“Basta un poco de valor”: Cesare Pavese. “¿Es la vida muy fija o muy cambiante?”: Virginia Woolf

He aquí el dilema del diarista: acatar la necesidad de escribir o ceder al pudor para no revelar su intimidad.

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Al diarista le importa la vida vivida, sí; pero mucho más la vida recordada.

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Las páginas en las que se escribe el diario están hechas de la misma materia con que se hacen los espejos.

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De todo lo vivido el diarista selecciona o elimina algunos hechos. En este sentido, su labor es de criba de la propia existencia.

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En un primer movimiento el diario ayuda a recordar; en un segundo tiempo, es genuino reconocimiento.

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Los diversos registros en el diario van forjando, sin saberlo, lo hitos de un itinerario vital.

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Ciertas abreviaturas que el diarista emplea, aunque parecen estar allí para proteger la identidad de determinadas personas, lo que en realidad protegen son los sentimientos de los implicados.

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La espada de Damocles del diarista es la escurridiza y cortante verdad.

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El diarista advierte que, como el corazón, debe bombear escritura todos los días para irrigar de vida toda su existencia.

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El lector de diarios es un biógrafo de indicios.

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Todo autor de diarios –y Tolstoi es un ejemplo perfecto– lleva en la práctica por lo menos dos textos: aquel que está visible o disponible a los ojos del público, y otro al que sólo él puede tener acceso. Este último diario pertenece a los textos apócrifos.

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El diario pertenece a la escritura confesional. Por eso es el lector quien absuelve o pone la penitencia.

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La exigencia moral del diarista es no mentir. Pero cuenta con la licencia de no decirlo todo.

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El escritor de diarios siente que cada día marca el fin de su vida. Cada registro, entonces, se asemeja a un testamento.

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Al volver a mirar lo escrito en el diario propio se descubren obsesiones, preocupaciones, monotemas. Esto prueba que toda existencia es la persistencia de unos cuantos motivos.

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Leyendo algunos diarios se descubre que lo más significativo para alguien puede ser lo menos importante para otro. Sin embargo, la forma como se cuenta la vivencia de cada hecho es lo que provoca un interés universal.

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El diarista actúa como un notario de lo pasajero.

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Cuando en un diario nos encontramos con tres asteriscos reconocemos un ejemplo del alfabeto con que escribe la privacidad.

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Hay diarios tan escuetos en sus registros que parecen mensajes criptográficos.

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El lector de diarios –especialmente de artistas y literatos– conoce que detrás de las obras terminadas se esconde un ser humano acosado y atormentado por los procesos de la creación. Ese es el objetivo fundamental que lo anima a hojear o leer aquellas páginas.

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Para algunos escritores el diario es un coto de caza o una red de pesca para atrapar ideas o argumentos literarios.

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El diarista sabe que es en la labranza habitual de su parcela como en verdad descubre si es tierra fértil o un suelo yermo e inhóspito.

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Así como el investigador tiene su laboratorio, el escritor posee su diario. Ambos necesitan experimentar, cotidianamente, las posibilidades de su materia.

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Si muchos diarios nacieron en los campos de concentración es porque el encierro nos obliga a tener que conversar largamente con nosotros mismos.

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El que lleva un diario está en la perspectiva de convertir hechos en acontecimientos. Por ello, es un cronista de su propia vida.

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Megalomanía y narcisismo: esos son los dos vicios frecuentes del escritor de diarios; autoestima y autocrítica; éstas, dos de sus virtudes necesarias.

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El diarista, el genuino, pasa del deseo de escribir a la necesidad de la escritura.

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Hay diaristas que viven la escritura como un vicio: es su cuerpo –más que su mente– el que reclama la dosis diaria.

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El diarista sabe que el envés de la sinceridad no es la mentira, sino la prudencia.

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Hay registros de diarios que por más que intentamos comprenderlos siguen siendo absolutamente secretos. Esto prueba que la intimidad escribe en oráculos.

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El diario escrito en papel confiaba en la posteridad para tener lectores; los diarios virtuales esperan que los internautas conviertan el porvenir en un presente.

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El lector de diarios es un fisgón erótico: su voyerismo consiste en contemplar el desnudarse de las almas ajenas.

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El diarista es un perfecto amante: todos los días tiene una cita de amor con su escritura.

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Se olvida que llevar, en su origen, significaba “levantar” o “aliviar”. Así que, cuando se lleva un diario, se le quita sobrepeso a la carga existencial de cada día.

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El diarista, como todos los hombres, anda paso a paso cada día. Pero cuando escribe sus registros lo hace desandando lo vivido.

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Apeles, el pintor griego de la antigüedad, fue un diarista consagrado. De allí su consigna: “Nulla dies sine línea”.

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El diario tiene menos de acta que de sumario. Privilegia la remembranza sobre la exactitud.

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Algunos diarios hacen las veces de objetos sagrados sobre los cuales los diaristas –Cesare Pavese, por ejemplo– toman juramentos o decisiones irrevocables sobre su vida.

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Lo mejor de llevar un diario e dejarse llevar por la escritura.

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Vistos en conjunto los diferentes registros de un diario se asemejan a los cuadros de una galería. Con una diferencia: los primeros se saben “esbozos” frente a los segundos que se consideran “obras terminadas”.

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Los registros de los diarios ocultan, tras su impacto superficial, las marcas del golpe de la experiencia en el subsuelo de una conciencia.

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