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Equipo de maestros de la Normal Superior de Acacías.

He comenzado con el  equipo de docentes de la Normal Superior de Acacías, liderado por el rector Eduardo Cortés Trujillo, la lectura de una obra de Paulo Freire: Cartas a quien pretende enseñar. El objetivo es ir leyendo, semana a semana, esta obra de madurez del pedagogo brasilero. Pero, además, he invitado a todos los profesores de esta institución a que vayan haciendo anotaciones de lo leído en tres vertientes: a) reflexiones sobre la propia práctica, b) resignificaciones de algo que hacen o sobre su quehacer docente, y c) acciones o aplicaciones a su labor como maestros. Sobra decir que no se trata de una labor de “transcripción de citas”, sino de reflexionar sobre lo que se va leyendo y, con ese estímulo, lanzarse a derivar otras ideas, atreverse a formular alguna iniciativa, permitirse el autocuestionamiento o someter a revisión lo cotidiano del trabajo educativo.

Esta primera semana, según el plan lector establecido, la tarea es leer con detenimiento el capítulo titulado “Primeras palabras”. Así que, como una manera de ir con ellos haciendo la lectura del libro, he querido compartir una primera tanda de reflexiones, resignificaciones y aplicaciones a mi labor docente. Presentar esta cosecha, fruto de una primera lectura, tiene el propósito adicional de que sirva de estímulo a los que temen empezar a escribir en su “libreta de notas” o se convierta en un punto de referencia para vislumbrar el objetivo esperado.  

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Resulta interesante cómo Paulo Freire no deja de reflexionar permanentemente sobre lo que hace, aún sobre el mismo libro que comienza a escribir. Al poner en “movimiento dinámico” el pensamiento, el lenguaje y la realidad, logra no sólo hacer más prolífica su capacidad creadora, sino, además, transformarse en un “sujeto crítico”. Escribir, entonces, deja de ser “un ejercicio mecánico” y se convierte en un genuino ejercicio del pensar.

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Es aleccionadora la manera como Freire empieza a “trabajar en una temática”. Dice él que esto implica “desnudarla, aclararla” pero sin suponer que tal actividad nos lleve a alcanzar la “última palabra” sobre el asunto. Entreveo que este proceso de aclaración del tema siempre es provisional porque nosotros y la realidad en la que vivimos es cambiante, contradictoria, compleja en todo su espesor.

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Comparto con Freire la idea de que la tarea del maestro es “placentera y exigente”. Eso debe llevarnos a mantener cierto atrevimiento en lo que hacemos para no caer en la “burocratización de la mente”, para no perder la alegría, para no dejar de capacitarnos, para mantener viva esa exigencia social que es, en el fondo, una responsabilidad política.

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Habría que examinar cuándo renunciamos a las exigencias de la profesión, para contentarnos con una relación cariñosa y tranquila con los estudiantes. Cuándo somos más tías que maestros, para mantener la imagen propuesta por Freire. Entiendo que actuar como tías resulta menos demandante porque no nos impone “reprogramar”, “rectificar” lo que hacemos. Bien parece que la vocación no es suficiente para ser maestro; es asumiendo la profesión como el educador puede perfeccionar su práctica.

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Creo que es de mucha utilidad el consejo de Freire para mejorar lo que hacemos en el aula: hay que pensar en ella. Estar dispuesto a evaluarla. Pero no con el ánimo de envilecernos o desprestigiarnos; más bien como una oportunidad para afinarla en donde todavía está burda, o para darle un colorido diferente allí donde sigue opaca. Es evidente que si la propia práctica no se pone en cuestión, si no incluimos en esa mirada el contexto, nos contentaremos con lo poco que hacemos o terminaremos repitiendo hasta el cansancio lo ya conocido y previsible. Subrayo ese cambio de perspectiva: no se trata de reflexionar para  alcanzar un ideal de perfección de maestro; por el contrario, son las reflexiones sobre la propia práctica docente, las evaluaciones continuas, las que le permiten al maestro renovar su quehacer. Allí donde hay un error, una imperfección, un desacierto, allí, es justamente donde está la clave para vivificar o mantener vital el oficio de enseñar.

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Así haya lineamientos, políticas de estado, libros de texto con programaciones exhaustivas, Freire invita a no tomarlos sin una reflexión crítica. No podemos terminar “domesticados” por los documentos propios de la administración burocrática. Hay que defender un espacio para la autonomía, para la bandera de sueños que todo maestro iza en su clase. Esa parece ser la paradoja de la profesión docente: de un lado atender a las políticas del Gobierno y, de otra, ser un militante y defensor de los saberes derivados de su práctica.

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Independientemente del área disciplinar de cada maestro, todos los educadores tenemos un compromiso con la construcción de ciudadanía. Pero Freire la cualifica: ciudadanía crítica. Es decir, preparar a nuestros estudiantes para un discernimiento de las “opciones políticas” de “los caminos ideológicos”. El presunto tono aséptico de ciertas asignaturas necesita impregnarse de los derechos y los deberes, de la lucha de intereses, de los entramados no siempre legibles de lo político.  

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Podría ser útil, en las reuniones de área o en los espacios destinados para ejercitar a los maestros en formación, dedicar un tiempo a reflexionar sobre los errores y las “cosas que no salieron bien”. Habría que luchar para no “disfrazar” o “disimular” el equívoco  y poderlo analizar con franqueza y tranquilidad. Es urgente esta clínica o laboratorio sobre los errores o desaciertos en la práctica docente para, con ese análisis, descubrir cómo mejorarla, enriquecerla o cualificarla.   

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