Liderazgo

Los gerentes organizan, direccionan, tienen control de los procesos y el funcionamiento de una organización. Son, además, excelentes comunicadores y grandes animadores de sus equipos de trabajo. Deben, por lo demás, tener habilidades para la administración y experiencia en los procesos de la gestión, planeación y manejo de grupos. Tienen que poseer, y eso sí que es importante, valores como la honestidad y la responsabilidad mediante los cuales mantengan y fomenten un clima de confianza y transparencia, sin artimañas ilegales o desgreño en una compañía.

Los gerentes son necesarios e importantes para una organización en la medida en que se requiere darle unidad a una política, asentar un modelo, establecer un orden de cosas. Eso convierte a los gerentes en aliados para que una misión se lleve a cabo o para que la empresa esté ordenada y tenga alguna certeza de prosperidad. En la gerencia, por lo mismo, está amarrado el orden jerárquico de una institución, y es la garantía para que los grandes objetivos se repliquen o se hagan realidad en los espacios más operativos o de labores cotidianas. Sin la gerencia se perdería fácilmente el propósito de una empresa, cundiría el desorden, el desaprovechamiento de recursos y la desazón entre sus miembros o empleados.

Son necesarios, pues, los gerentes para ejecutar los planes de desarrollo, para movilizar el engranaje de una estructura compleja y para direccionar los esfuerzos y los talentos de las personas. Sin gerentes acuciosos y disciplinados, sin su ojo vigilante y de asistencia oportuna, cualquier organización quedaría desarticulada o estancada en sus metas.

No obstante su importancia, no todos los gerentes tienen madera de administradores responsables y cuidadosos. Es común que la gerencia termine en la burocratización de funciones, en la repetición de procedimientos o en una absoluta falta de renovación de lo ya conocido. Es ahí, donde es necesaria la pasión desbordante de los líderes.

Los líderes son más atraídos por la renovación, por lo diferente. Los líderes abren caminos, avizoran geografías todavía no colonizadas y tienen una capacidad de riesgo a toda prueba. Los líderes no se contentan con lo establecido, rompen modelos, se atreven a proponer formas diferentes de estructuración, proponen otras alternativas, idean mecanismos para darle un ritmo diferente a los grandes mecanismos de una empresa. Ellos son los que, a partir de una lectura atenta de los contextos y las circunstancias, saben persuadir a otros para remontar el vuelo y salir de los lugares conocidos; están convencidos de la existencia de utopías y, aunque a veces no puedan mostrar el mapa de aquellas tierras, tienen la certeza de que existen más allá de lo que alcanza la mirada e intuyen –con gran perspicacia– los beneficios de empezar a desplazarse para ir hacia ese mundo inédito, desconocido y rico en posibilidades.

Los líderes, por lo general, no son obedientes y conformes como los gerentes. Tienen en su corazón una alta dosis de rebeldía o, por lo menos, cierto inconformismo con lo vigente que los lleva a parecer desacomodados o rebeldes. Los líderes, en esta misma perspectiva, son tildados de locos o desadaptados por todos aquellos que prefieren las cosas como están, defienden el statu quo y el acomodamiento sin interrogantes. Los buenos líderes tienen un “halo” de marginalidad que, en muchos casos, los convierte en personas no comunes o teñidos de extrañeza y excepcionalidad.

Tal vez sea eso mismo lo que los hace fascinantes y seductores. El carisma de los líderes, molesto para algunos, es la misma fuerza de atracción para otros. Hay una zona de imantación que atrae a unos pocos al comienzo y a otros tantos después. Los líderes atraen con su discurso, con sus ideas, con su particular manera de comportarse, de enfrentar una situación o resolver un problema. En el estilo de comunicación empleada hay una gran parte de su éxito. La otra causa de su atracción está en el carácter que poseen. Los líderes son decididos, arriesgados, con valores como la tenacidad y la valentía. Además, orientan su vida por unos ideales que parecen su único motivo de existencia. Los líderes tienen un propósito, unas metas precisas, un proyecto personal de largo alcance.

Sobra decir que una organización sin líderes se estanca, se amodorra en sus logros del presente. Sin líderes las instituciones fácilmente se rutinizan y terminan momificadas o enceguecidas para ver otras oportunidades de cambio o mejora. Son los líderes, esos díscolos no fáciles de manejar o encausar en lo establecido, los que logran sacar a las empresas de su marasmo. Ellos son los genuinos heraldos de la innovación y la renovación de aquellas estructuras con moho de sedentarismo y pesadez en todos sus engranajes. Son los líderes, a veces incómodos para la gran mayoría, por momentos contestatarios o divergentes, los que arriesgan soluciones, diseñan alternativas, abren otras vías a las transitadas rutas de hacer siempre lo mismo. Por eso hay que conservarlos y saberles dar su justo lugar en las organizaciones; porque son ellos los augures del porvenir.

Es evidente, que no todos los líderes alcanzan a cumplir sus propósitos cabalmente. A veces, su mismo entusiasmo o su lucidez se conviertan en un impedimento para finiquitar sus sueños. Hasta puede suceder que la soberbia los lleve a senderos desérticos. Pero aun así, son indispensables para una organización. Ellos jalonan, dan nuevos aires, llenan de vida lo exánime y deslucido, recuperan la esperanza y los motivos para no sucumbir ante un fracaso, una bancarrota o el declive de una organización. Los buenos líderes son la reserva de futuro, la despensa humana para sobrevivir en las épocas de crisis o incertidumbre generalizada.

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