Vamos a exigirle al pensamiento, al mio, una prueba de su capacidad para establecer distinciones. Obliguémoslo a trazar senderos de diferenciación. Y para ello, tomemos a manera de ejemplo el concepto de lo fantástico enfrentado al de lo maravilloso.

Mi pensamiento acepta el reto, no sin antes mirarme con cierta extrañeza. Medita un largo tiempo, barrunta, para lanzarme a boca de jarro una primera aseveración: tanto lo fantástico como lo maravilloso son productos de nuestra imaginación, son fabricaciones de esa capacidad que nos permite poner en escena lo posible. Fantástico y maravilloso son obras, un trabajar, de nuestra imaginación.

Tal claridad es sólo para iniciar, murmura mi pensamiento. Luego vuelve a ponerse de pie. La diferencia entre lo fantástico y lo maravilloso depende de la forma como el ser humano enfrenta lo extraordinario. Si ese encuentro es súbito e inesperado, si es tomado como una irrupción insospechada, estaremos presos de lo fantástico; pero si el contacto con lo extraordinario nos parece cercano y un tanto natural, entonces, habitaremos los terrenos de lo maravilloso. En el primer caso, la relación es rota por una fractura, por un sorpresivo zarpazo; en el segundo evento, la relación se fortifica en la medida en que aceptamos lo extraño como parte de lo propio.

Ahora el pensamiento me mira con cierta soberbia. Quizá ya halló otra distinción interesante, otro giro de presentar las ideas. De cara a lo extranjero, lo fantástico y lo maravilloso se comportan de manera opuesta: uno, rechaza, no acepta; otro, convive, afirma, acoge. Lo fantástico es el testimonio de una repulsa, de una no aceptación a lo extraño; lo maravilloso es el registro de una domesticación de lo exótico, de una convivencia con lo desconocido. De allí que, como escribiera Caillois, la esencia de lo fantástico esté en la figura de la aparición, del aparecido. Es una fuerza que descompone un orden, que amenaza el control de nuestra cotidianidad. La aparición nos asusta porque nos desestabiliza, porque nos saca de nuestro campo gobernable de seguridades. Lo fantástico es el fantasma que no queremos aceptar. No acontece así con lo maravilloso: la maravilla nos fascina, nos asombra en el sentido de alimentar nuestra curiosidad; la maravilla nos nutre, nos completa, nos enriquece. Lo maravilloso es lo posible vuelto familiar.

Esta es una disociación por contraste, por oposiciones, dictamina mi pensamiento. Herencia del estructuralismo y la semiótica, insiste. Vuelve a tomar asiento y, sonriente, me dice: Pareciera como si lo fantástico fuera un mecanismo de defensa de lo ya conocido, de la certeza, frente a la actitud de lo maravilloso que se regodea con lo incógnito, con la incertidumbre.  Dicho de otra manera, lo fantástico se aferra al conocimiento, mientras que lo maravilloso se funda en la ignorancia.

Miro a mi pensamiento dispuesto a seguir lanzándome ideas como si fueran piedras. Lo veo animado, contento de enfrentar este reto. A mi pensamiento le gustan estos ejercicios, son como su manera  de hacer deporte, de mantenerse en forma. Además, cuando lo hiero con el punzón de la escritura, mi pensamiento muestra su casta, su estirpe de hijo de la necesidad.

De allí que el efecto propio de lo fantástico sea el estremecimiento, la conmoción, el miedo, el terror. Mientras que el efecto propio de lo maravilloso es la exclamación, el asombro, la ensoñación, la alegría. De un lado los sentimientos y las emociones propias del hombre enfrentado a la muerte y, del otro, el ser humano de cara a la vida. Lo fantástico es una labor de lo imaginario sobre nuestra finitud; lo maravilloso, una tarea sobre nuestro apetito de eternidad. Lo imaginario, como capacidad del hombre para fabricar escenarios de posibilidad, usa lo fantástico para advertirnos de nuestro término, y pone en boca de lo maravilloso nuestro apetito de trascendencia. Ambos trabajos son necesarios e importantes: con lo fantástico nombramos y domeñamos ansiedades, con lo maravilloso damos rienda suelta a nuestros deseos.

Mi pensamiento hace un silencio. Veo sus grandes ojos iluminarme las gafas y, por un efecto de refracción de luces, termino mirando mi reloj: la una en punto. Detengo mis dedos. Escucho: no se oye nada en la calle, ningún sonido de automóviles, sólo las voces de la Cantata fúnebre a la muerte del Emperador José II, para solistas, coro y orquesta,  de Beethoven. Una compra de hoy al mediodía, en «Tango». Mi pensamiento sigue mirándome. ¿Continuamos?, me pregunta, retándome. Volteó mi cabeza hacia la izquierda del teclado y veo, en la portada del estuche de los discos, el rostro de Beethoven, su mirada. Y analizo otro detalle: está escribiendo. Pero el retratista no lo plasma en la acción de escribir, sino que lo captura en el momento preciso de otro gesto: Beethoven, como yo, está pensando…  

 

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