"La anunciación" de Fra Angélico.

“La anunciación” de Fra Angélico.

Desde aquel día que su amigo le había hablado del misterio de la vida, Eliana no dejaba de pensar sobre lo que le estaba pasando.

—Lo mejor es abandonarse —fueron las palabras reiteradas del amigo, a la par que ingería un pedazo de pan, antesala del almuerzo.

Y ella, aunque entendía y compartía tal observación, no sabía cómo entrar en esa actitud. Toda su vida era un ejemplo de lo contrario: organizar, disponer, hacer que su voluntad abriera camino y las cosas y las personas atendieran a esa voz que las ponía en marcha. Al igual que su constante impaciencia cuando las circunstancias no se doblegaban a su capricho. Su espíritu y su cuerpo sabían que le era muy difícil abandonarse. Pero aun así, tal vez por el deseo vehemente de tener un hijo, Eliana no sólo dio cabida a aquel consejo sino, además, empezó a recapitular lo que su amigo le había dicho.

Lo primero que hizo fue buscar el cuadro de “La anunciación” de Fra Angélico. Esa fue una obra a la que su amigo se refirió en varias ocasiones.

—Es una lección de asentimiento.

Tuvo que recurrir a internet para encontrar una respuesta a dicha aseveración. Frente a la pantalla de su computador se extasió por unos minutos en las dos figuras que ocupaban el lado derecho del cuadro: un ángel y María. La distrajo al inicio el colorido del traje del ángel y la tonalidad del manto azul ultramarino de la mujer. Se fijó luego en las manos de María, cruzadas sobre el pecho, y comprendió que sí, efectivamente, era un gesto perfecto del asentimiento. El pintor plasmó el momento en que la mujer había dicho que sí. Lo sorprendente era que el ángel con sus enormes alas doradas, asumía el mismo gesto, como indicándole a María la forma de disponer el cuerpo para aquel encargo, para ser depositaria de aquel misterio. También le llamó la atención la diminuta ave que viajaba a través de un rayo de luz.

—En las aves parece estar la clave.

Eliana rememoró esa otra afirmación de su amigo, justo después de que él terminara de tomar una copa de vino. Así estuvo, en esa actitud contemplativa por más de quince minutos. Le llamó la atención del cuadro el pequeño libro que estaba leyendo María —así era el de su primera comunión— y le maravilló que no se cayera de la pierna derecha de la mujer. El libro estaba en perfecto equilibrio.

Tal vez contagiada por este cuadro, Eliana buscó en internet otras obras semejantes. Varias imágenes aparecieron en la pantalla, pero fue una del español Murillo la que más le impactó. En ella los brazos de María estaban en la misma posición: las manos cruzadas sobre el pecho, conformando la figura de un ave. Y también se veía una paloma. Sin saber por qué, Eliana pensó que las manos cruzadas, como en un juego de sombras chinas, imitaban las alas del ave. O que eran la encarnación del ave. Esta virgen no era tan celeste como la de Fra Angélico, sino una mujer mundana que tenía al lado una evidencia de sus oficios domésticos. Aunque también había un libro abierto y un lirio. Se acordó en ese momento de que esta flor tenía su origen en la leche derramada de Juno cuando amamantaba a Hércules. Todo eso se le vino a la cabeza… De manera inconsciente fue hasta su dormitorio y buscó en el clóset una pequeña caja que contenía varias fotos y el devocionario de la primera comunión. En la caja encontró el libro de tapas doradas. De igual modo halló una pulsera de perlas con un crucifijo y un portavela de una niña arrodillada con las manos en actitud de oración. Lo que le atrajo su atención fue una vitela metida dentro del libro —y ella no recordaba tal lámina— en la que estaba una reproducción de la anunciación. La postura de las manos de María era similar y el lirio, esta vez más florecido, era parte de lo que el ángel traía en la mano izquierda. Eliana quedó sorprendida, cómo era posible que esa estampa estuviera allí. ¿Quién la había guardado? Porque estaba segura que no había sido ella. O quizá, era algún objeto conservado de niña, y de eso sí tenía memoria, cuando le gustaban esas imágenes o le fascinaba todo lo relacionado con los ángeles. Sacó la vitela y guardó el pequeño libro de oraciones. Cerró la caja, la acomodó de nuevo en su lugar, debajo de un juego de sábanas sin estrenar y retornó a su escritorio. Puso la lámina debajo del vidrio, al lado de una foto suya con su esposo en una de las primeras navidades juntos. Cerró el computador y se dispuso a atender los oficios domésticos de aquel domingo de Agosto.

Mientras alistaba una ropa para planchar siguió pensando en el sentido de esas pinturas y aquel gesto de absoluta disposición. Volvió a pensar en su amigo y en cómo le había insistido en el valor de abandonarse al milagro.

—Es lo que Borges llamaba una actitud pasiva del espíritu.

Su amigo, tal vez por escribir poesía, le decía esas cosas como si ella no necesitara mayores explicaciones. Le habló también de Roberto Juarroz y de que en un próximo encuentro le llevaría un texto de él sobre este punto. Todos estos asuntos corrían por su cabeza mientras acababa de planchar una blusa color azul celeste. Sintió hambre y fue hasta la cocina a buscar algún alimento. También de eso había conversado con su amigo, y cómo debía aumentar el consumo de pescado. Encontró unas verduras y empezó a prepararse una ensalada. Comió despacio. Tal vez convencida de que el milagro no habita en uno si no se aprende la pasividad. Prendió la televisión y vio una prueba de las últimas olimpiadas. Le pareció un contraste del azar la forma como su espíritu luchaba por adquirir la lentitud y los atletas de la pantalla se esforzaban por lograr la máxima velocidad. Apenas terminó de comer la ensalada apagó el televisor y marcó el teléfono de su amigo.

—¿Qué estás haciendo?

—Aquí tratando de escribir.

—¿Qué?

—Es una sorpresa.

—No. Dame un adelanto.

—No seas impaciente —dijo el amigo con picardía.

—Ay, cuéntame de qué se trata.

—Bueno. Es sobre algo de nuestra última charla.

Eliana se sorprendió de que su amigo mantuviera en la distancia esa complicidad sobre el mismo tema. Pero no le dijo nada, esperando a ver si su amigo le confesaba lo que venía escribiendo.

—Volví a mirar un texto de Lezama sobre la posibilidad infinita. Y su idea de que el pobre es propenso a lo desconocido y está rodeado por el milagro… Lezama dice que el milagro es la espera, hasta que se hace creadora…

—¿Dónde dice eso?

—En uno de sus ensayos.

Eliana escuchaba a su amigo por el teléfono con la atención de una alumna fascinada por un tema de clase.

—¿Y sabes qué más encontré?

­—No. ¿Otro libro?

—Un músico maravilloso que no conocía, Franz Biber.

—¿Quién?

—Biber. Las dos con “b” larga.

—Ni idea.

—Lo tengo de fondo, a ver si me transmite algo de su inspiración para develar el misterio.

—¿Y sí te ha servido?

—Creo que sí. Ya llevo cinco páginas.

—Su música es como una lenta preparación del alma para lo desconocido. El violín hace las veces de un heraldo que va distendiendo nuestros lugares comunes o nuestros aferramientos, y, poco a poco, a través del bajo continuo, que crea un hábitat secreto, se puede apreciar el despertar de algo profundamente vivo.

—¡Qué maravilla!

—Si quieres te envío ahora la dirección por whatsapp para que lo escuches.

—Me gustaría. Gracias.

Eliana admiraba en su amigo la tenacidad y la entereza para escribir. En los largos años de amistad conocía además que la tesón para el estudio era parte constitutiva de su ser. No obstante la curiosidad la seguía inquietando.

—Bueno, ¿y por qué no me lees el primer párrafo?

—Es de mal augurio leer lo que no se ha terminado de escribir.

—Eso te lo acabas de inventar —le contestó ella, para ocultar su ansiedad.

—Mejor te lo leo la próxima vez que nos veamos.

—Tú y tus misterios —dijo ella sin reparar en el uso que hacía de la palabra.

—Así es toda creación —respondió el amigo, dejando entrever que no accedería a satisfacer la curiosidad de ella.

Después hablaron de otras cosas, especialmente de un proyecto que venían trabajando en común.

—Si quieres nos vemos el miércoles —dijo el amigo, a manera de despedida.

—Vale —contestó ella—. Te busco por la tarde.

—Así quedamos.

Eliana terminó la llamada y fue hasta su dormitorio. Sintió frío y buscó un pañolón de lana de un azul oscuro intenso. Al rato oyó el pito de su celular y vio un mensaje que incluía la dirección en internet del músico del que minutos antes le había hablado su amigo. Escribió unas gracias a manera de respuesta y fue de nuevo a su estudio. Copió en el buscador la dirección y se dispuso a escuchar al músico. Se concentró en aquella melodía, tratando de entrever lo que aquel violín preludiaba de su estado. Así estuvo por más de media hora, en duermevela, hasta que sintió abrir la puerta del apartamento. Apenas se estaba levantando de la silla vio que su esposo colocaba un paquete de frutas sobre el comedor.

Fue a su encuentro y recibió un abrazo. Conversaron largo rato sobre las preocupaciones cotidianas, en especial sobre el próximo pago de la declaración de renta. Ella le ayudó a prepararse algo de cenar y después fueron juntos a la alcoba. De paso, el marido escuchó la música en el computador y le preguntó a su mujer sobre esa melodía. Ella le contestó que era de un compositor clásico que había descubierto por azar. El marido prendió la televisión y ella fue hasta el estudio para apagar el computador. La imagen en la pantalla de la portada del disco, que estaba escuchando por youtube, de una virgen con una diadema de estrellas y con un niño pletórico de luz en su regazo le pareció una bella forma de cerrar aquel día.

*

Dos días antes de la nueva cita con su amigo, Eliana visitó a su médica para una cita de control. La médica le dijo que debía comer carne, especialmente por el hierro e incluir pescado y verduras frescas. Que todo iba bien. Eliana, cada vez que iba a ver a la médica, la atenazaba una antigua angustia: recordaba el embarazado fallido de unos años atrás y, aunque seguía en su idea de no cargar ese nuevo embarazo de tantas expectativas, siempre sentía que se le secaba la boca y una especie de vacío en el vientre la ponía indispuesta. La médica le ratificó que no había hasta ahora ninguna complicación. Llevaba ya tres meses y medio  y, si todo avanzaba naturalmente, sería madre por allá en enero del próximo año. Esa vez no la acompañó su esposo. Al salir del consultorio fue en su automóvil hasta un supermercado y compró frutos secos y una leche deslactosada que su cuerpo asimilaba muy bien. Ese fue un consejo de su madre y de sus hermanas: “la leche es fundamental”. Salió del supermercado y se dirigió directo a su apartamento. Cuando llegó no encontró a su esposo. Descargó la bolsa con los víveres y se dispuso a preparar el almuerzo. Estando en aquella tarea se acordó de que no había revisado su correo desde por la mañana y fue en un momento a prender el computador. Varios mensajes la esperaban en la bandeja de entrada. Le llamó la atención uno de su amigo. El correo venía sin título. Rápidamente lo abrió y se encontró con un poema,  debía ser del poeta argentino tantas veces nombrado por su amigo. Leyó con avidez:

El milagro no tiene dos extremos:

Tiene uno.

El único extremo del misterio está en el centro

De nuestro propio corazón.

El poema venía acompañado de un pequeño mensaje que decía: “para que te sirva de mantra”. Releyó el poema y sintió unas ganas de llamar a su amigo, pero optó mejor por darle las gracias después, el día convenido para verse.

Retornó a la cocina, verificó si la pasta ya estaba al dente y empezó a asar una carne de res.  En su memoria repasaba aquellos cortos versos. Salió de la cocina y con unos rápidos pasos retornó a su estudio para leer el poema. Ansiaba aprenderlo de memoria. Por un momento sintió que su amigo era una especie de ángel guardián de su estado, de sus angustias, de sus miedos. Tal vez él no lo supiera, pero tenía el don de adivinarla, de leer sus signos con sutileza y clarividencia.

Eliana retornó a la cocina y dio vuelta al pedazo de carne. Alistó un plato, sirvió la pasta y esperó a que la carne adquiriera un color más dorado. Luego, fue a sentarse al comedor. Allí, sentada, advirtió que en el pequeño balcón del apartamento estaban varias palomas. Le pareció curioso la presencia de aquellas aves porque nunca hasta ahora se habían aparecido por ese lugar. ¿Sería otra premonición? Ella misma se sorprendió de sus pensamientos. Después se terminar los alimentos se dirigió a la cocina, lavó el plato y sirvió un vaso de agua. Entró de nuevo a su estudio y respondió el correo de su amigo:

—Gracias. Y como todo mantra espero que me ponga en consonancia con el misterio. El misterio de la vida.

*

Ese miércoles, después de la jornada de trabajo, acordó con su amigo encontrarse en una pequeña cafetería situada muy cerca de donde él laboraba. Su amigo llegó primero. Cuando apareció Eliana, pidieron algo de tomar. Ella un té frío y él una aromática de frutas. Mientras llegaba el pedido, lo primero que ella le contó a su amigo fue el sueño que le había referido esa mañana su madre, en la ritual llamada matutina. Era un sueño en el que Eliana llegaba con un vestido amplio de flores y en la parte del vientre tenía un dibujo lleno de palomas; que ella iba a visitar a su madre ataviada con ese vestido esplendoroso. El amigo escuchaba atento. Después, cuando apareció la muchacha con las dos bebidas, la charla se centró en el escrito que el amigo venía haciendo.

—Me dijiste que hoy me lo ibas a mostrar.

—Todavía no he acabado.

—Eso siempre haces…

—Déjate sorprender —contestó el amigo, con un gesto juguetón.

—Sabes que estuve escuchando el compositor que me dijiste. Es un despertar en medio de la oscuridad. Una lucecita saliendo de la noche. Me gustó.

—Biber es un virtuoso del violín. Y esta obra en especial tiene una particularidad: el desafinado. Se requiere una técnica experimentada para afinar una o más cuerdas a alturas distintas de las normales. Es como el misterio: surge a pesar de la lógica, muestra su armonía en contraposición de lo esperado. Muestra su perfección tensando de una manera especial la imperfección.

Eliana tomaba a pequeños sorbos el té. Le encantaba hablar con su amigo porque siempre le aportaba informaciones nuevas, o la ponía en contacto con algo desconocido, una película extraordinaria o un texto reciente, resultado de su gusto por frecuentar habitualmente las librerías de la ciudad.

—Sabes que la clave del misterio es la confianza del que lo espera.

—Sí —se apresuró a contestar Eliana—. Eso lo he entendido. Es como una cesación de la voluntad. Una entrega total a las fuerzas externas de la naturaleza, del universo.

—Así parece. Y tal vez esa sea la razón por la cual se habla de “estar esperando” para referirse al hecho del embarazo. Todo se gesta de manera misteriosa dentro de un ser y no puedes hacer nada para acelerar ese proceso. Eres un espectador privilegiado.

—Es una espera sin ansiedades.

—Sin expectativas u objetivos determinados de antemano.

Eliana miró por el ventanal de la cafetería y vio que las luces de los coches ya empezaban a poblar la avenida diagonal al sitio donde estaban reunidos.

—Leéme algo de lo que llevas escrito.

El amigo la miró como quien sabe de los derechos que trae consigo la amistad de muchos años. Buscó en su maleta una libreta media carta, de esas que se usan para taquigrafía, y pasó las hojas buscando un apartado especial.

—Aquí está —dijo— Pero sólo es el borrador. Así que puede sufrir todavía modificaciones.

—No le des más vueltas. Léeme.

El amigo tomó el último sorbo de la aromática de frutas y, como quien está susurrando un secreto muy valioso a alguien, echó hacia adelante el cuerpo y empezó a leerle a su amiga parte del texto escrito a mano:

—“…Si Lezama Lima privilegiaba a los pobres para creer en el milagro era porque su extrema necesidad los convertía en seres absolutamente dispuestos a aceptar lo extraordinario. Detrás de frases como ‘Dios proveerá’ se esconde una actitud de abandono absoluto a lo maravilloso, a lo inesperado. Al invocar a Dios de esa manera, el pobre pone toda su confianza en un otro que es todo el universo, un otro en el que se recogen el azar, la suerte y la gratuidad. De no ser así, el pobre no podría sobrevivir. Gracias a ese abandono en la providencia es que sus miserias, sus carencias, su aridez existencial, pueden ser colmadas de bendiciones, de regalos insospechados. Por no tener nada, por carecer de mucho, todo lo que venga o llegue, así sea poco, siempre será percibido como un milagro, como la prueba fehaciente de que no está solo en el universo. De que hay secretas filiaciones sólo visibles cuando nos abandonamos, mediante la fe, a este actuar del prodigio…”

El amigo hizo un alto. Miró a Eliana con cara de complicidad, y cerró la libreta. Ella quiso insistir pero sabía que cuando su amigo se negaba a compartir sus escritos era mejor no insistirle. Así que prefirió retomar algunas de las ideas escuchadas y darles una extensión en sus propias palabras. Enseguida de esto, hablaron de otras cosas, del proyecto de investigación que venían desarrollando para una corporación universitaria y de temas de actualidad como el proceso de paz con la guerrilla que por esos días parecía ya un hecho definitivo.

—Apenas tengas el texto terminado me lo compartes, ¿no?

El amigo le dijo que por supuesto, y más tratándose de un asunto que a ella especialmente le competía.

—¿Quieres que te acerque?

—Buenos. Gracias.

Salieron de la cafetería y bajaron a buscar el carro de ella en un parqueadero a cuadra y media de donde estaban. En el automóvil siguieron hablando del milagro y del poema que días atrás él le había enviado por correo electrónico.

El milagro no tiene dos extremos:

    Tiene uno.

    El único extremo del misterio está en el centro

    De nuestro propio corazón.

 —Ah, te lo aprendiste.

—Te hice caso. Tú dijiste que debía ser como un mantra.

—Así me gusta. Juarroz es una escuela de la disposición.

Antes de bajarse del carro, el amigo le entregó un pequeño regalo. Le advirtió o le hizo prometer a Eliana que no lo abriría sino cuando estuviera en su casa. Ella dijo que sí. El cerró la puerta despacio, despidiéndose con una frase que parecía un rumor:

—Cuídate… doblemente.

*

Después de dejar al amigo cerca a su casa, Eliana tomó rumbo hacia su apartamento. Mientras conducía rememoraba la conversación con él y la promesa de no abrir el regalo hasta que llegara a su casa. La curiosidad le apremiaba. Con una mano sacó el pequeño obsequio de la cartera y vio el papel brillante. Seguro era un libro. Se mantuvo conduciendo y mirando por momentos el regalo, pero prefirió volverlo a meter en la cartera, cumpliendo en la distancia la promesa hecha a su amigo.

Luego de guardar el carro en el parqueadero del edificio y de subir a su apartamento, saludó a su marido que estaba esperándola en la sala leyendo el periódico. Compartieron algunas peripecias del día y fue a su alcoba a cambiarse de ropa. Se puso una piyama y volvió con su esposo para preparar juntos la cena. Hicieron entre los dos algo ligero. Compartieron un café y unos sándwiches y, después, cada uno se dirigió a su estudio. Pasados unos minutos Eliana volvió a la alcoba y trajo la cartera hasta su escritorio. Sacó el regalo y lo abrió lentamente. Efectivamente era un libro. Se trataba de una compilación de pinturas sobre la anunciación. Hojeó el texto poco a poco, deleitándose con esas reproducciones. Vio obras en las que se repetía el mismo motivo pero interpretado por diferentes artistas. La atrapó el óleo de Boticelli en el que María parecía esquivar con su cuerpo, en un paso de danza exquisito, las palabras del mensajero. Observó también relieves y grabados, carboncillos y terracotas vidriadas. Hacia el final del libro se detuvo en un cuadro de Rossetti en el que María parecía una enferma absorta y el ángel frente a ella levitaba con sus pies en llamas. Ese cuadro la conmovió. Cerró el libro y sintió en su corazón una tranquilidad especial. Sucediera lo que sucediera, pasara lo que pasara, se sintió plenamente confiada. Dobló el papel del regalo con cuidado y lo puso dentro de una libreta que le servía de diario. Sonriendo se dispuso a responder la lista de correos que esa noche parecía interminable.

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