Ilustración de Jon Kreuse.

Ilustración de Jon Krause.

Son recurrentes las quejas o las dificultades de estudiantes de pregrado y posgrado al momento de responder a las tareas de escritura académica. Los ensayos no son valorados positivamente, las reseñas no corresponden a la tipología textual indicada, los resúmenes se confunden con comentarios, la falta de cohesión y coherencia en un texto son evidentes. ¿Qué puedo hacer?, preguntan los estudiantes. ¿Dónde aprendo a escribir?, exclaman preocupados y ansiosos por hallar una respuesta.

Una primera contestación a estos interrogantes parte de reconocer el ser mismo de la escritura. Es fundamental evidenciarles a los aprendices de la palabra escrita las propiedades de esta técnica de la mente. No me canso de sugerir el texto Oralidad y escritura, de Walter Ong, en el que el autor muestra las características de este proceso superior del pensamiento. Lo abstracto, lo subordinado, lo lógico, además del lento aprendizaje de dicha técnica, constituyen lo propio de las culturas escritas. Escribir no es algo natural ni inmediato; más bien es el fruto de una evolución de las civilizaciones o, para ponerlo en términos cognitivos, es el resultado de una maduración del pensamiento. Digo lo anterior porque apenas se comienza a escribir se confía demasiado en el golpe de suerte o la romántica inspiración. O lo que es más grave para los estudiantes universitarios, se abandona el encuentro con la escritura arguyendo que no se tiene talento o buscando a alguien que redacte la tarea encomendada.

Otro asunto que puede contribuir a explicar la dificultad de escribir es el poco contacto con la lectura, la ausencia de un hábito lector. Lo he constatado con mi experiencia: la lectura frecuente es el carburante de la escritura. Leer alimenta el pensar, sirve de referente intelectual, provee de lenguaje nuestra memoria, coadyuva a mantener vivo y alerta el trato con las palabras. Considero que esa es una de las causas de los desastrosos resultados en los productos escritos de las nuevas generaciones. Al estar huérfanos de la lectura no tienen una conciencia vigilante para la ortografía de determinados términos ni poseen una reserva lingüística que les permita encontrar un vocablo preciso para formular sus ideas. Deberíamos tener presente, de una vez, el consejo de escritores consagrados al oficio: la lectura habitual, la lectura de grandes obras, es el mejor estímulo y la mejor guía cuando se anhela aprender a escribir.

Pero no es solo el mínimo contacto con la lectura el que influye en el poco rendimiento escritural. También está la eventual o esporádica relación con la palabra escrita. A no ser que se empiece una carrera académica o se comience un posgrado, la mayoría de personas poco escriben. Apenas se usa una escritura funcional, muy de llenar formularios o atender solicitudes financieras. Al no frecuentar esta técnica de la mente el resultado es apenas obvio: extrañeza ante una tipología textual, confusión entre los géneros, escasez en la generación de ideas, desconocimiento de minucias y trucos del escribir. Por tener un trato ocasional con la escritura cada vez resulta más difícil desentrañar sus pormenores y entrar en sus dominios con alguna familiaridad.

Pienso que de igual modo ha influido la falta oportuna de corrección en los años de escolaridad básica. Al afirmar esto me refiero a una corrección que supere la escueta calificación. Es decir, al acto de sentarse con cada estudiante –hombro a hombro– a leer y revisar con él sus productos escritos. Y hecho esto, solicitarle una nueva versión en la que se haya corregido y enriquecido el texto presentado. Sé que para los maestros es un trabajo arduo y dispendioso pero de eso depende, en gran medida, la suerte posterior de los aprendices de escritura. Digámoslo fuerte: si la escritura no se corrige con cuidado, si no le señalamos al estudiante el error, y si no le mostramos alternativas de salvación o ejemplos en los que pueda ayudarse, seguiremos idealizando el escribir, dejando tal labor para genios o personas extraordinarias. Aquí vale la pena advertir que escribir no se reduce a la escritura literaria; el escribir abarca los textos expositivos, argumentativos y esos otros centrados en el describir, informar, manifestar un deseo o exigir un derecho.

Se me ocurre otra razón de esta dificultad con la escritura: la falta de persistencia, de lucha constante por un mejor logro. A veces se cuenta con el talento pero no se tiene la disciplina. Tal vez sea un asunto de crianza o de época. Hoy queremos “todo ya” y sin el menor esfuerzo. Nos dejamos influir por las recetas de lo instantáneo y descomplicado. Sin embargo, escribir comporta una paciencia artesanal, una tarea de desbaste y pulimento permanente. No es una labor de acierto sino de continuos tanteos y reelaboraciones. En consecuencia, si no hay disciplina, si se pierde la batalla al primer enfrentamiento con las palabras, será muy difícil evolucionar o mejorar en la elaboración de un ensayo, una reseña o un informe de investigación.

Vistas así las cosas, bien podríamos ofrecerles a los estudiantes universitarios, ansiosos por hallar una respuesta a las dificultades con la escritura, tres consejos. El primero: acostumbrarse a leer pero, al mismo tiempo, ir escribiendo algo sobre lo leído. Se trata de redactar frases cortas en las que se dé cuenta de una reacción o del impacto de cierto aspecto de la lectura. He llamado a esa estrategia, contrapunto. Lo valioso acá es no contentarse con pasar los ojos por las páginas sino en poner a trabajar a nuestra mente, usando el arma potente de la escritura. Si esto se convierte  en un hábito más fácil resultará dialogar con la tradición y sentirnos partícipes de una cultura.

El segundo consejo es éste: mirar con detalle, con ojo de relojero, cómo otros escritores expertos confeccionan sus textos. García Márquez asociaba esta actividad con la del mecánico que desarma el objeto para ver las tuercas y los tornillos con que está ensamblado. El objetivo es claro: tomar un tiempo y detenerse para ver en un texto de calidad cómo es su macroestructura, cómo se engarzan sus partes, cómo se distribuye la información, de qué manera se emplea la puntuación, qué tipo de lenguaje utiliza. Ser conscientes de las formas de elaboración de las producciones ajenas no solo sirve para desmitificar la escritura sino, además, puede proveer al novato escritor de un repertorio de ejemplos, útiles al momento de presentar o darle forma a su pensamiento.

El último consejo, que bien podría ser asumido por un maestro comprometido con su quehacer, es el de tener lectores acuciosos para los textos que producimos. Siendo sinceros, no ayudan mucho los colegas o amigos que apenas ojean nuestros textos, nos felicitan, pero sin percatarse en verdad de lo que expresamos en esas hojas. Lo mejor –y eso puede ser difícil­– es hallar a alguien que se tome el tiempo suficiente para detectar en nuestros textos una inconsistencia, señalar un descuido en la digitación, percatarse de una repetición innecesaria, advertirnos de una flagrante equivocación o, sencillamente, señalarnos apartados que no se entienden o carecen de claridad. Si se quiere aprender a escribir es necesario pensar en los lectores. No es huyendo de ellos, de sus impresiones o críticas, como mejoraremos nuestros productos escritos. Son los lectores los que vigorizan la palabra escrita; son ellos los que robustecen y dan vida a los grafismos inertes puestos en una página.

Sobra decir que todo lo anterior resultará inútil si no se tiene la motivación o la pasión suficiente por descubrir el ser y proceder de la escritura. Tal apasionamiento es el que posibilita entrever en cada borrador o en cada intento fallido un pequeño avance o ir descubriendo, con asombro, que el trato frecuente con la palabra escrita afina nuestra forma de pensar y nos  va convirtiendo en ciudadanos hábiles para participar en el mundo de la ideas.

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