"Sansón derrumbando las columnas", escultura de Einat Tzilker, en Ashdod, Israel.

“Sansón derrumbando las columnas”, escultura de Einat Tzilker, en Ashdod, Israel.

Que la Historia sea el conocimiento del pasado o que se asemeje a una representación de lo que el mismo historiador investiga; que la Historia sea una decisión ineluctable de Dios, un quehacer del hombre o el resultado de la lucha de clases; que la Historia tenga una linealidad y un fin precisos o que esté hecha de intervalos dispares en el espacio… en fin, cualquiera sea la definición o el propósito que retomemos, siempre llegaremos a un punto: la Historia es la conciencia que el hombre ha hecho del tiempo, de su temporalidad.

Y si vamos más lejos descubriremos que el tiempo, que la noción o la idea que se tenga de él, es una categoría cultural, una construcción de la inteligencia. Tiempo e Historia son creaciones del hombre y, como tales, no pueden seguir siendo entendidas como venidas de fuera ni como meras palabras de algún diccionario cósmico. Tiempo e Historia indican una toma de posición, una manera de enfrentar la tradición (entendida como la comprensión crítica del pasado), y una forma de enfrentar nuestra libertad (entendida como la comprensión crítica de nuestras acciones). La Historia, así vista, no es algo que ha pasado, no es algo que a otros les sucede, sino, por el contrario, es ese sucederme, eso que me ha hecho ser y eso que me potencia en cuanto ser libre.

Desde luego, ser protagonistas de la Historia, agonistas –sería mejor decir– no es nada fácil en esta sociedad nuestra donde la masificación, la crisis continuada, la inminencia de la tierra baldía… disponen el escenario para el escepticismo o la violencia sectaria. Atrevernos a ser agonistas –en cuanto padecedores y actores– de la Historia es, sin lugar a dudas, arrojar por la borda las utopías esperanzadoras que, casi siempre, han terminado por instaurar el totalitarismo y, también, es renunciar a ciertas tranquilidades pretéritas, a ciertos paraísos de antaño. Ser agonistas de la Historia es aceptar la dolorosa evidencia de nuestras responsabilidades. La Historia no puede seguir siendo nuestra excusa, porque si bien es cierto que el ser de la Historia es un hecho dado –nacemos inmersos en el tiempo–, no podemos desconocer que el sentido de la Historia es un hecho por hacer. En otras palabras, si por un lado nacemos anclados a una tradición, por otro, podemos sopesar, elegir o disponer de la misma.

Situarnos como agonistas de la Historia es comprender, esencialmente, dos cosas. Una, que no todo tiempo pasado fue mejor; también hemos huido del Paraíso. Otra, que el futuro no es algo que nos viene dado desde un más allá, un tú extraño (el porvenir), sino, contrariamente, que es algo que nos impulsa, nos motiva desde un yo y un aquí (el parair). Situarnos quiere decir, entonces, aceptar esta cuota de presente y, lo que es más importante, es poder arriesgar toda nuestra vida en cada instante. Situarnos es vivir nuestro tiempo como si fuera cada día el primero y el último.

La continua idealización del pasado y del futuro ha traído consecuencias bien particulares para nuestro continente latinoamericano. De una parte un fatalismo, una pasividad que, a manera de excusa, busca en un Dios, en la Naturaleza o el Destino, la causa de todos los males, de todos los acontecimientos deplorables. Un fatalismo que nos convierte en meros observadores de la injusticia o el hambre, del dolor ajeno o la miseria colectiva. Eso en cuanto hace referencia a la idealización del pasado, pero, además, la idealización del futuro nos ha colocado en la zona vaporosa del subdesarrollo. Al poner nuestros ojos en una idea de progreso, al soñar idílicamente con grandes modelos tecnológicos, nos hemos colocado en la vergonzosa postura del analfabeto desnudo o del balbuciente aprendiz de un idioma extranjero. Al tacharnos nosotros mismos de “atrasados”, de “inmaduros”, no hemos hecho otra cosa que imposibilitarnos un futuro.

Fatalismo y Subdesarrollo son formas de negarnos tanto nuestra tradición como nuestra libertad. No aceptamos lo propio por considerarlo de “inferior calidad”, como tampoco inventamos nada nuevo, porque damos por sentado que, en otro lugar, ya ha sido elaborado. Ni preservamos con dignidad un pasado, ni nos atrevemos a construir un futuro. Fatalismo y Subdesarrollo son, por lo mismo, consecuencias de nuestra incapacidad por asumir una Historia y un tiempo propios, un presente.

Repensar la Historia. No porque sea un tema interesante, sino porque es un tema necesario. Situarnos es un deber. Como continente, como país, no podemos ignorar esta ola gigantesca de la intimidación, esta continua violencia, esta “guerra civil no declarada” en que vivimos. No podemos hacer caso omiso al reto que nos impone este momento histórico. Ni anarquismos, ni totalitarismos, ni goces sonámbulos, ni terrorismos indiscriminados, pueden sacarnos de este campo de zozobra. Sólo haciendo claridad, sólo teniendo la suficiente vigilia podremos escapar de la incredulidad o de las filosofías del “todo está perdido”.

Un doble movimiento puede coadyuvar para que este propósito no sea una bandera de humo: un primer movimiento de rastreo y legitimación de nuestro pasado, y un segundo compás de responsabilidad ante nuestros actos. Porque sin una comprensión crítica del pasado, el juego de posibilidades de nuestra libertad se perdería entre los laberintos de la incertidumbre y porque si no hay límites para nuestras acciones, la barbarie sería el rasero, la única forma de sobrevivir.

Bien vale la pena poner un poco de luz sobre “estas tantas cosas que nos suceden”. Ni la incredulidad, ni el mero asombro son suficientes. La Historia, sea como fuere, nos enfrenta, no obliga. Ignorarla es tanto como negarnos un origen, una sangre; pero, además, es mutilarnos también un espacio para la descendencia, para la nueva vida.

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