Ilustración del neerlandés Rhonald Blommestijn

Ilustración del neerlandés Rhonald Blommestijn

Imponerse un gusto. Parece contradictorio, pero no lo es. La tarea que me he propuesto –y no es la primera vez– de escribir un ensayo todos los días sobre temas o asuntos relacionados con la poesía, a primera vista parece un objetivo agobiante. No siempre se encuentra un epígrafe motivador y no todos los días la escritura fluye naturalmente. Sin embargo, lo interesante de este encuentro diario con la escritura y con mi “plana” de tres páginas, es que va obligando a mi mente a tener una preocupación en vilo, a darle vueltas en la cabeza a un tópico, a buscar fuentes que apoyen mis planteamientos o, la mayoría de las veces, a enfilar mi imaginación y mi creatividad hacia una diana que ofrece su centro como si fuera una exquisita golosina.

Cuando hablo con colegas de mi trabajo, docentes investigadores, doctores de trayectoria en un campo determinado, siempre alegan o reclaman un tiempo en sus planes de trabajo para poder escribir. Eso en parte es cierto. Porque si no se tiene el hábito o la disciplina, así se dejen horas o días para ello el resultado seguirá siendo el mismo: nada. En otras oportunidades ya he escrito sobre el papel que cumple el cuerpo, cuando de escribir se trata. He comprobado que no basta con la buena voluntad o con el deseo de escribir; la escritura pasa por la mediación de un cuerpo y, en esa medida, hay que enfrentar la modorra, el cansancio, el desánimo o, como decían mis mayores, la “pura pereza”. Entonces, una manera de no alimentar frustraciones o de andar por la vida presentando proyectos fallidos, es ésta, la de “ejercitar” la mente con tres o cuatro hojas de escritura. No digo que sea fácil, no digo que se dé sin contratiempos; pero tampoco afirmo que sea una carga dolorosa o un cometido que vulnere nuestra alegría.

Yo creo que es todo lo contrario. Cuando termino, hacia las doce y media del día, después  de estar frente al computador desde las ocho de la mañana, y siento dentro de mi espíritu una alegría infinita, descubro que esa tarea autoimpuesta es una forma de felicidad. O, por la noche, a eso de las doce y media, en el momento en que puedo vencer el cansancio propio del trabajo en la universidad para cerrar el texto al que le faltaba el último párrafo o la precisión en un dato, compruebo que esto es lo que me gusta hacer, lo que me pone en comunión con mi esencia, la clave de mi proyecto vital. Entonces, me voy a la cama, satisfecho, feliz de haber cumplido una meta que, al iniciarla, se veía muy distante.

De otra parte, el escribir estas tres páginas, va generando en la maquinaria mental del escritor una especie de lubricante que aceita los pistones, las válvulas y todos los engranajes. No sé si es la mejor manera de decirlo, pero se escribe con mayor facilidad. Las ideas cuentan con una buena pista de desplazamiento y los argumentos parecen brotar a manos llenas. De pronto tal fluidez provenga de que, al escribir cotidianamente, se establece un vínculo con la escritura; se evita fracturar o romper la continuidad con determinado campo de reflexión. Estoy convencido cada vez más de que las obras de gran calado literario, esas que podríamos llamar clásicas, provienen de autores que lograron fusionar su vida con la dedicación completa a la escritura. Y no se trata de romanticismo, sino de eficacia escritural. Si uno tiene que, como me pasa muchas veces, romper la idea o el motivo que vengo desarrollando para ocuparme de otros asuntos muy diferentes, lo que obtengo al final es una desordenada o maltrecha composición. Y para suturar todas esas heridas, para alcanzar una hoja digna, tengo que emplear muchas horas después en la corrección y en la reestructura de la misma. El vínculo con la escritura, decía, afloja la mano, pone la mente despierta, focaliza nuestras preocupaciones y proyectos.

También la escritura diaria, como sucede con los afectos, va reclamando atención y miramiento. Se va volviendo una necesidad. Cuando se llega a este punto, el hábito de escribir ya hace parte de nuestra carne, se ha interiorizado y pide alimento como otras partes de nuestro organismo. Y por ser una pasión obsesiva, siempre reclama más y más. En todo caso, al volverse una necesidad el escribir, reorganiza la vida cotidiana del escritor. Cambia su agenda en la oficina, dispone de otra manera los tiempos familiares, cancela citas innecesarias, se escapa cuando puede a las librerías, extiende hasta donde sea posible el presupuesto para adquirir algunos libros… Todas las otras cosas, diferentes al querer escribir, se vuelven ancilares, son como satélites atraídos por la fuerza de tal necesidad. Creo que por eso muchos escritores, a no ser que cuenten con el amor comprensivo de su familia o con la complicidad de quien los ama, se enclaustran o vuelven su soledad, una fortaleza inexpugnable. La necesidad de escribir es absorbente y celosa, y produce más angustia cuanto menos se puede satisfacer sus demandas.

Cada escritor, supongo, se inventa maneras o descubre fórmulas para que la tarea cotidiana le resulte más llevadera. He comprobado, al cumplir juiciosamente todo este mes de enero con mi tarea autoimpuesta, que un buen recurso para no empezar de cero el nuevo día o el inicio de la noche, es consignar previamente la cita, el epígrafe motivo de mi reflexión. Aunque parece poca cosa, lo cierto es que esa frase, ese poema, opera como un ojo vigilante, como un radar o como un haz de luz que lanza sus rayos a todo momento. Ya sea en el trabajo de la oficina, cuando se va en un transporte público, o cuando se está compartiendo un alimento. Aún en los sueños, sigue irradiando su mensaje cautivante. Puesto de otra forma: ese pequeño texto opera como un imán que atrae o atrapa ideas, autores, recuerdos, relaciones, juegos de palabras, inventivas. Ese epígrafe o consigna, puesta arriba de mis textos, es ya una escritura preliminar, un asomo de la escritura latente. Por supuesto, esta era una de las técnicas de Hemingway, que luego García Márquez y Vargas Llosa han considerado una de sus mejores aliadas para saltar el vado de la hoja en blanco.

Y de otro lado está el punto de la extensión de los escritos. Eso hace parte de las reglas internas del gusto impuesto. Tres páginas. Un término, un límite… En algunos casos ese tope hace las veces de brazo extendido que reclama una párrafo más, otras líneas de esfuerzo para coronar o llegar a la cima de un texto estructurado, completo; en otras ocasiones, el cumplir esa medida, es más bien un llamado al orden, a no irse por las ramas, a centrarse en  el asunto.  Los linderos también están relacionados con el tipo de género asumido como reto. Para que la tarea se cumpla a cabalidad, es un ensayo lo que debe estar terminado al final de cada día. No es mero ejercicio de expresión o desbordada mezcla de impresiones. El límite textual dictamina que se trata de proponer una tesis, en el primer párrafo por supuesto, y de irla soportando con argumentos a lo largo de esas 1250 palabras. Da gusto ver, al ir concluyendo hoy esta faena, cómo lo que escribí en el primer párrafo hacia las cinco de la tarde ya parece lejano en relación con esta última línea terminada, en este momento, a las siete de la noche.

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