Meditación navideña siete: el árbol de navidad

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Bien sea como resonancia de tradiciones nórdicas o de ritos agrarios para celebrar los cambios de la naturaleza, lo cierto es que el árbol ya forma parte del decorado navideño. Junto a él se reúne la familia y debajo de sus ramas se ponen los regalos. Este árbol, engalanado con moños, bolas multicolores, follaje plateado y figuras decorativas, tiene un sinnúmero de simbolismos que no podemos olvidar.

El primer significado para subrayar, especialmente por sus hojas perennes, es que dicho árbol es una exaltación a la vida. Después de que ha permanecido guardado en cajas por un año le llega el momento de desplegar sus ramas y su verdor. La familia participa en este rito como un anuncio del renacimiento de la fiesta, de la alegría decembrina. Todo renace, cada cosa se limpia y vuelve a ponerse, con delicadeza, en derredor de esta figura triangular. Allí, las bolas doradas; más allá, unos diminutos osos, y arriba, la infaltable estrella. Lo que estaba resguardado renace en todo su esplendor; la vida que estaba en hibernación recobra su brío y plenitud.

Y cada adorno, cada guirnalda, lo que hacen es subrayar el deseo de prosperidad. Signos o augurios para que no falta el alimento, el trabajo, lo necesario para que la vida siga su curso inagotable. Por eso se decora con ese barroquismo, de allí el deseo de que el brillo del árbol sea como un altar tornasolado. Y por eso también, debajo del árbol se ponen los regalos, como si fueran frutos de ese mismo arbusto. Sean grandes o chicos, todos esperan que en ese lugar haya un obsequio con su nombre; que nadie quede sin parte de esa cosecha. Así que, semejando una verde cornucopia,  del árbol van saliendo muestras de agradecimiento, de afecto, de reconocimiento a los vínculos y la existencia compartida.

En este sentido, el árbol es también un símbolo de amparo, de protección. Confiamos en que esa figura nos resguarde o nos proteja de la desfortuna, de la desunión, de la orfandad. Quizá el gesto de rezar una novena, a la sombra del árbol, sea lo que mejor ilustra tal gesto de cobijo. Bien parece que en el árbol de navidad hay refugio para todos: para el familiar que persiste en una rencilla tonta, para el hijo que llega de muy lejos, para el vecino solitario, para las personas más queridas y para aquellas otras que casi ya no reconocemos… Juntos, cantando villancicos, al lado del frondoso e iluminado árbol construimos una hermosa fortaleza para guarecer los afectos y ratificar los lazos profundos de la convivencia fraterna.

Pienso que, de igual modo, el árbol comporta otro simbolismo. Me refiero al cultivo de la esperanza. Así no se diga en voz alta, el que es invitado a una casa en época navideña, espera que por allí esté algún detallito para él. Confía en que el olvido allí no tenga cabida. Y ni qué decir de los niños y niñas que miran y revisan los diferentes paquetes para ver cuál tiene su nombre, o tratan de adivinar por la forma del regalo, lo que hay dentro de ellos. Y todos esos pequeños quieren abrir inmediatamente aquellos paquetes, pero el ritual consiste en esperar hasta una fecha específica. Así pasan las noches, alimentando la ilusión y la fe, confiados en la promesa de una carta escrita al niño dios o al papá Noel. El árbol es el centro de tal expectativa; es un símbolo de la espera no hecha del consumo rápido de las mercancías, sino del tiempo lento como se adquieren las cosas que llegan al corazón.

Terminada la navidad, el árbol volverá a un lugar reservado u oculto. Otra vez la familia ayudará a descolgar, envolver, acomodar y empacar cada elemento de ese arbusto ritualizado. Los muebles de nuestras casas volverán a ocupar su lugar habitual, y la vida seguirá su curso cotidiano. Pero lo valioso de haber vestido ese humilde tronco durante unos días es su mágica atracción para convocar a familiares y conocidos, permitiéndonos renovar los lazos de la sangre y los del cariño sincero. Quizá ese sea otro de sus simbolismos: el de reunir y congregar, el de llamar a hombres y mujeres para recordar el sentido y la importancia  de las tradiciones.

Bajo la sombra del árbol de navidad confirmemos nuestra exaltación a la vida, celebremos con regocijo las manifestaciones de la gratitud y confiemos en el cumplimiento de las promesas. Que su copiosa decoración sea un buen presagio de la abundancia y el bienestar futuros; y que la intermitencia de sus luces nos advierta de la incesante renovación de la esperanza.

Meditación navideña seis: el amor

Ilustración de Valeria Petrone

Ilustración de Valeria Petrone.

Hay en navidad una sobreabundancia de muestras de afecto, de fraternidad, de amor. No se escatima en abrazos, en frases de cariño y en deseos porque la alegría, la buena fortuna o la prosperidad colmen los corazones y habiten en las familias. Una ola de simpatía inunda los rostros, y las manos están dispuestas para la afabilidad o la reconciliación.

Esa es parte de la magia de estas fiestas de fin de año. Hay una inclinación positiva para llegar al otro, para ponernos en actitud de escucha y socorrer al más necesitado. La fuerza del amor resuena con la misma efusividad de la música decembrina, y en todos los ambientes se respira un clima de convivencia. Hay una actitud favorable para la cercanía, para la renovación de los compromisos, de la amistad o el afecto que se conjuga con los alumbrados y las decoraciones multicolores.

Pensar en la fuerza vivificante del amor no deja de ser un motivo interesante. El amor abre caminos donde ninguna obligación puede hacerlo; el amor tiende puentes sobre el vacío de lo imposible; el amor da fe al descreído y esperanza al desesperado. Su vigor está en proveernos de un ímpetu para sortear lo que la enfermedad o el dolor ponen como obstáculos insalvables. El amor nos impulsa a sobreponernos y a entrar en comunión con el rechazado o tocado por la desgracia. Quien ama no denigra; quien ama tiene siempre ante sí a un hermano. Es del amor entrever semejanzas más que diferencias. Quien bien ama crea escenarios para que otro sea en plenitud; sin egoísmos ni regateo de esfuerzos. El amor, cuando es genuino, libera y no esclaviza; abre horizontes, cultiva sueños ajenos, mantiene complicidades esenciales entre los espíritus.

Es sabido que una de las claves para llenar nuestro pecho de esta fuerza amorosa está en el hogar, en la crianza. ¡Qué importante es ofrecer y decir lo mucho que queremos a los hijos!; esas criaturas deben saberse amadas para que, después, establezcan relaciones altruistas, se sientan generosas para ofrecer cariño y ternura a los demás. Es en el hogar donde se construyen los cauces para que después fluya el amor sin prevenciones, sin talanqueras. No hay que escatimar, entonces, brindar en esos primeros años manifestaciones de amor a borbotones. Volverlo gesto, caricia, reconocimiento. Esta impronta de ser amados nos acompañará toda la vida y otros serán los beneficiados de tal certidumbre.

Tendríamos que ser menos parcos en manifestar el amor que sentimos. Atrevernos a extrovertirlo sin temor al ridículo o la burla. Reiterárselo a nuestros padres que, en la medida que envejecen, más lo necesitan; recordárselo a nuestra pareja, especialmente cuando pasan los años; hacerlo extensible a los que nos colaboran o a aquellos que son un brazo permanente para alcanzar nuestras metas más importantes. Aquí el amor toma el rostro del agradecimiento. Decirlo, escribirlo, volverlo rito, compartirlo… Todo ese amor es esencial para que circulen los vínculos humanos y se mantenga en movimiento, sin oxidarse, el mecanismo sensible de la sociedad.

Aunque deberíamos también, y más en estos tiempos de la prisa y lo desechable, abogar para que el amor no se contamine de lo utilitario. Defender a como dé lugar los compromisos y la lealtad, la sinceridad y el mutuo respeto. No es bueno corromper o dejar que el amor se vuelva cualquier cosa, que terminemos confundiéndolo con el placer casual o la satisfacción inmediata. Cuando es verdadero, el amor nos compromete e implica una fidelidad a nuestras elecciones; no salimos indemnes de una relación amorosa si en ella ponemos nuestra historia y nuestros secretos. Porque amar, en esencia, es abrirnos, descubrirnos, desnudar el alma y quedar, de alguna forma, indefensos. Por eso cuidar el amor que ofrecemos o recibimos es hoy tan necesario; porque es escaso, y porque si se siente rebajado huye de nosotros.

Dejemos que este clima amoroso de la navidad llegue a nuestros hogares; permitamos que este aire bienhechor airee nuestros corazones solitarios; celebrémoslo con los brazos abiertos: por la gratuidad del encuentro, por la certidumbre de una promesa, por el milagro de poder confiar en otra persona, por la alegría de compartir nuestra esquiva libertad.

Meditación navideña cinco: la sencillez

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Me gusta pensar que el nacimiento del “mesías” en un pesebre, en un lugar pobre y sin boatos, es un signo de humildad, pero especialmente de sencillez. Como sencillo es el acontecimiento y como sencillos fueron los pastores que acompañaron aquel hecho. Esa sencillez cobija toda la existencia de ese hombre y puede ser una lección de vida para muchos de nosotros.

Y lo afirmo porque, especialmente en esta época, todo parece ir en contravía de la sencillez. Un solo caso: las demandas del mercado y de una obsesión por el consumismo han ido llenando nuestra mente de necesidades inútiles. Cada día nos atiborramos de cosas, a sabiendas de que en poco tiempo serán caducas o inservibles. Y ni qué decir, de la copia apresurada de modelos ajenos, de un esnobismo por estar a la moda, pero sin saber bien el beneficio o las consecuencias de tal remedo. Nos hemos impuesto el sobrepeso de la apariencia, perdiendo la autenticidad.

La imagen del pesebre, decía, puede ayudarnos a reflexionar sobre el valor que damos a los productos que compramos de manera innecesaria. ¿Realmente necesitamos lo que adquirimos con tanta ansiedad? Tal vez deberíamos incorporar a nuestra voluntad una fuerza de contención para no ceder tan fácilmente a lo que ofrece la propaganda en los múltiples canales. Privarnos de comprar lo suntuario podría ser una prueba a la que sometamos nuestro espíritu. Saber vivir con lo necesario, restringirnos, con el propósito de sacar un mejor provecho de otros asuntos diferentes a la posesión de mercancías.

Aprender a disfrutar, por ejemplo, de cosas sencillas como las actividades espontáneas qué tanto hemos dejado de hacer por andar corriendo detrás de lentejuelas y baratijas. Gozar de ver crecer los hijos, de compartir un humilde alimento, de caminar con alguien que amamos, de ver el esplendor de algunas tardes o la maravilla de un nuevo día. Disfrutar de una charla íntima y sincera que, en su misma simplicidad, comporta la satisfacción de lo esencial y duradero. Regocijarnos por tener aún vivos a aquellos que nos dieron la vida o gozar las bondades de la buena salud. Todo eso no requiere de grandes inversiones, son cosas tan sencillas de hacer o alcanzar y, lo más importante: son asequibles a todas las personas.

Obvio, vivir sencillamente, descubrir el goce de lo esencial, es volver a jerarquizar nuestras opciones y nuestras necesidades. ¿Qué es lo fundamental?, ¿qué vale la pena priorizar?, ¿dónde está lo importante, que merece protegerse y esforzarnos por alcanzar? Si esta actitud tomamos, muy seguramente descubriremos que hemos estado viviendo vidas prestadas o que hemos empleado los mejores años de nuestra existencia en asumir roles o maneras afectadas, en perder nuestra “esencia”, en entrar en una dinámica de imitaciones que han ido vulnerando y pervirtiendo nuestra sinceridad. Pero si la sencillez está en la médula de nuestro carácter lograremos resistirnos a las tentaciones de la apariencia.

En ese mismo sentido, ser sencillos en el trato con los demás, sencillos y francos, sirve para que las otras personas no se sientan excluidas o despreciadas. Cuando la sencillez está en la manera de relacionarnos, en el modo de comportarnos con nuestros semejantes, brota el trato digno y la simpatía. Muchas veces, son nuestras posturas altaneras, pomposas, las que conducen a que el colega o el vecino se sientan menospreciados. Tal vez no nos damos cuenta, pero el negar un saludo, presumir de nuestras riquezas, ignorar al pobre o humillar al que tiene un cargo subordinado, va creando una semilla para el resentimiento, para la agresión y el desquite soterrado.

Retornemos a nuestro punto inicial y recapacitemos en esto: las personas sencillas procuran ser auténticas; no ostentan, viven de acuerdo a sus ingresos económicos; tampoco simulan ni entran en el juego del quedar bien. Sus acciones están en concordancia con sus posibilidades y sus limitaciones. Las personas sencillas son menos influenciables por el cotilleo del qué dirán y no tienen vergüenza ni de su origen, ni de su país, ni de sus costumbres. Las personas sencillas merman el exceso de “refinamiento”, de artificio social, para no complicarse tanto el día a día, para hacer más leve la travesía existencial y descubrir la riqueza de las personas y el regalo de la vida.

Meditación navideña cuatro: la paz

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Ilustración de Jim Tsinganos.

Estar en concordia, inermes, abiertos al diálogo y la camaradería, totalmente solidarios, ese parecer ser el clamor de los cantos y los villancicos que pululan en navidad. Días y noches de paz entre los hombres es la consigna venida de los cielos, y que la reconciliación diluya el ácido corrosivo de nuestros odios.

Pregonar la paz, convertirnos en mensajeros de la convivencia parece ser el mejor regalo que podemos ofrecer a otros. Basta de injurias, de agresiones con ironías o burlas denigrantes. Dejemos de propagar tanta inquina, tanto rumor divisorio y alarmista. Pongámosle un alto a la carcoma de la envidia y a la venganza producto del resentimiento. Aunque no demos otros obsequios, procuremos ofrecerles a los familiares, a los colegas de trabajo, a nuestros semejantes, un trato digno, una actitud conciliadora y limpia de agresiones.

Esa paz empieza en nosotros mismos: a veces nos castigamos demasiado fuerte por una falta o nos avergonzamos hasta el escarnio por un defecto, y terminamos no aceptándonos, riñendo con nuestros sentimientos, con nuestros afectos o nuestras pasiones. Hay tantas intranquilidades en nuestra alma, tantas angustias en nuestro corazón, que nos convierten en seres amargados, irascibles, con el sarcasmo en los labios y la disociación a flor de piel. Es tal la lucha con nuestros miedos que desembocamos culpando a los demás o subvalorando al que percibimos como una amenaza. Por eso es difícil ser emisarios de paz, porque no hemos resuelto las contiendas en nuestro propio pecho.

Pero si el discernimiento nos habita, si acudimos con frecuencia a la autorreflexión, si el autoexamen tranquilo guía nuestro proceder, seguramente nos quedará más fácil trabajar por la paz cotidiana; por esa paz que está al alcance de nuestras manos. Por ejemplo: haremos paz si mantenemos control de nuestra boca injuriosa, haremos paz si intentamos comprender antes de juzgar, haremos paz si aprendemos a perdonar, haremos paz si a aquellos con quienes convivimos o trabajamos los respetamos, haremos paz si gritamos menos y cumplimos las mínimas normas de convivencia.

Es necesario, de igual modo, convertirnos en mediadores de paz. Contribuir de manera efectiva a que los pequeños disgustos entre vecinos no crezcan o que el conflicto entre padres no se propague en toda la familia. De nosotros depende que el incendio se extinga o que las llamas del conflicto terminen por devorar nuestro techo. Mediar es ofrecer un consejo oportuno, darle al enfurecido razones tranquilizadoras; y, también, es alejarnos de los que desean contagiarnos su fanatismo, es usar el buen humor para aplacar los ánimos caldeados y ofrecer siempre esperanza a todos aquellos que nos interpelan con su pesimismo conflictivo.

Considero que actuando así retornará la alegría a nuestra vida, y dejaremos de ser tan gruñones, tan belicosos, tan recalcitrantes con nuestros credos y opiniones. La paz contribuye a que aumente la simpatía, la confianza, el buen trato. La paz va de puerta en puerta saludando y ofreciendo solidaridad. La paz nos permite ver a lo lejos, al futuro deseado, y no tanto quedarnos anclados en los problemas o las heridas del pasado. La paz permite que cada quien saque a flote sus talentos y muestre sin temor sus predilecciones. La paz dinamiza, vincula, da cabida a la utopía personal y colectiva.

Sobra decir que ser proclamadores y mediadores de paz es una labor inacabada, de trabajo permanente; siempre hay escollos imprevistos y el camino está lleno de obstáculos. Nada es definitivo cuando buscamos que la paz sea un principio, un derecho, un modo de vivir. Cada día tenemos que enfrentar nuestros monstruos y los del prójimo, a cada momento tenemos que cuidarnos y cuidar las relaciones. Ahí estriba lo más complicado: mantener  este espíritu navideño de serenidad y concordia durante los días por venir. Seamos vestales de la luz de la paz para que siga encendida después de estas fiestas decembrinas.

Meditación navideña tres: la confianza

Ilustración de Gianni de Conno

Ilustración de Gianni de Conno.

Todos sabemos que la celebración de la natividad es el cumplimiento de una promesa. Lo que fue esperanza, al nacer el “mesías” se convierte en cumplimiento. Pero lo más interesante de este hecho es la confianza tenida por un pueblo, por una comunidad, en esa palabra empeñada, en ese pacto resguardado por la tradición. Así que, sin esa confianza, no es posible que encarne la ilusión, no es probable que renazca la fe.

Confiar es difícil porque buena parte de nuestra socialización ha estado marcada por la sospecha, por cierta malicia para sacar provecho de los demás, por las argucias de la manipulación y por conseguir nuestras metas sin importar demasiado los medios empleados. Todo eso hace que la confianza no tenga un terreno propicio para crecer. Y, si a eso le sumamos una prevención suprema a no sufrir, a no entregarnos, a no colocarnos en actitud de indefensión, pues todavía resulta casi irrealizable confiar despreocupadamente.

Claro. La confianza se hace más complicada porque abundamos en mentiras, porque nos cuesta decir o enfrentar la verdad. A veces por miedo o porque en realidad no queremos aceptarnos como somos; por eso, tejemos una tela de embustes y apariencias que terminan por minar en las otras personas la credibilidad en lo que decimos o hacemos. Nuestra falta de transparencia, esa manera soterrada y brumosa de comportarnos, nos desdibuja, nos pone en la cuerda floja de la falsedad. Cuánto perdemos por no ser auténticos, por andar cambiando de máscara, por disfrazar una carencia, una falta, una decisión equivocada.

De igual modo se torna esquiva la confianza porque no somos honestos con nosotros mismos; porque preferimos el autoengaño que un valeroso balance con nuestras limitaciones. Así que, después de estar muchos años representando esa mascarada, terminamos por no saber lo que en verdad queremos o lo que da sentido a nuestra existencia. Por andar en esa simulación, suponemos que los demás actúan de la misma manera y, en consecuencia, nos privamos de los vínculos genuinos, de las relaciones duraderas, de los compromisos reales. Dicha falta de honestidad con nuestra alma es la que termina por dejarnos varados en la soledad, el aislamiento o la antipatía agresiva.

Sin embargo, a pesar de todos esos obstáculos, vale la pena arriesgarnos y abrir nuestro corazón a manos llenas, servir desinteresadamente, ofrecer un afecto, una amistad, un amor, basados esencialmente en la tranquilidad de nuestras elecciones y en la seguridad que nos produce el actuar limpiamente. Si somos fuertes en nuestro interior, si hay una certeza esencial que nos orienta la libertad, podremos aceptar que una estrella nos guíe, que la palabra empeñada siga viva así sea en un juramento, que los vínculos sobrepasen el paso de los años. Porque el que así confía reconoce en el semejante unas condiciones como persona, mayores a sus defectos o temores; porque es tal su abundancia de ternura, de solidaridad o compromiso, que logra completar en otro ser lo que le falta para alcanzar la gratuidad, el amor genuino, la franqueza de corazón.

Es probable que pasemos por ingenuos o cándidos al actuar así; no obstante, son preferibles esos epítetos a los de resentidos o recelosos. Para qué vivir siempre a la defensiva, poniendo la malicia o la desazón ante cualquier manifestación de afecto o la suspicacia frente a determinada confesión. Mejor confiar y lanzarnos a la realización de lo imposible que permanecer encarcelados por nuestros resquemores.

Inspirados, entonces, por la tradición navideña podemos intentar confiar más en los que nos rodean. O podemos invitarlos a que se quiten por un tiempo las espinas  para que sea posible el abrazo auténtico y la reconciliación. Es recomendable sanar los vínculos, hablar abiertamente de nuestros miedos al mismo tiempo que reconocemos la necesidad de compañía; es vital que apartemos de nosotros la desconfianza, la duda ponzoñosa, las aprensiones transmitidas como si fueran otra sangre, para dejar que crezca la posibilidad de la esperanza, de la ilusión que nos hace siempre mejores de lo que somos. Confiar es permitirnos recuperar la condición fraterna que nos distingue como seres humanos.

Meditación navideña dos: la fragilidad

Ilustración de Benjamin Lacombe

Ilustración de Benjamin Lacombe.

Nuestra condición humana está signada por la fragilidad. Basta un accidente casual, una enfermedad, el paso del tiempo, para mostrarnos la delicada materia de que estamos hechos. Y a pesar de nuestra altivez o nuestro orgullo moral por no reconocerlo, lo cierto es que por ser frágiles estamos necesitados de cuidado, de protección, en muchos sentidos. Reconocer nuestra flaqueza, nuestra debilidad existencial, es subrayar la humildad, que para la tradición católica puede simbolizarse en un pesebre.

Mirarnos a nosotros mismos como seres frágiles es permitirnos aceptar los errores, las fallas, los desaciertos. No somos perfectos, no estamos terminados. Parte de nuestro desarrollo, tanto físico como espiritual, tiene que ver con este aprender de nuestras torpezas y nuestras falencias cotidianas. De igual modo, sabernos frágiles es revalorar el error no desde la perspectiva de la mancha o la culpa, sino desde la aceptación de un proceso formativo  vital. Mirarnos como seres frágiles es, además, cambiar el filtro para ver a los otros seres humanos; es permitirnos entender que convivimos o establecemos relaciones con seres falibles y desatinados.

Pero tal reconocimiento nos debe llevar también a sopesar la manera como tratamos a nuestros semejantes. Si somos frágiles, si los otros también comparten esa materia rompible y deleznable, con mayor razón tenemos que cuidar la forma como los tratamos, el lenguaje que usamos. ¡Qué definitiva es la comunicación entre los seres humanos! ¡Cómo cambiamos de actitud, según nos traten de una u otra manera! Vale la pena reflexionar, de igual modo, sobre el tipo de juicio que hacemos sobre los otros: son tan apresurados, tan incompletos, tan llenos de prevenciones, que la mayoría de las veces terminan en la calumnia o el descrédito. Porque falsamente nos percibimos como perfectos o intachables, andamos señalando al prójimo con un rasero que poco ayuda al otro y menos aún a la convivencia.

Esta constatación de nuestra delicadeza es también una oportunidad para quitarnos el lastre de las corazas, de una soberbia que raya con la altanería. Si somos débiles, si nos sabemos necesitados, es porque nuestra constitución primera, la que nos hace sociedad, estriba en la petición de ayuda, de socorro, de apoyo, de complicidad, de amor. No basta con nuestras manos. Es necesario para sobrevivir, para salir de un problema, para sortear un gran obstáculo, contar con nuestros semejantes. Es probable que esta falta de humildad –que no es humillación– responda a cierta incapacidad para comprender la inestabilidad del barro de nuestros miedos o a una necedad para cubrir nuestras debilidades más profundas. Vale decirlo fuerte: si aceptamos nuestra debilidad nos será más fácil relacionarnos y podremos depender de otros sin por ello sentirnos indignos o sumisos.

Siendo esto tan evidente, a veces es una dolencia o una desgracia la que nos pone a cavilar sobre el ser delicado de nuestra humanidad. Y aunque podría ser el resultado de nuestro propio discernimiento, son estas circunstancias adversas las que ponen un espejo ante nuestros ojos. Piénsese no más en una enfermedad que nos postra o nos incapacita para las tareas cotidianas. En esos momentos descubrimos que nos hace falta una voz de aliento, que unas manos son definitivas para aliviar un dolor, que nuestra piel es vulnerable, que podemos desmoronarnos con un viento adverso. Somos seres quebradizos en un doble sentido, porque nuestra materialidad no es irrompible ni insensible y porque nos afectan las circunstancias. Quizá esto mismo nos hace menesterosos, inseguros, transitorios.

Si nuestro cuerpo y nuestro espíritu pueden astillarse, si hay espinas que nos hieren el corazón y dolencias que nos postran, bien podemos meditar en este tiempo sobre nuestras propias fragilidades y, muy especialmente, atender las de otros seres humanos. Me gusta pensar que la Navidad nos llena el espíritu de una alegría especial para despojarnos de vanidades e ínfulas ridículas, y nos dispone el espíritu para la hermandad, para la cofradía, para la amistad sin miramientos de clase, condición o credo. Tal vez sea este reconocimiento de nuestra flaqueza personal el que nos lleve también a aprender a perdonar.

Meditación navideña uno: el cuidado

Ilustracipon de Tomasz Alen Kopera

Ilustración de Tomasz Alen Kopera.

Sigo creyendo que la Navidad, especialmente por su vínculo profundo con la infancia, es un tiempo para cuidar a otros. Un viraje de nuestro continuado desinterés por los demás a una actitud preocupada y abierta al necesitado o empobrecido. Cuidar parece ser el mandato supremo de este tiempo para lograr suturar heridas, resarcir esperanzas, darle el justo valor a la dignidad de las personas.

Por momentos ese cuidado puede ser con los más cercanos, con los familiares o amigos que de tanto compartir la cotidianidad casi no los vemos. Cuidarlos significa ofrecer una palabra de agradecimiento, hacer una invitación para reiterarles nuestro cariño o nuestro reconocimiento por sus brazos dispuestos y su acompañamiento permanente. Cuidarlos es buscar algún detalle para sorprenderlos o escribirles un mensaje “personalizado” con el tono genuino de la sinceridad. Cuidarlos es atender sus urgencias, producto de la enfermedad, la vejez o la soledad.

Desde luego, el cuidado no acaba en el círculo personal o de la parentela. Va más allá. Están nuestros vecinos o esos que denominamos “conocidos” que habitan por fuera de nuestra geografía familiar. El prójimo se convierte en otra dimensión del cuidado para llevar nuestras manos a aquellos que ya parecen sucumbir a lo soportable y no les queda sino la dimensión maravillosa del milagro.  En este caso, el cuidado del otro reverbera en Navidad porque nos sentimos capaces de albergar al peregrino o porque logramos salir de nuestro refugio para socorrer o extender el brazo solidario, la palabra de aliento, el gesto fraternal de apoyo ante la adversidad.

Cuánto ganaríamos como sociedad si cuidáramos más los unos de los otros; cómo repercutiría esto en favorecer los vínculos sociales y recomponer el tejido social. Si el cuidado del semejante remplazara a la animadversión, si nuestro cuidado estuviera primero que la ofensa o el odio prematuro, si eso hiciéramos, recuperaríamos la confianza. Y sabemos que sin confianza no es posible establecer lazos humanos, sin esa base poco crece el afecto y todo termina en la sospecha, la inquina y la maquinación para desmoronar al otro. Si uno se siente cuidador conjuga más la persona del plural que la primera persona; se conduele y deja de ser espectador de los problemas ajenos. Sentirse cuidador es propugnar por la paz entre los hombres y mujeres; es abogar para evitar las lágrimas del resentimiento social; es contribuir para que las inequidades no se perpetúen con nuestra indiferencia.

Cuidamos, en todo caso, porque la otra persona, el amigo, el conocido, el ser que amamos, nos importa en verdad. Porque nos sentimos corresponsables de su suerte o de las vicisitudes por las que ha pasado. Cuidamos porque ese otro ser merece no solo respeto, sino consideración. No vemos en él un medio, un útil o una mercancía; por el contrario, nuestra actitud es de reverencia o enaltecimiento. Cuidamos porque no sacamos provecho de las debilidades del alicaído o maltratado; cuidamos porque nos convertimos más bien en resguardo para sus angustias, en antídoto para los venenos de sus temores más profundos.

Volvamos al inicio para reiterar que estos días navideños son una buena oportunidad para cuidar a las personas. Pongámonos, entonces, en la actitud del que socorre, del que vigila, del que hace un turno de guardia para que alguien pueda dormir un poco en sus desvelos de infortunio. Seamos generosos, no escatimemos en derrochar nuestra energía para que alguien recupere un poco de su fuerza. Seamos solícitos, ocupémonos en contribuir en algo para que allí donde haya una lágrima pueda estar nuestra voz de aliento. Seamos previsores, ofrezcamos los primeros auxilios a aquellas almas silentes que a bien tienen confesarnos su más alta fragilidad.

 

Caperucita ilustrada

Son múltiples e interesantes las interpretaciones del cuento de Perrault, Caperucita Roja. Desde las lecturas psicoanalíticas que ven en él una clara iniciación a la sexualidad, o aquellas que entrevén en la historia un claro ejemplo de la violación, hasta esas otras que perciben en el cuento una lección de moral o una advertencia a las niñas que desobedecen a sus padres y toman el camino indebido. Ha habido recreaciones de todo tipo, a veces develando la otra cara detrás de la inocencia de Caperucita, o enfocando el relato desde la perspectiva del lobo.

De igual forma, los ilustradores han hecho diferentes aproximaciones al cuento, una veces inspirados en Perrault o los hermanos Grimm, o proponiendo su propia versión. Aunque son numerosas esas relecturas gráficas, considero oportuno compartir algunas que además de parecerme excelentes logros artísticos son miradas diversas a este cuento que leímos o nos leyeron desde muy pequeños.

Gustavo Doré

Empecemos por uno de los grabados que hizo Gustave Doré, en 1883, para ilustrar el cuento. He retomado esta imagen porque en la composición del grabador hay algo sutil: el lobo está como “acosando” a la niña, pero a la vez, su postura es la de un animal “manso”. Bien podría decirse que la postura del lobo es para que ella lo acaricie o, en todo caso, para que sienta confianza. La imagen es poderosa porque nos ofrece a la vez la cola del animal y la cara de Caperucita. Haz y envés de una misma situación. Hay una especie de ciclo que dinamiza la imagen: la pose del lobo es la del animal seduciendo a la hembra; la de niña, con esa mirada lejana, la de alguien que se muestra distante, “esquiva”. El lobo se presenta aparentemente domesticado; Caperucita, en su propia candidez, siente que esa fiera no puede hacerle daño. La imagen es fascinante por lo que insinúa, por lo que avizora: me gustaría denominarla, “escena de cortejo”.

En esta misma perspectiva ubico la propuesta de Nicoletta Ceccoli. La cola del lobo hace las veces de lazo de atracción, de cerco seductor. El contraste de colores contribuye a crear ese dramatismo: algo rojo va entrando cada vez a los dominios del azul. Pero sin mostrar miedo o angustia, más bien con una confiada alegría.

Nicoletta Ceccoli

Algo semejante ocurre en la propuesta del ilustrador argentino Fabián Negrín de su libro álbum Boca de lobo (Thule ediciones, Milán, 2003). Aunque el punto de vista es diferente al cuento tradicional, lo que me parece loable es cómo el ilustrador convierte todo la naturaleza en un semicírculo que asedia a Caperucita. El lobo se “disfraza” de bosque para interrogar a la “maravillosa criatura vestida de rojo”. El entorno es, en sí mismo, un cerco seductor.

Fabián Negrín

Walter Crane, el magnífico ilustrador victoriano, puso el acento en la doble faceta de la seducción. El lobo viste piel de oveja y trata de “engañar” a Caperucita. No obstante, la niña no se muestra aterrada. Lo escucha. El ilustrador inglés recalca el momento del interrogatorio. Algo sabe el lobo que no deja del todo percibir. Los dientes y la lengua parecen mermar su fiereza con el gesto de las manos cruzadas sobre el bastón. El gesto de Caperucita es de expectativa, de curiosidad, de “confianza” ante lo desconocido.

Walter Crane

Otra imagen que me sigue pareciendo magnífica es la de Amanda Schank. En este caso, el lobo sirve de lecho a la niña. Es un animal domesticado. Pero la ilustradora viste a Caperucita con un atuendo seductor. Es una niña que, como una nueva Eva, preludia un despertar. Insistamos en que no hay manifestaciones de miedo. La niña duerme plácidamente: El lobo la protege o le sirve de mullido colchón. Las uñas del animal están en reposo, pero su ojo permanece alerta. El contraste es evidente: Caperucita duerme mientras el lobo vigila.

Amanda Schank

La propuesta de Isabelle Anglade, al menos en la imagen seleccionada, subraya el papel de la inocencia; de acceder sin saberlo a un “mundo devorador”. Se entra confiadamente al bosque, sin percibir entre la arboleda otro paisaje sombrío. La imagen hace pensar que el juego de seducción entre el lobo y Caperucita depende mucho de la perspectiva: para apreciar cómo las piedras del camino son los dientes de una bestia hay que alejarse; la cercanía no permite dimensionar el peligro.

Isabelle Anglade

Por supuesto, también hay propuestas sensuales o eróticas del cuento en las que Caperucita no es la inocente niña sometida por el miedo o el temor, sino una joven que seduce al lobo. La versión gráfica invierte los papeles y la presa se transforma en una gozosa amante que disfruta de la bestia, aún en presencia de la escandalizada abuelita. Tal es la solución de la mexicana Flavia Zorrilla Drago.

Flavia Zorrilla Drago

Pero de todos los ilustradores contemporáneos, hay dos que me parecen de una calidad excepcional. El primero es Adolfo Serra en su obra Caperucita roja (Fondo de cultura Económica, México, 2013). En este libro álbum se ha prescindido del texto y es la imagen la que narra la historia. Desde el inicio hasta el final es la piel-textura del lobo la que llena las páginas; hay alegorías, como la mariposa roja, para simbolizar el objetivo del depredador. Se juega a la escala de los dos protagonistas para mostrar el contraste entre sensaciones o emociones opuestas. Es un logro exquisito que la piel del animal sea el bosque por el que camina la pequeña niña, como esa asociación del cabello de Caperucita con la forma del animal que, a su vez, persigue una mariposa roja.

Adolfo Serra 1

Adolfo Serra 3

La segunda ilustradora es  Beatriz Martín Vidal, con su libro álbum Caperuza (Thule, Barcelona, 2016). Esta obra está repartida en tres secciones: “Enrojeciendo”, “El juego de las preguntas” y “Escapando”. Hay un simbolismo tan sugerente en estas páginas sobre el encuentro con lo desconocido y sobre la apropiación de una corporeidad, que omite otros personajes o elementos secundarios del cuento de Perrault. Lo fascinante en la solución gráfica que la artista española ofrece a las etapas íntimas de la inocencia.

Beatriz Martín Vidal

Concluyo este recorrido por las interpretaciones visuales de un cuento de hadas clásico, subrayando algo que Catherine Orenstein dice en su libro Caperucita al desnudo (Crítica, Barcelona, 2003): “Caperucita Roja encarna, en realidad, algunas de las preocupaciones más complejas y fundamentales del género humano. Su historia trata temas imperecederos: nos habla de la familia, de la moral, del crecer y el hacerse viejo, del salir al mundo y de las relaciones entre los sexos. Pone en relación opuestos arquetípicos y, a través de ellos, explora los límites de la cultura, la clase y, en especial, de lo que significa ser hombre o mujer”.

Resistencias al cambio

Grabado de Escher

“Cielo y agua”, grabado de Maurits Cornelis Escher.

Aunque no lo queramos, a pesar de nuestra terquedad o desazón, los cambios vienen con la propia vida. Cambia nuestro organismo, nuestras relaciones y nuestras metas. Hay cambios muy evidentes y, otros, van silenciosamente mudando su fisonomía en nuestro interior. Cambiamos de moda, de gustos, de ideas y de aspiraciones. Hay una permanente transformación en lo que somos y en el mundo que habitamos.

Siendo esto tan evidente, ¿por qué nos resistimos a los cambios?, ¿cuáles son los motivos que nos llevan a ser reactivos, renuentes y esquivos para aceptarlos? Una primera razón, si no la más determinante, es el miedo a lo desconocido, a lo nuevo. Este miedo a lo extraño o poco domesticado nos genera ansiedad, preocupación, estrés; este miedo por momentos nos ataca la voz, nos inmoviliza las piernas y los brazos o nos enconcha en el rincón de lo familiar y repetitivo. Tengamos presente que las rutinas y las costumbres nos tranquilizan, pero ellas mismas se convierten en talanqueras u obstáculos para aceptar lo desconocido. En todo caso, si son demasiados los miedos, muy poco será el campo de radiación de nuestra libertad y raquítico el andamiaje para nuestros sueños.

La otra causa de la resistencia al cambio proviene de una crianza gestada fuertemente en el apego. Son tan firmes y extensivos los lazos primeros del afecto familiar que terminan transformándose en cárceles para nuestro espíritu. Algunas familias convierten su deseo protector en una incapacidad de sus hijos para salir de los mundos sobreprotectores o cómodos. Dicha crianza crea una limitación para explorar, para aventurarse o enfrentar ambientes extraños, lejanos, inusitados. El apego crea una pátina, una envoltura nada elástica, que bloquea nuestras articulaciones emocionales y nos hace sedentarios, conformistas, anquilosados.

Una razón adicional, esta de orden psicológico, es la poca autoestima y la mínima confianza que tenemos en nuestras propias posibilidades. Si la autoestima está en déficit poco será nuestra fuerza interior para enfrentar lo novedoso, los desafíos, las iniciativas retadoras. Esta minusvalía moral nos lleva a considerarnos inferiores a las oportunidades y al continuo empobrecimiento de nuestras capacidades inexploradas. Es esa desconfianza interior la que también contribuye a no lanzarnos a innovar, a actuar de manera divergente o atrevernos a romper con nuestros propios paradigmas. La falta de fe, de autoconfianza, de reconocimiento en los múltiples talentos de que estamos hechos, frena el dinamismo del desarrollo humano, nos condena a dejar dimensiones sin cultivar o a despreciar capacidades que con seguridad nos abrirían posibilidades personales, laborales o de otra índole. La poca autoestima, por lo demás, nos convierte en pábulo del que dirán, del rumor a la crítica adversa. Todo esto contribuye a que busquemos más la aceptación de la mayoría que un genuino encuentro con la geografía mutante de nuestro proyecto vital.

Creo, de igual modo, que la resistencia al cambio tiene mucho que ver con una sobredimensionada forma de apreciar los riesgos y las pérdidas. Nos atenaza el alma el temor a fracasar. Hemos sobredimensionado el éxito. Es claro que los cambios comportan un riesgo; no es fácil saber si todo va a salir bien o los resultados serán favorables. No obstante, como lo sabe la sabiduría popular, “quien no arriesga… no consigue nada nuevo”. De allí que se necesite un poco de valor para enfrentar los cambios; un valor que a veces toma la forma de la tenacidad o la persistencia, y que siempre contiene una buena dosis de optimismo para alcanzar determinado cometido. La persona que se atreve a cambiar, que asume esa nueva piel, necesita tener en su corazón la fortaleza suficiente para enfrentar la adversidad o los equívocos del primer intento. Y si las cosas no salen como se imaginaba, tendrá que levantarse, intentar otra vía y continuar en su aventura personal. Quizá al final, descubrirá que ese riesgo era algo menor comparado con la conquista de su nueva condición.

Cabe señalar otro motivo: nuestra dificultad para adquirir nuevos hábitos, la falta de voluntad para imponernos una disciplina o romper con prácticas que a todas luces nos amodorran o nos llevan a la inercia. En muchas ocasiones no logramos asumir los cambios porque ellos nos demandan la adquisición de otras habilidades, de ciertas destrezas, de determinados saberes, y estamos tan limitados por lo que ya conocemos o por las rutinas inveteradas que no tenemos la suficiente tenacidad para volver a aprender o, si ya tenemos bastantes años, para empezar a desaprender. Los viejos hábitos terminan por minar la motivación a las nuevas iniciativas y todo queda en impulsos sin continuidad o en conatos de hacer innovaciones de largo aliento. Y si a eso le sumamos una ausencia de planeación, de constancia en el tiempo para determinado propósito, lo más seguro será el desánimo rápido o un estar a tientas recomenzando lo que nunca somos capaces de terminar.

Digamos para ir cerrando que las pocas habilidades sociales para contar con aliados o cómplices que apoyen o secunden nuestros proyectos innovadores son una razón adicional de la resistencia al cambio. Sabemos que un cambio depende principalmente de nosotros, pero si tenemos al lado un “cómplice”, un colega o un compañero de aventura, será más fácil enfrentar las dificultades o el cansancio para la nueva empresa. Es muy importante al momento de lanzarnos a escalar altos desafíos tener una voz de aliento, una mano amiga, un estímulo o un llamado de atención para no claudicar. Son esas voces y esos brazos los guardianes de los cambios que nos hemos propuesto. Por lo mismo, saber elegir a esas personas, cultivar su confianza, mantener esas relaciones, se convierte en una poderosa fuente de reserva para conquistar nuestros objetivos más retadores. Dichos “aliados” son una especie de certeza cuando navegamos por los mares de la incertidumbre.

Frente a todas estas resistencias, quizá la mejor de las estrategias para combatirlas sea un espíritu y un carácter flexibles. Una mente predispuesta a luchar cada día con esas pequeñas certezas y esas ansiadas seguridades que nos hacen tan obcecados, tan tercos, tan duros para asumir lo nuevo, lo diferente, lo inédito. Quien no tiene un corazón atento o preparado para lo nuevo, siempre estará resistiéndose a lo inevitable. Es en nuestra manera de asumir o enfrentar la existencia, en la forma como resolvemos las crisis o los problemas, donde encontraremos la clave para identificar porqué somos tan reactivos ante los cambios.  Y si de veras queremos ser más proactivos, más sinérgicos, más propositivos ante nuevas maneras de ser, actuar o pensar, tendremos que hacer varios ajustes en nuestra interioridad. Porque enfrentar los cambios no es otra cosa que aprender a vivir. 

El maestro y sus características más importantes

El maestro

En mi reciente participación en el evento anual organizado por la Maestría en pedagogía de la Escuela de Educación de la Universidad Industrial de Santander, dirigida con tesón y entusiasmo por Sonia Gómez Benítez, les propuse a los asistentes que eligieran una característica esencial del ser maestro, explicando el porqué de tal selección. Revisadas todas las fichas he encontrado que la innovación ocupa la mayor recurrencia, seguida por la vocación y la mediación. De igual modo son importantes para los maestros asistentes al XXII encuentro de egresados y estudiantes del posgrado, la empatía, la creatividad, la reflexión y la calidad humana.

Veamos con algún detalle las razones ofrecidas por los docentes de Bucaramanga y de municipios de Santander como Socorro, Oiba y Barrancabermeja:

Innovador: porque “vivimos en un mundo complejo y cambiante”, porque “hay que estar al día con las tecnologías y las diferentes formas de aprender de los alumnos”, porque “debe ser una persona en constante renovación dispuesto a seguir aprendiendo, creando nuevos métodos para la enseñanza y el aprendizaje de sus estudiantes”; porque “todo evoluciona y por eso no podemos quedarnos en el mismo lugar, en el mismo tiempo”.

Con vocación: porque “el docente que tiene claro por qué está en esta profesión siempre va a dar lo mejor de sí a sus estudiantes”; porque “formar personas implica desempeñarse con amor, gusto y placer para que la labor resulte significante”; porque “no se educa por obligación”; porque “amar lo que se es y demostrarlo es lo que hace personas felices y exitosas”; porque “cuando uno ama lo que hace se entrega para hacer lo mejor y pone a volar su pensamiento dándole rienda suelta a la creatividad”.

Mediador: porque “puede encontrar en cada estudiante la forma como él aprende e impulsarlo cada vez a proponerse alcanzar nuevos retos”; porque “es el maestro el que debe seleccionar los estímulos más pertinentes para que el estudiante logre el objetivo propuesto”; porque “así logra identificar el potencial de sus estudiantes y apoyarlos en el desarrollo de aprendizajes”; porque “la manera de comunicarnos con los estudiantes define quiénes somos como maestros y qué queremos que sean nuestros estudiantes”.

Empático: porque “permite entender la situación personal, familiar y social del estudiante”; porque “debemos identificarnos con los intereses, vivencias y sentimientos de nuestros estudiantes; porque “es necesario reconocer en los estudiantes sus fortalezas para potenciarlas y sus debilidades con el fin de convertirlas en oportunidades para crecer”; porque “es necesario tener una mente flexible para comprender y relacionarse mejor con el estudiante”.

Creativo: porque “con ella el docente puede motivar al estudiante hacia la producción de conocimiento y hacer de él un aprendizaje significativo”; porque “los jóvenes de hoy exigen cada día más al maestro, y se debe llegar a ellos de forma amena”; porque “en un mundo tan cambiante, en el que cada día nos enfrentamos a nuevos y mayores retos, es necesario explotar al máximo la creatividad para lograr que el estudiante se motive y haga del aprendizaje una experiencia única”.

Reflexivo: porque “el quehacer docente requiere la reflexión permanente para realizar cambios y generar espacios enriquecedores de enseñanza que posibiliten procesos de aprendizaje significativo”; porque “desde la reflexión de su quehacer y su entorno de aprendizaje debe estar en capacidad de lograr una interacción saludable tanto con su equipo de trabajo como con sus estudiantes”.

Con calidad humana: porque “si somos humanos podemos entender a los demás y aportarles en el proceso de construcción de la vida misma”; porque “la educación es la transmisión de las relaciones humanas, y la emotividad y la sensibilidad humanas se convierten en un acto empático para que el educando halle el sendero a su conocimiento”; porque “está pendiente de las necesidades que puedan presentar sus estudiantes”.

Hay otros rasgos, mencionados solo una vez por los asistentes al evento. Son ellos: la paciencia, el deseo de aprender constantemente, la responsabilidad, ser un investigador de su entorno, tener conocimiento didáctico del contenido, el compromiso y la motivación. De igual manera están el sentido crítico, porque “promueve el cambio constante del pensamiento, el estudio constante, y porque promueve el reconocimiento de la diferencia como algo valioso y enriquecedor”; la inconformidad porque “al tener conciencia de su déficit tomará una postura autocrítica. Tal reflexividad lo hará revisar una y otra sus prácticas apuntando a un objetivo constante: ser un mejor maestro para sus estudiantes”; y la audacia, porque “debe tener siempre una solución para todo lo que se le presente en sus prácticas pedagógicas”.

Como puede verse, no es fácil coincidir en el rasgo más significativo del ser del maestro. Por eso, varios de los asistentes prefirieron presentar un repertorio de dichas calidades: pasión por lo que hace, entrega a su trabajo, escucha y orientación a sus discípulos, abierto a los cambios y avances, dominio conceptual de su área. Sin embargo, aunque los educadores empleemos términos distintos, creo que hay coincidencia en varias de esas cualidades del educador genuino. Me atrevo a mencionar las mías:

Comunicador excelente: sin esta cualidad, en la que intervienen no solamente la voz, sino el cuerpo, las manos, la postura, el gesto, es muy difícil llegar al estudiante. Mediante la comunicación se logra motivar y facilitar la relación pedagógica. Si se es buen comunicador se logran hacer inteligibles los contenidos, se facilita el aprendizaje y se favorece la convivencia. La comunicación involucra el pensar el tipo de auditorio, la selección del lenguaje y el tipo de medios y  mediaciones utilizadas. Y, además, la comunicación subraya las habilidades sociales del maestro para la acogida, el buen trato y el trabajo en equipo.

Con dominio disciplinar y didáctico: sin lugar a dudas esta cualidad es la que se requiere para que se cumpla la demanda del que desea aprender. Saber bien lo que se desea enseñar, estar actualizado en ese campo de conocimiento, participar de redes temáticas, indagar constantemente sobre dicha parcela disciplinar, todo ello se convierte en soporte de credibilidad académica. Pero, además, hay que conocer los modos, las estrategias, las técnicas de cómo llevar esos conocimientos a los aprendices. El dominio didáctico, además de asuntos como la secuenciación, la elección de útiles, la contextualización y la motivación, incluye la transferencia que debe sufrir el conocimiento erudito para ser enseñado o aprendido. El saber del maestro está aquilatado por las circunstancias y la situación particular del que aprende.

Generoso con lo que sabe: este es un rasgo de las profesiones de servicio; el maestro ofrece lo que sabe a manos llenas sin tacañería o egoísmo. La generosidad cobija el conocimiento pero también el tiempo y la actitud. Se es generoso porque no se enseña para esperar alguna recompensa, o porque haya algún beneficio económico. La generosidad subraya el altruismo, la entrega para que otros logren salir de una dificultad o sorteen algún impedimento. La generosidad del maestro está anclada en la confianza, en la fuerza de la posibilidad y en el inacabado desarrollo humano.

Paciente para formar: he aquí una cualidad que distingue a los educadores convencidos de esos otros que  no lo son. La paciencia nace de entender los diferentes tiempos del aprendizaje, la diversidad de las personas y los contextos, la historia diferencial de los alumnos. Sin paciencia es muy difícil alcanzar logros de largo aliento; sin paciencia es fácil renunciar a los objetivos formativos o pasar al inmediatismo del temor o la desesperanza. La paciencia, desde luego, se forja con la experiencia y con una capacidad de tolerancia sin la cual es casi imposible sobrellevar a las nuevas generaciones. La paciencia se convierte en flexibilidad para ser y actuar ante personas o situaciones adversas.

Cuidador de sus alumnos: este rasgo pone en alto el trabajo de celo o atención con que se hace la labor docente. Los maestros además de informar, forman. Es decir, participan de una etapa del desarrollo humano de sus alumnos y, por lo mismo, están involucrados en colaborar para formar un carácter, troquelar algunos valores, tallar ciertas virtudes. El actuar y el decir del maestro tiene una dimensión moral y ética que resulta fundamental en la relación pedagógica. Bien sea por decisión u omisión, el quehacer docente está siempre en el escenario del ejemplo, del testimonio de una forma de vivir o relacionarse con los demás. Se es cuidador porque el estudiante en verdad nos interesa, porque la materia prima de nuestro oficio son las personas.

Investigador de su práctica: por ser la docencia una profesión que se cualifica desde y en la propia práctica, resulta esencial esta cualidad para el maestro. Indagar y reflexionar sobre lo que hace, ver cómo algo no resulta o descubrir qué hay detrás de un problema de aprendizaje o convivencia, es una característica consustancial a la docencia. Investigar es volver el aula un laboratorio en el que circulan preguntas de diversa índole; investigar es aprender a tomar registros de lo que se hace cotidianamente; investigar es someter a prueba lo que dicen los manuales de formación y atreverse a publicar esos descubrimientos. El maestro investigador deja de ser un mero consumidor de ideas foráneas y empieza a convertirse en productor de conocimiento. El maestro investigador sospecha y pone entre paréntesis sus certezas y, al hacerlo, continúa vigente y atento a las demandas del entorno.