Los versos del escriba

El escriba y sus instrumentos

El escriba y los instrumentos de su oficio. Museo del Louvre, Paris.

I

antes del Verbo fue el Olvido

el caos que los órdenes

los paraísos no se escriben

son los éxodos los que tienen escritura

 

II

es por el rebaño

por el miedo a la pérdida

como emergen las cifras:

piedras inscritas ‒calculus‒

nudos hechos ‒quipús‒

La herencia del contar es la escritura

 

III

primero fue la marca, la seña,

la impronta vuelta muesca

el grafo hecho uno con la roca…

primero estuvo el cuerpo

el gesto que precede a la palabra

 

IV

pintar es colorear los rastros

buscarles una forma,

dejando atrás la garra

o el zarpazo,

pintar es prepararle una piel a la palabra

 

V

el ojo imita al mundo, busca las cosas,

teje una copia elaborada por la mano

crea filigranas, hunde pliegues,

el ojo y la mano le dan una topografía a la palabra

 

VI

las cosas y los signos:

equivalencias

las repeticiones infinitas

las series

Las cosas y los signos:

balbuceo de la palabra

 

VII

el oído cierra los ojos del escriba  

los signos escuchan

quieren copiar un ritmo:

lo infinito tiene una medida

El oído condensa la palabra

 

VIII

la mano es lenta

el pensamiento vuela

abreviar es acercar el tiempo

‒no hay vocales‒

la mano es lenta: hay escrituras

 

IX

las rectas dicen lo sagrado

las curvas van de la mano del humilde

en la recta, la escritura separa

en la curva, la escritura reúne

 

X

el poder precedido del agua

crea un río,

la oreja sumada a un dragón

gesta un sordo:

en la escritura china habita la metáfora

 

XI

de derecha a izquierda

o de izquierda a derecha

‒o como los bueyes: ¡bustrófedon! ‒

hacia abajo o hacia arriba

caminos y veredas: un sendero

Escribir es trazar y transitar un recorrido

 

XII

ansiedad del afuera

ruptura con todas las placentas

apetito de mundo…

el alfabeto alumbra:

la escritura es nuestro segundo nacimiento

 

XIII

del dibujo a la idea

de la idea al sonido

del sonido al silencio

Escritura:

irrupción de lo negro

entre espacios en blanco

 

(De mi libro Ese vuelo de palabras (antología poética), 2011, Bogotá: Kimpres, pp. 153-156).

Magisterio y discipulazgo en la mira de George Steiner

Lecciones de los maestros, George Steiner

Como una manera de celebrar el pasado día del maestro, he vuelto a leer el libro de George Steiner: Lecciones de los maestros (Siruela-Fondo de Cultura Económica: 2004). Lo interesante de esta obra, que está basada en las conferencias Eliot Norton impartidas por el autor en la Universidad de Harvard en el curso 2001-2002, es el análisis a esa compleja relación entre maestro y discípulo. Steiner, echando mano de ejemplos tomados del arte y, especialmente de la literatura, dibuja un cuadro –por momentos con visos históricos o filosóficos– de los no siempre felices vínculos entre un maestro y un aprendiz.

El libro está constituido por una introducción, seis capítulos y un epílogo. Además de una prosa rica en intertextos, hay profundas reflexione sobre este vínculo que por momentos bordea la admiración y en otros casos termina en el odio o la envidia más flagrante. El escritor y políglota judío pasa revista a diferentes facetas del rol del maestro, repasa su poder, se detiene en las particularidades de la seducción de enseñar y deja abiertas unas inquietudes sobre el valor o la importancia del maestro en una época como la nuestra en la que prima la irreverencia. Más que postular y defender una tesis a lo largo del libro, lo que hace Steiner es poner en alto relieve algunos problemas de la relación pedagógica, ilustrados con casos del mundo del arte, la ciencia, la filosofía o simbolizados en obras literarias.

El primer capítulo pasa revista a los orígenes de esa relación entre enseñanza y discipulazgo. Mediante los ejemplos de Empédocles, Pitágoras, Platón y Jesús, el autor entrevé una base oral de tal relación. Afirma que, a pesar del desprecio a los sofistas, fueron ellos lo que sentaron las bases de una “pedagogía sistemática”. Subraya, además, la importancia y el cuidado de la formación, ya que “enseñar con seriedad es poner las manos en lo que tiene de más vital un ser humano”. Todos los ejemplos mencionados ponen en evidencia que la relación del maestro con el alumno oscila entre la “confianza y la vulnerabilidad” y que, los casos por él relacionados, muestran que “la lealtad y la traición están estrechamente unidas”.

La segunda parte, siguiendo un hilo histórico, pone el acento de la relación maestro alumno en el entrecruzamiento de dos corrientes de larga trayectoria en Occidente: el cristianismo y el neoplatonismo. Se extiende en las particularidades de Plotino, Agustín, Dante y concluye con unas referencias a Fernando Pessoa. Lo que muestra este periplo por autores y obras es que desde la mayéutica socrática, pasando por los sermones agustinos, hasta el peregrinaje-aprendizaje cantado en la Divina Comedia, la relación de maestro y discípulo comporta aspectos no solo intelectuales, sino también estéticos y profundamente humanos.

El tercer capítulo, titulado “Magnificus” se enfoca inicialmente en Marlowe, Goethe y Valéry. El eje de la disertación está en las minucias entre aprendiz y maestro representadas en una obra como Fausto. Afirma Steiner: “Los brujos tienen aprendices, los maestros tienen discípulos y un ordinarius o profesor tendrá ayudantes”. Después, el autor analiza las tensiones de los vínculos entre Husserl y Heidegger, y entre Heidegger y Hannah Arendt. Como corolario, Steiner señala que existe un eros del discipulazgo, que lleva a que con facilidad en las relaciones entre un maestro y un aprendiz se pase de la absoluta admiración a la mayor antipatía.

El cuarto apartado, comienza en la Francia ilustrada y llega hasta el gran maestro Emile-Auguste Chartier, quien firmaba como “Alain”. La fuerza de este capítulo recae en el papel de los maestros para enseñar a pensar. Steiner recalca que enseñar es “despertar dudas en los alumnos, formar para la disconformidad”. Por supuesto, esto siempre comporta un riesgo: “enseñar sin un grave temor, sin una atribulada reverencia por los riesgos que comporta, es una frivolidad. Hacerlo sin considerar cuáles puedan ser las consecuencias individuales y sociales es ceguera”. Este capítulo concluye hablando de Nietzsche y de cómo “sólo un total aislamiento y soledad pueden generar un pensamiento de primera categoría”.

En capítulo siguiente está anclado en algunos maestros norteamericanos, pero en particular en la gran maestra de piano Nadia Boulanger, “la profesora más grande que ha habido desde Sócrates” y el entrenador Knute Rockne, creador de una escuela de entrenadores. Por las manos de la primera maestra pasaron Aaron Copland, Leonard Bernstein, Elliot Carter, y a todos ellos les interiorizó una consigna: “no os limitéis a hacerlo lo mejor que podáis. Hacedlo mejor de lo que podáis”. El caso de Rockne le sirve a Steiner para mostrar cómo la relación planteada por él, traspasa lo académico para entrar en zonas de lo familiar y lo personal de cada discípulo. Desde luego, al hacerse más íntima esa relación, mayores serán también los celos, las envidias y las irracionales pasiones humanas.

La última parte del libro comienza resaltando la especificidad de la relación pedagógica en el contexto de la tradición judía. Esa tradición, lo confiesa Steiner, es lo que ha preservado la identidad judía “incluso cuando las condiciones nacionales y materiales de la vida judía casi han sido aniquiladas”. Aquí sabemos del virtuosismo de la parábola del rabino Baal Shem y de sus discípulo Pinhas de Koretz. La segunda parte de este capítulo explora en el confucianismo chino y en las prácticas del zen. Steiner cierra su disertación deteniéndose en los seminarios de Popper y los conflictos con su antiguo discípulo Joseph Agassi.

En el epílogo, Steiner plantea el futuro de la relación maestro alumno, especialmente en una época de “astutos charlatanes” y culto a la celebridad. En esta sociedad “adicta a la envidia, a la denigración, a la nivelación por abajo”, el autor sigue creyendo positivamente en la vocación por enseñar, porque “despertar en otros seres humanos poderes y sueños que están allá de los nuestros” o “inducir a otros el amor por que nosotros amamos”, o “hacer de nuestro presente interior el futuro de ellos”, sigue siendo un oficio privilegiado.

El libro, como puede apreciarse en esta corta reseña, me parece una buena recomendación para los educadores y para los formadores de maestros; una obra para volver a reflexionar sobre la relación pedagógica tanto en sus bondades como en sus riesgos inminentes. Pero, también, el texto es un ejemplo de cómo imbricar el discurso propio de los filósofos y los historiadores con el conocimiento derivado de la narrativa, con ilustraciones precisas de novelas, poemas u obras de teatro. Steiner por momentos saca sus propias conclusiones pero sin un tono dogmático o perentorio. Es la prosa del ensayista maduro, que con una erudición no agobiante, nos invita a compartir sus lecturas, sus análisis incisivos y, desde luego, sus cuestionamientos.

La mano y el pensamiento

Ilustración de John Holcroft

Ilustración de John Holcroft.

La idea empieza a tomar forma. El pensamiento, rápido, escurridizo, le dice a la mano que vaya consignando su emerger de agua, su vaporosa forma evanescente. La mano quiere ir tan rápida como el pensamiento pero siempre va unos segundos atrás, a la zaga de los mandamientos de ese dios intangible.

Ahora la mano se detiene o quizá cese el pensamiento. Una y otro buscan una palabra o un enlace entre las ideas. Hay una zona de duda que el pensamiento usa para encontrar otras alternativas y la mano para dejar más claras las letras. Hasta ahora no hay tachones. Todo parece fluir sin obstáculos.

El pensamiento descubre una veta para profundizar en ella. La mano lo sigue. El filón es apenas una provocación o una incitación a adentrarse en un campo de interés o, al menos, que parece llamativo. La idea es sobre el mismo proceso de escribir y las peripecias para llevarlo a cabo. El pensamiento descubre que esa idea ya ha sido abordada por los estudiosos de la creatividad y reconoce en el motivo inicial o en el detonante de cualquier proceso creativo una multiplicidad de causas: la curiosidad, el recuerdo, las relaciones interpersonales, una emoción, un sentimiento, la imaginación. “¿Por qué empezamos a escribir?”, vuelve y se interroga el pensamiento. La mano quiere aportarle algunas respuestas pero se mantiene obediente en su tarea de amanuense responsable.

El pensamiento afirma que ese primer detonante, en este caso, es el juego. El juego con el lenguaje. La mano considera tal razón una posibilidad interesante, aunque hubiera preferido otras menos fáciles. El pensamiento se recrea en su propia materia germinante. Sabe que el lenguaje lo nutre y él, a su vez, amasa tal forma. Claro, esa convivencia se hace más fuerte en la medida en que se ejercita y pone en acto: en el acto de escribir.

La mano está atenta pero ha descubierto que el exceso de trabajo en el teclado del ordenador la ha vuelto perezosa para el dictado. Sin embargo, se obstina en no quedarse atrás. El pensamiento ha entendido esa voluntad o esa persistencia de la mano para seguirlo, y ha decidido quedarse como en blanco, para esperarla. Obvio, no es fácil para el pensamiento quedarse en blanco, hasta podría decirse que es imposible; pero aun así, ha hecho ese esfuerzo, como un gesto de cortesía o de simple consideración. La mano ha sentido tal gesto y ha expresado un “gracias”, sin decir nada.

El pensamiento después de unos segundos ha vuelto a su tarea de disparos y luces de palabras. “El motivo es sencillo: ver qué tanto puede sacarse de un tema lanzado al azar”. La mano le contesta, en silencio, que ya el escribir es una respuesta y, que al ir poniendo un signo detrás de otro, se va produciendo una línea de palabras tendiente a provocar un significado. El pensamiento afirma que el significado ya está predestinado; la mano replica que no: es al escribir como se va encontrando el mejor atuendo para el pensamiento. Que la idea necesita de la perfección de la mano; o que la idea no puede traspasarse al papel tal y como el pensamiento la crea o la imagina. El pensamiento alega que la mano no interviene en ese proceso; que ella apenas toma nota, que es una operaria, una oficiante servil. La mano siente que tal afirmación, además de ser ofensiva, no es justa con su tarea. Porque, murmura, ¿de quién son los tachones?, ¿y de quién las secretas modificaciones de un término cuando no es tan preciso? De ella, sin lugar a dudas. El pensamiento alcanza a escucharla y le dice que tales consideraciones no son ciertas: es él el que corrige y es él el que busca el mejor término para que armonice el sentido de una proposición. Lo que sucede, afirma, es que la mano es más lenta y no puede expresar “en directo” lo que acaece en sus dominios cerebrales. La mano insiste en que sin ella poco se sabría de todas esas “hermosas creaciones”; y que si no fuera por sus humildes aportes, buena parte de lo que el pensamiento idea o construye, sería menos que una sombra o una ráfaga de viento. Al pensamiento le parece que la mano está asumiendo un rol que no es el suyo. ¿No se escribe primero en la cabeza?, como dicen muchos expertos del escribir; al menos un ciego como Jorge Luis Borges, eso confesó en muchas ocasiones. La mano se queda en actitud de escucha y luego dice que sin las manos de la madre de Borges o las manos de sus secretarias, tal producción mental habría quedado en el olvido. “Se escribe también dictando”, afirma la mano con un tono lacónico. El pensamiento prefiere dejar las cosas así, es inútil explicarle a un ente físico cómo los entes inmateriales actúan. “Sí, sí, sin ti yo no tengo existencia”, le responde la mano, con un tono inconfundible de ironía.

La mano decide abandonar su tarea. El pensamiento se queda mirándola por largo tiempo. Ve los dedos y las uñas al final de cada dedo; percibe los nudillos y algunas manchas en la piel. La mano ha soltado el bolígrafo y se ha dedicado a hacer ejercicios de estiramiento con la otra mano. Las dos se han dado un fuerte estrechón de dedos. Después se han acariciado, como si estuvieran en un mutuo masaje. El pensamiento no ha dicho nada; se ha quedado como absorto. Enseguida, conocedor del sistema en que anda inmerso, toma la iniciativa y construye otra línea de pensamiento: “El inicio de escribir es múltiple pero el trato con las palabras es muy semejante”. La mano sabe que su amiga, la memoria, ha guardado esa confesión, pero conoce que no será por mucho tiempo. Más por solidaridad que por otra cosa, retoma el bolígrafo y consigna esa frase del déspota pensamiento. Acto seguido, mira la idea y empieza a corregir dos términos. “El pensamiento, por ser tan rápido, cae en las repeticiones, comete errores de incoherencia y muchas otras falencias”. El pensamiento acepta las críticas de la mano e intenta dictarle una nueva secuencia de ideas: “Las palabras son engañosas o mutantes, variables y esquivas”. La mano sabe que esta afirmación es totalmente válida, y tal afirmación la llena de motivos para seguir adelante. “La humilde mano es la que pule, la que desbasta, la que lima o quita las impurezas del pensamiento”. Luego, vuelve a revisar lo que ha consignado y cambia un término por otro. El pensamiento acepta tal ajuste pero se guarda para sí la razón mayor: él ha sido el que ha visto con anterioridad, cuando la mano escribía su pensamiento, ese nuevo término; y porque le ha parecido más preciso ha preferido modificarlo. La mano no lo sabe o parece ignorarlo.

De cacería en la Feria del libro

En cada visita a la Feria del libro de Bogotá busco, como un cazador esperanzado, libros álbum que por su historia o por la propuesta gráfica me parezcan innovadores, sugerentes o con amplias posibilidades formativas. Esta labor me obliga a estar alerta a las novedades editoriales pero también a escudriñar obras que habían permanecido escondidas o refundidas entre los mostradores de las editoriales.

Es común, entonces, que revise y observe varias veces lo que Kalandraka, Lóguez, Bárbara Fiore, Juventud, Ekaré, Fondo de Cultura Económica, Océano, Kókinos…, traigan o exhiban en sus estantes. Por supuesto, hago mi paseo consabido por Fundalectura y Babel, y con expectativa espero ver qué traen los países invitados. Estos múltiples recorridos arrojan casi siempre una buena cacería que luego, en mi casa, releo y detallo con sumo interés.

Como sé que varios lectores de este blog son maestros o padres de familia preocupados por animar a sus alumnos o sus hijos a la lectura, me ha parecido conveniente compartir parte de mis hallazgos. Reitero que aquí referencio una muestra de los libros álbum “abatidos” en esta versión 30 de la feria y, en una próxima oportunidad, daré cuenta de otros descubrimientos bibliográficos.

Una primera obra que he seleccionado es de Ediciones La Fragatina, titulada La vaca que leía libros (2016), con texto de Adélia Carvallo e ilustraciones de Till Charlier. Este es un libro álbum centrado en el gusto por la lectura y, especialmente, en el valor de mantener firme una pasión a pesar de los comentarios negativos de los demás.

La vaca que leía libros

“La vaca que leía libros” de Adélia Carvalho y Till Charlier.

El segundo libro elegido lleva como título Dos personas (2009), de la polaca Iwona Chmielewska, es editado por Océano. La obra es una magnífica propuesta tanto en el texto como en el trabajo gráfico. Su tesis, desarrollada a lo largo de las páginas es sencilla y contundente: “convivir con otra persona hace que la vida sea más fácil o más difícil”. Un texto de honda meditación sobre lo complejo de conformar una pareja.

Dos personas

“Dos personas” de Iwona Chmielewska.

Mi tercer hallazgo es de editorial Lóguez: Para siempre (2015) con texto de la pedagoga alemana Kai Lüftner e ilustrado por Katja Gehrmann. Esta es una delicada propuesta sobre la muerte de los seres queridos y de cómo, a pesar del tiempo, permanecen en nuestra memoria. La imagen y el texto dialogan creativamente sobre los “retrasados”; es decir, sobre aquellos “que han perdido a alguien para siempre”.

Para siempre

“Para siempre” de Kai Lüftner y Katja Gehrmann.

Un cuarto libro álbum, en el que prima la fuerza narrativa de la imagen sobre el poco texto, es Moletown. La ciudad de los topos (2015) del ilustrador alemán Torben Kuhlmann, publicado por Editorial Juventud. Kuhlmann toma como alegoría a los topos para presentar el ingente crecimiento de las ciudades y hace un llamado a la conciencia ecológica sobre nuestro planeta.

Moletown

“Moletown” de Torben Kuhlmann.

Mi última “presa bibliográfica” es el libro ganador del XVIII Concurso de álbum ilustrado A la orilla del viento (2015), del Fondo de Cultura Económica. Los ecuatorianos Roger Ycaza y María Fernanda Heredia son los autores de Los días raros. Tanto la ilustración como el texto crean una especie de atmósfera existencialista para mostrarnos esos días en que la angustia, la soledad o el aburrimiento pueblan nuestra vida. No obstante, es un texto con un final esperanzador.

Los días raros

“Los días raros” de Roger Ycaza y María Fernanda Heredia.

Miro y leo de nuevo estos libros álbum y confirmo que dichas obras no son únicamente para los más pequeños. Es un error suponer que son literatura menor o que están reservados para la enseñanza básica. Me reafirmo al degustarlos en otra cosa: la imagen tienes sus formas particulares de narrar y sirve de contrapunto, de amplificación o de metáfora a lo que los cortos textos comunican. Y los textos, han sido tan destilados, que guardan cierta semejanza con lo concentrado y preciso del lenguaje poético. En suma, una armoniosa conjugación expresiva para mover nuestras emociones y estimular el pensamiento.

Un diálogo con Roberto Innocenti

Roberto Innocenti

En una de mis recientes caminatas por la Feria Internacional del libro de Bogotá, la versión 30 para más señas, descubrí un libro titulado El cuento de vida, en el que se transcribe una larga conversación que tuvo Rossana Dedola con el ilustrador italiano Roberto Innocenti. El texto ha sido editado por Kalandraka en el 2016. Porque admiro la obra de este florentino, nacido en 1940, me interesó adquirirlo y, de un tirón, lo leí en unas cuantas horas. Como bien se sabe, Roberto Innocenti es uno de los grandes artistas gráficos contemporáneos, un autodidacta que ha ilustrado textos de Charles Dickens, de Charles Perrault, o de E.T.A. Hoffmann, y que ha interpretado de una manera muy especial obras clásicas como La CenicientaLas aventuras de Pinocho o ha elaborado un mundo personal en libros ilustrados como Rosa Blanca o El último refugio. Por su exquisita propuesta gráfica Innocenti ha recibido muchas distinciones, entre otras, el premio Hans Christian Andersen en el 2008.

Luego de terminar el libro he sentido la necesidad de compartir con los lectores de este blog algunas de esas ideas que, como dice el artista, “nacen en el baldío, pero enriquecen la vida desde la indiferencia de las cajas fuertes”. Sirvo de copista, entonces, al pensamiento de Roberto Innocenti y confío que tales ideas inciten a los lectores a conocer la detallada y meditada propuesta de sus libros ilustrados:

“Por desgracia, la guerra te marca, te deja huella para toda la vida. Un niño que se ve obligado a vivir en tiempo de guerra es un niño que crece de forma muy extraña porque normalmente, en la infancia, los niños quieren hacer otras cosas: juegos, entretenimientos, soldaditos y muñecos. La guerra niega la primera infancia y yo estaba rodeado de guerra por todas partes”.

“Una flor posada como recuerdo, como señal máxima de afecto, de dolor por una pérdida, son cosas que vienen de lejos y que todos conocemos. Una flor sobre la alambrada es simbolismo en estado puro, no necesita explicaciones ni traducciones en ninguna lengua del mundo”.

“A los niños les gusta el miedo, las tinieblas, el misterio, la oscuridad, el frío…, les gusta mucho que les cuenten estas cosas, e incluso el peligro, porque tienen la expectativa de una salvación que llegará al día siguiente”.

“La peculiaridad de los libros con referencias históricas o ambientales, casi siempre clásicos, es que el ilustrador tiene que hacer de escenógrafo, diseñador de vestuario, camarógrafo, y dibujar a los actores principales prestando atención a no confundirse de época, ni siquiera en los detalles. No puedes ponerle a uno un sombrero que ya no se usa. Por eso los clásicos exigen mucho tiempo y mucho esfuerzo”.

“Cuando ves las persianas de color verde desconchado, cuando ves la puerta de la cuadra descolorida, con la argolla de hierro, o cuando ves el pavimento de piedra desgastada por el uso, cuando ves todas esas cosas es que tienes la Toscana delante”.

Las aventuras de Pinocho Roberto Innocenti

De “Las aventuras de Pinocho”, obra de Roberto Innocenti.

“Últimamente me vengo preguntando por qué hice a este muñeco tan pequeño, tímido, vergonzoso, nunca en el centro como protagonista. Y entonces me doy cuenta de que yo también salí de la guerra, que me había privado de mi primera infancia de forma repentina, y también me había encontrado con la incertidumbre ante el porvenir. Probablemente mi comportamiento de entonces era semejante al de mi Pinocho: timidez, inseguridad, vergüenza, indecisión, además de ciertos miedos acumulados. Más allá del frío y de la luz de las velas, había una constante entre su situación y la mía: el hambre”.

“Al contrario que con las acuarelas tradicionales, las acrílicas no se deterioran con la luz, no temen al agua, pero exigen una paciencia infinita porque hay que extenderlas con veladuras, un trabajo lento y pesado y, por tanto, menos fresco y espontáneo que con la acuarela”.

“Y dado que ilustrar, en mi opinión, es un modo de relatar, concebir un libro original es como emprender un viaje sin seguir una ruta establecida”.

“Por mucho que los editores digan que hay que ser sencillo con los niños, he descubierto que los niños no tienen ese peso extra de tristezas, recuerdos, pensamientos, estrés…, todo eso que tenemos los adultos. Tienen la mente libre y, por tanto, abierta. Si les pones delante una cosa complicada, se divierten muchísimo desmontándola e intentando comprenderla. De modo que no es necesario simplificar. Una cosas es la simplicidad y otra la simplificación que se ha impuesto en el mundo entero”.

“Si tuviera que hacer El Cascanueces de nuevo, no sé si lo haría, porque me aburrió salvo en dos o tres escenas. Diría que el más importante, el que me convirtió en autor, fue Rosa Blanca, que ante todo rompió con un esquema: que para los niños solo se deban proponer libros con final feliz o con pretensiones educativas, pero jamás el tema de la muerte, de la guerra, de la violencia contra los indefensos, cosa que en Italia no se aceptaba”.

“A partir de una imagen se puede hacer una película, pues están todas las bases para desarrollar un relato. Lo importante es el lugar en donde se sitúa el objetivo de una imaginaria cámara, que después resulta ser el lugar en que el ilustrador sitúa la mirada del lector, como el espectador en el cine”.

“El final feliz se lo dejo amablemente a Disney. Mi propuesta es que los niños descubran en las ilustraciones la fealdad, la dejadez y la violencia y sospechen de todo cuanto consideramos normal, que les surjan dudas sobre el hecho de que todo deba ser tal como es y que la única felicidad posible sea la que nos promete la publicidad instalada en lo alto”.

“La imagen fija es la única que los niños y jóvenes, y también los adultos, observan y recuerdan, y también es la única que no molesta, que no entra en casa por medio de la televisión, la radio o la publicidad. Nos estamos acostumbrando a la ausencia de imágenes de belleza, de comunicación”.

¿Estrategia o táctica?

Ilustración de Michael Cheval

“Defensa troyana” del ilustrador Michael Cheval.

La estrategia no puede prescindir de la táctica, pero la táctica sin estrategia es un derroche ciego de actividad. Una y otra se necesitan; pero una y otra tienen características y finalidades diferentes. Si hay una buena estrategia, la táctica tendrá una clara ruta de acción; si se cuenta con una buena táctica, la estrategia tendrá un aval o una garantía para alcanzar sus fines. Si no hay una razonada y planeada estrategia toda táctica se convertirá en activismo sin norte, y si la estrategia descuida el aporte de las tácticas, todo quedará en ideales y sueños sin pie en la tierra.

Detengámonos, entonces, en esbozar algunas particularidades tanto  de la estrategia como de la táctica e intentemos señalar algunas distinciones para aclarar conceptualmente estos términos que hoy parecen refundirse o perder su significado.

La estrategia es un esfuerzo reflexivo, analítico, en el que son fundamentales la planeación y la previsión. La táctica, en cambio, se orienta a resolver, con astucia y perspicacia, las situaciones inmediatas o aquellas otras que demandan una respuesta rápida a las coyunturas o escollos del camino. La táctica, en este sentido, responde a lo imprevisto.

La estrategia enfoca sus esfuerzos a organizar los tiempos de amplia duración. Sus metas son de gran alcance; sus objetivos son a mediano y largo plazo. La táctica, por el contrario, se centra en atender los tiempos cortos, la secuencia de acciones propias del presente o del tiempo vigente.

La estrategia diseña, organiza, combina diversos elementos. Su verdadero ingenio radica en sopesar, aquilatar, valorar el alcance o la tasa de algunas variables como son el espacio, los recursos, los útiles o herramientas, los tiempos, las personas. La táctica, de manera diferente, se mueve más en saber responder a la observación inmediata, a la fuerza, al ejercicio, a las rutinas y a las actividades de todo tipo. La táctica da gran relevancia a la recursividad, a la experiencia adquirida para salir avante de una situación específica.

La estrategia requiere mucha imaginación. Es una actividad fuerte de previsión, de visualización de escenarios. La estrategia demanda creatividad, innovación y capacidad de ruptura con los modelos vigentes. La estrategia genuina inventa, modela lo imprevisto. La táctica, por contraste, se afianza en lo ya sabido. El táctico confía profundamente en los resultados del entrenamiento y en las técnicas validadas y conocidas.

La estrategia no aspira a alcanzar sus fines de manera inmediata; por eso, concibe fases, etapas, ciclos, momentos. Parcela las metas, divide las finalidades, y atiende a las demandas de los contextos. La táctica, en contravía, se mueve por los resultados más inmediatos; anhela que las soluciones sean apreciadas en el presente. Su efectividad o su eficacia reposan en mostrar un efecto instantáneo o, por lo menos, en el ahora.

La estrategia es cálculo, apuesta, organización consciente. La táctica, en contravía, es pura ejecución, es dominio del útil, es técnica suprema. Y si la estrategia presupone, presupuesta y organiza, la táctica es hábil en ejecutar operaciones, elegir métodos idóneos, saber reaccionar según la situación. La primera se gesta en la cabeza del estratega; la segunda, se desarrolla en el cuerpo a cuerpo, en el terreno concreto.

Sinteticemos: la estrategia implica concepción, organización, supervisión y evaluación. La táctica revisiones y constataciones, y un control permanente. El estratega exalta los proyectos, los planes, las maquinaciones y las propuestas; el táctico prefiere afinar las destrezas, tener dominio de los instrumentos, sacar el mayor rendimiento de sus capacidades y habilidades. La estrategia tiene mirada de ave; la táctica, el ojo fijo del guepardo. La primera percibe la complejidad del plano, del mapa; la segunda, conoce muy bien las meticulosidades del territorio.

Como puede observarse, la estrategia necesita de la táctica para llevar a cabo sus propósitos, mientras que la táctica reclama de la estrategia orientación. El estratega sabe que con buenas tácticas lo diseñado será ejecutado; el táctico reconoce que sin una buena estrategia mucha de su experticia quedará a la deriva o sin ninguna dirección. La estrategia le exige a la práctica resultados; la táctica le pide a la estrategia intencionalidades.

La Historia Sagrada

Ilustración de Arnold Friberg para Los diez mandamientos de Cecil B. DeMille

Ilustración de Arnold Friberg para “Los diez mandamientos” de Cecil B. DeMille.

                                                                                                                                                     
“Como historiador, estoy habituado a descifrar;
pero ahora debo adivinar: ésta es la diferencia
entre la aproximación racional y la luminosa”.
Ernst Jünger

 

Samuel: En estos días, por fin conseguí el manual de Historia Sagrada con ilustraciones de Doré. A propósito, ¿a ustedes les enseñaron Historia Sagrada?

Ivonne: A mí no, yo tuve una clase de religión distinta, como más abstracta.

Gloria: Yo la aprendí, pero no en el colegio, sino a través de los comentarios que hacían mis padres…

Samuel: A mí me parece que los que no tuvieron la posibilidad de aprender Historia Sagrada se perdieron de una historia numinosa, de comprender un tiempo simbólico, de acceder a otro tipo de calendario.

Ivonne: Yo no creo que la Historia Sagrada difiera de la historia profana. Ambas giran en torno a los héroes.

Augusto: Claro que hay diferencia, como también son distintos el Antiguo y el Nuevo testamento. Para mí Jesús, por ejemplo, es un hombre absolutamente histórico. El arca de Noé, la torre de Babel, los muros de Jericó son, en cambio, encarnación de un imaginario colectivo, la historia de la eternidad.

Samuel: Por supuesto. El deseo de acomodar de alguna manera el Jesús histórico al cumplimiento de una promesa, dividió las escrituras, dividió los evangelios, sin ir más lejos, en válidos y apócrifos.

Augusto: Y esta acomodación, restringió la multiplicidad de interpretaciones propias del símbolo a una lectura: la propia de un dogma.

Samuel: Supongo que este proceso de selección ha sido inherente a muchas religiones en la medida en que, queriendo renunciar a ciertas explicaciones casi mágicas, optaron por plegarse a la fe del documento, a la autoridad de ciertos textos.

Augusto: La oralidad hubiera conservado esa multiplicidad, y, lo que es más importante, hubiera permitido unos márgenes de error, de “secretas correcciones”, como diría Borges.

Samuel: Quizá por eso perdimos la memoria, quizá por eso perdimos la Historia Sagrada.

Ivonne: Sea como fuere, detrás de la Historia Sagrada existe una poderosa manipulación ideológica. Prístina alienación.

Samuel: Yo haría una diferencia entre las “alienaciones” provenientes de las ideologías y las otras, las que proceden del símbolo.

Ivonne: En últimas viene a ser igual. La Historia Sagrada, me cuentan, se aprendía de memoria como un catecismo; no admitía discusión.

Samuel: No estoy de acuerdo. Más que la doctrina, lo que pervive en mí son las grandes imágenes: la escala de Jacob, la creación del mundo, el carro de Elías.

Augusto: … la historia de la zarza ardiente. Y la figura del anciano de larga barba y un ojo dentro de un triángulo.

Gloria: Bueno, pero según lo dicho hasta ahora, la Historia Sagrada que ustedes cuentan, no se diferencia mucho de cualquier otra mitología.

Samuel: Por supuesto. Pero ese es un resultado posterior. Cuando uno compara las religiones encuentra analogías entre el árbol de bien y del mal hebreo con el árbol Yggdrasil de los germanos y el árbol-puente de algunos indígenas del Amazonas. Sin embargo, lo importante es que la Historia Sagrada plantea otra lógica. Y, al menos para mí, representa un punto de partida, un fermento para la ensoñación, para la literatura.

Augusto: Ejemplos sobran. La famosa novela de Thomas Mann, José y sus hermanos, La Divina Comedia, Cien años de soledad, y poemas y poetas… Rilke, Eliot.

Samuel: Ahí empieza una escisión entre los que tuvimos acceso a este tipo de historia y, los otros, los que no pudieron leer las Cien lecciones de Historia Sagrada.

Ivonne: No creo que sea así. Me parece que, muy por el contrario, nosotros tenemos la ventaja sobre ustedes de ver en aquellas historias, la fábula, el cuento.

Samuel: Quién sabe… A lo mejor, esa ventaja ha traído consigo la anulación de la zona del misterio.

Ivonne: No, yo prefiero la otra historia, la profana. Hombres y mujeres enfrentados a sus propias necesidades.

Samuel: Todo es un problema de mirada. Lo que es hoy es cercano y tan familiar mañana nos parece extraño por lo distante. “Todo en lo distante se vuelve poesía”, escribía Novalis.

Augusto: Además, cómo vamos a negar el papel selectivo de la historia profana. Excepcional, claro, por ser una historia de los triunfadores. En cambio, se me ocurre, la Historia Sagrada es más tribal. Si hay un individuo que se destaca es sólo como conductor, como guía. Los héroes de la Historia Sagrada están anclados en la ética, en las “mores”. En cambio, los de la historia profana responden a la ambición, al odio o la barbarie.

Ivonne: Siendo así, por qué no fomentar entonces la enseñanza de otra Historia Sagrada, más nuestra. ¿Qué tenemos que ver nosotros con una historia de pastores y de climas desérticos?

Samuel: No hay que olvidar que los símbolos aspiran a lo universal, el lenguaje del símbolo se propone ser “la palabra”. Bien podría enseñarse cualquier otra Historia Sagrada, pero no como mero ejercicio de “historia de las religiones”. La Historia Sagrada sin fe, sin apuesta vital, no deja de ser mero cuento fantástico. Fe es compromiso, responsabilidad.

Ivonne: Y ahí volvemos al punto. Hay que creer porque si no se nos vienen encima las culpas, los castigos…

Samuel: No. Hay que apostar a una ética, hay que aceptar ciertos límites, debemos sacralizar algunos lugares: establecer nuestras zonas sagradas.

Augusto: Sin lugar a dudas. Este miedo a comprometernos nos ha hecho desembocar en la falsa idea de que todo vale igual. Y aún más, nos ha llevado a no ver sagrada la vida, a no sentir como sagrada la propia casa; no hay ningún espacio tabú. A tal punto hemos desacralizado el entorno que, en ese propósito, hemos perdido la intimidad.

Gloria: ¿O sea que la Historia Sagrada le permitiría al hombre un mayor conocimiento de sí mismo?

Samuel: Sí, o como diría Georges Bataille, una verdadera “experiencia interior”.

Ivonne: Y también un espacio para el misticismo.

Samuel: Sí, y aunque parezca extraño, misticismo no es superstición sino concentración de interioridad.

Augusto: Ese era el sentido de la leyenda. Y este ejercicio sobre la propia consciencia casi siempre es una labor de iniciación, de aprendizaje de maestro a iniciado. En esa leyenda la oralidad implicaba la presencia de un maestro: en lugar de una fría enseñanza, nuestros antepasados entregaban una forma viva de comprender, de participar o negar. No sólo se transmitía un saber, sino un valor. Esto se ha perdido con nuestra devoción por lo escrito.

Gloria: Entonces, según eso, la Historia Sagrada estaría muy cercana al ejemplo, a un tipo de enseñanza, no conceptual sino vivencial.

Samuel: Evidentemente. La Historia Sagrada es una certeza de padre. Una forma de comprender, interpretar y recrear la tradición, una labor de iniciación. Palabras más, palabras menos, una manera de ser libre. Recuerdo a Alex Haley cuando decía que un hombre que no sabe de dónde viene tampoco sabe qué debe soñar.

Gloria: Entonces, bien miradas las cosas, la historia de una vida, de cada vida individual, es siempre una Historia Sagrada.

Samuel: Y, en esa medida, inalienable. Sería la Historia Sagrada que la historia profana no relata, so pena de convertirse en literatura.

El párrafo de cierre en un ensayo

Remate

El último párrafo de un ensayo requiere al elaborarlo, por decirlo así, el mismo cuidado del primero. Es un párrafo para acabar de persuadir al lector de nuestra tesis, para cerrar de manera contundente lo que hemos venido desarrollando a lo largo de nuestro escrito. Así que, conocer las características del último párrafo y disponer de alternativas para construirlo demanda algunas consideraciones.

Si bien algunos estudiosos del género ensayístico hablan de que en el último párrafo se hace un resumen de lo ya dicho, considero que esa opción no es la mejor. En principio, porque no estamos elaborando un texto expositivo y, en segunda medida, porque se pierde la oportunidad de usar un espacio para continuar la persuasión de nuestra tesis. Lo más aconsejable, entonces, es intentar otras posibilidades.

Lo básico es entender que el último párrafo no puede estar desligado de la tesis planteada. Resulta común fracasar en este momento, porque se olvida la médula de nuestro razonamiento o se toma una vía ajena a la columna vertebral de la argumentación. Por lo mismo, elaborar el último párrafo es una especie de refrendación de la tesis anunciada al comienzo del escrito. Es la confirmación de la apuesta inicial del ensayista.

En ciertas ocasiones, el último párrafo retoma algo ya dicho pero para ponerlo en otra dimensión, para ver otra perspectiva, para advertir de otras consecuencias. El último párrafo, así entendido, amplía o profundiza un aspecto o una vertiente de las ya argumentadas en otros párrafos. Obvio: no se trata de repetir los argumentos, sino de señalar otro paisaje tan valioso como los ya analizados.

Una alternativa diferente para elaborar el último párrafo consiste en retomar la tesis expuesta pero para conectarla con una tesis futura, con otra temática por desarrollar. Aquí lo valioso es mostrarle al lector la importancia de profundizar en temas contiguos o análogos; o en otras variantes a lo que en el ensayo se ha argumentado. En este sentido, un cierre de este tipo muestra filiaciones de motivos, intuye caminos, prevé otros ensayos por hacer.

Puede servir también en el último párrafo echar mano de alguna cita que tiene la particularidad de decir en pocas palabras lo esencial de nuestra tesis. Pero no se trata acá de desarrollar o analizar la cita en cuestión, como si fuera un argumento de autoridad clásico, sino de ponerla como una rúbrica o una consigna memorable. Lo que se busca con ello es apelar a una sentencia tan irrebatible y concluyente como para que adquiera en nuestro ensayo el tono solemne de una “última palabra”. Lo esencial, en este caso, es lograr producir un efecto contundente en el lector.

Es frecuente también dejar para el final, después de unas cortas reflexiones, formular una pregunta o enunciar un interrogante. Si así se procede, hay que intentar que dicha pregunta realmente aporte a la línea argumental trazada en el ensayo. De nada sirve este recurso retórico, si el cuestionamiento está desvertebrado de la tesis del ensayo o si se lanza la inquietud hacia un cielo indeterminado. Tampoco parece acertado, llenar el último párrafo con una serie de preguntas que dan la sensación de que el escritor ha quedado corto en la argumentación presentada.

En todo caso, utilizando una u otra alternativa, cuando estemos redactando el último párrafo debemos tener presente que no podemos perder la fuerza de la argumentación que traíamos o considerar esta parte como algo secundario. El último párrafo tiene mucho de “cierre de venta”, de “clímax”, de desenlace o remate. En ese párrafo nos jugamos el último recurso de nuestra argumentación, con ese párrafo esperamos dar la “estocada final” para convencer al lector de nuestra tesis.

Un ensayo párrafo por párrafo

Velero paso a paso

Son muchas las horas y los esfuerzos de los docentes de distintos niveles educativos calificando los ensayos escritos por sus estudiantes. Y es todavía más dispendioso este trabajo si los profesores no tienen una didáctica clara sobre cómo construir este tipo de textos. Es decir, si confían en la suerte de los temas libres y en unas someras recomendaciones dichas de afán, hacia el final de la clase. Precisamente, por ello, es que he venido proponiendo elaborar ensayos en una página, en los que cada uno de los cuatro párrafos tenga un objetivo determinado.

El haber concentrado la extensión del escrito, al menos para empezar a escribir esta tipología textual, comporta dos ventajas: la primera de ellas, es que obliga al educador a enseñar a escribir; no sólo a mandar a hacer las tareas. Cuando el campo de trabajo está circunscrito a una actividad focalizada se hace más visible la enseñanza y, por supuesto, la parcela de aprendizaje. El otro beneficio de proceder así está vinculado con la evaluación de la escritura; si se revisa con cuidado una página, y más concretamente un párrafo, la retroalimentación será más precisa, más llena de sentido y con altas posibilidades de que haya un aprendizaje concreto.

Piénsese no más en la importancia de explicar bien el primer párrafo de un ensayo. Sabemos que en él, por lo general, se presenta la tesis. Esto nos obliga a los maestros a explicar bien en qué consiste la tesis, en ayudarles a los aprendices a que distingan tema de tesis y a que se obliguen a “rumiar” o “meditar” bien el tema antes de lanzarse a redactar. Tan importante es el primer párrafo que, dependiendo de su consideración y factura, así será la suerte positiva o negativa del resto del ensayo. Tal vez por la premura con que se pone la tarea, se dejan de lado estas cosas o se dan por hecho, suponiendo falsamente que eso ya lo conoce el estudiante.

Sucede también que en muchas ocasiones, por no conocer bien de qué se trata una tesis y cómo guarda relación con el resto de los párrafos, el estudiante pone en el primer párrafo cualquier cosa y luego no sabe dónde o cómo argumentarla. Entonces, cuando se redacta la tesis el aprendiz de ensayista debe haber previsto o revisado alguna bibliografía que le pueda servir de ayuda o soporte, vislumbrar algunos ejemplos, establecer algunas relaciones con otras realidades o situaciones y tener bastante “caldeado” el tema en cuestión. Para decirlo de otra manera: a la tesis se va llegando a partir de la manipulación del tema, del trasegar un asunto. Además, hay que estar dispuestos a arriesgar cierta originalidad o, al menos, una novedad en la forma de presentar la tesis.

De otra parte, corregir un ensayo párrafo por párrafo garantiza que el aprendiz vea en detalle lo que revisado de manera general no observa o le parece secundario. La corrección puntual obliga a la enmienda específica. Por lo demás, al proceder así, he ido descubriendo que no se puede aprender todo a la vez; es necesario enseñar discriminando cada logro: empezar con la presentación de la tesis, luego mostrarle al estudiante que hay una falla en determinado signo de puntuación (tampoco se aprenden todos los usos de estos signos a la vez), enseguida centrar el interés en los conectores lógicos. Y las diversas versiones que se hacen, a partir de una corrección, son en verdad el verdadero aprendizaje de escribir. Desde luego, esto demanda un mayor compromiso del docente pero es más efectivo desde el punto de vista del aprendizaje.

He notado, por lo demás, que al ser la escritura una labor artesanal, resulta conveniente ver en un “texto-cultivo pequeño” cómo es que entra a jugar la elección o cambio de la sintaxis, la selección o precisión de un término, la pertinencia de uno u otro conector, la ganancia o pérdida de comprensión al poner en un sitio u otro un signo de puntuación. Al tomar el párrafo como unidad de referencia es más legible un acierto o un flagrante error. En consecuencia, el uso didáctico de esta lupa le da al estudiante un mejor panorama de lo que redacta sin pensar muy bien y de los juegos de lenguaje en que entra cuando utiliza determinado término.

Concluyamos diciendo que escribir un ensayo en cuatro párrafos parece, a simple vista, una tarea sencilla. Pero si se hace de manera intencionada, explicando qué y cómo se confecciona un párrafo, si se comprende bien el uso particular de argumentos específicos o se presta todo el valor a la cohesión y la coherencia entre las ideas, pues resultará un ejercicio de gran complejidad. Si así se trabaja la redacción de ensayos, el aprendizaje para los estudiantes tendrá raíces profundas y la labor correctiva de los maestros recuperará su sentido formativo.

 

Ya no estaba ahí

EL lobo en su montaña

“El Lobo” de vuelta a su montaña.

Para Penélope

Cuando “El Hijo” entró a la funeraria y se dirigió hasta el fondo del salón, al mirar por la ventana de una sola vía del ataúd, notó que “El Lobo” ya no estaba ahí. Apenas quedaba el cuerpo exánime, mal maquillado y vestido con una camisa color curuba. Se apartó rápido del féretro y buscó la salida del local. Él y su mujer eran los únicos asistentes a esas horas. Recién acababan de pasar las nueve de la mañana y la neblina seguía durmiendo, perezosa, aferrada a las casas y las calles de San Juan.

Volvió a mirar hacia el fondo de la funeraria y observó que las tres coronas estaban puestas sin ninguna decoración. Pero tal hecho no lo molestó. Quizá porque allí, en ese salón, no estaba “El Lobo”, y no quedaba sino el dueño o el administrador del local que, haciendo caso omiso de la presencia de los visitantes, atendía a otro cliente sentado al frente de un escritorio metálico.

“Casi siempre la imagen de los seres vivos, especialmente cuando nos son queridos, corresponde a la que observamos en los ataúdes”, pensó “El Hijo” a la par que le daba un abrazo a su mujer. Pero en el caso de “El Lobo”, el rostro era totalmente otro,  estaba vaciado de él, hueco por dentro. Quizá por eso no tuvo necesidad de llorar; porque si bien había ido a darle el último adiós a ese hombre, lo cierto era que tal misión había quedado trunca. Porque “El Lobo” ya no estaba allí; se había escapado quizá la noche anterior de la funeraria “Máxima”.

“El Hijo” recordó que esa funeraria quedaba diagonal a donde “El Lobo” iba a conseguir la carne el día domingo. Él mismo lo había acompañado muchas veces a comprar el hueso y el chicharrón “que tanto le gustaba”, y a saludar a Luis Puentes, un señor gordo que tenía las mismas facciones de otro tío fallecido años atrás. Aunque eso no debería extrañarle, puesto que en un pueblo pequeño todas las tiendas y todas las personas terminan conociéndose.

Las lágrimas no acudían a sus ojos. Tal vez porque ya habían salido en abundancia el día anterior al leerle a su madre un pequeño texto en homenaje al hombre fallecido. En todo caso, imaginó que “El Lobo” se había fugado a escondidas a tomar la flota de la rápido Tolima, de afán, como le gustaba andar a él, ya con dos bultos amarrados con una cabuya en los que seguían frescas las cebollas, los tomates, las zanahorias, además de unas panelas, varias libras de café y chocolate, un pan oloroso, las libras de carne y una mantecada que había comprado donde “Chelo”, en la heladería más importante del pueblo.

“El Hijo” alcanzó a ver a “El Lobo”, o imaginó que el bus tricolor ya estaba pasando por el lado del monumento de la virgen y seguía hacia arriba en busca de La Rioja, escalando con sus pies de caucho las montañas de San Juan. Eso supuso “El Hijo” mientras  encontraba en el celular el teléfono de Biatica, a quien deseaba darle un abrazo solidario. El abrazo de la condolencia.

La mujer estaba muy afónica. Quizá “El Lobo” se había llevado con él su voz, sus palabras de más de 65 años de convivencia. Una hermana de Biatica habló por ella y le dijo dónde se encontraban. Hubo una confusión con la dirección, pero fue la memoria infantil de “El Hijo” la que lo condujo hasta donde estaba la esposa de “El Lobo”.

Una sobrina de Biatica salió a recibirlos. Luego del ritual del reencuentro, de los saludos al grupo numeroso de familiares que estaban desayunando, “El Hijo” halló a Biatica y se confundieron en un abrazo de recuerdos comunes, de afectos incansables, de navidades y vacaciones pasadas. Todo eso se juntó en aquel abrazo. Por eso fue tan largo, porque uno no puede en tan pocos segundos hacer confluir la historia compartida de tantos años.

“El Hijo” notó que Biatica se aferraba a él con el gesto de los niños pequeños, con esa angustia propia de los que sienten que pueden perderse en una gran ciudad. Después siguió el abrazo de la mujer con su esposa. Y también fue intenso, prolongado. “El Hijo” vio que las lágrimas de Biatica se habían aposentado. El dolor estaba inmóvil, como los ojos de agua que aparecen en los potreros de Caracolí. Impulsivamente le acarició el cabello cano y trató con la mirada de ofrecerle valentía para lo que vendría más tarde, a las dos, cuando estaba programado el entierro.

En el momento en que “El Hijo” y su esposa dejaban la pequeña casa, “El Lobo” ya estaba pasando por la Vuelta del diablo y observaba por la ventanilla del bus el sinuoso río Magdalena, abajo, en el plan del Tolima. Esa planicie verde que tanto amaba y de la cual había venido su padre, el patriarca que abrió las montañas de Capira. “El Lobo” vio a todos los habitantes de Armero, divisó las calles con vendedores de frutas, y los árboles florecidos. “Su Armero del alma”, el Armero de su juventud. El pito de la flota lo volvió a concentrar en varias reses que pastaban al lado izquierdo de la carretera.

Momentos atrás, todavía en el pueblo, “El Hijo” se encontró con una de las antiguas habitantes de La Laguna, la señora Rosalba; ella lo reconoció y le preguntó por la familia. Cruzaron unas cortas palabras y prometieron verse luego en la funeraria. “El Hijo” y su mujer, después del corto encuentro, buscaron al conductor del expreso que habían contratado ese domingo de marzo. Pasaron algunos minutos hasta que el hombre apareció con la disculpa de que venía de la iglesia de rezar por el difunto.

Una llovizna ligera hizo que las tres personas entraran al automóvil. Apenas llevaban una hora en aquel lugar. Tomaron la salida hacia Pulí, doblaron a la derecha, pasaron por la iglesia donde los padres de “El Hijo” se habían casado, y giraron hacia la salida del pueblo. A “El Hijo” le seguía rondando en la cabeza la imagen de las tres coronas y el féretro solitario en aquel local desprovisto de compasión y respeto por los muertos.

Más adelante, “El Hijo” se percató de otro vehículo en el que iban unos familiares a cumplir con el sagrado deber de acompañar al difunto. Prefirió decirle al conductor que siguiera de largo, como de largo iba el bus en que se desplazaba “El Lobo”. Él estaba pasando por El Prado y veía sentados, en una banca, a varios jornaleros conocidos: Urbano, Ramón, Mario, Don Alipio… Se sorprendió de ver a los coterráneos despedirse de él, con las manos arriba, moviéndolas como si fueran las alas desplegadas de una paloma.

Horas después, cuando la funeraria se llenó de familiares, de curiosos, de dolientes y conocidos, cuando Biatica tomó asiento en los sillones del local y se empezó a rezar el rosario, “El Lobo” ya le había dicho al conductor del bus que lo dejara en El Piñal. La flota se orilló para que bajara el pasajero. Varios ojos, muchos ojos, vieron descender a “El Lobo” e ir a reclamar hacia atrás, en el baúl, los dos costales con el mercado. Tomó uno de ellos en cada mano y se abrió paso entre mulas y caballos, entre risas de paisanos y música popular. Llegó hasta una bodega contigua a la tienda y se encontró con la sonrisa de su hermano, Antonio. Allí abrió uno de los costales y sacó su contenido. Después, usando el poncho como protección, se echó uno de los bultos al hombro y, con la otra mano, levantó dos talegas de tela decoradas con rayas azules. Sin decir nada, por algo lo llamaban “El Lobo”, cruzó el vestíbulo de la tienda y empezó a caminar rumbo hacia la casa de sus ancestros. Aunque pareciera extraño, “El Lobo” no sentía el peso de aquella carga; todo le parecía muy leve. Ni tan siquiera las hojas del pasto yaraguá rozaban su brazos.

En la funeraria el rezo se propagaba por toda la calle. Pero era una oración no para el muerto, sino por los asistentes; una especie de duelo rítmico para aceptar la ausencia definitiva. Y aunque la hermana y las sobrinas, la esposa y los otros familiares, aunque todos los que lo conocieron juraban que el difunto estaba escuchándolos, la verdad era que “El Lobo” ya iba llegando a la segunda puerta de golpe de la Laguna y había atravesado, de un salto, El Desagüe. Los perros de los Guzmanes lo reconocieron y le ladraban con una insistencia inusitada.

Antes del mediodía, el automóvil con “El Hijo” y su mujer llegaron a Vianí. Para hacerle un homenaje al hombre muerto, “El Hijo” decidió hacer un pequeño mercado: un gajo de popochos, esos plátanos pequeñitos de sabor único; una docena de guayabas que olían igual a aquellas otras de su niñez; un racimo de plátanos rebosantes de amarillo como los que su padre traía de La Guásima; varios aguacates, una cuajada, y unas libras de tocino “bien carnudo”, como el que colgaba Luis Puentes, allá en esa fama  pequeña de San Juan. Todo eso se fue guardando en el baúl del automóvil plateado. Enseguida, se dirigieron a un pequeño local y pidieron unas tazas de aguadepanela con queso y almójabana. A pesar de que las tres personas conversaban de otras cosas, “El Hijo” seguía recordando el vacío salón de la funeraria. Terminado el refrigerio el vehículo tomó la vía hacia Bogotá.

Más tarde, en la iglesia de San Juan, cuando el sacerdote dijo una homilía sin mayores esfuerzos, todos los feligreses se condolieron naturalmente por el muerto. Los únicos que notaron algo extraño fueron Domingo y David, Don Manuel y Nélson, quienes sacaban en vilo el ataúd. Les llamó la atención que el féretro no pesara tanto, pero lo achacaron a que el difunto por esa enfermedad ya estaba muy flaquito y había perdido la corpulencia de antes. Pero no era cierto, porque “El Lobo” ya había llegado a la cima de otra montaña y acababa de escuchar las voces de la señora Josefina y su hijo Serafín. A “El Lobo” le pareció que estas personas también lo saludaban o se despedían. En todo caso, al mirar al fondo la extensa montaña de Lomalarga y percibir cómo el aire le entraba a los pulmones, tuvo la sensación de que era muy liviano, de que flotaba en el aire. Rápido empezó a descender y de una carrera llegó a un alto y pudo divisar la casa de Don Manuel y más abajo la de Custodio, y aún más en la hondonada, llegando a la quebrada de Aguas Claras, el rancho de Guillermo. De todas las casas subía el humo y se escuchaba el canto de los gallos y el gorgoteo de los piscos. Luego miró hacia el norte y percibió las tejas de zinc de la casa esperada. El ladrido de los perros era inconfundible: “Peter”, “Barcino”, “Tarzán”… lo estaban reclamando.

A esa misma hora “El Hijo” y su mujer también llegaban a su casa. La madre de él salió a recibirlos y a preguntar con detalles cómo les había ido. La mujer de “El Hijo” fue la que reconstruyó los pormenores de aquella visita relámpago. “El Hijo” empezó a desempacar los sabores y los recuerdos de esa tierra. Por un momento se vio repitiendo el gesto de “El Lobo” sacando las piñas y los plátanos, las yucas y las naranjas, el pollo “compuesto” y las arepas de maíz pelado envueltas en hojas de plátano soasado, cuando venía a visitarlos hacía mucho tiempo en el barrio Ricaurte. Desocupadas todas las bolsas, sentados en el comedor, las tres personas comenzaron a almorzar. “El Hijo” no dejaba de pensar en lo poco familiar que le había resultado la cara del difunto.

Hacía las tres de la tarde los familiares y dolientes salieron de la iglesia y empezaron la romería hacia el cementerio; la fila de vehículos iba detrás del carro mortuorio. En el preciso instante en que el sacerdote pronunció las últimas palabras, antes de depositar el cadáver en la sepultura, en ese momento, cuando arreciaban las lágrimas y las voces de aliento querían salvaguardar a la viuda de esa pena, justo en esos segundos “El Lobo” llegaba a la casa blanca de puertas naranjas y era recibido por una comitiva de manos y abrazos. Una de sus hermanas, Purificación, le recibió las bolsas, y su madre, la vieja Ñoa, le ofreció una totumada de limonada fresca. Se sorprendió de que estuvieran allí otros de sus hermanos, Isarel y Lucila. Pero lo que le produjo mayor alegría fue ver a Saúl, el que se había matado, acercarle una banqueta para que descansara de tan larga travesía.

Por eso lo que sepultaron en el cementerio de San Juan, donde las cruces son azules y blancas, no fue al auténtico “El Lobo”. No. La gente que salió de aquel lugar, siempre resguardo por la neblina, no supo, como tampoco Beatica, que lo que quedó resguardado en ese hoyo en la tierra no fue él. Apenas era su cáscara, el bagazo sin jugo, porque “El Lobo” verdadero ya estaba sentado hacía tiempo en otro sitio, y conversaba animadamente con su hijo reencontrado.