, por el vuelo y por la eternidad de la luz. El lucero que persiste como vigía, como silencioso visor de todas las noches del que tiene la red o la atarraya, del que sale de pesca. El lucero que es siempre una ansiedad, al mismo tiempo que un amor imposible. Algo que vemos a diario, que nos asfixia con sus enormes ojos, con su brillo y que, sin embargo, no podemos tocar. El lucero, nombre de toda ilusión que aspira a ser corporeidad.

Finalmente, el río, la corriente, el constante fluir. El río que es como la vena, como la savia o como el mismo discurrir de la conciencia. El río que penetramos y que nos penetra. El río en el cual navegamos y hacia donde llevamos todas nuestras penas o nuestras alegrías. El río, hijo de la montaña. Herida de la roca y la tierra que se desangra zigzagueante, volviendo más húmeda la parcela, el cultivo; el río que embiste desbocándose y que nos aterroriza con su sequía. El río, en suma, donde se conjugan el pescador y el lucero; el pescador con su canalete y su canoa, el lucero como resplandor, como imagen que juega a perderse en la corriente.

Cambien ustedes el contexto, vuelvan el pescador un llanero, tórnenlo agricultor o artesano, llámenlo recolector, jornalero o mero campesino; cambien ustedes el lucero por una puesta de sol, por la palmera incólume, por las nubes negras y tristes, cámbienlo por la lluvia, por el arco iris, el viento o una flor; cambien ustedes, finalmente, el río por el mar, por la llanura, por el valle, por la sabana o por el desierto y no variará en nada, o en casi nada, esta confluencia de hombre, ilusión y naturaleza. Naturaleza que, por lo demás, está tan asociada a lo telúrico, al movimiento o las meras aguas, que siempre se identifican con la mujer. La mujer o el labio, la sonrisa, el lunar, la cadera o el beso. Mujer que es siempre nostalgia, como nostalgia es querer volver al bohío, al pueblo, al antiguo lugar del nacimiento.

El sincretismo se muestra en ese acto traslaticio de pescar el lucero, llevarlo al bohío y abandonar el oficio; en ese acto transfigurativo de no volver al río porque se tiene entre los brazos la ilusión, y en esos celos de la naturaleza que, a partir de la creciente, de su exceso, vuelve a apoderarse de lo suyo. El sincretismo es esa venganza de lo natural contra todo aquel que se atreve a robar su descendencia. El sincretismo es la defensa de un continente joven ante la barahúnda del tecnicismo; una forma de revancha ante la conquista brutal de la civilización.

Muerto el barquero, el equilibrio se reanuda. Arriba brilla el lucero y el río sigue su curso de reflejos y memoria de agua. Muerto el barquero, la armonía inicial vuelve a perderse entre pajonales y sombras de antiquísimos platanales.

Ya en la ciudad, el río puede tornarse calle y no nos queda sino la nostalgia. Saudade que es también identidad. Ya en la ciudad, la fábrica borra las estrellas tras su humo y el agua se inmoviliza por la pesadez de tanta escoria de máquina. Sin embargo, vuelvo a repetirlo, la naturaleza reclama una revancha. La polución no es sólo una palabra.

Y justo cuando hablamos de identidad, ese desquite del pescador, del lucero y del río, se nos convierten en la vieja cruz del abuelo, en el retrato arrugado de alguno de nuestros padres o en el amuleto de alguna tía beata. Si miramos hacia atrás, la identidad nos habla desde la sangre, desde la violencia; si miramos más, mucho más atrás, la identidad nuestra se llama invención. La invención de América, el sueño de Colón y el recorrido de un equívoco.

 

Cinco pecados capitales

Ilustración de Edward Bawden.

Ilustración de Edward Bawden.

El pavo real y la gallina cenicienta

El pavo real miraba con desdén a la gallina cenicienta. “Muy opaco es tu vestido”, le decía. “Nada de lustre tienen tus plumas”, volvía a recriminarle mientras extendía su hermosa cola multicolor. La gallina lo observaba con curiosidad. “¿Y no sufres por tan pobre vestido?”, preguntó orondo el pavo. “No, dijo la gallina, mi mayor orgullo no está en mis plumas, sino en mi vientre: otros se benefician del huevo que pongo todos los días”.

 

El cuervo y el ruiseñor

—No sé por qué dicen que es el canto más bonito —dijo el cuervo a un grupo de compinches.

—A mí me parece un canto igual al de otras aves —volvió a comentar, moviendo su larga cola para mantener el equilibro.

Subidos en la rama de un alto cedro los cuervos escuchaban a su camarada.

—Además, ese canto es débil, casi que ni se escucha…

El viento avivó el canto del ruiseñor y fue como una bofetada para el cuervo que con su pico buscaba alimento entre las hojas.

—Yo mismo poseo un repertorio que ya quisieran escuchar los habitantes de este bosque.

Y sin que sus acompañantes confirmaran el comentario, empezó a entonar unos graznidos gruesos, repetitivos, sin ninguna melodía o unidad tonal.

—¿Escucharon? La fuerza de este canto es digno de alabanza…

Los compinches asintieron con la cabeza y se sumaron en un coro que parecía más un croar de ranas que una alborada de pájaros.

El viento trajo de nuevo el canto del ruiseñor, tanto más hermoso cuanto disonante era la voz de los cuervos.

—Ese canto me molesta, irrita mis oídos —dijo el cuervo.

—Deberíamos alejar esa ave de este árbol…

Los secuaces del cuervo aceptaron la invitación y levantaron el vuelo hacia la copa del árbol donde estaba ubicado el ruiseñor.

—Vamos, vamos… que se vaya con su trinar a otra parte…

El ruiseñor que no había escuchado nada de la conversación entre los cuervos, apenas tuvo tiempo de huir al ver llegar a su rama una avalancha de alas y de picos agresivos.

—¡Qué tristeza! —dijo el ave— ya no lo dejan a uno tranquilo para tratar de imitar, con este canto, la alegría que siente el corazón al llegar un nuevo día.

 

El cerdo choncho y el gato criollo

El gato miraba al cerdo comer desaforadamente. Le sorprendía ver cómo su colega de granja devoraba yucas, plátanos, maíz y cuanta cosa encontraba a su paso. Pero lo que más le asombraba era el afán con que ingería todos esos alimentos. Subido en una mesa, con timidez increpó al puerco que lo escuchó sin levantar el hocico:

—Y por qué come usted con tanto afán?

El cerdo refunfuñó alguna respuesta que resultó confusa en medio del ruido al triturar una montaña de desperdicios.

—¿Y cuándo sabe usted que ya está lleno?

El cerdo ni siquiera se inmutó. Decepcionado de este diálogo fallido, el gato bajó de la mesa y fue a acomodarse en una banqueta cercana.

El cochino, después de hozar en un barrial buscando lombrices, se echó cerca de la cocina de la casa y empezó a roncar. Esta situación se repitió muchas veces. El gato pudo notar que con los años el puerco engordaba más y más. Hasta que en un diciembre, los chillidos del cerdo cuando lo iban a matar, llevaron al gato a profundas reflexiones:

—Mejor ser flaco y seguir con mi dieta de tomarme poco a poco el platillo diario de leche y algún ratón casual. De esta manera mantendré muy lejos el cuchillo del amo.

 

El toro de lidia y el buey manso

 “No sé cómo aguantas ese yugo todos los días”, le dijo el toro de lidia al buey robusto. El colega, cabizbajo, seguía comiendo su concentrado, detrás del cercado que los separaba. “Yo no me aguantaría ni un día esas labores”, agregó el toro raspando con una de sus patas el prado. El buey levantó la cabeza y dio una respuesta con toda tranquilidad: “Uno se acostumbra a lo que parece imposible”. El toro replicó: “A mí, si llegaran a castigarme como a ti, embestiría con toda mi violencia al vaquero de turno”. El buey repuso con serenidad: “Yo no siento rencor por quien me alimenta y me da techo”. El toro continuó: “A mí me hierve la sangre y enloquezco cuando veo un lazo o una cuerda que intentan detenerme”. El buey miró al toro con extrañeza: “Mi defensa es mi calma; con mi lentitud controlo a los que me hostigan”. La conversación entre las dos bestias corpulentas fue interrumpida por la llegada de un camión. Eran los encargados de conducir el toro de lidia a la plaza. El buey vio al toro embestir una y otra vez a quienes intentaban meterlo en el vehículo. Escuchó después los bufidos del animal, su pataleo, y la algarabía victoriosa de los vaqueros cuando acabaron con éxito aquella faena matutina. “Tarde que temprano ese hervor en la sangre conduce a buscar la propia muerte”, pensó el buey, a la par que continuaba degustando el desayuno.

 

La urraca encandilada

Cuentan que una urraca se dedicó a guardar en su nido metales, anillos o cosas brillantes parecidas. Llevaba dichos objetos a su dormitorio, construido en la rama de un alto árbol. Los demás habitantes del bosque la veían ocupada en esta labor de amontonar baratijas que tuvieran un lustre o un destello. Con el tiempo, la urraca poco comía y solo procuraba encontrar más de estas cosas fulgurantes o relucientes. Varias palomas contaban que desde lejos, especialmente en la mañana, se podía apreciar el resplandor que salía del nido de la urraca, pero que nadie podía acercarse hasta allí, so pena de recibir una sarta de picotazos. Se sabía también que no contenta con ese montón resplandeciente, la urraca empezó a llevar a su nido pedazos de espejos, pues se sentía orgullosa de ver multiplicadas sus pertenencias doradas en aquellos fragmentos de azogue. Y que de tanto llenar su nido de ese cúmulo de hojalata el peso de tales objetos la sepultó una noche mientras dormía. Un pájaro carpintero la encontró así, entre trozos de espejos, cubierta por las hormigas que la habían vuelto su gran festín.

Profesor, anímese a escribir y publicar

Ilustración de Aad Goudappel

Ilustración de Aad Goudappel.

Las ideas que siguen, además de referir un proceso personal con la escritura, quieren ser un estímulo para colegas docentes que desean publicar sus primeros textos, están en mora de consolidar su primer libro o se mantienen temerosos de entrar en relación con la producción escrita.

Aunque el tono sea autobiográfico, estas ideas están respaldadas por varias investigaciones sobre la escritura académica y un rastreo bibliográfico de muchos años. No son, pues, ideales utópicos, sino consejos salidos de la propia experiencia como autor y como editor independiente.

  1. INCORPORE EL HÁBITO DE ESCRIBIR

Una razón generalizada de la baja producción escrita de profesionales y educadores tiene que ver con el poco trato con la palabra escrita. Se escribe de manera esporádica y, en la mayoría de los casos, por una demanda externa o por una obligación institucional. No se cuenta con un hábito de escritura. Y al no tener “lubricada” esta herramienta, lo más seguro es la desidia o una multiplicada dificultad para estructurar un texto o atender las necesarias correcciones de un editor. Olvidamos que para lograr la destreza de escribir es necesario adquirir el hábito. Imponernos la disciplina de dedicar a un proyecto, a un ensayo, a un artículo, por lo menos dos horas todos los días.

  1. VINCULE LA DOCENCIA CON LA ESCRITURA

En buena parte de nuestras funciones en la universidad disociamos o no vinculamos dichas tareas. Investigamos una cosa, dictamos clases sobre otra y, si publicamos, lo hacemos sobre una temática diferente. Considero que si vinculamos, por ejemplo, la docencia con nuestra producción intelectual, seguramente encontraremos una vía propicia para aglutinar muchos de nuestros intereses. Pero, además, las tareas que pongamos, las investigaciones que dirijamos deberían no perder ese eje de nuestro interés. Resulta de igual modo provechoso convertir nuestros apuntes de clase en pequeños textos o en ensayos que sirvan de motivo para textos de mayor desarrollo.

  1. CUALIFIQUE LAS HERRAMIENTAS PARA ESCRIBIR

Proveerse de una buena caja de herramientas para escribir es fundamental. Como todo arte, la escritura demanda unos útiles específicos que le son idóneos y mediante los cuales logra cualificarse. Desde los diccionarios de dudas e incorrecciones del idioma, pasando por los diccionarios etimológicos o de uso del español, hasta los diccionarios ideológicos, contribuyen a afinar nuestra prosa o sacarnos de un impasse lingüístico que parece imposible de sortear. Los tesauros sobre determinado campo de conocimiento o un buen diccionario razonado de sinónimos son de gran ayuda cuando necesitamos precisar un concepto o darle variedad lexical a nuestros escritos.

  1. EMPIECE A PUBLICAR EN REVISTAS

Sin lugar a dudas, un primer escenario para hacer pública nuestras producciones son las revistas. Al enviar nuestros textos, ya sean de revisión bibliográfica o resultado de investigaciones, empezamos a reconocer lo particular de esas tipologías textuales, los requerimientos de cada publicación y a vivir la experiencia de ser leídos por pares de nuestro campo. Lanzarnos a publicar en revistas es una buena escuela para reconocernos y sopesar la calidad de nuestros escritos. Sobra decir que es clave ir encontrando esas publicaciones alineadas con nuestros intereses o esas otras en las que de manera estratégica deseamos participar. Y si hay tenacidad y apoyo, crear una revista. 

  1. PARTICIPE CON PONENCIAS EN EVENTOS

Otra excelente oportunidad para foguear nuestras producciones escritas es participar en foros, seminarios, encuentros o coloquios académicos. Vivir la experiencia de que nuestra ponencia sea aceptada y luego entrar en diálogo en paneles o mesas de trabajo con colegas sobre lo que hemos presentado es una fragua para ver la calidad de nuestros textos. Además de mantenernos actualizados es una ocasión para fortalecer las redes, los grupos de interés sobre determinada temática. Esta parece ser una buena recomendación para caldearnos en la escritura: al menos cada semestre escribir y presentar una ponencia en los variados eventos nacionales o internacionales.

  1. HALLE UN “NICHO” INTELECTUAL

No es recomendable la dispersión académica si queremos consolidar algún proyecto de escritura. Lo aconsejable es hallar esos “nichos” intelectuales hacia los que convergen muchas de nuestras actividades o que imantan nuestros estudios y nuestras investigaciones. Sólo profundizando en ese tópico es como lograremos “decir algo medianamente original” o hacer algún aporte con nuestra producción académica. Este eje, por lo demás, va proveyendo cierta seguridad o confianza al escribir porque otorga un dominio disciplinar y un aval bibliográfico que crea un escenario de respaldo a nuestra propia voz. El “nicho” hace que siempre tengamos un proyecto de escritura en curso.

  1. COMPILE LA PRODUCCIÓN DISPERSA

Por ser la escritura un oficio artesanal, los libros voluminosos no salen de un momento a otro. Más bien son el resultado de años de trabajo en los cuales sus partes van sufriendo un proceso de maduración, selección y reorganización. En este sentido, el libro empieza en la compilación, en agrupaciones temáticas, en tejer una red de relaciones que conviertan las partes heterogéneas en una unidad con significado autónomo. El libro se va haciendo pedazo a pedazo, capítulo a capítulo. Por eso es importante revisar si lo que tenemos disperso puede ir tomando la forma de libro; o si lo que hemos ido haciendo de manera discontinua deja indicios para convertirse en una obra.

  1. TENGA EN MENTE UN PROYECTO EDITORIAL

Cuando en verdad se tiene un vínculo con la escritura, siempre hay un proyecto editorial en curso, un libro en ciernes. A veces ese proyecto es de largo aliento y requiere muchos años para lograr terminarlo; en otros casos, el producto en cuestión puede necesitar semanas o meses. Pero lo importante, es que las demandas del quehacer cotidiano no desdibujen o posterguen interminablemente una meta de escritura.  Entonces, para no sucumbir a la inclemente lógica de lo urgente hay que concebir un plan, unas fechas, un itinerario de posibles avances. Aquí habría que dar un consejo esencial, sobre todo para los que hasta ahora se lanzan a este propósito: no se trata de tener el tiempo ideal para dedicarse de lleno a escribir, sino de ir poco a poco, hora tras hora, avanzando en dicho objetivo. Y cuando ya se logre finiquitar una obra, durante ese proceso hay que ir recolectando las semillas del nuevo libro.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

  • Fernando Vásquez Rodríguez, Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos, Kimpres, Bogotá, 2008.
  • Fernando Vásquez Rodríguez, Pregúntele al ensayista, Kimpres, Bogotá, 2007.
  • Fernando Vásquez Rodríguez, Las claves del ensayo, Kimpres, Bogotá, 2016.
  • Fernando Burgos (editor), Los escritores y la creación en Hispanoamérica, Castalia, Madrid, 2004.
  • Daniel Cassany, Describir el escribir, Paidós, Barcelona, 1989.
  • María Teresa Serafini, Cómo se escribe, Paidós, Barcelona, 1994.

A ver, señora enfermedad, la escucho…

Ilustración de Isidro R. Esquivel

Ilustración de Isidro Antonio Reyes Esquivel.

A ver, señora enfermedad, ¿qué es lo que desea decirme con su carraspera en mi garganta por más de un mes? ¿Por qué esa insistencia suya en negarme la voz o hincharme la laringe hasta el punto de dolerme pasar los alimentos? ¿Cuál es su tarea al querer impacientarme u obligarme a resguardarme del viento o de las calles que me encanta caminar? Dígame, sincérese conmigo, no tenga escrúpulos en contarme por qué se ha instalado en mi voz, poniendo como una larva tóxica el germen del silencio. No tema confesarme sus intenciones o, si eso le parece demasiado descarnado para sus propósitos, por lo menos deme un adelanto de sus más inmediatas aspiraciones. Porque, para hablarle en confianza, si es para enseñarme el valor de saber callar eso ya lo vengo haciendo desde hace años, cuando me impuse el cuidado de la palabra; o si su intento es que aprenda a no guardarme las cosas, a no tragarme lo que me molesta o me indigna, pues he de decirle que tal lección la he convertido en estandarte de mis relaciones interpersonales: ni aún en situaciones difíciles o adversas he optado por asumir actitudes maquiavélicas o que falsifiquen lo que soy. Y donde voy o participo procuro, con prudencia, no ser un agachado en mis principios ni un servil de designios ajenos. Entonces, señora enfermedad, creo que por ahí no está su verdadera presencia en mi laringe. ¿O es que el haberse instalado ahí, atenazándome las cuerdas vocales, es para prohibirme hablar en público y no tener la alegría de ser maestro? Si es eso. Le confieso que usted es un ser inclemente, nada compasivo. Porque eso sí es tocar el corazón de una pasión que me colma y llena mi espíritu de servicio. Pero, me pregunto, ¿para qué prohibirme a mis alumnos, a mi grupo de aprendices? ¿Será para anunciarme una de las posibles consecuencias de ya no estar en la universidad? No obstante, y usted me conoce, siempre hallaré recursos y espacios para seguir mi labor de maestro; eso es algo que está en mi sangre y que me acompañará hasta el final de mis días. Aunque debo manifestarle, que eso de condenarme al asilo en mi propia casa y no poder reencontrarme con mis estudiantes al inicio de este semestre, fue una afrenta demasiado dolorosa. En todo caso, tampoco creo que usted, señora enfermedad, se haya instalado en mi garganta por eso. Sabe que llegué a pensar que su intención era prohibirme hablar, compartir, dialogar; una actividad que disfruto y valoro en gran medida. Quitarme, por decirlo así, el trato frente a frente con los amigos y los seres que amo y aprecio tener cerca. Tal vez ahí usted supuso mal, porque ellos han estado cuidándome, a pesar de mi mutismo o mi limitado lenguaje de señas. Además, hay comunicaciones hondas, íntimas, que son supremamente efectivas para compartir esencias, vínculos profundos. Por eso, tampoco considero que ese sea su propósito mayor. ¿O será que ese inquilinato suyo –porque confío que pronto desaloje esa habitación de mi cuerpo– es más bien una forma de ponerme en trance para descubrir los beneficios de la paciencia? ¿Será que su larga permanencia apunta a demoler al hombre de acción y hacerle descubrir la lenta disposición de aquello que no obedece a su voluntad? ¿Es esa, señora enfermedad, su misión? Dígame. ¿Es la paciencia lo que está por detrás del ardor y la hinchazón de mi laringe? ¿Procede usted así, de manera indirecta? Es decir, ¿aunque aparece en un lugar físico lo que anhela es educarme en un espacio psicológico? ¿Así es su modo de proceder? Porque si esa es su meta, debo compartirle que ese sí se ha sido un duro aprendizaje, una lección abiertamente enfocada a demoler un bastión de mi carácter. Reconozco y acepto mi impaciencia cuando las cosas no obedecen a las riendas de mis intenciones. Me desespero, me desacomodo, y la ansiedad se me irriga como un virus letal. Si ese fue su móvil, ha sido una experiencia dura como la piedra. Lo que no sé, es si usted, señora enfermedad, quiere llevar ese aprendizaje hasta los límites cercanos al estoicismo o al temple de los anacoretas del desierto. ¿Me puede al menos decir si ese es su fin más secreto? De ser así, déjeme expresarle mis agradecimientos… Acepto que debo aumentar el umbral de mi calma, ampliar en mi espíritu el cultivo del padecimiento y descubrir el don de la imperturbabilidad. Sé que no será fácil, aunque la lectura del libro de Job y el testimonio vivo de mi madre, pueden ser ejemplos de primer orden… ¿Es ese su único propósito? ¿O hay otro objetivo de esos nada fácil de confesar? ¿Será que anhela que yo, hombre cumplido y celoso de mis compromisos, descubra el sentido de postergar o renunciar? ¿Es esa otra de sus intenciones? Hábleme, explíqueme. Si ese es su cometido, este es otro asunto que hiere un aspecto vital de mi ser. Seguramente usted conoce que soy un hombre de proyectos, de tareas asumidas con gran responsabilidad. Hay una disciplina y compromiso que impregnan muchas cosas de mi vida. Entonces, si su finalidad es formarme en esta dimensión del dimitir, del desistir, del prescindir o el dejar, pues tendré que reorganizar la agenda interior y replantear otra manera más gratuita e incierta de enfrentar mi existencia. ¿Eso quiere, señora enfermedad? ¿Anhela mostrarme los beneficios del desapego? ¿Es usted heredera de alguna tradición budista? ¿O es que quiere irme preparando desde estos sesenta y tres años para otros desapegos que va trayendo la vejez? ¿De eso se trata? ¿Quiere darme usted una clase de cómo empezar a vivir esa última etapa del ciclo vital? ¿O todo esto que le he dicho es una mera exageración, producto de mis dolencias y de las noches en que no he podido dormir? Ayúdeme a entender. ¿Puede comunicarme sus genuinos deseos? Créame, señora enfermedad, que tengo toda mi atención puesta en sus revelaciones. Soy solo oídos…

La escritura como terapia

Joey Guidone 3

Ilustración de Joey Guidone.

La escritura es una herramienta poderosa para el reconocimiento. A través de ella, mediante sus signos –que operan como espejos– podemos ir dentro de nosotros, indagar en nuestro interior, bucear en zonas poco frecuentadas. Este papel de la escritura hace parte del cuidado de sí y, durante mucho tiempo, fue un recurso de hombres sabios. Pero, ¿cuál es la manera de alcanzar tal cometido?, ¿cómo logra la escritura este efecto en nuestra persona?

El procedimiento es, en apariencia, sencillo: la escritura permite objetivar el pensamiento, volverlo cosa visible, palpable. Así que, al escribir podemos darle fisonomía a lo inmaterial de nuestras ideas, al evanescente fluir de nuestra conciencia. Ya detenido y hecho cosa observable, nos queda fácil identificar lo que de otra manera seguiría difuso o inasible. Al volver sobre lo escrito tenemos la oportunidad de reconocer, valorar, enjuiciar, sopesar lo allí expresado. La escritura, entonces, sirve de traductor al lenguaje cifrado de nuestro interior. Esos signos hacen las veces de intérpretes a esas zonas incógnitas de nuestro psiquismo.

Esta mediación estratégica de la escritura es la más usada por las llamadas terapias narrativas. Cuando el interesado o afectado escribe una carta o hace su autobiografía, por ejemplo, lo que busca con ello es hallar reiteraciones, vacíos, adjetivaciones particulares, saltos o continuidades en su propia historia. Como se sabe, vivimos en un presente instantáneo en el cual es difícil apreciar el recorrido o el itinerario de una existencia. Pero, al apreciar lo vivido en las líneas de la escritura, logramos comprender los intersticios, las constancias; esos hitos significativos o los cambios de rumbo en el mapa de una vida. La escritura da extensión a lo vivido como casual o momentáneo. Por eso estas terapias hablan de que mediante estos ejercicios la persona logra hallar un sentido a su vida, tejer las coordenadas para ubicar el origen de un miedo, un trauma o una dolencia en el alma. Al hallar ese horizonte será más fácil aceptar un defecto, un vicio, una culpa y, en consecuencia, poder iniciar un proceso de cura o sanación interior.

En esta misma perspectiva resulta muy útil la escritura para revelar el rostro de nuestros miedos más profundos. Al escribir nombramos lo que a solas y en silencio no nos atrevemos a pronunciar. Poner en grafías lo que tememos o nos fractura el espíritu es un poderoso antídoto contra aquellos monstruos acrecentados por nuestras angustias y ansiedades. Escribir sobre lo que tememos es poder darle fisonomía a lo que nos paraliza; es tener la oportunidad de enfrentar “cara a cara” lo desconocido o sin forma definida. La escritura apuntala, define, delimita, otorga rasgos y señales a todas esas criaturas que amenazan nuestra tranquilidad o que, por muchas razones, nos negamos a aceptar como parte de nuestros haberes personales. Podría decirse que la escritura nos ayuda a reconciliarnos con esos otros rostros que también somos, pero que negamos o eludimos o queremos condenarlos a un exilio anónimo y secreto.

De igual manera, la escritura permite desahogar, vaciar o expresar estados emocionales molestos o tóxicos. Opera como un proceso de catarsis, de purgación, de limpieza espiritual. En este caso, escribir obedece más a las lógicas de la escritura automática de los surrealistas o de los flujos de conciencia de la novela moderna. No hay cortapisas ni prescriptivas; la idea es dejar salir lo que nos acucia o nos duele adentro; darle total apertura a la escritura para gritar o reclamar, imprecar o maldecir; abrir las esclusas del alma para que vocifere, se queje, así sea en forma desorganizada o con las reiteraciones de un lamento. Escribir de esta forma es contribuir al desahogo, a usar otro tipo de lágrimas para purificar el corazón atormentado. Lo fundamental en estas ocasiones es olvidarse por completo de la corrección idiomática o de las normas gramaticales, y sintonizar con las urgencias de nuestros afectos, sentimientos y pasiones. Escribir, en consecuencia, es un medio de liberación, de exorcismo o de desbloqueo a todo aquello que atenaza, constriñe u obstruye el espíritu.

Hay en buena parte de estos usos de la escritura como terapia una apuesta por conferirle a las marcas de esas grafías el portar huellas de nuestro inconsciente. Es decir, el escribir da indicios de otra dimensión de nuestro ser, no siempre legible por nuestra razón. A través de los signos de la escritura podemos, como detectives, hilar las pistas de una identidad, la laberíntica construcción de una forma de ser, actuar y pensar. De allí que, cuando escribimos, comunicamos mucho más de lo que creemos; también expresamos –como si fuera un aserrín– cosas diversas y contradictorias, asuntos que si logran tejerse adecuadamente, pueden entrever o revelar una parte esencial de nosotros. Y aunque no se detecte o se ubique cabalmente su significado, lo cierto es que con el tiempo o con el suficiente autoexamen lograrán darnos un mapa bastante cercano del territorio que somos.

Por todo lo dicho, es aconsejable de vez en vez empuñar la escritura no tanto para crear mundos fantásticos o ficticios, sino para explorar en los mares hondos de nuestra interioridad. A lo mejor, escribiendo, tendremos la oportunidad de desentrañar nuestro iceberg personal y, al mismo tiempo, comprender la causa de esas dolencias que tanto pueblan nuestro espíritu de preocupación y sufrimiento.