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El carro de Hermes o Mercurio.

El siguiente ensayo sobre las tareas propias del hermeneuta tiene como base una investigación iconográfica y una lectura de textos relacionados con el mito de Hermes o Mercurio. He querido con ello, además de revisar con cuidado textos y fuentes primarias, resaltar algunas características que deben tenerse en cuenta en un proceso de interpretación o determinados aspectos entrañables a la tarea hermenéutica. De otra parte, busco a lo largo de la exposición no sólo hacer una ilustración sobre un motivo mitológico sino presentar o mostrar un ejercicio concreto de interpretación.

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Recordemos, para empezar, lo que cuenta el mito (Homero y su “Himno a Hermes”): “Nacido al alba, tañía la lira al mediodía y por la tarde robó las vacas del Certero Apolo, el cuarto día del mes, en el que lo parió la augusta Maya. Cuando saltó de las inmortales entrañas de su madre, no aguardó mucho tiempo tendido en la sacra cuna, sino que se puso en pie de un salto y andaba ya buscando las vacas de Apolo, tras franquear el umbral del antro de la bóveda…”

La primera estrategia de Hermes: “estar siempre naciendo”. El mantenerse renovado. Idea de innovación, de novedad. El mito afirma que Hermes es un dios niño, una divinidad que en el mismo día de su nacimiento, el cuarto del mes para ser más precisos, lleva a cabo las mayores hazañas de su historia. Nace al alba (este es otro dato que me parece clave para entender porqué, además, dentro de los atributos de Hermes está el gallo. El gallo como simbolismo de la vigilancia, del anuncio de lo nuevo), al mediodía ya ha inventado la lira y en el ocaso roba las vacas de su hermano Apolo. Toda esa actividad la realiza en un solo día. La estrategia más fuerte de Hermes está en su diligencia. En su prontitud para actuar. Esta estrategia apunta a señalar la habilidad para atreverse a replantear un problema, un proceso, un procedimiento, un artefacto o para leer renovadamente un texto o un discurso. Los hermeneutas son los estrategas del eterno amanecer.

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Continuemos con el mito: “Hermes, en efecto, fue quien primeramente hizo que cantara la tortuga, que le salió al encuentro en la puerta exterior, paciendo la verde hierba delante de la morada y andando lentamente con sus pies. Y el utilísimo hijo de Zeus, al verla, sonrió y en seguida dijo estas palabras: Casual hallazgo que me serás muy provechoso: no te desprecio. Salve, criatura, amable por naturaleza, reguladora de la danza, compañera del festín, que tan grata te me has aparecido: ¿de dónde vienes, hermoso juguete, pintada concha, tortuga que vives en la montaña? Pero te cogeré y te llevaré a mi morada, y me serás útil y no te desdeñaré; y me servirás a mí antes que a nadie (…) Así, pues, decía; y al mismo tiempo la levantaba con ambas manos y se encaminaba nuevamente adentro de la morada, llevándose el amable juguete (…) Enseguida cortó cañas y, atravesando con ellas el dorso de la tortuga de lapídea piel, las fijó a distancias calculadas; puso con destreza a su alrededor una tira de piel de buey, y colocó sobre ella dos brazos que unió con un puente, y extendió siete cuerdas de tripa de oveja que sonaban acordadamente. Mas cuando hubo construido el amable juguete, llevóselo y fue probándolo parte por parte; y la cítara, pulsada por su mano, resonó con gran fuerza…”

La segunda estrategia de Hermes: Hallar la utilidad en todo lo que encuentra a su paso. “Ver en la tortuga una lira”. El ingenio, la inteligencia práctica. Los griegos denominaban a este tipo de saber o de inteligencia, metis. La inteligencia práctica apunta a que el saber del hermeneuta no es un saber teórico, más bien es un saber aplicado, un saber necesariamente vinculado a una acción, a una actividad. Y la inteligencia práctica consiste en poder volver producto lo que apenas parece una idea o un proyecto. El saber hacer del hermeneuta está orientado a la acción. Por eso mismo, el aprendizaje de estos saberes es más fácil apropiarlo desde la experiencia, o desde el estudio de un caso. Más que reglas o estándares, la hermenéutica se mueve sobre el repertorio de posibilidades, el abanico de soluciones, el menú de alternativas. El saber de la hermenéutica, su estatuto epistemológico, más que el de una ciencia, se asemeja al de un oficio o un arte.

Capacidad del hermeneuta para ver en la tortuga otra cosa, para adaptar, para transferir, para convertir un depósito de información en otras realidades: el entramado de un palimpsesto, la constelación imaginaria sugerida en un símbolo, la oculta ideología presente en un enunciado. A todo lo que llega a la mesa de trabajo el hermeneuta debe decir como Hermes ante la tortuga: “!Bienvenida es tu apariencia¡”… “No te despreciaré, sino que será a mí el primero al que beneficiarás”.

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Continuemos, como lo hemos venido haciendo, la lectura del “Himno a Hermes” de Homero: “Hundíase el sol con sus corceles y su carro en el Océano, debajo de la tierra, y Hermes llegaba corriendo a las montañas umbrías de la Pieria, donde las vacas inmortales de los bienaventurados dioses tenían su estado y pacían en deliciosas praderas que nunca se siegan. Entonces el hijo de Maya, el vigilante Argifontes, separó del rebaño cincuenta mugidoras vacas y se las llevó errantes por arenoso lugar, cambiando la dirección de sus huellas; pues no se olvidó de su arte engañador e hizo que las pezuñas de delante fuesen las de atrás y las de atrás las de delante; y él mismo andaba de espaldas. Tiró en seguida las sandalias sobre la arena del mar y trenzó otras que sería difícil explicar o entender, ¡cosa admirable!, entrelazando ramos de tamarisco con otros que parecían de mirto.

La tercera estrategia de Hermes: no tomar el camino más evidente. En este caso, el mito apunta a señalar el potencial creativo del hermeneuta. El valor de las estrategias divergentes. Tomar atajos, romper los paradigmas convencionales, ver en lo extraño algo familiar y en lo familiar algo extraño, el razonamiento analógico, cambiar de escenarios, potenciar las estrategias que ya Gardner, por ejemplo, analizó e investigó en diferentes actores y campos de conocimiento. Hermes no es obvio en sus estrategias. Busca otros caminos, procede por vía indirecta. Más que decir, sugiere; apela a algo más que la mera intelección. Señala lo afectivo, lo emocional. Las estrategias de Hermes van más allá de la información. Por supuesto, cualquiera puede inferir en el mito la presencia de la astucia, del ocultamiento. Pero, y esa es la estrategia que me parece que está de fondo, es la capacidad de Hermes para no tomar el camino más evidente, para atreverse al desvío, al cambio de lugar, a la metáfora. Las estrategias de Hermes son estrategias creativas.

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Oigamos ahora la voz de Homero, en la Odisea: “Iba ya caminando a través de aquel valle sagrado y acercándome a casa de Circe, la rica en venenos, cuando, próximo a ella, delante mostróseme Hermes. Apretó con la suya mi mano y me habló de este modo: “Tus amigos en casa de Circe como cerdos están encerrados en fuertes zahúrdas. ¿Has venido por acaso a sacarlos? Pues bien, ni tú mismo desde allí volverás: quedarás entre ellos. Mas ¡ea! yo te quiero librar de esos males poniéndote a salvo. Hay aquí una raíz saludable: tendrás que ir con ella al palacio, que bien guardará tu cabeza de muerte”. Tal diciendo, el divino Argifonte entregóme una hierba, que del suelo arrancó y, a la vez, me enseñó a distinguirla; moly suelen llamarla los dioses; su arranque es penoso para un hombre mortal; para un dios todo, en cambio, es sencillo”.

La cuarta estrategia de Hermes: servir de mediador. Recordemos que Hermes sirve de mediación entre el sumo poder y los menos poderosos, entre el reino de la luz y el mundo de las sombras, entre el orden de la vida y el complejo mundo de los muertos. La mediación de Hermes, como bien lo ha escrito Jean-Pierre Vernant es una mediación múltiple, plural, compleja: “el representa en el espacio y en el mundo humano, el movimiento, el paso, el cambio de estado, las transiciones, los contactos entre los elementos extraños”. Entonces, la mediación está encaminada a servir de puente, de canal para regular, para hacer que los elementos del sistema se integren, funcionen, se engranen, sean efectivos. Cuando Hermes sirve de mediador lo hace para restaurar o para instaurar algo. Su labor no es sólo la de revelar un mensaje sino la de equilibrar lo que en su esencia está roto o fracturado. Este aspecto de Hermes es hoy uno de los mayores retos de cualquier intérprete. Mediar. Ayudar a que los diferentes aspectos o elementos de un texto o mensaje puedan adquirir su justo lugar o su justa valía. Mediar la interpretación: más que exaltar algo, más que exagerar o exacerbar un significado, el hermeneuta debe mediar los sentidos, hacerse hábil para como Hermes, convertir las diversas lecturas en un repertorio de riqueza interpretativa. Por algo el caduceo es uno de los atributos de Hermes. El caduceo que es también un hermoso simbolismo de la salud, del bienestar. De esa salud consistente en mantener el equilibrio del sentido sin merma o sobrepeso en la interpretación.

Hermes: bisagra entre lo que se ve y lo que permanece oculto, entre lo unívoco y lo equívoco; aliado de los secretos y de las maquinaciones. Lector de los significados profundos de todas las cosas.

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Una vez más, acudamos al mito. Sigamos con Homero, pero deteniéndonos ahora en canto quinto de la Odisea: “¡Hermes! Ya que en los demás eres tú el mensajero, ve a decir a la ninfa de hermosas trenzas nuestra firme resolución –que el paciente Odisea torne a su patria- para que el héroe emprenda el regreso sin ir acompañado ni por los dioses ni por los mortales hombres (…) Así dijo Zeus. El mensajero Argifontes no fue desobediente: al punto ató a sus pies los áureos divinos talares, que le llevaban sobre el mar y sobre la tierra inmensa con la rapidez del viento, y tomó la vara con la cual adormece los ojos de los hombres que quiere o despierta a los que duermen. Teniéndola en las manos, el poderoso Argifontes emprendió el vuelo y, al llegar a la Pieria, bajó del éter al ponto y comenzó a volar rápidamente sobre las olas, como la gaviota que, pescando peces en los grandes senos del mar estéril, moja en el agua del mar sus tupidas alas: tal parecía Hermes mientras volaba por encima del gran oleaje”.

La quinta estrategia de Hermes: servir de mensajero. Tal vez el simbolismo más cercano a nuestro trabajo como intérpretes. El Hermes como heraldo. Sin embargo, si uno mira con detalle el mito, descubre que esta labor de mensajero comporta una serie de competencias o, al menos, de habilidades. Piénsese no más en el tacto para develar los secretos o para servir de consejero, tanto de dioses como de hombres. De alguna manera, Hermes es un traductor, un intérprete de mensajes. Eso hace que su tarea conlleve, como bien nos lo ha enseñado Paul Ricoeur, tanto una voluntad de escucha como una voluntad de sospecha.

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Echemos mano, en este apartado, de la iconografía. Miremos dibujos y grabados, particularmente las Imágenes de Filóstrato el Viejo, los Emblemas de Alciato, y Cesare Ripa. Observemos y hagamos otra inferencia. 

La sexta estrategia de Hermes: servir de punto de referencia para el caminante o el viajero. Servir de punto de referencia, de hito, de mojón. Hermes Orientador. Recordemos que, dentro de la tradición antigua, era costumbre que los caminantes fueran colocando una piedra, en tanto pasaban por ciertos lugares. De allí, de ese cúmulo de piedras fue consolidándose una práctica y más tarde una devoción. Los mojones: una estrategia de apoyo “tanto para el viajero que traspasa la frontera de la región que conoce, como para el extranjero lejos de su patria”.

En este caso, el trabajo del hermeneuta es determinante a la hora de enfrentarse a las encrucijadas del sentido. Hermes es un guía para salir airoso del conflicto de las interpretaciones.

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Continuemos con el rastreo iconográfíco. Además de obras pictóricas como las de Mantegna, Tiépolo, Correggio o Veronese, tengamos presente la Guía iconográfica de héroes y dioses de la antigüedad, de Aghion, Barbillon y Lissarrague y la obra homónima de Lucia Impelluso. Afinemos la mirada y descubramos otra de sus características. 

La séptima estrategia de Hermes: “Tener la ligereza de las plumas”. Todo Hermes es alado. Por supuesto el simbolismo de la rapidez salta a la vista. Aunque me parece más interesante hablar de ligereza. Las estrategias de Hermes poseen la ligereza de las plumas. Recordemos que las plumas expresan la no pesadez, la capacidad de levantarse, de moverse sin lastres o ataduras. También se ha dicho que el pie es símbolo del alma, y que las alas que aparecen en el talón de Hermes, corresponden a un poder de destilar la esencia, de lograr alcanzar lo esencial. Las alas de Hermes, en su sombrero, el pétaso, llevando el caduceo, también alado, con sandalias aladas… todo en él, nos habla de un dios fuerte por ser leve, ágil por su ligereza, rápido como el pensamiento. La fugacidad de Hermes no le viene por la rapidez sino por su levedad. Es cuestión de ausencia de peso más que de velocidad.

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Retomemos de nuevo las fuentes textuales. Analicemos lo que nos dice Apolodoro, en su Biblioteca: “Apolo se presentó en Cilene ante Maya y acusó a Hermes. Lo condujo a presencia de Zeus y le reclamó sus vacas. Cuando Zeus le ordenó devolverlas, negó tenerlas, pero, como no logró convencerlos de ello, llevó a Apolo a Pilos y le devolvió las vacas. Sin embargo, cuando Apolo escuchó la lira, se la cambió por las vacas. Hermes, mientras las apacentaba, construyó también una flauta y tocaba con ella. Deseoso Apolo de obtener también ésta, le entregó un bastón de oro que había adquirido cuando se dedicaba al pastoreo. Pero Hermes deseaba también alcanzar el arte de la adivinación; así que hubo entregado la flauta, fue instruido en el arte de adivinar por medio de guijarros, y Zeus lo hizo mensajero suyo y de los dioses subterráneos”.

Octava estrategia de Hermes: Inventar para propiciar las relaciones. Sorprende en una lectura atenta del mito y su variantes, la cantidad de inventos atribuidos a Hermes. Desde la invención de las letras del alfabeto, de las palabras y la elocuencia, hasta la aritmética, la astronomía, las escalas musicales. Y también el invento de los pesos y las medidas, del arte de boxear, de la gimnasia. Inventor del trueque, del comercio. Hermes es un dios inventor y polifacético. La creatividad le fluye como algo natural. Tal vez por eso Hermes haya sido considerado como una divinidad fecunda, fálica. Hermes es creador como su padre Zeus. Y muchos de esos inventos tienen la función de servir para el trueque, para provocar la relación, para generar actos de doble vía. Los inventos de  Hermes, sus estrategias creativas, siempre conducen a señalar las relaciones, las interrelaciones, el flujo comunicativo; a entrar de lleno en los juegos propios del lenguaje.

Fuentes y material bibliográfico:

Filóstrato el Viejo, Imágenes, Ediciones Siruela, Madrid, 1993.

José Luis Morales y Marín, Diccionario de iconología y simbología,  Taurus ediciones, Madrid, 1984.

Robert Graves, La diosa blanca (Historia comparada del mito poético), Editorial Losada, Buenos Aires, 1970.

Alciato, Emblemas, Akal ediciones, Madrid, 1993.

Cesare Ripa, Iconología, Akal ediciones, Madrid, 1996.

Francisco Diez de Velasco, Los caminos de la muerte, Editorial Trotta, Madrid, 1995.

Kart Kerényi, Los dioses de los griegos, Monte Avila editores, Caracas, 1997.

Carlos García Gual, Diccionario de mitos, Editorial Planeta, Barcelona, 1997.

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Jean-Pierre Vernant, El universo, los dioses, los hombres (El relato de los mitos griegos), Editorial Anagrama, Barcelona, 2001.

Richard Buxton, El imaginario griego (Los contextos de la mitología), Cambridge University Press, Madrid, 2000.

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Robert Graves, Los mitos griegos, Alianza editorial, Madrid, 1985.

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Aghion, C. Barbillon y F. Lissarrague, Guía iconográfica de héroes y dioses de la antigüedad, Alianza editorial, Madrid, 1994.

James Hall, Diccionario de temas y símbolos artísticos, Alianza editorial, Madrid, 1996.

Jean Chevalier y Alain Gheerbrant, Diccionario de los símbolos, Editorial Herder, Barcelona, 1986.

Lucia Impelluso, Héroes y dioses de la antigüedad, Electa, Barcelona, 2002.

Hans Biedermann, Diccionario de símbolos, Ediciones Paidós, Barcelona, 1993.

Carl Gustav Jung, Simbología del espíritu, Fondo de Cultura Económica, México, 1981.

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