El aforismo logra su máxima extensión, contrayéndose.

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El aforista comparte la mirada del botánico; no sólo se detiene en el haz de la hoja, sino que especialmente inspecciona su envés.

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Una de las mejores escenografías para la actuación del aforismo es el contraste.

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El almotacén de los moros de Marruecos se asemeja al aforista: su actividad es someter a prueba algo para comprobar su valor, su exactitud o su pureza.

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La mano del aforista debe tener el mismo tino de la del cirujano: un desliz –una imprecisión en una palabra– puede arruinar la operación.

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Al aforista le gustan las comparaciones, pero sólo para descubrir relaciones insospechadas, insólitas o inobservables: “Las ausencias disminuyen las pasiones mediocres y acrecientan las grandes, como el viento apaga las candelas y atiza las hogueras” (La Rochefoucauld).

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El haiku es la poesía del aforismo.

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El aforista es un amante de los contrastes: es decir, va en contra de lo que está en pie, de lo que se presenta como firme o inmóvil.

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Gusta a los aforistas usar su ingenio para descubrir contradicciones, sentidos contrarios o inversos: “La gente que nunca tiene tiempo es la que menos cosas hace” (Lichtenberg).

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Un método fértil como piensa el aforista es disociando las ideas: separa lo que está unido, desune los componentes de lo obvio o incuestionable. El aforista es un secesionista, alguien que aparta una oveja del rebaño.

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Para el aforista un tema es, de por sí, un campo de concentración.

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El aforista es un geómetra: su tarea es circunscribir una cosa a ciertos límites o términos precisos.

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Los símiles son tierra fértil para el aforista, pero dicho terreno merece abonarse con disimilitudes: “Las estrellas son como ojos pequeños que no se acostumbran a la oscuridad” (Jules Renard).

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Los contrastes presentados por el aforista, si somos fieles a la etimología, son como cambios súbitos del viento.

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Las palabras usadas por el aforista deben estar lo suficientemente afiladas para que puedan dar en el blanco.

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Las definiciones acuñadas por el aforista son similares a las del biólogo que descubre una nueva especie.

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Si muchos de los aforistas son escépticos es porque conocen de sobra que todo tiene dos caras, así la humanidad se obstine en reconocer como verdadera una sola faceta de los seres y las cosas.

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El aforista plantea o hace conscientes determinadas paradojas debido a que los opuestos pueden revelar, en su contradicción, una inédita verdad.

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El escritor de aforismos tiene algo de pintor: es un especialista en el arte de los contrastes.

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