La escritura como terapia

Joey Guidone 3

Ilustración de Joey Guidone.

La escritura es una herramienta poderosa para el reconocimiento. A través de ella, mediante sus signos –que operan como espejos– podemos ir dentro de nosotros, indagar en nuestro interior, bucear en zonas poco frecuentadas. Este papel de la escritura hace parte del cuidado de sí y, durante mucho tiempo, fue un recurso de hombres sabios. Pero, ¿cuál es la manera de alcanzar tal cometido?, ¿cómo logra la escritura este efecto en nuestra persona?

El procedimiento es, en apariencia, sencillo: la escritura permite objetivar el pensamiento, volverlo cosa visible, palpable. Así que, al escribir podemos darle fisonomía a lo inmaterial de nuestras ideas, al evanescente fluir de nuestra conciencia. Ya detenido y hecho cosa observable, nos queda fácil identificar lo que de otra manera seguiría difuso o inasible. Al volver sobre lo escrito tenemos la oportunidad de reconocer, valorar, enjuiciar, sopesar lo allí expresado. La escritura, entonces, sirve de traductor al lenguaje cifrado de nuestro interior. Esos signos hacen las veces de intérpretes a esas zonas incógnitas de nuestro psiquismo.

Esta mediación estratégica de la escritura es la más usada por las llamadas terapias narrativas. Cuando el interesado o afectado escribe una carta o hace su autobiografía, por ejemplo, lo que busca con ello es hallar reiteraciones, vacíos, adjetivaciones particulares, saltos o continuidades en su propia historia. Como se sabe, vivimos en un presente instantáneo en el cual es difícil apreciar el recorrido o el itinerario de una existencia. Pero, al apreciar lo vivido en las líneas de la escritura, logramos comprender los intersticios, las constancias; esos hitos significativos o los cambios de rumbo en el mapa de una vida. La escritura da extensión a lo vivido como casual o momentáneo. Por eso estas terapias hablan de que mediante estos ejercicios la persona logra hallar un sentido a su vida, tejer las coordenadas para ubicar el origen de un miedo, un trauma o una dolencia en el alma. Al hallar ese horizonte será más fácil aceptar un defecto, un vicio, una culpa y, en consecuencia, poder iniciar un proceso de cura o sanación interior.

En esta misma perspectiva resulta muy útil la escritura para revelar el rostro de nuestros miedos más profundos. Al escribir nombramos lo que a solas y en silencio no nos atrevemos a pronunciar. Poner en grafías lo que tememos o nos fractura el espíritu es un poderoso antídoto contra aquellos monstruos acrecentados por nuestras angustias y ansiedades. Escribir sobre lo que tememos es poder darle fisonomía a lo que nos paraliza; es tener la oportunidad de enfrentar “cara a cara” lo desconocido o sin forma definida. La escritura apuntala, define, delimita, otorga rasgos y señales a todas esas criaturas que amenazan nuestra tranquilidad o que, por muchas razones, nos negamos a aceptar como parte de nuestros haberes personales. Podría decirse que la escritura nos ayuda a reconciliarnos con esos otros rostros que también somos, pero que negamos o eludimos o queremos condenarlos a un exilio anónimo y secreto.

De igual manera, la escritura permite desahogar, vaciar o expresar estados emocionales molestos o tóxicos. Opera como un proceso de catarsis, de purgación, de limpieza espiritual. En este caso, escribir obedece más a las lógicas de la escritura automática de los surrealistas o de los flujos de conciencia de la novela moderna. No hay cortapisas ni prescriptivas; la idea es dejar salir lo que nos acucia o nos duele adentro; darle total apertura a la escritura para gritar o reclamar, imprecar o maldecir; abrir las esclusas del alma para que vocifere, se queje, así sea en forma desorganizada o con las reiteraciones de un lamento. Escribir de esta forma es contribuir al desahogo, a usar otro tipo de lágrimas para purificar el corazón atormentado. Lo fundamental en estas ocasiones es olvidarse por completo de la corrección idiomática o de las normas gramaticales, y sintonizar con las urgencias de nuestros afectos, sentimientos y pasiones. Escribir, en consecuencia, es un medio de liberación, de exorcismo o de desbloqueo a todo aquello que atenaza, constriñe u obstruye el espíritu.

Hay en buena parte de estos usos de la escritura como terapia una apuesta por conferirle a las marcas de esas grafías el portar huellas de nuestro inconsciente. Es decir, el escribir da indicios de otra dimensión de nuestro ser, no siempre legible por nuestra razón. A través de los signos de la escritura podemos, como detectives, hilar las pistas de una identidad, la laberíntica construcción de una forma de ser, actuar y pensar. De allí que, cuando escribimos, comunicamos mucho más de lo que creemos; también expresamos –como si fuera un aserrín– cosas diversas y contradictorias, asuntos que si logran tejerse adecuadamente, pueden entrever o revelar una parte esencial de nosotros. Y aunque no se detecte o se ubique cabalmente su significado, lo cierto es que con el tiempo o con el suficiente autoexamen lograrán darnos un mapa bastante cercano del territorio que somos.

Por todo lo dicho, es aconsejable de vez en vez empuñar la escritura no tanto para crear mundos fantásticos o ficticios, sino para explorar en los mares hondos de nuestra interioridad. A lo mejor, escribiendo, tendremos la oportunidad de desentrañar nuestro iceberg personal y, al mismo tiempo, comprender la causa de esas dolencias que tanto pueblan nuestro espíritu de preocupación y sufrimiento.

Escuchar la enfermedad

Ilustración de Kathia Recio

Ilustración de Kathia Recio.

Dicen los curanderos indígenas que, cuando tenemos una enfermedad, debemos escucharla, entender lo que nos anuncia o quiere manifestarnos. Y más tratándose de aquellas dolencias que se nos vuelven crónicas o que se niegan a dejar nuestro organismo. Escuchar la enfermedad, afirman estos chamanes, es una forma de ayudar a sanarnos.

Dicho consejo, que parece fácil de hacer, resulta bien difícil de cumplir cuando una enfermedad nos aqueja. Nuestro deseo más inmediato es procurar la mejoría en el menor tiempo posible. Anhelamos que nuestra salud vuelva a cierto estado de normalidad o semejante a como lo teníamos antes de aquella dolencia. Ese es nuestro afán: recuperarnos. De allí que busquemos con ansias al médico o facultativo que nos de la receta, el medicamento preciso para tales molestias. Después, cuando ingerimos o nos aplicamos los fármacos confiamos en que hagan su efecto lo más pronto posible. Pero, en determinados casos, las cosas no mejoran o la enfermedad persiste. Cuando esto acaece, la angustia se multiplica y a la desazón interior se suman la ruptura con la cotidianidad, la merma en el trabajo, el giro brusco de rumbo en nuestro mapa existencial.

Tal vez en estas situaciones es cuando empezamos a preguntarnos qué significa la dolencia que padecemos. ¿Cuál es su sentido? Desde luego, algunas de esas dolencias son el fruto del camino recorrido, de un acumulado vital que solo ante una enfermedad cobra su alcance. El paso de los años va trayendo el “desgaste” o la merma en diferentes partes de nuestro organismo. Las dolencias, entonces, lo que hacen es mostrarnos que ya no tenemos el mismo poder de recuperación y que los cuidados deben multiplicarse. La enfermedad porta en sus signos el mensaje de la fragilidad. Es como un anuncio de que para seguir en pie requerimos de prótesis o ayudas farmacológicas. Algo ya hace falta, algo hay que compensar, algo merece apoyo externo. El cuerpo ya no se basta a sí mismo. Lo sistémico de nuestro organismo padece una avería, un malestar, una interferencia, en algunos casos severa. Enfermarse, en consecuencia, es entender –a veces resistiéndonos– la esencia de nuestro ser físico, la fisonomía de su funcionamiento, el engranaje de sus partes.

Este punto es, precisamente, el debate entre dos enfoques de la medicina: uno que se esfuerza en atender la parte afectada, que se enfoca en una zona; y otra tendencia, que trata de ver la enfermedad en relación con la totalidad del organismo. La primera opción, poco mira el contexto o la historia personal del enfermo; la segunda, se esfuerza por detectar el tipo de sistema para, desde allí, comprender la particularidad. Las llamadas medicinas alternativas se basan en eso, en ver la enfermedad como parte de un sistema y en recuperar las funciones de la totalidad del organismo para que pueda sanarse integralmente. Estas dos formas de entender y practicar la medicina podían traslaparse a otros aspectos de nuestra vida: a veces, frente a un problema, solo nos centramos en un hecho, pero sin atender el conjunto de circunstancias que lo ocasionan. Perdemos el paisaje de nuestras acciones y nos quedamos anclados en algo eventual o circunstancial. Olvidamos –muchas veces con terquedad– que terminamos viviendo determinados eventos porque son el resultado de acciones u omisiones hechas a lo largo de nuestra historia. Y así parezcan inexplicables en el presente, son comprensibles si los miramos en el itinerario de una existencia.

Pero, volvamos a nuestro asunto. La enfermedad, decía, puede servirnos de motivo para autoanalizarnos o reconocernos: ¿qué tanto de nuestro tiempo, por ejemplo, dedicamos a nosotros mismos, a nuestro cuidado?, ¿a qué costo de nuestro bienestar mantenemos una labor o persistimos en una tarea?, ¿cuánto somos capaces de porfiar en asuntos estériles o carentes de salida?, ¿por qué perdemos de vista el sistema preventivo sobre nuestro cuerpo y nuestra alma?, ¿qué hemos aplazado, no dicho, guardado o mantenido como una herida abierta? Todos estos interrogantes pueden surgir a la par de nuestro obligado reposo. Porque esa parece ser la primera enseñanza de la enfermedad: reposar, estar en calma, obligar a la mente y al cuerpo a detenerse, a “elaborar” lo que a diario pasa sin ser asimilado o comprendido. En consecuencia, al devolvernos al lecho, a la actividad interior, las dolencias nos obligan a reflexionar, a ensimismarnos, a recuperar un tiempo para el discernimiento. Repasamos, reordenamos, ponemos en retrospectiva y prospectiva nuestro proyecto vital; hacemos balances, entrevemos errores, reestablecemos prioridades. Todo eso trae consigo el encierro obligado o las largas noches de vigilia.

Las enfermedades, en particular las que se vuelven crónicas, también traen consigo el aprendizaje de la paciencia. Nuestra voluntad o nuestro empeño no son suficientes para combatirlas; lo indicado es dejar que el cuerpo se vaya recuperando poco a poco, en un proceso en que la mente –siempre diligente y veloz– no alcanza a comprender. Aquí es la tortuga la que enseña a la liebre: ir despacio, descubrir mínimas mejoras, aceptar que muchos días parecen idénticos en cierto estado de salud, pero por debajo de lo evidente el cuerpo está reorganizando sus placas tectónicas, su funcionamiento maravilloso. No se lo puede forzar, apenas contribuir con algunos medicamentos. La paciencia, tan socorrida y promulgada por nuestros mayores, es una forma de pasividad activa, una disposición interior sujeta a otra dinámica diferente a la efectividad y la rapidez. Entonces, la enfermedad nos lleva a comportarnos desde las lógicas de la lentitud, a ponernos a tono con la pausada manera como el organismo procura mantener el equilibrio de la vida.

Sería necio afirmar que cuando estamos enfermos no ansiamos mejorar. Siempre existe la esperanza de volver a estar bien o, por lo menos, no con el mismo nivel de las dolencias que nos aquejan. Ese es nuestro deseo. O para decirlo de otra manera: ponemos nuestra esperanza en recuperar las fuerzas, el ritmo de nuestra cotidianidad. Ese posible es el que nos mantiene el espíritu más alto que nuestros achaques, el ánimo para persistir o seguir en un tratamiento o una terapia. La esperanza, como en tantas otras cosas, hace que nos levantemos entusiastas o con la alegría suficiente para nos resignarnos a estar tendidos en la cama o desalentados para no hacer nada. La esperanza es un fármaco del alma, una medicina que nos prodigamos nosotros mismos, para no flaquear y mantenernos resistentes, al igual que el árbol en una borrasca. Esta dimensión emocional de la esperanza, tan poco reparada en ocasiones por los médicos actuales, es la que mejor ayuda a mantener el equilibro cuando la desazón o la tristeza por los dolores físicos quieren postrarnos o derribar nuestro optimismo.

Escuchar lo que nos dice o susurra la enfermedad es, en suma, un ejercicio de conciencia, un antídoto contra el desasosiego y la angustia y una oportunidad para convertir nuestras flaquezas y quebrantos en parte constitutiva de nuestro ser. Más que un tiempo de negación y reproches, la enfermedad debe servirnos para reconciliarnos con nuestras debilidades y con la urgencia de estar necesitados de manos y brazos que nos cuiden.

Regalo de luz

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Un rayo de luz entra por el resquicio de la ventana. Esplendoroso. El sol ha querido esta mañana darme ese regalo. La luz ha seguido rauda, inmediata, por encima de mi cama, tocó la esquina de un armario de madera y fue a estrellarse contra una pared de cemento. Allí se quedó mirándome y se mantuvo maravillado, supongo, del brillo de mis ojos. Luego se alejó por donde vino, despacio, muy lentamente, dejando tras de sí una estela amarillenta. Me quedé un tiempo en el lecho contemplando la magia de la luz, la fuerza de la vida, el regalo astral de ese día. Después me puse de rodillas sobre el lecho, abrí una de las hojas de la ventana y miré hacia las montañas. Aún quedaban rezagos de neblina en la parte más honda de la serranía, pero los grandes árboles ya habían dispuesto sus ramas para el canto de los pájaros. Una algarabía maravillosa entró también a mi habitación; gorjeos, trinos, melodías, decoraron parte de las vigas y se miraron en un espejo que había sobre la mesa. El sonido hizo que mi corazón se pusiera a tono con mi mente. También las gallinas sintieron sobre sus plumas los rayos del sol y comenzaron a bajar de un guanábano que les servía de dormitorio. Los gallos fueron los únicos que prolongaron con su canto el mensaje del sol: su quiquiriquí repetido convirtió el mensaje previsto para los ojos en un anuncio para los oídos. Este es un misterio de estas aves de cresta roja: transforman los rayos de luz en ondas de sonido. Por eso son símbolos de resurrección, porque logran mudar la materia de las cosas. Por eso están encima de las torres y por eso son buen augurio en momentos en que los hombres andan a tientas en las noches de su espíritu. Quiquiriquí… Mis ojos fueron más lejos, delinearon las montañas de otra vereda, subieron hasta el cielo que esa mañana estaba azul, muy diáfano en su textura, y volvieron a bajar hasta un sembrado de maíz y tomaron, imaginariamente, el camino real hasta llegar a la casa de don Manuelito y, de allí, bajaron hasta la zanja del Peñón y de un salto entraron por la puerta donde yo estaba arrodillado. Mis ojos me vieron la espalda sin que me diera cuenta. Fue por unos segundos. Porque al sentir mis propios ojos mirándome me di cuenta enseguida que debía voltearme para no quedarme ciego. Ese reencuentro fue un choque de luz iridiscente. Me senté en el lecho y puse mis pies en el cemento frío. Debajo de la cama seguía la noche. Allí la luz no había querido entrar o de manera esquiva ignoró mis zapatos y unas chanclas tendidas sobre una piel de venado. Quizá los venados muertos son un antídoto contra la luz, vaya uno a saber. El frío del cemento me devolvió la conciencia de que estaba de vacaciones, en la casa de mi niñez. Así que, sin pensarlo dos veces, a pie limpio abrí la puerta y salí a recibir con todo el cuerpo la luz del sol, el trinar de los pájaros y el canto de los gallos. Pero fueron las manos de mi tía las que me recibieron con un saludo de bienvenida, de buenos días, de si durmió bien, de si descansó, todo eso aromatizado con un pocillo de café oloroso a viejos recuerdos y nombres maravillosos: Caracolí, La Guásima, La Peña, Aguas Claras, Lomalarga… Vi un asiento naranja y allí me ubiqué. Los perros, siempre innumerables, fueron a juntarse a mi lado, moviendo la cola o poniendo sus hocicos como una mano húmeda. El humo de la cocina dio una pequeña vuelta y vino a saludarme de manera rápida antes de que la brisa mañanera lo alejara de mi lado. El humo y la brisa siempre han tenido sus rencillas en estas tierras hermosas, en estos parajes donde transcurrió mi niñez. Mi infancia más querida. En todo caso, mientras estaba sentado volví a mirar hacia las montañas y vi las palmeras y los grandes peñascos y divisé, o quizá lo soñé, que iban subiendo varias recuas de mulas y dos hombres, con sombrero, las iban arriando con un sonido seco y potente: ¡mula!, ¡mula! Gritaban. Y las bestias avanzaban con su carga de piña, porque eran piñas las que llevaban, de eso me di cuenta de inmediato, porque aunque el camino real estaba distante, era tal el aroma de esas frutas, que embargaba todo el bosque. O fue porque en ese momento mi tía me acercaba en un plato dos rodajas de piña: ¡coma, mijo! Cómo huelen las piñas en la mañana, justo después de que una peinilla tres canales les quita su cáscara de ojos y las deja desnudas para que puedan servirse en rodajas, así limpias en su propio jugo… Las manos tomaron una de las rodajas de piña pero los ojos volvieron al camino real a ver si seguía la romería de mulas… Pero ya estaban llegando bien arriba de la Señora Josefina, y no quedaban sino el reguero de boñiga de las mulas y el aserrín de los gritos de aquellos arrieros venidos del fondo de las montañas… Ahora los pavos y las gallinas, los palomos, los marranos entraron al concierto de sonidos. Mi tía trató de conjurarlos llamándolos a desayunar: ¡tico, tico, tico…! , les entonaba, a la par que sacaba de una totuma manotadas de maíz, esparciendo ese alimento como si fuera una lluvia amarilla… Plumas, gruñidos, zumbidos, bullicio, todo eso se desataba a los pies de mi tía, que ese día, como otros tantos, tenía un vestido lleno de flores. Los pasos largos de mi tío hacía tiempo habían llegado de despertar el rocío de los potreros y ahora, después de ordeñar, le entregaba una totuma con leche espumosa a su mujer, que estaba dándole vida con sus manos a las arepas y los plátanos, a la carne frita y el chocolate caliente, en medio del crepitar de la leña y el incesante zureo de los palomos… ¡Qué maravilla observar esas escenas tan sencillas y, a la vez, tan pletóricas de fuerza vital, de plenitud campesina! Creo que me quedaba extasiado contemplando estos paisajes del amanecer largos minutos, tantas veces como días tenían mis vacaciones. Porque ir a Capira y ver amanecer era sentir de nuevo la vida renacer a manos llenas, porque era una forma de recibir la libertad en mi pecho y llenarme de una alegría capaz de convertir el encierro citadino en cosa baladí. Allí, en esos momentos, observando y escuchando de nuevo cómo se gestaba el génesis de la vida, yo me sentía, aunque todavía muy pequeño, un gigante, un héroe poseedor de esos misterios. Un ser dotado de leyendas, poseedor de un mito que aún hoy, después de más de 60 años, sigue intacto en mi mente y rebosante de luz en mi corazón. 

El acto gozoso de escribir

Ilustración de Joey Guidone

Ilustración de Joey Guidone.

Se escribe por placer, por el mero gusto de ver cómo van formándose las líneas, esas grafías producto de la imaginación y la mano atenta. Existe un goce especial en poblar un mundo con palabras, en dotar de límites o mojones el espacio blanco de lo ilimitado. Este goce, porque es del cuerpo y de la imaginación, es muy cercano al acto de gestar, de insuflar la vida –signo tras signo– con la lentitud de todo génesis. Pero escribir es también una manera de establecer lazos, de unir mentes y sentimientos. Cuando se escribe, así sea en nuestra cabeza, prefiguramos a otros, adivinamos el gesto de alegría o de sorpresa cuando reciba estos signos. Entonces, la escritura es ramo de flores, regalo, felicitación, solidaridad, compañía… Con la escritura iniciamos o mantenemos un vínculo, damos resonancia a una relación, rubricamos la certeza de una pasión o disolvemos el fantasma de la ausencia. Escribir, en este sentido, es decir a otro “aquí estoy”, “cuentas conmigo”, “no te he olvidado”, “aquí está mi brazo”, “no estás solo”, “dispones de mis manos”. Y todas esas cosas las pueden crear unos signos que, al juntarse de una especial forma, producen en el lector o lectora un efecto, un campo de irradiación tanto más potente cuanto necesario sea recibir dichas grafías. La escritura afecta, toca, conmueve, pone a pensar, remueve, exacerba los afectos, aguza la fantasía, reaviva la memoria. En algunas ocasiones se parece a un bálsamo y, en otras, es un potente revitalizador de nuestro ánimo.

Desde luego, escribir implica enfrentarse con las palabras. Ellas, que bien vistas son inagotables, inabordables, se ofrecen sumisas a quien bien las conocen o lleva muchos años tratándolas. De lo contrario, se esconden, fingen, parecen ofrecer sus favores cuando en verdad muestran su desentendimiento. Por eso escribir es una búsqueda con y a través de las palabras; una expedición al territorio del diccionario, una odisea entre tantos signos parecidos y extraños a la vez. Lo más seguro es que el producto final de haber escrito no sea sino el testimonio de dicha aventura en tales tierras, un diario de a bordo, un registro del encuentro con cada una de esas grafías. Y si logramos acceder a los borradores del escritor, descubriremos que tal odisea no fue solo cosa de hallazgos afortunados, sino también de escogencias equivocadas –por eso los tachones y las enmendaduras–, de tanteos o escarseos con las palabras. A lo mejor, como en todo goce genuino, escribir presupone un abandonarse a esta travesía por tierras desconocidas e inéditas. Dejarse llevar por el encuentro con las palabras, embriagarse con su ritmo; todo eso hace parte de la fascinación de escribir. Oír con atención cada palabra, casi que tocarla con los dedos, adivinar su peso o su alcance comunicativo, cada uno de estos actos –que son en sí mismos actos de amor– constituye la verdadera entrega al escribir. Por momentos es un acto mágico, sublime, de éxtasis prolongado; en otros, un rito que construye una zona sagrada para que emerjan las criaturas de la interioridad. De allí la necesidad del aislamiento para lograr a plenitud esta entrega: a solas es más fácil abandonarse a los placeres de la imaginación; cobra más fuerza el silencio, y en soledad puede uno escuchar las voces susurrantes del propio corazón. Esa parece ser la paradoja: el escritor se aísla para ir en pos de los vínculos; se aleja para delinear el rostro de la cercanía.

Cabe decir acá que a veces la escritura se resiste a estar con nosotros. Es esquiva de una manera radical. Y por más que se la busca o se la incita, a pesar de nuestro empeño por tenerla al lado y escuchar sus palabras, se mantiene impertérrita, silente, ensimismada en sus propios garabatos. Son los tiempos en que el escritor anda en “época de sequía” o que esta “bloqueado”. Nada parece útil para sacarlo de tal marasmo. Intentar escribir, entonces, es doloroso, angustiante. Miles de malos augurios desfilan por su cabeza y anda a tientas, desconcertado y abandonado de toda estrella polar. Aquí, querer escribir es divagar, vivir en un estado de nomadismo intelectual, padecer el naufragio de los dejados por la inspiración o los ángeles custodios de la creatividad. Durante estos períodos escribir es padecer la carencia de palabras. Por supuesto, siempre está la esperanza de que de pronto –de manera inesperada– reaparezcan vivas y esplendorosas, dispuestas a nuestro afán de retenerlas. Y por eso, así se esté en épocas de aridez productiva, los escritores seguimos raspando el espacio en blanco, como arqueólogos metafísicos, a ver si de pronto hallamos un motivo, un tema, un signo que nos lleve de nuevo a la veta de la producción, al valle imaginario donde reverdecen las ideas y cada pensamiento tiene su signo preciso. Tal es la esperanza, y por eso los escritores son noctámbulos, porque saben que en las noches es cuando hay la mayor posibilidad de que las escurridizas palabras salgan a ofrecer sus dones más preciados.

Retorno a mi inicio: escribir es un placer. Un acto de exploración íntima que busca ser complicidad; una elaborada alquimia en la que humildes grafías, en su justo calor y ebullición, logran transformarse en revelación de lo que somos, en espejo, en líneas tensadas para el encuentro. El goce de escribir se siente en la piel y, más hondo, en las fibras del espíritu. Por eso produce una emoción semejante a la felicidad y por eso, cuando el escribir se convierte en lectura, aparecen los cómplices, las almas gemelas, los amigos anónimos que comparten nuestra misma devoción por las palabras. En ese instante el placer se hace más intenso, porque gracias a la escritura logramos establecer un vínculo con otro ser humano, un lazo invisible capaz de trascender las fronteras y ser inmune al corroer del tiempo.

¿Vía arteria o una sola vía?

Ilustración Guy Billout

Ilustración de Guy Billout.

Me encuentro a diario con dos tipos de personas: las que mantienen en su mente y en su corazón un celo por los demás, y otras que olvidan o no consideran de gran importancia el rostro del semejante. A las primeras las considero caminantes vía arteria y, a las segundas, viajeros de una sola vía. Tratemos de hacer un retrato de cada una de estas personalidades.

Las personas vía arteria por lo general piensan en los otros, en sus urgencias y necesidades, en sus gustos y preocupaciones. En la medida en que son sensibles al clamor ajeno, en cuanto atienden solícitas el rostro del prójimo, pueden actuar de manera anticipada: hacen una llamada justo cuando el otro ser más lo requiere; compran alguna mercancía, sin que se la exijan, porque conocen lo indispensable de tal objeto para alguien; se ocupan de los asuntos reales o de la sobrevivencia ajena porque piensan no tanto en el presente, sino en el bienestar futuro de tales personas. Al estar atentos a los problemas o situaciones adversas del amigo, ser amado, familiar, colega o vecino, tienen el tiempo suficiente para hacer la visita al enfermo, para acompañar a otro en una pena, para ofrecer las manos o los brazos en un evento apremiante. La personas vía arteria, por lo demás, algo traen para alguien cuando viajan; son capaces de deponer su cansancio o sus propios caprichos por satisfacer un pequeño encargo, un medicamento vital para otro ser. Cuando así actúan, las personas vía arteria consideran que han logrado uno de sus mayores cometidos: hacer feliz a alguien, ver cómo con su apoyo ese ser alcanza sus metas más anheladas. En síntesis, las personas vía arteria procuran evitar el dolor en los demás, son cuidadosas para prevenir el sufrimiento, y muy sensibles a la fragilidad de la condición humana. Son, por decirlo así, vigías de la otredad, centinelas de alteridad, protectores del prójimo. Son estas personas las que forjan convivencia, pareja, sociedad; son, en sí mismas, un medio o un símbolo del vínculo humano. Es posible que esta forma de ser y comportarse tenga mucho que ver con la crianza y con espacios de socialización claramente enfilados a la solidaridad y el mutuo afecto.

Las personas de una sola vía, por el contrario, anteponen sus necesidades a las ajenas; priorizan sus deseos, sus gustos y sus apetitos de acuerdo a su agenda existencial. Defienden a ultranza lo que quieren y, logran, a veces sin darse cuenta, herir, fracturar o menoscabar la dignidad de otros. Por tener una mirada de una sola vía se centran fuerte en el propio espacio y no logran entrever los escenarios a su alrededor. En consecuencia, les cuesta adivinar o intuir cuáles son las necesidades del amigo, del ser amado, del familiar o del vecino; poco revisan la historia vivida o compartida con alguien y con dificultad avizoran el futuro que de esas relaciones se deriva. No es que actúen así para provocar un malestar o infringir una pena; más bien es una incapacidad moral para desplazar o movilizar su yo hacia otros espacios distintos a su zona de confort. A las personas de una sola vía se les dificulta regalar, compartir hallazgos, abrir de par en par su corazón; les cuesta ponerse en la dimensión de la gratuidad. Quizá por eso mismo temen o se sienten vulneradas cuando alguien les reclama o les recrimina una omisión, una acción inapropiada, un gesto de socorro inadvertido, un descuido a determinado compromiso. Y al comprobar tales errores, en lugar de asumir el perdón o la disculpa, rápidamente se atrincheran en la justificación, se protegen tras una muralla de silencios o una premeditada lejanía. Las personas de una sola vía se sienten cómodas en las burbujas, en las torres aisladas, en los ambientes privados; prefieren no deberle nada a nadie, ni depender de otros para tomar sus decisiones. Son autárquicas, autosuficientes, autodeterminadas. Les cuesta someter su voluntad al parecer de otras voluntades o al criterio ajeno; temen que si lo hacen dejarán de ser ellas o serán sometidas por extraños. Las personas de una sola vía sufren los pormenores y las demandas de los vínculos. Quizás a las personas de una sola vía les hizo falta en sus primeros años la certeza de ser amadas o se fueron acostumbrando a no necesitar de afecto, o convirtieron con el pasar del tiempo esas penas y esas falencias en un escudo, en una caparazón protectora que, a la vez, les fue negando la posibilidad de mostrarse afables, tiernas, cariñosas hasta la médula.

Hasta aquí una distinción sucinta de estos dos tipos de personas. Por supuesto, –como sucede en toda tipología– hay matices; pero lo importante es la prevalencia de varios de esos rasgos. También puede suceder que una persona vía arteria termine, por diferentes experiencias negativas, asumiendo algunos rasgos de las personas de una sola vía. A lo mejor sea una manera de sobrevivir a ambientes adversos o negativos; sin embargo, en ellas prevalecerán varios de los rasgos arriba anotados. Igual transformación podría suceder con las personas de una sola vía, aunque tal desplazamiento implica una labor más dispendiosa: no es fácil domeñar el egoísmo cerrero y la individualidad enceguecida. Sin embargo, a través de experiencias amorosas o fraternas, mediante ejercicios contundentes de confianza, es probable que las personas de una sola vía empiecen a tener en la mente el rostro del otro, y aprendan a involucrar las necesidades ajenas dentro de sus itinerarios personales. Tal vez el pasar por situaciones de dolor o de profunda fragilidad también sea otro motivo para ese desplazamiento de perspectiva o, al menos, para caer en la cuenta de saberse incompleto, de requerir del prójimo, de necesitar ternura o acompañamiento para lograr sobrellevar el peso de la soledad o su vulnerable condición. Todo eso es posible. También cabe pensar, desde una mirada psicosocial, que los seres humanos vamos evolucionando desde nuestro primer egoísmo infantil hasta la adultez que permite albergar a los demás, con sus diferencias y sus tonalidades. A lo mejor, las personas de una sola vía aún siguen en su proceso de desarrollo humano; ese camino que, como se sabe, puede llevar todos los años de nuestra existencia.

El papel del moribundo

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Por recomendación de mi apreciada amiga Penélope Rodríguez quien, a su vez, había recibido la sugerencia de su hija Shalila, empecé a leer Ser Mortal. La medicina y lo que al final importa (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2018) del cirujano norteamericano Atul Gawande. Leer este libro ha sido una experiencia conmovedora y me ha puesto a meditar sobre la fragilidad de lo humano, la vejez, la enfermedad y la responsabilidad ética de los profesionales de la salud.

La obra mezcla la narración y el tono ensayístico. Gawande nos va llevando a través de la historia de sus pacientes y, a partir de tales testimonios, saca conclusiones sobre el papel de la medicina, las instituciones geriátricas y hace preguntas fuertes sobre esa última etapa de los seres humanos, cuando la enfermedad toma la delantera y se está en manos del saber médico, de los familiares y de una lógica social que poca atención presta a la dignidad del enfermo terminal. El cirujano echa mano de las voces de sus pacientes que enriquecen la descripción de los casos clínicos, ofrece estadísticas que avalan sus intuiciones, nos pone frente a los ojos el itinerario de los viejos, desde cuando luchan por mantener la independencia hasta el momento en que claman ayuda para poder “dejarse ir”.

Gawande, en una prosa limpia e interpelativa, pone sobre la mesa lo que implica la “experiencia de envejecer y morir”, pero señalando repercusiones éticas, dilemas morales, cuestionamientos sobre el papel de la familia y las instituciones de salud. A pesar de centrarse en el contexto norteamericano, los planteamientos y las conclusiones por él expuestas pueden ser aplicables a otras realidades y enfermos semejantes. Bien pudiera decirse que el hilo transversal del libro es una reflexión sobre el cuidado del otro, del otro cuando es radicalmente frágil y habitado por el dolor. En esta perspectiva, aunque a primera vista el tópico del texto sea la muerte, lo que soporta el núcleo del libro es el cuidado de la vida.

La obra es un descarnado e íntimo testimonio de la enfermedad terminal de un padre narrada por su hijo. ¡Hay tanta fuerza en dicho relato!, tanta sinceridad en los dilemas más íntimos de un médico con este tipo particular de paciente, que durante varias de sus páginas no pude evitar recordar mi propia historia, durante la enfermedad y la agonía del viejo Custodio. Quizá el libro sea un símbolo o un homenaje a su padre quien, a pesar de las circunstancias, “hizo todo lo posible para conservar la dignidad en aquellas circunstancias”.

Son agudas las críticas que hace Gawande a las casas geriátricas, a las salas de cuidados intensivos y a la falta de tacto de los médicos en la manera de acompañar tanto a los enfermos como a sus familiares durante esta etapa de “asumir la finitud”. Especial atención presta el autor al estilo de comunicación empleado por el médico y a las “conversaciones difíciles” que debe utilizar cuando a la par de hablar con verdad, también necesita estar dispuesto a favorecer las “decisiones compartidas” con el paciente. Tal vez por todo ello el cirujano ve con buenos ojos los cuidados paliativos en la medida en que, como dice él, “nuestra meta por excelencia no es una buena muerte, sino una buena vida hasta el final”.

Apenas para provocar la lectura de esta obra transcribo algunas de las ideas e interrogantes formulados a lo largo del texto: “Nuestra renuncia a examinar honestamente la experiencia de envejecer y morir ha incrementado el daño que infligimos a las personas, y les ha negado el consuelo básico que más necesitan”; “si, a medida que envejecemos, vamos apreciando cada vez más los placeres y la relaciones cotidianas en vez de los logros, lo que poseemos y lo que adquirimos, y si eso nos parece más satisfactorio, por qué esperamos tanto tiempo para hacerlo? ¿Por qué esperamos hasta que somos viejos?”; “el pavor ante la enfermedad y la vejez no es únicamente el temor a las pérdidas que uno no tiene más remedio que soportar, sino también el temor al aislamiento”; “los profesionales de la medicina se concentran en el restablecimiento de la salud, no en el sustento del alma”; “si ser humano es sinónimo de ser limitado, el papel de las profesiones y las instituciones dedicadas a la atención –desde la cirugía hasta las residencias geriátricas– debería consistir en ayudar a las personas en su lucha contra dichos límites”; “la física, la biología y el azar son los que se imponen en última instancia en nuestras vidas. Pero lo cierto es que tampoco estamos indefensos. El valor es la fortaleza de reconocer ambas realidades. Tenemos margen para actuar, para dar forma a nuestra historia, aunque, con el paso del tiempo, sea dentro de unos límites cada vez más estrechos”; “creemos que nuestra misión consiste en garantizar la salud y la supervivencia. Pero en realidad, es mucho más que eso. Consiste en hacer posible el bienestar. Y el bienestar tiene mucho que ver con las razones por las que uno desea estar vivo. Esas razones cuentan no solo al final de la vida, o cuando sobreviene la debilidad, sino a lo largo de toda nuestra existencia”.

 

La semiótica y la mentira

Ilustración de Angel Boligán

Ilustración de Ángel Boligán.

Dice Umberto Eco, en su Tratado de Semiótica general, que “la semiótica se ocupa de cualquier cosa que puede considerarse como signo”. Y agrega: “signo es cualquier cosa que pueda considerarse como substituto significante de cualquier otra cosa”. A partir de esta definición, el mismo autor señala una consecuencia fundamental: “la semiótica es, en principio, la disciplina que estudia todo lo que puede usarse para mentir”. La última observación de Eco me va a permitir desarrollar algunas ideas sobre el papel de los signos en la vida social.

Quisiera empezar con una hipótesis de trabajo: el signo o la función sígnica (es decir, aquello que consideramos como signo) nace o aparece a partir del salto del hombre de lo inmediato a la mediatez. El signo es de por sí una relación. Un puente que el hombre establece entre una cosa y un sujeto, o entre la exterioridad y la conciencia. El signo es representación. Así entendidas las cosas, una relación sígnica permite evocar, imaginar, pensar… hacer presente la ausencia. Por los signos nos convertimos en seres de cultura.

Aquello que el hombre no podía agarrar, eso otro que no lograba guardar entre sus manos… fuerzas, ritmos, olores, sensaciones… pudieron ser domeñados gracias al mecanismo de los signos. Sobre el filo de lo inmediato, de lo consumido de una vez, el hombre hizo un alto, estableció un paréntesis sígnico y distanció la acción, el movimiento. Gracias a esa perspectiva, los signos adquirieron el talante de actores, de “personajes” de una inmensa obra que podemos llamar la socialización.

Al ser una construcción, una elaboración situada en un tiempo y un espacio determinados, los signos son ambiguos, inciertos, complejos, diversos, plurales… Pueden apuntar a un sentido o a otro; a veces afirman pero, al mismo tiempo, pueden ser una clara muestra de negación o renuncia. Los signos no son transparentes. A la par que muestran o evidencian, también ocultan, velan, o disimulan. Cada vez que estamos de frente a una relación sígnica tenemos que preguntarnos cómo es su funcionamiento, cuáles son sus motivaciones y cuáles sus implicaciones. Hay como cierto claroscuro en el ser de los signos. De allí la importancia de la semiótica como una ciencia capaz de “aquilatar” hasta dónde va la sombra y hasta dónde la luz.

Por eso Umberto Eco afirma que una semiótica general se asemeja a una teoría de la mentira. Por supuesto, no se dice con ello, que la semiótica sea una disciplina para aprender a mentir. Más bien, lo que se afirma es que la semiótica es una herramienta potente para construir o deconstruir edificios de significación. Teoría de la mentira es tanto como lucidez suficiente para saber cuándo los signos nos engañan o cuando señalan la verdad. Desde luego, la verdad es más un acuerdo social que una noción definitiva. Las verdades son provisionales y dependen de los puntos de vista que, por lo demás, están marcados por una serie de intereses, pasiones y poder. Ninguna verdad es inocente, lo sabemos. Cualquier verdad algo resalta pero, en esa misma magnitud, algo cubre. En el fruto de toda gran verdad, anida el gusano de alguna falsedad.

Entendámonos mejor. Por ser seres afectables por el tiempo, por tener conciencia histórica, los seres humanos variamos, nos equivocamos, vamos de un lugar a otro, cambiamos de ruta o dirección… Y lo que en un determinado momento es considerado como verdad, justo más tarde, ya es una mentira. Mentira en cuanto no corresponde al momento o el evento ya vivido; mentira en la medida en que ya no somos los mismos. Al ser el hombre un ser en permanente devenir, los signos que emplea, las relaciones sígnicas que establece, están siempre a medio camino entre la exactitud y el equívoco, entre la sinceridad y el engaño, entre la veracidad y la falacia.

Ni qué decir de los signos que, a propósito, usamos para provocar la desconfianza, el rumor, la envidia, los celos, la enemistad o el miedo. Ni de esos otros signos que, aun sabiendo de su engaño, insistimos en creerlos o nos esforzamos para darlos por ciertos. Como quien dice, no sólo hay ambigüedad en las relaciones sígnicas que los propios signos establecen, sino en las relaciones que los hombres crean con los signos mismos. De allí la importancia de la semiótica como ejercicio de la sospecha, de la inferencia, de la indagación más allá de lo evidente.

Si se me permite plantearlo de otro modo, vivimos presos entre redes o tejidos de signos. Debido a tal maraña de significaciones, es muy habitual el no saber entender o no poder interpretar el “justo” valor de una relación sígnica. O es la palabra que consideramos ofensiva cuando apenas era una broma; o es el vestuario que, tratando ser original, se convierte en un signo de consumo masivo. O es el roce accidental que leemos como caricia amorosa; o es el gesto tímido que entendemos como hostilidad. Entre tal barullo de signos, no siempre tenemos la certera puntería para identificarlos o el suficiente tacto para palpar su intensidad. Quizá, en esa falta de “precisión” sobre la significación, en la ausencia de ese “espíritu de fineza” que reclamaba Pascal, radique el potencial o la necesidad de estudiar semiótica.

No quisiera, sin embargo, cerrar estas ideas alrededor de la semiótica general como “teoría de la mentira” con un sabor de pesimismo o escepticismo a ultranza. Si hay algo que ha caracterizado al hombre es su deseo por salir del engaño, de la ilusión. Por aceptar su entorno y aceptarse. En tal propósito, veo una ética que al menos debería servirnos como brújula en este viaje por la cultura: el de procurar no engañarnos, el de no mentirnos a nosotros mismos, el de mantener la suficiente justicia sobre nuestra conciencia. Y manteniendo tal “cordura interior”, lo otro, el no mentir a los demás, el no engañar a nuestros semejantes, parece apenas un deber elemental. Sin embargo, por trabajar con signos, por trasegar con esa dinamita especial de la significación, no podemos asumir la posición del cándido o el crédulo. Aunque promulguemos una ética, aunque mantengamos izada la bandera de lo verídico, siempre tendremos que habérnoslas con “malhechores y malandrines”, como diría Don Quijote.

Vale la pena recordarlo: en los mismos signos que constituyen la tela de Penélope se hallan inscritos los hechizos de Circe.

(De mi libro La cultura como texto. Lectura, semiótica y educación, Javegraf, Bogotá, 2002, pp. 39-41).

Fijar prioridades

Ilustración de Andrew Judd

Ilustración de Andrew Judd.

Priorizar es una de las condiciones para que nuestra vida no termine a la deriva o al bamboleo de las circunstancias. Saber imponer una jerarquía tanto en asuntos laborales como personales resulta definitivo a la hora de realizar un balance de nuestra existencia. De no hacerlo, terminaremos lamentándonos de asuntos que debieron ocupar un lugar preponderante en un momento de la vida o dejando al garete decisiones que son determinantes para nuestro futuro. Priorizar es, para decirlo enfáticamente, lo que nos permite mantener la brújula, el norte, en un periplo vital y darle enfoque a muchos de nuestros proyectos.

Si uno se acostumbra a priorizar será poco afectable por lo urgente; si existe ese baremo de prioridades, menos tiempo perderá en asuntos baladíes y menos energía gastará en cosas que sabemos de entrada nos alejan de lo esencial. El que prioriza cambia su agenda; elige de mejor manera las personas que lo circundan y toma conciencia del valor del tiempo. En consecuencia, mayor provecho sacará de las eventualidades y será más hondo el calado de sus experiencias. Priorizar, en este sentido, es dejar de andar en el mundo de las generalizaciones y empezar, en serio, a darle foco a las particularidades. Si uno prioriza es porque comprende la brevedad de la vida y el valor de sacarle el mejor jugo a ese pequeño espacio de temporalidad que nos fue dado como un regalo.

Piénsese en la cantidad de tiempo que perdemos dilapidándolo en desvaríos ajenos o engatusados por las lógicas consumistas de la moda o el chisme farandulero. Cuántas horas o días empleamos en husmear vidas ajenas o en propagar, a través de las redes sociales, informaciones insustanciales. O las extensas jornadas utilizadas en no hacer nada, en “pasar el tiempo” yendo de un canal a otro al frente de una pantalla televisiva o de un computador. O esas charlas inútiles con conocidos que tienen como centro el rumor malsano sobre los colegas o las quejas infinitas alrededor de una empresa o una institución. Si uno contara todo ese tiempo descubriría que son meses o años malgastados en función de llenar un hastío o una desidia que impregna hasta el propio corazón.

Pero si uno prioriza se vuelve celoso de sus minutos. Los hace productivos en la medida en que contribuyen a realizar un proyecto, enriquecer una experiencia, cualificar un arte. Este celo sobre las horas y los días hace que, de igual modo, se tenga más cuidado sobre las personas con que nos juntamos o aquellas otras que dejamos entrar a nuestra vida. Porque priorizamos nos volvemos selectivos, y prestamos especial cuidado a esos seres que sabemos nos ayudan a realizar una meta, sortear una dificultad o alcanzar el más querido de nuestros ideales. Así que, ya no nos da igual estar con una u otra persona; por el contrario, preferimos compartir con aquellas que son riqueza para nuestra alma o pábulo para nuestro pensamiento. Son esos seres los que merecen nuestra mayor consideración y a los que entregamos nuestra confianza o el tesoro de nuestra intimidad.

Está visto que si uno no actúa así, si no muestra o defiende sus prioridades, los demás pensarán que pueden disponer de nuestro tiempo o de nuestras manos. Lo peor que le puede pasar a una persona es estar siempre acomodándose a las demandas ajenas, andando en derredor de las vicisitudes ocasionales o asumiendo un gesto complaciente para ser querida o aceptada. Si no se esgrimen las prioridades cualquiera puede disponer de nuestros espacios, de nuestro dinero, de nuestro trabajo. Por eso a las prioridades hay que hacerlas valer, defenderlas a pesar de nuestro miedo o la amenaza de la soledad. Esas prioridades son al fin y al cabo nuestros verdaderos haberes, nuestro capital humano, nuestra reserva afectiva o intelectual.

Desde luego, cuando uno prioriza también renuncia, deja de lado, elige. A diferencia de las actitudes infantiles o adolescentes, en las que se quiere tener todo y estar en todo, la madurez nos va llevando a escoger, a distinguir. El que prioriza sabe o logra diferenciar lo necesario de lo suntuario, lo principal de lo secundario. Y porque hace ese ejercicio de valoración es que puede encauzar sus pasos y sus actuaciones, es que logra dirigir su existencia hacia una misión que lo impele desde el fondo de su alma, o encaminar su voluntad hacia un proyecto largamente esperado. Porque es capaz de rechazar o desechar es que un ser humano se convierte en dueño de su propio destino. No sobra decir que toda escogencia u opción trae consigo el rehusar o repudiar otras cosas o personas. Por eso, es un acto de madurez o al menos de sabiduría vital.

Recordar la importancia de fijar prioridades resulta fundamental en nuestros días cuando el culto a lo masivo y la avalancha de información parecen diluir la obstinación de algunos rebeldes en no sucumbir a la mayoría frívola y cortoplacista. Priorizar es ponerse a salvo de la masificación alienante y homogénea. Es darle un rostro único a ciertas personas; es impregnar de axiología los vínculos sociales; es ejercer nuestra libertad y, con ella, asumir la responsabilidad de haber preferido un camino, una relación o determinado propósito.       

“No es solo lo que dices, sino el modo como lo dices”

Ilustración de Peter Rothmeier Ravn
Ilustración de Peter Rothmeier Ravn.

1. Recuerde que una cosa es la comunicación y otra, bien distinta, la información. La comunicación es más que el mensaje escueto que decimos o enunciamos; la comunicación compromete nuestros sentimientos y nuestras emociones. La información es inmediata; pero la comunicación requiere de tiempos, momentos, espacios y palabras adecuadas. La información cuando es tocada por la comunicación sufre transformaciones, adaptaciones, matices, cambios en su estructura o en su entonación. La información pretende ser neutra e igual para todos; en cambio la comunicación es interesada y busca llegar a cada receptor según su edad, género, condición social, nivel de educación y espacio donde habita.

2. Tenga presente que no sólo comunicamos con nuestras palabras, también entran en juego nuestro cuerpo y nuestra postura, nuestros ademanes y nuestro tono de voz. La comunicación no verbal sazona, merma, aumenta o contradice los mensajes que decimos a otros. Por eso es tan importante entender el papel de nuestra mirada o nuestras manos cuando establecemos relaciones interpersonales o de grupo. El cuerpo es el vehículo de la comunicación; el cuerpo es la energía de la comunicación.

3. Pase lo que pase en sus relaciones personales, de negocios o de trabajo, no olvide que la comunicación es un proceso. Hay que insistir muchas veces en nuestro receptor para que un mensaje sea captado o comprendido en plenitud. Las personas tendemos a “editar” o recortar los mensajes que recibimos bien sea porque nos afectan positiva o negativamente o porque se juntan o chocan con nuestros intereses. Debido a que percibimos la vida y el mundo de manera diferente (hay credos, ideologías, filiaciones políticas), en esa medida pasamos por diversos cedazos los mensajes que nos llegan. No hay que desesperarse si en un primer momento aquello que deseamos comunicar no es asimilado, o si es captado de manera diferente a la intención que buscábamos.

4. No es efectivo, cuando tratamos de comunicarnos con otra persona, suponer que aquélla ya ha entendido porque le decimos o enviamos un mensaje. Siempre es recomendable pedirle retroalimentación o solicitarle que nos diga, en sus propias palabras, lo que ha comprendido. Muchas de las fallas de comunicación (en la pareja, en la familia, en el trabajo) nacen de los sobreentendidos, de lo dado por hecho. Tampoco es bueno, por miedo o timidez, dejar que un diálogo o una conferencia sigan su curso cuando hay palabras o mensajes que no entendemos. No dude en preguntar, interrumpir o pedir explicaciones. Para que la comunicación se dé de manera eficaz requiere que las partes involucradas se asuman como protagonistas, como actores vivos de un diálogo.

5.  Evite en lo posible ser agresivo con sus mensajes. Cuando se comunique, procure por todos los medios, no ofender o herir con sus palabras. Los seres humanos somos muy sensibles al tono, al tipo de palabras empleadas, al momento en que otro nos dice alguna cosa, a la situación en que se nos informa de algo. Piense lo que va a decir; busque los términos más adecuados; sopese el impacto que puede tener su mensaje. Intente ser asertivo; es decir, acepte a los demás y tenga la firmeza para expresar lo que siente o desea. Aprenda a decir “no” cuando sea necesario y reconozca en los demás sus logros o sus aciertos. No intente avasallar; tampoco se muestre en su conversación como alguien intransigente. Si las razones o los argumentos de otras personas son mejores que los suyos, acéptelos.

6.  Aumente cada día su léxico, su capital cultural. Vuelva la lectura un hábito. Sáquele un tiempo, así sea reducido, a frecuentar un libro de relatos o de poesía. Recuerde que los buenos conversadores, los buenos oradores, tienen una variedad de términos. Tenga a la mano un diccionario y léalo no sólo para buscar términos que desconoce, sino como una forma de viajar por el amplio territorio de nuestro lenguaje. La lectura frecuente de buena literatura ayuda a darle flexibilidad y riqueza a nuestro pensamiento; nos dota de un repertorio de ejemplos; nos hace más incisivos y más precisos en los mensajes que emitimos.

7.  Por ser la comunicación una tarea de largo aliento; por usar una materia tan ambigua como las mismas palabras, aprenda a pedir perdón o a corregir oportunamente alguna omisión o falta en sus mensajes. No crea que pierde autoridad o dominio. Todo lo contrario: los buenos comunicadores están conscientes de sus errores y pueden pasar de manera rápida a pedir disculpas o a precisar de mejor manera algo que por el afán o la falta de tacto generó en nuestro interlocutor molestia o desagrado. Tenga presente que el malentendido siempre está como telón de fondo cuando tratamos de comunicarnos.

8.  Si va a usar alguna ayuda audiovisual recuerde que cada medio de comunicación tiene su función más adecuada. Ni todo se puede resolver con un power point y un videobeam, ni todo se reduce a una presentación oral. El secreto es combinar diversos medios (orales, escriturales, audiovisuales, de interacción), pero dependiendo del tipo de interlocutores o de auditorio. Antes de utilizar un medio de comunicación o ayuda audiovisual pregúntese primero quién es su público, quiénes y cuántos son a los que les va a hablar. A veces es más efectiva una simple cartelera que una larga exposición con infinitas diapositivas. De igual manera, tenga presente este otro consejo: utilice el medio de comunicación que más conozca o con el que se sienta más cómodo. Eso genera confianza en quien lo escucha.

9. Fíjese con cuidado en las estrategias y técnicas que usan comunicadores de prestigio o que tienen influencia en su entorno o su comunidad. Analice cada detalle y mire el impacto que producen en el público o las personas que lo escuchan. Percátese de las palabras que emplean, de la postura que asumen, de las ayudas de utilizan. Observe las pausas en el discurso, los ejemplos de que se valen, la dosificación del tiempo. Estudie esos comunicadores con mucho detalle. Trate de imitar esas técnicas, poniéndoles su toque personal. Y si quiere complementar este aprendizaje de los expertos, busque en la librería o en una biblioteca algún libro sobre técnicas de comunicación interpersonal.

10. Y por supuesto, practique y ejercítese constantemente en sus tareas comunicativas. En estos asuntos, como en otros, la práctica va puliendo y mejorando lo que en un primer momento sale torpe o a medio hacer. No espere que en la primera vez su comunicación sea exitosa o de alto impacto. Por eso, es importante que evalúe cualquier actividad de comunicación que haga. Deje un tiempo para conocer cómo fueron captados sus mensajes, qué tanto llegaron o de qué manera se comprendió algo que buscaba comunicar. Sáquele provecho a lo que dicen sus interlocutores o su auditorio. No se defienda ni se ofenda. Escuche y tome nota. Fije en su memoria esta consigna: será un mejor comunicador cuanto más capacidad de escucha posea.

Kaizen: ir paso a paso

kaizen Luciano Lozano

“Kaizen”, Ilustración de Luciano Lozano.

Lo más común, especialmente cuando de alcanzar alguna meta difícil o terminar un proyecto de largo aliento, es confiar en la buena suerte, el azar o la bendición de alguna divinidad. Se espera tener “todo el tiempo disponible”, contar “con todos los recursos necesarios”, poseer el mejor estado de ánimo o ser visitado por la inspiración mágica, fuerza divina capaz de resolver los más altos inconvenientes. Pero todas estas cosas, además de reforzar la falta de voluntad, lo que muestran es un deseo de lograr las cosas de una vez, de renunciar a los procesos saltándose etapas fundamentales, de esperar el acabado de una obra por las manos ajenas de la fortuna.

Los orientales, y para el caso que me interesa, los japoneses, han confiado más en el trabajo continuado, en los hábitos que lubrican las grandes empresas, y en la poderosa herramienta de dedicarle un poco todos los días a los proyectos mayúsculos, así parezca una actividad pequeña o insignificante. El nombre con el que se le conoce es Kaizen, que según los entendidos, puede traducirse como “cambio mejor” o “cambio bueno”. Lo que está en el fondo de tal manera de proceder es la ventaja de ir poco a poco escalando los imponentes acantilados, y no confiarse en los intempestivos cambios enormes, hechos de golpe y de súbita manera. La esencia del kaizen radica, por lo mismo, en la constancia y en mantener en alto la bandera de una iniciativa, sacando un tiempo para no desconectarse de dicha meta. Es esa continuidad la que dota a este modo de proceder en una excelente estrategia para avanzar sin que nos atenace el ánimo la fatiga o terminemos, como sucede la mayoría de las veces, abandonando lo que iniciamos por pereza o desmotivación.

Es apenas natural que lograr este estilo de trabajo implica una capacidad de dedicación a partir de la cual, y sorteando las múltiples actividades, siempre se tenga un espacio o unos minutos para no perder el vínculo con el proyecto que tenemos entre manos. No es cuestión de postergar o “dejar para el otro día”. Y tendremos que luchar contra muchas cosas que se oponen a tal ímpetu: las angustias de la vida cotidiana, las tareas urgentes que terminan por desbordar la cotidianidad y relegar lo importante, el ocio y los medios masivos de información que nos absorben hasta el punto de banalizar nuestra existencia. Se requiere vigor y fidelidad para no dejar caer el proyecto o la iniciativa que lanzamos al futuro. Es esencial tener el carácter o la fuerza de voluntad para poner a raya todas esas demandas que nos distraen o nos alejan de nuestro propósito de todos los días.

El kaizen contiene, en esencia, un sabor de la vetusta sabiduría oriental: “un viaje que dura diez mil leguas empieza por un paso”. Pero, agrega algo a ese primer impulso: se trata de cada día dar un paso más, de mover nuestro ánimo o nuestras acciones para alcanzar el objetivo. Desde luego, hay un plan que orienta esa marcha. Sabemos que un proyecto se inicia así, elaborando un mapa de trabajo, una ruta ligeramente esbozada. No es bueno andar a tientas por el mero impulso o los deseos intempestivos. Entonces, hecho ese plan, lo que sigue es adquirir la constancia, el hábito de avanzar un trecho, así nos parezca diminuto o nada representativo. Es separar un tiempo para ocuparnos del proyecto, para no irlo aplazando o difiriendo. Al actuar de esta manera, lo que era planeación se vuelve ejecución, y lo ejecutado se va evaluando de manera permanente. Si mantenemos una atención constante sobre la obra de nuestro interés seguramente la estaremos rectificando, ajustando o hallándole nuevas vetas de explotación. Tal es el secreto de la mejora continua, tan usada y valorada en el mundo industrial.

Este método de ir por tramos elaborando una gran obra es, en el fondo, un modo de proceder de espíritu artesanal. Ladrillo a ladrillo se fueron construyendo las enormes catedrales, y golpe a golpe sobre el mármol, noche y día, se tallaron memorables esculturas. También los pintores son un ejemplo de esta prolongada pasión poniendo una y otra vez sobre el mismo cuadro pinceladas de color, tratando de revestir poco a poco la blancura del lienzo. Y ni qué decir de los escritores que cada mañana, durante horas intensas de trabajo, producen unos párrafos, al estilo de Flaubert, o se contentan con dejar una página limpia de ripios o libre de cacofonías, como procedía Marguerite Yourcenar o el mismo Gabriel García Márquez. Los artistas, en general, practican, aún sin conocerlo, el kaizen, en tanto mantienen vivo el contacto con la obra en curso. Tal manera de elaboración requiere de ese continuum para no perder el ritmo o el tono. Por eso necesitan absoluta concentración o un hábito de escritura semejante al que poseía Carlos Fuentes o del que hablaba Hemingway. Es decir: todas las mañanas, sentados al frente de su mesa de trabajo, retomaban lo escrito del día anterior y sumaban un poco a lo ya hecho. Durante ese tiempo, releían, apuntaban, tomaban notas, corregían, apostillaban, suprimían, hacían esquemas, y agregaban unas líneas o unas cuantas hojas a su proyecto en curso. El resultado se veía mucho tiempo después: la gruesa novela aparecía como un todo complejo y armonioso. Pero tal cometido sólo era posible, gracias a una labor tesonera de ir línea a línea, noche tras noche, tejiendo tal tejido de palabras.

El peso del método kaizen está en el efecto acumulativo de esas pequeñas acciones cotidianas. Si uno mantiene una mirada vigilante sobre un proyecto, una obra, un propósito, lo más seguro es que logre incrementarlo de manera gradual, paulatina, imperceptible. Por eso, también, son vertebrales en este modo de trabajar el cuidado sobre los detalles, el esmero por atender lo pequeño o aparentemente minúsculo. La calidad no lograría alcanzarse si no se tuviera ese miramiento de lo ínfimo o una especial escrupulosidad sobre los pormenores o las particularidades de un objeto, una iniciativa, una propuesta. Estar alertas sobre la parcela de nuestro interés presupone, al decir de Masaaki Imai, el pionero de esta propuesta, un “celo misionero”, una asiduidad y una perseverancia muy cercanas de la convicción a toda prueba. De allí que sin autodisciplina o sin autorregulación no sería posible practicar este método de mejora continua.

Expuestas así las cosas, a simple vista parece fácil dar ese primer paso y, luego, otro más; sin embargo, esto conlleva a hacer cambios en nuestra manera de pensar y de actuar. Es ahí donde está lo más difícil. Adquirir ese hábito, romper con rutinas ancladas en perder el tiempo o sujetas al vaivén de lo ocasional, es el obstáculo mayor para adquirir este método de trabajo. En consecuencia, y esa parece ser la estrategia del método kaizen, es fundamental empezar modificando mínimas actitudes o adquiriendo lentamente nuevos comportamientos. Los cambios radicales no son los más apropiados ni terminan dando buenos frutos. Hay que proceder de manera sosegada, pero constante; ir con calma, sin caer en la falsa creencia de modificaciones inmediatas. Si se tiene la meta de tener un nuevo hábito se hace indispensable adquirir la incesante paciencia de la gota de agua en su oficio leve de socavar la roca. Es ese el secreto de los deportistas consumados, de los expertos en una disciplina, de los empresarios exitosos y de todos los que podemos llamar artesanos de las ideas. Mediante ejercicios diarios, afinando permanentemente una práctica, haciendo siempre  pequeños ahorros, organizando el tiempo para tener la cita diaria con la propia obra, así es como lo imposible se torna realizable y los proyectos o las iniciativas mayúsculas terminan estando al alcance de nuestras manos.

Referencias

Kaizen. La clave de la ventaja competitiva japonesa, Masaaki Imai, Editorial Patria, México, 2015.

Un pequeño paso puede cambiar tu vida. El método kaizen. Robert Maurer, Ediciones Urano, Barcelona, 2015.