Para Shalila

 

—A mí, personalmente, poco me gustan las uñas afiladas y menos si alguien me las pinta de azul. Lo detesto, en verdad…

—Yo creo que te quedan muy bien. Sobre todo que te contrastan con esos ojos amarillos y ese pico rojizo.

—Sí, pero no me permiten acicalarme el pelo como yo quisiera.

—¿Y qué te impide acariciar tu reluciente y retorcida cabellera?

—Pues, temo hacerle daño a mis cuidadas serpientes. Herirlas con mis punzantes patas.

—A mí me parece que ese azul en tus espuelas te da personalidad. Y mirándote objetivamente hasta te otorga mucha distinción.

—Es posible. Pero no va bien con el color de las plumas de mi cola. ¿No me vas a decir que mi bello color mostaza hace juego con dicho azul?

—Pues de lejos no desentona. Además, debes tener presente el verde ocre que tienes en cada una de tus tenazas y el rojo bermellón de tus agallas.

—No lo había pensado. Hasta tienes razón. Pero, en todo caso, no me gusta que me pinten las uñas sin mi consentimiento. Es cosa de autenticidad. Es como si a alguien se le ocurriera afeitarme los largos pelos que tengo en mis orejas.

—Ah, no, eso si es una belleza. Cada pelo de esos te afina la mirada y le da más carácter a tu rostro. Hay una simetría exquisita entre el largo de tus pelos y el pabellón enorme de tus orejas.

—Lo que digo. No me gusta que me anden pintarrajeando con cualquier color. Eso me denigra. Hasta me hace sacar mi lengua gelatinosa y con el calor que está haciendo se me multiplica la baba y hasta yo misma me siento quemarme con el veneno de mi saliva.

—Creo que estás muy negativa. Yo te veo muy bien. Y no me parece que un cambio en el color de tus uñas sea motivo para deprimirte o molestarte. Fíjate en mí. Aunque a veces se me multiplican los ojos o se me caen algunos dientes, lo cierto es que me gustan tales variaciones. Tú sabes que adoro los cambios y las metamorfosis.

—Sin duda. Pero al menos tú tienes unas aletas y unas escamas plateadas que van muy bien con tus cascos negros.

—Todo es cuestión de gustos. Mis cascos hendidos son una bendición. Aunque a veces lo que me estorba es el largo de mis cuernos. Ayer, por ejemplo, duré más de una hora para marcharme del bosque. Por más que me esforzaba por salir, más me enredaba.

—Eso me pasa a mí cuando duermo. Ninguna de mis serpientes encuentra la postura más adecuada, y terminan desvelándome. Y aunque todos dicen que el color de mis ojos transpira ferocidad, lo cierto es que es a causa del insomnio. Pura falta de sueño.

—Eso no es nada. Tú sabes que yo no puedo alimentarme sino de lombrices podridas. Las otras, me descomponen el estómago. Y no sé cómo, me comí una de esas lombrices muy frescas, y estuve varios días vomitando y con un dolor de cabeza que no sabía qué hacer. Con decirte que estuve tentada a darme un baño de lodo, a sumergirme entre la laguna azufrada que queda arriba de la montaña donde vivo.

—Cuánto lo siento. Son cosas que pasan. Algo parecido me pasó a mí cuando me intoxiqué con esas ratas de alcantarilla. Yo creo que los residuos de jabón fueron los que me produjeron esa alergia. Imagínate. ¡Con hongos en las tenazas! ¡Un desastre!

—Lo lamento. Lo mejor, cuando pasan esas casualidades, es no prestarles tanta importancia.

—Hasta razón tienes. Pero no deja una de pensar en ello, especialmente cuando la picazón te persigue por todas partes.

—Hay que tener paciencia. Además, una persona con ese caparazón, no tiene nada que temer.

—Eso es lo que tú crees. Personas como tú son las que no tienen de qué preocuparse. Ya quisiera yo contar con esos colmillos; ya quisiera yo tener ese venenoso hocico…

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