Hermes y la tarea hermenéutica

el-carro-de-hermes-o-mercurio

El carro de Hermes o Mercurio.

El siguiente ensayo sobre las tareas propias del hermeneuta tiene como base una investigación iconográfica y una lectura de textos relacionados con el mito de Hermes o Mercurio. He querido con ello, además de revisar con cuidado textos y fuentes primarias, resaltar algunas características que deben tenerse en cuenta en un proceso de interpretación o determinados aspectos entrañables a la tarea hermenéutica. De otra parte, busco a lo largo de la exposición no sólo hacer una ilustración sobre un motivo mitológico sino presentar o mostrar un ejercicio concreto de interpretación.

1

Recordemos, para empezar, lo que cuenta el mito (Homero y su “Himno a Hermes”): “Nacido al alba, tañía la lira al mediodía y por la tarde robó las vacas del Certero Apolo, el cuarto día del mes, en el que lo parió la augusta Maya. Cuando saltó de las inmortales entrañas de su madre, no aguardó mucho tiempo tendido en la sacra cuna, sino que se puso en pie de un salto y andaba ya buscando las vacas de Apolo, tras franquear el umbral del antro de la bóveda…”

La primera estrategia de Hermes: “estar siempre naciendo”. El mantenerse renovado. Idea de innovación, de novedad. El mito afirma que Hermes es un dios niño, una divinidad que en el mismo día de su nacimiento, el cuarto del mes para ser más precisos, lleva a cabo las mayores hazañas de su historia. Nace al alba (este es otro dato que me parece clave para entender porqué, además, dentro de los atributos de Hermes está el gallo. El gallo como simbolismo de la vigilancia, del anuncio de lo nuevo), al mediodía ya ha inventado la lira y en el ocaso roba las vacas de su hermano Apolo. Toda esa actividad la realiza en un solo día. La estrategia más fuerte de Hermes está en su diligencia. En su prontitud para actuar. Esta estrategia apunta a señalar la habilidad para atreverse a replantear un problema, un proceso, un procedimiento, un artefacto o para leer renovadamente un texto o un discurso. Los hermeneutas son los estrategas del eterno amanecer.

2

Continuemos con el mito: “Hermes, en efecto, fue quien primeramente hizo que cantara la tortuga, que le salió al encuentro en la puerta exterior, paciendo la verde hierba delante de la morada y andando lentamente con sus pies. Y el utilísimo hijo de Zeus, al verla, sonrió y en seguida dijo estas palabras: Casual hallazgo que me serás muy provechoso: no te desprecio. Salve, criatura, amable por naturaleza, reguladora de la danza, compañera del festín, que tan grata te me has aparecido: ¿de dónde vienes, hermoso juguete, pintada concha, tortuga que vives en la montaña? Pero te cogeré y te llevaré a mi morada, y me serás útil y no te desdeñaré; y me servirás a mí antes que a nadie (…) Así, pues, decía; y al mismo tiempo la levantaba con ambas manos y se encaminaba nuevamente adentro de la morada, llevándose el amable juguete (…) Enseguida cortó cañas y, atravesando con ellas el dorso de la tortuga de lapídea piel, las fijó a distancias calculadas; puso con destreza a su alrededor una tira de piel de buey, y colocó sobre ella dos brazos que unió con un puente, y extendió siete cuerdas de tripa de oveja que sonaban acordadamente. Mas cuando hubo construido el amable juguete, llevóselo y fue probándolo parte por parte; y la cítara, pulsada por su mano, resonó con gran fuerza…”

La segunda estrategia de Hermes: Hallar la utilidad en todo lo que encuentra a su paso. “Ver en la tortuga una lira”. El ingenio, la inteligencia práctica. Los griegos denominaban a este tipo de saber o de inteligencia, metis. La inteligencia práctica apunta a que el saber del hermeneuta no es un saber teórico, más bien es un saber aplicado, un saber necesariamente vinculado a una acción, a una actividad. Y la inteligencia práctica consiste en poder volver producto lo que apenas parece una idea o un proyecto. El saber hacer del hermeneuta está orientado a la acción. Por eso mismo, el aprendizaje de estos saberes es más fácil apropiarlo desde la experiencia, o desde el estudio de un caso. Más que reglas o estándares, la hermenéutica se mueve sobre el repertorio de posibilidades, el abanico de soluciones, el menú de alternativas. El saber de la hermenéutica, su estatuto epistemológico, más que el de una ciencia, se asemeja al de un oficio o un arte.

Capacidad del hermeneuta para ver en la tortuga otra cosa, para adaptar, para transferir, para convertir un depósito de información en otras realidades: el entramado de un palimpsesto, la constelación imaginaria sugerida en un símbolo, la oculta ideología presente en un enunciado. A todo lo que llega a la mesa de trabajo el hermeneuta debe decir como Hermes ante la tortuga: “!Bienvenida es tu apariencia¡”… “No te despreciaré, sino que será a mí el primero al que beneficiarás”.

3

Continuemos, como lo hemos venido haciendo, la lectura del “Himno a Hermes” de Homero: “Hundíase el sol con sus corceles y su carro en el Océano, debajo de la tierra, y Hermes llegaba corriendo a las montañas umbrías de la Pieria, donde las vacas inmortales de los bienaventurados dioses tenían su estado y pacían en deliciosas praderas que nunca se siegan. Entonces el hijo de Maya, el vigilante Argifontes, separó del rebaño cincuenta mugidoras vacas y se las llevó errantes por arenoso lugar, cambiando la dirección de sus huellas; pues no se olvidó de su arte engañador e hizo que las pezuñas de delante fuesen las de atrás y las de atrás las de delante; y él mismo andaba de espaldas. Tiró en seguida las sandalias sobre la arena del mar y trenzó otras que sería difícil explicar o entender, ¡cosa admirable!, entrelazando ramos de tamarisco con otros que parecían de mirto.

La tercera estrategia de Hermes: no tomar el camino más evidente. En este caso, el mito apunta a señalar el potencial creativo del hermeneuta. El valor de las estrategias divergentes. Tomar atajos, romper los paradigmas convencionales, ver en lo extraño algo familiar y en lo familiar algo extraño, el razonamiento analógico, cambiar de escenarios, potenciar las estrategias que ya Gardner, por ejemplo, analizó e investigó en diferentes actores y campos de conocimiento. Hermes no es obvio en sus estrategias. Busca otros caminos, procede por vía indirecta. Más que decir, sugiere; apela a algo más que la mera intelección. Señala lo afectivo, lo emocional. Las estrategias de Hermes van más allá de la información. Por supuesto, cualquiera puede inferir en el mito la presencia de la astucia, del ocultamiento. Pero, y esa es la estrategia que me parece que está de fondo, es la capacidad de Hermes para no tomar el camino más evidente, para atreverse al desvío, al cambio de lugar, a la metáfora. Las estrategias de Hermes son estrategias creativas.

4

Oigamos ahora la voz de Homero, en la Odisea: “Iba ya caminando a través de aquel valle sagrado y acercándome a casa de Circe, la rica en venenos, cuando, próximo a ella, delante mostróseme Hermes. Apretó con la suya mi mano y me habló de este modo: “Tus amigos en casa de Circe como cerdos están encerrados en fuertes zahúrdas. ¿Has venido por acaso a sacarlos? Pues bien, ni tú mismo desde allí volverás: quedarás entre ellos. Mas ¡ea! yo te quiero librar de esos males poniéndote a salvo. Hay aquí una raíz saludable: tendrás que ir con ella al palacio, que bien guardará tu cabeza de muerte”. Tal diciendo, el divino Argifonte entregóme una hierba, que del suelo arrancó y, a la vez, me enseñó a distinguirla; moly suelen llamarla los dioses; su arranque es penoso para un hombre mortal; para un dios todo, en cambio, es sencillo”.

La cuarta estrategia de Hermes: servir de mediador. Recordemos que Hermes sirve de mediación entre el sumo poder y los menos poderosos, entre el reino de la luz y el mundo de las sombras, entre el orden de la vida y el complejo mundo de los muertos. La mediación de Hermes, como bien lo ha escrito Jean-Pierre Vernant es una mediación múltiple, plural, compleja: “el representa en el espacio y en el mundo humano, el movimiento, el paso, el cambio de estado, las transiciones, los contactos entre los elementos extraños”. Entonces, la mediación está encaminada a servir de puente, de canal para regular, para hacer que los elementos del sistema se integren, funcionen, se engranen, sean efectivos. Cuando Hermes sirve de mediador lo hace para restaurar o para instaurar algo. Su labor no es sólo la de revelar un mensaje sino la equilibrar lo que en su esencia está roto o fracturado. Este aspecto de Hermes es hoy uno de los mayores retos de cualquier intérprete. Mediar. Ayudar a que los diferentes aspectos o elementos de un texto o mensaje puedan adquirir su justo lugar o su justa valía. Mediar la interpretación: más que exaltar algo, más que exagerar o exacerbar un significado, el hermeneuta debe mediar los sentidos, hacerse hábil para como Hermes, convertir las diversas lecturas en un repertorio de riqueza interpretativa. Por algo el caduceo es uno de los atributos de Hermes. El caduceo que es también un hermoso simbolismo de la salud, del bienestar. De esa salud consistente en mantener el equilibrio del sentido sin merma o sobrepeso en la interpretación.

Hermes: bisagra entre lo que se ve y lo que permanece oculto, entre lo unívoco y lo equívoco; aliado de los secretos y de las maquinaciones. Lector de los significados profundos de todas las cosas.

5

Una vez más, acudamos al mito. Sigamos con Homero, pero deteniéndonos ahora en canto quinto de la Odisea: “¡Hermes! Ya que en los demás eres tú el mensajero, ve a decir a la ninfa de hermosas trenzas nuestra firme resolución –que el paciente Odisea torne a su patria- para que el héroe emprenda el regreso sin ir acompañado ni por los dioses ni por los mortales hombres (…) Así dijo Zeus. El mensajero Argifontes no fue desobediente: al punto ató a sus pies los áureos divinos talares, que le llevaban sobre el mar y sobre la tierra inmensa con la rapidez del viento, y tomó la vara con la cual adormece los ojos de los hombres que quiere o despierta a los que duermen. Teniéndola en las manos, el poderoso Argifontes emprendió el vuelo y, al llegar a la Pieria, bajó del éter al ponto y comenzó a volar rápidamente sobre las olas, como la gaviota que, pescando peces en los grandes senos del mar estéril, moja en el agua del mar sus tupidas alas: tal parecía Hermes mientras volaba por encima del gran oleaje”.

La quinta estrategia de Hermes: servir de mensajero. Tal vez el simbolismo más cercano a nuestro trabajo como intérpretes. El Hermes como heraldo. Sin embargo, si uno mira con detalle el mito, descubre que esta labor de mensajero comporta una serie de competencias o, al menos, de habilidades. Piénsese no más en el tacto para develar los secretos o para servir de consejero, tanto de dioses como de hombres. De alguna manera, Hermes es un traductor, un intérprete de mensajes. Eso hace que su tarea conlleve, como bien nos lo ha enseñado Paul Ricoeur, tanto una voluntad de escucha como una voluntad de sospecha.

6

Echemos mano, en este apartado, de la iconografía. Miremos dibujos y grabados, particularmente las Imágenes de Filóstrato el Viejo, los Emblemas de Alciato, y Cesare Ripa. Observemos y hagamos otra inferencia. 

La sexta estrategia de Hermes: servir de punto de referencia para el caminante o el viajero. Servir de punto de referencia, de hito, de mojón. Hermes Orientador. Recordemos que, dentro de la tradición antigua, era costumbre que los caminantes fueran colocando una piedra, en tanto pasaban por ciertos lugares. De allí, de ese cúmulo de piedras fue consolidándose una práctica y más tarde una devoción. Los mojones: una estrategia de apoyo “tanto para el viajero que traspasa la frontera de la región que conoce, como para el extranjero lejos de su patria”.

En este caso, el trabajo del hermeneuta es determinante a la hora de enfrentarse a las encrucijadas del sentido. Hermes es un guía para salir airoso del conflicto de las interpretaciones.

7

Continuemos con el rastreo iconográfíco. Además de obras pictóricas como las de Mantenga, Tiépolo, Correggio o Veronese, tengamos presente la Guía iconográfica de héroes y dioses de la antigüedad, de Aghion, Barbillon y Lissarrague y la obra homónima de Lucia Impelluso. Afinemos la mirada y descubramos otra de sus características. 

La séptima estrategia de Hermes: “Tener la ligereza de las plumas”. Todo Hermes es alado. Por supuesto el simbolismo de la rapidez salta a la vista. Aunque me parece más interesante hablar de ligereza. Las estrategias de Hermes poseen la ligereza de las plumas. Recordemos que las plumas expresan la no pesadez, la capacidad de levantarse, de moverse sin lastres o ataduras. También se ha dicho que el pie es símbolo del alma, y que las alas que aparecen en el talón de Hermes, corresponden a un poder de destilar la esencia, de lograr alcanzar lo esencial. Las alas de Hermes, en su sombrero, el pétaso, llevando el caduceo, también alado, con sandalias aladas… todo en él, nos habla de un dios fuerte por ser leve, ágil por su ligereza, rápido como el pensamiento. La fugacidad de Hermes no le viene por la rapidez sino por su levedad. Es cuestión de ausencia de peso más que de velocidad.

8

Retomemos de nuevo las fuentes textuales. Analicemos lo que nos dice Apolodoro, en su Biblioteca: “Apolo se presentó en Cilene ante Maya y acusó a Hermes. Lo condujo a presencia de Zeus y le reclamó sus vacas. Cuando Zeus le ordenó devolverlas, negó tenerlas, pero, como no logró convencerlos de ello, llevó a Apolo a Pilos y le devolvió las vacas. Sin embargo, cuando Apolo escuchó la lira, se la cambió por las vacas. Hermes, mientras las apacentaba, construyó también una flauta y tocaba con ella. Deseoso Apolo de obtener también ésta, le entregó un bastón de oro que había adquirido cuando se dedicaba al pastoreo. Pero Hermes deseaba también alcanzar el arte de la adivinación; así que hubo entregado la flauta, fue instruido en el arte de adivinar por medio de guijarros, y Zeus lo hizo mensajero suyo y de los dioses subterráneos”.

Octava estrategia de Hermes: Inventar para propiciar las relaciones. Sorprende en una lectura atenta del mito y su variantes, la cantidad de inventos atribuidos a Hermes. Desde la invención de las letras del alfabeto, de las palabras y la elocuencia, hasta la aritmética, la astronomía, las escalas musicales. Y también el invento de los pesos y las medidas, del arte de boxear, de la gimnasia. Inventor del trueque, del comercio. Hermes es un dios inventor y polifacético. La creatividad le fluye como algo natural. Tal vez por eso a Hermes haya sido considerado como una divinidad fecunda, fálica. Hermes es creador como su padre Zeus. Y muchos de esos inventos tienen la función de servir para el trueque, para provocar la relación, para generar actos de doble vía. Los inventos de  Hermes, sus estrategias creativas, siempre conducen a señalar las relaciones, las interrelaciones, el flujo comunicativo; a entrar de lleno en los juegos propios del lenguaje.

Fuentes y material bibliográfico:

Filóstrato el Viejo, Imágenes, Ediciones Siruela, Madrid, 1993.

José Luis Morales y Marín, Diccionario de iconología y simbología,  Taurus ediciones, Madrid, 1984.

Robert Graves, La diosa blanca (Historia comparada del mito poético), Editorial Losada, Buenos Aires, 1970.

Alciato, Emblemas, Akal ediciones, Madrid, 1993.

Cesare Ripa, Iconología, Akal ediciones, Madrid, 1996.

Francisco Diez de Velasco, Los caminos de la muerte, Editorial Trotta, Madrid, 1995.

Kart Kerényi, Los dioses de los griegos, Monte Avila editores, Caracas, 1997.

Carlos García Gual, Diccionario de mitos, Editorial Planeta, Barcelona, 1997.

Jean-Pierre Vernant, Mito y pensamiento en la Grecia antigua, editorial Ariel, Barcelona, 1983.

Jean-Pierre Vernant, El universo, los dioses, los hombres (El relato de los mitos griegos), Editorial Anagrama, Barcelona, 2001.

Richard Buxton, El imaginario griego (Los contextos de la mitología), Cambridge University Press, Madrid, 2000.

Grupo Tempe, Los dioses del Olimpo, Alianza editorial, Madrid, 2001.

Robert Graves, Los mitos griegos, Alianza editorial, Madrid, 1985.

Juan Eduardo Cirlot, Diccionario de símbolos, Ediciones Siruela, Barcelona, 2002.

Aghion, C. Barbillon y F. Lissarrague, Guía iconográfica de héroes y dioses de la antigüedad, Alianza editorial, Madrid, 1994.

James Hall, Diccionario de temas y símbolos artísticos, Alianza editorial, Madrid, 1996.

Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, Diccionario de los símbolos, Editorial Herder, Barcelona, 1986.

Lucia Impelluso, Héroes y dioses de la antigüedad, Electa, Barcelona, 2002.

Hans Biedermann, Diccionario de símbolos, Ediciones Paidós, Barcelona, 1993.

Carl Gustav Jung, Simbología del espíritu, Fondo de Cultura Económica, México, 1981.

El cuchillo de Ezequiel Martínez Estrada

ezequiel-martinez-estrada

Ezequiel Martínez Estrada: la agudeza del pensamiento.

Creo que poco hemos reparado actualmente en la excelente producción ensayística de Ezequiel Martínez Estrada. Y una buena manera de apreciar su talento es analizar un pequeño texto contenido en su obra Radiografía de la pampa, publicada en 1933. El ensayo se titula “El cuchillo”, y hace parte del capítulo “La época del cuero”.

Lo primero que valoro es la capacidad de Martínez Estrada para sacar provecho argumentativo de asuntos o cosas sencillas. Su ojo perspicaz logra poner en alto relieve características inadvertidas de las cosas o vincular rasgos distantes o inesperados entre ellas. En esto se asemeja mucho al procedimiento usado por Georg Simmel, uno de sus autores de cabecera. Basta mirar lo que descubre el sociólogo alemán sobre una cotidiana y sencilla asa de un vaso. Pero, vayamos a los entresijos del texto en cuestión.

Es típico de Martínez Estrada empezar sus ensayos con una afirmación contundente. La tesis de sus ensayos despunta en la primera línea o en el primer párrafo. “El cuchillo va escondido porque no hace parte del atavío y sí del cuerpo mismo”, escribe al inicio del ensayo. Con ese basamento, el argentino empieza a elaborar sucesivas capas de análisis; construye o reconstruye lo mismo que ha puesto como soporte de su reflexión.

Ya en el segundo párrafo, Martínez Estrada, nos advierte que el cuchillo es “un adorno íntimo” y, por lo mismo, pertenece “al fuero de lo privado”. Derivado de ese planteamiento, vincula el carácter privado del cuchillo con el insulto, pues solo son sacados en “momentos supremos”. Ahí mismo deja abierta otra relación: la del cuchillo con el falo, pero por la vía del recato y lo innecesario de mostrarlos sin necesidad.

En el tercer párrafo, el escritor santafesino muestra que el tipo de lucha ofrecida por el cuchillo –a diferencia del sable– es para los lances íntimos. Se detiene en analizar el vínculo del cuchillo, especialmente del mango, con la mano, y por eso mismo, de cómo las fallas en la pelea con esta arma “es un fallo del brazo”.

Martínez Estrada en el cuarto párrafo echa mano de anécdotas históricas para mostrar que el cuchillo ha tenido héroes gloriosos en su empleo, al igual que rituales y prohibiciones. Enseguida, en el quinto párrafo, vuelve a las particularidades del arma: ahora sus observaciones giran sobre la vaina, la que “arrebata al cuchillo del mundo”. Usa frases lapidarias: “el cuchillo envainado está sustraído del mundo de la muerte”. Afirma que, aunque esté envainado, el cuchillo está al acecho como “un felino”. Acto seguido, pone ejemplos de los usos del cuchillo o de su variada utilidad: perro fiel, ojo occipital, alimento, tranquilidad, confianza, seguridad. Y hasta es un objeto de ley personal para “probar la justicia de la fama y la legitimidad de lo que se posee”.

En el sexto párrafo, el ensayista amplifica las consecuencias o atributos que trae consigo el cuchillo: da autoridad, “subraya la razón”. Interrumpe su exposición para hacer una digresión sobre la sangre de la víctima acuchillada y evidencia que por ser un arma corta y del hombre solitario, “dificulta la ayuda”. Después, en el párrafo siguiente, vuelve para ampliar el punto de que el cuchillo “subraya la razón”. Afirma que a pesar de que el cuchillo es “dócil en las manos domésticas” y sirve para cortar el pan y mondar las frutas, el secreto de su manejo es un arte difícil, “como el de hacer un buen verso”. Agrega  otro uso del cuchillo que es el de matar, el de matar a otro hombre “cuerpo a cuerpo”. Termina el párrafo hablando de que el cuchillo es una herramienta síntesis de otras usadas desde nuestros orígenes.

Dedica un párrafo el escritor para señalarnos que el cuchillo “es más rápido que el insulto” y que al usarlo, ya no hay tiempo para retractarse; que la mano armada con el cuchillo es un útil inconsciente y, que, en esa medida, está “más próximo a la voluntad que al pensamiento”. Cierra este apartado advirtiéndonos que el cuchillo no admite el perdón porque, al entrar en contacto, “al “entrar hasta la empuñadura”, es la “cercanía sin remedio”.

En el siguiente párrafo Martínez Estrada se concentra en el tamaño “sin exceso” del cuchillo. Pone punto aparte y se concentra en profundizar en las diferencias entre el sable y las propias del cuchillo. Se percata de que el florete, por ejemplo, “ofrece al puño la resistencia de su longitud”; en cambio, en el cuchillo, “la fuerza va de la mano al extremo”. Una vez más, el argentino condensa su disquisición en una frase cortante como su tema: “La espada tiene su escuela y su estilo; el cuchillo es intuición, autodidáctica”. Desde ese lugar retoma elementos para volver al lance de cuchillo, de ese arte de cortar (el “arte cisoria”) que no tiene maestros, un arte “tanto de la mano como del ojo”, un arte que “no es espectáculo, sino intimidad”. Concluye hablando de una suerte excepcional del cuchillo, el de “la clavada”, que es “extraña a su finalidad y naturaleza”, pues implica soltar el arma de la mano para que dé en el blanco. Insiste en la importancia de lo intuitivo en el uso de esta arma y emparenta tal espontaneidad con la gambeta del animal perseguido o en el “puro valor de defensa del hombre agredido”. Abre un nuevo párrafo para enfocarse en la punta del cuchillo y deduce que al acortarse la distancia entre la empuñadura y la punta (típica de la espada) se perdió la clemencia.

Dispone de otro apartado para hablar del tamaño del cuchillo. Martínez Estrada afirma que, por ser pequeño, “puede llevarse entre las ropas”, adquiere la magia del amuleto y de “utensilio interior”, casi mágico.  Puede llevárselo en la cintura, en la pierna, al costado o, lo que resulta más temible, en la espalda. Esta última manera de portarlo parece ser la más peligrosa: “cuchillo del domingo, el prohibido”.

El ensayista argentino empieza un nuevo párrafo deteniéndose en el hecho de que es raro un suicidio con cuchillo. Por ser un arma que va “de la empuñadura hacia la punta” es difícil que se vuelva contra su amo: “como el perro, que es lo que se le parece más”. Martínez Estrada retrocede en su planteamiento y retoma otra característica del cuchillo: la hoja desnuda. Dice que ella misma es ya “una advertencia del peligro; declara la anchura de la herida y su profundidad”. Y por esa correspondencia misteriosa entre “el acero y la carne” el autor deduce que la sangre limpia la hoja pero se acumula u oscurece el cabo del cuchillo.

Hacia el final del escrito, el ensayista pasa revista a diversos tipos de cuchillo: el del trabajador, el de las fiestas, o el arma ornamental como el facón, de doble filo. El escritor argentino hace una pausa para hablar de una característica fundamental: el filo del cuchillo. Nos recuerda que se prueba el filo del arma “sobre la yema del pulgar” y, nos advierte que, “la sensación sutil indica su finura”. Menciona, además, que con “la uña se aprecia el temple”. Deja esbozados algunos gestos relacionados con el cuchillo, bien para saludar, amagar o hacer callar.

Los dos últimos párrafos del ensayo los dedica Martínez Estrada a hablar del manejo del cuchillo, desde “rasgar la epidermis” hasta “tatuar al adversario como a un esclavo”. Cierra el texto subrayando que “el mérito del cuchillo está en la punta”, y, por eso, agredir con el filo, “indica indulgencia o desprecio”.

Me he detenido párrafo a párrafo para apreciar mejor la fineza del pensamiento de Martínez Estrada. Es un ensayista del detalle, a veces de un preciosismo en su minuciosa manera de observar. Es excelente la forma como teje las inferencias y como saca conclusiones o derivaciones de hondo calado, partiendo de hechos, cosas o situaciones baladíes. Valoro también, y esto hace parte de su logro como escritor, la elección de un vocabulario preciso, puntual, cabal para sus fines argumentativos. Es una prosa pensada, meditada. El escritor argentino nos muestra en este ejemplo, como en otras de sus producciones, que el ensayo es principalmente una tipología textual para foguear nuestras ideas, para hacer que nuestra mente derive, contraste, replique, compare y analice con juicio crítico tanto la condición humana como las variadas expresiones de la vida y la cultura.

Releo de inicio a fin el ensayo de Ezequiel Martínez Estrada sobre el cuchillo y me parecen elogiables sus agudas apreciaciones de que es un arma íntima, muy pegada al cuerpo; que es un arma para el duelo a pie y que excluye, por su cercanía, cualquier forma de intercesión. Me parece muy contundente su argumentación de que el aprendizaje del cuchillo requiere el don del valor y una sagacidad para descubrir sus técnicas solo “visteando”; y que del mismo modo como sirve “para ganarse el pan con humildad” puede ser un instrumento “de justicia y libertad”. Cierro el libro de Radiografía de la pampa y me quedo con esos otros significados latentes del cuchillo percibidos por la mente afilada de Martínez Estrada: un arma de poder, de fe en sí mismo o de la voluntad concentrada.

Sugerencias para el primero de Enero

ilustracion-de-angel-boligan

Ilustración de Ángel Boligán.

  1. Manifiésteles a sus seres más queridos, y especialmente a los que de tanto convivir con usted parecen invisibles, una frase o un gesto de cariño. Permítase ser efusivo y romántico.
  2. Tome una agenda o un directorio de años atrás y busque a familiares o amigos para desearles un venturoso año nuevo. Puede suceder que algunos teléfonos ya no sean los actuales pero, seguramente, si hay respuesta, la sorpresa de volver a escucharlos valdrá la pena.
  3. Prepare un plato de los que más le gusta a determinado miembro de la familia. O elabore, a varias manos, un alimento que se convierta en una obra colectiva. Ponga ese plato en el centro de la mesa del comedor como un orgullo y motivo de celebración.
  4. Visite a algún enfermo. Pero no solo por caridad, sino como un genuino acto solidario.
  5. Organice su computador. Revise y elimine documentos innecesarios. Limpie. Haga un balance de lo que ha producido o de los proyectos que ha terminado. Abra nuevas carpetas.
  6. Descubra la magia y la importancia de estar de vacaciones. Camine. Regálese un tiempo para observar el mundo y la vida.
  7. Arregle su casa. Renueve, pinte, redecore. Arregle lo que hace rato ha dejado para después.
  8. Mire con su pareja una película de las clásicas. Esas que, por su guión o producción, por la fotografía o por la excelente actuación de los actores, conmueven el alma y ponen nuestra emoción a flor de piel.
  9. Tómese un vinito o una bebida más fuerte. No para emborracharse, sino para celebrar el milagro de seguir vivo.
  10. Pídale perdón a alguien. Pero para saber a quién, haga primero un ajuste de cuentas con sus odios, sus envidias, con sus miedos y flaquezas.
  11. Mande tarjetas o mensajes por whatsapp o internet pero no de los utilizados masivamente. Personalice sus comunicaciones. Sea original. Dele un rostro a esos brindis y dedicatorias.
  12. No gaste todo el tiempo viendo televisión. Salga. Invéntese algún programa distinto a los habituales. Converse con los suyos.
  13. Vuelva a leer uno de los Ensayos de Montaigne. Siempre es útil encontrar la sabiduría de la vida puesta de manera tan sencilla y tan profunda a la vez.
  14. Escriba en el protector de pantalla (o en el planeador mensual) un proyecto para este año, con el fin de que lo vea todos los días y no claudique en ese sueño.
  15. Ordene su escritorio. Rompa y vote papeles. Mande a la caneca esferos que ya no escriben, marcadores que ya no resaltan, fotocopias que ya cumplieron su función.
  16. Saque una media hora para hacer discernimiento. En soledad realice un balance de los aciertos y desaciertos de este año. Elabore su DOFA (debilidades, oportunidades, fortalezas y amenazas) personal. No tenga temor de reconocer sus errores y menos de minusvalorar sus logros.
  17. Dedique unas horas a escuchar la música que más le gusta. Convierta ese tiempo en un regalo para su espíritu.
  18. Compre una vela para aromatizar su casa o apartamento. Deje que la magia de la canela, por ejemplo, habite o impregne su ambiente doméstico.
  19. Aunque no sea agüerista, aumente su reserva de arroz en su despensa. Compre unas humildes espigas de trigo y deje que ellas mismas atraigan las fuerzas simbólicas de la fortuna y el bienestar.
  20. Saque un tiempo para visitar a sus muertos. Lléveles flores y agua, agua fresca. Haga un pequeño homenaje a los que lo precedieron y muestre, con ese gesto, que la gratitud prevalece sobre el olvido.
  21. Ponga en claro sus finanzas. Revise sus cuentas y haga un balance de la pertinencia de sus gastos y la inversión de sus ahorros. Cuente las monedas de su alcancía.
  22. Llame a uno de sus maestros y reconózcale su labor. Cumpla ese sagrado deber con los custodios de la tradición o los iniciadores de lo posible.
  23. Adquiera flores amarillas para que, desde un jarrón, sean el sol íntimo de su casa. Hágalo para convocar el optimismo y la sabiduría.
  24. Ofrezca un saludo o un abrazo de suerte y prosperidad a sus vecinos de barrio o conjunto residencial. Afirme los vínculos sociales, que nacen y se consolidan a partir de la confianza.
  25. Como era costumbre de las anteriores generaciones, estrene alguna prenda de vestir. Muestre con ello que usted puede reinventarse y renovarse al menos cada año.

Leer en vacaciones

ilustracion-de-jungho-lee

Ilustración de Jungho Lee.

Me gusta emplear buena parte del tiempo de mis vacaciones en leer. Disfruto, enormemente, levantarme temprano a continuar el libro que dejé la noche anterior, sin tener que preocuparme de los compromisos académicos o del corte que ocasiona dejar la lectura para ir a cumplir con mi horario habitual de trabajo. Así que, en vacaciones puedo darme ese placer a mis anchas, dedicando más de ocho horas a esta gozosa forma de descanso.

Salta a la vista que la lectura es un excelente sucedáneo del viajar. O mejor, es la forma como se puede viajar estando en casa. Digamos que es la manera particular como la imaginación saca sus valijas y desempolva sus atuendos. Por lo mismo, al tener varios días para elegir el libro que queramos o para regodearnos con la relectura de esos otros apreciados compañeros de existencia, pues no deja de producirme una alegría manifestada por momentos en un espíritu juguetón o una disposición especial para seguir las pistas señaladas en un libro o buscar una obra referenciada en una nota a pie de página.

De otra parte, la lectura es como un lubricante para mi escritura. Ella hace las veces de acicate, de piedra de toque, de catapulta íntima, para que se despierten las manos y busquen el esfero o el teclado del computador. Un apunte allí, una reflexión consignada en el “despertario”, una frase recogida con rapidez en mi cuaderno de notas. Desde luego, a veces el escribir no es inmediato. La lectura, en estos casos, hace las veces de sedimento, de represa, de caldo de cultivo. Y sé por mi propia experiencia que luego, cuando menos lo piense, se convertirá en una corriente interior que me lleva a encerrarme en mi estudio a escribir para no dejar que esa fuerza descomunal asfixie mi pensamiento o me rompa el espíritu.

Y como toda lectura evoca a otras, como al tocar las frases de un texto se despiertan las resonancias y los ecos de otras obras, lo más interesante es que en la mesa de noche, en el escritorio, en el estudio, empiezan a crecer los libros como pirámides en una inestabilidad misteriosa. Un ejemplo, sería suficiente: en la pasada Feria del libro de Guadalajara encontré un pequeño texto de Ezequiel Martínez Estrada sobre Montaigne, editado por la UNAM, en la colección “Pequeños grandes ensayos”. El librito me atrapó. Pero, a la par que iba leyendo el texto, seducido por Martínez Estrada volví a la lectura y relectura de algunos ensayos de Montaigne. Me detuve en: “Sobre unos versos de Virgilio” y en la “Apología de Raimundo Sabunde”. La traducción elegida fue la Javier Yagüe Bosch publicada por Galaxia Gutenberg y el Círculo de lectores. La provocación del argentino me llevó a revisar mi biblioteca y encontrarme con un pequeño texto del historiador Peter Burke sobre Montaigne; aunque ya lo conocía, esta vez lo leí completo. Y durante tres días devoré la novela- ensayo del chileno Jorge Edwards, La muerte de Montaigne. Releí el prólogo de André Gide a su antología sobre Montaigne y la semblanza homónima del vienés Stefan Zweig editada bellamente por Acantilado. También tengo en remojo otra biografía sobre el padre del ensayo titulada Montaigne a caballo, de Jean Lacouture. Y si los días de vacaciones me alcanzan, degustaré otra obra: Pensar sin certezas: Montaigne y el arte de conversar del  español Jesús Navarro Reyes.

Como se ve, leer es una labor inacabada. Porque la red de conexiones no involucran solo a Montaigne, sino al mismo Ezequiel Martínez Estrada. Yo había leído ya La cabeza de Goliath. Microscopía de Buenos Aires, pero este largo y hermoso texto sobre el ensayista francés, me puso en alerta para degustar la Radiografía de la Pampa. El proceso de réplicas me llevó de nuevo a las Moralia de Plutarco y, por una coincidencia que solo suceden cuando se está de vacaciones, en una de mis acostumbradas visitas a la tienda de libros y antigüedades “Quevedo”, pude por fin de muchos años adquirir las Obras completas de Séneca, en la edición de Aguilar. Séneca, el cordobés de cabecera de Montaigne. Las ramificaciones de la lectura se multiplican como las enredaderas; algunas de esas bifurcaciones son evidentes o inmediatas y, otras, se entrelazan en el subsuelo de nuestra memoria o crean vínculos secretos en el pozo sin fondo de nuestro inconsciente.

Retomo el hilo de mi argumentación para agregar que la lectura es un bien inmaterial que deberíamos legar a nuestros hijos o a las generaciones venideras. Lamento que los más jóvenes de hoy malgasten buena parte de su tiempo consumiendo una programación televisa tan limitante y castrante de la fantasía, privándose de lo que un buen libro ofrece a su mente y a su imaginación. Quizá este mundo consumista e inmediatista, esta sociedad de consumo tan atrapada por adquirir cosas y artefactos, vaya cercenando o mermando las prácticas de lectura de libros. Entre otras cosas porque para leer se necesita devolverle a la soledad y al silencio su justa valía; y porque la lectura, además, pide cierta atención o concentración sin la cual es imposible develar lo que está latente debajo de cada grafía. Pero a pesar de este mal ambiente de estas épocas para la lectura considero que es un deber de padres y familiares potenciar el gusto por leer. Esto implica, desde luego, mostrar con el propio ejemplo el disfrute de la lectura. Y también, dedicar tiempo para leerles a los niños y niñas libros en los que ellos y ellas puedan apreciar otro tipo de magia: ese hechizo no proveniente de mecanismos o dispositivos tecnológicos, sino del prodigio de la propia mente para inventar, recrear o conjeturar mundos posibles a partir de la unión o combinación de simples palabras.

El ocio de las vacaciones es una especie de tierra fértil para la lectura. Cuánta cosecha recogida en tan pocos días: “Montaigne hizo de la lectura un modo de acción… La total impregnación del alma en las lecturas es lo que fortifica los órganos de sentir y pensar; la lectura activa es uno de los secretos del desarrollo y temple de los grandes espíritus”, afirma Martínez Estrada. “Escribo una fantasía muy personal, mi Montaigne, para decirlo de algún modo, y si el paciente lector quiere seguirme, la elección es suya. Montaigne significa para mí la libertad, la sensatez, el humanismo superior, y en algún sentido: la lectura y la escritura”, confiesa Jorge Edwards. “Uno de los placeres al leer a Montaigne es el de que se encuentran constantemente posibles significados nuevos en sus escritos”, advierte Peter Burke. “Un lector idóneo descubre a menudo en los escritos de otro otras perfecciones que las que el autor ha puesto y señalado, y descubre sentidos y matices más ricos”, apunta André Gide, retomando una cita de Montaigne… Los diversos subrayados son una evidencia de que la lectura ha estado feliz, saltando aquí y allá, satisfecha de estar en complicidad con la vigilia y ansiosa por continuar su aventura de expedicionaria en las absorbentes y delgadas tierras de los libros.

Pensamiento relacional: la analogía

ilustracion-de-philipp-igumnov

Ilustración de Philipp Igumnov.

El símil y la metáfora son dos de las formas más conocidas del pensamiento relacional. A partir del acercamiento de dos realidades se logra construir un nuevo sentido o iluminar con otra luz una parcela de la realidad o la condición humana.

Resulta común hoy asociar los labios de una mujer con los pétalos de una rosa. Pero, muy seguramente, el primero que se percató de tal relación debió generar extrañeza en sus contemporáneos o, por lo menos, un súbito asombro. Quizá, en esta perspectiva es que la poesía ha potenciado el lenguaje y lo ha renovado en sus posibilidades de ser también un decir oblicuo, figurado, traslaticio y analógico.

Pero, más que adentrarme en el lenguaje poético, asunto que he profundizado en mi libro La palabra inesperada, lo que deseo en esta ocasión es escudriñar en el valor del pensamiento relacional para enriquecer la argumentación en un ensayo. Es decir, me enfocaré en analizar específicamente cómo la analogía sirve de  aval o refuerzo a una determinada tesis.

La analogía, vale la pena recordarlo, es una relación entre dos realidades distintas pero que tienen, en sus diferencias, puntos en común. Mejor dicho, son esas semejanzas las que pueden ser utilizadas por el ensayista para un razonamiento argumentativo. Aquí podemos advertir, de una vez, que la argumentación provendrá de haber encontrado esas semejanzas e ir convenciendo al lector de que la tesis presentada cobra más fuerza o es evidente por tales comparaciones. La analogía, así entendida, hace las veces de una constatación reiterativa o de una comparación plástica en la que cada rasgo de semejanza refuerza con mayor consistencia la tesis seleccionada.

Así que, cuando se utiliza una analogía para argumentar en un ensayo no es suficiente con enunciar un símil o comparación. La verdadera argumentación consiste en ir tejiendo esos puntos de relación entre la tesis y esa otra realidad elegida como espejo de nuestro razonamiento. Insisto en ello porque es frecuente la confusión entre enunciar una comparación y lograr verdaderamente una analogía lógica y coherente.

Se me ocurre ahora un ejemplo. Supongamos que mi tesis consiste en plantear que el escribir es semejante a navegar. Si esa es la analogía elegida, la argumentación tendría que ir mostrando poco a poco cómo es que se da tal relación: ¿el mar será la hoja en blanco?, ¿el puerto de llegada consistirá en el punto final del escrito?, ¿los útiles empleados serán las embarcaciones?, y los remos o el vapor, ¿qué papel cumplirán? ¿El escritor será como el capitán del navío?, y de  ser así, ¿quiénes harán las veces de la tripulación? ¿El viento, si el barco es de vela, será análogo a la inspiración?, ¿y las tormentas o las aguas embravecidas a qué corresponderán en nuestro desarrollo argumentativo? Como puede verse, no es suficiente mencionar la analogía. Lo correcto es desagregar o ir engarzando cada aspecto de las dos realidades para, desde ese telar de las relaciones, ofrecer las evidencias de lo que nos interesa persuadir al lector.

Cuando así procede el pensamiento deberemos previamente hacer un cuadro comparativo entre las dos realidades, con sus respectivas características,  e ir descubriendo –con perspicacia e imaginación– los aspectos en común, los elementos afines. El pensamiento relacional, por lo mismo, es mimético, mutante, pluriforme. Se mueve como pez en el agua en las sinestesias, en los trueques de sentido, en las redes profundas de la simbología. Y si el ensayista acude a este tipo de pensamiento es porque confía en que al tener esa mirada bifronte sobre determinado aspecto o circunstancia, podrá obtener mayores razones para su labor argumentativa.

Por lo demás, al establecer ese cuadro comparativo, el ensayista logrará descubrir al mismo tiempo la fragilidad de ciertas comparaciones que, a primera vista, parecían potentes analogías. Al cotejar las relaciones hallará que no encajan o que es demasiado forzado el lazo de unión entre las dos realidades. Lo mejor en estos casos será desechar la analogía o buscar otro campo de relación para proceder al mismo ejercicio del múltiple cotejamiento.

Sigo creyendo que la analogía, por partir de lo conocido, es ideal como herramienta argumentativa cuando la tesis del ensayo es bastante abstracta o no fácil de comprender. La analogía posee la bondad de ser altamente didáctica para “hacer visible” lo que otros recursos del pensamiento oscurecen o confunden. Dicho medio, por estar soportado en el pensamiento relacional, hace las veces de traductor entre las ideas, de intérprete entre realidades diferentes. Ahí radica su utilidad invaluable y ahí, de igual modo, está el reto de confeccionar una analogía precisa y cabalmente persuasiva.

Las claves del ensayo

las-claves-del-ensayo

Hace ya más de una década que publiqué mi libro Pregúntele al ensayista. La obra ha tenido, desde entonces, una muy buena recepción, y en los colegios y universidades ha servido de guía y apoyo tanto para maestros como para estudiantes. Creo que eso se debió al carácter didáctico del texto y a una intencionada manera de poner el énfasis en la perspectiva de intentar solucionar los problemas que se tienen al escribir este tipo de textos.

Todos estos años he seguido atento a las minucias y las dificultades de escribir ensayos. Mi trabajo como docente y formador de maestros me ha ayudado a ubicar dónde están las mayores falencias y dónde se necesita alguna ayuda para cualificar la estructura de esta modalidad de texto argumentativo. Precisamente ahí se encuentra el motivo de esta nueva obra: ahondar en las particularidades del hacer ensayístico. Es un esfuerzo por ir más allá de las recomendaciones generales y mostrar, con ejemplos, cómo se construye una tesis, se elabora un tipo de argumento, se interconectan las ideas o se confecciona la estructura básica de un ensayo.

He querido también abogar en esta ocasión por el ensayo corto. Primero, porque el tiempo de los maestros es escaso y, en consecuencia, parece más conveniente abandonar la consigna de poner extensos trabajos que no se leerán y enfocarse más bien en corregir con cuidado una página. Segundo, porque la complejidad de los textos argumentativos obliga a desentrañar con paciencia de relojero los modos como las ideas necesitan organizarse para alcanzar su eficacia persuasiva y eso puede apreciarse mejor en textos condensados que en largos ensayos. Desde luego, lo que aquí se predica en pequeño puede servir en textos de mayor extensión.

De igual modo, este libro insiste en la tarea de mostrar y enseñar los conectores lógicos. Gracias a ellos la cohesión y la coherencia entre las ideas se hace más consistente. Y si en mi primer libro recopilé y organicé más de 1500 conectores, esta vez preferí compartir el repertorio particular empleado por cinco reconocidos ensayistas iberoamericanos. Considero que esta variada lista de marcadores textuales muestra la necesidad de analizar sus diversas aplicaciones y, al mismo tiempo, evidencia lo importantes que son para constituir las marcas de estilo de un escritor.

También he procurado utilizar distintos modos de presentar este saber-hacer sobre el ensayo. A veces acudo al texto expositivo, al diálogo, a la carta, al cuento, al aforismo y, en la mayoría de ocasiones, al ensayo. Dicha estrategia discursiva pretende interpelar al lector, estudiante o maestro, para que desde diversas frecuencias tenga vías de acceso alternas al tema que nos ocupa. Tal intención comunicativa se basa en una convicción: al presentar el mismo conocimiento desde diferentes posibilidades discursivas se logra ser más inclusivo y más democrático en el aprendizaje, cumpliendo así un requerimiento de la didáctica contemporánea.

El título del libro es una clara intención de su contenido. Lo que he pretendido es ofrecer un conjunto de herramientas para desentrañar en gran parte el secreto de escribir ensayos. Busco con cada apartado que el novato escritor tenga a la mano una solución para descifrar ese universo de los textos argumentativos. Dichas claves, entonces, se pueden convertir en dispositivos de explicación para un asunto denso o complicado o en útiles de ayuda cuando ya se esté transitando por el camino ensayístico.

Cierro este prólogo recalcando la importancia de esta tipología textual para desarrollar en colegios y universidades el pensamiento crítico. El ensayo sigue siendo una estrategia vigorosa para no sucumbir al unimismo acéfalo de hoy, para tener una mirada de sospecha frente a las astucias de los medios masivos de información y para fortalecer la propia producción de conocimiento. De igual forma, mediante la escritura de ensayos podemos desarrollar el pensamiento argumentativo; es decir, aprender a hilar lógicamente nuestras ideas con el fin de participar en una sociedad del consenso, o disentir sin que debamos acudir para exigir nuestros derechos a la fuerza y la violencia física. Tales bondades del ensayo refuerzan la necesidad de haber escrito esta nueva obra; aspiro que los lectores así lo confirmen.

Conferencistas sin auditorio

conferencista

En mi reciente visita a la Feria del libro de Guadalajara –aunque no sólo en este evento– he constatado un problema de los conferencistas o ponentes a un panel académico. Me refiero a la poca importancia dada al tipo de auditorio o a las características del público presente. Vengan de donde vengan, hablen de lo que hablen, el proceder de los conferencistas es semejante: cumplir con leer un texto escrito o leer lo que ya se traía previamente organizado en unas diapositivas.

Son excepcionales los conferencistas que, dependiendo de su auditorio, cambian, adaptan o modifican lo ya preparado. La mayoría, hace caso omiso del público y se concentran más en no olvidar leer ninguna de las diapositivas o en terminar a como dé lugar todas las páginas de su ponencia. Es como si se partiera del hecho equivocado de concebir al auditorio como un grupo de personas homogéneo o estandarizado. Muy poco los ojos de los conferencistas indagan en las características de los presentes y menos aún en las expectativas provocadas por el título en una programación o por las generadas sobre una temática específica.

A veces esta falta de conciencia en el auditorio es una manera de enfrentar el temor a hablar en público. Los nervios escénicos parecen mermarse si se mira poco a la concurrencia o se enfoca la atención en la pantalla y la segura secuencia establecida por un power point. Estos conferencistas exponen sus disertaciones o sus planteamientos como si estuvieran instalados en una burbuja, inmunes a los gestos de apatía o de desinterés de los asistentes. Tal vez sea este mismo temor de hablar en público el que hace también que los conferencistas pierdan la noción del tiempo que llevan hablando. Su discurso carece de autorregulación. Y lo más frecuente es que deba ser el coordinador de mesa o el maestro de ceremonias quienes los corten o les anuncien los pocos minutos faltantes para dar término a su charla. Dicha advertencia, en lugar de llevar al conferencista a redondear las ideas o hacer una síntesis de los planteamientos, lo pone más nervioso, conduciéndolo a acelerar su lectura creyendo que en tres minutos podrá dar cuenta de las cinco o seis páginas restantes o del sinnúmero de diapositivas que le faltan por exponer. El resultado, como podrá adivinarse, es catastrófico: sensación de insuficiencia, de fragmentación, de incomunicación.

Es muy probable que esto suceda por tres razones que son esenciales en esto de dictar una conferencia, una ponencia o una charla. Un primer asunto, prioritario, es el de preguntar a los organizadores del evento –cuando se acepta la invitación– quién va a ser el público o a quiénes se esperan como asistentes. Esto determina el tono, los ejemplos y hasta la misma extensión del contenido del tema solicitado. El buen conferencista, con esa información preliminar, prefigura su audiencia y, desde esa palestra, organiza su disertación. Y entre más datos tenga de su público más efectiva será su charla.

Otra cuestión es la de escribir la ponencia –cuando se recurra o se solicite este medio– con párrafos de enlace o apartados bisagra que le permitan a los oyentes seguir el hilo del discurso. A veces el texto de una conferencia se escribe como si se partiera del supuesto de que el asistente lo tiene frente a los ojos, olvidándose de que el conferencista sólo cuenta con las inflexiones de su voz, con las pausas, los gestos y la dramatización de su oralidad para hacer visible lo que está leyendo. Dicho de otra forma: el buen conferencista debe escribir su texto no tanto para ser leído, sino para ser escuchado.

Un punto adicional tiene que ver con las ayudas audiovisuales. Los buenos conferencistas saben que no deben cargar sus presentaciones con demasiado texto, y que son ellos los protagonistas esenciales de una disertación. Su labor, entonces, no consiste en ser operarios encargados de pasar unas diapositivas, en actuar como amplificadores de lo consignado en cada pantallazo;  más bien su tarea principal es explicar, glosar, ampliar o profundizar lo que allí se enuncia de manera sintética o esquemática. De igual modo, al elaborar dichas presentaciones, deberá no olvidar la sintaxis propia de la imagen: color, proporción, contraste; el tipo de letra utilizada, la relación entre la figura y el fondo y la simbiosis significativa entre el texto y la imagen. En consecuencia, si el conferencista emplea un programa de presentaciones tendrá que regirse por la lógica de la comunicación de la imagen en la que se movilizan principalmente la atención, las emociones y los sentimientos del espectador. El error está en considerar que lo escrito en una diapositiva sigue siendo un simple texto; un texto proyectado.

Considero, finalmente, que si a un conferencista le interesa en verdad llegar a su auditorio, tendrá que sopesar cuándo es adecuado estar sentado o ponerse de pie, o cuándo el moverse por el escenario con un micrófono inalámbrico es más efectivo que estar en una única postura hablando detrás de un atril. La audiencia es la que regula todas esas decisiones. Es el público, poco o numeroso, el que nos indica cuándo hay que condensar una idea, cuándo pasar por alto varios párrafos y cuándo debemos dejar de leer un texto para comentarlo o hacerlo más vivo desde la frescura de la oralidad. De no proceder así, nuestra conferencia no tendrá receptores reales y, aunque tengamos muchas personas en una sala, parecerá un auditorio vacío.

Sobre los hábitos

ilustracion-de-catrin-welz-stein

Ilustración de Catrin Welz-Stein.

El cuerpo es una perfeccionada obra de la naturaleza; los hábitos, una lenta construcción de nuestra voluntad.

*

Dos son los arquitectos de la voluntad cuando quiere constituir un hábito: el convencimiento y la constancia.

*

Sólo el futuro sufrimiento o la penosa enfermedad son los que pueden de manera súbita hacernos cambiar de hábitos.

*

La dificultad inicial para incorporar un nuevo hábito contrasta con la facilidad de los hábitos adquiridos.

*

Lamentamos en la edad adulta los hábitos que, por un exceso de consentimiento, no fueron inculcados cuando niños por nuestros mayores. A veces, la desmedida dulzura produce con el tiempo frutos amargos.

*

Algunos hábitos pueden conducirnos a la ruina; otros, con el tiempo, se convierten en una tabla de salvación.

*

En determinados casos, a la mala fortuna deberíamos ponerla bajo la protección de un nuevo hábito

*

La prueba del poder de los hábitos se muestra en la dependencia que padecemos cuando a ellos estamos sometidos.

*

¿Qué es incorporar un nuevo hábito? Hacer que un huésped se convierta en residente.

*

El automatismo es la utopía de los hábitos.

*

Más allá de los conocimientos, las clases y las tareas, la escuela sigue siendo un lugar al que vamos para proveernos de algunos hábitos.

*

La razón por la cual los malos hábitos son tan difíciles de erradicar es bien sencilla: nadie acepta como esclavitud lo que alguna vez fue un acto de libertad.

*

Las rutinas son la cáscara de los hábitos. Su médula, las costumbres.

*

Así como para habitar un territorio se requiere tomar posesión de él; de igual modo, para adquirir un hábito es indispensable dejar el nomadismo de la inconstancia y optar por el asentamiento de un propósito.

*

La verdadera y esencial valía de la crianza radica en forjar determinados hábitos.

*

El hábito sí hace al monje. Pero no hablando de indumentaria, sino del carácter.

*

Veintiún días, afirmaba William James, se necesitan para asimilar un nuevo hábito. Y a veces se requiere toda una vida para deshacerse de uno contraproducente.

*

Fuerza de voluntad: mejor fármaco hasta ahora conocido para curar los malos hábitos.

*

El hábito genuino no necesita ni premios ni castigos. Es una expresión de genuina autodeterminación.

*

La voluntad, cuando de hábitos de trata, es como un árbol: necesita antes que nada echar raíces resistentes, profundas, absorbentes.

*

El talento sin el apoyo de los hábitos es apenas un asomo de genialidad.

*

Por andar tan preocupados del ejercicio físico hemos descuidado el fortalecimiento de la interioridad. Es saludable, por lo mismo, empezar a asistir al gimnasio de los hábitos para ejercitar la fuerza de voluntad.

*

Toda tiranía es repudiada y maligna; pero la de los hábitos es deseable y provechosa.

*

Los hábitos necesitan de plasticidad para acomodarse dentro de nosotros; pero, luego, es su dureza la que les garantiza larga permanencia.

*

Los vicios son los hábitos que, a escondidas, aprende el cuerpo.

*

Un discernimiento verdadero o un examen de conciencia sin autoengaño deberían –de vez en cuando– llevarnos, como los religiosos, a colgar ciertos hábitos.

*

Analizados en retrospectiva, desde el mirador de la vejez, algunos hábitos parecerán manías y, otros, señales inequívocas de nuestra personalidad.

Estrategias didácticas para transformar la práctica docente (dos)

ilustracion-de-nick-dewar

Ilustración de Nick Dewar.

  1. Use diferentes formas textuales en su enseñanza y en los trabajos que solicite.

He venido investigando desde hace ya varios años en la diversidad de formas textuales usadas en diversos tiempos con el fin de conocerlas y buscar una camino para volverlas aliadas de nuestra práctica  docente. Primero empecé con el ensayo, luego con el cuento, la carta, el comentario, y más tarde con el diálogo platónico, el soliloquio, la guía, la crónica, el guión, el informe, el resumen, y los diversos modos de la descripción: el autorretrato o etopeya, la écfrasis (o la descripción de obras pictóricas). También he explorado en las formas propias de la literatura edificante como el apólogo y la fábula. Y hace por lo menos cuatros años empecé a profundizar en al aforismo como una tipología textual muy útil para aprender a eliminar lo superfluo y decir lo esencial. Digo lo anterior para subrayar la variedad de formas escritas que tenemos los maestros a nuestra disposición y que, por alguna razón, reducimos a una o dos en nuestra labor de clase. Tal vez porque desconocemos esa variedad de formas o porque no hemos indagado lo suficiente en sus alcances y posibilidades para empezar o afianzar determinado aprendizaje.

Piénsese no más en la utilidad del diálogo para el aprendizaje de la filosofía (baste mirar para ello los escritos por Platón) o el uso del soliloquio como recurso para propiciar el aprendizaje argumentativo; o el cuento y otras formas narrativas para hacer más cercana y afectiva la relación con un saber, para lograr que el lector deje de ser un espectador pasivo de la información y se convierta en un activo e implicado participante. Cuánto transformaríamos nuestra práctica docente si incluyéramos en nuestra agenda didáctica la producción de escritos en esta perspectiva. Por supuesto, no con el ánimo de convertirnos en literatos de gran calado sino como una manera de innovar nuestras maneras de poner en escena un conocimiento. Otro tanto podría decirse de los productos escritos solicitados a nuestros estudiantes: he visto que la crónica, por ejemplo, es una excelente forma de escritura para recoger actividades en las que se mezclan la observación, la entrevista, la revisión documental, el registro fotográfico y el trabajo de campo. Está bien que pidamos informes; pero bien vale la pena abrirse a estas otras formas escriturales más ricas y más interpelativas para las nuevas generaciones.

O ni qué decir de la escritura aforística, muy estratégica para responder al mundo del twitter y los mensajes de 120 caracteres. El aforismo como una escuela de la precisión semántica, un tinglado para dominar las figuras del lenguaje, preferiblemente la antítesis o la paradoja; una forma pulida y refinada para propiciar el pensamiento crítico, la ironía, el humor y las fisuras a lo dado por hecho o presuntamente establecido. He constatado, por otra parte, que al invitar a escribir aforismos a mi estudiantes, al decirles que no se trata de copiar o transcribir información ya consignada en la web o en bibliotecas, les ha implicado ejercitarse en su propio pensar, atreverse a dejar las muletas de las voces foráneas y empezar a tener una voz propia. Tal beneficio es una transformación que va más allá de los espacios escolares.

Como puede verse, los docentes contamos con múltiples estrategias para presentar un conocimiento. Unas son ideales para motivar el aprendizaje, otras son idóneas para hacer más inteligible un tema y, otras más, son adecuadas para reforzar algo de lo aprendido. Cabe, entonces preguntarse, ¿por qué sólo reducir nuestros recursos de enseñanza la exposición oral en clase? De otra parte, estas formas textuales ofrecen a los estudiantes una gama de posibilidades que no sólo ayudan a desarrollar diferentes tipos de pensamiento (ya sean de corte argumentativo, narrativo o expositivo) sino que, además, permiten que los estudiantes encuentren la mejor vía para expresar su curiosidad, su imaginación o sus opiniones y reflexiones. Digámoslo de manera enfática: El educador que condena su clase a una única manera de producir discurso priva a sus estudiantes de otras formas aprender.

  1. Para lograr una mejor comunicación con sus alumnos use los lenguajes paralelos en el discurso docente.

El tema de la comunicación sigue siendo una de las claves de la buena relación pedagógica. Para ninguno de nosotros es un secreto que una gran parte de lo que hacemos tiene como lubricante la comunicación verbal. Quiero centrarme ahora en una estrategia que me parece fundamental cuando tenemos públicos diversos y, por lo general, bastante desmotivados. La he denominado, la estrategia de los lenguajes paralelos.

Esta estrategia consiste en combinar cuatro tipos de lenguaje en nuestro discurso docente. El lenguaje de la propia disciplina, el lenguaje de la vida cotidiana, el lenguaje experiencial o testimonial y el lenguaje figurado. El primero de ellos, el lenguaje de la propia disciplina, es el que habitualmente usamos. Si uno es profesor de matemáticas o de biología, de sociales o español, hay un lenguaje propio en el que habla esa disciplina. Desde luego, ese es un lenguaje que debemos dominar pero no puede ser el único lenguaje que utilicemos en clase. Debemos entonces, combinar este lenguaje con otro mucho más vivo y de mayor cobertura; refiero al lenguaje de la vida cotidiana: ese que circula en los medios masivos de información, el que percibimos en las calles y en los locales comerciales, el que está presente en los supermercados y en los medios públicos de transporte. Este lenguaje no es tan especializado como el primero pero tiene el poder de reverberar, de circular, de ir de boca en boca, construyendo eso que se llama la opinión pública. Al maestro, entonces, le corresponde sazonar el lenguaje de la propia disciplina con este otro tipo de lenguaje, para darle más sabor a su saber, para ponerle la pimienta o el color que necesitan los abstractos algoritmos o grafías. Pero no es suficiente con esto; necesitamos emplear el lenguaje experiencia o vivencial. En este caso, lo importante es la voz de la historia personal del maestro, el testimonio de sus vicisitudes, el que toma relieve. No es bueno, al menos desde la comunicación en el aula, mostrarnos como bocas parlantes sin pasado ni historia. Es importante que nuestras experiencias impregnen el saber que impartimos, porque  enseñamos no sólo una asignatura; enseñamos una forma particular de ver el mundo y la vida. Finalmente, tenemos que echar mano de otro lenguaje: el figurado, el metafórico; el que emplea analogías o parábolas. Este cuarto lenguaje es más afectivo, busca tocar las fibras de la emoción, despertar la zona sensitiva del oyente. Es en lenguaje que emplea de forma magistral la publicidad y es el lenguaje que, de manera amplia, utiliza el arte. También las religiones han sacado provecho de las potencialidades de este tipo de lenguaje. Así que, el educador necesita sumar a los tres lenguajes anteriores uno más, para tocar fibras íntimas de sus alumnos, conmoverlos, ponerlos en la dimensión emocional y afectiva.

Los que han investigado el tema de la comunicación nos han enseñado que si uno habla sólo en el lenguaje de la propia disciplina apenas logrará un 20 o 30% de cobertura en su auditorio; pero que si usa el lenguaje de la vida cotidiana, la efectividad será de un 40 o 50%. Aunque es el lenguaje testimonial con un 60 o 70% y el lenguaje figurado, con un impacto mayor al 80%, los que tienen mayor fuerza comunicativa. Mal haríamos entonces los maestros en desaprovechar esos otros lenguajes, y perder la oportunidad de utilizar y combinar los lenguajes paralelos. Tal vez con ello tendríamos más vivo el interés, la curiosidad y la motivación de nuestros alumnos.

  1. Vincule su quehacer y las tareas que pida con un proyecto de investigación personal.

La transformación de la práctica docente, para que sea permanente, requiere estar vinculada a la investigación. Un maestro que se llame “vigente” es porque no ha dejado de indagar sobre las dificultades y los logros en lo que hace. Considero que muchos educadores ocupados más en los pormenores de la docencia descuidan o se desentienden de la investigación. O si por momentos les inquieta no tienen la suficiente persistencia para continuarla o llevarla hasta una sistematización digna de publicarse. Desde mi propia experiencia, y viendo cómo proceden otros maestros investigadores, he descubierto cuatro estrategias para mantener viva la indagación en nuestro quehacer cotidiano. Lo primero que hay que hacer en hallar un nicho-problema que realmente nos interese o nos preocupe esencialmente. No hablo del área en que trabajamos o del campo disciplinar del que somos titulados. Me refiero a algo específico, a una temática que logre atraer buena parte de nuestros intereses intelectuales y emocionales. Cuando uno encuentra ese nicho, ya tiene ganada una vía hacia la investigación. Ya podemos decir que estamos en una línea, en un foco o un problema que merece escudriñarse. Ubicada esa diana o ese objetivo de interés empezaremos a recopilar bibliografía y cibergrafía relacionada con tal aspecto. Nuevas carpetas se abrirán en nuestro computador, nuevas obras empezarán a pedir espacio en nuestra biblioteca, nuevos grupos de colegas, nuevas revistas especializadas harán parte de nuestro discurso cotidiano. Definir ese nicho-problema nos permite profundizar más que extendernos, conocer más en propiedad que opinar sobre generalidades de segunda mano. Esa es la primera estrategia. La segunda, es comenzar a vincular las tareas o actividades que pongamos a los estudiantes con ese nicho-problema. A veces de manera explícita; otras, de forma indirecta. Lo importante acá es que convirtamos el tiempo de corrección y supervisión de las tareas en un insumo para nuestras preguntas o nuestras inquietudes investigativas. Esas lecturas y evaluaciones no solo servirán de retroalimentación para el que aprende sino de insumo para recoger información, para constatar una hipótesis, para consolidar los primeros hallazgos. Sobra decir que no es fácil hacer esto, pero si uno se organiza y gasta un buen tiempo en la planeación o en la programación de cada curso o de cada asignatura, si piensa con cuidado los trabajos que va a poner a sus alumnos, muy seguramente descubrirá que esas acciones hacen parte del mismo proyecto de investigación en el que se está o se viene trabajando. Una tercera estrategia tiene que ver con guardar algunas evidencias de eso mismo que solicitamos. Muchas veces nuestra labor diaria queda huérfana de evidencias. Una foto, el escaneo a un documento, el registro de una producción o grabar una pequeña entrevista a los directos involucrados, todas esas cosas las dejamos pasar o no tenemos la costumbre de hacerlas parte de nuestra profesión de maestros. Si nos habituamos a seleccionar y guardar tales registros, pronto nos daremos cuenta de que esos materiales son el insumo fundamental para empezar una etapa de reflexión y análisis sobre la propia práctica. Aquí deberemos aprender también a manejar archivos y a convertir a nuestros estudiantes en espontáneos asistentes de investigación. Lo digo, porque los apuntes de clase, si de entrada nos preocupa algo en especial, podrán ser luego motivo de autoexamen o reconocimiento de lo que hacemos. La cuarta estrategia, y esa ha sido la clave de mi propia producción investigativa, es producir pequeños textos derivados de tales pesquisas. No hablo de extensos informes de investigación, ni de proyectos con toda la formalización canónica. Me refiero a una o dos páginas que son como apuntes o síntesis de lo que vamos descubriendo, o la ampliación de una pregunta, o la descripción de una situación recurrente, o el esbozo de un plan de contingencia a un problema que hemos detectado. Mejor dicho: se trata de vincular el escribir con lo que hacemos cotidianamente. Podemos llegar a sorprendernos cuando, después de varios meses, notemos que esos apuntes, que esas hoja sueltas, van consolidando una cartografía de nuestros intereses, un mapa –así incipiente– de nuestras preocupaciones y nuestras inquietudes sobre la profesión docente.

Eso es, precisamente, lo que hacía el psicólogo ruso  Lev Vygosti, que convertía su aula en constante laboratorio, y lo que hacía Paulo Freire, que volvía cada actividad de su vida, como profesor o consultor, en un motivo para producir un artículo, escribir una carta o diseñar una propuesta. 

  1. Procure asistir a seminarios o foros de manera regular. Póngase el reto de presentar al año una ponencia o participar con un póster, una comunicación en eventos académicos.

Aunque esta no parece una estrategia propiamente didáctica, sí la considero una estrategia indirecta de transformación de nuestro quehacer. Quizá sea una estrategia de formación y renovación. Digo esto porque lo común es la apatía, el desgano o la pereza cuando se trata de asistir y participar en esos otros escenarios de formación. Muy poco o nada invertimos en nuestra propia actualización; son más las disculpas que la iniciativa lo que gobierna la cualificación de una profesión necesitada de seres creativos, imaginativos y dúctiles para asumir los cambios.

De allí que debamos meter en nuestra agenda anual asistir a eventos académicos. Pero no como algo azaroso o dependiente de subsidios ajenos, sino como un asunto de convicción personal, un proyecto tan importante como apartamos y ahorramos el tiempo de las vacaciones. El reto se hace mayor, si nos autoimponemos no sólo asistir sino además escribir y participar en tales escenarios con una producción propia. Esa debería ser la verdadera evaluación de nuestro trabajo: mostrarles a otros los hallazgos o los problemas que ocupan nuestro interés. Dar testimonio de que seguimos siendo maestros porque no hemos claudicado en nuestra voluntad de aprender. En suma, mostrar las pruebas o las evidencias de esa actitud de permanente transformación.

Hasta aquí este abanico de estrategias para renovar la práctica docente. Confío en que buena parte de ellas sea un incentivo o una piedra de toque para confrontar o cualificar lo que cada docente hace a diario en sus clases; o que se conviertan en una zona de desarrollo próximo para su espíritu y así evitar el anquilosamiento, la desidia o la desesperanza, que tanto daño hace a nuestra profesión y que termina afectando negativamente a las nuevas generaciones.

Sobre la soberbia

la-soberbia-de-jacob-matham

“La soberbia”, según el grabador holandés Jacob Matham.

El espejo en el que se mira el soberbio es cóncavo y convexo a la vez: aumenta los rasgos propios y minimiza los ajenos. En cualquier caso, es un efecto de deformación de la imagen.

*

Existe una falsa y rebuscada humildad que se parece mucho a la soberbia.

*

Aunque la gente atribuye la soberbia a un efecto de la visión, lo cierto es que parece más una dolencia del oído. El soberbio no escucha a los demás. Sufre de hipoacusia social.

*

Es fácil que el exceso de conocimiento lleve a la soberbia. Sin embargo, sólo el reconocimiento de lo mucho que se ignora es lo que conduce a la sabiduría.

*

El soberbio sufre de una envidia congénita: los demás siempre son vistos como una amenaza, de allí que sea el descrédito y la murmuración la forma predilecta de relacionarse con sus semejantes.

*

La soberbia colectiva a veces es franca indolencia o genuina indiferencia.

*

Luzbel no sintió envidia de Dios sino de los hombres. No soportaba que hubiera otras criaturas tan bellas como él. Su caída es un símbolo de la negación a la confraternidad.

*

Los vistosos ojos de las plumas del pavo real no miran a nadie. Las exhibiciones de vanidad son los ojos fijos de la soberbia.

*

Observa por un tiempo a determinada persona y fíjate si tiene por costumbre criticar a los colegas o si usa frecuentemente más la primera persona que el plural. Mira también si da muestras de constante ingratitud. Si estas cosas hace,  y, si además, anda vociferando frases de continuo resentimiento por alguien, lo más seguro es que hallaste a un soberbio.

*

Al soberbio le cuesta mucho comunicarse con los demás: es caprichoso y de rabietas permanentes. En este sentido, su nivel emocional permanece en el estado de egocentrismo de los niños.

*

Esta es la paradoja del soberbio: no soporta la humillación en carne propia pero le gusta infligirla en los demás. Sufre con lo mismo que goza.

*

Soberbia: exceso que refleja una exigüidad.

*

¿Cuál es la mejor manera de combatir a un soberbio? La risa. El humor es el mejor disolvente de la vanidad y la vanagloria.

*

Al soberbio le cuesta aceptar que pueda aprender de otro. Su espíritu siente que recibir cualquier instrucción es un acto de sometimiento. El soberbio, sin saberlo, padece un severo complejo de inferioridad.

*

A Luzbel le gusta ofrecer seducciones envenenadas a los ingenuos y crédulos. El rumor es la manzana tentadora de la soberbia.

*

La soberbia es buena si hace que nuestro orgullo enfrente con altivez las dificultades; es un defecto, si convierte nuestra autoestima en vanidad.

*

Envanecerse es estar ahuecado o elevado. La soberbia es como tener demasiado aire en el cuerpo. Ínfulas, es eso: suponer que cualquier cinta de trapo en la cabeza es una corona.

*

El humilde, a diferencia del soberbio, no es altanero porque ha comprobado en carne propia que la pobreza obliga a la modestia. En la sencillez encuentra el humilde su mayor alabanza.

*

Al sentirse por encima, como indica la etimología, el soberbio anda en las nubes. Pero, de igual modo, la naturaleza enseña que no hay ascenso sin precipitaciones.

*

De todos los sinónimos empleados para identificar la soberbia, tales como ufanía, jactancia o inmodestia, hay uno que es el más ilustrativo: hinchazón. El soberbio padece el aumento del tamaño de su yo por una causa patológica.

*

La soberbia es el envés de la intolerancia.

*

Por ser el soberbio un ser insuflado de vanidad, de vez en cuando hay que usar el alfiler de la verdad para bajarle los humos.

*

La juventud y ciertas mujeres de excesiva belleza son soberbias porque confunden los dones del presente con una posesión para la eternidad.

*

Témele a las alabanzas del soberbio: esos elogios son siempre una proyección de sus más íntimos deseos.

*

El soberbio cree saberse perfecto. De allí que no pueda ver sino manchas e imperfecciones en sus congéneres.

*

El exceso de poder, de belleza, de saber o de dinero, incita a la soberbia a mostrar su traje ostentoso. Sin embargo, bien valdría la pena gritarle al soberbio lo mismo que dijo el niño del cuento de Andersen al ver el traje nuevo del emperador: “¡Pero si está desnudo!”.