Ilustración de John Holcroft

Ilustración de John Holcroft.

La idea empieza a tomar forma. El pensamiento, rápido, escurridizo, le dice a la mano que vaya consignando su emerger de agua, su vaporosa forma evanescente. La mano quiere ir tan rápida como el pensamiento pero siempre va unos segundos atrás, a la zaga de los mandamientos de ese dios intangible.

Ahora la mano se detiene o quizá cese el pensamiento. Una y otro buscan una palabra o un enlace entre las ideas. Hay una zona de duda que el pensamiento usa para encontrar otras alternativas y la mano para dejar más claras las letras. Hasta ahora no hay tachones. Todo parece fluir sin obstáculos.

El pensamiento descubre una veta para profundizar en ella. La mano lo sigue. El filón es apenas una provocación o una incitación a adentrarse en un campo de interés o, al menos, que parece llamativo. La idea es sobre el mismo proceso de escribir y las peripecias para llevarlo a cabo. El pensamiento descubre que esa idea ya ha sido abordada por los estudiosos de la creatividad y reconoce en el motivo inicial o en el detonante de cualquier proceso creativo una multiplicidad de causas: la curiosidad, el recuerdo, las relaciones interpersonales, una emoción, un sentimiento, la imaginación. “¿Por qué empezamos a escribir?”, vuelve y se interroga el pensamiento. La mano quiere aportarle algunas respuestas pero se mantiene obediente en su tarea de amanuense responsable.

El pensamiento afirma que ese primer detonante, en este caso, es el juego. El juego con el lenguaje. La mano considera tal razón una posibilidad interesante, aunque hubiera preferido otras menos fáciles. El pensamiento se recrea en su propia materia germinante. Sabe que el lenguaje lo nutre y él, a su vez, amasa tal forma. Claro, esa convivencia se hace más fuerte en la medida en que se ejercita y pone en acto: en el acto de escribir.

La mano está atenta pero ha descubierto que el exceso de trabajo en el teclado del ordenador la ha vuelto perezosa para el dictado. Sin embargo, se obstina en no quedarse atrás. El pensamiento ha entendido esa voluntad o esa persistencia de la mano para seguirlo, y ha decidido quedarse como en blanco, para esperarla. Obvio, no es fácil para el pensamiento quedarse en blanco, hasta podría decirse que es imposible; pero aun así, ha hecho ese esfuerzo, como un gesto de cortesía o de simple consideración. La mano ha sentido tal gesto y ha expresado un “gracias”, sin decir nada.

El pensamiento después de unos segundos ha vuelto a su tarea de disparos y luces de palabras. “El motivo es sencillo: ver qué tanto puede sacarse de un tema lanzado al azar”. La mano le contesta, en silencio, que ya el escribir es una respuesta y, que al ir poniendo un signo detrás de otro, se va produciendo una línea de palabras tendiente a provocar un significado. El pensamiento afirma que el significado ya está predestinado; la mano replica que no: es al escribir como se va encontrando el mejor atuendo para el pensamiento. Que la idea necesita de la perfección de la mano; o que la idea no puede traspasarse al papel tal y como el pensamiento la crea o la imagina. El pensamiento alega que la mano no interviene en ese proceso; que ella apenas toma nota, que es una operaria, una oficiante servil. La mano siente que tal afirmación, además de ser ofensiva, no es justa con su tarea. Porque, murmura, ¿de quién son los tachones?, ¿y de quién las secretas modificaciones de un término cuando no es tan preciso? De ella, sin lugar a dudas. El pensamiento alcanza a escucharla y le dice que tales consideraciones no son ciertas: es él el que corrige y es él el que busca el mejor término para que armonice el sentido de una proposición. Lo que sucede, afirma, es que la mano es más lenta y no puede expresar “en directo” lo que acaece en sus dominios cerebrales. La mano insiste en que sin ella poco se sabría de todas esas “hermosas creaciones”; y que si no fuera por sus humildes aportes, buena parte de lo que el pensamiento idea o construye, sería menos que una sombra o una ráfaga de viento. Al pensamiento le parece que la mano está asumiendo un rol que no es el suyo. ¿No se escribe primero en la cabeza?, como dicen muchos expertos del escribir; al menos un ciego como Jorge Luis Borges, eso confesó en muchas ocasiones. La mano se queda en actitud de escucha y luego dice que sin las manos de la madre de Borges o las manos de sus secretarias, tal producción mental habría quedado en el olvido. “Se escribe también dictando”, afirma la mano con un tono lacónico. El pensamiento prefiere dejar las cosas así, es inútil explicarle a un ente físico cómo los entes inmateriales actúan. “Sí, sí, sin ti yo no tengo existencia”, le responde la mano, con un tono inconfundible de ironía.

La mano decide abandonar su tarea. El pensamiento se queda mirándola por largo tiempo. Ve los dedos y las uñas al final de cada dedo; percibe los nudillos y algunas manchas en la piel. La mano ha soltado el bolígrafo y se ha dedicado a hacer ejercicios de estiramiento con la otra mano. Las dos se han dado un fuerte estrechón de dedos. Después se han acariciado, como si estuvieran en un mutuo masaje. El pensamiento no ha dicho nada; se ha quedado como absorto. Enseguida, conocedor del sistema en que anda inmerso, toma la iniciativa y construye otra línea de pensamiento: “El inicio de escribir es múltiple pero el trato con las palabras es muy semejante”. La mano sabe que su amiga, la memoria, ha guardado esa confesión, pero conoce que no será por mucho tiempo. Más por solidaridad que por otra cosa, retoma el bolígrafo y consigna esa frase del déspota pensamiento. Acto seguido, mira la idea y empieza a corregir dos términos. “El pensamiento, por ser tan rápido, cae en las repeticiones, comete errores de incoherencia y muchas otras falencias”. El pensamiento acepta las críticas de la mano e intenta dictarle una nueva secuencia de ideas: “Las palabras son engañosas o mutantes, variables y esquivas”. La mano sabe que esta afirmación es totalmente válida, y tal afirmación la llena de motivos para seguir adelante. “La humilde mano es la que pule, la que desbasta, la que lima o quita las impurezas del pensamiento”. Luego, vuelve a revisar lo que ha consignado y cambia un término por otro. El pensamiento acepta tal ajuste pero se guarda para sí la razón mayor: él ha sido el que ha visto con anterioridad, cuando la mano escribía su pensamiento, ese nuevo término; y porque le ha parecido más preciso ha preferido modificarlo. La mano no lo sabe o parece ignorarlo.

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