La anunciación

"La anunciación" de Fra Angélico.

“La anunciación” de Fra Angélico.

Desde aquel día que su amigo le había hablado del misterio de la vida, Eliana no dejaba de pensar sobre lo que le estaba pasando.

—Lo mejor es abandonarse —fueron las palabras reiteradas del amigo, a la par que ingería un pedazo de pan, antesala del almuerzo.

Y ella, aunque entendía y compartía tal observación, no sabía cómo entrar en esa actitud. Toda su vida era un ejemplo de lo contrario: organizar, disponer, hacer que su voluntad abriera camino y las cosas y las personas atendieran a esa voz que las ponía en marcha. Al igual que su constante impaciencia cuando las circunstancias no se doblegaban a su capricho. Su espíritu y su cuerpo sabían que le era muy difícil abandonarse. Pero aun así, tal vez por el deseo vehemente de tener un hijo, Eliana no sólo dio cabida a aquel consejo sino, además, empezó a recapitular lo que su amigo le había dicho.

Lo primero que hizo fue buscar el cuadro de “La anunciación” de Fra Angélico. Esa fue una obra a la que su amigo se refirió en varias ocasiones.

—Es una lección de asentimiento.

Tuvo que recurrir a internet para encontrar una respuesta a dicha aseveración. Frente a la pantalla de su computador se extasió por unos minutos en las dos figuras que ocupaban el lado derecho del cuadro: un ángel y María. La distrajo al inicio el colorido del traje del ángel y la tonalidad del manto azul ultramarino de la mujer. Se fijó luego en las manos de María, cruzadas sobre el pecho, y comprendió que sí, efectivamente, era un gesto perfecto del asentimiento. El pintor plasmó el momento en que la mujer había dicho que sí. Lo sorprendente era que el ángel con sus enormes alas doradas, asumía el mismo gesto, como indicándole a María la forma de disponer el cuerpo para aquel encargo, para ser depositaria de aquel misterio. También le llamó la atención la diminuta ave que viajaba a través de un rayo de luz.

—En las aves parece estar la clave.

Eliana rememoró esa otra afirmación de su amigo, justo después de que él terminara de tomar una copa de vino. Así estuvo, en esa actitud contemplativa por más de quince minutos. Le llamó la atención del cuadro el pequeño libro que estaba leyendo María —así era el de su primera comunión— y le maravilló que no se cayera de la pierna derecha de la mujer. El libro estaba en perfecto equilibrio.

Tal vez contagiada por este cuadro, Eliana buscó en internet otras obras semejantes. Varias imágenes aparecieron en la pantalla, pero fue una del español Murillo la que más le impactó. En ella los brazos de María estaban en la misma posición: las manos cruzadas sobre el pecho, conformando la figura de un ave. Y también se veía una paloma. Sin saber por qué, Eliana pensó que las manos cruzadas, como en un juego de sombras chinas, imitaban las alas del ave. O que eran la encarnación del ave. Esta virgen no era tan celeste como la de Fra Angélico, sino una mujer mundana que tenía al lado una evidencia de sus oficios domésticos. Aunque también había un libro abierto y un lirio. Se acordó en ese momento de que esta flor tenía su origen en la leche derramada de Juno cuando amamantaba a Hércules. Todo eso se le vino a la cabeza… De manera inconsciente fue hasta su dormitorio y buscó en el clóset una pequeña caja que contenía varias fotos y el devocionario de la primera comunión. En la caja encontró el libro de tapas doradas. De igual modo halló una pulsera de perlas con un crucifijo y un portavela de una niña arrodillada con las manos en actitud de oración. Lo que le atrajo su atención fue una vitela metida dentro del libro —y ella no recordaba tal lámina— en la que estaba una reproducción de la anunciación. La postura de las manos de María era similar y el lirio, esta vez más florecido, era parte de lo que el ángel traía en la mano izquierda. Eliana quedó sorprendida, cómo era posible que esa estampa estuviera allí. ¿Quién la había guardado? Porque estaba segura que no había sido ella. O quizá, era algún objeto conservado de niña, y de eso sí tenía memoria, cuando le gustaban esas imágenes o le fascinaba todo lo relacionado con los ángeles. Sacó la vitela y guardó el pequeño libro de oraciones. Cerró la caja, la acomodó de nuevo en su lugar, debajo de un juego de sábanas sin estrenar y retornó a su escritorio. Puso la lámina debajo del vidrio, al lado de una foto suya con su esposo en una de las primeras navidades juntos. Cerró el computador y se dispuso a atender los oficios domésticos de aquel domingo de Agosto.

Mientras alistaba una ropa para planchar siguió pensando en el sentido de esas pinturas y aquel gesto de absoluta disposición. Volvió a pensar en su amigo y en cómo le había insistido en el valor de abandonarse al milagro.

—Es lo que Borges llamaba una actitud pasiva del espíritu.

Su amigo, tal vez por escribir poesía, le decía esas cosas como si ella no necesitara mayores explicaciones. Le habló también de Roberto Juarroz y de que en un próximo encuentro le llevaría un texto de él sobre este punto. Todos estos asuntos corrían por su cabeza mientras acababa de planchar una blusa color azul celeste. Sintió hambre y fue hasta la cocina a buscar algún alimento. También de eso había conversado con su amigo, y cómo debía aumentar el consumo de pescado. Encontró unas verduras y empezó a prepararse una ensalada. Comió despacio. Tal vez convencida de que el milagro no habita en uno si no se aprende la pasividad. Prendió la televisión y vio una prueba de las últimas olimpiadas. Le pareció un contraste del azar la forma como su espíritu luchaba por adquirir la lentitud y los atletas de la pantalla se esforzaban por lograr la máxima velocidad. Apenas terminó de comer la ensalada apagó el televisor y marcó el teléfono de su amigo.

—¿Qué estás haciendo?

—Aquí tratando de escribir.

—¿Qué?

—Es una sorpresa.

—No. Dame un adelanto.

—No seas impaciente —dijo el amigo con picardía.

—Ay, cuéntame de qué se trata.

—Bueno. Es sobre algo de nuestra última charla.

Eliana se sorprendió de que su amigo mantuviera en la distancia esa complicidad sobre el mismo tema. Pero no le dijo nada, esperando a ver si su amigo le confesaba lo que venía escribiendo.

—Volví a mirar un texto de Lezama sobre la posibilidad infinita. Y su idea de que el pobre es propenso a lo desconocido y está rodeado por el milagro… Lezama dice que el milagro es la espera, hasta que se hace creadora…

—¿Dónde dice eso?

—En uno de sus ensayos.

Eliana escuchaba a su amigo por el teléfono con la atención de una alumna fascinada por un tema de clase.

—¿Y sabes qué más encontré?

­—No. ¿Otro libro?

—Un músico maravilloso que no conocía, Franz Biber.

—¿Quién?

—Biber. Las dos con “b” larga.

—Ni idea.

—Lo tengo de fondo, a ver si me transmite algo de su inspiración para develar el misterio.

—¿Y sí te ha servido?

—Creo que sí. Ya llevo cinco páginas.

—Su música es como una lenta preparación del alma para lo desconocido. El violín hace las veces de un heraldo que va distendiendo nuestros lugares comunes o nuestros aferramientos, y, poco a poco, a través del bajo continuo, que crea un hábitat secreto, se puede apreciar el despertar de algo profundamente vivo.

—¡Qué maravilla!

—Si quieres te envío ahora la dirección por whatsapp para que lo escuches.

—Me gustaría. Gracias.

Eliana admiraba en su amigo la tenacidad y la entereza para escribir. En los largos años de amistad conocía además que la tesón para el estudio era parte constitutiva de su ser. No obstante la curiosidad la seguía inquietando.

—Bueno, ¿y por qué no me lees el primer párrafo?

—Es de mal augurio leer lo que no se ha terminado de escribir.

—Eso te lo acabas de inventar —le contestó ella, para ocultar su ansiedad.

—Mejor te lo leo la próxima vez que nos veamos.

—Tú y tus misterios —dijo ella sin reparar en el uso que hacía de la palabra.

—Así es toda creación —respondió el amigo, dejando entrever que no accedería a satisfacer la curiosidad de ella.

Después hablaron de otras cosas, especialmente de un proyecto que venían trabajando en común.

—Si quieres nos vemos el miércoles —dijo el amigo, a manera de despedida.

—Vale —contestó ella—. Te busco por la tarde.

—Así quedamos.

Eliana terminó la llamada y fue hasta su dormitorio. Sintió frío y buscó un pañolón de lana de un azul oscuro intenso. Al rato oyó el pito de su celular y vio un mensaje que incluía la dirección en internet del músico del que minutos antes le había hablado su amigo. Escribió unas gracias a manera de respuesta y fue de nuevo a su estudio. Copió en el buscador la dirección y se dispuso a escuchar al músico. Se concentró en aquella melodía, tratado de entrever lo que aquel violín preludiaba de su estado. Así estuvo por más de media hora, en duermevela, hasta que sintió abrir la puerta del apartamento. Apenas se estaba levantando de la silla vio que su esposo colocaba un paquete de frutas sobre el comedor.

Fue a su encuentro y recibió un abrazo. Conversaron largo rato sobre las preocupaciones cotidianas, en especial sobre el próximo pago de la declaración de renta. Ella le ayudó a prepararse algo de cenar y después fueron juntos a la alcoba. De paso, el marido escuchó la música en el computador y le preguntó a su mujer sobre esa melodía. Ella le contestó que era de un compositor clásico que había descubierto por azar. El marido prendió la televisión y ella fue hasta el estudio para apagar el computador. La imagen en la pantalla de la portada del disco, que estaba escuchando por youtube, de una virgen con una diadema de estrellas y con un niño pletórico de luz en su regazo le pareció una bella forma de cerrar aquel día.

*

Dos días antes de la nueva cita con su amigo, Eliana visitó a su médica para una cita de control. La médica le dijo que debía comer carne, especialmente por el hierro e incluir pescado y verduras frescas. Que todo iba bien. Eliana, cada vez que iba a ver a la médica, la atenazaba una antigua angustia: recordaba el embarazado fallido de unos años atrás y, aunque seguía en su idea de no cargar ese nuevo embarazo de tantas expectativas, siempre sentía que se le secaba la boca y una especie de vacío en el vientre la ponía indispuesta. La médica le ratificó que no había hasta ahora ninguna complicación. Llevaba ya tres meses y medio  y, si todo avanzaba naturalmente, sería madre por allá en enero del próximo año. Esa vez no la acompañó su esposo. Al salir del consultorio fue en su automóvil hasta un supermercado y compró frutos secos y una leche deslactosada que su cuerpo asimilaba muy bien. Ese fue un consejo de su madre y de sus hermanas: “la leche es fundamental”. Salió del supermercado y se dirigió directo a su apartamento. Cuando llegó no encontró a su esposo. Descargó la bolsa con los víveres y se dispuso a preparar el almuerzo. Estando en aquella tarea se acordó de que no había revisado su correo desde por la mañana y fue en un momento a prender el computador. Varios mensajes la esperaban en la bandeja de entrada. Le llamó la atención uno de su amigo. El correo venía sin título. Rápidamente lo abrió y se encontró con un poema,  debía ser del poeta argentino tantas veces nombrado por su amigo. Leyó con avidez:

El milagro no tiene dos extremos:

Tiene uno.

El único extremo del misterio está en el centro

De nuestro propio corazón.

El poema venía acompañado de un pequeño mensaje que decía: “para que te sirva de mantra”. Releyó el poema y sintió unas ganas de llamar a su amigo, pero optó mejor por darle las gracias después, el día convenido para verse.

Retornó a la cocina, verificó si la pasta ya estaba al dente y empezó a asar una carne de res.  En su memoria repasaba aquellos cortos versos. Salió de la cocina y con unos rápidos pasos retornó a su estudio para leer el poema. Ansiaba aprenderlo de memoria. Por un momento sintió que su amigo era una especie de ángel guardián de su estado, de sus angustias, de sus miedos. Tal vez él no lo supiera, pero tenía el don de adivinarla, de leer sus signos con sutileza y clarividencia.

Eliana retornó a la cocina y dio vuelta al pedazo de carne. Alistó un plato, sirvió la pasta y esperó a que la carne adquiriera un color más dorado. Luego, fue a sentarse al comedor. Allí, sentada, advirtió que en el pequeño balcón del apartamento estaban varias palomas. Le pareció curioso la presencia de aquellas aves porque nunca hasta ahora se habían aparecido por ese lugar. ¿Sería otra premonición? Ella misma se sorprendió de sus pensamientos. Después se terminar los alimentos se dirigió a la cocina, lavó el plato y sirvió un vaso de agua. Entró de nuevo a su estudio y respondió el correo de su amigo:

—Gracias. Y como todo mantra espero que me ponga en consonancia con el misterio. El misterio de la vida.

*

Ese miércoles, después de la jornada de trabajo, acordó con su amigo encontrarse en una pequeña cafetería situada muy cerca de donde él laboraba. Su amigo llegó primero. Cuando apareció Eliana, pidieron algo de tomar. Ella un té frío y él una aromática de frutas. Mientras llegaba el pedido, lo primero que ella le contó a su amigo fue el sueño que le había referido esa mañana su madre, en la ritual llamada matutina. Era un sueño en el que Eliana llegaba con un vestido amplio de flores y en la parte del vientre tenía un dibujo lleno de palomas; que ella iba a visitar a su madre ataviada con ese vestido esplendoroso. El amigo escuchaba atento. Después, cuando apareció la muchacha con las dos bebidas, la charla se centró en el escrito que el amigo venía haciendo.

—Me dijiste que hoy me lo ibas a mostrar.

—Todavía no he acabado.

—Eso siempre haces…

—Déjate sorprender —contestó el amigo, con un gesto juguetón.

—Sabes que estuve escuchando el compositor que me dijiste. Es un despertar en medio de la oscuridad. Una lucecita saliendo de la noche. Me gustó.

—Biber es un virtuoso del violín. Y esta obra en especial tiene una particularidad: el desafinado. Se requiere una técnica experimentada para afinar una o más cuerdas a alturas distintas de las normales. Es como el misterio: surge a pesar de la lógica, muestra su armonía en contraposición de lo esperado. Muestra su perfección tensando de una manera especial la imperfección.

Eliana tomaba a pequeños sorbos el té. Le encantaba hablar con su amigo porque siempre le aportaba informaciones nuevas, o la ponía en contacto con algo desconocido, una película extraordinaria o un texto reciente, resultado de su gusto por frecuentar habitualmente las librerías de la ciudad.

—Sabes que la clave del misterio es la confianza del que lo espera.

—Sí —se apresuró a contestar Eliana—. Eso lo he entendido. Es como una cesación de la voluntad. Una entrega total a las fuerzas externas de la naturaleza, del universo.

—Así parece. Y tal vez esa sea la razón por la cual se habla de “estar esperando” para referirse al hecho del embarazo. Todo se gesta de manera misteriosa dentro de un ser y no puedes hacer nada para acelerar ese proceso. Eres un espectador privilegiado.

—Es una espera sin ansiedades.

—Sin expectativas u objetivos determinados de antemano.

Eliana miró por el ventanal de la cafetería y vio que las luces de los coches ya empezaban a poblar la avenida diagonal al sitio donde estaban reunidos.

—Leéme algo de lo que llevas escrito.

El amigo la miró como quien sabe de los derechos que trae consigo la amistad de muchos años. Buscó en su maleta una libreta media carta, de esas que se usan para taquigrafía, y pasó las hojas buscando un apartado especial.

—Aquí está —dijo— Pero sólo es el borrador. Así que puede sufrir todavía modificaciones.

—No le des más vueltas. Léeme.

El amigo tomó el último sorbo de la aromática de frutas y, como quien está susurrando un secreto muy valioso a alguien, echó hacia adelante el cuerpo y empezó a leerle a su amiga parte del texto escrito a mano:

—“…Si Lezama Lima privilegiaba a los pobres para creer en el milagro era porque su extrema necesidad los convertía en seres absolutamente dispuestos a aceptar lo extraordinario. Detrás de frases como ‘Dios proveerá’ se esconde una actitud de abandono absoluto a lo maravilloso, a lo inesperado. Al invocar a Dios de esa manera, el pobre pone toda su confianza en un otro que es todo el universo, un otro en el que se recogen el azar, la suerte y la gratuidad. De no ser así, el pobre no podría sobrevivir. Gracias a ese abandono en la providencia es que sus miserias, sus carencias, su aridez existencial, pueden ser colmadas de bendiciones, de regalos insospechados. Por no tener nada, por carecer de mucho, todo lo que venga o llegue, así sea poco, siempre será percibido como un milagro, como la prueba fehaciente de que no está solo en el universo. De que hay secretas filiaciones sólo visibles cuando nos abandonamos, mediante la fe, a este actuar del prodigio…”

El amigo hizo un alto. Miró a Eliana con cara de complicidad, y cerró la libreta. Ella quiso insistir pero sabía que cuando su amigo se negaba a compartir sus escritos era mejor no insistirle. Así que prefirió retomar algunas de las ideas escuchadas y darles una extensión en sus propias palabras. Enseguida de esto, hablaron de otras cosas, del proyecto de investigación que venían desarrollando para una corporación universitaria y de temas de actualidad como el proceso de paz con la guerrilla que por esos días parecía ya un hecho definitivo.

—Apenas tengas el texto terminado me lo compartes, ¿no?

El amigo le dijo que por supuesto, y más tratándose de un asunto que a ella especialmente le competía.

—¿Quieres que te acerque?

—Buenos. Gracias.

Salieron de la cafetería y bajaron a buscar el carro de ella en un parqueadero a cuadra y media de donde estaban. En el automóvil siguieron hablando del milagro y del poema que días atrás él le había enviado por correo electrónico.

El milagro no tiene dos extremos:

    Tiene uno.

    El único extremo del misterio está en el centro

    De nuestro propio corazón.

 —Ah, te lo aprendiste.

—Te hice caso. Tú dijiste que debía ser como un mantra.

—Así me gusta. Juarroz es una escuela de la disposición.

Antes de bajarse del carro, el amigo le entregó un pequeño regalo. Le advirtió o le hizo prometer a Eliana que no lo abriría sino cuando estuviera en su casa. Ella dijo que sí. El cerró la puerta despacio, despidiéndose con una frase que parecía un rumor:

—Cuídate… doblemente.

*

Después de dejar al amigo cerca a su casa, Eliana tomó rumbo hacia su apartamento. Mientras conducía rememoraba la conversación con él y la promesa de no abrir el regalo hasta que llegara a su casa. La curiosidad le apremiaba. Con una mano sacó el pequeño obsequio de la cartera y vio el papel brillante. Seguro era un libro. Se mantuvo conduciendo y mirando por momentos el regalo, pero prefirió volverlo a meter en la cartera, cumpliendo en la distancia la promesa hecha a su amigo.

Luego de guardar el carro en el parqueadero del edificio y de subir a su apartamento, saludó a su marido que estaba esperándola en la sala leyendo el periódico. Compartieron algunas peripecias del día y fue a su alcoba a cambiarse de ropa. Se puso una piyama y volvió con su esposo para preparar juntos la cena. Hicieron entre los dos algo ligero. Compartieron un café y unos sándwiches y, después, cada uno se dirigió a su estudio. Pasados unos minutos Eliana volvió a la alcoba y trajo la cartera hasta su escritorio. Sacó el regalo y lo abrió lentamente. Efectivamente era un libro. Se trataba de una compilación de pinturas sobre la anunciación. Hojeó el texto poco a poco, deleitándose con esas reproducciones. Vio obras en las que se repetía el mismo motivo pero interpretado por diferentes artistas. La atrapó el óleo de Boticelli en el que María parecía esquivar con su cuerpo, en un paso de danza exquisito, las palabras del mensajero. Observó también relieves y grabados, carboncillos y terracotas vidriadas. Hacia el final del libro se detuvo en un cuadro de Rossetti en el que María parecía una enferma absorta y el ángel frente a ella levitaba con sus pies en llamas. Ese cuadro la conmovió. Cerró el libro y sintió en su corazón una tranquilidad especial. Sucediera lo que sucediera, pasara lo que pasara, se sintió plenamente confiada. Dobló el papel del regalo con cuidado y lo puso dentro de una libreta que le servía de diario. Sonriendo se dispuso a responder la lista de correos que esa noche parecía interminable.

Obstáculos al escribir una etopeya

Autorretrato de la fotógrafa húngara Flora Borsi

Autorretrato de la fotógrafa húngara Flora Borsi.

Cuando nos animamos a escribir un autorretrato, especialmente si es de nuestro temperamento o nuestra interioridad, no resulta del todo fácil lograr una fiel representación. Bien sea porque dejamos de lado determinados rasgos negativos o muy íntimos o porque “inflamos” o sobredimensionamos ciertas virtudes que, aunque nos son propias, no resultan las más notorias de nuestra personalidad. De allí resulta el obstáculo principal al redactar una etopeya.

De otra parte, tenemos que enfrentarnos con los espejismos del autoengaño. En muchas ocasiones, de tanto mentirnos lo que no somos, terminamos creyéndonos unas características absolutamente falsas. Tal mentira se multiplica si lo que mueve a nuestro espíritu es aparentar o responder como sea al demonio de las mil cabezas del parecer de la gente o la sociedad. Así que, cuando elaboramos un retrato moral, necesitamos sanos ejercicios de discernimiento, autoanálisis sinceros y una valentía de nuestro espíritu para enfrentar con realismo una debilidad, un vicio, un defecto, o una particularidad que bien puede no ser de buen recibo por nuestros semejantes. Sin esa entereza o esa apuesta por la sinceridad lo más seguro es que realicemos una especie de máscara idealizada, muy alejada del parecido con nuestro genuino rostro.

También se convierte en un obstáculo para realizar una etopeya el buscar a como dé lugar un reconocimiento u obtener de las personas extrañas un elogio o por lo menos alguna distinción. Nos cuesta enormemente sabernos seres comunes y corrientes. Anhelamos, así sea en nuestra imaginación, alcanzar ciertos honores, la fama o el poder, lograr un prestigio, ser ensalzados o contar con miles de seguidores. Por todas esas cosas, terminamos en la inautenticidad o construyendo con endebles y vistosas mamposterías una identidad agrietada y por lo general hermosa tan sólo en la fachada. Entonces, si queremos que la etopeya que redactemos sea verídica y honesta, nos corresponde deshacer los escenarios de la vanagloria y asumir con humildad nuestra frágil y común condición humana.

Por lo demás, de igual modo será difícil hallar los términos que mejor describan lo que somos. Porque puede haber una infinidad de adjetivos o epítetos en el diccionario, pero seleccionar el más adecuado para delinear las aristas de nuestro carácter o el sustantivo que con precisión fije una forma de comportarnos, eso demanda una búsqueda adicional. Volver al diccionario para apreciar los matices de un término o para descubrir una palabra con la cual podemos atrapar una dimensión afectiva o sentimental que nos gobierna, se convierte en una labor permanente. Describir el micromundo de nuestra alma es un esfuerzo para elegir las palabras más acordes a esa dimensión oculta. Más que usar vocablos generalistas, tan proclives al equívoco, se trata de encontrar un vocabulario personal, un campo semántico que nos identifique y con el cual podemos nominar de manera concreta nuestras señales de singularidad.

A pesar de todos estos obstáculos mis estudiantes de la maestría en Docencia de Yopal aceptaron el reto de escribir sus etopeyas. Transcribo acá un ramillete de las más logradas, o de aquellas que por su redacción son un buen ejemplo de esta modalidad de texto descriptivo.

La primera de ellas es de David Andrés Forero Zapata:

“¡Qué tarea tan complicada! Convivo conmigo y me he sentido extraño observando a un ‘yo’ que pocas veces sale. Es un decir, sale todos los días pero no lo reconozco, no lo observo detenidamente, pero hoy me toca. Como todos, tengo un nombre aunque me identifican otras cosas. Soñador siempre he sido, algo fantasioso y dúctil. Sonrío cuando me toca, cuando lo siento y cuando algo duele porque la función debe continuar. Fui el payaso triste, el Garrick que reía llorando. Las lágrimas también me han acompañado estas décadas, unas tristes y otras de felicidad, eso es normal y más si se cree ser ‘artista’. La lúdica es transversal en mi vida, para aprender y enseñar, para vivir y, por qué no, para ayudar a vivir. Debo decir que lucho con ahínco por las cosas que quiero, aunque no siempre fue así. Dicen que soy de mal genio pero es una máscara necesaria para el cariñoso oficio de interactuar con pequeños. También dicen que soy chistoso y esa no es una máscara; no hago reír a grandes, no soy gracioso para ellos pero para los pequeños sí. Mi norte es Dios, lo aprendí de mis abuelos y lo consolidé al lado de mi esposa, a Él debo todo y se lo agradezco y quiero que siga siendo el director de esta obra de teatro que lleva escritos 37 actos. Solo espero que al caer el telón y yo bajé del escenario, Él me reciba”.

La segunda etopeya es de Harry Rentería Rodríguez:

“Muchas veces me he preguntado si la forma en que me miro corresponde a la percepción que tienen otras personas de mí, esto debido a las ideas equívocas e imprecisas que tenemos sobre nosotros mismos. Inicio por decir que me considero una persona muy introvertida, demasiado para los demás diría yo, de pocas palabras, pero que percibe y analiza todo lo que ocurre a su alrededor. En cuanto a mi ser interior soy alguien que actúa de acuerdo a los principios y normas de comportamiento establecidos dentro de la sociedad, siendo tolerante, respetuoso y solidario con nuestros semejantes, a pesar que el mal genio y la desidia en determinados momentos me traicionen. Del mismo modo me avisto como un soñador, un vendedor de ilusiones y un promotor de proyectos de vida; con un sentido de pertenencia y compromiso con mi labor de maestro y mi responsabilidad como padre. Dentro de las percepciones que tienen los demás sobre mi forma de ser, algunos han llegado a describirme como un ser distante, frío y poco comunicativo, que a mi modo de ver son características muy alejadas de lo que debe ser un buen maestro, lo que me genera un gran compromiso conmigo mismo de vencer esos obstáculos que impiden que pueda desarrollarme aún más como persona y profesional que soy”.

El tercer autorretrato interior es de Ferney Fernández Tangarife:

“Sus amigos lo definen como alguien en quien pueden confiar, decidido y terco, una persona que guarda la compostura e intenta, por cualquier medio, crear simpatía. Diestro con las palabras, servicial cuando se requiere y que no sabe callar, a tal punto que parece necesitar (urgir diría Hugo) muchos filtros sociales. Su familia reconoce su bondad; buen hijo dicen sus padres; una persona que siempre está ahí anotan sus hermanos, poco social y buen lector agregan. Su esposa Ana, su gran amor, puede ver en sus distante cortesías, todo el afecto, pasión y apego que ella le inspira, de no ser así, de no tener la clarividencia que le da la seguridad de sentirse amada y totalmente correspondida, seguramente no lo amaría de la manera que lo hace. Sus hijas Sarah y Luisa reconocen en él una figura paterna fuerte, algo distante en las demostraciones de cariño, pero sin duda un hombre, en palabras de Sarah, ‘serio y bonito’. Él, Ferney, no siempre se reconoce como alguien en quien confiar, ha fallado a veces por acción y otras por omisión, pero jamás por malicia deliberada. Decidido sí. Sus mayores debilidades, según él son: por una parte la incapacidad de reconocer sus errores, a tal grado, que prefiere seguir errado a conceder la razón y por otro lado, omitir las necesidades de su pareja, lo que es un desventaja emocional y motivo de discusión constante”.

El cuarto ejemplo corresponde al texto de Martha Cecilia Parada Vargas:

“Soy una casanareña que sonríe a la vida. Ella me ha brindado cosas bellas, una hermosa familia y una tierra grata. He tenido la oportunidad de orientar a otros en este hermoso planeta que Dios nos ha regalado. Amo el baile llanero, la música romántica y la vida sin demasiados sobresaltos. Soy leal, responsable, tolerante y perseverante; gracias a ello he logrado gran parte de las metas propuestas; pero además, gracias a mi solidaridad y capacidad de servicio he logrado ayudar a otros, brindar mi ayuda a quienes acuden a mí por algo que les inquieta o les causa dolor, pues eso de compartir, de ayudar, me fascina. La alegría y el buen humor son mis compañeros en este trasegar por el mundo. Hemos venido para ser felices y alegrar la vida a los que nos rodean. Soy extrovertida y sincera; pero no tolero la hipocresía ni el arribismo ni la inmoralidad. Respeto las normas y trato de hacerlas cumplir; quizá ese comportamiento no sea el más acertado pero esa es mi naturaleza. Algunos dicen que es una ventaja otros que me juzgan por ser así, pues por ser demasiado directa podría herir susceptibilidades; no obstante; acepto que me digan la verdad aunque me duela. Espero cumplir la tarea que Dios me ha encomendado al enviarme a este mundo y aportar un granito de arena para que éste sea mejor”.  

Y el quinto ejercicio descriptivo es de Yenci Durán Olivos:

“Qué puedo decir de mí, muchas cosas… empezaré diciendo una característica que es muy notoria en mi carácter, y es mi temperamento, soy una persona tranquila, aunque en ciertas ocasiones como en labores domésticas suelo perder la paciencia. Mi mayor virtud es la fe y confianza en Dios y segundo la honestidad y la justicia, eso lo aprendí de mi padre. Soy muy llorona, en especial en momentos de mucha emotividad. Me gusta el orden y mis actividades cotidianas, a veces planeo hasta el oficio que voy a hacer en la casa en un día cualquiera, tengo en mi nevera una lista de los menús que voy a preparar cada día. Me encanta soñar, sé que esa es la cuota inicial de que mis sueños sean una realidad. Me gustan los niños y por esa razón disfruto pasar tiempo con mis hijos, considero que soy una buena mamá y los extraño mucho cuando están lejos de mí. Mi familia considera que soy tierna y creo que los demás piensan eso de mí, aunque a veces yo veo esa característica como una debilidad con mis estudiantes. Me gusta aprender cosas nuevas por eso no será difícil estudiar. Por otro lado, mi mayor debilidad son mis miedos, sobre todo cuando me enfrento a una experiencia por primera vez. Me preocupa lo que los demás piensan de mí. Soy un poco orgullosa, cantaletosa, dormilona y mi esposo dice que manipuladora”.

Debilidades al empezar a escribir un ensayo

Cohorte Yopal II 2016 MEN

Cohorte “Becas para la excelencia”, Yopal, segundo ciclo 2016.

Una nueva cohorte de estudiantes de la Maestría en Docencia-Extensión El Yopal ha comenzado sus estudios de posgrado. Son un grupo de beneficiarios del programa “Becas para la excelencia” del Ministerio de educación Nacional. La mayoría son profesores de colegios del municipio de Yopal y, unos pocos, tutores del programa “Todos a aprender”. Este grupo de maestrantes empiezan la aventura académica de dos años y, como siempre sucede al inicio del programa, muestran serias debilidades en la escritura.

Un buen número de ellos, a partir de una encuesta realizada al inicio de labores, manifestó, entre otros, los siguientes escollos: “dificultades para organizar las ideas”, “no saber utilizar correctamente la puntuación”, “no encontrar las palabras precisas y la manera de relacionar lo que están pensando con lo que quieren expresar”, “no usar los conectores precisos para dar coherencia y cohesión a un texto”, “la escasez en el vocabulario”, “no saber poner por escrito las ideas de forma bella y elegante”, “la débil construcción de párrafos coherentes”, “no tener las ideas claras”, “no poseer la disciplina que se requiere para ser un buen escritor”.

Y en relación con el tipo de textos que se les dificulta más escribir, los neomaestrantes coincidieron en que son los argumentativos los que mayor brega les generan. Entre las razones expresadas afirmaron que “no usan estos textos con frecuencia”, “no saben cómo contrastar las ideas basándose y tomando concepciones de otros”, “no conocen cómo defender un criterio, tal vez por falta de conocimiento de autores o de lectura”. También adujeron que dicha limitación se puede deber “al desconocimiento del tema”, o a que “se requiere de una postura crítica y de organizar adecuadamente los párrafos para no perder el sentido del mismo”.

Precisamente, y con el fin de superar estas falencias en los textos argumentativos, les he propuesto a los estudiantes escribir un microensayo. La primera parte de este ejercicio consiste en redactar un párrafo en el que esté de manera explícita la tesis. El tema elegido es el mismo del macroproyecto de investigación: la comprensión lectora.

Dado que esta entrada del blog sirve de detonante para empezar la tarea, deseo ofrecerles a los neomaestrantes de Yopal, además de las sugerencias contenidas en mi libro Pregúntele al ensayista, algunas pistas adicionales sobre cómo presentar la tesis en un ensayo. Primera: Piense bien el tema. No se lance a redactar lo primero que se le ocurra. Investigue. Lea. Consulte. Recuerde que la tesis debe ser medianamente novedosa. Segunda: La tesis no puede ser tan extensa. Debe ser puntual. No la explique, ya tendrá tiempo de argumentarla en los párrafos siguientes. No se alargue demasiado si no quiere perder la contundencia de su tesis. Tercera: La tesis es la promesa que el ensayista hace al lector. Es una especie de apuesta intelectual a la que luego deberá dar soporte y aval suficientes. En cuanto promesa, hay que dimensionar el alcance de la misma. No prometa cosas que luego no podrá cumplir. Cuarta: La tesis debe ser interesante. Busque que ese pequeño párrafo cautive a un posible lector. El interés puede provenir de un asedio al tema poco explorado; de una relación inadvertida o de una postura crítica a lo dado por hecho. Si no hay ese esmero por hacer atractiva o sugestiva la tesis el hechizo de atrapar la atención del lector se perderá desde el inicio. Quinta: No confunda la tesis con un derroche de emociones o una declaración de corte testimonial. Tenga en mente que está empezando a escribir un texto argumentativo y, en consecuencia, deberá apelar más a razones que a sentimientos. La tesis es una afirmación que usted tendrá que defender lógicamente, así como los abogados o los filósofos. En este sentido, la tesis exigirá un esfuerzo de su inteligencia, un ejercicio del pensar con lucidez y una paciente labor de sopesar y tejer juicios.

Confío en que esta gama de sugerencias sirva de aliciente complementario para la redacción del primer párrafo del microensayo. Por lo demás, y este es un consejo que nunca sobra hacer a los que empiezan un programa de posgrado, hay que mantener en alto la persistencia, la constancia y la voluntad de querer aprender a escribir. Así que, si hay que repetir varias veces un párrafo, habrá que hacerlo, dejando de lado la desmotivación y el engreimiento. Sólo de esta forma se puede avanzar y mejorar, poco a poco, en las especificidades y técnicas del oficio de escribir.

Hay un cuerpo virtual inexplorado

El cuerpo vuelto arte

Empecemos con una afirmación de base: es en nuestro cuerpo donde radican nuestros mayores miedos. Es a partir de esa estructura de músculos, huesos y nervios en donde podemos hallar alguna explicación a nuestras timideces, a nuestro rubor, a nuestra vergüenza. Porque el cuerpo es algo que no podemos ocultar del todo, porque nos “condena” o nos pone en evidencia. Tal vez sea por eso que al colocarnos delante de un público, de un “otro”, lo sintamos casi siempre como una forma de desnudez, como una “exposición” de nuestros más ocultos temores.

Ya hemos hallado una segunda idea fuerza: hablar delante de un público es tanto como exponerse (he ahí el sentido profundo de hacer una exposición). Cuando nos situamos delante de una persona o un grupo lo que hacemos realmente es una exposición; actuamos. Somos actores. Y si, como lo hemos visto y dicho en otros textos, para lograr comunicar un mensaje con eficacia tenemos que saber usar nuestra voz, saber entonar, conocer el abanico de posibilidades de nuestra palabra oral, ahora tenemos que incorporar toda la riqueza de nuestra corporeidad.

 Piénsese un poco en el abanico o la gama de elementos con los cuales cuenta nuestro cuerpo: están nuestras manos, nuestros ojos y nuestra mirada, nuestra postura, nuestro desplazamiento… Qué diversa y compleja comunicación establecemos sólo con algunos gestos; qué amplia y poderosa interacción proponemos con cierta manera de sentarnos o cierta forma de caminar. Hay toda una larga y amplia zona de estudio en eso que podemos llamar “comportamiento no verbal”. Disciplinas como la kinésica o la proxémica han indagado en la red de significaciones del cuerpo cuando se pone en escena.

Y en ese colocarse delante de otros, inerme y solitario, en esa puesta en escena de nuestro cuerpo, es donde ciertas estrategias y técnicas de comunicación pueden servirnos de ayuda. Claro, no son recetas ni normas absolutas, son más bien pistas o indicios para tener una mayor eficacia en la interacción personal o de grupo.

Comencemos por nuestras manos. El otro rostro. Con ellas o por ellas podemos hacer una variedad de cosas: a) ejemplificar, b) subrayar, resaltar, provocar un énfasis, c) darle ritmo a nuestra palabra, acompañar corporalmente nuestra entonación –así como los directores de orquesta–, d) crear suspenso… Gracias a las manos logramos reforzar lo que decimos y, a la vez, producir cierta escenografía a nuestra palabra. Y si he escrito que las manos son otro rostro es porque con ellas podemos establecer un campo de lenguaje análogo al de nuestra gestualidad.

Ni qué decir de la mirada. Primero que todo, es una potente herramienta de control, de evaluación. Con la mirada podemos “domeñar” o “mantener las riendas” de un público; con la mirada sabemos del impacto que producen nuestras palabras en los interlocutores. De otro lado, la mirada nos permite establecer un contacto inmediato. La mirada es puente, es una mediación (y depende como la utilicemos, bien sea de manera cálida o distante, así su rendimiento en una conversación o en una charla ante un grupo). Una tercera función de la mirada es la de contagiar un estado de ánimo, una emoción, un apasionamiento. Al ser los ojos un espejo de nuestra interioridad, la mirada se convierte en el reflejo de nuestros sentimientos. En el conmover, o seducir, en esa tarea del saber apasionar, la mirada cumple un papel estratégico por no decir fundamental… Luego, entonces, hay que aprender a usar la mirada, no lanzarla escurridizamente al techo o ponerla en un sitio sin sentido; no hay que eludir al otro, sino que, por el contrario, hay que mirarlo de frente, mirarlo de acuerdo a nuestra intención, a nuestro propósito comunicativo. No olvidemos que es en la mirada, tanto del actor como del público, en ese juego de fuerzas, donde se debate la calidad o la flaqueza de nuestra “obra” o exposición comunicativa.

Cuánto influye nuestra postura. Cuánta diferencia hay entre decir un mensaje sentados o de pie. Cuánto perdemos o ganamos en la comunicación al conocer las ventajas y las desventajas de una u otra postura. Algunas de ellas son más cerradas, menos aptas para la interacción; otras son altamente eficaces en esto de “romper el hielo” o “meterse en la intimidad de otros”. Sucede muchas veces que, por usar indebidamente cierta postura, nos leen como soberbios cuando no como incompetentes. La postura es el eje o el dinamo de nuestra actuación; en ella reposa el resto del engranaje comunicativo. La postura es el espacio de la danza, incorporado al trabajo del expositor.

Resaltemos aquí, de una vez, a propósito de la postura, la importancia del desplazamiento de nuestro cuerpo durante una charla o conferencia. Y al decir desplazamiento, hablo de líneas de fuerza. Porque hablar delante de otros, de alguna manera, es marcar un territorio (un territorio en un espacio que apropiamos como nuestro, una “zona habitada”, una especie de fortaleza). Agreguemos que esas líneas de fuerza las dan preferiblemente las diagonales; digamos también que dependiendo del espacio, así tenemos que hallar o “marcar” dichas líneas de fuerza. Tal recomendación es significativa porque en las líneas de fuerza están implícitas también las líneas de atención. En consecuencia, no delimitar un territorio es tanto como emitir desde un no escenario, desde una escena fantasmal.

Basten, por ahora, estas pistas estratégicas para mejorar o darle mayor relevancia a nuestra interacción corporal. Sólo quisiera añadir que si no hacemos en primer lugar un reconocimiento de nuestros miedos y nuestros complejos, de nuestras culpas o nuestras fobias, muy difícilmente podremos establecer una comunicación corporal potente y llena de dinamismo. Antes de cualquier cosa, tenemos que enfrentarnos a nuestro cuerpo, aceptarlo como un don, quererlo y disfrutarlo en cada edad y momento, conocer sus posibilidades y limitaciones… Este cuerpo, no siempre forjado en la libertad y la inocencia, este cuerpo tan lleno de marcas que oscilan entre el castigo y el hedonismo consumista, este cuerpo que es una obra de ingeniería admirable, merece cotidianamente toda nuestra atención y cuidado, todo un proyecto de reconocimiento permanente.

No lo olvidemos: es por el cuerpo y gracias a él como nos sabemos seres en el mundo; y sólo apropiándonos de nuestra corporeidad, sólo así, podremos ponerla en relación, convertirla en un lugar estratégico para la persuasión, la interacción eficaz, o la comunicación más plena. Al ser dueños de nuestro cuerpo, como escribe Octavio paz, nacemos para otra “patria de sangre”; aprendemos otro himno, izamos otra bandera.

(De mi libro Rostros y máscaras de la comunicación, Kimpres, Bogotá, 2005, pp. 183-186).

 

Sobre los recuerdos (2)

Ilustración de Pep Montserrat para la Odisea

“Penélope”, ilustración de Pep Montserrat para la Odisea.

Tenemos en nuestra piel cicatrices que de alguna forma modelan nuestro cuerpo. También estamos hechos de recuerdos: estos van delineando nuestra geografía interior.

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¿Los dioses tendrán recuerdos? No. La eternidad es el absoluto presente.

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Aunque solo sea un hecho la piedra de toque para traer a la memoria un recuerdo, una vez presente despliega ante nosotros otras adherencias del pasado. Los recuerdos vienen en alud o participan de las propiedades del contagio.

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Se vive en el presente, se recuerda el pasado. Son las cenizas y lo ya perdido las que reclaman rememoración.

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El enamorado sueña con que todos sus actos y palabras sean recordados por su pareja. De allí que los amantes participen del destino de los desdichados.

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La ciencia ficción ha explorado en la fantasía de fabricar recuerdos con el fin de inocularlos en la mente de las personas. Pero ese proyecto siempre ha fracasado: los recuerdos no vienen de fuera, sino que nacen y crecen a la par de la vida.

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Las comunidades necesitan de ciertos recuerdos colectivos que les den cohesión y sentido de pertenencia. Esos recuerdos son las leyendas.

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Algunos enamorados son más celosos de los recuerdos que de las personas. Sufren por una infidelidad de su pareja a esa memoria compartida de lo ya vivido.

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A pesar de que una tertulia puede iniciarse a partir de un tema de actualidad, necesita de puntos en común sobre un pasado para lograr mantenerse. El carburante de la conversación extensa y amena es el recuerdo.

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El amor es, en gran medida, un intercambio de recuerdos.

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Los recuerdos temen al olvido pero saben que, sin él, no podrían reconocer su valía o consistencia.

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Cuando se miran álbumes de fotografías del pasado lo que hace la mirada es descubrir, en cada caso, los recuerdos ocultos tras la imagen.

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La nostalgia es el sedentarismo de los recuerdos.

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El perdón es un heraldo del olvido. Un mensajero que nos invita a despojarnos de los recuerdos dolorosos o las afrentas recibidas.

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Los recuerdos, aunque inmateriales, se desarrollan bajo la lógica del crecimiento de un organismo. En los seres humanos corresponden al sistema evocativo.

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Aún los encarcelados o los sometidos al secuestro o la prisión de los guetos, tienen una ventana libertaria: sus recuerdos. No obstante, Dante Alighieri nos mostró que no hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria.

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Los recuerdos son como sombras proyectadas por la luz de nuestras experiencias.

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Determinados recuerdos nos persiguen como un perro sabueso o un cazador experimentado. Sin saberlo, nos convertimos en presas de nuestro pasado.

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El culto a los muertos es un rito del recuerdo. Y las flores frescas que llevamos a una tumba son un símbolo de renovación de tal reminiscencia.

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No es bueno vivir solo de recuerdos, pero es imposible una existencia basada en la mera acción.

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La facultad de recordar es una de las claves de nuestra evolución como especie.

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“Recordar es vivir”, dice la gente. O puesto de otra manera, es la rememoración de lo vivido la que dota de sentido a la existencia.

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Platón: patrono y filósofo de los amantes del recuerdo.

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Cuando alguien decide escribir sus memorias lo que hace no es un inventario de su pasado, sino un ajuste de cuentas con sus recuerdos.

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El tejido que durante varios años tejió y destejió Penélope, mientras esperaba a Ulises, estaba hecho de finísimos y fuerte hilos de recuerdos.

Sobre los recuerdos

Palacio de la memoria

“Palacio de la memoria” de Joshua Flint.

Si recordar, como enseña la etimología, es volver a pasar por el corazón, entonces podemos concluir que almacenamos los recuerdos con la memoria pero los recuperamos mediante el sentimiento.

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Hay dos cosas que pueden hacerse con los recuerdos de la infancia: poesía o psicoanálisis.

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Los recuerdos exigen para su permanencia un trabajo inicial de repetición. Es el golpe continuado del herrero el que garantiza la resonancia futura de la campana.

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Los recuerdos son un lastre o un viento bienhechor. Son una carga para llegar a nuestro destino o nos sirven de impulso para nuestra odisea vital.

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Almacenamos experiencias, pero narramos recuerdos. El relato le da plasticidad a la memoria.

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Los griegos antiguos sabían bien que para morir había que pasar por el río del olvido. La muerte definitiva consiste en el hundimiento de todos nuestros recuerdos.

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Es el trabajo de los recuerdos el que crea el teatro de nuestro pasado. Mnemosine es la verdadera madre de Cronos.

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A ciertas personas les gusta entender los recuerdos como un depósito; para otros, son como hojas de un árbol que se desprenden según el soplar de las circunstancias.

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Hay marcas de agua en toda historia personal. Invisibles para los demás, pero claras y precisas al trasluz de nuestros recuerdos.

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Aunque parece fácil recordar, si no se tienen unos dispositivos de memoria, lo más seguro es que nos perdamos en el laberinto de nuestro pasado. Los recuerdos oscilan entre el favor de Ariadna y el temor al Minotauro.

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Algunos recuerdos huyen de nosotros por más que nos esforcemos en retenerlos. Otros, vienen de pronto, como asaltantes inesperados. Tales hechos nos muestran una cosa: los recuerdos además de escurridizos, gozan de una libertad inalienable.

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Existen situaciones dolorosas que traen consigo el no querer recordarlas. A veces, olvidar es una defensa de nuestra sobrevivencia psicológica.

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Los recuerdos pueden ser un arma de los obsesionados por el poder: hay gobernantes que administran astutamente el olvido y otros que saben dosificar y seleccionar para su pueblo un pasado específico.

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Cuando el dolor impregna una etapa de nuestro pasado, tendemos a distorsionar el recuerdo. Todo pasado doloroso es un pasado enmendado.

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La tragedia clásica griega tenía un dispositivo potente: el reconocimiento. Es decir, son las marcas de nuestros recuerdos los que llevan al cumplimiento del destino.

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Es la intensidad y no la cantidad de experiencias la que determina la consistencia del recuerdo. Retenemos más y mejor aquellas vivencias que han calado hondo en nuestra piel o nuestra alma.

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El drama de nuestra condición temporal es este: querer olvidar los recuerdos imborrables que nos lastimaron; desear retener aquellos otros de pasajera felicidad.

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Extraño el proceder de los recuerdos cuando estamos viejos: no recordamos dónde dejamos o pusimos un objeto cotidiano, pero nos acordamos con lujo de detalles de la época remota de nuestra niñez.

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¿Qué eran los aedos de la antigüedad? Unos guardianes rítmicos de la recordación.

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La adquisición de los recuerdos está a la par de la experiencia y lo vivido; la retención de los mismos implica un esfuerzo mnemotécnico. Su recuperación es un acto en el que, además de la voluntad,  intervienen el azar, la historia y la política.

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Los recuerdos participan de la lógica del dinero: los hay de rentabilidad inmediata y otros que rinden su beneficio a largo plazo.

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Las doctrinas que creen en la reencarnación son, en realidad, religiones centradas en la devoción absoluta hacia el recuerdo.

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La genuina biografía de un hombre es la que proviene de la elección de sus recuerdos. El relato más confiable de un ser humano termina siendo una autobiografía.

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Hubo una época en que los monumentos en las ciudades estaban ahí como hitos de memoria. La enseñanza es apenas obvia: los recuerdos deben materializarse en piedra o bronce, y estar siempre a la vista, si queremos transferirlos a las nuevas generaciones. A Mnemosine le gusta la pedagogía de lo marmóreo.

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Hay amnesias que resultan de un accidente o una enfermedad y otras que responden a la culposa tarea de un autoinfligimiento.

La flexibilidad de la ternura

Gracia de Sandra Bierman

“Gracia” de Sandra Bierman.

En el Tesoro de la lengua castellana o española, Sebastián de Covarrubias define o asocia la ternura con un cartílago, “que ni es carne ni es hueso”. En esa calidad o consistencia flexible, elástica casi, me parece importante concebir la ternura.

Tal característica de plasticidad es lo que le otorga a la ternura su enorme riqueza espiritual, afectiva y, por supuesto, comunicacional. Debido a esa ductilidad, a ese cimbreante ser de la ternura, es como alcanzamos cierto nivel de tolerancia, cierto talante de oscilación, cierta capacidad para el claroscuro. Gracias a la ternura aprendemos a ser menos rígidos, a ser menos “indeformables”.

Sí, la ternura pone en entredicho la dureza del guerrero, la rocosa y encallecida lógica de la guerra. La ternura es como un diluyente, como un agua capaz de humedecer el desierto solitario de los espíritus belicosos. Por eso, los poetas, antiguos escribanos y defensores de la ternura, siempre han querido “traicionar al acerado ejército de los hombres” para “recuperar el peso y la rotundidad”, “la blandura húmeda del mundo”.

Desde luego, como escribe H. Kunz, “la ternura es a la vez un impulso, un sentimiento y una actitud”. Un impulso hacia lo digno de consideración, hacia lo “indefenso”; un impulso más erótico que tanático. Un sentimiento en la medida en que es un terreno medianero entre lo sensible y lo inteligible; un sentimiento porque es un aprendizaje, una conquista de la cultura sobre la especie. Y una actitud, porque tiene que ver con lo volitivo; con el deseo, con un querer ser tierno.

No es el momento para rastrear cuándo ese impulso fue conciencia, cuándo ese sentimiento fue posible y cuándo esa actitud se hizo hábito. Señalemos tan sólo que es, a partir de la historia de la vida privada, de la historia del cuerpo humano; a partir de la microhistoria y la micropsicología, como seguramente encontraremos las raíces y el desarrollo de eso que llamamos “la ternura”.

Ternura y preservación se juntan. Ternura y participación se necesitan. “Donde tú eres tierno, dices plural”, escribió Roland Barthes. La ternura nos pone en relación, en comunicación y nos invita a salir de nuestro egoísmo. Quizá por la ternura es que perdonamos; y por la ternura somos fraternos; y por la ternura convivimos en sociedad. Nadie que se llama tierno puede desconocer la dimensión de la otredad; la zona del prójimo. Allí, en donde uno se pone o se siente tierno, claudican el poder, la arrogancia, los honores, el miedo, el saber autoritario. Lo tierno es, por excelencia, democrático.

Proponerse, por lo mismo, reivindicar la ternura es, sobre todo, colocar el énfasis en tres grandes instancias del hombre: el cuerpo, la sensibilidad y la imaginación. La ternura nos hace más táctiles, más sentimentales, más lúdicos; en síntesis,  más niños. Ya lo decía Milan Kundera: “la ternura es el miedo que nos inspira la edad adulta (…) Es un intento de crear un ámbito artificial en el que pueda tener validez el compromiso de comportarnos con nuestro prójimo como si fuera un niño”. Reivindicar la ternura es una utopía necesaria, entre otras cosas, para lograr que lo íntimo halle su justo lugar en esa esfera de lo público. La ternura es un intento para que las “pequeñas cosas” signifiquen tanto como los “grandes acontecimientos”.

Ni qué decir de la importancia de la ternura para la vida cotidiana. No como una falsa, dulce o graciosa forma de ser, sino todo lo contrario. Como una capacidad para romper los “cascos”, las “mallas” y poder colocarse, inerme, frente a los demás; una forma de ser en donde cuente más la necesidad que la suficiencia, más la entrega que la desconfianza. Recordemos que una persona tierna es alguien “entregada”. Y entregarse significó primero “reintegrar”: volver a tener cuerpo, volver a formar parte de la comunidad.

(De mi libro Ser viento y no veleta. Pistas de sabiduría cotidiana, Kimpres, Bogotá, 2010, pp. 71-73).

¿Y dónde están las montañas?

La casa de las puertas naranja

La casa de las puertas naranja, en Capira.

“¿Y dónde están las montañas?”, se interrogaba a sí mismo el sobrino mientras miraba hacia abajo de la casa. Los árboles y las cercas de madera no dejaban ver el horizonte. Él, después de que había dado y recibido los abrazos de la tía y de una muchacha con dos niños que estaba ayudándoles por esos días, y de haber saludado al tío enfermo, se había sentado en una silla de plástico, y mientras le ofrecían algo de tomar miraba hacia el occidente de aquella edificación.

Aunque era una casa en el campo, le sorprendió la sensación de encierro. No escuchó por ningún lado el ladrido de los perros como tampoco los sonidos del glugluteo de los pavos.

—¿Y los perros?

—Uno de ellos se atoró y al otro le entró como el gusano. El último parecía con peste. Los tres se enfermaron cuando llegaron aquí.

La tía daba estas explicaciones sin salir de la cocina. Era una conversación a través del muro de ladrillo. Después apareció con un plato y, en su interior, pedazos de melón.

Mientras saboreaba la fruta, el sobrino pudo ver un gallo de gran porte, amarrado de una de sus patas con una cuerda de fique. El gallo iba y venía, tropezando, en un pequeño espacio alrededor de un guayabo altísimo.

—¿Y ese gallo?

—Ese lo trajimos de Capira. Tocó amarrarlo porque se ha tratado de volar varias veces —fue la respuesta de la tía—. El otro día casi no lo encontramos.

El sobrino se percató de que hacía abajo había un antiguo rancho para descerezar el café y una alberca fracturada. Al lado pudo observar otra casa llena de trastos viejos. Esas construcciones estaban abandonadas. Hacia la izquierda había unos pocos árboles de limón y pasando la cerca un naranjo agrio.  

—Menos mal que aquí estamos cerca del pueblo —dijo la tía recogiendo el plato.

El sobrino dio las gracias y se puso de pie. Poco a poco empezó a recorrer la casa. Después le pidió a su mujer que lo ayudara a entrar unas cajas con un mercado que habían traído como presente y ayuda para el tío enfermo. Este era un ritual que el sobrino se sabía de memoria desde cuando niño iba a pasar vacaciones en Capira. Pero esta vez, las cajas permanecieron en un rincón, silenciosas, guardando en su interior la alegría de la sorpresa. Después el sobrino volvió al cuarto donde estaba postrado el tío enfermo.

El tío lo reconoció pero sus ojos ya estaban marchitos. Trataron de establecer una conversación pero las dos dentaduras postizas se negaban a obedecer la voluntad exánime del viejo. Noventa años y el Párkinson habían minado a este hombre, uno de los últimos habitantes de esas tierras ricas y prolíficas en café, en piña y en maíz. El sobrino le agarró los brazos y pudo notar que las manchas se habían multiplicado. Ya tenían la misma textura de las manos de la tía, aquella mujer que de tanto lavar al sol había adquirido esa tonalidad café oscura en su piel. Después le acarició el cabello; un cabello del mismo color del de su padre. Ese gesto hizo que el sobrino recordara los últimos días de su viejo, cuando en situación semejante, él trataba de ayudarle a mitigar su dolor o de servirle de caporal para entregarle la moneda al barquero, a ese que conduce la canoa hacia los confines de la eternidad. Aguijoneado su corazón por esa imagen, aprovechó que su mujer entró a saludar al enfermo y se retiró hacia el pequeño patio interior.

Uno de los hijos de la muchacha que les ayudaba al par de viejos, una niña no mayor a siete años, lo miraba con curiosidad. El otro niño, corría de lado a lado, saboreando una colombina gigante que le habían llevado de regalo. La niña circundaba al sobrino sin decirle nada. El sobrino dejó el patio y caminó hacia la entrada de la casa. Abrió la puerta que daba a la carretera y pudo ver al frente un barranco escarpado. Ningún vehículo pasó durante esos minutos. Allí se estuvo un tiempo tratando de esconderse del agobio de su memoria. Pero los recuerdos se juntaron con unas gotas de lluvia y prefirió cerrar la puerta y volver al patio.

—Por agua aquí si no hay que preocuparse —dijo la tía.

El sobrino entró a la pequeña cocina y observó el sancocho que les estaban preparando. Ese era otro ritual. Pero no sintió el olor y el crepitar de la leña o le pareció que ese ambiente no tenía el ronroneo de los gatos o el arrullo de las palomas. Súbitamente descubrió que faltaba el humo. No había humo en esa cocina y por eso le pareció que al sancocho le faltaba un ingrediente esencial.

—¿Y cómo siguió de su pie?

La mujer, mientras revolvía una vez más el sancocho, le contó al sobrino sobre su mejoría. La llaga que se le había complicado en el pie izquierdo y por la cual había tenido que abandonar meses atrás a su esposo y las tierras de Capira, ya parecía haber cicatrizado. Una leve estela morada quedaba en el empeine como recordación de aquella enfermedad.

—Estuve a esto, de perder mi pie. El poder de mi Dios y la ayuda de ustedes fue lo que me salvó.

 El sobrino dejó la cocina y volvió a la silla. Se sentó y empezó a tener esa doble lucha de los recuerdos. De un lado estaba la imagen de su padre agonizante; de otra, la evocación de la tierra de su infancia. Los dos recuerdos parecían colosos en una contienda épica. La lluvia arreció y, con ella, la incisiva punzada de las evocaciones. Ninguna de las personas allí presentes podía ver esa contienda. Sólo el sobrino, sentado ahí, “no había zinc; las tejas no eran de zinc”, miraba con tristeza cómo una gallina, resguardándose debajo de un alero, era salpicada por las gotas de lluvia. “Las gallinas cuando llueve se tornan absortas”.

—Aquí está un adelanto —dijo la tía, entregándole otro plato.

Eran dos plátanos maduros asados. Y al lado de ellos una porción de pollo frito. Otro ritual. El sobrino agradeció las manos acuciosas de la tía, y cuando mordió el primer bocado de aquel alimento sintió que la memoria le seguía hiriendo su pasado. Ese sabor. Los plátanos sí sabían igual. Era el mismo sabor. Idéntico. Era el mismo sabor de los que le hacía la abuela “Ñoa” cuando él de niño estaba de vacaciones; el mismo sabor… la misma sensación exquisita. El mismo sabor de los que aún le preparaba su madre… Y la exquisitez de ese pequeño manjar se acentuaba al combinarlo con el sabor del pollo frito. Así fuera diminuta la porción. 

—No había sino esos dos platanitos— dijo la tía, al ver el gusto con que el sobrino disfrutaba el pequeño bocado.

Y el sobrino dijo que no importaba, pero su memoria veía en el patio de la casa paterna, o en el patio de la casa de la Laguna o en el patio de cualquier casa de los habitantes de la antigua Capira que sobraban los plátanos. Que los cardenales, las mirlas y los azulejos los picoteaban hasta la saciedad, y que a ningún trabajador se le negaba su gajo de plátanos, y que abundaban las cachaqueras, y que una casa campesina sin cachaquera no es una casa digna, “¿y dónde está acá la cachaquera?, y que ese manjar era lo primero que se empacaba cuando él de niño volvía de las vacaciones, y que debía tener cuidado con la leche del plátano, porque mancha… Pero el alma del sobrino ya estaba manchada por esas historias, y esas enormes hojas de plátano ondean de manera hermosa cuando el viento las mece o sirven de sombrío cuando en medio de la nada se desgaja un aguacero….

Ahora arreciaba la lluvia. Ya era hora del almuerzo. Se improvisó un pequeño comedor y la visita se dispuso a compartir el sancocho. La charla se centró en la pasada hospitalización del tío y en las peripecias de esta enfermedad que desdibuja el pasado y merma las fuerzas hasta la postración.

—Él ya no puede levantarse. Toca para todo ayudarlo.

La tía permanecía al lado de los comensales compartiendo un alimento de palabra. Su voz estaba alterada por el llanto y se aferraba a su fe como una muleta poderosa.

—Mi diosito es el que me ha dado fuerzas.

El sobrino escuchó las risas de los dos niños que seguramente jugaban en otra habitación. Era solo la visita la que estaba almorzando en la mesa. La tía se mantuvo de pie acompañando a los comensales, invitándolos a repetir. El sobrino comió poco. Dentro de sí un malestar extraño le había mermado el apetito.

—El que vino a visitarnos hace poco fue Jaime con Campoelías…

Los nombres le sonaron familiares al sobrino pero no indagó en mayor información sobre el asunto. Apuró la última cucharada del sancocho y terminó el arroz. La yuca no le supo bien. Estaba dura. Muy dura. Dejó una de las presas del pollo y le sugirió a la tía que la juntara al “fiambre”. Ese era otro rito al cual se había acostumbrado el sobrino y los otros familiares que desde muchos años atrás vivían en Bogotá. Siempre que viajaba a Capira, siempre que regresaba de allá, las tías o la abuela, le preparaban un fiambre en el que había pollo frito, yuca, plátano, carne de cerdo frita y arroz. Arroz atollado, como le dicen los campesinos a ese arroz que incluye además de la alverja seca, la zanahoria y la papa en cuadritos, las menudencias picadas del ave. Ese fiambre era para traérselo a los otros familiares de la capital. Y ese presente se envolvía en hojas de plátano, soasadas previamente para hacerlas más maleables y para darle a tales alimentos un sabor inconfundible. ¿Pero dónde iba a conseguir la tía ahora con esa lluvia una hoja de plátano para envolver dicho fiambre?

—Yo he pensado que si Ulises muere —dijo la tía, empezando a recoger los platos­— lo mejor será empacar mis trapos e irme para Cambao. Al menos allá tengo familia.

El sobrino tuvo con esas palabras una revelación. La tía no volvería a las montañas de Capira. Ella, en su corazón, ya había dejado atrás los caminos y los aguacatales, los guásimos y el canto de los pájaros, ella ya no quería volver atrás para escuchar por la noche el croar de las ranas y el sonido adormecedor de los grillos. Y al decir esas cosas, al hacerle esa confesión al sobrino, la mujer estaba señalando también que el último de los habitantes de Capira tampoco podría ver de nuevo su tierra natal. Y que Caracolí, La Guásima, La Ceiba, los cultivos de maíz y de yuca, al igual que los potreros y las palmeras eran cosas del pasado. Que al tío lo único que le quedaba eran las manos caritativas para ayudarlo a levantar y darle de comer.

—¿Y quién va a cuidar de la casa?

La pregunta del sobrino se encontró con la espalda de la tía. Ella volteó la cabeza y haciendo un gesto de preocupación o asombro le manifestó su incertidumbre.

—Sé que por allá está Don Manuel. Ahí me pidió permiso para echar unas reses. Pero que debía primero desmontar ese potrero. No sé qué hacer…

Cuando la tía hacía esas preguntas, el sobrino sabía que ofrecer un consejo era una especie de primeros auxilios para la mujer. Don Manuel era un vecino de una finca cercana y durante el tiempo de salud del tío había tenido negocios en compañía y cultivos en común. Después, con la larga enfermedad del tío, se mostró solidario y fue, por decirlo así, la gran ayuda para la anciana mujer, sola y enfrentada a la dureza de esas tierras.

—Lo importante es no dejar enmontar esos potreros o dejar que se caiga la casa.

La respuesta del sobrino salió más de su corazón que de su boca. Desde que había llegado a esa casa de puertas rojas se sintió extranjero. Él lo que anhelaba era llegar a la casa de sus mayores, a la casa de patio amplio, a la casa rodeada de totumos y naranjos, “¿y el avión, el totumo que era un avión cuando jugaba de niño, dónde está?”, a la casa de puertas pintadas de color naranja. La casa que se divisaba desde el camino real, la casa blanca y de teja de zinc, la casa donde había transcurrido buena parte de su infancia. Por eso la respuesta salió más como una súplica que como un consejo. Porque el sobrino no quería que el olvido sepultara al marañón que lo había salvado de una bronquitis perniciosa, y menos a la primavera que abría sus ramas como si fueran brazos para el que llegaba, ni a los guanábanos ni a los mirtos que eran la antesala de la extensa platanera que bajaba hasta la mata de guadua y de ahí seguía, interminable, hasta la arboleda virgen de Aguasclaras.

—Lo mejor será decirle que desmonte y luego él mire qué puede darme por el alquiler de esos potreros.

La tía concluyó esa frase de manera triste. Era la respuesta de una mujer sola, sin fuerzas. De una mujer que sin un hombre fuerte a su lado ya se sentía sin esperanzas. La tía respondió como aprenden a ir contestando los viejos asediados por la evidencia de la resignación.

­—A eso de las dos nos vamos —anunció el sobrino—. Para evitar que nos agarre el trancón a la entrada de Bogotá.

La afirmación cogió a la tía con los últimos platos del almuerzo. Ella dijo a los invitados que no había de qué preocuparse. Que ya no tenían las angustias de antes, cuando debían salir con varias horas de anticipación para llegar a la carretera. Pero al sobrino le pareció que la mujer no entendía bien el asunto: que cuando él iba a Capira lo bueno era precisamente bajar y subir montañas, sentir la brisa en su cara refrescándole el sudor, ir siguiendo las pistas de su memoria entre los árboles y las piedras de los diversos caminos. Que a él no le importaba la comodidad sino ese esfuerzo por llegar a la cima, a donde vivía la señora Josefina y ver, al fondo, el sinuoso río Magdalena, y apreciar las caderas de la montaña de Lomalarga y adivinar allá, entre el follaje espeso, la casa de puertas naranja, y constatar el humo saliendo entre los árboles y observar, más al fondo, las palmas, y escuchar una y otra vez el ladrido de los perros. Eso era lo que le fascinaba de sus viajes a esta tierra magnífica.

—Pero es mejor irnos tempranito.

El sobrino volvió a instalarse en la silla de plástico. Alrededor de él comenzaron a desfilar varias mujeres. Los niños estaban ahora almorzando en una pequeña mesa que estaba hacia la mitad del patio interior de la casa. La niña comía por etapas, sin perder de vista al sobrino. Un camión de juguete, al que le faltaba las ruedas delanteras, estaba tirado al lado de un canasto. La lluvia amainó un poco. El sobrino se levantó para ir a visitar nuevamente al tío enfermo.

Entró a la habitación y volvió a tomar entre sus manos los brazos del tío. El viejo adivinó que era un gesto de despedida. El sobrino sacó un dinero para regalarle. El tío le dijo, con señas, qué cuanto era. El sobrino le dijo el valor  del billete varias veces. El tío le agradeció y, como en los viejos tiempos, guardó ese dinero en el bolsillo de la camisa. Luego volvió a palpar con las manos temblorosas el bolsillo varias veces, como para tener la certeza de que ahí, al lado de su corazón, quedaba ese dinero.

—Cuídese tío.

Después de los abrazos de despedida, del llanto ritual de la tía, el sobrino y la comitiva se acomodó en el automóvil. La llovizna menuda también estaba presente en ese otro ritual. El sobrino volvió a mirar a la tía y a la muchacha que les ayudaba en las labores de la casa. Se detuvo por unos segundos en los niños. Ellos también se despedían moviendo las manos. El más pequeñito seguía chupando la enorme colombina.

La sombra de William Holman Hunt

La Sombra de la Muerte, William Holman Hunt (1827-1910)

“La sombra de la muerte” de William Holman Hunt.

Determinados cuadros nos gustan o nos interpelan por la composición, el colorido o la temática. Están de igual modo, aquellas obras que la crítica de arte ha ido convirtiendo en referentes obligados de un autor, un estilo o una época específica. Y hay también cuadros que nos seducen por la manera como el pintor plasmó en ellos una convicción religiosa. Me refiero al lienzo “La sombra de la muerte” de William Holman Hunt.

El cuadro está centrado en la figura de Jesús, el Jesús histórico. Recrea la imagen de un hombre, hijo de un carpintero, quien después de hacer su faena diaria toma un tiempo para hacer la oración vespertina. Tiene los brazos en alto, en la actitud de orar de los orientales, y realiza este gesto en su entorno habitual, en medio de los útiles del carpintero. Hasta aquí no hay nada extraordinario. Quizá la minuciosidad con la que Hunt pinta los objetos y el ambiente; de pronto, el esmero con que el artista inglés detalla las prendas de vestir y cada uno de los elementos del taller. Sin embargo, lo que llama la atención es la sombra que proyecta este cuerpo de torso desnudo sobre la pared del cuarto. Observamos cómo la penumbra de los brazos en alto del carpintero parece adherida a una tabla en la que están organizadas las herramientas de su oficio. La sorpresa que produce esta sombra es semejante a la de la mujer del cuadro que, de espaldas al espectador, se admira de aquel hecho fortuito.

La sombra, lo sabemos por Jung, tiene una relación profunda en nuestro psiquismo con lo aplazado, con aquello que forma parte esencial de nosotros y, sin embargo, no asumimos y, por alguna razón, hemos postergado o eludido de manera inconsciente. Esta carga simbólica de la sombra se hace más fuerte en la pintura porque ella hace las veces de premonición, de vaticinio sobre la vida de Jesús. Hunt aúna tres tiempos en este cuadro: el pasado de las profecías, el presente de un momento cotidiano de plegaria y el futuro de la pasión de Cristo. De allí proviene la sorpresa y esa es quizá la causa de la fascinación de esta obra.

Es claro que este efecto no es posible sin la perfección buscada por Hunt y “La hermandad” de los prerrafaelistas. El ideario de estos pintores ingleses se puede evidenciar en los colores puros empleados, en el tratamiento concienzudo de los detalles y en un esfuerzo por evitar el claroscuro. Fue ese afán de percibir la realidad sin cortapisas lo que llevó a Hunt a viajar y vivir en Jerusalén y entrevistar a viejos carpinteros de Belén para tener datos de primera mano sobre las herramientas tradicionales y sobre el ambiente con los cuales lograra dotar su lienzo de un realismo capaz de suscribir las ideas de John Ruskin: “captar las cosas es aprender a experimentarlas directamente”. Pero no fue solo eso. También cuenta la carga simbólica y alegórica con que Hunt llenó de indicios su obra: el arco de una de las ventanas hace las veces de aureola sobre la cabeza de Jesús; están al fondo del cuarto las cañas que podrían prefigurar el cetro usado como vejamen; sobre una repisa hay dos granadas, símbolo de la pasión, y está la cinta de color escarlata que preludia la corona de espinas. Estudiosos como George Landow ha inferido que la mujer de espaldas es María, la madre de Jesús, y que la revelación de esa sombra es como una segunda “anunciación” sobre el destino de su hijo. Todas estas alusiones y el trabajo del artista sobre la luz coadyuvan para crear una escena realista y hondamente simbólica. 

Según William Gaunt, en su libro El sueño prerrafaelista, “el espíritu pío de los nazarenos alemanes se reveló de manera exaltada en Hunt”; lo que anhelaba este pintor era “ser fiel tanto a la religión como a la naturaleza”. Se trataba de una fe profunda, de un misticismo, del cual dan cuenta otras de sus obras, como “La luz del mundo” y “El chivo expiatorio”. Aunque es en “La sombra de la muerte” donde Hunt mejor expresa su convicción de que al pintar cumplía con “un deber religioso”. No obstante, más allá de estos asuntos personales, lo que sigue interpelándonos hoy de esta pintura ―al menos para mí― es el poder revelador de la sombra, el papel insinuante de ese símbolo sobre la vida o el destino de un hombre. Es posible que, como en este cuadro de William Holman Hunt, muchas de nuestras actuaciones diarias proyecten una penumbra sobre nuestro futuro, invisible para nosotros, pero sorprendente y legible para los demás.

Coleccionista de gallos

Ilustración de Alex Solis

Ilustración de Alex Solis.

Desde ya hace varios años colecciono gallos. Figuras artesanales o de diverso material como el vidrio, la madera, la piedra, el cobre, la cerámica, la plata u otro metal. Aunque ya me considero un coleccionista, lo cierto es que no supe bien cuándo empezó esa predilección por dichos objetos. Lo cierto es que, poco a poco, ha ido creciendo “la gallera” y, el grupo familiar o los amigos ―bien sea para mi cumpleaños o para las fiestas navideñas― tratan de sorprenderme regalándome una de esas estatuillas.

He indagado el porqué de esta predilección. Una primera causa, quizá la más íntima, es que esté relacionada con el hecho de haber nacido en el campo. Tengo vivo el recuerdo del canto nocturno de los gallos, su cacareo claro y repetido, a la manera de un relevo de sonidos, propagado a lo largo de las casas ubicadas en la vereda de “La Laguna” o de “Capira”. Ese recuerdo es una imagen fundacional. Y pienso, por eso mismo, que terminó filtrándose en mi poesía, en los primeros versos contenidos en mi libro inédito Homo erectus. Era inevitable. Esa voz, escuchada siempre a la madrugada, me permitía adivinar que el sol ya despuntaba por las montañas de “Lomalarga” y saber que, aunque todavía era de noche, seguramente mi madre ya estaría encendiendo el fogón y mi padre daba inicio a las tareas campesinas. Tal vez no fuera siempre así, pero el canto de los gallos está vinculado con esa escena de mi niñez, con esa marca autobiográfica.

Quizá por esa razón, no me fue difícil comprender después uno de los simbolismos más socorridos del gallo: la de servir de mediador entre dos realidades. Un símbolo puente. El gallo anuncia el nacimiento de otro estadio, de una condición diferente a la que se está. Por eso, fue un símbolo de Cristo, y, por eso también, ha sido visto como un emblema de la resurrección o del triunfo de la luz sobre la noche. Después supe y averigüé que el gallo era de buen augurio para las parturientas, que servía de emblema a los predicadores y profetas, que se usaba como veleta en los tejados para invocar su protección y vigilancia y que era uno de los atributos de Hermes, el dios mensajero y patrono de los comerciantes. Con el paso del tiempo, me di cuenta de la riqueza simbólica de esta ave y de cómo ha impregnado a muchas culturas. Pero volvamos a mi colección de gallos. A este gusto por atesorar dichos objetos particulares.

Cuando miro mi “gallera” lo primero que evidencio es la heterogeneidad de formas y colores en esas figuras. Pienso, en consecuencia, que el mayor gusto del coleccionista consiste en atesorar la diversidad, en apreciar y tener las distintas manifestaciones de determinado objeto. Son los matices mediante los cuales artesanos y artistas esculpen, pintan, tallan o colorean una obra ―confiriéndole en cada caso una particularidad―, los que, precisamente, dan sentido al motivo esencial del coleccionista: tener una gama de variaciones sobre un mismo asunto, disfrutar de esa diversidad plasmada en formas, estilos, decoraciones, diseños, al igual que de su distinta procedencia o su época de elaboración. Si hay algo que busca el coleccionista es acumular diversidad, y su mayor triunfo consiste en adquirir o recibir un objeto diferente, “raro”, una “pieza-trofeo” de esas que hablara Walter Benjamin en el testimonio sobre la adquisición de su biblioteca.

De allí que la decepción del coleccionista se dé cuando recibe un objeto repetido. Lo que espera siempre es adquirir o conseguir una versión, una propuesta diferente de aquello que colecciona. Tal condición pone en aprietos a familiares y amigos del coleccionista porque a medida que aumenta la colección será más difícil saber si el presente comprado en un almacén lejano es uno de los objetos duplicados del coleccionista. Y allí está también el esfuerzo de la búsqueda del viajero. Si desea sorprender al familiar o al amigo habrá que caminar muchas calles, mirar en varios anticuarios, explorar en tiendas secretas, preguntar y preguntar a desconocidos, hasta hallar una pieza singular, así sea elaborada con los más humildes materiales pero llena de originalidad y dotada de esa identidad de las obras únicas. Esa aura, seguramente, será el mayor tesoro valorado por el coleccionista.

Por lo demás, el coleccionista guarda con los objetos el sentimiento o la microhistoria de su procedencia. A través de ellos, mediante una emanación mnemotécnica, logra evocar las situaciones o a las personas relacionadas con esas figuras. Al tomar los objetos se genera una especie de sortilegio mágico, así como en el cuento de Aladino y la lámpara maravillosa, y podemos ver un rostro, una época, una fecha determinada. Sirvan estos ejemplos: en el primer estante de “la gallera” (una vitrina de cuatro niveles) escojo al azar y constato que hay un gallo en cristal macizo que mi entrañable Penélope me trajo de México; otro más que compré en Chile, cuando venía de mi primer viaje a Buenos Aires; hay uno, en plata, que me obsequió Sor Sofía Cisne cuando estuve con Luis Eduardo Castaño ayudando a construir proyectos educativos en El Salvador y Guatemala. Está otro que me regaló mi madre, hecho con plumas naturales, y que más tarde Hernando Rodríguez, un carpintero amigo, le hizo un hermoso pedestal en cedro. También hay uno, con colorido expresionista, elaborado por Hernando Zambrano, uno de los reconocidos talladores de madera de Pasto. Y la lista puede seguir. Basta abrir la vitrina y en cada escaparate, a partir de los gallos allí organizados, emergen la fraternidad, el amor, el agradecimiento o el relato de una búsqueda o un viaje hecho en el pasado. Esos objetos son, por decirlo así, otra autobiografía, un testimonio macizo de mis vínculos personales o un registro de  mi caminar por tierras extrañas.

No pertenezco a los coleccionistas maniáticos analizados por Jean Baudrillard. Colecciono estas figuras más por una estética personal que por un deseo de ostentación o prueba de riqueza. A veces lo que me seduce es el acabado de uno de esos objetos; en otras ocasiones, es el material que ha servido de base lo que me impacta y me lleva a adquirirlo. Pesa mucho en mi valoración el diseño, la pericia del artesano, la sutileza de un detalle, la creatividad del artista para impregnarle a una madera, un metal o una piedra, cierto toque especial que, al igual que Pigmalión, las dota de una vida, las transforma de cosas banales en obras llenas de significado. Eso es lo que me anima y me conmueve. Y, por supuesto ―ya lo decía antes―, cuando estos objetos han sido un obsequio, se tornan valiosos por las personas que me los han regalado. A través de ellos, mediante una metonimia maravillosa, las cosas hacen las veces de las personas. Hablan por ellas. Dicen en su lenguaje mudo que mi ser ha sido importante para alguien, que a pesar de la distancia o el tiempo, algunas de mis acciones logran el agradecimiento perenne en la mente de determinadas personas. Cada uno de esos gallos cumple la función de heraldo del afecto. Cantan, así sólo sea audible en los rincones de mi corazón, la certeza de la amistad, del amor, de la complicidad o los sueños compartidos.

Al considerarme un coleccionista aficionado sé que nunca terminaré mi tarea. “La gallera” sigue abierta como mi propia vida. No es mi sueño acaparar todos los objetos o piezas existentes. Sé que, además, sería imposible. Me conformo con esta alectrofilia íntima, de pronto compartida con los más cercanos. Es probable que haya en esta pasión una resonancia de la entretención lúdica de mis primeros años por atesorar las piedras más redondas que encontraba en caminos y quebradas, o que sea la persistencia inconsciente de mi espíritu por mantener vigente y soleada la tierra feliz de mi infancia. 

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