Del oficio

ESCRITURA RIZOMÁTICA

Lo que nos convoca hoy es la escritura y la manera particular de desplegarse en esta página que, según parece, es una superficie plana. Sin embargo, sabemos que esa supuesta horizontalidad de la página es un engaño: porque si uno la mira con cuidado está llena de pequeños baches que van haciendo las palabras al momento de tocar la superficie. Digo esto, porque las palabras al unirse con la página en blanco, la tocan, la maltratan, la impactan de distinta manera. O para usar una imagen: las palabras son como meteoros que impactan la superficie lunar de la página.

Así que, empecemos a recorrer esta página con el agenciamiento de escrituras rizomáticas. Un escribir que agencia conexiones y heterogeneidades, multiplicidades, rupturas. Un escribir que alarga, prolonga o alterna las líneas de fuga de la significación. Un escribir con la memoria corta… Escritura rizomática: la de flujo con retrasos relativos, con precipitaciones y rupturas; la de velocidades mesurables; esa que deslinda, se ramifica con nuevas escrituras adventicias… La escritura propia de lo suplementario. Escritura rizomática: esa escritura tubérculo que aglutina muchos actos y muchos lenguajes, dialectos personalísimos; la misma que se rompe en una parte pero que siempre recomienza en otra… Escritura del segmento, pero de un segmento que se escapa sin cesar… Escritura rizomática: la de múltiples entradas; la elaborada como si fuera una producción filamentosa; la que deriva a la par que penetra; esa, la escritura red intercambiable, la escritura operación local, la escritura juego de las mutaciones y las transformaciones… Escritura rizoma: playa a la expectativa de lo que viene del afuera.

Rizoma uno: frase raíz:

De una frase-raíz generar “abundante ramificación lateral y circular no dicotómica”

La mujer dijo que no había contestado la llamada porque se había quedado dormida

Ante la pregunta de por qué no había contestado esa noche la llamada, la mujer le contestó que no había escuchado el teléfono porque se había dormido temprano, debido a que estaba muy cansada pero también dijo que no había contestado esa llamada porque estaba con un amigo y contestar esa llamada la incomodaba porque no sabía cómo decirle a él que estaba con su amigo, claro está que la mujer dijo sin decir esas cosas pero ella imaginaba que el no contestar aquella llamada le iba a causar problemas, especialmente en el tipo de  explicación, pero aún así no contestó, y eso de que se había quedado dormida lo usó como disculpa quizás porque pensaba que esa misma respuesta la había usado una vez anterior y como que había dado resultado. Así que cuando la mujer llamó al hombre, al otro día, a eso de las once, y le dijo que no había escuchado la llamada porque se había dormido temprano, lo cierto es que había pensado mucho esa disculpa o esa mentira pero había olvidado también que él le había dicho que esa noche la llamaba, que harían su ritual de fantasía, pero ella, tal vez por no saber cómo salir del problema le soltó esa repuesta: no escuché  la llamada porque me quedé dormida.

Podríamos ser un poco más rizomáticos:

La mujer, esa mujer de cuerpo pequeño y manos perfectas, esa mujer que le temía tanto a la soledad que la confundía con el silencio, esa mujer respondió, aunque no fue en verdad una respuesta sino una frase preparada, que no había contestado la llamada y este hecho era un hecho denso porque varias de las discusiones que había tenido con el hombre había tenido como chispa una llamada, una llamada no respondida, o una llamada no hecha, porque se había quedado dormida, y dormir era una de las maneras como ella huía de los problemas. Dormir que era como no pensar, como dejar el afuera clausurado de sus influencias…

Escritura fasciculada, escritura raicilla que se multiplica y se retroalimenta de sí misma. Escritura, en la que, a la raíz principal (llamémosla palabra o frase), se le injertan una multiplicidad inmediata y cualesquiera de raíces secundarias que van  adquieren un gran desarrollo.

La mujer dijo que no había contestado la llamada porque se había quedado dormida.

La persona adulta del sexo femenino, pronunció o expresó mediante un enlace gramatical subordinante una negación referida a no responder la señal que se pone para remitir al lector a otro lugar de la misma obra porque se había mantenido en un estado de suspensión de la actividad consciente acompañada con el sueño.

Rizoma dos: relato madriguera

Un texto-relato que es, al mismo tiempo, “hábitat, provisión, desplazamiento, guarida, ruptura”. Un relato que no cesa de conectar actos, historias, personas, voces muy diversas. Un relato aglutinante que evoluciona por tallos y flujos subterráneos, que se desplaza por las manchas de aceite de mi memoria. Un relato que se intercomunica como las madrigueras de las ratas o los topos.

La casa campesina de unas puertas y ventanas pintadas de un color naranja

La casa campesina de puertas y ventanas pintadas de color naranja

1. La casa tenía un enorme patio de cemento y unas puertas y ventanas pintadas de un color naranja, visible, muy  visible desde lejos. Desde el camino real, desde Lomalarga o desde aguasclaras, la gran quebrada. La casa tenía dos habitaciones amplias cubiertas de zinc y con piso de cemento. En esa casa había varias reproducciones, una de los dos caminos del hombre y otra en donde estaba un diploma de dragoneante del tío Antonio. La casa daba por un lado a la cocina que era también despensa y, por otro, a la otra casa donde dormían todos los Rodríguez.

2. Desde el camino real, abajo de la casa de la señora Josefina, se veía despuntar el naranja de la casa de los Rodríguez. Este camino, horadado por las lluvias torrenciales y las patas de las mulas cargadas de piña, era escarpado, lleno de piedras. Un camino penoso. El camino empezaba en la quebrada de Aguasclaras y terminaba en El Prado, ese sitio al lado de la carretera. Aunque es un decir que el camino empezaba en esa quebrada, porque si uno lo seguía iba hasta Lomalarga y desde allí hasta el Cerro y del cerro de nuevo a la carretera y la carretera es otro camino y ese camino llevaba a San Juan y esa carretera conducía hasta Bogotá. Lo cierto es que hacia la mitad de ese camino se podía divisar bien el patio de la casa de los Rodríguez y las puertas y las ventanas pintadas de un vivo color naranja. Desde allí, el sobrino cuando llegaba a pasar vacaciones echaba un grito para que su tío supiera que él ya había llegado y le amarrara los perros o Beatriz fuera corriendo a la cocina a comenzar a preparar la limonada.

3. En Aguasclaras al sobrino le gustaba bañarse cuando iba de vacaciones. Pero lo que más le gustaba era esperar que lloviera copiosamente para ir con su primo Saúl, apenas amainara la lluvia a ver cómo había crecido la quebrada, cómo rugía y cómo arrastraba árboles, piedras, palos y cuanta cosa encontraba en su camino. Los dos primos bajaban a toda prisa por entre las piedras y el barro resbaloso del camino de herradura, por el camino real, ansiosos por ver la avalancha. Allí, se quedaban extasiados hasta que bajaba un poco la fuerza del agua y retornaban por el mismo camino conversando o echando chistes o recordando historias de espantos.

4. Sául era mayor que el primo que venía de Bogotá a pasar sus vacaciones en la casa de los Rodríguez. Sául era bromista y pícaro. Casi siempre le proponía al primo pilatunas, como esa de ir a ver bañarse a la abuela en El charquito. O le proponía aventuras como la de ir a sacar vino de palma o acompañarlo hasta La Peña, y dejarlo perdido entre la inmensidad del pasto yaraguá. También con ese primo el sobrino jugaba al tejo y, en las noches, exploraba su erotismo infantil.

5. Desde Capira, Lomarga se ve cercana y lejana a la vez. Cercana porque alcanzan a divisarse las casas de Rodolfo y Don Valentín, las casas de los Ayala y los Vásquez. Pero también se ve lejana porque se aprecia lo larga que es esa montaña: comienza en el plan del Tolima y sube hasta bien cerca a las nubes que sobrevuelan La Muchagua. Y si uno se fija con cuidado, detrás de Lomalarga hay otras montañas y más allá otras semejantes en su forma pero distintas en el color: verdes, azules claras, azules oscuras… En Lomalarga se ven claramente los potreros y el camino real, se ven las reses y se ven también los cultivos de los Rodríguez, la roza de maíz. Allá, hacia la derecha, en un sitio llamado Caracolí.

6. La señora Josefina era una vieja de ojos claros y hermosos. Fumaba cigarrillos ordinarios y se reía de su propia manera de referir las anécdotas. La señora Josefina era flaca y pequeñita. Tuvo una tienda pero la cerró porque por el camino real, cuando se acabó la fiebre de la piña, ya no pasaba nadie. Y después de clausurar aquella tienda se sentaba en una silla de madera a ver pasar a los escasos transeúntes. Desde allí, siempre decía lo mismo, “buenas”, cuando alguien pasaba frente a su casa, y siempre decía “adiós” cuando el forastero dejaba atrás el ladrido de una camada de perros pequeñitos que más que buscar morderlo lo que hacían era alegrarle la tristeza de ese camino. La señora Josefina tuvo varios hijos pero sólo en su vejez la acompañó Ramón.

7. La foto del tío Antonio estaba en la sala principal de la casa de los Rodríguez. Arriba de la puerta que daba paso a la otra habitación. Mis tías decían después que yo me parecía mucho a él en esa foto. Lo cierto es que ese diploma permaneció durante mucho tiempo vigilando a Beatriz cuando se ponía a planchar en aquella mesa que también servía de comedor especial cuando alguien venía de Bogotá. Esa foto acompañó las fiestas con las Ayala cuando estaba de moda La pollera colorá y mi tía Pura vestía de tacón puntilla y le traía al sobrino unas mangas enormes, cuando iba de compras al pueblo de Armero. Esa foto siguió ahí cuando él se casó y se fue a vivir a Santa Rosa, y sigue ahí después de que el murió, como un testimonio de su presencia, de una estirpe, de una sangre y un apellido.

8.

Rizoma tres: líneas de articulación y líneas de fuga

Un texto en donde hay “líneas de articulación o de segmentariedad, estratos, territorialidades; pero también líneas de fuga, movimientos de desterritorialización y de desestratificación”. Un texto que somete una idea madre a una idea de fuga. Semiosis. Un signo que nos lleva a otro signo y éste, a su vez, nos lleva a otros más, en una progresión infinita.

Empezar una charla con una línea de articulación

Vamos a continuar esta charla escribiendo otra línea de texto. Es decir, y nótese que al colocar este conector deseo subrayar una continuidad, incorporando un texto bisagra capaz de hacer avanzar mi exposición. Hasta aquí, separados por un punto seguido, podríamos decir que van dos segmentos del primer párrafo. Salta a la vista, entonces, que las ideas pueden ser entendidas como segmentos que pueden ir articulándose, bien con la puntuación o bien con los marcadores textuales. Vistas así las cosas, cada oración sería un segmento y varias de ellas constituirían un párrafo.

De otra parte, y he aquí un nuevo conector para amarrar lo dicho anteriormente con lo que sigue, cada párrafo al ser mirado en relación con los otros opera como si fuera un estrato del territorio textual. O un territorio –digamos una isla– que al articularse con otros, va creando un territorio más amplio, un archipiélago, si seguimos fieles a la analogía. Puesto de otra forma, cada idea necesita de un pegamento y cada párrafo de otro pegante para así armar una unidad coherente o por lo menos consistente.

Pero, puede suceder que a esas ideas le sumemos líneas de fuga. Como quien dice, que a la idea inicial le abramos un herida para que salgan, cual lagartijas diminutas, otras ideas que puedan tomar vida propia aunque conectadas por el cordón umbilical a la idea madre. Podría ser que esa línea llamada afirmación primera la deriváramos en otras sublíneas tales como la digresión, la reafirmación, la ampliación… o cualquier dispositivo retórico que permitiera duplicar, repetir, amplificar la idea primera. De una vez, llamemos a esas ideas derivadas, ideas de fuga.

Para hacerlo un tanto más comprensivo, lancemos la idea de que escribir es tanto como cocinar. Y volvámonos hacia atrás para aplicarle el toque de la idea de fuga. Quedaría más o menos así: escribir, en cuanto acto de pensamiento y no de mera redacción, es tanto (valga la comparación para hacernos más gráficos o más didácticos), como cocinar. La cocina que es utensilio y aroma, tradición y alimento, vida y estética. Ese sería una ilustración siguiendo la estrategia de ideas de fuga amplificantes. Mas podría tomarse otro camino y lanzarnos de esta manera: el escribir, este que trato de compartirles a ustedes, este que va saliendo a la medida que mis dedos tocan el teclado y veo cómo manchan el pedazo de la pantalla del ordenador, este escribir, el mío, el que me vincula a la vida, este escribir sinuoso, este escribir, es tanto como cocinar…

Claro que también podríamos romper esas primeras líneas de texto de otra manera. Romperlas disolviéndolas, volviéndolas viscosas, retrasando lo que sigue, precipitándolo abruptamente… En este caso, y voy a tratar de construir un párrafo de esa manera, tendría dificultades para la comunicación más directa pero ganaría en riqueza semántica, en barroquismo, en exuberancia lingüística.

“Cuando se intenta escribir así no más, porque así vienen la ideas, o las frases o los personajes si es que uno gusta de contar historias, cuando vienen así, de pronto, y saltan sobre el papel sin que la mano las atrape, uno se ve extrañamente sorprendido, y lo digo porque no todo lo que uno piensa decir es lo que termina diciendo o el punto de mira que uno se prefigura cuando escribe es hacia el cual termina llevando sus palabras, no siempre es así a  veces se escribe para saber qué es lo que se quiere escribir y en ese desplegar de la escritura van apareciendo, a la manera de pequeños faros, luces que pueden iluminar un trayecto. Decía que cuando las ideas así vienen, cuando así sacan sus manos de adentro de nuestra cerebro o de nuestra memoria, entonces, uno se sorprende o se maravilla de todo eso que tenía adentro y no sabía y que al verlo afuera, así tan desnudamente, pues termina uno por entender por qué se ha pensado en la inspiración o a favor de las musas… Las musas que eran hijas de Mnemosine, la memoria. O sea que escribir pone a circular nuestra memoria y también nuestra imaginación, aunque a veces sucede lo contrario y las ideas no salen, no brotan, por más que uno intente aguijonearlas con planes y proyectos, con esquemas, con lecturas, con charlas, con clases, y nada, la escritura parece fosilizada, parece sorda a nuestras demandas, y claro, a uno le entra como una desesperación y hasta puede extendérsele hasta llegarle al corazón y se le baja a uno el ánimo o hasta se vuelve irascible porque no sale la bendita escritura y uno ahí, al acecho, como de cacería, con la escopeta en la mano pero sin ningún carmo o guatín, sin ningún ñeque, sin ninguna presa de palabras, ahí, trepado en el aguacate o en la manga o en el guásimo, espantando los moscos del desconsuelo o la desesperanza. Extraña cosa esta del escribir que a veces sale o a veces no. Escritura venado, escritura armadillo, escritura animal de monte….”

*

Hagamos un corte, aunque sabemos de antemano que dicha escisión no es sino una nueva oportunidad para que brote de nuevo la escritura. Hagamos un alto, para subrayar otra vez rasgos de esta escritura nómada, subterránea. La escritura rizoma: escritura-devenir, producida en direcciones cambiantes; escritura-variación, en continua expansión y con múltiples entradas y salidas; escritura- microfisura, elaborada a partir de cadenas moleculares, de círculos de convergencia, de buena y mala hierba. La escritura rizoma, la que nos recordaba Beckett, esa que “siempre parece decir demasiado o demasiado poco”, esa que es al mismo tiempo “un exceso de lenguaje” y una voluntad de silencio. Detengámonos aquí, en la ramificación de esta última idea, “aunque no se haya dicho todo, aunque no se haya dicho nada”.

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