El mini ensayo

Obra del artista húngaro Cerkahegyzo.

Obra del artista húngaro Cerkahegyzo.

No obstante la terquedad de algunos profesores de educación media y superior por solicitar en sus clases ensayos de larga extensión (más de 10 páginas), puede resultar interesante explorar en las posibilidades de elaborar este tipo de escritos en una página. Tal opción, además de permitir la evaluación detallada y personalizada de la escritura, es un excelente recurso didáctico para aprender las particularidades de un texto argumentativo.

En esta perspectiva, he invitado a mis estudiantes de primer semestre de la Maestría en Docencia de la Universidad de La Salle a escribir un ensayo de cuatro párrafos. El tema, en esta ocasión, debe estar relacionado con algún aspecto del proyecto de investigación en curso. El contenido de cada uno de los párrafos es el siguiente:

En el primero se expone de manera sucinta y directa la tesis. Es decir, la postura personal del ensayista frente al tema en cuestión. La tesis, hay que recordarlo, es una proposición o afirmación en la que, de manera novedosa, se toma una posición, un punto de vista o una crítica a determinada temática. Desde luego, para lograr una tesis de calidad es necesario reflexionar y meditar el motivo de nuestro interés. En determinadas ocasiones es útil documentarse, leer fuentes especializadas o someter el tema a un profundo análisis. Dos o tres líneas pueden ser suficientes para lograr este objetivo.

El segundo párrafo da inicio a la argumentación del ensayo. Ahora toca buscar razones que avalen, soporten o refuercen nuestra tesis. Y dentro de las variadas formas de persuadir, una de las más socorridas es la de utilizar los argumentos de autoridad. Se trata de buscar fuentes o autores de alto reconocimiento (validados en un campo del saber) que puedan respaldar nuestra tesis. Así que no son referencias indiscriminadas; más bien es la pesquisa minuciosa de una frase, una cita, un fragmento de un libro o una investigación que esté en sintonía con nuestro planteamiento. Dicho aval se entrecomillará y será referenciado según el sistema de citación elegido (para el caso nuestro, seguiremos las orientaciones de la APA). Pero no basta con transcribir la cita en nuestro segundo párrafo. Es importante engarzarla o glosarla para que se articule con la tesis enunciada. Aquí vale la pena decir que los argumentos de autoridad hay que irlos tejiendo con la tesis; apropiarlos, darles el tono adecuado con el fin de que armonicen con nuestro planteamiento.

Para el siguiente párrafo podemos echar mano de varias alternativas: usar argumentos basados en ejemplos, deducciones, inducciones o analogías. En esta oportunidad, recurriremos a la última estrategia mencionada. Es sabido que la analogía es una forma de razonamiento en la que, valiéndonos de comparar realidades diferentes, notamos semejanzas entre ellas, útiles para nuestro propósito argumentativo. Desde luego, no basta con enunciar una comparación; cuando se utiliza la analogía debe desarrollarse, mostrando de qué manera cada rasgo o aspecto de la relación establecida contribuye a fortalecer la propuesta vertebral de nuestro ensayo. Las analogías no son símiles gratuitos sino comparaciones enfocadas a un fin determinado.

Finalmente nos queda el último párrafo. Un apartado para cerrar nuestro escrito. No es cuestión de hacer una conclusión, sino de rubricar o fortalecer la tesis que traíamos entre manos. Aquí es el momento para ofrecerle al lector otras razones inobjetables o señalar otras posibles vías argumentativas. Y una característica adicional: el último párrafo debe tener la misma contundencia del primero.

Esa es la estructura básica de un mini-ensayo. Esos cuatro párrafos –si se elaboran con cuidado– pueden dar cuenta de las particularidades de un texto argumentativo. No sobra recordar que son igualmente importantes las conexiones lógicas empleadas, para darle cohesión y coherencia al escrito. Los conectores son como los hilos que van zurciendo las ideas; las bisagras que articulan interna y estructuralmente los cuatro párrafos antes mencionados. También será importante prestarle atención al título del ensayo. Hay que buscar un título sugestivo y relacionado con la tesis. El título debe orientar al lector; servirle de provocación o incitación a la lectura.

Sirvan las anteriores ideas de referencia y estímulo para los aprendices de escritura argumentativa en esta modalidad reducida. La apuesta, en consecuencia, no aboga por la cantidad de páginas sino por la concentración y calidad de las ideas. Si meditamos y tenemos clara una tesis y sabemos articularla con los diversos tipos de argumentos seguramente el resultado será provechoso. El mini-ensayo puede ser una buena estrategia didáctica de escritura para foguear a los estudiantes en los vericuetos de la argumentación antes de lanzarlos a producir un texto de más largo aliento o con una mayor complejidad.

Filigrana con palabras

Obra del artista japonés Akinobu Izumi.

Obra del artista japonés Akinobu Izumi.

Colega: ¿Y cómo va en ese posgrado?

Maestrante: Leyendo y escribiendo, todos los días.

Colega: Como exigente esa Universidad, ¿no?

Maestrante: Sí. Aunque eso es precisamente lo que me gusta. Hay que trabajar duro pero son muchas las ganancias.

Colega: ¿Y en qué anda esta semana?

Maestrante: Escribiendo tres aforismos.

Colega: ¿Y eso qué es?

Maestrante: Según entendí, el aforismo es un escrito corto sobre un tema, pero meditado y pulido en cada palabra.

Colega: Corto pero sustancioso…

Maestrante: Sí. Pero lo interesante fue lo que nos dijo el maestro sobre esta tarea. Que era para ejercitar el pensar. Que uno no pensaba de manera natural. Por el contrario, había que aprender a hacerlo.

Colega: Pues raro eso, porque yo no he escrito esos aforismos y hasta donde sé no estoy loco.

Maestrante: No. El asunto no es estar cuerdo o loco, sino ejercitar los procesos propios del pensamiento.

Colega: ¿Cuáles?, si se puede saber…

Maestrante: Me acuerdo de tres en los que insistió el profesor: el contraste, la inferencia, la deducción.

Colega: Eso está bien raro… A mí me parece que uno nace con uso de razón.

Maestrante: Más bien, uno poco usa la razón.

Colega: Pero así, y todo, uno ha sobrevivido.

Maestrante: Yo creo que la clave la dio el maestro hacia el final de la clase. Dijo algo sobre producir ideas; que se trataba de crear cosas con nuestro pensamiento.

Colega: No entiendo…

Maestrante: Por ejemplo, qué ideas tenemos nosotros sobre el miedo, por qué sentimos miedo, a qué se debe eso, será que todos sufrimos los mismos temores…  Desde cuándo empieza una persona a tener miedo; uno nace con miedo o eso se aprende…

Colega: Como quien dice se trata de hacer hartas preguntas.

Maestrante: Más bien de dar unas respuestas. Que uno, ejercitando el pensamiento, diga en pocas palabras algo original sobre lo que piensa de ese tema o asunto.

Colega: ¿No se vale, entonces, mirar en internet?

Maestrante: Esa parece no ser la finalidad de la tarea. El maestro fue enfático: lo importante es que cada uno medite y reflexione sobre el tema y, luego, escriba tres aforismos.

Colega: Yo lo veo como difícil. ¿Y ya tiene alguno?

Maestrante: Estoy en eso. El profesor nos mostró un ejemplo hecho por él en el que mediante muchas versiones, logró escribir uno sobre la escritura. Mostró como siete intentos. En una versión le cambiaba una palabra; en otra, reacomodaba el orden de los términos; en uno más, variaba la puntuación.

Colega: ¿Y todo ese trabajo para producir tres liniecitas?

Maestrante: Sí. Pero viera lo bonito que al final quedaron expresadas. Es como si fuera un texto cincelado. Ni sobraba ni faltaba nada. Estaban las palabras necesarias. Además, lo que ahí se decía lo ponía a uno a reflexionar.

Colega: Entonces, eso es como escribir frases célebres…

Maestrante: Más o menos. Hay que organizar bien las ideas y elegir las palabras precisas, para después tejerlas como si fuera una filigrana…

Colega: Ah, al igual que hacen los joyeros con los aretes…

Maestrante: Sí. Con mucho cuidado; tejiendo hilo por hilo hasta lograr una joya.

Colega: O sea que además de magister usted va a volverse joyero…

Maestrante: Póngase serio y ayúdeme a pensar.

Colega: Bueno. ¿Ya tiene alguno en mente?

Maestrante: Vengo pensando en un aforismo sobre el silencio, que fue el tema elegido por el maestro…

Colega: Eso sí me parece interesante… Por fin usted va a aprender a mantener la boca callada.

Maestrante: Deje la tomadera de pelo… A ver, ¿usted qué piensa del silencio?

Colega: Es quedarse callado. No decir nada…

Maestrante: ¿Y cuando uno está solo en la casa, sin música ni televisión?

Colega: Pues es porque la familia se fue de vacaciones…

Maestrante: Yo he pensado que el silencio no es solo no hablar. También hay lugares silenciosos y espíritus silenciosos…

Colega: Como mi tía Purificación, que era una alma de Dios.

Maestrante: Y hablando con un amigo, que es profesor de música, me dijo que el silencio era una de las claves de la composición…

Colega: Y yo leí hace poco en la prensa que a varios testigos de un delito sobre dineros calientes los silenciaron…

Maestrante: O sea que el silencio puede ser una búsqueda o un castigo. Algo querido o algo no deseado.

Colega: Yo he descubierto que, cuando tenemos discusiones con mi mujer, la mejor estrategia es no contestarle nada. La dejo que hable y hable hasta que se canse.

Maestrante: Analice, entonces, que el silencio puede ser un arma de defensa…

Colega: O una técnica para enamorar… A veces uno haciendo silencio busca hacerse interesante o misterioso para otra persona.

Maestrante: Sabe que sí. Y fíjese que hoy en día casi no hay tiempo ni espacios para el silencio. Toda la gente vive en perpetua algarabía. Es como si le tuviéramos miedo a quedarnos en silencio.

Colega: Yo me acuerdo, cuando hice unos retiros espirituales, lo que me costó estar esos tres días en silencio.

Maestrante: Sí. Cuesta en esta época enfrentarse al silencio. Desconectarse, como dicen.

Colega: O de pronto es porque como la gente ya poco cree en Dios pues parece innecesario el silencio.

Maestrante: O porque las personas temen estar solas y no quieren encontrarse consigo mismas…

Colega: Nos estamos volviendo como filósofos, ¿no? ¿De eso se trata el ejercicio de escribir aforismos?

Maestrante: Yo creo que en cierta forma sí. En pensar y meditar sobre un asunto. En dejar de ser obvios o quedarnos con lo que todo el mundo dice o cree. Es buscar, como insistió el maestro, relaciones no evidentes.

Colega: Romperse la cabeza. Mejor dicho, hacer un sudoku con palabras…

Maestrante: Así parece. Yo llevo ya varios días dándole vueltas al tema. Mirándolo de un lado y del otro; analizando los pros y contras. Y escribiendo esas ideas así todavía estén muy en borrador. Porque después viene el trabajo con la elección de los términos.

Colega: No le siento envidia, aunque me parece retadora esa tarea.

Maestrante: Y me he obligado a no mirar nada en internet ni buscar libros al respecto. Cómo no voy a ser capaz de producir algo yo mismo, usando mis propias neuronas.

Colega: Vergüenza le diera. ¿Y cuántos aforismos tiene que hacer?

Maestrante: Tres, ya le había dicho.

Colega: Venga le dicto uno, para que no diga que no le colaboro: “el silencio es bueno para concentrarse”. ¿Qué le parece?

Maestrante: Pues es un enunciado poco novedoso. Es una afirmación a la que le falta sabor y profundidad…

Colega: Era apenas calentando motores. Va esta: “En donde más hay silencio es en las iglesias”. Profundo, ¿no?

Maestrante: Como igual al anterior. Yo lo cambiaría un poco… “En donde hay más silencio es cerca de Dios”.

Colega: O qué tal: “Para estar cerca de Dios se necesita silencio”. Apunte ese para que lo presente como propio. Hoy me cogió inspirado.

Maestrante: Pero sigue faltando algo. Ya tenemos como la primera parte del aforismo. Nos falta la segunda. O este podría ser el final y nos faltaría el inicio…

Colega: Yo, mejor, lo dejo. Tengo que ir a recoger los hijos que salen del colegio. Los dos niños que, usted sabe, no son ángeles sino un par de demonios.

Maestrante: ¡Eso es! Ahí está la clave. Gracias por la ayuda.

Colega: ¿Qué pasó?

Maestrante: No. Es que me parece que por ahí puede ir el aforismo. En contrastar lo de Dios con el demonio… Algo así como: “Para estar cerca del diablo se requieren palabras pero para acercarse a Dios se necesita silencio”.

Colega: ¿Y ya está?

Maestrante: Falta pulirlo y ver si la puntuación es la correcta.

Colega: Bueno. Me debe una. Cuando presente la tarea deme los créditos, ¿no?

Maestrante: Se le tendrá en cuenta para los cumpleaños o para la Navidad…

Colega: Promesas de cumbiambera, hojas que se lleva el viento… Chao, lo dejo….

Maestrante: Saludos a los dos demonios… Y a la diabla mayor.

“Maestro de maestros”

Estatuilla en reconocimiento a mi labor de "Maestro de maestros"

Estatuilla en reconocimiento a mi labor de “Maestro de maestros”.

La escuela de Educación y Pedagogía de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín organiza desde 2005 el reconocimiento Maestro de maestros con el fin de exaltar a los educadores formadores de maestros. La postulación establece dentro de sus condiciones que los candidatos deben: “ser o haber sido maestro de maestros, con una trayectoria igual o superior a 20 años de experiencia; tener una producción investigativa o reflexiva considerable que evidencie el impacto en la comunidad educativa (no inferior a 5 años); ser postulado por una comunidad educativa conformada por estudiantes, docentes y egresados que demuestren el impacto del candidato en la vida de sus estudiantes a través de los años”. De otra parte, se exige que “cada candidatura debe estar apoyada mínimamente por seis personas y no se aceptan candidatos que se postulen a sí mismos”; igualmente se debe “anexar las evidencias de la producción académica bien sea a través del CvLac o en su defecto, publicaciones”. Los que han sido ganadores hasta ahora son: Manuel Ángel Muñoz (2005), Marta Arango Montoya (2006), Juan Manuel Serna Urrea (2008), Eloísa Vasco Montoya (2009) y Jesús Alberto Echeverri Sánchez en el 2011.

Para la sexta versión del 2015 se sumó la Universidad de Granada concediendo al ganador un viaje y estadía por una semana en la ciudad homónima y, además, el privilegio de impartir unas conferencias pagas en dicha institución. 

Gracias a la postulación hecha por la Normal de Guadalupe, Santander, en cabeza de su rectora Gloria Arbeláez y el testimonio de varios de mis discípulos de diversas partes del país, el jurado evaluador consideró que era merecedor de tal reconocimiento. En el acta del jurado evaluador consta que tal merecimiento está soportado en los siguientes argumentos: “por su trayectoria como formador de formadores, con más de 30 años de labores. Por la calidad humana, la vocación, la disciplina, la convicción y la pasión por aprender, construir y reconstruir saberes. Por los aportes didácticos que han contribuido a la formación de formadores y de profesionales. Por su impacto en la vida de los estudiantes en varias regiones de Colombia”.  

Desde luego esta distinción me enorgullece y me alegra. Pero más me anima el saber que dicho reconocimiento contribuye a restaurar la dignidad de ser maestro. Considero oportuno hacer públicas las palabras que dije el 27 de marzo al recibir la estatuilla y el diploma respectivo, entregado por el rector de la Universidad, presbítero Julio Jairo Ceballos.

Repensar la importancia de la profesión docente

Deseo agradecer, en principio, a las autoridades de la Universidad Pontificia Bolivariana y a las propias de la Universidad de Granada, a los miembros del jurado calificador, a las directivas de la Facultad de Educación y Pedagogía de la Universidad Pontificia Bolivariana y, por supuesto, a la Escuela Normal Superior María Auxiliadora de Guadalupe-Santander, especialmente a su rectora Gloria María Arbeláez Hoyos, como a los alumnos y profesores que me postularon. A todos y a cada uno mi sincera gratitud por este reconocimiento que recibo no solo como una distinción personal sino también como un símbolo de dignificación a la profesión docente.

Permítanme, ahora, darle resonancia a este premio reflexionando sobre la importancia de nuestra profesión. Los invito, entonces, a repensar por unos minutos determinados rasgos distintivos del maestro.

Una cosa que somos y de la cual nos sentimos orgullosos es la de ser promotores de la curiosidad. No cabe duda de que buena parte de nuestra labor educativa es ayudarles a los estudiantes a que no pierdan o dejen de interrogarse sobre los seres vivos, la sociedad o el universo. Podemos decir que nos preciamos de cultivar la perspicacia, el seguimiento de indicios, la incertidumbre retadora y la exploración permanente. Los docentes creemos que la curiosidad es la mayor motivación intrínseca para el aprendiz.  De igual modo, los maestros, desde el antiquísimo Sócrates, aguijoneamos con la pregunta oportuna, con el cuestionamiento afilado. Algunos llaman a eso el “espíritu crítico”; otros, el no “tragar entero” o dejar de ser incautos o crédulos sin criterio. Lo cierto es que los maestros buscamos por todos los medios proveer a nuestros estudiantes de otros lentes para mirar la vida y la cultura, de otros miradores para apreciar un evento o una situación. Sin que nos lo hayamos propuesto, los educadores hacemos parte de una escuela de la sospecha. 

Pero, además, los maestros tenemos la misión de ser descubridores de talentos. A pesar de los grupos numerosos, más allá de las dificultades propias de los afanes y las múltiples tareas de la escuela, los maestros somos detectores de particularidades expresivas, de iniciativas novedosas, de talentos incipientes. Nuestra labor consiste precisamente en saber cuándo hay que apoyarlas o prestarles la suficiente atención para que logren echar raíces, o crear condiciones para que sean reconocidas y logren un mayor radio de acción. Sé que esa tarea a veces parece no ser tan importante en los logros académicos pero sigo considerando que mucho de lo que en verdad somos al final de nuestra vida o aquello con lo cual nos sentimos más plenos y realizados, dependió del grado de atención y el tacto que algún maestro nos prestó en cierto momento de nuestra vida escolar. Sin esa mano amiga, sin ese consejo oportuno, sin ese espaldarazo afectivo, muy seguramente hubiéramos desistido de los primeros cuentos, de los proyectos en borrador, de las diversas exploraciones artísticas o las invenciones embrionarias. 

De otra parte, los maestros somos productores de conocimiento. Creo que nuestra función no acaba en la mera transmisión de saberes. Los maestros somos más que replicantes de ideas foráneas. Ya hemos superado la etapa de las dependencias y los colonialismos. Ya tenemos, por decirlo así, una palabra fuerte o por lo menos envalentonada. Escribir, por lo mismo, es un acto de mayoría de edad de nuestro pensamiento, una manera de decirnos, de tomar la palabra para dotarla de nuestros contextos y nuestras preocupaciones. La escritura, lo sabemos, logra disociar nuestro yo para lograr tomar distancia comprensiva de una actividad o un fenómeno. Afirmo que los maestros somos productores de conocimiento porque nos tomamos en serio lo que hacemos, porque investigamos sobre nuestra propia práctica, porque superamos el anecdotismo o el activismo sin norte. Y al producir conocimiento, al ir tejiendo de manera ordenada y sistemática determinadas experiencias, vamos descifrando mejor lo que hacemos, adquirimos la perspectiva suficiente para dotar de sentido esta profesión de enseñar. Al ser productores de conocimiento contribuimos a delinear las coordenadas de una disciplina social.

Considero que los maestros somos o continuamos siendo puntos de referencia moral para las nuevas generaciones. Nuestros comportamientos –por acción u omisión– son un lugar de orientación para nuestros estudiantes. En la forma como evaluamos, como generamos un vínculo formativo, en la manera de relacionarnos con nuestros colegas y discípulos, en la actitud que mostramos frente a la vida, en cada una de esas circunstancias, enseñamos unos valores, mostramos unas virtudes, rubricamos una forma de ser y de actuar. Y en momentos históricos como los actuales, en los que todo está impregnado de corrupción, o cuando poco se promulga la honestidad y las conductas iluminadas por la ética, es cuando los maestros debemos servir de contraste, de testimonio positivo, de alternativa axiológica y ejemplo de entereza, probidad y acato a las normas y las leyes. Digámoslo fuerte: nuestros comportamientos deben ser ejemplo para los más jóvenes de la recta actuación y la libertad responsable.

En este sentido, los maestros de igual modo somos custodios de la convivencia. Hoy más que nunca, aunque siempre ha sido una tarea de nuestro oficio de formadores, es vital ocuparnos del cuidado del otro. A pesar de que se nos trate de “cantaletudos” y parezcamos profetas de épocas extintas, tenemos la obligación de ejercitar el trato cordial, el respeto entre compañeros, el diálogo en búsqueda de acuerdos y consensos, la resolución pacífica de conflictos. Cuánto necesitamos hablar y crear condiciones educativas para que la dignidad no se pisotee o se preserve la vida privada de las personas. Estoy convencido de que esta custodia del convivir necesita del apoyo incondicional de la familia y de otros actores de la sociedad; pero, en nuestra aula podemos volver motivo de enseñanza y deliberación los problemas y las alternativas del ser con otros. La educación ciudadana, la formación política –en el sentido de la antiguos griegos– empieza en la pequeña ágora del salón de clases. Desde luego, custodiar no es solo vigilar; también es proteger y salvaguardar lo esencial de cada ser humano.

Finalmente, los maestros somos animadores de lo imposible. Innovar, abrir campos de posibilidad, volver habitual el apasionarse por utopías, es asunto que a todos los educadores nos compete y nos apasiona. Se es maestro porque de alguna forma se crean escenarios de posibilidad para que otro sea en plenitud. Por supuesto que es importante desarrollar habilidades y saberes necesarios para sobrevivir, ofrecer conocimientos adecuados para el mundo laboral; pero si queremos no seguir educando hacia el pasado debemos ser más arriesgados, más propositivos, más encendidos por la creatividad, para avizorar mundos más inclusivos y participativos, menos atenazados por las desigualdades y la desesperanza. Porque esa es, precisamente, la mayor de las tareas que le ha sido encomendada a los maestros: la de mantener viva la esperanza. No podemos agregarle a las desigualdades económicas una orfandad de futuro. Si los niños o los jóvenes maltratados y escépticos logran salir de nuestras clases con una pequeña luz de posibilidad, mucho habremos hecho por el porvenir. Quizá una escuela de lo imposible tenga como insignia a la esperanza.

Vistas así las cosas, bien sea como promotores de la curiosidad o descubridores de talentos; así nos asumamos como productores de conocimiento, puntos de referencia moral, custodios de la convivencia o animadores de lo imposible, lo cierto es que tenemos una enorme responsabilidad con las nuevas generaciones. No podemos, por lo mismo, ni claudicar ni asumir de cualquier manera nuestra labor docente. Tal vez sea todo lo contrario. Si dignificamos lo que hacemos todos los días, si nos preparamos mejor académicamente, si hay mayor coherencia entre nuestro decir y nuestro actuar, si indagamos con juicio sobre nuestro quehacer, más alto será nuestro prestigio de maestros y más altas también las posibilidades que tendrán los niños y jóvenes de nuestro país.

Repensar la lectura y la lectura crítica

Ilustración de Josée Masse.

Ilustración de Josée Masse.

Es sabido que hay muchas formas de leer. Desde la lectura placentera, muy cercana al divertimento, hasta aquellas otras académicas, altamente regladas y metódicamente rigurosas. Hay lecturas que se pueden saciar con una ojeada y hay otras que obligan a la relectura y a una concentración parecida al ensimismamiento.

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También es cierto que la lectura no depende únicamente del papel de los ojos o de la percepción. Es una actividad más compleja, en la que intervienen la memoria, el capital cultural y la imaginación del lector. En este sentido, la lectura es una operación superior del pensamiento, aunque parezca algo inmediato o espontáneo.

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Otro asunto bastante conocido es la dimensión histórica de la lectura. Las prácticas lectoras han cambiado con el tiempo y han sido afectadas por los desarrollos económicos o determinados avances tecnológicos. En consecuencia, ni siempre se ha leído como se lee hoy, ni se han utilizado los mismos soportes, ni ha habido en todas las épocas los mismos destinatarios.

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Una de esas prácticas ha sido la lectura escolar. Me refiero a un proceso centrado en enseñar a decodificar unos signos y lograr desentrañar su significado. Y aunque en algunas ocasiones esa labor la podía hacer la familia, lo cierto es que fue encomendada especialmente a la institución escolar. En este espacio, mediante ciertos útiles y siguiendo particulares rituales, se le confió a los maestros el vital objetivo de educar a niños y niñas en la lectura.

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Aquí valdría advertir, de una vez, una aspiración esencial de este propósito escolar de enseñar a leer: consistía en proveer a los más pequeños de un equipamiento vigoroso con el fin de que en el mañana pudieran leer sin dificultad variedad de textos; y, además, ofrecerles una bandera de liberación a las muchas esclavitudes provenientes del analfabetismo. Dicho ideal no sólo contribuía a una mejor socialización, sino que creaba un ambiente adecuado para asumir una tradición y participar de las grandes obras literarias. El que sabía leer, entonces, tenía en sus manos un pasaporte para mirar el pasado y ejercer su libertad de opinar, controvertir o recrear la cultura expresada en el lenguaje.

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Aunque del mismo modo, las prácticas de lectura escolar aspiraban a crear en los más pequeños el hábito de la lectura. Se aspiraba a que el acto de leer no dependiera únicamente de la tutela de otros para germinar o dar sus frutos. El objetivo final, la meta más alta, era crear lectores autónomos. Es decir, lectores capaces de elegir o seleccionar sus lecturas, tener un punto de vista manifestado en una opinión, y seguir cultivándose a lo largo de toda la vida. Esa era o sigue siendo una aspiración de las prácticas de lectura escolar.

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Cumplir este ideal supuso u obligó a diversas disciplinas a hacer distinciones y perfilar tipologías textuales. No se lee igual una novela que un informe financiero, ni se lee de manera idéntica un poema que un ensayo. Eso de una parte. De otra, fue necesario desarrollar estrategias o métodos para leer estructuras, símbolos, indicios o signos. Y, además, consolidar tipologías de lectores, analizar los procesos de recepción y pensar en alternativas para resolver el conflicto proveniente de las diversas interpretaciones de un mismo texto.

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Valga el momento para recordar el aporte de la hermenéutica al enriquecimiento del aprendizaje de la lectura. Esta disciplina de la interpretación, desarrollada con amplitud en la filosofía, prestó sus luces al trabajo lector. La lectura, en consecuencia, se la empezó a entender como una tensión entre la explicación y la comprensión. Un movimiento pendular que incluía el escuchar atentamente las particularidades del texto y  también el sospechar o interpelarlo desde los presaberes del lector. En este juego de ir y venir, debía ir aflorando el sentido. Tal aporte de la hermenéutica puso a la lectura en un lugar cercano al análisis lógico o, al menos, a la exégesis metódica.

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Quizá todos estos elementos conceptuales y metodológicos y este ir conociendo mejor el proceso lector, son los que han posibilitado hablar de la lectura crítica. Para instaurar este modo de leer fue necesario, antes que nada, darle densidad y extensión a la lectura. Densidad, porque a la superficialidad de los mensajes se añadieron lecturas en profundidad del inconsciente, lo implícito o lo ideologizado; y extensión, porque el reconocimiento de los contextos y el comparativismo textual permitieron salir de las ingenuidades de la denotación o los formalismos sin historicidad. Sobre estas bases se construyó esta modalidad de lectura empleada por historiadores, sociólogos, críticos literarios y, desde luego, por profesionales de la educación.

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La lectura crítica hizo eco de los estudios y las propuestas modernas de revisar los credos absolutos y las ideologías totalitarias; asimiló los métodos del marxismo y el psicoanálisis; tomó para sí las categorías fundantes de la lingüística al igual que las herramientas de desmonte de la semiología. La lectura crítica miró con ojo de relojero los enmascaramientos del poder en todas sus manifestaciones; hizo arqueología de las formas de dominación. Pero, en especial, a partir del análisis textual y las funciones del discurso, volvió visible lo que antes parecía opaco o impenetrable. La lectura crítica es un legado de los maestros de la sospecha.

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Un lector crítico tiene exacerbadas la perspicacia y la sospecha. Esa perspicacia es lo que le permite leer entre líneas, darse cuenta de cuándo una omisión es fundamental para entender el conjunto, o cuándo un epígrafe abre un intersticio para entrar de lleno en la médula de un texto. Otro tanto podría decirse de la sospecha: es necesaria para descubrir en los textos las marcas de filiaciones políticas o el interés soterrado de un autor; o para hacer evidente una mentira, un engaño o para develar una sutil manipulación. El lector crítico, por eso mismo, es una figura de la modernidad; un ser que se ha permitido la mayoría de edad de su razón y, a la vez, un ser de conciencia reflexiva, enfrentado constantemente a ejercer un distanciamiento de sus propias creencias. Este tipo de lector, no sólo sospecha de lo que lee, sino además, logra dar cuenta de cómo elabora esas sospechas.

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Un lector crítico ha afinado algunos procesos de pensamiento: la inducción, la deducción, la inferencia. Tiene habilidades para establecer relaciones lejanas, y dispone de un repertorio de técnicas argumentativas. Como puede colegirse, se aprende a ser lector crítico, se cualifica esa capacidad, se logra perfeccionar con la experiencia y el trato frecuente con determinados textos. Por eso es ineficaz solicitar lecturas críticas cuando no se ha hecho un trabajo previo con el aprendizaje de determinados procesos de pensamiento.

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Los lectores críticos no se conforman con una única lectura. Son, en verdad, relectores. Van y retornan al texto enriqueciéndose con cada nuevo abordaje. Les importa cada palabra, cada línea, pero lo hacen cotejando el conjunto, la totalidad. No descuidan la letra menuda y saben que sin las luces de los contextos su tarea quedaría a medio camino o rendiría muy pocos dividendos. Los lectores críticos saben que el significado no aparece de inmediato y que se requieren muchas evidencias para decir con certeza cuál es la comprensión de una obra. Los lectores críticos son artesanos del significado; son investigadores minuciosos de la fabricación de estos productos culturales.

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El lector crítico tiene a la mano o lee con fuentes de referencia. Toma notas y glosa los textos. Hace cuadros, diagramas y se apoya en la esquemática para darle a lo fragmentario una figura de totalidad. El lector crítico escribe sobre lo que va leyendo; sabe que esa etapa es definitiva para reconstruir lo leído; conoce del poder de la escritura para reconfigurar el pensamiento. El lector crítico coteja sus conclusiones con otras semejantes; pone en discusión sus resultados; somete sus productos al parecer de un público, que no necesariamente es un grupo masivo. El lector crítico anda en una permanente revisión de sus hallazgos.

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El lector crítico, para tener un mayor calado en sus análisis, se mueve en varias disciplinas. Es consciente de que no puede conformarse con la información contenida en el texto objeto de su interés. Son igualmente importantes el autor, el ambiente y la época en la que se produce la obra. El lector crítico necesita y le entusiasman la historia de las ideas, el paralelismo entre las artes y las dinámicas de los procesos sociales y de la vida cotidiana. De manera similar, tiene un buen soporte filosófico, hecho de lógica y dialéctica; al igual que una preocupación por la lingüística y la semiótica. En algunas oportunidades le serán indispensables los aportes de la economía y, en otros, la antropología podrá facilitarse unos de sus conceptos o sus métodos. El lector crítico halla en la psicología, y especialmente en la simbólica, una potente ayuda para descubrir las constelaciones de significado indirectas, las correspondencias analógicas, las explicaciones profundas de lo imaginario. En síntesis, el lector crítico cree y practica la interdisciplinariedad.

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El lector crítico profundiza, socava, hace arqueología de los textos. Descubre niveles, estratos; recupera estructuras, identifica vestigios. Pero lo más importante, allí donde alcanza su mayor fuerza, es al momento de reconstruir todas las piezas, cuando arma el rompecabezas del sentido, de la interpretación. Al lector crítico, le corresponde volver a reconfigurar los textos; elaborar un nuevo producto intelectivo a partir del cual pueda juzgarse el primer objeto de lectura. Porque esa es su principal tarea: valorar, aquilatar, dar juicios razonables sobre un texto. No se trata de mostrar una inconformidad o convertir la obra en pretexto para divagar sobre cualquier cosa; más bien es lo contrario: el lector crítico fabrica una opinión argumentada y consistente.

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Pero, ¿por qué es importante en esta época privilegiar tal práctica de lectura? Una primera respuesta brota del mismo mundo globalizado en que vivimos. Los medios masivos de información y la avalancha de la sociedad de consumo nos agobian con sus mensajes. Tal mole de información necesita ser decantada para saber cuándo hay omisiones flagrantes, cuándo eufemismos que ocultan inequidades, y cuándo se nos quiere hacer olvidar algo que necesita ser recordado. De otra parte, están los intereses de los conglomerados económicos, las argucias de los aferrados al poder, las miles metamorfosis de la dominación, que obligan a tener los ojos abiertos para señalar las prácticas engañosas de los comerciantes, las complicidades aberrantes de la prensa diaria o las omisiones intencionadas de los medios masivos a la opinión pública.

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Por supuesto que no se trata solo de contar con este dispositivo para leer los textos escritos. La lectura crítica cobija a todas las facetas de la vida cotidiana: leemos críticamente las prácticas sociales, los ambientes de la ciudad, los objetos, los discursos afectivos o las relaciones sociales. Un lector crítico está alerta para saberse defensor de los derechos ciudadanos, se sabe vigía de las necesidades de su comunidad y es un acucioso escudriñador de sus propias actuaciones y de las de sus semejantes. Pondrá entre paréntesis los “dado por hecho”, los “no merece discusión”; se cuidará de no caer en la idealización de sus convicciones y defenderá la inalienable condición de ser un libre pensador.

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Propiciar y formar las nuevas generaciones con disposición hacia la lectura crítica es una tarea prioritaria de la educación. No podemos seguir avalando las actitudes conformistas y pasivas, o caer en el letargo de las actuales sociedades de la frivolidad. La educación está impelida a forjar en sus estudiantes espejos que refracten o filtren el mundo establecido. Y con esos lentes adquirir la valentía para cuestionar, resistir, oponerse u ofrecer otras alternativas de lectura a las ya establecidas. Con el prisma de la lectura crítica a las generaciones venideras les será más fácil desatarse de las ligaduras de la alienación y estar posibilitadas para reconstruir sentidos, reelaborar significados y participar activamente en la construcción de su cultura.

Sobre el miedo

“Lecciones de tinieblas” de Dino Valls.

“Lecciones de tinieblas” de Dino Valls.

A veces la valentía no es sino la forma intempestiva como alguien decide huir del miedo.

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Hay miedos que manejamos y, otros, que nos gobiernan de manera implacable. A los primeros ya los domesticamos; los segundos, aún conservan su descomunal fuerza salvaje.

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El peso de algunos miedos es impulso o lastre para el alma. De nosotros depende, entonces, volvernos honda o pozo para esas piedras.

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Los hombres han representado sus miedos con figuras de monstruos. O son bestias extrañas, criaturas fantásticas, difusos organismos o seres híbridos y multiformes. En todo caso, los monstruos son símbolo de una animalidad escondida que, amenazante, se niega a desaparecer.

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El miedo a fracasar está íntimamente relacionado con el afán de perfección. La aceptación del error es un antídoto contra muchos de nuestros temores.

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Los miedos cambian con la edad. Evolucionan a la par de nuestras limitaciones físicas o intelectuales.

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Buena parte de nuestros miedos son heredados. De la crianza provienen fortalezas o debilidades. Pero lo más contradictorio es que, esta herencia, ha sido cultivada por nuestros progenitores con la mejor voluntad y las buenas intenciones.

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Cada vez que la libertad exhibe el cuerpo el miedo antepone su sombra. Lo mejor, en consecuencia, es mantener en el cenit la luz de la decisión.

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El mayor poder del miedo es su carácter inesperado. Los temores nos asaltan como forajidos escondidos en la maleza.

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Los miedos guardan el resplandor emponzoñado de los ojos de Medusa. Por eso nos paralizan.

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Algunos miedos están asociados a la oscuridad porque las sombras son guardianas de lo indeterminado.

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Los miedos permanecen durante las diversas etapas de nuestra vida. Cambian de máscara pero mantienen su semblante originario. El temor a los peludos monstruos de la infancia es semejante al provocado por la vieja Parca esperada en la vejez.

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Los miedos se vencen poco a poco. Son rivales tan enormes que nuestra única posibilidad es, con insistencia, ir tomando sus flancos más lejanos.

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Hay personas que encadenan su libertad por el miedo que les produce ejercitarla.

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La razón por la cual nos sentimos menos temerosos cuando estamos o vamos acompañados es porque la complicidad rompe el secreto guardado celosamente por el miedo.  Entre más se comparten los temores más se merma su efecto intimidante.

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El que anda de noche por los caminos o calles solitarias usa el silbido o el canto para aplacar sus miedos. La explicación es poco conocida: los espantos son muy sensibles a los efectos armoniosos de la melodía: o se quedan extasiados o huyen aturdidos.

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He aquí la paradoja del miedo: es un mecanismo de la especie para conservarnos vivos; es una agobiante emoción que no nos deja vivir.

Describir una obra artística: la écfrasis

"Ulises y las Sirenas" de John William Waterhouse.

“Ulises y las Sirenas” de John William Waterhouse.

La écfrasis era uno de los ejercicios de la retórica clásica. Una práctica para adiestrarse en la descripción de cuadros u objetos artísticos. Lo que se pretendía era que los estudiantes lograran transmitir con palabras la experiencia de haber visto o mirado con detalle una obra real o ficticia. El ejemplo canónico de dicha tarea era la descripción del escudo de Aquiles, elaborada por Homero en el canto XVIII de la Ilíada o las Imágenes de Filóstrato el Viejo. Pero más allá de una larga historia de la écfrasis lo importante es subrayar el valor de dicho tipo de descripción para aprender a vincular la palabra escrita con las formas pictóricas. Un tema que, por lo demás, fue profusamente estudiado en el Renacimiento.

Dicho lo anterior, ahondemos en algunas particularidades de esta modalidad de descripción. La primera característica está relacionada con el aspecto de la composición inherente a la écfrasis. Luz Aurora Pimentel, estudiosa mexicana del tema, ha escrito que este objeto plástico pone en juego “la selección, jerarquización y organización de los detalles”. Quien hace este tipo de descripción debe saber que, como el pintor, necesita antes de cualquier cosa organizar el espacio; después, deberá saber qué objetos o elementos van a entrar en ella y cómo están jerarquizados. Esa organización del espacio es la que logra que el espectador dimensione o vislumbre lo que, por supuesto, está ausente. Pero, además, con esta disposición espacial se pretende llamar la atención o direccionar la mirada del espectador. La écfrasis pone en alto relieve aspectos que a primera vista serían inadvertidos o tendrían muy baja significación visual. 

La segunda particularidad es ésta: la écfrasis invita al escritor a  hacer vívido aquello que desea describir. No es un listado de cosas o un inventario de personas o situaciones. Más bien es un “montaje” animado por el lenguaje; una oportunidad para revivir con palabras lo que está fijo en dos dimensiones o que se muestra inerte ante nuestros ojos. El que hace una buena écfrasis vivifica lo silente y quieto; elabora una especie de “reconstrucción” de lo que fue en algún momento móvil y parlante. Tal vez por eso este tipo de descripción fue  privilegiado por la épica y de igual modo capitalizado por la narrativa. La descripción, así entendida, no es un decorado inánime sino una verdadera puesta en escena, una obra de teatro en la que las palabras son los actores de tal representación. Quien lee una excelente écfrasis puede reanimar dicho espectáculo. En este sentido, la écfrasis es una forma de la hipotiposis.

Una tercera peculiaridad, que es también la principal función didáctica de la écfrasis, es la de afinar la agudeza visual y la competencia lexical del escritor. Describir escenarios, objetos, implica cualificar la observación y proveerse de un buen repertorio de términos (especialmente sustantivos) que logren comunicar de manera precisa tal ambiente. La pintura u obra artística servirá de referente, pero dependerá del escritor tener a la mano la palabra precisa para distinguir un color, una textura, una proporción, un movimiento o la estructura de un cuadro. Desde luego, también necesitará una gama de adverbios y un adecuado uso de las preposiciones. En síntesis, cuando se hace un ejercicio de écfrasis no solo se agudiza la mirada para dar cuenta de los detalles sino que, a la par, se muestra un dominio en la precisión de los términos.

Con estos referentes en mente, ahora sí es oportuno explicar el nuevo reto que les he propuesto a los estudiantes de primer semestre de la Maestría en Docencia de la Universidad de La Salle. El ejercicio consiste en escribir una écfrasis teniendo como modelo  el cuadro “Ulises y las Sirenas” del pintor John William Waterhouse. La extensión de la descripción debe ser entre 15 y 20 líneas. Sobra decir que no se trata de hacer una interpretación o comentario de la obra sino una detallada y vivaz descripción de la misma. La invitación, entonces, es a inspeccionar con minucia la obra del pintor británico y a representar con palabras esa otra representación elaborada con óleos.

Sobre el estudio

Ilustración de Claude Serre.

Ilustración de Claude Serre.

Si bien el estudio se hace con útiles, sentidos y razón, lo que más cuenta en definitiva es la fuerza de voluntad.

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Para que el mecanismo de la mente trabaje necesita estar bien aceitado. El lubricante del estudio es el hábito.

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El enemigo más visible del estudio es la pereza; el más soterrado, la inconstancia.

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El estudio, que es una actividad del pensamiento, también es un lugar. Quien tiene un estudio posee una parcela para cultivar el aprendizaje.

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Aunque la mayoría de las personas ven el estudio como una entretención u ocupación del ocio, lo cierto es que es un trabajo. Demanda esfuerzo y concentración; implica el uso de unos útiles especiales y el dominio de ciertas estrategias. El estudio es el trabajo propio del intelecto.

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Cuando se ha dejado mucho tiempo de estudiar el cuerpo se amodorra y la somnolencia nos domina. Esto prueba que el estudio, como el deporte, demanda preparación física y ejercicio permanente.

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Del buen estudiante se dice que es una persona consagrada. Es decir, que convierte las tareas cotidianas en una labor sagrada.

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La mayoría de las personas confían en que la motivación sea suficiente para lograr aprender. Se equivocan: solo con el estudio el anhelo fugaz se torna en meta certera y realizable.

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Intelectual: dícese de la persona que ha vuelto el estudio una profesión.

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Leer, subrayar, glosar, resumir… Pensar, reflexionar, analizar… Escribir, producir, crear… Todas estas acciones están contenidas en el estudio. Todas estas acciones muestran la necesidad que tiene el aprendiz de conocer previamente las habilidades propias de estudiar.

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El estudio hay que aprenderlo como se aprende a caminar. No hay un impulso natural a estudiar: el estudio es una decisión de nuestra voluntad sobre nuestras condiciones naturales.

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Las obras de la cultura son, en gran medida, el testimonio del estudio que el hombre ha hecho de la naturaleza.

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Repasar es la manera como el estudio convierte la información pasajera en conocimiento apropiado.

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La mano le presta al ojo permanencia. Para estudiar no basta con leer, es necesario también escribir.

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Los estudios tienen niveles. Los hay básicos y de educación superior. Se empieza en grupo y aprendiendo lo elemental para terminar, en solitario, tratando de alcanzar lo complejo.

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Nuestros mayores relacionaban el estudio con “quemarse las pestañas”. Es evidente: estudiar es trabajar de cerca con el fuego del saber.

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Cuando los padres humildes les dicen a sus hijos que “solo les dejan de riqueza el estudio”, subrayan una herencia especial. El estudio es una fortuna inmaterial que entre más se dilapida más se multiplica en el tiempo.

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El estudio reclama concentración de nuestro entendimiento y nuestros sentidos. La desatención merma al estudio velocidad y puntería. Si no se ejercita la concentración los resultados son desalentadores. Recordémoslo: los estudiosos son atletas de la atención.

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La planificación y la organización del tiempo son dos aliadas fundamentales al momento de estudiar. Cronos ha sido siempre un aliado estratégico de Minerva.

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Algunos no gustan del estudio porque les implica enfrentarse a lo desconocido. Otros, huyen de él porque comporta esfuerzo y disciplina. También están los que temen estudiar porque no desean someterse a una posible frustración. Sea por la razón que fuere, para alcanzar el tesoro del estudio es necesario enfrentar los propios monstruos.

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Hay algo de simbolismo circular en el estudio: el encierro favorece la concentración.

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La palabra dedicación tiene sus raíces en proclamar. Quien se dedica al estudio, en consecuencia, proclama solemnemente su entrega a los oficios de aprender.

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Los estudiosos experimentados están más cerca de las arañas que de las liebres. Sus estrategias para aprender no son tanto de correr para llegar cuanto antes al final, sino de construir redes para capturar el recuerdo.

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El que estudia debe ser como un detective: formular preguntas, hacer conjeturas, investigar permanentemente. El estudioso es un sabueso del aprendizaje.

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 “Subraya ideas y no palabras”, aconseja el estudioso experto al novato aprendiz. “Todo lo que está suelto se pierde con facilidad”, le advierte con insistencia. La lección concluye con una máxima: “aprender es el esfuerzo de relacionar y ordenar la información”.

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El que estudia debe saber que las partes son poca cosa sin el todo. Los índices son mapas para no perdernos en el laberinto de lo fragmentario.

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Hay tantas técnicas para memorizar: árboles lógicos, redes semánticas, esquema de llaves… Los diagramas son el lenguaje predilecto de Mnemosine.

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Para los que están dedicados al estudio el sueño se convierte en un cómplice secreto. Atenea deja abierta su alcoba a los pies silenciosos de Hypnos.

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Es la mesa y no la cama el mejor útil para el estudio: el exceso de comodidad es el canto de las Sirenas para los que emulan la odisea de aprender.

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¿Qué es lo más difícil de lograr en un proceso educativo? Que el estudiante pase de la obligación de estudiar a la autonomía de aprender.

El autorretrato interior

Pintura de Alex Alemany.

Pintura de Alex Alemany.

Isabel: Hola, Clarita, ¿cómo te acabó de ir?

Clara María: Bien, cansada pero feliz.

Isabel: Lo mismo que yo.

Clara María: Estoy tan entusiasmada con el inicio de esta Maestría.  

Isabel: Yo también. Mi hijo me dijo que no me había visto tan feliz desde hace muchos años.

Clara María: Figúrate que mi hija, la menor, me hizo un jugo para que trajera para mis onces.

Isabel: Pero es intensa esa jornada del fin de semana, ¿no?

Clara María: Sí. Es duro. Aunque con tantas cosas por aprender y tantas lecturas y con eso del proyecto de investigación, pues uno apenas se da cuenta que ya pasaron esas catorce horas de trabajo.

Clara María: Yo ya estoy preparando la tarea que nos dejaron de hacer el autorretrato.

Isabel: La bendita etopeya, ¿cierto?

Clara María: Sabes, Chavelita, que ese término es nuevo para mí…

Isabel: Y para mí también…

Clara María: Por lo que entendí se trata de decir quién es uno en un párrafo. Pero no físicamente, sino dando cuenta de las virtudes y defectos, del temperamento, de las creencias y los valores más significativos que tenemos…

Isabel: Y usando las palabras más precisas…

Clara María: Sí, en eso insistió mucho el maestro. Que deberíamos hacer una descripción bastante precisa.

Isabel: Yo el sábado por la noche le pregunté a Otoniel, mi marido, que me hiciera una descripción sincera de cómo era yo…

Clara María: ¿Y qué te dijo?

Isabel: Sólo me dijo tres palabras: mandona, gritona y dormilona. Pero como le dije que se pusiera serio, me dijo que yo era una buena madre y que no sabía cocinar. Al final me dijo que a qué se debía el interrogatorio. Yo le conté lo de la Maestría y él, como para quedar bien, me definió como una persona consagrada al estudio y muy trabajadora.

Clara María: La que se tomó en serio la pregunta, fue Yessenia, la menor de mis hijas. Ella me dijo que yo era muy regañona y como intransigente. Que por cualquier cosa me ponía brava y que, y esto si me puso a pensar, que había días que me sentía como triste.

Isabel: No siempre es fácil aceptar lo que dicen de uno; sobre todo los seres que uno más quiere.

Clara María: Eso es verdad. Pero es inevitable. Los demás nos perciben de manera diferente. El mayor de mis hijos, el que empezó a estudiar ingeniería, me dijo por teléfono que yo era su ejemplo a seguir y que mi mayor problema era mi obsesión con el orden…

Isabel: Estuve tentada a hacerle caso al profesor y llamar a un exnovio, que tuve. A ver si mi carácter era diferente cuando yo tenía 20 años menos.

Clara María: Yo creo que a uno lo perciben distinto en cada época de la vida.

Isabel: Ojalá. Bueno, pero lo que me tiene un poco inquieta es hacer ese autorretrato en un párrafo. Y subirlo al blog. Me da como pena que todos se enteren de las cosas íntimas de uno.

Clara María: Pero para vencer ese temor está el libro álbum que nos presentó el profesor. ¿Cómo era que se llamaba?

Isabel: Una pesadilla… No. El monstruo en el armario.

Clara María: No. “Una pesadilla en mi armario”.

Isabel: A mí ese libro me puso a pensar. Porque no creas, Clarita, esto de volver a estudiar ya siendo uno veterano, pues no deja de producir cierta angustia. ¿Qué tal que uno no dé la talla? , ¿o que no pueda con tantas obligaciones académicas?

Clara María: A mi esa presentación del libro álbum lo que me produjo fue una mayor convicción. Que a los miedos no hay que huirles o sacarles el cuerpo. Que uno debe aceptarse con sus limitaciones. Y eso que dijo el profesor que me llegó al alma: “La masa con que se hace el pan de la educación, es el error”. No debemos tenerle miedo a nuestros errores; más bien tomarlos de la mano y meterlos en la cama, como vimos en la diapositiva.

Isabel: Voy a decirle a mi hermana, la que vive en Bogotá, que me lo busque en una librería. Sería muy chévere trabajarlo con mis niños del colegio.

Clara María: Pero volviendo al asunto, yo he hecho varios borradores de mi autorretrato. Empecé un cuaderno nuevo.

Isabel: Y cómo sabe uno lo de las líneas; porque el párrafo debe tener de extensión entre 8 y 12 líneas, según recuerdo.

Clara María: Lo que he pensado es lo siguiente: primero hago mi texto a mano. Lo corrijo hasta que me satisfaga. Y después lo paso al computador y, allí, iré contando las líneas.

Isabel:¿En qué letra fue que dijo?

Clara María: En Times new roman de 12 puntos…

Isabel: Sabes que sí, esa puede ser una buena estrategia. Y las lecturas previas, ¿ya las hiciste?

Clara María: Ya me leí la primera. ¿Qué tal el ejercicio de esa profesora con el tomate? Una dura esa maestra. Yo voy a copiar ese ejercicio con mis estudiantes. Me pareció impactante.

Isabel:¿Dónde está ese ejercicio?

Clara María: En la primera lectura sugerida por el maestro. Esa que se llama: “Escribir: dibujar con palabras”.

Isabel: Es que yo me metí de una a la lectura de la etopeya…

Clara María: El profe aconsejó seguir una ruta de lecturas. Alguna intención debe tener para darnos ese recorrido.

Isabel: Pero tú sabes, Clarita, que yo soy impaciente y acelerada.

Clara María: Eso, entonces, hay que ponerlo en tu autorretrato.

Isabel: Sí. Eso será lo mejor. Pero por mi acelere me puse a mirar fotos viejas. Yo tengo varios álbumes de pastas grandes, de esos que uno usaba para guardar fotografías de fechas especiales. Me puse a revisarlos con mi hermana, que vino a “chismosear” cómo me había ido en el inicio de mi posgrado y, como le conté lo de la tarea, al final no sé por qué terminamos revisando esos álbumes. Nos reímos y lloramos un rato. Especialmente con las fotos de mi mamá, que murió hace dos años. Y entre charla y charla ella me fue relatando cosas de cómo era yo de niña y cómo era de “fregada” en el colegio.

Clara María: Uno no acaba de conocerse, Isabelita. Uno es una especie de laberinto.

Isabel: Uy, te inspiraste compañera. Ya esa Maestría te está haciendo efecto.

Clara María: Y con solo un fin de semana… Espera a ver cuando llegue al último semestre.

Isabel: Se me ocurrió hacer un cuadro de mis defectos y mis virtudes, para empezar por algún lado.

Clara María: Puede ser bueno. Aunque el maestro dijo que la etopeya no era presentar un listado de defectos o cualidades. Que era más un conjunto de oraciones en las que describíamos nuestro carácter. “Un dibujo moral de nuestra interioridad”. Eso fue lo que repitió.

Isabel: Voy a hacer un mapa de ideas a ver si ordeno tantas cosas que tengo en la cabeza.

Clara María: Sabes que sí. Esa puede ser una estrategia para organizar las diferentes partes del párrafo. Y después viene lo de hallar las palabras más precisas para describir un comportamiento, un temperamento o una forma de ser.

Isabel: Qué interesantes esas referencias bibliográficas que nos compartió el maestro…

Clara María: Yo no tenía ni idea de que había diccionarios de dudas del idioma y mucho menos esos otros de ideas afines…

Isabel: Y qué tal ese diccionario razonado de sinónimos y antónimos.

Clara María: Qué cantidad de ayudas y de cosas nuevas estamos recibiendo.

Isabel: Y lecturas en cantidad.

María Clara: Yo a raticos he estado leyendo lo de investigación acción…

Isabel: Sabes que me puse a mirar lo de aprender a resumir. Un artículo del libro del profesor.

Clara María: Sí, sí… Lo tengo en capilla para leerlo esta noche. Es que me puede servir para ajustar y mejorar una tarea que les había puesto a mis alumnos.

Isabel: Bueno. Nos toca cortar la conversación, o no logramos hacer todas esas tareas.

Clara María:¿Y ya miraste el blog? Acuérdate que es domingo. Y el profe nos dijo que los comentarios había que hacerlos en la entrada de este día. Pero desde mañana hasta el jueves.

Isabel: Eso lo haré más tardecito. Por ahora, voy a ver qué le hago de comida a mi familia. Chao.

Clara María: Que descanses. Buenas noches.

El lenguaje del educador

Ilustración de Martín Elfman.

Ilustración de Martín Elfman.

El lenguaje y la educación están íntimamente relacionados. Mejor aún, el quehacer docente radica en una “puesta en escena” del lenguaje.

Desde la elección de las palabras, desde la gramática que el docente emplea hasta los diversos usos del lenguaje, el educador va construyendo, además, un tipo de pensamiento. Cada vez que elige una teoría del lenguaje está, a la vez, potenciando o marginando una concepción de pensamiento.

Es que el lenguaje usado por el maestro no puede seguir siendo entendido como un mero instrumento. Muy por el contrario: en el lenguaje se dice la educación. El lenguaje es el decir del educador. No es que el maestro emplee el lenguaje como un aditamento o un accesorio; más bien es a través del lenguaje como él puede concebirse como un ser capaz de gestar la diferencia.

Expliquémonos. El lenguaje es la capacidad o la posibilidad humana de diferenciarse del animal, de la inmediatez. El lenguaje es distanciamiento. Y eso que se ha dado en denominar función simbólica no es otra cosa que la función sígnica: representación, reconstrucción del mundo. Por el lenguaje es como logramos salir del mundo natural para comprendernos como mundo de cultura. Entonces, la tarea del educador es la de posibilitar –usando la mediación lingüística– un distanciamiento, una ruptura, una escisión con el mundo de la sensación, el mundo de la inmediatez, para entregarle al estudiante otra mirada –ésta sí cargada de sentido, repleta de signos, de palabras–, otra nueva configuración del mundo y de la vida.

La educación, así vistas las cosas, es una constante tarea de crear diferencias. De crear “alejamientos” sobre lo natural o lo “obvio”. Educar es sospechar. Y ya la elaboración del lenguaje es el producto de una insuficiencia, de una sospecha del homo sapiens sobre el animal. Cuando educamos nos ponemos en guardia, establecemos un puente entre lo dado y lo creado.

La pragmática contemporánea nos ha enseñado que cuando usamos el lenguaje importa tanto lo que decimos, como lo que hacemos cuando lo decimos. Ni qué decir del efecto que producen nuestras palabras. Hoy sabemos que el cuerpo, en tanto esencia, acompaña la función sígnica. No somos voces parlantes sino cuerpos con palabra. La pragmática coloca al educador en una actitud vigilante: ya no es tanta la preocupación por el contenido, también importa la entonación, el gesto, la forma como ese contenido se dice o se expone a otros. La pragmática le da “cuerpo” a la “carreta” docente.

Otro punto fundamental para la educación es el de los diversos usos del lenguaje. Parangonando a Jakobson, el maestro puede darle mayor o menor importancia a cualquiera de las funciones del lenguaje. Valgan algunos ejemplos: si lo que le interesa es corroborar el aprendizaje, la comprensión de la explicación, la atención en clase, seguramente apelará más a la función fática, le dará mayor realce, la pondrá en primer plano. Pero si lo que le interesa más es el contenido de la asignatura, el código mismo de la materia, entonces buscará poner en alto relieve la función metalingüística. También cabe la posibilidad que el educador tenga como objetivo fundamental su decir, su propia experiencia, sus propias historias, por lo mismo hallará en la función emotiva, esa que está centrada en el emisor, el mejor caldo de cultivo para su tarea educadora… En cualquier caso, lo que interesa es cómo el educador, dependiendo del uso o el énfasis que haga en cualquiera de las diversas funciones del lenguaje, puede lograr efectos o logros diferentes. El educador deberá preguntarse si lo que quiere subrayar es la verdad, la sinceridad, la licitud, o la belleza.

Se me ocurre ahora que el educador se mueve en eso que Wittgenstein llamaba “juegos de lenguaje”. Recordémoslo: dentro del lenguaje podemos jugar diversos juegos. De allí que educar sea como ir aprendiendo y diseñando nuevos juegos, nuevas posibilidades de interacción con nuestros alumnos. Pero también es ir marcando ciertas reglas, ciertas normas sin las cuales no es posible jugar. Cuando hablamos de Lenguaje y Educación tenemos que indagar en cuáles son nuestras gramáticas. Hasta dónde nuestras sintaxis y nuestras semánticas docentes posibilitan o permiten, censuran o mutilan, abren o cierran aprendizajes. Dicho en otras palabras, qué tan jugable es nuestro lenguaje docente en cuanto puesta en escena de un conocimiento. O, si se prefiere, cuál es nuestra reserva de lenguajes. ¿Tenemos uno sólo?, ¿acaso varios?… ¿Son nuestros juegos de lenguaje realmente juegos interesantes, llamativos, cercanos a la vida cotidiana de los estudiantes?

Sin lugar a dudas, plantearse el tema del lenguaje dentro de la educación es abrir nuevas rutas de trabajo comprensivo, nuevos itinerarios de pensamiento. Michel Foucault, en ese libro memorable Las palabras y las cosas, estudió cómo el lenguaje permea y evidencia a la vez una conceptualización del comercio, los valores, los saberes. Uno podría afirmar que cada vez que el educador dice algo en clase, ese decir es un decirse y, ese decirse, por lo demás, pone en escena una concepción –una elección que es siempre una postura– del mundo y de la vida. El lenguaje “elegido” por el docente muestra –a veces a pesar suyo– una política y una ética, una economía y una estética.

 (De mi libro Oficio de maestro, Javegraf, Bogotá, 2000, pp.167-169)

El conocimiento y la sabiduría

"Cuando el abuelo habla" del pintor mexicano Alfredo Rodríguez.

“Cuando el abuelo habla” del pintor mexicano Alfredo Rodríguez.

En una época como la nuestra en la que abunda y es de fácil acceso la información parece oportuno hacer una distinción entre el conocimiento (en su aspecto de erudición) y la sabiduría. Presentar algunas diferencias entre estos dos tipos de saber puede llevarnos hoy a tener una postura crítica de cara al “acceso inmediato” de datos y a cuestionarnos por el sentido de la formación humana.

Empecemos recordando que la acumulación de conocimientos no genera, de por sí, sabiduría. Se puede ser altamente instruido y, sin embargo, mostrar poca sapiencia. Los títulos académicos, la exposición continua a la educación formal, pueden contribuir a un mejor desempeño laboral o profesional, pero no necesariamente arrojan unos altos resultados en este otro tipo de saber. Por eso hay personas que aún, careciendo de pergaminos intelectuales, son más prudentes, más sensatas y más sabias que los eruditos universitarios. Tal vez esto sea así, porque el objetivo esencial de la sabiduría no es tanto llenarnos de infinidad de conocimientos técnicos sino darnos luces o “consejos” para afrontar o sortear de la mejor manera las vicisitudes de la vida. El punto de mira es el propio yo y su relación con otros semejantes. Más que subrayar las destrezas científicas o hacernos especialistas en una disciplina lo que la sabiduría busca es cualificar nuestro discernimiento y forjar nuestro carácter para llevar la propia existencia sin tantas angustias o desazones.

Otro elemento por señalar parte de la constatación de que la sabiduría es un saber aplicado. No es una erudición volátil o lejana a la vida. Los saberes propios de la sabiduría son validados diariamente en el yunque de estar en el mundo. Por esta razón, se habla del “arte de vivir”, haciendo énfasis en la dimensión práctica, en una experticia en la que caben la razón pero igualmente la intuición, los hábitos y la dimensión emocional de las personas. Precisamente, la sabiduría aunque puede encontrarse en los libros no se aprende sólo en ellos. Buena parte del conocimiento de la sabiduría proviene del caudal de la tradición. A través de los mayores se va transmitiendo a las nuevas generaciones. Mediante el diálogo, la conversación se va pasando tal saber a la manera de los “secretos del oficio” que los artesanos medievales confiaban a sus jóvenes aprendices. Debido a ese componente de oralidad tan predominante es que la sabiduría se condensa en refranes, sentencias y aforismos. No es mediante extensos tratados como la sabiduría pasa de una a otra descendencia. Son pequeños condensados, “fórmulas de vida” fáciles de recordar y comunicar de boca en boca. No es la cantidad de información indiscriminada lo que vale legarse, sino un destilado de la misma. Las máximas en las que se expresa la sabiduría son una selección del conocimiento esencial y útil para darle sentido y dirección a la existencia.

Como se infiere de lo expresado, resulta fundamental para la apropiación de la sabiduría la mediación de la crianza. Los padres, con cada recomendación o reproche, con la advertencia reiterada o la observancia de ciertos comportamientos, van tallando o sedimentando en el carácter de los más pequeños una forma de ser y de actuar. Es la crianza el medio privilegiado para que la sabiduría siembre y cultive sus frutos más preciados. Pero, además, los abuelos y tíos, todo el núcleo familiar, refuerzan y profundizan esas pequeñas lecciones de sabiduría. Si falta o es débil el cuidado de la crianza, muchos de esos saberes y habilidades no lograrán interiorizarse o serán remplazados por las demandas coyunturales de una época. Cuando se está desprovisto de crianza lo más frecuente es crecer en un ambiente de barbarie o sufrir innecesariamente las consecuencias de la desmemoria del pasado y la orfandad de las claves del desarrollo humano.

Desde otro mirador, la sabiduría no opera como un listado de acciones o una prescriptiva idéntica para todas las personas. El acervo de la sabiduría sufre modificaciones, adaptaciones, cambios, según las particularidades de los individuos. Dicho de otra forma, la sabiduría aporta un repertorio de principios, pero cada quien deberá, según su criterio o según las circunstancias, elegir y adaptar dichos preceptos. Podríamos decir que las indicaciones de la sabiduría son preceptos dúctiles, flexibles. No hay una cartilla mecánica o un listado de comportamientos a los cuales responder como si fuera una lista de chequeo. Los saberes de la sabiduría demandan comprender las implicaciones y procederes dentro de una situación determinada. Si el conocimiento erudito pretende ser universal y atemporal, la sabiduría reclama –para ser efectiva– atender a lo local en un tiempo específico. Allí hay otra diferencia significativa: por una parte está el conocimiento pretendidamente generalista y, por otra, la sabiduría que se reconoce altamente singular.

¿Y cuáles son las temáticas o ejes sobre los que se fundamenta la sabiduría? Son tan variados como diversas son las situaciones que debe enfrentar una persona a lo largo de su vida. Sin embargo, las insistencias mayores del saber de la sabiduría están en la prudencia, el tacto, la previsión, el cuidado y dominio de sí, el manejo de nuestras pasiones, la relación con los otros, la práctica de ciertas virtudes, la comprensión de determinados sentimientos y emociones. En cada uno de esos aspectos la sabiduría se mueve destacando o bien la bondad de tenerlos presentes o señalando  las consecuencias de desatenderlos. Aquí se puede apreciar otra distinción con el conocimiento erudito: el saber de la sabiduría no se expone de manera neutral, siempre muestra un doble filo. No es inocente el que hagamos o dejemos de hacer algo; no afecta nuestra vida de la misma forma el que nos comportemos de una u otra forma. La sabiduría, en consecuencia, pone sus enseñanzas en la misma perspectiva de los dilemas morales, de la clarificación de valores, de los ejercicios espirituales o las prácticas de discernimiento. Por eso es tan común que los apotegmas de la sabiduría se consignen en paradojas, porque la asunción de la vida y  sus peripecias nos ponen siempre en la zona de la ambigüedad, de las contradicciones, de lo indeterminado. Hagamos lo que hagamos, digamos lo que digamos–nos advierte la sabiduría– nuestra vida terminará enfrentada a dos caminos. En suma: el conocimiento no es imparcial o indiferente.

Un punto adicional, que ayuda a reforzar la distinción que venimos argumentando, es el protagonismo que le da la sabiduría a la voluntad. De nada sirve aprender un saber  o unos consejos si no hay la entereza o la constancia para ponerlos en práctica. La sabiduría considera que el entendimiento debe combinarse con lo volitivo. No es suficiente tener conocimientos, hay también que decidirse a incorporarlos y llenarlos de historia. Por momentos esa fuerza de la voluntad se convierte en entereza y, en otros casos, se acerca al campo de la  firmeza o la perseverancia. La sabiduría reconoce al conocimiento pero solo en cuanto se encarna en decisiones, en asentimientos, en resoluciones. Es nuestra libertad la que, en últimas, dota de rostro las enseñanzas de ese saber anónimo de la tradición. Y si de una parte el conocimiento parece no pedir más que ampliar nuestra memoria para acumularlo o distinguirlo con precisión, de otra, la sabiduría nos exige ejercitar nuestro espíritu y nuestro cuerpo, fraguar la consistencia de nuestros hábitos, poner a prueba nuestro albedrío. La sabiduría reclama que la información recibida pase por el tamiz de la encarnación. Quien posee sabiduría es una prueba viva de ese saber. A diferencia del conocimiento que puede predicarse sin testimoniarlo, la sabiduría convierte el saber en un ejemplo de carne y hueso.

Dejemos en claro, para finalizar estas distinciones, que la erudición y la abundancia de información no son suficientes para “gobernar” nuestra vida. La acumulación de instrucción es importante pero no suficiente. Si lo que anhelamos es adquirir una formación integral, un desarrollo equilibrado de las múltiples dimensiones del ser humano, entonces, será necesario el concurso de los saberes propios de la sabiduría. Aquí es irremplazable la colaboración de la familia y de todos los actores que tienen la tarea de educar. Es posible que mediante este esfuerzo de varios estamentos de la sociedad logremos darle el justo valor a la humilde sapiencia de los mayores y pongamos en salmuera la información novelera y copiosa que llega indiscriminada a las manos de la juventud.

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