Un foro sobre lectura crítica

Afiche Foro XX

Como reflejos o ecos del reciente Foro Pedagógico (el vigésimo) organizado por la Maestría en Docencia de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de la Salle, y cuyo tema central fue “la lectura crítica y sus estrategias”, he anotado en mi diario los siguientes apuntes:

1. La necesidad imperiosa, especialmente en un mundo hipermediatizado, de alfabetizarnos en la lectura de estas tecnologías. De no ser consumidores pasivos de información, sino activos lectores de las mismas. Tal alfabetización comprende tanto el conocimiento de las especificidades técnicas y del lenguaje particular de cada medio, como avizorar y estar alertas de las implicaciones éticas y políticas de los mensajes emitidos por ellos.

2. Subrayar el hecho de que la lectura crítica es una toma de distancia, un poner entre paréntesis lo que leemos, escuchamos o percibimos en los diversos medios masivos de información. La toma de distancia es un antídoto contra la ingenuidad, el conformismo o la desidia intelectual; es de igual modo una forma de defensa ante la uniformidad ideológica, los engaños seductores del consumo y las falacias de los que abusan del poder. Esto, por supuesto, entraña cierta dificultad: ser un lector crítico es tener la capacidad para autocuestionarse, para decir lo que no es “políticamente correcto” o tener el valor para denunciar lo que a todas luces es una arbitrariedad, una injusticia, una farsa o una flagrante inmoralidad.

3. Tener presente que la formación de lectores críticos es una tarea fundamental de la escuela y de la familia. Hablar y discutir sobre los mensajes que circulan, disponer de estrategias para descomponer y analizar lo que ellos dicen, conversar y debatir en el aula, en la mesa, todo ello debería ser un objetivo de primer orden para cualquier tipo de formadores. Si no se fomenta el ojo avizor, la duda, la disposición hacia la pregunta, el análisis, las nuevas generaciones serán fácilmente manipulables, profundamente fanáticas y con mínimas bases de autonomía.

4. Entender que la lectura crítica es siempre por lo menos el cotejo o la relación de dos aspectos, dos realidades, dos entidades, dos posturas, dos cosmovisiones. Por ejemplo: entre las partes y el todo, entre el texto y el contexto, entre lo dicho y lo oculto, entre el sentido literal y los sentidos latentes, entre las lógicas racionales de la vigilia y esas otras irracionales del sueño. Por eso, los lectores críticos tejen, entrelazan, combinan, comparan significados. Y por eso, también, elaboran cuadros históricos, esquemas comprensivos, campos semánticos, cuadros categoriales. El lector crítico manipula los mensajes como si fuera un relojero de la cultura: desarma y reconstruye, desmonta y recompone, analiza para explicarse y comprende hallando sentidos.

5. El lector crítico, aunque puede tomar cualquier unidad cultural como estudio, su foco de acción más fuerte está en la vida cotidiana. Porque en el día a día, en las rutinas y los quehaceres habituales, es que vamos perdiendo la previsión ideológica, el cuidado ético y la perspicacia para leer el entorno. De allí que las herramientas de la semiótica sean tan valiosas para un lector crítico: esta disciplina fue la clave para aprender a sospechar del entorno, para descubrir cómo operan las ideologías, cómo se imbrican los significantes con los significados. En un aviso publicitario, en la manera de saludar o de vestir, en el modo como interactúa o en la preferencia por un gusto, en todas esas cosas, siempre están los signos presentes. La semiótica los puso al descubierto, y por eso es una herramienta tan útil para los lectores críticos. Cuando las acciones se van tornando inadvertidas los lectores críticos aparecen para provocar un despertar en nuestra conciencia.

6. La formación en la lectura crítica presupone el desarrollo de procesos de pensamiento como la comparación, la inferencia, la disociación, la argumentación, la evaluación de hipótesis, la identificación de falacias, y otras estrategias metacognitivas que ayuden a dar cuenta de cómo pensamos lo que pensamos. Para que esto sea posible, en la escuela o la familia, es prioritario pasar de una enseñanza centrada en temas a una educación articulada desde problemas, en la que la pregunta sea el lubricante esencial del aprendizaje. De igual modo, serán fundamentales las didácticas que favorezcan el diálogo, la discusión, los conversatorios, el panel, el debate. Es muy difícil formar en la lectura crítica si no enseñamos desde los primeros años a analizar lo que otros dicen y aprender a defender argumentadamente las propias opiniones.

7. Aunque parezca obvio, una opción por la lectura crítica es una apuesta por la reflexión permanente. Pero una reflexión fundamentada en un método. Es decir, una guía de pasos o de operaciones analíticas que, además de ser rigurosas, comportan una lógica, una coherencia interna. Quien hace lectura crítica de hondo calado logra sistematizar sus intuiciones, darle densidad a sus sospechas y ofrecer validez a sus conclusiones. Acá es oportuno decir que el papel de la investigación, especialmente la que se promueve en las universidades, es vital para desarrollar modelos y maneras de hacer lectura crítica consistente. Las instituciones universitarias no pueden estar por fuera de la comprensión de la sociedad que tenemos; deben proponer marcos de estudio para responder críticamente al mundo establecido y, en esa misma medida, diseñar estrategias para transformarlo.

8. Detrás de propiciar lectores críticos, como le pensara Paulo Freire, está una opción política. Es decir, la intención de formar ciudadanos capaces de convivir y defender los principios democráticos. Si se es lector crítico, más fuerte será la comprensión de los vínculos sociales, y más genuino el deseo de participar en la dinámica de la sociedad. Los lectores críticos, desde esta perspectiva, son actores sociales comprometidos, activistas defensores de la civilidad y los derechos de las minorías. De igual modo, se sienten corresponsables del futuro de su territorio o del país en que viven. Un lector crítico “toma partido”, “asume una posición”, “lucha por unos ideales”, lo movilizan ciertas utopías.

9. A la frivolidad y la velocidad del mundo hipermediatizado, o a la irresponsable inmediatez del twitter y las redes sociales, la lectura crítica aboga por la “pausas activa” del análisis, por los filtros, por la contrastación de fuentes y por una indagación meditada sobre la circulación de las creencias y la opinión pública. El lector crítico pone un freno a la avalancha de información para sopesar, aquilatar, contrastar y no quedarse con lo que “todo el mundo dice” o lo que está de moda. La lectura crítica fomenta, por lo mismo, la relectura, el cambio de perspectiva, la rumia de los mensajes.

10. Asumir un compromiso con la lectura crítica, bien sea a nivel individual o con alcances más amplios, es una de las metas educativas impostergables de este tiempo y los años venideros. Yuval Nohan Harari la considera una de las lecciones para el siglo XXI: “¿Qué tendríamos que enseñar?”, se pregunta el historiador, y él mismo se responde echando mano de pedagogos expertos: “tendríamos que enseñar las cuatro ‘ces’: pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad”. Como se intuye, en un mundo cada vez más saturado de información diversa, en una sociedad altamente proclive al espectáculo, más necesarias serán las habilidades de discriminación, de juicio, de distinción y clarificación, de alternativas para salvaguardar la intimidad y defender lo divergente.

La analogía: poner en correspondencia dos entidades

Joey Guidone

Ilustración de Joey Guidone.

Argumentar mediante analogías es un recurso inagotable de los buenos ensayistas. Piénsese no más, para mencionar solo dos ejemplos señeros, en varios de los escritos de Alfonso Reyes o en aquellos otros de José Ortega y Gasset. Al lado de los razonamientos lógicos estos ensayistas echan mano del pensamiento relacional, con el fin de avalar su tesis usando analogías imaginativas y sugerentes para el lector.

Por supuesto, la mera enunciación de una relación no constituye en sí misma un argumento con analogía. Para que el recurso logre ser efectivo el escritor debe tejer los diferentes aspectos de las entidades relacionadas, de tal forma que al irlos comparando logre persuadir al lector de la tesis propuesta. Y entre más sean los rasgos analogados, mayor será la fuerza de la argumentación. Como puede adivinarse, la validez de este tipo de argumentación reside en el número de características empleadas y en la imbricación de las mismas.

Salta a la vista que si no se conoce o no se tiene la suficiente información sobre esa segunda realidad que va a servir de referente para la analogía, este recurso argumentativo quedará flojo o sin contundencia. Buena parte del éxito del ensayista al echar mano de analogías consiste en “apropiarse” de los conceptos o términos de la realidad “semejante” para que, desde esa transferencia, sea más evidente la tesis esgrimida. Si se me presta la expresión, el que elabora una analogía debe moverse en dos mundos, convirtiéndose en un traductor de sus lenguajes, de los campos semánticos que les son propios.

No sobra advertir que el uso argumentativo de la analogía presupone la pertinencia o relevancia de la misma en la defensa de una tesis. La inclusión de una semejanza –aunque se hayan tejido varias de sus peculiaridades– si no está alineada con la apuesta vertebral del ensayista quedará como un adorno literario o parecerá una digresión fuera de tono. La analogía no es “decoración”, sino el empleo de una “semejanza” o un conjunto de símiles para hacer más entendible, más interpelativa la tesis de un ensayo. 

Por lo demás, al usar analogías lo que buscamos es darle mayor plasticidad a nuestra manera de argumentar. El uso de imágenes otorga a los escritos una “maleabilidad comunicativa” que aquilata la densidad de la prosa abstrusa y sin puentes con el lector. Hasta podemos decir que las analogías, por tener un origen en lo imaginario, interpelan la parte sensible de nuestra condición, movilizan afectos, vinculan dimensiones simbólicas o claramente tachonadas de alegoría. Por eso, cuando el lector lee las analogías le parecen cercanas o familiares y, por eso también, le resulta fácil compartir o aceptar la tesis defendida por el ensayista. A la par que se alcanza una mayor receptividad en el mensaje, el empleo de analogías apunta a conmovernos o movilizar nuestras emociones.

Agreguemos que la analogía al poner en correspondencia dos entidades posibilita que una de ellas (la más extraña o novedosa) pueda ser entendida desde otra que es más conocida. Así pues, cuando el ensayista lanza una tesis bastante sorprendente o sorpresiva se vale de la analogía para hacerla más familiar a los ojos del lector. Mejor aún: es ese argumento analógico el que permite comprender una tesis que en una primera lectura parecería descabellada o falta de sentido. No solo se gana en aducir motivos para sumar al convencimiento, sino que la misma analogía ofrece una mayor inteligibilidad de la tesis presentada.

Concluyamos recordando que el acierto o desacierto en la elaboración de una analogía depende de qué tanto el ensayista analiza el parecido entre las dos realidades puestas en equivalencia. A veces lo que parece un rasgo obvio y afín termina siendo una contradicción, y lo que no parecía tener una conformidad común se convierte en la mejor probabilidad argumentativa. Pescar las semejanzas posibles, reunir esos aspectos parecidos, recopilar similitudes, es hacerle justicia a la etimología de la palabra; porque la raíz de analogía proviene del indoeuropeo “leg” que significa, precisamente, “recoger”, “recolectar”. El ejercicio de reunir y entretejer esas comparaciones es lo que convierte a la analogía en un modo de argumentar original y sugestivo, pero, al mismo tiempo, retador para el ingenio del escritor de ensayos.

Sobre los abrazos

Margarita Sikorskaia

Pintura de Margarita Sikorskaia.

Al abrazar juntamos los pechos, pero, especialmente, estrechamos los corazones.

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El niño que levanta los brazos buscando a su madre es un signo de hambre afectiva. Los abrazos, a cierta edad, son como otra leche nutricia.

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A pesar de que el abrazo es un salir de sí hacia otro, también es un acto de apertura del propio ser. No se puede abrazar a alguien si no dejamos espacio en nuestro pecho.

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En ciertos vados de tristeza o de hondo sufrimiento esperamos con ansias los abrazos de determinadas personas. El dolor es selectivo para sus sanaciones.

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Los abrazos hablan en silencio. Es un lenguaje mudo, como son las expresiones primarias de nuestra esencia. Abrazar es el primer signo de la tribu.

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De todos los abrazos, hay unos que nos sorprenden por ser inesperados. La gratuidad usa el abrazo para hacer sus apariciones.

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Los amantes en la intimidad buscan los labios para acentuar su unión y los abrazos para posponer las separaciones.

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El abrazo del padre al hijo pródigo es más el gesto del amor compasivo que del perdón esperado.

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Los reencuentros rubrican su júbilo con abrazos. Así debe ser: cuando el azar nos toca exige gestos y no palabras.

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¿Cómo sabemos si alguien en verdad nos perdona? Al sentir en su abrazo la resonancia sincera del olvido.

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Abrazo: rodeo que hace el cariño para llegar al corazón ajeno.

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Extraña forma la de proceder de los abrazos: ofrecen curación, si ser medicamentos; impulsan el espíritu, sin ser una fuerza física. Son lazos afectivos permanentes hechos de estrujamientos discontinuos.

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Los abrazos apasionados buscar exacerbar el deseo, pero, si ahondan más allá, acaban por despertar la ternura.

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Hermoso sería que en el prometido Paraíso estuvieran los seres que hemos amado y nos recibieran con sus abrazos como un gesto de bienvenida a la eternidad.

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La gratitud usa los abrazos como un santo y seña de la recordación. Quien es agradecido mantiene siempre los brazos abiertos.

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Ron Mazellan

Ilustración de Ron Mazellan.

Ofrecemos abrazos para despedir a los que queremos y damos abrazos para recibir a los que amamos. El abrazo es el pasaporte del viajar del corazón.

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El enemigo que abrazamos deja de ser un agravio para el alma. Quien abraza renuncia a la soledad amarga del resentimiento.

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¿Por qué la reconciliación necesita refrendarse con un abrazo? Porque el perdón requiere al cuerpo como testigo.

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El sufrimiento ajeno tiene la virtud de alargarnos los brazos y ensanchar nuestro pecho. Ser compasivos es extender nuestro abrazo hasta cobijar al desvalido.

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Hay abrazos que abrasan y dejan, al igual que las ascuas, una promesa de fuego al menor contacto.

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Es probable que Judas haya sido un ser negado para el abrazo; es posible que su corazón sufriera la incapacidad de abrirse confiadamente al milagro.

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El que abraza alarga tanto o más sus brazos de acuerdo al tamaño de su necesidad.

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Hay espíritus pusilánimes para abrazar porque temen a la censura o al ridículo. Olvidan que el abrazo está regulado por las incontrolables fuerzas de la emoción y no por la previsible etiqueta de las costumbres.

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La primera puerta abierta de la hospitalidad es el abrazo.

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En la proxémica de los afectos dar la mano es convertir al extraño en conocido; abrazar, transformar el conocido en alguien íntimo. Así debe ser: saludamos por cortesía, pero abrazamos por convicción.

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Los amantes desnudos fundidos en un abrazo simbolizan la fantasía mayor del clímax amoroso: abarcar desde adentro la fuga del alma.

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En la intemperie de la desdicha o en las borrascas de la adversidad, no hay mejor protección que cubrirse de abrazos.

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La madre es la primera maestra del abrazo. Los osos de peluche son los tutores silenciosos en esta escuela protectora del cariño.

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Las verdaderas condolencias en un sepelio se dan en silencio. El genuino pésame consiste en un abrazo.

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Los largos y efusivos abrazos entre familiares después de una larga ausencia muestran que los lazos de la sangre se avivan más cuando se interrumpe su fluir cotidiano. La probable pérdida estrecha los vínculos.

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Morir en los brazos de un ser que amamos y nos ama parece ser el mejor puente hacia lo desconocido. Aunque, a veces, esos mismos abrazos sean los causantes de las más largas agonías.

El maestro investigador

Istvan Orosz

Ilustración de Istvan Orosz.

Sigo creyendo que un maestro se mantiene vigente en su oficio si cultiva el hábito de la investigación. Y no me refiero al desarrollo de grandes y costosos proyectos, sino a una constante manera de convertir su aula en laboratorio, en un escenario para que afloren las preguntas y se multipliquen los cuestionamientos. Esa parece ser la mejor forma de mantener viva la curiosidad por enseñar y, al mismo tiempo, la profesionalización de ser docente.

Investigar, entonces, es llenar el aula más de preguntas que de respuestas definitivas. El maestro investigador problematiza lo que hace; saca partido de las cosas que le salen mal y por ningún motivo pretende simular o “tapar” sus equívocos. Tampoco busca culpar a los demás de lo que a todas luces es el resultado de su desidia, su falta de estudio o su anquilosamiento. Por el contrario, es una persona inquieta, curiosa, ávida de conocimientos. La misma actividad cotidiana se le convierte en un enigma y lucha para no caer en el inmovilismo de “eso ya lo sé” o “con lo que sé es suficiente”. De allí que, por ser un investigador de su práctica, promueva en sí mismo y en sus alumnos o colegas la reflexión y la pregunta. Sus formas de enseñar son de corte problémico y cada vez que puede invita a la contrastación de fuentes, a la observación, la experimentación y el trabajo de campo.

Los docentes investigadores, además, tienen en mente un problema, una inquietud que los obsesiona. Por haber descubierto un “nicho” o un campo de interés, por tener la persistencia para mantener en vilo un interrogante durante meses o años, estos educadores logran profundizar o ahondar en las particularidades de un asunto. Su talante de investigadores los hace cazadores de indicios, de huellas, de síntomas que se han ido configurando poco a poco a lo largo del tiempo. Más que desear abarcarlo todo o saber de todo, los educadores preocupados por investigar tienen una zona hacia la cual enfocan o profundizan su quehacer docente.

Como consecuencia lógica del punto anterior, los maestros investigadores tienen la costumbre de guardar evidencias, conservar registros de esas inquietudes. Tal labor de archivo, de escaneo y organización en carpetas es la base para luego tomar distancia comprensiva y analítica de cualquier problema. Además de poner tareas y trabajos, más allá de corregir o alentar actividades, el educador con espíritu investigativo, toma fotos, hace entrevistas, lleva un diario, redacta notas, selecciona materiales de diversa índole. Para llevar a cabo sus pesquisas se ha ido acostumbrando a elaborar pequeñas descripciones y a datar, como si fuera un arqueólogo, las producciones o los eventos que le interesan. Buena parte de esos registros le sirven como dispositivo de estímulo en unos casos y, en otros, como prueba de sus inquietudes o aval para sus propuestas educativas.

El maestro investigador, bien sea animado por su propia labor o por esos nichos-problema que rondan su cabeza, es un entusiasta preocupado por escribir. En muchas ocasiones después de terminada una clase o al final del día dispone unos minutos para redactar media página sobre una intuición, un comentario a un hecho, una ocurrencia a partir de algo sucedido en clase o en la institución donde trabaja. Puede darse el caso que ese mismo entusiasmo por escribir lo lleve a animarse a presentar una ponencia en un congreso o a redactar, para el uso mismo de sus clases, pequeños artículos de orden conceptual o didáctico. Si se es investigador, la escritura es una aliada, una mediación, un dispositivo para “tomar distancia” y propiciar el reconocimiento.

Por contar con ese nicho-problema, con ese campo de irradiación de interés, el docente investigador fácilmente encuentra a otros colegas que comparten con él similares inquietudes o semejantes intereses. A veces esos cómplices investigadores están en la misma institución o se los encuentra perteneciendo a redes o colectivos de trabajo. También es posible que al asistir a foros, seminarios o eventos, se vayan hallando esos pares que comparten un igual objetivo de investigación, un parecido método de abordarlo o una análoga alternativa de solución. Si se pertenece a redes, si se es un activo miembro de esos colectivos, menos solo se sentirá el docente investigador y más resonancia tendrán sus hallazgos o sus preocupaciones.

De otra parte, si un maestro se sabe investigador, hará un uso estratégico de las tareas y trabajos que ponga a sus estudiantes. Cada acción de aula la pensará muy bien y la dotará de sentido para que no termine siendo un ejemplo de activismo sin norte. El maestro investigador vincula su quehacer con su foco de pesquisa. Trata, por todos los medios, de aunar la enseñanza con la pregunta que lo inquieta. Por momentos sus estudiantes son pequeños asistentes de investigación o informantes vitales para sus proyectos. Dado que el maestro gasta una cantidad de tiempo corrigiendo las tareas de sus alumnos, se cuida al momento de asignarlas y concebirlas como un insumo para sus investigaciones. Al proceder de esta manera, la clase puede ser un lugar de experimentación, un escenario para confrontar fuentes de información o una genuina manera de hacer etnografía.

Cerremos estas reflexiones subrayando la importancia de la investigación para renovar la práctica docente. Es probable que los cursos y los diferentes modos de actualización en algo contribuyan a mejorar el oficio de enseñar; pero lo que verdaderamente transforma y moviliza al educador es que indague de manera constante sobre lo que hace, que reflexione sobre su práctica, que se atreva a llenar el aula de interrogantes y que, lejos de burocratizar su profesión y su espíritu, se atreva a cuestionar sus certezas. Eso no solo revitalizará el oficio de enseñar, sino que contribuirá enormemente en el modo como aprenden sus estudiantes.

La innovación en perspectiva

Pieza gráfica de la agencia alemana DDB

Pieza gráfica de la agencia de publicidad alemana DDB.

Se aplica hoy el término innovación a tantas cosas y de manera tan indeterminada que vale la pena profundizar en sus particularidades y reales alcances. Al menos así lograremos ajustar conceptualmente lo que parece un simple epíteto aplicado al mundo de la empresa, los negocios o a procesos de diversa índole.

Lo básico es entender que la innovación parte de algo o se desarrolla sobre algo ya existente. Esto es, precisamente, lo que la diferencia de la invención. El innovador, en consecuencia, es un gran lector de los contextos, de la tradición, de lo que está en uso. Su proceder inicial, la chispa de su labor es observar con cuidado el statu quo, lo habitual, el trasegar de los hechos o las rutinarias maneras de hacer alguna cosa. No hay innovación sin esta previa reflexión sobre lo establecido. De allí, de ese fino y detallado estudio a lo vigente es que puede identificarse una fisura, un obstáculo, un problema, una falla, un gasto innecesario, una pérdida de recursos. Y al tener ubicado tal asunto es que brota o nace una idea innovadora. Repitámoslo: innovación no es una acción desprendida del contexto o alejada de situaciones concretas; por el contrario, nace de la perspicacia o indagación sobre hechos, procesos o situaciones instauradas.

La innovación es variada y diversa en sus alcances. Podemos innovar un procedimiento, un producto, un servicio, una práctica. A veces, la innovación se evidencia a lo largo de un proceso o se sabe de ella al concluir un objeto o una mercancía; en otros casos, puede darse en los materiales o en la forma de organización de las personas para lograr determinado fin. Hay innovación procedente de adelantos tecnológicos y hay innovación derivada de la investigación social o la investigación aplicada. No existe por lo tanto un único camino o se cuenta con un protocolo estándar para alcanzarla. Sirve la intuición, la serendipia, la visualización, la prospectiva, el estudio de casos, la experimentación. Tampoco se puede homogenizar o aplicar la innovación sin reparar en las condiciones locales o las variables de determinado contexto. Por eso, lo que parece menos innovador en un lugar resulta muy innovador en otro; o lo que parecía ser una innovación muy efectiva en una geografía termina siendo un fracaso en otro sector. Insistamos: la innovación no es una receta homogénea o de aplicación uniforme. Por ende, en una curva de desarrollo, la innovación sufre adaptaciones, transformaciones o modificaciones sustanciales. La innovación, como sucede con la evolución de la vida, es adaptativa, afectable por el entorno, sistémica y cumple un ciclo de existencia.

Otro rasgo de la innovación es el de ser una cadena de acciones y no una mera actividad desligada o desarticulada de un conjunto. Por eso se habla de un proceso o un proyecto innovador. En este sentido, la innovación aglutina a personas, recursos, operaciones, materiales y tiempos. El que se lanza a innovar necesita armonizar la concurrencia de muchas cosas. Ese es parte del éxito o la garantía para que una innovación encarne o perdure. Así que, innovar es también diseñar, planear, organizar y administrar heterogéneos elementos. La innovación no es solo una fugaz idea creativa sino un lento y persistente ejercicio de gestión y consolidación.

Un cuarto punto, que se olvida con facilidad, es la relación de la innovación con los procesos de cambio. Innovar demanda poner en cuestionamiento o en “crisis” lo conocido o habitual. Innovar es una invitación a cambiar, reformular, reorganizar o reelaborar algo. Entonces, si no se conocen o poca atención se presta a las dinámicas de los cambios, la innovación no echará raíces o será una ocurrencia genial pero sin repercusión o resonancia. Los grandes innovadores son a la par buenos estrategas para facilitar o propiciar planes de transición, pilotajes, reingeniería de procesos, ajustes escalonados. Es posible que otra de las claves del éxito de una innovación esté ahí, en fraguar ella misma su modo de generarse. Claro, a veces son unas las personas que diseñan y otras las que implementan, pero si la innovación no prevé las posibles resistencias o no ha ideado un itinerario para el cambio, tendrá grandes tropiezos o resultará entendida como una idea irrealizable, descabellada o inoportuna.

Es evidente que la innovación requiere de mucha creatividad. Sin ella, sin ese lubricante, no habrá ni reformas, ni alteraciones, ni mudas a lo permanente. Por eso mismo, las estrategias para innovar se nutren en gran medida de las técnicas creativas: la sinéctica, la lluvia de ideas, el análisis morfológico, la lista de atributos, la analogía, la resolución de problemas. Todos estos recursos contribuyen a que el espíritu innovador se concentre o tenga una propuesta ingeniosa y llamativa. Sin creatividad la innovación queda en reformas superficiales o conatos de novedad. Es importante subrayar que la creatividad enfocada a la innovación incluye procesos de pensamiento como la inferencia, la analítica conceptual, la alegoría, la heurística y la disociación semántica. Dicho en otros términos, la capacidad de innovar se potencia en la medida en que se desarrollan habilidades de pensamiento divergentes, laterales, creativas. Tal apuesta formativa debería ser tenida en cuenta por educadores o capacitadores empresariales.

Agreguemos a lo dicho otra cosa más: digamos algo con respecto al carácter o temperamento necesario para emprender una innovación. Los innovadores, y hay abundantes ejemplos para probarlo, son personas con alta capacidad para el riesgo, la aventura, el ensayo y error. Son audaces y con baja afectación a la crítica adversa o los comentarios burlones de los demás. Los innovadores poseen fortaleza interior y la suficiente autoestima como para sobreponerse a la crítica despiadada o la maledicencia. Pero, además de ello, los innovadores poseen tenacidad y fortaleza para no desfallecer ante la adversidad o sobreponerse a los obstáculos de todo tipo. El innovador posee tenacidad y una voluntad de hierro para persistir en sus propósitos. Estas cualidades son definitivas no solo en la etapa de ideación y gestación, sino al momento de implementar la innovación.

La última cuestión que me gustaría tratar es la de las condiciones para la innovación. Es sabido que muchas ideas innovadoras no cuentan al inicio con el apoyo o reconocimiento suficiente. Más bien hay un clima contrario o poco halagüeño para su florecimiento. No obstante, si las organizaciones o las instituciones son más flexibles en su estructura, si apuestan por la diversidad, si son más tolerantes con el error y no temen anticiparse al futuro, seguramente despuntarán con abundancia las ideas innovadoras o se incrementará una disposición hacia el cambio. En consecuencia, se requieren empresas e instituciones que confíen más en la creatividad de sus empleados y menos en la burocracia formalista y repetitiva, jefes o directivos que apoyen y secunden centros de excelencia, proyectos de investigación, laboratorios de innovación, o a personas atrevidas y arriesgadas para diseñar escenarios factibles o universos paralelos. Un ambiente, en suma, en que se pueda experimentar sin ser señalados o sancionados, en que el cumplimiento de las tareas no riña con el juego de imaginar futuros posibles, en que sea factible usar otras alternativas sin ser por ello tildados de “raros” o asociales. Construir y proteger ambientes innovadores es apoyar los disensos, creer en la ruptura de paradigmas, cultivar todo tipo de emprendimiento, azuzar el pensamiento complejo y volver lo inesperado una oportunidad para realizar los sueños imposibles. 

 

Liderazgo y cambio vital

Liderazgo y cambio vital

Un tiempo considerable de mi vida laboral ha estado vinculado a la asesoría y la consultoría en temas relacionados con la comunicación, la motivación, el liderazgo, los procesos de cambio y las dinámicas del proyecto de vida. Han sido muchos años trasegando con programas de inducción, seminarios, conferencias, cursos de capacitación; mostrando alternativas para mejorar el clima laboral o el trabajo en equipo. De igual modo, he desarrollado propuestas de comunicación asertiva, de liderazgo centrado en valores y una gama amplia de aspectos asociados con las éticas del cuidado y la necesidad de la formación integral. Todos estos asuntos han tenido como telón de fondo la educación tanto de adultos como de autoaprendizaje, sumada, además, a las técnicas de las narrativas autobiográficas y el discernimiento, recursos óptimos para favorecer el desarrollo personal y la preocupación por la alteridad.

Evidencia de esta larga experiencia en empresas y organizaciones, en instituciones privadas y públicas, es la que he agrupado en este libro. La mayoría de los textos corresponden a una evidencia de lo que he realizado o pensado, y, otros, pueden ser piedras de toque o reflexiones de entrada a un aspecto en particular. De allí que haya empleado también distintos recursos escriturales: la carta, el diálogo, el aforismo, el ensayo, las ideas fuerza, la glosa, el contrapunto, la disociación analítica. El propósito de esta pluralidad discursiva ha sido tener múltiples accesos al campo del liderazgo y los procesos de cambio, en particular los de la propia persona. No he pretendido ser exhaustivo, ni parecer erudito. He procurado presentar consideraciones y, en diferentes oportunidades, propuestas enfocadas a enriquecer un tipo de comportamiento o despertar el interés sobre temas como la influencia, la motivación, la sabiduría, los proyectos, la palabra, los ritos, la escucha, la táctica y la estrategia.

En varios apartados procuro comprender de una manera menos simplista o mecánica aspectos del comportamiento organizacional, de las relaciones laborales, o de aquellas responsabilidades de quien guía, o tiene bajo su dirección a otras personas. A veces se llega a un cargo o se ocupa un puesto de autoridad sin reparar en la preparación exigida ni en las delicadas consecuencias de tal investidura; esto no solo toca al mundo empresarial o institucional, sino a entidades como la familia, la escuela o asociaciones diversas. Por eso es fundamental tener cierta vigilancia sobre el trato, los discursos utilizados, los valores en juego o la idea de persona que imanta el derrotero de dichas actuaciones.

Cabe decir que buena parte de lo aquí dicho tiene el tono del consejo o la cavilación, procurando siempre advertir de una falencia moral o señalando una vía de trabajo sobre el carácter, la voluntad o las pasiones humanas. Así que, más que lecturas para satisfacer la curiosidad académica, son llamadas de atención, motivos para la meditación o puntos de reflexión sobre el descubrimiento de sí y los vínculos sociales. A eso invito, entonces: a permitirnos el tiempo para mirar nuestras propias actuaciones frente al poder, la dirección de grupos, el enfrentamiento a lo nuevo, el desarrollo de la voluntad y la toma de decisiones. Esto parece muy urgente hoy cuando abunda la irresponsabilidad, la corrupción, la mentira o el desprecio por los demás, y es necesario tener algunas luces para resolver los dilemas morales o prácticos de la existencia cotidiana.

La obra en conjunto subraya o invita a no perder de vista la ruta del proyecto personal; esto sigue siendo un buen indicador del sentido que vamos dando a nuestra experiencia y de qué manera convertimos nuestros errores o los retos más difíciles en acicate para seguir tallando la estatua interior, al decir del biólogo francés François Jacob. Esa es mi aspiración, y confío en que así será entendida por los caminantes lectores de estas páginas.

Abrazos

Tomasz Alen Kopera

Ilustración de Tomasz Alen Kopera.

Abrazar a alguien continúa siendo uno de los gestos mayormente utilizados por los seres humanos para mostrar o rubricar una variedad de afectos, sentimientos y pasiones. Dediquemos, entonces, unos párrafos a explorar en esta acción o rito de cariño.

La prioritaria utilidad de abrazar, su sentido básico, es el de exaltar o refrendar el amor por alguien. Abraza la madre a su hijo, el hermano a la hermana, el abuelo a su nieto. Ceñimos los brazos para que otra persona sepa o “evidencie” lo que las meras palabras no logran transmitir a cabalidad. Abrazamos a otro ser para decirle una vez, y muchas más, cuán importante es para nosotros, cuánto significa en nuestros proyectos más esenciales, cuánto ha entrado a formar parte de nuestra vida. Rodeamos al otro, lo abarcamos, para unirnos con él, para reforzar un vínculo afectivo.

De igual manera, se abraza para significar el perdón, para señalar una reconciliación o subsanar una herida, reanudar una relación, restablecer un vínculo roto. Estos abrazos tienen la fuerza de sellar o servir de juramento a la afrenta superada, al daño resarcido o al menos olvidado. Al abrazar así, al traer hacia nosotros al distante, al pródigo, al “ofendido”, lo que hacemos es ampliar el radio de acción de nuestra generosidad, de nuestra transigencia. Esta dimensión del abrazar dice qué tanta es nuestra capacidad para indultar la falla ajena o el error del congénere; muestra el temple de nuestra alma para dispensar los desatinos y faltas ajenas. El que abraza en estos casos renuncia al veneno del resentimiento y hace una amnistía con sus apetitos de venganza.

Agreguemos que abrazar es igualmente un gesto poderoso de solidaridad o de compasión. Bordeamos con nuestros brazos al familiar, al amigo o al semejante cuando una pena lo aflige, cuando ha perdido a un ser querido, cuando la enfermedad o la desgracia tocan a su puerta. En estas ocasiones, el abrazo cumple la función de ayudar a mermar el dolor, de dar fuerza o ánimo al que no ve ninguna salida a sus problemas o no aguanta la carga impuesta por la adversidad. Si es esta la situación, el abrazo la mayoría de las veces no necesita de palabras. Basta envolver al otro para contagiarle nuestra voz de aliento, nuestro apoyo moral o nuestra ayuda incondicional para su espíritu. Abrazar al necesitado, al débil o al abandonado es una prueba de nuestra solidaridad con el sufrimiento ajeno.

También abrazamos a ciertas personas para manifestarles el agradecimiento, la retribución sensible por un servicio, una ayuda, un apoyo vital de diversa índole. Al abrazar a esas personas lo que pretendemos es exaltarlas, reconocerlas, cubrirlas de unos dones o virtudes no fácilmente visibles para la mayoría. Estrechamos a esos seres, a veces con fuerza, para reiterarles una promesa, un pacto, una deuda espiritual, una herencia formativa. Al abrazar así, recompensamos de algún modo lo que sabemos es una obligación impagable. Los abrazos que ofrecemos a esos hombres y mujeres son expresiones de su grata aparición en nuestra existencia o de su valía en lo que somos como personas, profesionales o ciudadanos. Al abrazar a esos individuos les decimos que ni han sido olvidados ni es coyuntural su presencia en nuestra historia.

De otra parte, se abraza para proteger, para resguardar, para crear un muro salvador. Ese es el gesto supremo de la maternidad o de la paternidad, la acción mayor de altruismo o abnegación y el gesto último que todos debemos a los recién nacidos o a las criaturas más indefensas. Abrazar es bordear, crear una muralla en la que seamos nosotros los que nos exponemos primero al peligro o al miedo amenazador. En estas circunstancias el abrazo es un acto de custodia, de ofrecimiento de cobijo, de salvaguarda a la debilidad o la indefensión. Los abrazos, en consecuencia, se tornan escudos, aleros, cercados de carne, resguardo para el alma indefensa.

Y están, por supuesto, los abrazos apasionados, aquellos que ofrecemos o recibimos en la desnudez compartida. En estas ocasiones, el abrazo es un intento por fundirse en el otro, por amalgamar lo que deseamos o necesitamos tener en plenitud. Estos abrazos apasionados, tan desaforados como interminables, son confirmación y estímulo, preludio y epílogo de la entrega amorosa. Abrazarse, permanecer abrazados, es un acto de profunda intimidad, de total confianza, de cercar la sangre que tiende a desbordarse por las fisuras de los cuerpos frenéticos o en delirio. Dichos abrazos son, en suma, una muestra perfecta del culmen del deseo y, a la vez, un gesto sublime de prodigar ternura.

Dicho lo anterior, habría que permitirse con más frecuencia dar y recibir abrazos. O, al menos, estar más atentos para saber cuándo alguien los necesita. Porque abrazar es un modo de decirle a otro “aquí estoy presente” o de reiterarle un “cuentas conmigo”. Abrazar es una forma de comunicación muy poderosa porque implica la acogida, porque demanda abrirse para otro y porque lleva a juntar los cuerpos para estrechar los corazones. Es decir, a poner muy cerca y en sintonía el palpitar de nuestra condición humana.

Animales parlantes: maestros del hombre

Milo Winter

Ilustración de Milo Winter.

Señala Carlos García Gual que, en el caso de la fábula, “los animales revelan verdades universales concernientes a la naturaleza humana”. Son las bestias las que mejor ayudan a que las personas nos reconozcamos en aquellos rasgos o características no aceptadas o asumidas. Son esos vicios –escondidos, simulados– de los que se ocupa la fábula de forma indirecta. En esta perspectiva, la fábula cumple una función social en la medida en que pone en evidencia lo que un grupo humano malintencionadamente olvida o deja de considerar digno de valoración. La fábula, mediante ese espejo alegórico, evalúa la conducta de los hombres y advierte sus consecuencias.

Por esto se ha afirmado que la fábula tiene una función didáctica en asuntos relacionados con la moral o el comportamiento social. Su interés primordial, al presentar ejemplos o casos determinados, es la lección que desea comunicarnos. Hay una clara intención de instruir o enunciar un precepto. Son pequeños relatos enfocados a ofrecernos lecciones prácticas, claves morales para ser con otros, convivir o tener ejemplos para comprender las debilidades o vicios de la condición humana. Esas lecciones, que se concentran en la moraleja (epimitio) o en los pequeños textos que abren los relatos (promitio), son expresados de manera enfática, lapidaria, siguiendo el tono de la literatura sapiencial o de los textos con intención edificante.

Aunque debemos advertir que en muchas fábulas es al lector al que le corresponde inducir o deducir lo que está detrás del sucinto relato. La puesta en acción de esa instrucción moral implica comprender el sentido alegórico y figurado; por ello, el fabulista construye su texto invitando al lector a un ejercicio de descubrimiento, de adivinar lo que esconden aquellos diálogos entre animales parlantes. Semejando el mecanismo de la parábola o del chiste de “doble sentido”, la fábula enseña acentuando el tono sugerido: simboliza, elabora una analogía, aboga para que descubramos “la verdad” implícita en aquellas ficciones. No es extraño, entonces, que sea necesario releer algunas fábulas para entender la “lección ética” escondida.

Usando el estilo alusivo, impersonal, la fábula enseña o señala asuntos sobre los cuales los seres humanos somos muy susceptibles o poco aptos para recibir la crítica. Lo hace sin personalizar, sin agredir, sin entrar en la confrontación directa. Más que indicar una prescriptiva explícita o censurar de forma manifiesta, invita al lector a “meditar” o a “reflexionar” sobre sus propias conductas o las de sus semejantes. La lectura de la fábula presupone un acto de autoexamen o de comprensión ajena sobre asuntos “prácticos” como el gobierno de nuestras pasiones, la mejora de nuestros defectos y la vigilancia sobre nuestras bajezas y banalidades. “Aquí está el ejemplo”, señala la fábula; y depende de cada uno sacar sus propias conclusiones. O, para ponerlo en términos más coloquiales, la fábula instruye bajo la lógica de: “al que le caiga el guante que se lo chante”.

Como puede inferirse, la fábula posee un ingrediente crítico útil para la formación del carácter no solo de los más pequeños. A la par que señala una acción inadecuada o destaca las consecuencias de un comportamiento indeseable, deja una reverberación en la mente de los lectores al emplear el humor, la exageración, la sátira, el remedo. “La ironía tiene un rol fundamental en nuestro perfeccionamiento interior”, ha escrito Jan Jakélévitch. Mediante la rápida recordación del verso o apelando a la identificación narrativa, la fábula trae consigo un buen resultado formativo. Ese fue el potencial educativo que vieron escuelas occidentales de filosofía como los cínicos y los estoicos y otras de cuño oriental, como el hinduismo y el budismo.

En todo caso, entre más leemos y releemos fabulistas de diferente tiempo y nación, notamos que la acción presentada por los animales en cada relato es semejante a un pequeño teatro al que asistimos para “purgar”, en el sentido dado por Aristóteles, cierto aspecto de nuestro ser o del convivir con otros. Y al igual que en una tragedia, al acercarnos a esa representación de bestias parlantes, sentiremos temor, porque podemos caer en una situación análoga a la expuesta en la fábula, o tendremos algún tipo de compasión debido a que, al evidenciar un vicio moral en otros, entenderemos la lucha interior por la que pasa el personaje, puesto que nosotros alguna vez lo padecimos o aún hoy seguimos luchando para superarlo.

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Ilustración de Gustavo Doré.

El ruiseñor enamorado y la golondrina fugaz

A veces los actos compasivos de amor, cuando son más necesarios para alguien, ponen a uno de los amantes en el dilema de desaparecer o mantenerse. O si no, repárese en la historia del ruiseñor enamorado y la golondrina fugaz.

Un ruiseñor, de canto fuerte y alma sensible, se enamoró de una golondrina. Fue en julio, al regresar las dos aves de uno de sus vuelos migratorios. El ruiseñor, con silbidos expresaba su adoración por la golondrina, también le ayudaba a hacer su nido, le buscaba insectos especiales para su alimentación, y advertía con trinos de los gavilanes que merodeaban a su amada. La golondrina decía también amar al ruiseñor: le prodigaba besos furtivos, respondía con su canto al llamado y con sus gorjeos exaltaba al cantor que la miraba extasiado.  Todo parecía ir muy bien. A las dos aves les encantaba volar juntas en el cielo azul y expresar, aunque a la golondrina no tanto, su felicidad al viento. Sin embargo, por causa de una tormenta, el ruiseñor se fracturó una de sus alas. Le pidió, entonces, a su amada que todas las tardes volara cerca al nido. La golondrina dijo que sí. Y por varios días pasó veloz muy cerca de donde estaba el ruiseñor, alegrándolo con esa visita fugaz. Pero empezó a cansarse de ese rito del crepúsculo. En su corazón sintió la tentación del abandono, y lo que era un acto frecuente se volvió escaso, hasta desaparecer. Dicen que el ruiseñor aún sigue esperando el pasar de su amada golondrina y, que por eso, se lo escucha cantar durante horas desde el final de la tarde hasta bien entrada la noche.

Alexander Wells

Ilustración de Alexander Wells

El zorro y el chacal ventajoso

De tanto deambular por el mismo bosque, un zorro terminó por hacerse amigo de un chacal. El zorro le compartía muchas cosas: el territorio de caza, las presas que conseguía y, en algunas ocasiones, su guarida. Así pasaron muchas estaciones. Pero en un invierno, largo e inclemente, la comida escaseaba y los días pasaban sin que los dos amigos probaran un bocado. Frente a esa situación, decidieron separarse para buscar alimento. El zorro escarbando aquí y allá pudo encontrar una carnuda liebre. La mató y la escondió al lado de una gran roca, cubriéndola con hojas para luego compartirla con su amigo. El chacal encontró una camada de ratones en la cepa de un árbol viejo. Apenas logró entrar a la madriguera de una vez devoró apresuradamente todos los roedores. Terminada la comida, que por el afán le produjo un dolor estomacal, se echó al piso agarrándose la barriga. Así lo encontró el zorro.

—Mi única caza fue un flaco ratón y, con esta hambre, apenas alcanzó para un bocado.

— Entiendo, dijo el zorro, con cierta suspicacia.

—¿Y tú hallaste algo?, preguntó el chacal sobándose el vientre.

El zorro le habló a su amigo de la caza de la liebre, y dónde la tenía escondida para compartirla.

—¡Qué detalle el tuyo! —exclamó el chacal, yendo a paso lento por el dolor en su panza.

— ¡Vamos —repuso el zorro—, la tengo detrás de aquella roca!

El chacal, por todos los ratones ingeridos, apenas podía seguirle el paso al colega. El zorro se adelantó un poco, llegó a la roca, escarbó hasta encontrar la liebre muerta y la puso a la vista. Pasados unos minutos llegó el chacal y encontró al compañero entusiasmado:

— Ven, empieza tú —dijo el zorro.

— No, con este dolor no tengo ganas de nada —repuso el chacal—, sobándose el estómago.

— Si ese es tu deseo… —replicó el zorro, empezando su merienda.

Cuando iba por la mitad volvió a insistirle al amigo:

— Acércate, aquí tienes tu parte.

—No me siento bien —contestó el chacal.   —Mejor cómetela toda, que por lo que veo está deliciosa —agregó.

—No te imaginas cuánto —musitó el zorro.

Enseguida, con total fruición terminó de degustar poco a poco la liebre. Satisfecho de aquel banquete, se tendió sobre la hierba. El chacal, dando muestras de indigestión, vio al zorro quedarse dormido en una envidiable placidez.

Bien lo dice el felino refrán: “El amigo ventajoso con el tiempo pierde el alimento más precioso”.

La fábula: sabiduría práctica y espíritu crítico

Ilustración de Félix Lorioux

Ilustración de Félix Lorioux.

La fábula continua siendo una tipología textual capaz de sugerir, de aludir de manera indirecta asuntos o eventos que, de otra manera, serían demasiado evidentes o rayarían con la ofensa o la afrenta retadora.  Al estar organizada desde una estructura alegórica permite la ironía, el espíritu crítico, el humor o la sátira. La fábula, en esta perspectiva, toma ideas abstractas para representarlas de forma plástica. Hace tangible una idea, un concepto, un sentimiento, un vicio o una virtud humana.

Desde las ya clásicas fábulas de Esopo, pasando por las de Fedro, Babrio y todas aquellas otras de cuño medieval (las de Odón de Cheriton), hasta las ideadas o reelaboradas hacia el siglo XVII y XVIII por La Fontaine, Samaniego o Iriarte, esta forma de “enseñar deleitando” ha sido un recurso didáctico para aproximar a chicos y grandes en cierta sabiduría de la vida, cuando no en unos referentes de formación moral. Por ser elaborada de manera concisa y directa, por echar mano de las particularidades del mundo animal como espejo para la conciencia de los hombres, la fábula sigue ofreciendo amplias posibilidades creativas y, para los que amamos la educación, ofrece un caudal de recursos formativos.

Como bien lo ha estudiado Carlos García Gual y Rodríguez Adrados, la fábula está elaborada según un esquematismo o “armazón lógica” de tres elementos: a) una situación inicial, en la que se expone determinado conflicto b) una actuación, en la que los personajes eligen y toman decisiones y c) una evaluación de la acción o comportamiento elegido. En muchos casos la fábula tiene una lección o moraleja expresada al inicio (promitio) o al final de la misma (epimitio), aunque por la misma forma de elaborarla puede tener implícita la lección moral o el consejo esperado. Sea como fuere, la brevedad y la intención moral son consustanciales a la fábula. El efecto buscado es que el lector “entrevea” o induzca la sabiduría práctica derivada de esa pequeña narración.

Al poner a los animales a representar los variados aspectos de la condición humana, la fábula contiene un dramatismo exaltado por los diálogos o el juego agonista, por lo general, entre dos personajes. Dicho contrapunteo conlleva a la médula de la fábula; de allí que, en varios textos se dejen de lado extensas descripciones o se use la omisión de aspectos de la trama. Todos los elementos de la fábula están imantados por la “lección moral” o el “consejo práctico” subyacente. También por eso, se usan pocos elementos para pintar a los protagonistas o se parte del supuesto de que los lectores saben asuntos que no merecen explicarse. La fábula, como la caricatura, omite aspectos o detalles para concentrarse en su mensaje fundamental.

Sobra decir, y hay autores contemporáneos como Augusto Monterroso para ilustrarlo, que la fábula pone al descubierto, saca los “trapos al sol”, ayuda a develar lo que a todas luces desea mantenerse escondido, muestra el abuso del poderoso frente a las limitaciones del débil. Hay una función crítica de fondo, una intención de desenmascaramiento tanto a nivel personal como colectivo, que le otorga a la fábula un carácter contestatario o de denuncia. Y si bien provoca alguna sonrisa, ese gesto en el lector es el resultado de haber descubierto una verdad detrás de una modesta ficción, o descubrir tras la ironía, lo que con disimulo o fuerza las personas o la sociedad han tratado de ocultar.

Las fábulas que siguen son un pequeño ejemplo de lo que acabo de exponer, y son de igual modo una invitación para que los maestros y maestras renueven la lectura y escritura de esta tipología textual, tanto o más útil en nuestros días cuando campean, con total desvergüenza, los vicios morales y los contravalores. Estoy convencido de que volver a poner la fábula en el aula de clase es un excelente recurso para ejercitar el pensamiento crítico de nuestros estudiantes.

Jerry Pinkney

Ilustración de Jerry Pinkney

El gato y el ratón malherido

—¿Por qué no me matas de una vez —rogó el ratón malherido al gato.

El felino apenas lo miraba de soslayo, celoso de que la presa se escapara de sus garras.

—Prefiero la muerte a esta humillación —exclamó el roedor a punto de fallecer.

El gato hacía caso omiso a todos los reclamos del ratón. Ponía una pata sobre el roedor, pero sin ahogarlo; clavaba sus uñas pero en partes no tan vulnerables. Apretaba y soltaba a la vez al ratón en un juego inclemente.

—Al menos salva mi dignidad —suplicó entre ayes el roedor.

El gato observó medio muerto al ratón y pensó que lo mejor de la cacería no era atrapar a alguien, sino tenerlo sometido a su voluntad.

Ilustración de Jean-Ignace-Isidore Grandville

Ilustración de Jean-Ignace-Isidore Grandville

La cacatúa habladora y la vieja de manos huesudas

Para aquellos que desean siempre tener la última palabra, vale la pena recordar lo que le pasó a la cacatúa habladora y la visita fugaz de la vieja de manos huesudas.

Cuando alguien en una reunión iba exponiendo una idea, la cacatúa habladora levantaba su penacho e interrumpía el discurso para agregar algo semejante a lo que su interlocutor venía expresando; en otros casos, lanzaba una idea y ella misma se la respondía sin dar tiempo a que los asistentes dieran sus opiniones. También era común, que en las fiestas a donde era invitada, antes de que terminara el banquete la cacatúa parlanchina se trepara a una viga para hacer una intervención de cierre. Durante muchos años así se comportó la cacatúa parlanchina en las juntas o los eventos sociales donde asistía.

Hacia la mitad de su vida, una penosa enfermedad hizo que la cacatúa se resguardara en su nido. Estando allí, recibió la visita de una vieja de manos huesudas. El ave no tuvo tiempo de hacerla entrar porque, cuando se dio cuenta, la vieja ya estaba sentada a su lado.

—¿Muy enferma? —preguntó.

Antes de que la cacatúa le contestara, la vieja se respondió:

—Son buenos, de vez en cuando, estos reposos.

El ave quiso replicarle pero la vieja seguía en su monólogo:

—Yo visito a muchos enfermos, esa es mi tarea diaria.

La cacatúa empezó a sospechar que esa visita no era común. La vieja se levantó de donde estaba y mirando al ave le tocó con su dedo huesudo el curvado pico.

—Y a varios de ellos, les escucho decir sus últimas palabras.

La cacatúa miró a la vieja con ojos de súplica, porque deseaba vivir aún muchos años, y por primera vez guardó silencio.

Iela y Enzo Mari

Ilustración de Iela y Enzo Mari.

La mariposa insatisfecha

Una mariposa, de hermoso colorido, deseaba tener las tonalidades más bellas de la naturaleza. Aunque ya poseía una forma esplendorosa y unos jaspeados muy llamativos en sus alas, aspiraba que el sol la proveyera de los visos del ocaso. El astro rey le concedió tal don. La mariposa estuvo feliz por un tiempo, pero luego anheló los colores diversos del arco iris. El cielo le cumplió tal anhelo. Sin embargo, en la oscuridad la mariposa perdía su irisado traje. Así que le rogó a la luna que le confiriera la gracia de alumbrar en la noche. La luna, que sigue siendo una diosa de concesiones inapelables, aceptó dicha petición: la convirtió en una luciérnaga. “¿Y mis coloridas alas?”, preguntó la mariposa. La luna fulgurante permaneció callada.

Stéphane Poulin

Ilustración de Stéphane Poulin

El amo malhumorado y sus dos perros

Un amo de temperamento irascible y ánimo voluble tenía dos perros en su granja. El primero era dócil y propenso a zalamerías, se llamaba “Servil”; el segundo, algo reservado, buen guardián y cazador, tenía por nombre “Servicial”. El amo, cuando estaba tranquilo, al uno le daba la comida en la mano mientras le acariciaba el lomo; al otro, le lanzaba el alimento sin muestras de cariño. Las cosas eran distintas cuando el genio le cambiaba al amo: al primer animal lo maltrataba con insultos y patadas, en tanto al segundo lo agredía solo con palabras. Así eran las cosas en casa; pero cuando el amo iba de cacería, “Servicial” era más efectivo para perseguir conejos; en cambio “Servil” se dedicaba a ladrar, daba unas cortas vueltas en el bosque y volvía a buscar las caricias de su dueño. De regreso a la granja, el amo furioso, pateaba e insultaba a “Servil” y elogiaba en silencio a “Servicial”. Ya más tranquilo, cuando terminaba la jornada, el amo se sentaba a descansar y observaba con atención a sus dos canes. En el fondo de su corazón, sentía por un perro afecto con desprecio y, por el otro, respeto con admiración.

 

 

Nuestro sincretismo cultural

Vendedores ambulantes de Pedro Ruiz

“Vendedores ambulantes” (2009) del pintor bogotano Pedro Ruiz.

Si hay algo que nos identifique, no sólo a los colombianos, sino a toda nuestra América Latina, es la diversidad en comidas, vestidos, ideas, credos, ritos y, por supuesto, ritmos. Una diversidad que no implica exclusión de los otros elementos. Sincretismo, es más adecuado decir. Entre nosotros conviven, perviven y se contrapuntean, la devoción mariana, la superchería, la magia, el misticismo oriental, la brujería y también el vals, la cumbia, la salsa, el bambuco, el merengue, el paseo, la balada, el jazz, el rock… y también el estudioso de los antiguos textos grecolatinos, el versado conversador de taberna, el petulante cínico, el maestro, el esnobista, el sibarita o el lector de periódico, sobre todo de las páginas deportivas… Digo que conviven, no que se rechazan. Y esto se debe a que nuestras pequeñas ciudades, casi siempre vistas como un pueblo con edificios en el centro, son el punto de convergencia de la diáspora campesina, del desarraigo, de la huida de la violencia, así sea sólo como una memoria amarga; pequeñas ciudades, en donde se reúnen multiplicidad de aspiraciones, esperanzas, recuerdos y, por supuesto, el tinte o los tintes particulares de la región, de la vereda, del pueblito vigilante de la niñez. Esta imbricación hecha de sangre y memoria, afortunadamente nos hace –a veces, con peligro– aptos para recibir todo lo extranjero.

Basta ver un camión de servicio público, su consola, para llenarnos de este tipo de espíritu; basta ir a nuestros barrios para constatar el juego de variación entre el tendero, el señor de la fama; Don Julio, el de la panadería, Don Prudencio, el del granero que es también la miniplaza de verduras, frutas y cerveza… entre el señor de la droguería, y el del pequeño restaurante que siempre vende caldo con costilla. Basta ir a este espacio cultural, para convencernos de nuestro sincretismo que no es mero mestizaje, sino estado de tensión, de conformación, de metamorfosis. Al ser un continente demasiado joven, vivimos la tensión entre el recuerdo mítico y el imperativo histórico de una toma de posición ante los demás espacios culturales, ante los rostros de otros tiempos y otras geografías. Nuestro sincretismo es el resultado de haber sido colocados de pronto, súbitamente, en la historia de Occidente, violentándonos un proceso propio, distinto. Y es el resultado también, de haber podido asimilar tanta alabarda, tanto arcabuz, tanta espada, a punta de astucia, malicia, ingenio de curare y seducción de india. Aún los grandes centros comerciales, todas las metrópolis, conservan en su esencia, este espíritu sincrético nuestro que reúne, en un mismo punto, lo diverso.

Ante tal panorama, a uno le corresponde asumir una cuota de tolerancia y al mismo tiempo, un valor de diferenciación. Hablar de mejor o peor, de bueno o malo, cuando se hace referencia a las manifestaciones artísticas, artesanales, culinarias o musicales, es una necedad. Mas sin embargo, creer que todo es confusión, es un desatino peor. El bambuco y el pasillo, junto al río, el pescador y el lucero, junto al Mohán y la Madremonte; la cumbia y el mapalé, al lado del sonido del mar, del cimarronaje, del palenque y las antiquísimas historias de cadenas y muerte; el merengue y el paseo, junto al pueblo hecho de bahareque, junto al sol canicular y la sabana; el galerón y el joropo, al lado de la inmensa llanura, ese otro mar… en fin, la montaña, el río, la llanura, el valle, el mar o la selva, todos estos ambientes y ritmos se consolidan en nuestra identidad. Cada región –no sé si llamarlas folklóricas– aporta un ritmo diferente, como son distintos los tamales, la lechona, el sudado, y el sancocho, que dependen de la sazón de la región y de la tradición inherente a su elaboración. No suena lo mismo la hoja de plátano, el guadual, la ola, la ululante caña o el viejo guayacán; como tampoco vuelve a oírse igual el clamor del terruño infantil, luego de haber soportado la casa de inquilinato o el sordo y monótono repetir de los tornos. La gran ciudad trae sus otros ritmos, cercanos a la máquina eléctrica, al motor del automóvil o al indefinido pito de las computadoras.

No creo que nuestra tradición cultural sea la de la pobreza. Quizá sea pobre si la comparamos con la tabla del progreso de otras latitudes. Por lo demás, el subdesarrollo no es predicable en el arte. El ethos que informa cualquier manifestación cultural, brota o se desprende, ha escrito Octavio Paz, como un hijo maduro de la cultura que lo engendra. México nos ha enseñado tal valentía de lo propio, la actitud del que no se avergüenza. La nueva trova cubana también se ha situado en esa perspectiva. Al no reconocer nuestras producciones, nuestras creaciones brotadas de nuestro entorno y tradición, de nuestro vasallaje y nuestras luchas por romper tal dominio, al no reconocerlas, decimos, estaremos abocados a la transculturación, al neocolonialismo y, ya sabemos, que en arte, las formas no se importan, so pena de ser siempre imitación desactualizada.

II

 

Tomemos un ejemplo, de todos bien conocido, para constatar lo que he venido diciendo: “Pescador, lucero y río” de José A. Morales. Veámoslo por partes.

El pescador, que contiene la imagen del trabajo, de toda vocación no necesariamente alienada. El pescador que es símbolo de la búsqueda, al mismo tiempo que de la destreza: una mezcla entre azar y técnica. La suma de un oficio, una artesanía y el modo particular de unas condiciones de vida.

Luego, el lucero. El lucero que tiene el color de lo inalcanzable, la pasión por la altura, por el vuelo y por la eternidad de la luz. El lucero que persiste como vigía, como silencioso visor de todas las noches del que tiene la red o la atarraya, del que sale de pesca. El lucero que es siempre una ansiedad, al mismo tiempo que un amor imposible. Algo que vemos a diario, que nos asfixia con sus enormes ojos, con su brillo y que, sin embargo, no podemos tocar. El lucero, nombre de toda ilusión que aspira a ser corporeidad.

Finalmente, el río, la corriente, el constante fluir. El río que es como la vena, como la savia o como el mismo discurrir de la conciencia. El río que penetramos y que nos penetra. El río en el cual navegamos y hacia donde llevamos todas nuestras penas o nuestras alegrías. El río, hijo de la montaña. Herida de la roca y la tierra que se desangra zigzagueante, volviendo más húmeda la parcela, el cultivo; el río que embiste desbocándose y que nos aterroriza con su sequía. El río, en suma, donde se conjugan el pescador y el lucero; el pescador con su canalete y su canoa, el lucero como resplandor, como imagen que juega a perderse en la corriente.

Cambien ustedes el contexto, vuelvan el pescador un llanero, tórnenlo agricultor o artesano, llámenlo recolector, jornalero o mero campesino; cambien ustedes el lucero por una puesta de sol, por la palmera incólume, por las nubes negras y tristes, cámbienlo por la lluvia, por el arco iris, el viento o una flor; cambien ustedes, finalmente, el río por el mar, por la llanura, por el valle, por la sabana o por el desierto y no variará en nada, o en casi nada, esta confluencia de hombre, ilusión y naturaleza. Naturaleza que, por lo demás, está tan asociada a lo telúrico, al movimiento o las meras aguas, que siempre se identifican con la mujer. La mujer o el labio, la sonrisa, el lunar, la cadera o el beso. Mujer que es siempre nostalgia, como nostalgia es querer volver al bohío, al pueblo, al antiguo lugar del nacimiento.

El sincretismo se muestra en ese acto traslaticio de pescar el lucero, llevarlo al bohío y abandonar el oficio; en ese acto transfigurativo de no volver al río porque se tiene entre los brazos la ilusión, y en esos celos de la naturaleza que, a partir de la creciente, de su exceso, vuelve a apoderarse de lo suyo. El sincretismo es esa venganza de lo natural contra todo aquel que se atreve a robar su descendencia. El sincretismo es la defensa de un continente joven ante la barahúnda del tecnicismo; una forma de revancha ante la conquista brutal de la civilización.

Muerto el barquero, el equilibrio se reanuda. Arriba brilla el lucero y el río sigue su curso de reflejos y memoria de agua. Muerto el barquero, la armonía inicial vuelve a perderse entre pajonales y sombras de antiquísimos platanales.

Ya en la ciudad, el río puede tornarse calle y no nos queda sino la nostalgia. Saudade que es también identidad. Ya en la ciudad, la fábrica borra las estrellas tras su humo y el agua se inmoviliza por la pesadez de tanta escoria de máquina. Sin embargo, vuelvo a repetirlo, la naturaleza reclama una revancha. La polución no es sólo una palabra.

Y justo cuando hablamos de identidad, ese desquite del pescador, del lucero y del río, se nos convierten en la vieja cruz del abuelo, en el retrato arrugado de alguno de nuestros padres o en el amuleto de alguna tía beata. Si miramos hacia atrás, la identidad nos habla desde la sangre, desde la violencia; si miramos más, mucho más atrás, la identidad nuestra se llama invención. La invención de América, el sueño de Colón y el recorrido de un equívoco.