¿Vía arteria o una sola vía?

Ilustración Guy Billout

Ilustración de Guy Billout.

Me encuentro a diario con dos tipos de personas: las que mantienen en su mente y en su corazón un celo por los demás, y otras que olvidan o no consideran de gran importancia el rostro del semejante. A las primeras las considero caminantes vía arteria y, a las segundas, viajeros de una sola vía. Tratemos de hacer un retrato de cada una de estas personalidades.

Las personas vía arteria por lo general piensan en los otros, en sus urgencias y necesidades, en sus gustos y preocupaciones. En la medida en que son sensibles al clamor ajeno, en cuanto atienden solícitas el rostro del prójimo, pueden actuar de manera anticipada: hacen una llamada justo cuando el otro ser más lo requiere; compran alguna mercancía, sin que se la exijan, porque conocen lo indispensable de tal objeto para alguien; se ocupan de los asuntos reales o de la sobrevivencia ajena porque piensan no tanto en el presente, sino en el bienestar futuro de tales personas. Al estar atentos a los problemas o situaciones adversas del amigo, ser amado, familiar, colega o vecino, tienen el tiempo suficiente para hacer la visita al enfermo, para acompañar a otro en una pena, para ofrecer las manos o los brazos en un evento apremiante. La personas vía arteria, por lo demás, algo traen para alguien cuando viajan; son capaces de deponer su cansancio o sus propios caprichos por satisfacer un pequeño encargo, un medicamento vital para otro ser. Cuando así actúan, las personas vía arteria consideran que han logrado uno de sus mayores cometidos: hacer feliz a alguien, ver cómo con su apoyo ese ser alcanza sus metas más anheladas. En síntesis, las personas vía arteria procuran evitar el dolor en los demás, son cuidadosas para prevenir el sufrimiento, y muy sensibles a la fragilidad de la condición humana. Son, por decirlo así, vigías de la otredad, centinelas de alteridad, protectores del prójimo. Son estas personas las que forjan convivencia, pareja, sociedad; son, en sí mismas, un medio o un símbolo del vínculo humano. Es posible que esta forma de ser y comportarse tenga mucho que ver con la crianza y con espacios de socialización claramente enfilados a la solidaridad y el mutuo afecto.

Las personas de una sola vía, por el contrario, anteponen sus necesidades a las ajenas; priorizan sus deseos, sus gustos y sus apetitos de acuerdo a su agenda existencial. Defienden a ultranza lo que quieren y, logran, a veces sin darse cuenta, herir, fracturar o menoscabar la dignidad de otros. Por tener una mirada de una sola vía se centran fuerte en el propio espacio y no logran entrever los escenarios a su alrededor. En consecuencia, les cuesta adivinar o intuir cuáles son las necesidades del amigo, del ser amado, del familiar o del vecino; poco revisan la historia vivida o compartida con alguien y con dificultad avizoran el futuro que de esas relaciones se deriva. No es que actúen así para provocar un malestar o infringir una pena; más bien es una incapacidad moral para desplazar o movilizar su yo hacia otros espacios distintos a su zona de confort. A las personas de una sola vía se les dificulta regalar, compartir hallazgos, abrir de par en par su corazón; les cuesta ponerse en la dimensión de la gratuidad. Quizá por eso mismo temen o se sienten vulneradas cuando alguien les reclama o les recrimina una omisión, una acción inapropiada, un gesto de socorro inadvertido, un descuido a determinado compromiso. Y al comprobar tales errores, en lugar de asumir el perdón o la disculpa, rápidamente se atrincheran en la justificación, se protegen tras una muralla de silencios o una premeditada lejanía. Las personas de una sola vía se sienten cómodas en las burbujas, en las torres aisladas, en los ambientes privados; prefieren no deberle nada a nadie, ni depender de otros para tomar sus decisiones. Son autárquicas, autosuficientes, autodeterminadas. Les cuesta someter su voluntad al parecer de otras voluntades o al criterio ajeno; temen que si lo hacen dejarán de ser ellas o serán sometidas por extraños. Las personas de una sola vía sufren los pormenores y las demandas de los vínculos. Quizás a las personas de una sola vía les hizo falta en sus primeros años la certeza de ser amadas o se fueron acostumbrando a no necesitar de afecto, o convirtieron con el pasar del tiempo esas penas y esas falencias en un escudo, en una caparazón protectora que, a la vez, les fue negando la posibilidad de mostrarse afables, tiernas, cariñosas hasta la médula.

Hasta aquí una distinción sucinta de estos dos tipos de personas. Por supuesto, –como sucede en toda tipología– hay matices; pero lo importante es la prevalencia de varios de esos rasgos. También puede suceder que una persona vía arteria termine, por diferentes experiencias negativas, asumiendo algunos rasgos de las personas de una sola vía. A lo mejor sea una manera de sobrevivir a ambientes adversos o negativos; sin embargo, en ellas prevalecerán varios de los rasgos arriba anotados. Igual transformación podría suceder con las personas de una sola vía, aunque tal desplazamiento implica una labor más dispendiosa: no es fácil domeñar el egoísmo cerrero y la individualidad enceguecida. Sin embargo, a través de experiencias amorosas o fraternas, mediante ejercicios contundentes de confianza, es probable que las personas de una sola vía empiecen a tener en la mente el rostro del otro, y aprendan a involucrar las necesidades ajenas dentro de sus itinerarios personales. Tal vez el pasar por situaciones de dolor o de profunda fragilidad también sea otro motivo para ese desplazamiento de perspectiva o, al menos, para caer en la cuenta de saberse incompleto, de requerir del prójimo, de necesitar ternura o acompañamiento para lograr sobrellevar el peso de la soledad o su vulnerable condición. Todo eso es posible. También cabe pensar, desde una mirada psicosocial, que los seres humanos vamos evolucionando desde nuestro primer egoísmo infantil hasta la adultez que permite albergar a los demás, con sus diferencias y sus tonalidades. A lo mejor, las personas de una sola vía aún siguen en su proceso de desarrollo humano; ese camino que, como se sabe, puede llevar todos los años de nuestra existencia.

El papel del moribundo

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Por recomendación de mi apreciada amiga Penélope Rodríguez quien, a su vez, había recibido la sugerencia de su hija Shalila, empecé a leer Ser Mortal. La medicina y lo que al final importa (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2018) del cirujano norteamericano Atul Gawande. Leer este libro ha sido una experiencia conmovedora y me ha puesto a meditar sobre la fragilidad de lo humano, la vejez, la enfermedad y la responsabilidad ética de los profesionales de la salud.

La obra mezcla la narración y el tono ensayístico. Gawande nos va llevando a través de la historia de sus pacientes y, a partir de tales testimonios, saca conclusiones sobre el papel de la medicina, las instituciones geriátricas y hace preguntas fuertes sobre esa última etapa de los seres humanos, cuando la enfermedad toma la delantera y se está en manos del saber médico, de los familiares y de una lógica social que poca atención presta a la dignidad del enfermo terminal. El cirujano echa mano de las voces de sus pacientes que enriquecen la descripción de los casos clínicos, ofrece estadísticas que avalan sus intuiciones, nos pone frente a los ojos el itinerario de los viejos, desde cuando luchan por mantener la independencia hasta el momento en que claman ayuda para poder “dejarse ir”.

Gawande, en una prosa limpia e interpelativa, pone sobre la mesa lo que implica la “experiencia de envejecer y morir”, pero señalando repercusiones éticas, dilemas morales, cuestionamientos sobre el papel de la familia y las instituciones de salud. A pesar de centrarse en el contexto norteamericano, los planteamientos y las conclusiones por él expuestas pueden ser aplicables a otras realidades y enfermos semejantes. Bien pudiera decirse que el hilo transversal del libro es una reflexión sobre el cuidado del otro, del otro cuando es radicalmente frágil y habitado por el dolor. En esta perspectiva, aunque a primera vista el tópico del texto sea la muerte, lo que soporta el núcleo del libro es el cuidado de la vida.

La obra es un descarnado e íntimo testimonio de la enfermedad terminal de un padre narrada por su hijo. ¡Hay tanta fuerza en dicho relato!, tanta sinceridad en los dilemas más íntimos de un médico con este tipo particular de paciente, que durante varias de sus páginas no pude evitar recordar mi propia historia, durante la enfermedad y la agonía del viejo Custodio. Quizá el libro sea un símbolo o un homenaje a su padre quien, a pesar de las circunstancias, “hizo todo lo posible para conservar la dignidad en aquellas circunstancias”.

Son agudas las críticas que hace Gawande a las casas geriátricas, a las salas de cuidados intensivos y a la falta de tacto de los médicos en la manera de acompañar tanto a los enfermos como a sus familiares durante esta etapa de “asumir la finitud”. Especial atención presta el autor al estilo de comunicación empleado por el médico y a las “conversaciones difíciles” que debe utilizar cuando a la par de hablar con verdad, también necesita estar dispuesto a favorecer las “decisiones compartidas” con el paciente. Tal vez por todo ello el cirujano ve con buenos ojos los cuidados paliativos en la medida en que, como dice él, “nuestra meta por excelencia no es una buena muerte, sino una buena vida hasta el final”.

Apenas para provocar la lectura de esta obra transcribo algunas de las ideas e interrogantes formulados a lo largo del texto: “Nuestra renuncia a examinar honestamente la experiencia de envejecer y morir ha incrementado el daño que infligimos a las personas, y les ha negado el consuelo básico que más necesitan”; “si, a medida que envejecemos, vamos apreciando cada vez más los placeres y la relaciones cotidianas en vez de los logros, lo que poseemos y lo que adquirimos, y si eso nos parece más satisfactorio, por qué esperamos tanto tiempo para hacerlo? ¿Por qué esperamos hasta que somos viejos?”; “el pavor ante la enfermedad y la vejez no es únicamente el temor a las pérdidas que uno no tiene más remedio que soportar, sino también el temor al aislamiento”; “los profesionales de la medicina se concentran en el restablecimiento de la salud, no en el sustento del alma”; “si ser humano es sinónimo de ser limitado, el papel de las profesiones y las instituciones dedicadas a la atención –desde la cirugía hasta las residencias geriátricas– debería consistir en ayudar a las personas en su lucha contra dichos límites”; “la física, la biología y el azar son los que se imponen en última instancia en nuestras vidas. Pero lo cierto es que tampoco estamos indefensos. El valor es la fortaleza de reconocer ambas realidades. Tenemos margen para actuar, para dar forma a nuestra historia, aunque, con el paso del tiempo, sea dentro de unos límites cada vez más estrechos”; “creemos que nuestra misión consiste en garantizar la salud y la supervivencia. Pero en realidad, es mucho más que eso. Consiste en hacer posible el bienestar. Y el bienestar tiene mucho que ver con las razones por las que uno desea estar vivo. Esas razones cuentan no solo al final de la vida, o cuando sobreviene la debilidad, sino a lo largo de toda nuestra existencia”.

 

La semiótica y la mentira

Ilustración de Angel Boligán

Ilustración de Ángel Boligán.

Dice Umberto Eco, en su Tratado de Semiótica general, que “la semiótica se ocupa de cualquier cosa que puede considerarse como signo”. Y agrega: “signo es cualquier cosa que pueda considerarse como substituto significante de cualquier otra cosa”. A partir de esta definición, el mismo autor señala una consecuencia fundamental: “la semiótica es, en principio, la disciplina que estudia todo lo que puede usarse para mentir”. La última observación de Eco me va a permitir desarrollar algunas ideas sobre el papel de los signos en la vida social.

Quisiera empezar con una hipótesis de trabajo: el signo o la función sígnica (es decir, aquello que consideramos como signo) nace o aparece a partir del salto del hombre de lo inmediato a la mediatez. El signo es de por sí una relación. Un puente que el hombre establece entre una cosa y un sujeto, o entre la exterioridad y la conciencia. El signo es representación. Así entendidas las cosas, una relación sígnica permite evocar, imaginar, pensar… hacer presente la ausencia. Por los signos nos convertimos en seres de cultura.

Aquello que el hombre no podía agarrar, eso otro que no lograba guardar entre sus manos… fuerzas, ritmos, olores, sensaciones… pudieron ser domeñados gracias al mecanismo de los signos. Sobre el filo de lo inmediato, de lo consumido de una vez, el hombre hizo un alto, estableció un paréntesis sígnico y distanció la acción, el movimiento. Gracias a esa perspectiva, los signos adquirieron el talante de actores, de “personajes” de una inmensa obra que podemos llamar la socialización.

Al ser una construcción, una elaboración situada en un tiempo y un espacio determinados, los signos son ambiguos, inciertos, complejos, diversos, plurales… Pueden apuntar a un sentido o a otro; a veces afirman pero, al mismo tiempo, pueden ser una clara muestra de negación o renuncia. Los signos no son transparentes. A la par que muestran o evidencian, también ocultan, velan, o disimulan. Cada vez que estamos de frente a una relación sígnica tenemos que preguntarnos cómo es su funcionamiento, cuáles son sus motivaciones y cuáles sus implicaciones. Hay como cierto claroscuro en el ser de los signos. De allí la importancia de la semiótica como una ciencia capaz de “aquilatar” hasta dónde va la sombra y hasta dónde la luz.

Por eso Umberto Eco afirma que una semiótica general se asemeja a una teoría de la mentira. Por supuesto, no se dice con ello, que la semiótica sea una disciplina para aprender a mentir. Más bien, lo que se afirma es que la semiótica es una herramienta potente para construir o deconstruir edificios de significación. Teoría de la mentira es tanto como lucidez suficiente para saber cuándo los signos nos engañan o cuando señalan la verdad. Desde luego, la verdad es más un acuerdo social que una noción definitiva. Las verdades son provisionales y dependen de los puntos de vista que, por lo demás, están marcados por una serie de intereses, pasiones y poder. Ninguna verdad es inocente, lo sabemos. Cualquier verdad algo resalta pero, en esa misma magnitud, algo cubre. En el fruto de toda gran verdad, anida el gusano de alguna falsedad.

Entendámonos mejor. Por ser seres afectables por el tiempo, por tener conciencia histórica, los seres humanos variamos, nos equivocamos, vamos de un lugar a otro, cambiamos de ruta o dirección… Y lo que en un determinado momento es considerado como verdad, justo más tarde, ya es una mentira. Mentira en cuanto no corresponde al momento o el evento ya vivido; mentira en la medida en que ya no somos los mismos. Al ser el hombre un ser en permanente devenir, los signos que emplea, las relaciones sígnicas que establece, están siempre a medio camino entre la exactitud y el equívoco, entre la sinceridad y el engaño, entre la veracidad y la falacia.

Ni qué decir de los signos que, a propósito, usamos para provocar la desconfianza, el rumor, la envidia, los celos, la enemistad o el miedo. Ni de esos otros signos que, aun sabiendo de su engaño, insistimos en creerlos o nos esforzamos para darlos por ciertos. Como quien dice, no sólo hay ambigüedad en las relaciones sígnicas que los propios signos establecen, sino en las relaciones que los hombres crean con los signos mismos. De allí la importancia de la semiótica como ejercicio de la sospecha, de la inferencia, de la indagación más allá de lo evidente.

Si se me permite plantearlo de otro modo, vivimos presos entre redes o tejidos de signos. Debido a tal maraña de significaciones, es muy habitual el no saber entender o no poder interpretar el “justo” valor de una relación sígnica. O es la palabra que consideramos ofensiva cuando apenas era una broma; o es el vestuario que, tratando ser original, se convierte en un signo de consumo masivo. O es el roce accidental que leemos como caricia amorosa; o es el gesto tímido que entendemos como hostilidad. Entre tal barullo de signos, no siempre tenemos la certera puntería para identificarlos o el suficiente tacto para palpar su intensidad. Quizá, en esa falta de “precisión” sobre la significación, en la ausencia de ese “espíritu de fineza” que reclamaba Pascal, radique el potencial o la necesidad de estudiar semiótica.

No quisiera, sin embargo, cerrar estas ideas alrededor de la semiótica general como “teoría de la mentira” con un sabor de pesimismo o escepticismo a ultranza. Si hay algo que ha caracterizado al hombre es su deseo por salir del engaño, de la ilusión. Por aceptar su entorno y aceptarse. En tal propósito, veo una ética que al menos debería servirnos como brújula en este viaje por la cultura: el de procurar no engañarnos, el de no mentirnos a nosotros mismos, el de mantener la suficiente justicia sobre nuestra conciencia. Y manteniendo tal “cordura interior”, lo otro, el no mentir a los demás, el no engañar a nuestros semejantes, parece apenas un deber elemental. Sin embargo, por trabajar con signos, por trasegar con esa dinamita especial de la significación, no podemos asumir la posición del cándido o el crédulo. Aunque promulguemos una ética, aunque mantengamos izada la bandera de lo verídico, siempre tendremos que habérnoslas con “malhechores y malandrines”, como diría Don Quijote.

Vale la pena recordarlo: en los mismos signos que constituyen la tela de Penélope se hallan inscritos los hechizos de Circe.

(De mi libro La cultura como texto. Lectura, semiótica y educación, Javegraf, Bogotá, 2002, pp. 39-41).

Fijar prioridades

Ilustración de Andrew Judd

Ilustración de Andrew Judd.

Priorizar es una de las condiciones para que nuestra vida no termine a la deriva o al bamboleo de las circunstancias. Saber imponer una jerarquía tanto en asuntos laborales como personales resulta definitivo a la hora de realizar un balance de nuestra existencia. De no hacerlo, terminaremos lamentándonos de asuntos que debieron ocupar un lugar preponderante en un momento de la vida o dejando al garete decisiones que son determinantes para nuestro futuro. Priorizar es, para decirlo enfáticamente, lo que nos permite mantener la brújula, el norte, en un periplo vital y darle enfoque a muchos de nuestros proyectos.

Si uno se acostumbra a priorizar será poco afectable por lo urgente; si existe ese baremo de prioridades, menos tiempo perderá en asuntos baladíes y menos energía gastará en cosas que sabemos de entrada nos alejan de lo esencial. El que prioriza cambia su agenda; elige de mejor manera las personas que lo circundan y toma conciencia del valor del tiempo. En consecuencia, mayor provecho sacará de las eventualidades y será más hondo el calado de sus experiencias. Priorizar, en este sentido, es dejar de andar en el mundo de las generalizaciones y empezar, en serio, a darle foco a las particularidades. Si uno prioriza es porque comprende la brevedad de la vida y el valor de sacarle el mejor jugo a ese pequeño espacio de temporalidad que nos fue dado como un regalo.

Piénsese en la cantidad de tiempo que perdemos dilapidándolo en desvaríos ajenos o engatusados por las lógicas consumistas de la moda o el chisme farandulero. Cuántas horas o días empleamos en husmear vidas ajenas o en propagar, a través de las redes sociales, informaciones insustanciales. O las extensas jornadas utilizadas en no hacer nada, en “pasar el tiempo” yendo de un canal a otro al frente de una pantalla televisiva o de un computador. O esas charlas inútiles con conocidos que tienen como centro el rumor malsano sobre los colegas o las quejas infinitas alrededor de una empresa o una institución. Si uno contara todo ese tiempo descubriría que son meses o años malgastados en función de llenar un hastío o una desidia que impregna hasta el propio corazón.

Pero si uno prioriza se vuelve celoso de sus minutos. Los hace productivos en la medida en que contribuyen a realizar un proyecto, enriquecer una experiencia, cualificar un arte. Este celo sobre las horas y los días hace que, de igual modo, se tenga más cuidado sobre las personas con que nos juntamos o aquellas otras que dejamos entrar a nuestra vida. Porque priorizamos nos volvemos selectivos, y prestamos especial cuidado a esos seres que sabemos nos ayudan a realizar una meta, sortear una dificultad o alcanzar el más querido de nuestros ideales. Así que, ya no nos da igual estar con una u otra persona; por el contrario, preferimos compartir con aquellas que son riqueza para nuestra alma o pábulo para nuestro pensamiento. Son esos seres los que merecen nuestra mayor consideración y a los que entregamos nuestra confianza o el tesoro de nuestra intimidad.

Está visto que si uno no actúa así, si no muestra o defiende sus prioridades, los demás pensarán que pueden disponer de nuestro tiempo o de nuestras manos. Lo peor que le puede pasar a una persona es estar siempre acomodándose a las demandas ajenas, andando en derredor de las vicisitudes ocasionales o asumiendo un gesto complaciente para ser querida o aceptada. Si no se esgrimen las prioridades cualquiera puede disponer de nuestros espacios, de nuestro dinero, de nuestro trabajo. Por eso a las prioridades hay que hacerlas valer, defenderlas a pesar de nuestro miedo o la amenaza de la soledad. Esas prioridades son al fin y al cabo nuestros verdaderos haberes, nuestro capital humano, nuestra reserva afectiva o intelectual.

Desde luego, cuando uno prioriza también renuncia, deja de lado, elige. A diferencia de las actitudes infantiles o adolescentes, en las que se quiere tener todo y estar en todo, la madurez nos va llevando a escoger, a distinguir. El que prioriza sabe o logra diferenciar lo necesario de lo suntuario, lo principal de lo secundario. Y porque hace ese ejercicio de valoración es que puede encauzar sus pasos y sus actuaciones, es que logra dirigir su existencia hacia una misión que lo impele desde el fondo de su alma, o encaminar su voluntad hacia un proyecto largamente esperado. Porque es capaz de rechazar o desechar es que un ser humano se convierte en dueño de su propio destino. No sobra decir que toda escogencia u opción trae consigo el rehusar o repudiar otras cosas o personas. Por eso, es un acto de madurez o al menos de sabiduría vital.

Recordar la importancia de fijar prioridades resulta fundamental en nuestros días cuando el culto a lo masivo y la avalancha de información parecen diluir la obstinación de algunos rebeldes en no sucumbir a la mayoría frívola y cortoplacista. Priorizar es ponerse a salvo de la masificación alienante y homogénea. Es darle un rostro único a ciertas personas; es impregnar de axiología los vínculos sociales; es ejercer nuestra libertad y, con ella, asumir la responsabilidad de haber preferido un camino, una relación o determinado propósito.       

“No es solo lo que dices, sino el modo como lo dices”

Ilustración de Peter Rothmeier Ravn
Ilustración de Peter Rothmeier Ravn.

1. Recuerde que una cosa es la comunicación y otra, bien distinta, la información. La comunicación es más que el mensaje escueto que decimos o enunciamos; la comunicación compromete nuestros sentimientos y nuestras emociones. La información es inmediata; pero la comunicación requiere de tiempos, momentos, espacios y palabras adecuadas. La información cuando es tocada por la comunicación sufre transformaciones, adaptaciones, matices, cambios en su estructura o en su entonación. La información pretende ser neutra e igual para todos; en cambio la comunicación es interesada y busca llegar a cada receptor según su edad, género, condición social, nivel de educación y espacio donde habita.

2. Tenga presente que no sólo comunicamos con nuestras palabras, también entran en juego nuestro cuerpo y nuestra postura, nuestros ademanes y nuestro tono de voz. La comunicación no verbal sazona, merma, aumenta o contradice los mensajes que decimos a otros. Por eso es tan importante entender el papel de nuestra mirada o nuestras manos cuando establecemos relaciones interpersonales o de grupo. El cuerpo es el vehículo de la comunicación; el cuerpo es la energía de la comunicación.

3. Pase lo que pase en sus relaciones personales, de negocios o de trabajo, no olvide que la comunicación es un proceso. Hay que insistir muchas veces en nuestro receptor para que un mensaje sea captado o comprendido en plenitud. Las personas tendemos a “editar” o recortar los mensajes que recibimos bien sea porque nos afectan positiva o negativamente o porque se juntan o chocan con nuestros intereses. Debido a que percibimos la vida y el mundo de manera diferente (hay credos, ideologías, filiaciones políticas), en esa medida pasamos por diversos cedazos los mensajes que nos llegan. No hay que desesperarse si en un primer momento aquello que deseamos comunicar no es asimilado, o si es captado de manera diferente a la intención que buscábamos.

4. No es efectivo, cuando tratamos de comunicarnos con otra persona, suponer que aquélla ya ha entendido porque le decimos o enviamos un mensaje. Siempre es recomendable pedirle retroalimentación o solicitarle que nos diga, en sus propias palabras, lo que ha comprendido. Muchas de las fallas de comunicación (en la pareja, en la familia, en el trabajo) nacen de los sobreentendidos, de lo dado por hecho. Tampoco es bueno, por miedo o timidez, dejar que un diálogo o una conferencia sigan su curso cuando hay palabras o mensajes que no entendemos. No dude en preguntar, interrumpir o pedir explicaciones. Para que la comunicación se dé de manera eficaz requiere que las partes involucradas se asuman como protagonistas, como actores vivos de un diálogo.

5.  Evite en lo posible ser agresivo con sus mensajes. Cuando se comunique, procure por todos los medios, no ofender o herir con sus palabras. Los seres humanos somos muy sensibles al tono, al tipo de palabras empleadas, al momento en que otro nos dice alguna cosa, a la situación en que se nos informa de algo. Piense lo que va a decir; busque los términos más adecuados; sopese el impacto que puede tener su mensaje. Intente ser asertivo; es decir, acepte a los demás y tenga la firmeza para expresar lo que siente o desea. Aprenda a decir “no” cuando sea necesario y reconozca en los demás sus logros o sus aciertos. No intente avasallar; tampoco se muestre en su conversación como alguien intransigente. Si las razones o los argumentos de otras personas son mejores que los suyos, acéptelos.

6.  Aumente cada día su léxico, su capital cultural. Vuelva la lectura un hábito. Sáquele un tiempo, así sea reducido, a frecuentar un libro de relatos o de poesía. Recuerde que los buenos conversadores, los buenos oradores, tienen una variedad de términos. Tenga a la mano un diccionario y léalo no sólo para buscar términos que desconoce, sino como una forma de viajar por el amplio territorio de nuestro lenguaje. La lectura frecuente de buena literatura ayuda a darle flexibilidad y riqueza a nuestro pensamiento; nos dota de un repertorio de ejemplos; nos hace más incisivos y más precisos en los mensajes que emitimos.

7.  Por ser la comunicación una tarea de largo aliento; por usar una materia tan ambigua como las mismas palabras, aprenda a pedir perdón o a corregir oportunamente alguna omisión o falta en sus mensajes. No crea que pierde autoridad o dominio. Todo lo contrario: los buenos comunicadores están conscientes de sus errores y pueden pasar de manera rápida a pedir disculpas o a precisar de mejor manera algo que por el afán o la falta de tacto generó en nuestro interlocutor molestia o desagrado. Tenga presente que el malentendido siempre está como telón de fondo cuando tratamos de comunicarnos.

8.  Si va a usar alguna ayuda audiovisual recuerde que cada medio de comunicación tiene su función más adecuada. Ni todo se puede resolver con un power point y un videobeam, ni todo se reduce a una presentación oral. El secreto es combinar diversos medios (orales, escriturales, audiovisuales, de interacción), pero dependiendo del tipo de interlocutores o de auditorio. Antes de utilizar un medio de comunicación o ayuda audiovisual pregúntese primero quién es su público, quiénes y cuántos son a los que les va a hablar. A veces es más efectiva una simple cartelera que una larga exposición con infinitas diapositivas. De igual manera, tenga presente este otro consejo: utilice el medio de comunicación que más conozca o con el que se sienta más cómodo. Eso genera confianza en quien lo escucha.

9. Fíjese con cuidado en las estrategias y técnicas que usan comunicadores de prestigio o que tienen influencia en su entorno o su comunidad. Analice cada detalle y mire el impacto que producen en el público o las personas que lo escuchan. Percátese de las palabras que emplean, de la postura que asumen, de las ayudas de utilizan. Observe las pausas en el discurso, los ejemplos de que se valen, la dosificación del tiempo. Estudie esos comunicadores con mucho detalle. Trate de imitar esas técnicas, poniéndoles su toque personal. Y si quiere complementar este aprendizaje de los expertos, busque en la librería o en una biblioteca algún libro sobre técnicas de comunicación interpersonal.

10. Y por supuesto, practique y ejercítese constantemente en sus tareas comunicativas. En estos asuntos, como en otros, la práctica va puliendo y mejorando lo que en un primer momento sale torpe o a medio hacer. No espere que en la primera vez su comunicación sea exitosa o de alto impacto. Por eso, es importante que evalúe cualquier actividad de comunicación que haga. Deje un tiempo para conocer cómo fueron captados sus mensajes, qué tanto llegaron o de qué manera se comprendió algo que buscaba comunicar. Sáquele provecho a lo que dicen sus interlocutores o su auditorio. No se defienda ni se ofenda. Escuche y tome nota. Fije en su memoria esta consigna: será un mejor comunicador cuanto más capacidad de escucha posea.

Kaizen: ir paso a paso

kaizen Luciano Lozano

“Kaizen”, Ilustración de Luciano Lozano.

Lo más común, especialmente cuando de alcanzar alguna meta difícil o terminar un proyecto de largo aliento, es confiar en la buena suerte, el azar o la bendición de alguna divinidad. Se espera tener “todo el tiempo disponible”, contar “con todos los recursos necesarios”, poseer el mejor estado de ánimo o ser visitado por la inspiración mágica, fuerza divina capaz de resolver los más altos inconvenientes. Pero todas estas cosas, además de reforzar la falta de voluntad, lo que muestran es un deseo de lograr las cosas de una vez, de renunciar a los procesos saltándose etapas fundamentales, de esperar el acabado de una obra por las manos ajenas de la fortuna.

Los orientales, y para el caso que me interesa, los japoneses, han confiado más en el trabajo continuado, en los hábitos que lubrican las grandes empresas, y en la poderosa herramienta de dedicarle un poco todos los días a los proyectos mayúsculos, así parezca una actividad pequeña o insignificante. El nombre con el que se le conoce es Kaizen, que según los entendidos, puede traducirse como “cambio mejor” o “cambio bueno”. Lo que está en el fondo de tal manera de proceder es la ventaja de ir poco a poco escalando los imponentes acantilados, y no confiarse en los intempestivos cambios enormes, hechos de golpe y de súbita manera. La esencia del kaizen radica, por lo mismo, en la constancia y en mantener en alto la bandera de una iniciativa, sacando un tiempo para no desconectarse de dicha meta. Es esa continuidad la que dota a este modo de proceder en una excelente estrategia para avanzar sin que nos atenace el ánimo la fatiga o terminemos, como sucede la mayoría de las veces, abandonando lo que iniciamos por pereza o desmotivación.

Es apenas natural que lograr este estilo de trabajo implica una capacidad de dedicación a partir de la cual, y sorteando las múltiples actividades, siempre se tenga un espacio o unos minutos para no perder el vínculo con el proyecto que tenemos entre manos. No es cuestión de postergar o “dejar para el otro día”. Y tendremos que luchar contra muchas cosas que se oponen a tal ímpetu: las angustias de la vida cotidiana, las tareas urgentes que terminan por desbordar la cotidianidad y relegar lo importante, el ocio y los medios masivos de información que nos absorben hasta el punto de banalizar nuestra existencia. Se requiere vigor y fidelidad para no dejar caer el proyecto o la iniciativa que lanzamos al futuro. Es esencial tener el carácter o la fuerza de voluntad para poner a raya todas esas demandas que nos distraen o nos alejan de nuestro propósito de todos los días.

El kaizen contiene, en esencia, un sabor de la vetusta sabiduría oriental: “un viaje que dura diez mil leguas empieza por un paso”. Pero, agrega algo a ese primer impulso: se trata de cada día dar un paso más, de mover nuestro ánimo o nuestras acciones para alcanzar el objetivo. Desde luego, hay un plan que orienta esa marcha. Sabemos que un proyecto se inicia así, elaborando un mapa de trabajo, una ruta ligeramente esbozada. No es bueno andar a tientas por el mero impulso o los deseos intempestivos. Entonces, hecho ese plan, lo que sigue es adquirir la constancia, el hábito de avanzar un trecho, así nos parezca diminuto o nada representativo. Es separar un tiempo para ocuparnos del proyecto, para no irlo aplazando o difiriendo. Al actuar de esta manera, lo que era planeación se vuelve ejecución, y lo ejecutado se va evaluando de manera permanente. Si mantenemos una atención constante sobre la obra de nuestro interés seguramente la estaremos rectificando, ajustando o hallándole nuevas vetas de explotación. Tal es el secreto de la mejora continua, tan usada y valorada en el mundo industrial.

Este método de ir por tramos elaborando una gran obra es, en el fondo, un modo de proceder de espíritu artesanal. Ladrillo a ladrillo se fueron construyendo las enormes catedrales, y golpe a golpe sobre el mármol, noche y día, se tallaron memorables esculturas. También los pintores son un ejemplo de esta prolongada pasión poniendo una y otra vez sobre el mismo cuadro pinceladas de color, tratando de revestir poco a poco la blancura del lienzo. Y ni qué decir de los escritores que cada mañana, durante horas intensas de trabajo, producen unos párrafos, al estilo de Flaubert, o se contentan con dejar una página limpia de ripios o libre de cacofonías, como procedía Marguerite Yourcenar o el mismo Gabriel García Márquez. Los artistas, en general, practican, aún sin conocerlo, el kaizen, en tanto mantienen vivo el contacto con la obra en curso. Tal manera de elaboración requiere de ese continuum para no perder el ritmo o el tono. Por eso necesitan absoluta concentración o un hábito de escritura semejante al que poseía Carlos Fuentes o del que hablaba Hemingway. Es decir: todas las mañanas, sentados al frente de su mesa de trabajo, retomaban lo escrito del día anterior y sumaban un poco a lo ya hecho. Durante ese tiempo, releían, apuntaban, tomaban notas, corregían, apostillaban, suprimían, hacían esquemas, y agregaban unas líneas o unas cuantas hojas a su proyecto en curso. El resultado se veía mucho tiempo después: la gruesa novela aparecía como un todo complejo y armonioso. Pero tal cometido sólo era posible, gracias a una labor tesonera de ir línea a línea, noche tras noche, tejiendo tal tejido de palabras.

El peso del método kaizen está en el efecto acumulativo de esas pequeñas acciones cotidianas. Si uno mantiene una mirada vigilante sobre un proyecto, una obra, un propósito, lo más seguro es que logre incrementarlo de manera gradual, paulatina, imperceptible. Por eso, también, son vertebrales en este modo de trabajar el cuidado sobre los detalles, el esmero por atender lo pequeño o aparentemente minúsculo. La calidad no lograría alcanzarse si no se tuviera ese miramiento de lo ínfimo o una especial escrupulosidad sobre los pormenores o las particularidades de un objeto, una iniciativa, una propuesta. Estar alertas sobre la parcela de nuestro interés presupone, al decir de Masaaki Imai, el pionero de esta propuesta, un “celo misionero”, una asiduidad y una perseverancia muy cercanas de la convicción a toda prueba. De allí que sin autodisciplina o sin autorregulación no sería posible practicar este método de mejora continua.

Expuestas así las cosas, a simple vista parece fácil dar ese primer paso y, luego, otro más; sin embargo, esto conlleva a hacer cambios en nuestra manera de pensar y de actuar. Es ahí donde está lo más difícil. Adquirir ese hábito, romper con rutinas ancladas en perder el tiempo o sujetas al vaivén de lo ocasional, es el obstáculo mayor para adquirir este método de trabajo. En consecuencia, y esa parece ser la estrategia del método kaizen, es fundamental empezar modificando mínimas actitudes o adquiriendo lentamente nuevos comportamientos. Los cambios radicales no son los más apropiados ni terminan dando buenos frutos. Hay que proceder de manera sosegada, pero constante; ir con calma, sin caer en la falsa creencia de modificaciones inmediatas. Si se tiene la meta de tener un nuevo hábito se hace indispensable adquirir la incesante paciencia de la gota de agua en su oficio leve de socavar la roca. Es ese el secreto de los deportistas consumados, de los expertos en una disciplina, de los empresarios exitosos y de todos los que podemos llamar artesanos de las ideas. Mediante ejercicios diarios, afinando permanentemente una práctica, haciendo siempre  pequeños ahorros, organizando el tiempo para tener la cita diaria con la propia obra, así es como lo imposible se torna realizable y los proyectos o las iniciativas mayúsculas terminan estando al alcance de nuestras manos.

Referencias

Kaizen. La clave de la ventaja competitiva japonesa, Masaaki Imai, Editorial Patria, México, 2015.

Un pequeño paso puede cambiar tu vida. El método kaizen. Robert Maurer, Ediciones Urano, Barcelona, 2015.

Las consignas del liderazgo

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En la amplia y diversa bibliografía sobre el liderazgo se pueden encontrar frases, citas memorables o principios que bien vale la pena analizar o darles una resonancia interpretativa con el fin de comprender su alcance y vislumbrar rutas de aplicación.

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“El liderazgo es elevar la visión de una persona a las altas visiones, aumentar el rendimiento de una persona a un nivel superior, la construcción de una personalidad más allá de sus limitaciones normales”.

Peter F. Drucker 

Aunque a primera vista pareciera que liderar es un logro para el beneficio personal o un sitial para vanagloriarse, lo que en verdad resulta más significativo es la capacidad de los líderes pera ayudar a otros a ir más allá de sus límites o sus posibilidades. El líder acompaña, impulsa, da ánimo, invita a enfrentar y traspasar los vados del pesimismo, la falta de confianza personal o las arenas movedizas del miedo. Esa parece ser la mayor virtud de un líder: promover o contribuir para que otro ser humano logre avanzar en su propio desarrollo o alcance las metas que durante mucho tiempo ha soñado. Ahí radica la clave de la motivación, la médula de las relaciones interpersonales y del trabajo en equipo. Lejos de esperar un séquito de servidores obedientes o sumisos, lo que el líder hace es invitar a otros a vencer una presunta limitación, mostrarles alternativas, facilitarles hasta donde le sea posible recursos o condiciones, abrirles fronteras a sus sueños. Los verdaderos líderes crean condiciones para que otros descuellen en sus proyectos más queridos, exploren nuevos talentos, conquisten tareas aparentemente imposibles de lograr.

2

“El liderazgo no es algo que se imponga a la gente, es algo que se hace con la gente”.

Ken Blanchard y Patricia Zigarmi 

Una de las trampas del liderazgo es confundirlo con los puestos de poder o de mando. De allí que, en muchas ocasiones, cuando alguien asume u obtiene una posición de alta jerarquía siente que está autorizado a imponer su voluntad o su capricho sobre sus subalternos. No obstante, el liderazgo implica otra cosa: involucrar a un grupo de personas, hacerlos partícipes de un sueño o una particular visión. Se trata de interrelación, de habilidades sociales, de constante comunicación y escucha activa, de estrechar y unir manos y brazos. Es con otros que el liderazgo cobra sentido; es mediante el trabajo colaborativo y cooperativo como los grandes líderes se afirman y logran reconocimiento. Por supuesto, estar y compartir con la gente es una labor que no puede hacerse desde el buró autocrático y soberbio. Muy por el contrario, la tarea cotidiana de todo líder es conocer muy bien a las personas con las que trabaja para descubrir en cada una sus talentos, sus demandas, sus expectativas. Más que imponerse, el líder teje iniciativas, pone en relación personas, agrupa esfuerzos para alcanzar un fin común.

3

“La gestión controla a las personas impulsándolas  en la dirección adecuada; el liderazgo los motiva satisfaciendo necesidades humanas básicas”.

John P. Kotter

Esta esta otra confusión muy común: la de suponer que todo gerente es un líder. La gerencia es importante en una organización para que la gestión (que planifica, controla y evalúa) cumpla su cometido. No es algo menor o sin importancia. La gerencia se basa en mantener lubricado el statu quo. Vigila los resultados del presente. Pero el liderazgo, va un paso más allá: le importa más el futuro, aboga por cosas que aún no están pero deberían conseguirse. El liderazgo, en este sentido, tiene una preocupación fundamental por la innovación, por el cambio de paradigmas, por la valentía para entrar de lleno al mar de lo desconocido. De igual manera, la gerencia pone todo su acento en la eficacia laboral, en el proceso y el resultado esperado o convenido; en cambio, el liderazgo procura, además de dichas cosas, estimular a los trabajadores, motivarlos, contagiarlos de una meta o un proyecto. Bien podríamos decirlo de otra forma: a la gerencia la gobierna la racionalidad técnico instrumental y, a los líderes, un proceder ético humanístico.

4

“La confianza es la argamasa emocional que une a los seguidores con el líder. La acumulación de confianza es una medida de la legitimidad del liderazgo. No se puede ordenar ni comprar; hay que ganarla”.

Warren Bennis y Burt Nannus 

Es casi imposible ejercer el liderazgo si antes no hay un terreno fértil de la confianza. Confiar en otro, entregarle parte de nuestra intimidad, depositarle nuestros ideales o nuestras esperanzas es un asunto que merece tratarse con sumo cuidado. Y para lograr esa confianza, para no defraudar a esos que forman parte de un equipo o que laboran mano a mano con nosotros, se requiere demasiada prudencia. Lo que se escucha no debe convertirse en un arma o un motivo de manipulación. Los líderes genuinos son reservados y conocen las leyes de la confidencialidad; tampoco andan en la permanente murmuración que tanto daño hace a los lazos invisibles de la confianza. Y será la forma discreta de actuar y de hablar del líder la que irá mostrando que es una persona digna de confianza, que hay cierta sinceridad de base que atraviesa sus decisiones. Porque se lo percibe así, porque da claras muestras de mínima falsedad o astuto maquiavelismo, es que las demás personas le reconocen su liderazgo y, con el tiempo, le otorgan su lealtad.

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“Para que los equipos se desarrollen en todos los niveles se necesitan líderes en cada nivel”.

John C. Maxwell

Quizá porque el líder se obnubila con su propio poder o porque sus seguidores asumen un servilismo acrítico es que se pierde de vista una clave del engranaje humano en las instituciones o las empresas: se requieren líderes distintos y diferentes tipos de liderazgo en las diversas instancias de una organización. No es suficiente con una única persona en la cima; el liderazgo bien enraizado cubre o se multiplica en todas las áreas y departamentos, en todas secciones o divisiones de una organización. Precisamente, una de las cualidades más importantes de un líder es identificar dónde están esas personas y saber potenciarlas para que ejerzan ese liderazgo en sus puestos de trabajo. Más allá de buscar alcahuetas o meros replicantes, el líder experimentado construye un equipo de semejantes. Por lo demás, si en realidad cuenta con un equipo de líderes, menos será su trabajo (porque no tendrá que hacer y resolverlo todo) y mayor será su capacidad de delegación (si es que en verdad confía en sus colaboradores). Esta idea de tener un equipo de líderes en una organización es más poderosa y de mayor permanencia en el tiempo que aquella otra centrada únicamente en un único líder carismático e irremplazable.

6

“El liderazgo necesita ir más allá del qué y el cómo para comprender el quién del líder, luego de un viaje profundo a su interior”.

Russ Moxley 

Más allá de las habilidades o de las competencias que debe tener un líder, de todas las técnicas de manejo de grupos o de administración necesarias, es indispensable que el líder se conozca profundamente. Sin un examen o un discernimiento sobre su persona, sobre sus miedos y su temperamento, lo más seguro es que el resto de cosas fracase. El cultivo de la interioridad es la primera aduana por la que debe pasar un líder, y más si su labor implica tratar con otros individuos y, de alguna forma, mostrarse o ser un punto de referencia. Este autoexamen incluye un balance sobre su proyecto de vida, sobre el gobierno de sus emociones y las pasiones, sobre sus logros y fracasos; en suma, una reflexión franca y sin ambages sobre su trayectoria experiencial. Dicho en otras palabras: el líder necesita conocerse con el fin de detectar sus puntos fuertes y débiles, sus zonas inexploradas o aquellas otras en las que merece un arduo trabajo para madurar cierta dimensión de su desarrollo físico, profesional o moral. Aquí se abre un escenario para el autoaprendizaje, el autocuidado y una disposición especial para explorar en las marcas de una historia personal y comprender los hitos positivos o negativos de la propia vida.

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“Ningún líder puede hacer un cambio efectivo –que es de lo que se trata el liderazgo– sin comprender y experimentar el proceso de transición”.

William Bridges 

Los líderes novatos creen que basta con tener una visión y algún poder para lograr sus resultados. Pero esto no es así. Cualquier proyecto de cambio requiere unas etapas, un proceso, un itinerario en el que son fundamentales varias cosas: en principio, como si fuera un lubricante, se necesita la ayuda de la comunicación en todas sus medios y niveles; después, hay que buscar aliados que compartan de alguna forma lo que el líder mismo avizora; enseguida, hay que ir poco a poco, invitando o convidando a otros colegas o empleados a unirse a dicho cambio, pero respetándolos, no violentando sus formas de pensar o proceder; más tarde, hay que ir participando a todos los miembros de una empresa o una institución los pequeños logros o los resultados de esas primeras transformaciones. Lo que importa señalar acá es que cambiar a los seres humanos no es un asunto de decreto o imposición de normas. Mucho menos se trata de alardear del autoritarismo o la amenaza. Es todo lo contrario: más bien un ejercicio de reconocimiento a lo ya hecho, de dignificación al talento humano, de confianza en que las personas, aun las que no comparten la visión del líder, pueden participar y ser útiles a dicha iniciativa. Los cambios de timonazo brusco, de capricho arbitrario o régimen dictatorial lo que hacen es multiplicar la sumisión, reforzar lo ya conocido, temer el impacto de lo novedoso.

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“El carácter es el núcleo fundamental de la efectividad del liderazgo”.

John H. Zengen y Joseph Folkman 

Si no hay firmeza en el ánimo ni temperamento para tomar decisiones, el líder no alcanzará su cometido. El liderazgo implica vigor, un grado de valentía para impulsar lo que aún no despega y de aguante para mantener en vilo que ya ha comenzado. Ese carácter será tanto más necesario cuanto aparezcan los escollos, las dificultades, la desidia de los dirigidos. Es ahí, en ese momento, cuando se nota la estabilidad emocional, la firmeza para no desfallecer o mantener en alto una bandera.  El carácter del líder es lo que lo lleva a ser tenaz, a no tenerle miedo a los conflictos, a enfrentar las mil caras de lo desconocido. Carácter es pulso para mantener los compromisos establecidos, temple para no abandonar el barco de la visión a las primera dificultades y, especialmente, renuncia a la flojedad en el espíritu, a no mostrarse como una persona pusilánime, apocada o medrosa para hacerle frente a los contradictores o decidida al tomar una determinación de alto riesgo. El carácter es el talante, el sello de personalidad de los líderes auténticos.

Carta a un nuevo directivo

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Ilustración de Julio Carrión Cueva, “Karry”.

Sirvan estas letras para saludarte y celebrar tu nuevo nombramiento. De seguro, el puesto que ahora ocupas, es el resultado o la consecuencia de tu tenacidad, tu talento o el conjunto de variadas habilidades profesionales. Esto ya es de por sí motivo de elogio y admiración.

No obstante, me he atrevido a enviarte esta misiva por la responsabilidad que entraña tu nuevo puesto de mando. Y lo digo, por el número de personas que ahora dependen de tus decisiones. Cada cosa que hagas o que digas tendrá un efecto mayor a las hechas y dichas anteriormente. Así que, amparado en nuestra amistad, he sentido la confianza suficiente para compartirte algunas sugerencias y dejar a tu buen criterio la puesta en práctica de varios consejos.

Lo primero, y este es un asunto que ha sido profusamente recalcado por estudiosos de la política, es que las personas cambian cuando tienen poder en sus manos. Unos, mudan su carácter y su comportamiento; pareciera que desdibujaran su ser para adquirir otra figura, otra forma de comportarse. También hay otros que al tener poder, se vuelven indolentes, arbitrarios, cabalmente insensibles. Es como si ese atributo o ese cargo les hicieran olvidar su esencia, su frágil condición humana, sus aspiraciones y limitaciones. En consecuencia, se tornan inflexibles, autoritarios, implacables en sus dictámenes o en el trato con las personas. Por eso, mi primera advertencia, es que no dejes que ese puesto pervierta lo que eres, que no caigas en la tentación de sentirte tan superior que olvides tu propia condición. Lo mejor, entonces, es entender que ese poder es pasajero, circunstancial, y que tarde que temprano volverás a tu condición esencial, con los tuyos, a seguir el curso normal de tu existencia. Toma ese poder no como un enaltecimiento o cambio de personalidad, sino como otra tarea de las muchas que has tenido a lo largo de tu vida.

Hablando del poder, seguramente ya habrás notado que cuando se tiene algún cargo de mando, aparecen los intrigantes, los chismosos aduladores. Recuerda que esos áulicos que tanto te exaltan y lanzan vítores por ti, son los mismos que luego hablarán mal de tu gestión o propagarán un rumor venenoso. Evita a estos personajes; esos zalameros son mala influencia y crean una energía negativa para tu gestión. Y si algún chisme traen, si una información ponzoñosa sobre alguien te llevan, escúchala con una oreja, pero si tomas una decisión hazlo con la otra. No te confíes. Esos individuos algo ocultan, algo traman. Te recomiendo no promover el rumor; trata de no entrar en esa lógica de las habladurías y el chismorreo que terminan por afectar el clima laboral y la confianza entre un grupo de personas. Otra cosa, no hables mal de las personas que diriges, ni de tus antecesores en el cargo. No trates de enaltecer tu labor embarrando la memoria de los ausentes. Deja que sean tus acciones las que muestren dónde hubo una carencia en el pasado, dónde un desacierto, dónde una falta significativa. No sobra repetírtelo, cuida tus palabras, ellas son el termómetro de tu mismo prestigio.

Conociéndote, sé que ya estarás pensando hacer muchos cambios en tu lugar de trabajo. Eso está bien. Una innovación, si obedece a un análisis sesudo del contexto, seguramente rendirá buenos dividendos. Pero no te apresures a modificar todo, ni desorganices la empresa o institución por el mero capricho de parecer novedoso. Observa primero a aquellos que diriges o gobiernas. Busca aliados entre ese grupo. Escucha a la gente, con mucha atención. Reconoce lo que se ha hecho y retoma varias de las iniciativas que ya llevan un recorrido y merecen continuarse. No perturbes todas las aguas; no rompas lo que funciona bien ni cambies todo el cuadro directivo de tu unidad o espacio de trabajo. Ten presente que los cambios necesitan tiempo para la adaptación de la gente y el concurso de un grupo de aliados que puedan impulsar con ahínco lo que es apenas una iniciativa tuya. Lo olvidaba: comunica esos cambios en todos los niveles y a todas las personas; no te calles. Especialmente si lo que tienes en mente implica modificaciones estructurales o toca la médula de la organización. No estigmatices a aquellos que no comparten tu sueño o a esos otros que no lo entienden: Explica. Es bueno alimentar el diálogo, el debate de ideas. No temas a los que se oponen a tus proyectos; óyelos, a lo mejor te dan pistas para corregir esa utopía que tienes entre manos; de pronto en sus opiniones está la respuesta a ciertos interrogantes que te quitan el sueño. No permitas que tu gestión se convierta en una logia de simpatizantes serviles y sin criterio. Eso, que parece un logro en el corto tiempo, es la ruina de los equipos a largo plazo. Asesórate con frecuencia; acoge diversos puntos de vista.

Sé un facilitador, un punto de apoyo, una mano que impulsa o colabora para que todos los miembros de tu área pongan sus proyectos en primera línea. Presta tu inteligencia y el lugar estratégico donde llegaste para que los que están bajo tu mando, crezcan, se potencien o saquen a la luz lo que es semilla u obra apenas esbozada. No creas que lo único significativo y valioso son tus proyectos o tu ruta de acción. También cuentan los de aquellos que ahora están bajo tu tutela. Contigo no empieza el mundo; ni a partir de ti se construye lo valioso. Hay personas que ya llevan un recorrido, hay iniciativas de hondo calado que te preceden, y lo mejor es mantenerlas o potenciarlas aún más para que lleguen a cimas inusitadas. Párate, como decía el gran inventor Thomas Alva Edison, sobre los hombros de gigantes para que tu sueño llegue más alto. Si lo consideras conveniente, cede la prioridad de tu sueño a esas otras personas; después ya verás cómo ellas mismas serán el soporte para tus ideales. No tengas ningún temor en reconocer a los que te superan en algo o tienen talentos que tú no posees. Por el contrario, aprende de ellos. No te muestres avaro ni prepotente; y, por favor, no invisibilices a aquellos hombres y mujeres que parecen hacerte sombra. Ya habrá tiempo y ocasiones propicias para que muestres tu luz. Lucha por despojar de ti la envidia, la antipatía infundada y los celos profesionales. A veces olvidamos que el prestigio o el renombre de un colega no es producto del azar sino es el resultado de muchos años de dedicación y empeño en un propósito.

Disculpa si te digo otra cosa que considero vital para tu labor directiva. Es recomendable hacer un esfuerzo sobre el conocimiento y dominio de tu carácter A mí me ha ayudado bastante el discernimiento, como lo entienden los jesuitas, el autoexamen o el cuidado de sí, al decir de los filósofos. Conocerse, inspeccionar la forma de proceder de la propia conciencia, es primordial cuando uno tiene bajo sus hombros la orientación de otras personas. ¿Cómo manejas tus emociones, tus pasiones o tus sentimientos?, ¿qué tan aquilatado y maduro está tu espíritu para ser juez o consejero de otras conciencias? Te comento esto porque he visto cómo ciertos directivos terminan desvirtuando sus proyectos al ser aguijoneados por la ira, el resentimiento, el odio o el orgullo más obcecado. Y del mismo modo me he percatado cómo otros jefes o líderes terminan amilanados o en minusvalía de mando porque su atuoestima es endeble, o son muy afectables por la maledicencia o el vituperio infundado. Todas esas cosas no son de segundo orden. Si no se tiene un ajuste de cuentas con la propia personalidad, si escasea la autocrítica y la formación moral, actuarás de manera impulsiva, atropellada y sin medida. En últimas, te faltará la prudencia, el tacto y la paciencia, hijas de la sabiduría, que no son lo mismo que poseer demasiados conocimientos.

Un asunto que amerita un desarrollo más largo es el de cómo vas a conquistar la autoridad. Por ahora te digo que el simple poder derivado de tu cargo no es suficiente. La autoridad proviene de quienes diriges o lideras. Es como el reconocimiento que ellos hacen de tu forma de mandar, de relacionarte, de apoyarlos. Crece en la medida en que tu ejemplo los contagia, en la manera como los dignificas y en la confianza que generes; depende de tu discreción, de la ayuda oportuna que ofrezcas y de la lealtad a cada miembro del equipo. Esa autoridad se va ganando poco a poco con el testimonio de los dirigidos por ti; es una especie de validación en positivo de todas tus acciones. Y si logras esa autoridad, lo más seguro es que tendrás el respeto, cierta obediencia y una colaboración a muchas de tus decisiones.

Otra cosa más deseo compartirte. Una en especial, sobre la que tardarás en hallar el justo medio: la de estar en la mitad de dos demandas: la de tus jefes y la de tus dirigidos. Si te pliegas demasiado a un lado, parecerás un servil mandadero de tus superiores; si sólo satisfaces a tu grupo de influencia, parecerás ineficaz para la institución o la empresa a la que sirves. Te recomiendo acudir a tu buen criterio para reconocer cuándo las demandas de uno y otro lado son las adecuadas o las más convenientes. Si te han elegido como directivo es porque puedes tomar algunas decisiones y hacerte responsable de ellas; así que no subvalores tu cargo, ni conviertas tu gestión en un simple espacio para acatar órdenes. Ese nuevo rango te da el salvoconducto para proponer, ofrecer otros modos de hacer las cosas, deliberar sobre el modo de aplicar determinados lineamientos institucionales o argumentar sobre decisiones de las altas directivas que resultan nocivas para la misma organización. No confundas lealtad con servilismo. Si tienes conocimientos, habilidades o competencias hazlas valer al momento de aplicar normas o procedimientos. Pero otro tanto deberás hacer con el equipo bajo tu cuidado. Será necesaria una fluida comunicación para explicarle razonadamente lo que no es viable, mostrarle las bondades de un nuevo procedimiento, hallar alternativas colegiadas sobre un ajuste en las políticas o las estrategias administrativas. Ni a todo podrás decir que sí, como tampoco renunciar a defender como propias iniciativas de tus dirigidos. En eso consiste también el alcance y responsabilidad de tu cargo.

Deseo cerrar esta carta reiterándote mi fraternal ayuda. Tengo confianza en que pondrás lo mejor de tu inteligencia y tu sensibilidad para hacer de este nuevo nombramiento un espacio de crecimiento personal para ti y los que vas a liderar. Te auguro resultados óptimos en tu gestión, y que tus valores y virtudes sean el viento favorable que oriente el sentido de tus proyectos. Buen viaje, estimado amigo.

Custodio: dieciocho años más presente

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Hace dieciocho años murió mi padre. Todo ese tiempo ha pasado desde que abandonó este mundo y sólo ha quedado su presencia magnífica en mi memoria y en mi corazón. Los recuerdos de los últimos meses de su sufrimiento, soportado con un estoicismo digno de los habitantes de Capira, han perdido su peso doloroso y amargo, dejando paso a la profundidad de sus enseñanzas, a las loables proezas de su ejemplo y a una particular forma de entender y enfrentar la vida.

Lo que más me sorprende de mi padre fallecido es lo presente que está en mi vida de todos los días. Lo tengo en mi mente cuando camino a solas por las calles, acudo a él cuando alguna decisión difícil me ronda en mi trabajo, me pongo tras sus alas de ángel cuando empiezo un nuevo proyecto. Su muerte fue una poderosa semilla que ha ido dando fruto a medida que pasan los años. No fueron en vano ni sus luchas de campesino desplazado por el bandolerismo, como tampoco su tenacidad y su anhelo por construir un hogar digno y pletórico de tranquilidad. La cosecha de ese hombre ha sido buena y abundante; valió la pena emplear sus setenta y dos años quebrándose la espalda trabajando honestamente y trasegando sin maldecir las dificultades que fueron desfilando a la par de sus pasos. Con alegría de hijo puedo ver que todos sus actos rinden hoy sus mejores beneficios.

En mí mismo noto lo hondo de su crianza. Como él, considero el trabajo una forma de realización y no un peso o una maldición; de igual manera y muy cercano a su proceder, pago mis deudas a tiempo y mantengo un cuidado con mis ahorros. No gasto más allá de mis ingresos y no necesito aparentar ni sobre mí ni sobre las cosas que poseo. Cuánto aprendí de mi viejo de autenticidad. Ese es un legado invaluable: no autoengañarme, no fingir, no andar simulando o huyendo de mi propio rostro. Mi padre me enseñó que la humildad tiene su riqueza y que se requiere cierta valentía para aceptar lo que uno es o lo que en verdad quiere. A él le debo, en gran medida, la talla de mi carácter y una fortaleza interior que me ha permitido sacar a navegar mis propios sueños. Son sus consejos y sus actos los que me han hecho amar el poseer un techo propio, los que me han hecho pródigo para el agradecimiento y sensible al sufrimiento ajeno. Porque mi padre fue un hombre solidario, servicial y dispuesto a ofrecer su ayuda al desvalido; porque nunca olvidó de dónde venía y, por eso mismo, comprendió desde el fondo de su alma los gestos demandantes de la necesidad.

También tengo de mi viejo un ánimo optimista o por lo menos un espíritu emprendedor. No soy fatalista, como él; no soy fanático, como él; no soy presumido ni “balaquiento”, como él. Los dos valoramos profundamente la amistad y tenemos el don de la confidencia. Considero que le heredé su talento para establecer relaciones, para tejer vínculos de manera rápida con cualquier persona; ni él ni yo miramos por encima del hombro al menesteroso ni sentimos vergüenza de interactuar con los que ostentan demasiado dinero o poder. Por él soy buen vecino, por él confío en el colega, por él tengo en profunda estima la lealtad. De él, sin lugar a dudas, es mi observante respeto por el otro; de él, mi vocación de servicio encarnada en la docencia.

Las lecciones que recibí de mi viejo fueron siempre a través de historias o relatos. Usaba los cuentos que le habían pasado en su infancia o su adolescencia como una cartilla oral para que yo sacara mis propias conclusiones. Fue un padre severo, pero siempre amoroso. Su salón de clase era la mesa del comedor; allí contaba historias y, con ellas, todo un amplio libro de sabiduría proveniente de la propia experiencia o de la experiencia de otros. “La familia, cerca y lejos”, decía siempre que alguna parentela intentaba inmiscuirse en nuestro hogar; “no hay como la tranquilidad en el hogar”, repetía, cuando estábamos reunidos alrededor una delicia culinaria preparada por mi madre; “cuide esa boca”, advertía cuando alguien hablaba mal de otra persona ausente; “ahorre, mijo, ahorre para la vejez”, insistía cuando le compartía el logro de mis primeros trabajos. Era un hombre prudente, y un gran observador. También era muy ingenioso y creativo; un artesano y un múltiple hacedor de oficios. Tocó tiple cuando era joven, pero luego la ciudad le borró ese talento de sus manos. Le gustaban los valses andinos, los tangos y cantaba o silbaba las canciones más cercanas a su alma de hombre de montaña: “te espero, allí donde tú sabes; lo quiero, porque tenemos que hablar…”

Son innumerables las deudas con el viejo Custodio. Forjó mi disciplina, talló el tesón y la continuidad en los propósitos, hizo de mí alguien con sentido de la responsabilidad. Me dio luces y herramientas para manejar la realidad, con todo lo que tiene de arisca y sorprendente. Cada acto suyo, cada forma de enfrentar un escollo vital, me fueron afinando las maneras y las actitudes para no ser un tránsfuga o un cobarde ante la dureza de la existencia. Pero, al mismo tiempo, me prodigó la alegría y el entusiasmo de seguir adelante a pesar de las dificultades, la certeza de que la penosa subida a las montañas vale la pena para lograr aspirar el aire fresco y ver en la distancia los paisajes más hermosos. Por mi padre sé que, si bien uno no puede perder de vista sus sueños, debe eso sí tener bien puestos los pies en la tierra. Así eran sus lecciones: sencillas, como él, pero forjadas en el yunque de la sobrevivencia.

Mi padre fue un cuidador como su mismo nombre. Guardo como si fuera un tesoro la primera biblioteca que me mandó hacer, en cedro macho, cuando yo hacía mis primeros años de primaria. Ese mueble prefiguraba lo que sería mi pasión muchos años después: la literatura. Ahí guardé mis primeros libros de colegio y fue lo primero que consideré como propio. Tal vez mi padre, con esa intuición que únicamente los seres que nos aman en verdad poseen, adivinaba o prefiguraba el destino de su hijo. De pronto, así como en tantas otras cosas, creó un escenario futuro para mis actuaciones; fue un constructor de mis posibilidades. Precisamente, en este sentido, hay otras palabras que guardo con profundo cariño: “mijo, claro que usted puede”, “mijo, usted lo va a lograr”. Esa confianza absoluta, esa fe de roca y de apoyo a mis proyectos, cada abrazo de ánimo, siguen vivos en mi pecho, a veces pareciéndose a un escudo y otras, semejando un estrella que ilumina mi camino.

Dieciocho años hace que murió mi padre. No dejo de sentir un dolor en mi alma. No obstante, es más fuerte lo que conservo de él, lo que mis recuerdos mantienen intacto e imperecedero. Sirvan estas letras como una invocación a su nombre de ángel protector y como un homenaje a su crianza y su acompañamiento maravilloso durante cuarenta y cinco años.

Homero Manzi: “un alma en orsái”

Homero Manzi

Homero Manzi: “el poeta de las cosas que fueron”.

 

LOCUTOR A: Hoy, con el ritmo del bandoneón, del fuelle, el olor a barrio, las caras pintorreteadas de minas y palastrunes, con el brillo de lunas y el humo y el calor particular de las noches del viejo Buenos Aires, vamos a acercarnos a la figura del poeta Homero Manzi.

LOCUTOR B: Homero Nicolás Manzioni, el poeta de las cosas que fueron, según lo definió Enrique Santos Discépolo.

LOCUTOR A: Manzi, nacido en 1907 en Añatuya, un primero de noviembre; sexto de ocho hijos, estudiante de derecho, profesor de secundaria; adaptador y guionista cinematográfico y, sobre todo, uno de los mayores poetas populares de la Argentina. Popular por su amor al terruño, por su lucha por lo tradicional, por su pasión por lo argentino, por su nostalgia al Buenos Aires de ayer.

LOCUTOR B: Influenciado por Evaristo Carriego –el mismo Carriego a quien Borges dedicó un estudio memorable– y José González Castillo, apoyado por la excepcional calidad de músicos como Aníbal Troilo, Sebastián Piana, Hugo Gutiérrez y Lucio Demare y lleno de las lunas garcialorcanas, Homero Manzi logró captar en sus obras el sentir y el pensar del hombre de Buenos Aires durante veinte años, de las décadas de 1930 a 1940.

LOCUTOR A: Pero, además, fiel a la poesía emocionada, de cuño cotidiano y de contenido social, Manzi enalteció una serie de personajes suburbanos como el viejo ciego, el organillero, la solterona, el mayoral del tranvía, el payador, el cochero, el marinero sin puerto donde anclar, o la cancionista del bulín: Malena.

LOCUTOR B: Y desde un tono descriptivo Manzi también se detuvo en los objetos del barrial, en el terraplén, en el farol, en la taza de café, en el pucho de cigarro, en la mesa y los espejos, en las calles y el tren. Todas estas cosas fueron enaltecidas por Manzi, convirtiéndolas en verdaderos poemas y no en simples letras de tangos o milongas.

LOCUTOR A: Homero Manzi, Cadícamo y Discépolo, melancolía del tango lento que acompaña la soledad; paisaje inspirado en los arrabales, hecho con la angustia del pasar del tiempo. Tango canción o pensamiento triste que se puede bailar.

 

LOCUTOR B: “Paisaje”, el vals que acabamos de escuchar, con música de Sebastián Piana, interpretado por la orquesta de Pedro Laurenz y cantado por Alberto Podesta, nos ubica de lleno en el mundo poético de Homero Manzi. “Paisaje” nos sitúa en una constante suya: el pasado o, lo que es lo mismo, el dolor de abril.

LOCUTOR A: Para Homero Manzi la vida verdadera es un paisaje lejano, colgado al frente del retrato de la amada –un retrato que por lo demás ella se ha llevado–. La vida verdadera es, o mejor fue, un paisaje con marco dorado –bella manera de decir un pasado heroico– y con tono otoñal; es decir, de la vida que entra en la vejez. La vida verdadera para Manzi es un paisaje perdido entre el tono velado, gris y brumoso del olvido, un paisaje que angustia y, ante el cual, no cabe más que llorar con la lluvia de abril, recordando los buenos años. Para Manzi el pasado es la primavera que se opone lastimosamente al otoño del pinar.

LOCUTOR B: De ahí la importancia de la memoria o del recuerdo para Homero Manzi. “La vida no pasa de ser un costalado de recuerdos”, dice Ernesto Arango, el malevo de Aire de tango de Manuel Mejía Vallejo. El olvido no existe para Manzi, no existe olvido para el tango. El olvido es una mala trampa del amor. Las cosas, los amores, no se van de uno; ellos, como recuerdo, lo bañan a uno en su orín, contagiándonos ese “ir buscando a ciegas olvido adentro”.

LOCUTOR A: Manzi creía en esa metafísica del tango, en ese empuñar en el aire cosas que se fueron. Manzi repetía con Gardel “te acordás hermanos qué tiempos aquellos…” y evocaba a Jorge Manrique para decirnos que, allá, en un tiempo remoto, tan remoto como nuestros años “cualquier tiempo pasado fue mejor”. José Gobello escribe que esta idealización del pasado, esta nostalgia, este retornar al dolor, es una actitud romántica. Y agrega: “si el tango es sentimental por esencia, forzosamente tiene que ser romántico porque lo romántico es, precisamente, la propensión a lo sentimental”.

LOCUTOR B: Desde luego, el romanticismo del tango brota del choque brutal con la realidad y no de la abstracción de la misma. Es la vida de carne y hueso, de sexo y puñal, la que se pone como costal de recuerdos; por eso mismo, la vida hay que sufrirla, para que se nos quede íntegra en la memoria, porque de otra manera la olvidaríamos y, sin recuerdos, no hay verdadera vida.

LOCUTOR A: Y hay otro vals, “Desde el alma”, con música de Rosita Melo y con letra de Homero Manzi y Víctor Piuma Vélez, que refleja perfectamente lo dicho hasta ahora: Manzi es un alma que se niega a olvidar, un alma que llora lo perdido y llama lo que murió. Homero Manzi o el deseo de volver a la antigua ilusión, Francisco Canaro, su orquesta, y la voz de Nelly Omar.

 

LOCUTOR B: Para Homero Manzi, el pasado –la “triste ceniza del recuerdo” – es “nada más que ceniza, nada más”; por eso la palabra “adiós” posee tanta importancia para él. “Adiós es el misterio que siembra el tren”. Adiós es el instante definitivo, es el momento en que se divide en dos la historia de un hombre: adiós es la forma como el tiempo nos muestra su rostro. Entonces, ante la angustia y el dolor de la pérdida o la ausencia, Manzi propone una salida al corazón: eternizar los recuerdos, aunque sea “triste vivir en ellos”, aunque “cause tanto escuchar ese rumor”. El adiós, por lo mismo, se vuelve definitorio y, gracias a ese recurso, Manzi logra definir y aclarar el presente. El adiós es el amor que pasó por ser cobarde, y vive eternamente sólo entre sueños.

LOCUTOR A: Desde este punto de vista, el adiós se asocia irremediablemente con la mujer. “Las sombras son tus ojos, las flores son tu piel, me siguen los recuerdos, me duele tanto ayer”, dice el tango. Los recuerdos de la mujer son una ausencia que se alarga y que tiene gusto a fruta amarga, a castigo y soledad. La mujer, para Manzi, es un punto de referencia en el tiempo; cierto, pero distante. En otras palabras, la amada es un retrato que no se cuelga en el muro, es una voz de sombra, es una pena de bandoneón. La mujer, para Manzi, tiene ojos oscuros como el olvido y tiene labios apretados como el rencor. Lo que cuenta de la mujer es la herida de su traición o las cartas con promesa de amor eterno; por eso el tango habla de hombres solos y es para hombres solitarios.

LOCUTOR B: La amada, que deberíamos llamar mina, la querida del lunfardo, la percanta o la paica, se asemeja al barrio; o mejor, ella forma parte de él. Todo barrio por lo mismo es un romance. Un romance que ya pasó. El barrio es luna y misterio, callejas lejanas, viejos amigos y, por supuesto, es también Juana –la rubia–, la que tanto se amó o enseñó a amar. El barrio, el pedazo de barrio con sus noches, es la otra piedra de toque de la poesía de Homero Manzi. Barrio que, como las otras cosas que venimos anotando, es visto desde el recuerdo.

LOCUTOR A: Al barrio se lo evoca porque al regresar a él ya no están las cosas donde estaban, ya no están los amigos donde siempre bebían… “¿Dónde está mi barrio, mi cuna maleva, dónde la guarida, refugio de ayer? … El asfalto de una manotada ha borrado la vieja barriada que nos vio nacer”. Cuando se vuelve al barrio, cuando se quiere ir del presente al pasado, nos hallamos con que él ha sido destruido o remodelado y su calor y colorido ya no nos pertenece. Manzi recoge en sus poemas, según afirma Juan José Sebreli, la nostalgia del que retorna y recuerda, en medio de la fiesta en que ahora vive el barrio de la infancia, el antiguo patio del conventillo, aquella vieja casa de vecindad o de inquilinato.

LOCUTOR B: Escuchemos, entonces, a Roberto Goyeneche, interpretando “Barrio de tango”, música de Aníbal Troilo y letra de Homero Manzi.

 

LOCUTOR A: El barrio en Manzi es el dolor de no saber olvidar, es una elegía. Y, hablando de esta suma de mujer y barrio, corroídos y conservados por la sal del recuerdo, hay un poema canción compuesto en 1948 por Manzi y Aníbal Troilo: “Sur”. En esta composición Manzi retrata la amargura del sueño que murió, al decir de José Gobello.

LOCUTOR B: “Sur” puede parecer reaccionario, desde el punto de vista social, ya que en él se prefiere la esquina del herrero a la esquina del taller de mecánica; ya que en él se opta por el barro y la pampa en lugar de la urbanización. Sin embargo, “Sur” podría interpretarse mejor como una vuelta amarga al barrio Nueva Pompeya en 1922 o 1932, cuando era una suma de lagunales rellenos con tierra, cuando el farolito plateando el barrio iluminaba un organito que molía un tango, según escribe González Castillo.

LOCUTOR A: Y Manzi –nos reitera José Gobello– no canta únicamente al barrio, canta a su alma, canta a sus emociones; se canta a sí mismo.  No canta a Nueva Pompeya, sino a su juventud que transcurrió en ese barrio. Pompeya es el decorado de la historia; el protagonista, Manzi. O parafraseando a Borges, el barrio crea a Manzi y es recreado por él.

LOCUTOR B: Oigamos a Eduardo Rivero interpretando “Sur”, ese tango de Aníbal Troilo y Homero Manzi; un tango que de alguna manera evoca al “Barrio pobre” de Jiménez y Belvedere, el barrio reliquia del pasado, el barrio que esconde en sus portones el amor… Barrio arena que la vida se llevó.

 

LOCUTOR A: Hemos dicho que para Homero Manzi todo retorna al recuerdo, todo se abisma en el pasado o, si se quiere, que los recuerdos persiguen al pasado. Hemos dicho también que la mujer en Manzi se asemeja al sueño más querido y, por ser así, es el sueño que más nos hiere, el que nos duele más. De otra parte, hemos anotado que la nostalgia por el barrio viejo, con su último organito, hace de la poesía de Manzi una criatura abandonada que cruza de pronto el barro de algún callejón. Digamos algo ahora sobre la manera como Homero Manzi construye sus poemas.

LOCUTOR B: Manzi es un maestro de la metáfora y lo es, precisamente, por cumplir a cabalidad la petición de Lautréamont, aquella de poner en comunión las realidades más distantes. Manzi reúne en un solo verso lo más orillero con lo más celeste, lo más arrabalero con los más cristalino. Manzi aproxima lo insólito creando a su paso versos como “la lluvia sutil que llora el tiempo” o “sobre el mármol helado, migas de medialuna” o “la sombra que es más fuerte que la muerte” o aquel otro, poéticamente lunfardo: “el trago de licor que obliga a recordar si el alma está en orsái”.

LOCUTOR A: Manzi vincula, por ejemplo, las cartas de la amada con las palomas, pero asociándolas en el huir del campanario. Manzi escribe: “hecho pedazos se nos muere en los brazos… el ayer”; habla de los “pasos apagados”, del “destino de percal” o de “la angustia de novia ausente” o de “los sapos redoblando en la laguna”. Manzi construye versos únicos, dada la súbita carga de las palabras encontradas: “en aquella noche larga maduró la fruta amarga de esta enorme soledad”.

LOCUTOR B: Y aunque no faltó quien le asignara el propósito de intelectualizar el tango y le reprocharan el tono garcialorcano de sus versos, Manzi, según opinión de José Gobello, logró desasirse de la realidad sobrevolando las cosas y descubriendo entre ellas relaciones ocultas y sutiles. Luego, tomó su costal y cargando en él sombras y recuerdos entonó tangos y milongas: “yuyos amargos de arrabal, pieles oscuras, voces de sangre”.

LOCUTOR A: Enumeraciones y descripciones precisas hicieron de Homero Manzi el poeta genuino y espontáneo del Buenos Aires de 1940. Un poeta que no quiso escribir meramente en lunfardo porque sabía que por más que se escondan las penas salen sin llamarlas, cumplidas como el sol y la muerte. Precisamente, sobre este exilio voluntario en la manera de escribir, Manzi en un poema titulado “Treinta años”, firmado en noviembre de 1937, le decía a su mujer:

“Volví a la convivencia de la barriada burda

Dejé perder la gloria de mi destino grande

Tomé la calle angosta y le canté a la luna

Y la gente del barrio se detuvo a escucharme”.

 

LOCUTOR B: De otra parte, sabemos que Homero Manzi aguardaba su muerte. Dicen que el tango es un entrenamiento para la muerte, y ésta le llegó un 3 de mayo de 1951. Tenía entonces 44 años el poeta de Añatuya. En el sanatorio donde esperaba la muerte Manzi escribió varios poemas, entre otros “Discepolín”, dictada por teléfono a Aníbal Troilo y convertido luego en un tango sin par. Y, además, escribió otro poema magistral, premonitorio si se prefiere. Manzi lo tituló “Definiciones para esperar mi muerte”. Este poema resume perfectamente lo que fue el poeta y su mundo. Retomando las palabras de Manuel Mejía Vallejo, este poema cierra el recorrido de un hombre de tango, de esa clase de hombres que comprenden que sólo hace falta morir para haber vivido una vida completa.

 

LOCUTOR A: Hasta aquí este homenaje a Homero Manzi, al poeta de las cosas que fueron. Manzi, un poeta que conocía el sabor de las palabras, su campo de sonidos; un compositor que al pensar de Osvaldo Rossler, realzó el suburbio e ideó nuevas criaturas para el tango.

MURMULLAR BIBLIOGRÁFICO

Fernando Assuncao: El tango y sus circunstancias (1820-1920), Buenos Aires: Emecé editores, 1974.

Horario Ferrer: El libro del tango, Buenos Aires: editorial Galerna, 1977.

José Gobello: Conversando tangos, Buenos Aires: A. Peña Lillo editor, 1976.

Manuel Mejía Vallejo: Aire de tango, Bogotá: Plaza & Janés, 1979.

Osvaldo Rossler: Buenos Aires dos por cuatro, Buenos Aires: Editorial Losada, 1967.

Juan José Sebreli: Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, Buenos Aires: Siglo XX, 1979.