“Pintor y modelo”, 1984 de Darío Morales

(Comentario a La obra maestra desconocida de Balzac)

Sinopsis:

Esta pequeña novela de Balzac cuenta la historia de Frenhofer, un viejo pintor discípulo de Mabuse que, en el afán por buscar la perfección en su obra, y debido a sus dudas frecuentes por encontrar el secreto para insuflarle vida, termina por emborronarla de tachones y convertirla en cenizas. La novela, dividida en dos capítulos, se inicia con la visita de un neófito artista, Nicolás Poussin, a un experimentado pintor, Porbus, y cuenta la súbita aparición del anciano Frenhofer que, tras ver un cuadro de Porbus, convierte sus  críticas en lecciones sobre pintura. Después de haber corregido con sus propias manos la obra de Porbus, Frenhofer invita a los dos artistas a su estudio para compartirles alimento y seguir hablando de pintura. En la segunda parte, Balzac presenta los conflictos de Frenhofer por concluir su obra maestra.

Comentario

La nouvelle de Balzac es uno de esos textos capaces de penetrar hasta la médula de un genuino artista. Primero, porque evidencia las diferentes luchas por las que pasa alguien que desee dedicarse a las artes; y, segundo, porque ahonda en las constantes dudas que lo asedian frente a esa vocación no fácilmente gobernable o previsible. La obra maestra desconocida nos muestra, además, el afán del novato artista por conocer y acceder a los misterios de un artista consagrado o alguien al cual podemos considerarlo como un maestro.

Si uno analiza el caso de Frenofer, ese demonio, ese genio de la pintura, se da cuenta de que él personifica al artista consagrado, a ese ser que por más de diez años se centra en buscar la perfección. Un pintor que ha sido depositario del secreto de otro gran maestro, Mabuse, pero que, a su vez, vive esa lucha con la conquista de la belleza, de la vida capturada en un lienzo. Frenhofer es alguien que se sabe conocedor de los secretos del arte pero que duda permanentemente de ese mismo talento. Y no es porque desconozca las técnicas propias de su arte, sino porque sabe que “para ser poeta no basta conocer a fondo la sintaxis”; siempre se necesita algo más, una especie de alma capaz de “captar el espíritu”, una chispa parecida al fuego de Prometeo, un celo para “acechar y sorprender a la vida”. Frenofer es un símbolo del artista como buscador de una verdad que va más allá de la superficie, de la apariencia de las cosas. Sin embargo, esa misma búsqueda, cuando se vuelve una obsesión por la perfección, trae consigo una fuerza contraria que termina por consumirlo a él y a su obra. Todo artista, nos advierte Balzac, debe saber que “el exceso de conocimientos, al igual que la ignorancia, acaba en una negación”.

De otra parte está el novel pintor Nicolás Poussin. Un muchacho que sueña con ser un gran pintor. A lo largo del texto es testigo de las charlas y los consejos de un gran maestro; accede a los talleres y a los lienzos de personajes consagrados al oficio. Balzac nos lo muestra como un “pintamonas instintivo” que tiene destreza para la pintura. Al igual que Frenhofer este artista vive una lucha: quiere conocer la gran obra, el secreto mayor, pero para ello tiene que mostrar a su amante, a Giselle, una hermosa mujer, una obra de la naturaleza. Y aunque en un momento duda y prefiere ser más amante que pintor, lo cierto es que al final, entrega su amada a los ojos avezados de Frenhofer. El resultado es previsible: Poussin puede ver la obra del gran maestro pero pierde a su Giselle de carne y hueso.

Porbus, Francois Porbus, sirve como mediador o piedra de toque para las luchas interiores de estos dos personajes. Es en su taller en donde se presentan las primeras lecciones de Frenhofer cuando critica y mejora su cuadro de la María Egipcíaca; es con él que Poussin asiste al estudio donde Frenhofer comparte la lucha por alcanzar “la flor de la vida”, y es él, precisamente, el que anima a Poussin a ofrecer su amada al consagrado maestro de la luz y la sombra. La mediación de Porbus es evidente: ofrece su obra para que se luzca y se vea la experticia de Frenhofer; funge como celestino, al hablarle a Frenhofer de la bella mujer guardada por Poussin; participa de la intriga de Poussin por descubrir el gran secreto, la obra maestra de Frenhofer.

Pero lo que más llama la atención de esta pequeña novela, un texto que impactó profundamente a artistas como Piccaso o como Rilke, un relato que según cuentan, hizo llorar a Marx, es la lucha entre el arte y la vida. Balzac pone ante nuestros ojos esa doble mirada, esa tensión. Por un lado el afán del artista por atrapar lo milagroso y perfecto de la naturaleza; por el otro, las indomables formas de la sangre, las libérrimas figuras de la luz, ajenas o esquivas ante el verso o la pincelada que intente dominarlas. En La obra maestra desconocida se puede percibir esa fascinación del misterio de la vida que nos desborda pero que al mismo tiempo intentamos retener o guardar. Afuera está “la sangre que corre”; adentro, el artista que con sus limitados medios intenta no copiar la vida sino “recuperarla” o “insuflar una pequeña parte de su alma a su querida obra”. Ese esfuerzo es a todas luces Prometeico. Se trata de dar luz, de hacer que brote una chispa de sol de una superficie plana y opaca. Ahí está la lucha del artista. Ahí su tenacidad; una tenacidad convertida en perseverancia: ya lo decía Frenhofer: hay que “perseverar hasta constreñir a la naturaleza a mostrarse totalmente desnuda y en su verdadero significado”.

El artista verdadero habita esa lucha permanentemente. Y las formas de que se vale, los instrumentos que emplea son apenas medios para comunicar tal conflicto. Por eso, y la idea es profundamente balzaciana, el artista cuando se enfrenta a la vida debe “esperar su momento, espiarla, cortejarla con insistencia, abrazarla estrechamente para obligarla a entregarse”. No hay otra manera para lograr expresar “la desbordante plenitud de la vida”. Desde luego, este esfuerzo, esta labor de espionaje y cacería vital, no siempre llega a feliz término. Puede suceder que al final, no tengamos más que una tela emborronada y llena de tachones. Frenhofer conocía ese veredicto maldito: “sólo importa la última pincelada… Nadie sabe lo que hay debajo”. Pero lo valioso de este esfuerzo del artista es ese pie que sobresale en una esquina del lienzo, un pie perfecto en medio de una “bruma sin forma”, un pie en el que, a pesar del “caos de colores, de tonalidades y de matices indecisos”, se respira la vida perseguida. Un pie desnudo que, en últimas, testimonia el sentido de la búsqueda profunda del artista.

El artista y la búsqueda. Esa parece ser su condición esencial. Aunque la meta se asemeje a alcanzar una obra maestra, lo que cuenta es el intento, la persistencia, la vocación en este propósito. Hay que “gastar muchos lápices y embadurnar muchas telas”. No hay que contentarse “con la primera apariencia que nos entrega, o, a lo sumo, con la segunda o la tercera”. No. El artista debe tener presente que “sólo después de combates prolongados con la obra se la puede obligar a presentarse en su aspecto verdadero”. De eso se trata. De no sucumbir al intento de “captar el alma, el espíritu, la fisonomía de las cosas y los seres”. Por eso mismo, Frenhofer insistió diez años; claro, qué importan diez años, cundo “los frutos del arte son eternos”. Y la enseñanza del relato de Balzac es precisamente esa: lo que importa es la búsqueda, no la duda. Lo mejor, entonces, es ponerse a trabajar “con amor y perseverancia”. Más que intenciones o nostálgicos pensamientos, lo que el artista necesita es tomar los pinceles y continuar su lucha o su camino de buscador de la belleza, de cazador de formas, de perseguidor incesante de la vida. No es la fama, ni los honores los que deben atormentar su destino. Es la necesidad y la alegría de estar laborando en un proyecto lo que debe iluminar su tarea cotidiana. Tal vez así encuentre la “obra maestra”; de pronto de esa manera conquiste la odalisca perfecta, la vida resplandeciente salida de un lienzo humilde y unos oscuros pigmentos.

Y aunque “la antorcha de Prometeo se nos haya extinguido muchas veces en nuestras manos”, lo importante en esa búsqueda es “no dejarse engañar por los fuegos fatuos”, no cansarse demasiado pronto. En consecuencia, como lo advertía Frenhofer, para salir de la “desgraciada indecisión”, de la duda que inmoviliza, lo mejor es trabajar con “apasionado ardor”, consagrarse al arte con fe y, fundamentalmente, “convivir durante mucho tiempo con la obra para producir una genuina creación”. Sólo así no dejaremos perder esa llama de la que hablaba Balzac, refiriéndose a los jóvenes artistas, “esa llama encendida por un noble entusiasmo”, esa vocación de capturar la vida con colores, palabras o sonidos.

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