Cinco pecados capitales

Ilustración de Edward Bawden.

Ilustración de Edward Bawden.

El pavo real y la gallina cenicienta

El pavo real miraba con desdén a la gallina cenicienta. “Muy opaco es tu vestido”, le decía. “Nada de lustre tienen tus plumas”, volvía a recriminarle mientras extendía su hermosa cola multicolor. La gallina lo observaba con curiosidad. “¿Y no sufres por tan pobre vestido?”, preguntó orondo el pavo. “No, dijo la gallina, mi mayor orgullo no está en mis plumas, sino en mi vientre: otros se benefician del huevo que pongo todos los días”.

 

El cuervo y el ruiseñor

—No sé por qué dicen que es el canto más bonito —dijo el cuervo a un grupo de compinches.

—A mí me parece un canto igual al de otras aves —volvió a comentar, moviendo su larga cola para mantener el equilibro.

Subidos en la rama de un alto cedro los cuervos escuchaban a su camarada.

—Además, ese canto es débil, casi que ni se escucha…

El viento avivó el canto del ruiseñor y fue como una bofetada para el cuervo que con su pico buscaba alimento entre las hojas.

—Yo mismo poseo un repertorio que ya quisieran escuchar los habitantes de este bosque.

Y sin que sus acompañantes confirmaran el comentario, empezó a entonar unos graznidos gruesos, repetitivos, sin ninguna melodía o unidad tonal.

—¿Escucharon? La fuerza de este canto es digno de alabanza…

Los compinches asintieron con la cabeza y se sumaron en un coro que parecía más un croar de ranas que una alborada de pájaros.

El viento trajo de nuevo el canto del ruiseñor, tanto más hermoso cuanto disonante era la voz de los cuervos.

—Ese canto me molesta, irrita mis oídos —dijo el cuervo.

—Deberíamos alejar esa ave de este árbol…

Los secuaces del cuervo aceptaron la invitación y levantaron el vuelo hacia la copa del árbol donde estaba ubicado el ruiseñor.

—Vamos, vamos… que se vaya con su trinar a otra parte…

El ruiseñor que no había escuchado nada de la conversación entre los cuervos, apenas tuvo tiempo de huir al ver llegar a su rama una avalancha de alas y de picos agresivos.

—¡Qué tristeza! —dijo el ave— ya no lo dejan a uno tranquilo para tratar de imitar, con este canto, la alegría que siente el corazón al llegar un nuevo día.

 

El cerdo choncho y el gato criollo

El gato miraba al cerdo comer desaforadamente. Le sorprendía ver cómo su colega de granja devoraba yucas, plátanos, maíz y cuanta cosa encontraba a su paso. Pero lo que más le asombraba era el afán con que ingería todos esos alimentos. Subido en una mesa, con timidez increpó al puerco que lo escuchó sin levantar el hocico:

—Y por qué come usted con tanto afán?

El cerdo refunfuñó alguna respuesta que resultó confusa en medio del ruido al triturar una montaña de desperdicios.

—¿Y cuándo sabe usted que ya está lleno?

El cerdo ni siquiera se inmutó. Decepcionado de este diálogo fallido, el gato bajó de la mesa y fue a acomodarse en una banqueta cercana.

El cochino, después de hozar en un barrial buscando lombrices, se echó cerca de la cocina de la casa y empezó a roncar. Esta situación se repitió muchas veces. El gato pudo notar que con los años el puerco engordaba más y más. Hasta que en un diciembre, los chillidos del cerdo cuando lo iban a matar, llevaron al gato a profundas reflexiones:

—Mejor ser flaco y seguir con mi dieta de tomarme poco a poco el platillo diario de leche y algún ratón casual. De esta manera mantendré muy lejos el cuchillo del amo.

 

El toro de lidia y el buey manso

 “No sé cómo aguantas ese yugo todos los días”, le dijo el toro de lidia al buey robusto. El colega, cabizbajo, seguía comiendo su concentrado, detrás del cercado que los separaba. “Yo no me aguantaría ni un día esas labores”, agregó el toro raspando con una de sus patas el prado. El buey levantó la cabeza y dio una respuesta con toda tranquilidad: “Uno se acostumbra a lo que parece imposible”. El toro replicó: “A mí, si llegaran a castigarme como a ti, embestiría con toda mi violencia al vaquero de turno”. El buey repuso con serenidad: “Yo no siento rencor por quien me alimenta y me da techo”. El toro continuó: “A mí me hierve la sangre y enloquezco cuando veo un lazo o una cuerda que intentan detenerme”. El buey miró al toro con extrañeza: “Mi defensa es mi calma; con mi lentitud controlo a los que me hostigan”. La conversación entre las dos bestias corpulentas fue interrumpida por la llegada de un camión. Eran los encargados de conducir el toro de lidia a la plaza. El buey vio al toro embestir una y otra vez a quienes intentaban meterlo en el vehículo. Escuchó después los bufidos del animal, su pataleo, y la algarabía victoriosa de los vaqueros cuando acabaron con éxito aquella faena matutina. “Tarde que temprano ese hervor en la sangre conduce a buscar la propia muerte”, pensó el buey, a la par que continuaba degustando el desayuno.

 

La urraca encandilada

Cuentan que una urraca se dedicó a guardar en su nido metales, anillos o cosas brillantes parecidas. Llevaba dichos objetos a su dormitorio, construido en la rama de un alto árbol. Los demás habitantes del bosque la veían ocupada en esta labor de amontonar baratijas que tuvieran un lustre o un destello. Con el tiempo, la urraca poco comía y solo procuraba encontrar más de estas cosas fulgurantes o relucientes. Varias palomas contaban que desde lejos, especialmente en la mañana, se podía apreciar el resplandor que salía del nido de la urraca, pero que nadie podía acercarse hasta allí, so pena de recibir una sarta de picotazos. Se sabía también que no contenta con ese montón resplandeciente, la urraca empezó a llevar a su nido pedazos de espejos, pues se sentía orgullosa de ver multiplicadas sus pertenencias doradas en aquellos fragmentos de azogue. Y que de tanto llenar su nido de ese cúmulo de hojalata el peso de tales objetos la sepultó una noche mientras dormía. Un pájaro carpintero la encontró así, entre trozos de espejos, cubierta por las hormigas que la habían vuelto su gran festín.

Profesor, anímese a escribir y publicar

Ilustración de Aad Goudappel

Ilustración de Aad Goudappel.

Las ideas que siguen, además de referir un proceso personal con la escritura, quieren ser un estímulo para colegas docentes que desean publicar sus primeros textos, están en mora de consolidar su primer libro o se mantienen temerosos de entrar en relación con la producción escrita.

Aunque el tono sea autobiográfico, estas ideas están respaldadas por varias investigaciones sobre la escritura académica y un rastreo bibliográfico de muchos años. No son, pues, ideales utópicos, sino consejos salidos de la propia experiencia como autor y como editor independiente.

  1. INCORPORE EL HÁBITO DE ESCRIBIR

Una razón generalizada de la baja producción escrita de profesionales y educadores tiene que ver con el poco trato con la palabra escrita. Se escribe de manera esporádica y, en la mayoría de los casos, por una demanda externa o por una obligación institucional. No se cuenta con un hábito de escritura. Y al no tener “lubricada” esta herramienta, lo más seguro es la desidia o una multiplicada dificultad para estructurar un texto o atender las necesarias correcciones de un editor. Olvidamos que para lograr la destreza de escribir es necesario adquirir el hábito. Imponernos la disciplina de dedicar a un proyecto, a un ensayo, a un artículo, por lo menos dos horas todos los días.

  1. VINCULE LA DOCENCIA CON LA ESCRITURA

En buena parte de nuestras funciones en la universidad disociamos o no vinculamos dichas tareas. Investigamos una cosa, dictamos clases sobre otra y, si publicamos, lo hacemos sobre una temática diferente. Considero que si vinculamos, por ejemplo, la docencia con nuestra producción intelectual, seguramente encontraremos una vía propicia para aglutinar muchos de nuestros intereses. Pero, además, las tareas que pongamos, las investigaciones que dirijamos deberían no perder ese eje de nuestro interés. Resulta de igual modo provechoso convertir nuestros apuntes de clase en pequeños textos o en ensayos que sirvan de motivo para textos de mayor desarrollo.

  1. CUALIFIQUE LAS HERRAMIENTAS PARA ESCRIBIR

Proveerse de una buena caja de herramientas para escribir es fundamental. Como todo arte, la escritura demanda unos útiles específicos que le son idóneos y mediante los cuales logra cualificarse. Desde los diccionarios de dudas e incorrecciones del idioma, pasando por los diccionarios etimológicos o de uso del español, hasta los diccionarios ideológicos, contribuyen a afinar nuestra prosa o sacarnos de un impasse lingüístico que parece imposible de sortear. Los tesauros sobre determinado campo de conocimiento o un buen diccionario razonado de sinónimos son de gran ayuda cuando necesitamos precisar un concepto o darle variedad lexical a nuestros escritos.

  1. EMPIECE A PUBLICAR EN REVISTAS

Sin lugar a dudas, un primer escenario para hacer pública nuestras producciones son las revistas. Al enviar nuestros textos, ya sean de revisión bibliográfica o resultado de investigaciones, empezamos a reconocer lo particular de esas tipologías textuales, los requerimientos de cada publicación y a vivir la experiencia de ser leídos por pares de nuestro campo. Lanzarnos a publicar en revistas es una buena escuela para reconocernos y sopesar la calidad de nuestros escritos. Sobra decir que es clave ir encontrando esas publicaciones alineadas con nuestros intereses o esas otras en las que de manera estratégica deseamos participar. Y si hay tenacidad y apoyo, crear una revista. 

  1. PARTICIPE CON PONENCIAS EN EVENTOS

Otra excelente oportunidad para foguear nuestras producciones escritas es participar en foros, seminarios, encuentros o coloquios académicos. Vivir la experiencia de que nuestra ponencia sea aceptada y luego entrar en diálogo en paneles o mesas de trabajo con colegas sobre lo que hemos presentado es una fragua para ver la calidad de nuestros textos. Además de mantenernos actualizados es una ocasión para fortalecer las redes, los grupos de interés sobre determinada temática. Esta parece ser una buena recomendación para caldearnos en la escritura: al menos cada semestre escribir y presentar una ponencia en los variados eventos nacionales o internacionales.

  1. HALLE UN “NICHO” INTELECTUAL

No es recomendable la dispersión académica si queremos consolidar algún proyecto de escritura. Lo aconsejable es hallar esos “nichos” intelectuales hacia los que convergen muchas de nuestras actividades o que imantan nuestros estudios y nuestras investigaciones. Sólo profundizando en ese tópico es como lograremos “decir algo medianamente original” o hacer algún aporte con nuestra producción académica. Este eje, por lo demás, va proveyendo cierta seguridad o confianza al escribir porque otorga un dominio disciplinar y un aval bibliográfico que crea un escenario de respaldo a nuestra propia voz. El “nicho” hace que siempre tengamos un proyecto de escritura en curso.

  1. COMPILE LA PRODUCCIÓN DISPERSA

Por ser la escritura un oficio artesanal, los libros voluminosos no salen de un momento a otro. Más bien son el resultado de años de trabajo en los cuales sus partes van sufriendo un proceso de maduración, selección y reorganización. En este sentido, el libro empieza en la compilación, en agrupaciones temáticas, en tejer una red de relaciones que conviertan las partes heterogéneas en una unidad con significado autónomo. El libro se va haciendo pedazo a pedazo, capítulo a capítulo. Por eso es importante revisar si lo que tenemos disperso puede ir tomando la forma de libro; o si lo que hemos ido haciendo de manera discontinua deja indicios para convertirse en una obra.

  1. TENGA EN MENTE UN PROYECTO EDITORIAL

Cuando en verdad se tiene un vínculo con la escritura, siempre hay un proyecto editorial en curso, un libro en ciernes. A veces ese proyecto es de largo aliento y requiere muchos años para lograr terminarlo; en otros casos, el producto en cuestión puede necesitar semanas o meses. Pero lo importante, es que las demandas del quehacer cotidiano no desdibujen o posterguen interminablemente una meta de escritura.  Entonces, para no sucumbir a la inclemente lógica de lo urgente hay que concebir un plan, unas fechas, un itinerario de posibles avances. Aquí habría que dar un consejo esencial, sobre todo para los que hasta ahora se lanzan a este propósito: no se trata de tener el tiempo ideal para dedicarse de lleno a escribir, sino de ir poco a poco, hora tras hora, avanzando en dicho objetivo. Y cuando ya se logre finiquitar una obra, durante ese proceso hay que ir recolectando las semillas del nuevo libro.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

  • Fernando Vásquez Rodríguez, Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos, Kimpres, Bogotá, 2008.
  • Fernando Vásquez Rodríguez, Pregúntele al ensayista, Kimpres, Bogotá, 2007.
  • Fernando Vásquez Rodríguez, Las claves del ensayo, Kimpres, Bogotá, 2016.
  • Fernando Burgos (editor), Los escritores y la creación en Hispanoamérica, Castalia, Madrid, 2004.
  • Daniel Cassany, Describir el escribir, Paidós, Barcelona, 1989.
  • María Teresa Serafini, Cómo se escribe, Paidós, Barcelona, 1994.

A ver, señora enfermedad, la escucho…

Ilustración de Isidro R. Esquivel

Ilustración de Isidro Antonio Reyes Esquivel.

A ver, señora enfermedad, ¿qué es lo que desea decirme con su carraspera en mi garganta por más de un mes? ¿Por qué esa insistencia suya en negarme la voz o hincharme la laringe hasta el punto de dolerme pasar los alimentos? ¿Cuál es su tarea al querer impacientarme u obligarme a resguardarme del viento o de las calles que me encanta caminar? Dígame, sincérese conmigo, no tenga escrúpulos en contarme por qué se ha instalado en mi voz, poniendo como una larva tóxica el germen del silencio. No tema confesarme sus intenciones o, si eso le parece demasiado descarnado para sus propósitos, por lo menos deme un adelanto de sus más inmediatas aspiraciones. Porque, para hablarle en confianza, si es para enseñarme el valor de saber callar eso ya lo vengo haciendo desde hace años, cuando me impuse el cuidado de la palabra; o si su intento es que aprenda a no guardarme las cosas, a no tragarme lo que me molesta o me indigna, pues he de decirle que tal lección la he convertido en estandarte de mis relaciones interpersonales: ni aún en situaciones difíciles o adversas he optado por asumir actitudes maquiavélicas o que falsifiquen lo que soy. Y donde voy o participo procuro, con prudencia, no ser un agachado en mis principios ni un servil de designios ajenos. Entonces, señora enfermedad, creo que por ahí no está su verdadera presencia en mi laringe. ¿O es que el haberse instalado ahí, atenazándome las cuerdas vocales, es para prohibirme hablar en público y no tener la alegría de ser maestro? Si es eso. Le confieso que usted es un ser inclemente, nada compasivo. Porque eso sí es tocar el corazón de una pasión que me colma y llena mi espíritu de servicio. Pero, me pregunto, ¿para qué prohibirme a mis alumnos, a mi grupo de aprendices? ¿Será para anunciarme una de las posibles consecuencias de ya no estar en la universidad? No obstante, y usted me conoce, siempre hallaré recursos y espacios para seguir mi labor de maestro; eso es algo que está en mi sangre y que me acompañará hasta el final de mis días. Aunque debo manifestarle, que eso de condenarme al asilo en mi propia casa y no poder reencontrarme con mis estudiantes al inicio de este semestre, fue una afrenta demasiado dolorosa. En todo caso, tampoco creo que usted, señora enfermedad, se haya instalado en mi garganta por eso. Sabe que llegué a pensar que su intención era prohibirme hablar, compartir, dialogar; una actividad que disfruto y valoro en gran medida. Quitarme, por decirlo así, el trato frente a frente con los amigos y los seres que amo y aprecio tener cerca. Tal vez ahí usted supuso mal, porque ellos han estado cuidándome, a pesar de mi mutismo o mi limitado lenguaje de señas. Además, hay comunicaciones hondas, íntimas, que son supremamente efectivas para compartir esencias, vínculos profundos. Por eso, tampoco considero que ese sea su propósito mayor. ¿O será que ese inquilinato suyo –porque confío que pronto desaloje esa habitación de mi cuerpo– es más bien una forma de ponerme en trance para descubrir los beneficios de la paciencia? ¿Será que su larga permanencia apunta a demoler al hombre de acción y hacerle descubrir la lenta disposición de aquello que no obedece a su voluntad? ¿Es esa, señora enfermedad, su misión? Dígame. ¿Es la paciencia lo que está por detrás del ardor y la hinchazón de mi laringe? ¿Procede usted así, de manera indirecta? Es decir, ¿aunque aparece en un lugar físico lo que anhela es educarme en un espacio psicológico? ¿Así es su modo de proceder? Porque si esa es su meta, debo compartirle que ese sí se ha sido un duro aprendizaje, una lección abiertamente enfocada a demoler un bastión de mi carácter. Reconozco y acepto mi impaciencia cuando las cosas no obedecen a las riendas de mis intenciones. Me desespero, me desacomodo, y la ansiedad se me irriga como un virus letal. Si ese fue su móvil, ha sido una experiencia dura como la piedra. Lo que no sé, es si usted, señora enfermedad, quiere llevar ese aprendizaje hasta los límites cercanos al estoicismo o al temple de los anacoretas del desierto. ¿Me puede al menos decir si ese es su fin más secreto? De ser así, déjeme expresarle mis agradecimientos… Acepto que debo aumentar el umbral de mi calma, ampliar en mi espíritu el cultivo del padecimiento y descubrir el don de la imperturbabilidad. Sé que no será fácil, aunque la lectura del libro de Job y el testimonio vivo de mi madre, pueden ser ejemplos de primer orden… ¿Es ese su único propósito? ¿O hay otro objetivo de esos nada fácil de confesar? ¿Será que anhela que yo, hombre cumplido y celoso de mis compromisos, descubra el sentido de postergar o renunciar? ¿Es esa otra de sus intenciones? Hábleme, explíqueme. Si ese es su cometido, este es otro asunto que hiere un aspecto vital de mi ser. Seguramente usted conoce que soy un hombre de proyectos, de tareas asumidas con gran responsabilidad. Hay una disciplina y compromiso que impregnan muchas cosas de mi vida. Entonces, si su finalidad es formarme en esta dimensión del dimitir, del desistir, del prescindir o el dejar, pues tendré que reorganizar la agenda interior y replantear otra manera más gratuita e incierta de enfrentar mi existencia. ¿Eso quiere, señora enfermedad? ¿Anhela mostrarme los beneficios del desapego? ¿Es usted heredera de alguna tradición budista? ¿O es que quiere irme preparando desde estos sesenta y tres años para otros desapegos que va trayendo la vejez? ¿De eso se trata? ¿Quiere darme usted una clase de cómo empezar a vivir esa última etapa del ciclo vital? ¿O todo esto que le he dicho es una mera exageración, producto de mis dolencias y de las noches en que no he podido dormir? Ayúdeme a entender. ¿Puede comunicarme sus genuinos deseos? Créame, señora enfermedad, que tengo toda mi atención puesta en sus revelaciones. Soy solo oídos…

La escritura como terapia

Joey Guidone 3

Ilustración de Joey Guidone.

La escritura es una herramienta poderosa para el reconocimiento. A través de ella, mediante sus signos –que operan como espejos– podemos ir dentro de nosotros, indagar en nuestro interior, bucear en zonas poco frecuentadas. Este papel de la escritura hace parte del cuidado de sí y, durante mucho tiempo, fue un recurso de hombres sabios. Pero, ¿cuál es la manera de alcanzar tal cometido?, ¿cómo logra la escritura este efecto en nuestra persona?

El procedimiento es, en apariencia, sencillo: la escritura permite objetivar el pensamiento, volverlo cosa visible, palpable. Así que, al escribir podemos darle fisonomía a lo inmaterial de nuestras ideas, al evanescente fluir de nuestra conciencia. Ya detenido y hecho cosa observable, nos queda fácil identificar lo que de otra manera seguiría difuso o inasible. Al volver sobre lo escrito tenemos la oportunidad de reconocer, valorar, enjuiciar, sopesar lo allí expresado. La escritura, entonces, sirve de traductor al lenguaje cifrado de nuestro interior. Esos signos hacen las veces de intérpretes a esas zonas incógnitas de nuestro psiquismo.

Esta mediación estratégica de la escritura es la más usada por las llamadas terapias narrativas. Cuando el interesado o afectado escribe una carta o hace su autobiografía, por ejemplo, lo que busca con ello es hallar reiteraciones, vacíos, adjetivaciones particulares, saltos o continuidades en su propia historia. Como se sabe, vivimos en un presente instantáneo en el cual es difícil apreciar el recorrido o el itinerario de una existencia. Pero, al apreciar lo vivido en las líneas de la escritura, logramos comprender los intersticios, las constancias; esos hitos significativos o los cambios de rumbo en el mapa de una vida. La escritura da extensión a lo vivido como casual o momentáneo. Por eso estas terapias hablan de que mediante estos ejercicios la persona logra hallar un sentido a su vida, tejer las coordenadas para ubicar el origen de un miedo, un trauma o una dolencia en el alma. Al hallar ese horizonte será más fácil aceptar un defecto, un vicio, una culpa y, en consecuencia, poder iniciar un proceso de cura o sanación interior.

En esta misma perspectiva resulta muy útil la escritura para revelar el rostro de nuestros miedos más profundos. Al escribir nombramos lo que a solas y en silencio no nos atrevemos a pronunciar. Poner en grafías lo que tememos o nos fractura el espíritu es un poderoso antídoto contra aquellos monstruos acrecentados por nuestras angustias y ansiedades. Escribir sobre lo que tememos es poder darle fisonomía a lo que nos paraliza; es tener la oportunidad de enfrentar “cara a cara” lo desconocido o sin forma definida. La escritura apuntala, define, delimita, otorga rasgos y señales a todas esas criaturas que amenazan nuestra tranquilidad o que, por muchas razones, nos negamos a aceptar como parte de nuestros haberes personales. Podría decirse que la escritura nos ayuda a reconciliarnos con esos otros rostros que también somos, pero que negamos o eludimos o queremos condenarlos a un exilio anónimo y secreto.

De igual manera, la escritura permite desahogar, vaciar o expresar estados emocionales molestos o tóxicos. Opera como un proceso de catarsis, de purgación, de limpieza espiritual. En este caso, escribir obedece más a las lógicas de la escritura automática de los surrealistas o de los flujos de conciencia de la novela moderna. No hay cortapisas ni prescriptivas; la idea es dejar salir lo que nos acucia o nos duele adentro; darle total apertura a la escritura para gritar o reclamar, imprecar o maldecir; abrir las esclusas del alma para que vocifere, se queje, así sea en forma desorganizada o con las reiteraciones de un lamento. Escribir de esta forma es contribuir al desahogo, a usar otro tipo de lágrimas para purificar el corazón atormentado. Lo fundamental en estas ocasiones es olvidarse por completo de la corrección idiomática o de las normas gramaticales, y sintonizar con las urgencias de nuestros afectos, sentimientos y pasiones. Escribir, en consecuencia, es un medio de liberación, de exorcismo o de desbloqueo a todo aquello que atenaza, constriñe u obstruye el espíritu.

Hay en buena parte de estos usos de la escritura como terapia una apuesta por conferirle a las marcas de esas grafías el portar huellas de nuestro inconsciente. Es decir, el escribir da indicios de otra dimensión de nuestro ser, no siempre legible por nuestra razón. A través de los signos de la escritura podemos, como detectives, hilar las pistas de una identidad, la laberíntica construcción de una forma de ser, actuar y pensar. De allí que, cuando escribimos, comunicamos mucho más de lo que creemos; también expresamos –como si fuera un aserrín– cosas diversas y contradictorias, asuntos que si logran tejerse adecuadamente, pueden entrever o revelar una parte esencial de nosotros. Y aunque no se detecte o se ubique cabalmente su significado, lo cierto es que con el tiempo o con el suficiente autoexamen lograrán darnos un mapa bastante cercano del territorio que somos.

Por todo lo dicho, es aconsejable de vez en vez empuñar la escritura no tanto para crear mundos fantásticos o ficticios, sino para explorar en los mares hondos de nuestra interioridad. A lo mejor, escribiendo, tendremos la oportunidad de desentrañar nuestro iceberg personal y, al mismo tiempo, comprender la causa de esas dolencias que tanto pueblan nuestro espíritu de preocupación y sufrimiento.

Escuchar la enfermedad

Ilustración de Kathia Recio

Ilustración de Kathia Recio.

Dicen los curanderos indígenas que, cuando tenemos una enfermedad, debemos escucharla, entender lo que nos anuncia o quiere manifestarnos. Y más tratándose de aquellas dolencias que se nos vuelven crónicas o que se niegan a dejar nuestro organismo. Escuchar la enfermedad, afirman estos chamanes, es una forma de ayudar a sanarnos.

Dicho consejo, que parece fácil de hacer, resulta bien difícil de cumplir cuando una enfermedad nos aqueja. Nuestro deseo más inmediato es procurar la mejoría en el menor tiempo posible. Anhelamos que nuestra salud vuelva a cierto estado de normalidad o semejante a como lo teníamos antes de aquella dolencia. Ese es nuestro afán: recuperarnos. De allí que busquemos con ansias al médico o facultativo que nos de la receta, el medicamento preciso para tales molestias. Después, cuando ingerimos o nos aplicamos los fármacos confiamos en que hagan su efecto lo más pronto posible. Pero, en determinados casos, las cosas no mejoran o la enfermedad persiste. Cuando esto acaece, la angustia se multiplica y a la desazón interior se suman la ruptura con la cotidianidad, la merma en el trabajo, el giro brusco de rumbo en nuestro mapa existencial.

Tal vez en estas situaciones es cuando empezamos a preguntarnos qué significa la dolencia que padecemos. ¿Cuál es su sentido? Desde luego, algunas de esas dolencias son el fruto del camino recorrido, de un acumulado vital que solo ante una enfermedad cobra su alcance. El paso de los años va trayendo el “desgaste” o la merma en diferentes partes de nuestro organismo. Las dolencias, entonces, lo que hacen es mostrarnos que ya no tenemos el mismo poder de recuperación y que los cuidados deben multiplicarse. La enfermedad porta en sus signos el mensaje de la fragilidad. Es como un anuncio de que para seguir en pie requerimos de prótesis o ayudas farmacológicas. Algo ya hace falta, algo hay que compensar, algo merece apoyo externo. El cuerpo ya no se basta a sí mismo. Lo sistémico de nuestro organismo padece una avería, un malestar, una interferencia, en algunos casos severa. Enfermarse, en consecuencia, es entender –a veces resistiéndonos– la esencia de nuestro ser físico, la fisonomía de su funcionamiento, el engranaje de sus partes.

Este punto es, precisamente, el debate entre dos enfoques de la medicina: uno que se esfuerza en atender la parte afectada, que se enfoca en una zona; y otra tendencia, que trata de ver la enfermedad en relación con la totalidad del organismo. La primera opción, poco mira el contexto o la historia personal del enfermo; la segunda, se esfuerza por detectar el tipo de sistema para, desde allí, comprender la particularidad. Las llamadas medicinas alternativas se basan en eso, en ver la enfermedad como parte de un sistema y en recuperar las funciones de la totalidad del organismo para que pueda sanarse integralmente. Estas dos formas de entender y practicar la medicina podían traslaparse a otros aspectos de nuestra vida: a veces, frente a un problema, solo nos centramos en un hecho, pero sin atender el conjunto de circunstancias que lo ocasionan. Perdemos el paisaje de nuestras acciones y nos quedamos anclados en algo eventual o circunstancial. Olvidamos –muchas veces con terquedad– que terminamos viviendo determinados eventos porque son el resultado de acciones u omisiones hechas a lo largo de nuestra historia. Y así parezcan inexplicables en el presente, son comprensibles si los miramos en el itinerario de una existencia.

Pero, volvamos a nuestro asunto. La enfermedad, decía, puede servirnos de motivo para autoanalizarnos o reconocernos: ¿qué tanto de nuestro tiempo, por ejemplo, dedicamos a nosotros mismos, a nuestro cuidado?, ¿a qué costo de nuestro bienestar mantenemos una labor o persistimos en una tarea?, ¿cuánto somos capaces de porfiar en asuntos estériles o carentes de salida?, ¿por qué perdemos de vista el sistema preventivo sobre nuestro cuerpo y nuestra alma?, ¿qué hemos aplazado, no dicho, guardado o mantenido como una herida abierta? Todos estos interrogantes pueden surgir a la par de nuestro obligado reposo. Porque esa parece ser la primera enseñanza de la enfermedad: reposar, estar en calma, obligar a la mente y al cuerpo a detenerse, a “elaborar” lo que a diario pasa sin ser asimilado o comprendido. En consecuencia, al devolvernos al lecho, a la actividad interior, las dolencias nos obligan a reflexionar, a ensimismarnos, a recuperar un tiempo para el discernimiento. Repasamos, reordenamos, ponemos en retrospectiva y prospectiva nuestro proyecto vital; hacemos balances, entrevemos errores, reestablecemos prioridades. Todo eso trae consigo el encierro obligado o las largas noches de vigilia.

Las enfermedades, en particular las que se vuelven crónicas, también traen consigo el aprendizaje de la paciencia. Nuestra voluntad o nuestro empeño no son suficientes para combatirlas; lo indicado es dejar que el cuerpo se vaya recuperando poco a poco, en un proceso en que la mente –siempre diligente y veloz– no alcanza a comprender. Aquí es la tortuga la que enseña a la liebre: ir despacio, descubrir mínimas mejoras, aceptar que muchos días parecen idénticos en cierto estado de salud, pero por debajo de lo evidente el cuerpo está reorganizando sus placas tectónicas, su funcionamiento maravilloso. No se lo puede forzar, apenas contribuir con algunos medicamentos. La paciencia, tan socorrida y promulgada por nuestros mayores, es una forma de pasividad activa, una disposición interior sujeta a otra dinámica diferente a la efectividad y la rapidez. Entonces, la enfermedad nos lleva a comportarnos desde las lógicas de la lentitud, a ponernos a tono con la pausada manera como el organismo procura mantener el equilibrio de la vida.

Sería necio afirmar que cuando estamos enfermos no ansiamos mejorar. Siempre existe la esperanza de volver a estar bien o, por lo menos, no con el mismo nivel de las dolencias que nos aquejan. Ese es nuestro deseo. O para decirlo de otra manera: ponemos nuestra esperanza en recuperar las fuerzas, el ritmo de nuestra cotidianidad. Ese posible es el que nos mantiene el espíritu más alto que nuestros achaques, el ánimo para persistir o seguir en un tratamiento o una terapia. La esperanza, como en tantas otras cosas, hace que nos levantemos entusiastas o con la alegría suficiente para nos resignarnos a estar tendidos en la cama o desalentados para no hacer nada. La esperanza es un fármaco del alma, una medicina que nos prodigamos nosotros mismos, para no flaquear y mantenernos resistentes, al igual que el árbol en una borrasca. Esta dimensión emocional de la esperanza, tan poco reparada en ocasiones por los médicos actuales, es la que mejor ayuda a mantener el equilibro cuando la desazón o la tristeza por los dolores físicos quieren postrarnos o derribar nuestro optimismo.

Escuchar lo que nos dice o susurra la enfermedad es, en suma, un ejercicio de conciencia, un antídoto contra el desasosiego y la angustia y una oportunidad para convertir nuestras flaquezas y quebrantos en parte constitutiva de nuestro ser. Más que un tiempo de negación y reproches, la enfermedad debe servirnos para reconciliarnos con nuestras debilidades y con la urgencia de estar necesitados de manos y brazos que nos cuiden.

Regalo de luz

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Un rayo de luz entra por el resquicio de la ventana. Esplendoroso. El sol ha querido esta mañana darme ese regalo. La luz ha seguido rauda, inmediata, por encima de mi cama, tocó la esquina de un armario de madera y fue a estrellarse contra una pared de cemento. Allí se quedó mirándome y se mantuvo maravillado, supongo, del brillo de mis ojos. Luego se alejó por donde vino, despacio, muy lentamente, dejando tras de sí una estela amarillenta. Me quedé un tiempo en el lecho contemplando la magia de la luz, la fuerza de la vida, el regalo astral de ese día. Después me puse de rodillas sobre el lecho, abrí una de las hojas de la ventana y miré hacia las montañas. Aún quedaban rezagos de neblina en la parte más honda de la serranía, pero los grandes árboles ya habían dispuesto sus ramas para el canto de los pájaros. Una algarabía maravillosa entró también a mi habitación; gorjeos, trinos, melodías, decoraron parte de las vigas y se miraron en un espejo que había sobre la mesa. El sonido hizo que mi corazón se pusiera a tono con mi mente. También las gallinas sintieron sobre sus plumas los rayos del sol y comenzaron a bajar de un guanábano que les servía de dormitorio. Los gallos fueron los únicos que prolongaron con su canto el mensaje del sol: su quiquiriquí repetido convirtió el mensaje previsto para los ojos en un anuncio para los oídos. Este es un misterio de estas aves de cresta roja: transforman los rayos de luz en ondas de sonido. Por eso son símbolos de resurrección, porque logran mudar la materia de las cosas. Por eso están encima de las torres y por eso son buen augurio en momentos en que los hombres andan a tientas en las noches de su espíritu. Quiquiriquí… Mis ojos fueron más lejos, delinearon las montañas de otra vereda, subieron hasta el cielo que esa mañana estaba azul, muy diáfano en su textura, y volvieron a bajar hasta un sembrado de maíz y tomaron, imaginariamente, el camino real hasta llegar a la casa de don Manuelito y, de allí, bajaron hasta la zanja del Peñón y de un salto entraron por la puerta donde yo estaba arrodillado. Mis ojos me vieron la espalda sin que me diera cuenta. Fue por unos segundos. Porque al sentir mis propios ojos mirándome me di cuenta enseguida que debía voltearme para no quedarme ciego. Ese reencuentro fue un choque de luz iridiscente. Me senté en el lecho y puse mis pies en el cemento frío. Debajo de la cama seguía la noche. Allí la luz no había querido entrar o de manera esquiva ignoró mis zapatos y unas chanclas tendidas sobre una piel de venado. Quizá los venados muertos son un antídoto contra la luz, vaya uno a saber. El frío del cemento me devolvió la conciencia de que estaba de vacaciones, en la casa de mi niñez. Así que, sin pensarlo dos veces, a pie limpio abrí la puerta y salí a recibir con todo el cuerpo la luz del sol, el trinar de los pájaros y el canto de los gallos. Pero fueron las manos de mi tía las que me recibieron con un saludo de bienvenida, de buenos días, de si durmió bien, de si descansó, todo eso aromatizado con un pocillo de café oloroso a viejos recuerdos y nombres maravillosos: Caracolí, La Guásima, La Peña, Aguas Claras, Lomalarga… Vi un asiento naranja y allí me ubiqué. Los perros, siempre innumerables, fueron a juntarse a mi lado, moviendo la cola o poniendo sus hocicos como una mano húmeda. El humo de la cocina dio una pequeña vuelta y vino a saludarme de manera rápida antes de que la brisa mañanera lo alejara de mi lado. El humo y la brisa siempre han tenido sus rencillas en estas tierras hermosas, en estos parajes donde transcurrió mi niñez. Mi infancia más querida. En todo caso, mientras estaba sentado volví a mirar hacia las montañas y vi las palmeras y los grandes peñascos y divisé, o quizá lo soñé, que iban subiendo varias recuas de mulas y dos hombres, con sombrero, las iban arriando con un sonido seco y potente: ¡mula!, ¡mula! Gritaban. Y las bestias avanzaban con su carga de piña, porque eran piñas las que llevaban, de eso me di cuenta de inmediato, porque aunque el camino real estaba distante, era tal el aroma de esas frutas, que embargaba todo el bosque. O fue porque en ese momento mi tía me acercaba en un plato dos rodajas de piña: ¡coma, mijo! Cómo huelen las piñas en la mañana, justo después de que una peinilla tres canales les quita su cáscara de ojos y las deja desnudas para que puedan servirse en rodajas, así limpias en su propio jugo… Las manos tomaron una de las rodajas de piña pero los ojos volvieron al camino real a ver si seguía la romería de mulas… Pero ya estaban llegando bien arriba de la Señora Josefina, y no quedaban sino el reguero de boñiga de las mulas y el aserrín de los gritos de aquellos arrieros venidos del fondo de las montañas… Ahora los pavos y las gallinas, los palomos, los marranos entraron al concierto de sonidos. Mi tía trató de conjurarlos llamándolos a desayunar: ¡tico, tico, tico…! , les entonaba, a la par que sacaba de una totuma manotadas de maíz, esparciendo ese alimento como si fuera una lluvia amarilla… Plumas, gruñidos, zumbidos, bullicio, todo eso se desataba a los pies de mi tía, que ese día, como otros tantos, tenía un vestido lleno de flores. Los pasos largos de mi tío hacía tiempo habían llegado de despertar el rocío de los potreros y ahora, después de ordeñar, le entregaba una totuma con leche espumosa a su mujer, que estaba dándole vida con sus manos a las arepas y los plátanos, a la carne frita y el chocolate caliente, en medio del crepitar de la leña y el incesante zureo de los palomos… ¡Qué maravilla observar esas escenas tan sencillas y, a la vez, tan pletóricas de fuerza vital, de plenitud campesina! Creo que me quedaba extasiado contemplando estos paisajes del amanecer largos minutos, tantas veces como días tenían mis vacaciones. Porque ir a Capira y ver amanecer era sentir de nuevo la vida renacer a manos llenas, porque era una forma de recibir la libertad en mi pecho y llenarme de una alegría capaz de convertir el encierro citadino en cosa baladí. Allí, en esos momentos, observando y escuchando de nuevo cómo se gestaba el génesis de la vida, yo me sentía, aunque todavía muy pequeño, un gigante, un héroe poseedor de esos misterios. Un ser dotado de leyendas, poseedor de un mito que aún hoy, después de más de 60 años, sigue intacto en mi mente y rebosante de luz en mi corazón. 

El acto gozoso de escribir

Ilustración de Joey Guidone

Ilustración de Joey Guidone.

Se escribe por placer, por el mero gusto de ver cómo van formándose las líneas, esas grafías producto de la imaginación y la mano atenta. Existe un goce especial en poblar un mundo con palabras, en dotar de límites o mojones el espacio blanco de lo ilimitado. Este goce, porque es del cuerpo y de la imaginación, es muy cercano al acto de gestar, de insuflar la vida –signo tras signo– con la lentitud de todo génesis. Pero escribir es también una manera de establecer lazos, de unir mentes y sentimientos. Cuando se escribe, así sea en nuestra cabeza, prefiguramos a otros, adivinamos el gesto de alegría o de sorpresa cuando reciba estos signos. Entonces, la escritura es ramo de flores, regalo, felicitación, solidaridad, compañía… Con la escritura iniciamos o mantenemos un vínculo, damos resonancia a una relación, rubricamos la certeza de una pasión o disolvemos el fantasma de la ausencia. Escribir, en este sentido, es decir a otro “aquí estoy”, “cuentas conmigo”, “no te he olvidado”, “aquí está mi brazo”, “no estás solo”, “dispones de mis manos”. Y todas esas cosas las pueden crear unos signos que, al juntarse de una especial forma, producen en el lector o lectora un efecto, un campo de irradiación tanto más potente cuanto necesario sea recibir dichas grafías. La escritura afecta, toca, conmueve, pone a pensar, remueve, exacerba los afectos, aguza la fantasía, reaviva la memoria. En algunas ocasiones se parece a un bálsamo y, en otras, es un potente revitalizador de nuestro ánimo.

Desde luego, escribir implica enfrentarse con las palabras. Ellas, que bien vistas son inagotables, inabordables, se ofrecen sumisas a quien bien las conocen o lleva muchos años tratándolas. De lo contrario, se esconden, fingen, parecen ofrecer sus favores cuando en verdad muestran su desentendimiento. Por eso escribir es una búsqueda con y a través de las palabras; una expedición al territorio del diccionario, una odisea entre tantos signos parecidos y extraños a la vez. Lo más seguro es que el producto final de haber escrito no sea sino el testimonio de dicha aventura en tales tierras, un diario de a bordo, un registro del encuentro con cada una de esas grafías. Y si logramos acceder a los borradores del escritor, descubriremos que tal odisea no fue solo cosa de hallazgos afortunados, sino también de escogencias equivocadas –por eso los tachones y las enmendaduras–, de tanteos o escarseos con las palabras. A lo mejor, como en todo goce genuino, escribir presupone un abandonarse a esta travesía por tierras desconocidas e inéditas. Dejarse llevar por el encuentro con las palabras, embriagarse con su ritmo; todo eso hace parte de la fascinación de escribir. Oír con atención cada palabra, casi que tocarla con los dedos, adivinar su peso o su alcance comunicativo, cada uno de estos actos –que son en sí mismos actos de amor– constituye la verdadera entrega al escribir. Por momentos es un acto mágico, sublime, de éxtasis prolongado; en otros, un rito que construye una zona sagrada para que emerjan las criaturas de la interioridad. De allí la necesidad del aislamiento para lograr a plenitud esta entrega: a solas es más fácil abandonarse a los placeres de la imaginación; cobra más fuerza el silencio, y en soledad puede uno escuchar las voces susurrantes del propio corazón. Esa parece ser la paradoja: el escritor se aísla para ir en pos de los vínculos; se aleja para delinear el rostro de la cercanía.

Cabe decir acá que a veces la escritura se resiste a estar con nosotros. Es esquiva de una manera radical. Y por más que se la busca o se la incita, a pesar de nuestro empeño por tenerla al lado y escuchar sus palabras, se mantiene impertérrita, silente, ensimismada en sus propios garabatos. Son los tiempos en que el escritor anda en “época de sequía” o que esta “bloqueado”. Nada parece útil para sacarlo de tal marasmo. Intentar escribir, entonces, es doloroso, angustiante. Miles de malos augurios desfilan por su cabeza y anda a tientas, desconcertado y abandonado de toda estrella polar. Aquí, querer escribir es divagar, vivir en un estado de nomadismo intelectual, padecer el naufragio de los dejados por la inspiración o los ángeles custodios de la creatividad. Durante estos períodos escribir es padecer la carencia de palabras. Por supuesto, siempre está la esperanza de que de pronto –de manera inesperada– reaparezcan vivas y esplendorosas, dispuestas a nuestro afán de retenerlas. Y por eso, así se esté en épocas de aridez productiva, los escritores seguimos raspando el espacio en blanco, como arqueólogos metafísicos, a ver si de pronto hallamos un motivo, un tema, un signo que nos lleve de nuevo a la veta de la producción, al valle imaginario donde reverdecen las ideas y cada pensamiento tiene su signo preciso. Tal es la esperanza, y por eso los escritores son noctámbulos, porque saben que en las noches es cuando hay la mayor posibilidad de que las escurridizas palabras salgan a ofrecer sus dones más preciados.

Retorno a mi inicio: escribir es un placer. Un acto de exploración íntima que busca ser complicidad; una elaborada alquimia en la que humildes grafías, en su justo calor y ebullición, logran transformarse en revelación de lo que somos, en espejo, en líneas tensadas para el encuentro. El goce de escribir se siente en la piel y, más hondo, en las fibras del espíritu. Por eso produce una emoción semejante a la felicidad y por eso, cuando el escribir se convierte en lectura, aparecen los cómplices, las almas gemelas, los amigos anónimos que comparten nuestra misma devoción por las palabras. En ese instante el placer se hace más intenso, porque gracias a la escritura logramos establecer un vínculo con otro ser humano, un lazo invisible capaz de trascender las fronteras y ser inmune al corroer del tiempo.

¿Vía arteria o una sola vía?

Ilustración Guy Billout

Ilustración de Guy Billout.

Me encuentro a diario con dos tipos de personas: las que mantienen en su mente y en su corazón un celo por los demás, y otras que olvidan o no consideran de gran importancia el rostro del semejante. A las primeras las considero caminantes vía arteria y, a las segundas, viajeros de una sola vía. Tratemos de hacer un retrato de cada una de estas personalidades.

Las personas vía arteria por lo general piensan en los otros, en sus urgencias y necesidades, en sus gustos y preocupaciones. En la medida en que son sensibles al clamor ajeno, en cuanto atienden solícitas el rostro del prójimo, pueden actuar de manera anticipada: hacen una llamada justo cuando el otro ser más lo requiere; compran alguna mercancía, sin que se la exijan, porque conocen lo indispensable de tal objeto para alguien; se ocupan de los asuntos reales o de la sobrevivencia ajena porque piensan no tanto en el presente, sino en el bienestar futuro de tales personas. Al estar atentos a los problemas o situaciones adversas del amigo, ser amado, familiar, colega o vecino, tienen el tiempo suficiente para hacer la visita al enfermo, para acompañar a otro en una pena, para ofrecer las manos o los brazos en un evento apremiante. La personas vía arteria, por lo demás, algo traen para alguien cuando viajan; son capaces de deponer su cansancio o sus propios caprichos por satisfacer un pequeño encargo, un medicamento vital para otro ser. Cuando así actúan, las personas vía arteria consideran que han logrado uno de sus mayores cometidos: hacer feliz a alguien, ver cómo con su apoyo ese ser alcanza sus metas más anheladas. En síntesis, las personas vía arteria procuran evitar el dolor en los demás, son cuidadosas para prevenir el sufrimiento, y muy sensibles a la fragilidad de la condición humana. Son, por decirlo así, vigías de la otredad, centinelas de alteridad, protectores del prójimo. Son estas personas las que forjan convivencia, pareja, sociedad; son, en sí mismas, un medio o un símbolo del vínculo humano. Es posible que esta forma de ser y comportarse tenga mucho que ver con la crianza y con espacios de socialización claramente enfilados a la solidaridad y el mutuo afecto.

Las personas de una sola vía, por el contrario, anteponen sus necesidades a las ajenas; priorizan sus deseos, sus gustos y sus apetitos de acuerdo a su agenda existencial. Defienden a ultranza lo que quieren y, logran, a veces sin darse cuenta, herir, fracturar o menoscabar la dignidad de otros. Por tener una mirada de una sola vía se centran fuerte en el propio espacio y no logran entrever los escenarios a su alrededor. En consecuencia, les cuesta adivinar o intuir cuáles son las necesidades del amigo, del ser amado, del familiar o del vecino; poco revisan la historia vivida o compartida con alguien y con dificultad avizoran el futuro que de esas relaciones se deriva. No es que actúen así para provocar un malestar o infringir una pena; más bien es una incapacidad moral para desplazar o movilizar su yo hacia otros espacios distintos a su zona de confort. A las personas de una sola vía se les dificulta regalar, compartir hallazgos, abrir de par en par su corazón; les cuesta ponerse en la dimensión de la gratuidad. Quizá por eso mismo temen o se sienten vulneradas cuando alguien les reclama o les recrimina una omisión, una acción inapropiada, un gesto de socorro inadvertido, un descuido a determinado compromiso. Y al comprobar tales errores, en lugar de asumir el perdón o la disculpa, rápidamente se atrincheran en la justificación, se protegen tras una muralla de silencios o una premeditada lejanía. Las personas de una sola vía se sienten cómodas en las burbujas, en las torres aisladas, en los ambientes privados; prefieren no deberle nada a nadie, ni depender de otros para tomar sus decisiones. Son autárquicas, autosuficientes, autodeterminadas. Les cuesta someter su voluntad al parecer de otras voluntades o al criterio ajeno; temen que si lo hacen dejarán de ser ellas o serán sometidas por extraños. Las personas de una sola vía sufren los pormenores y las demandas de los vínculos. Quizás a las personas de una sola vía les hizo falta en sus primeros años la certeza de ser amadas o se fueron acostumbrando a no necesitar de afecto, o convirtieron con el pasar del tiempo esas penas y esas falencias en un escudo, en una caparazón protectora que, a la vez, les fue negando la posibilidad de mostrarse afables, tiernas, cariñosas hasta la médula.

Hasta aquí una distinción sucinta de estos dos tipos de personas. Por supuesto, –como sucede en toda tipología– hay matices; pero lo importante es la prevalencia de varios de esos rasgos. También puede suceder que una persona vía arteria termine, por diferentes experiencias negativas, asumiendo algunos rasgos de las personas de una sola vía. A lo mejor sea una manera de sobrevivir a ambientes adversos o negativos; sin embargo, en ellas prevalecerán varios de los rasgos arriba anotados. Igual transformación podría suceder con las personas de una sola vía, aunque tal desplazamiento implica una labor más dispendiosa: no es fácil domeñar el egoísmo cerrero y la individualidad enceguecida. Sin embargo, a través de experiencias amorosas o fraternas, mediante ejercicios contundentes de confianza, es probable que las personas de una sola vía empiecen a tener en la mente el rostro del otro, y aprendan a involucrar las necesidades ajenas dentro de sus itinerarios personales. Tal vez el pasar por situaciones de dolor o de profunda fragilidad también sea otro motivo para ese desplazamiento de perspectiva o, al menos, para caer en la cuenta de saberse incompleto, de requerir del prójimo, de necesitar ternura o acompañamiento para lograr sobrellevar el peso de la soledad o su vulnerable condición. Todo eso es posible. También cabe pensar, desde una mirada psicosocial, que los seres humanos vamos evolucionando desde nuestro primer egoísmo infantil hasta la adultez que permite albergar a los demás, con sus diferencias y sus tonalidades. A lo mejor, las personas de una sola vía aún siguen en su proceso de desarrollo humano; ese camino que, como se sabe, puede llevar todos los años de nuestra existencia.

El papel del moribundo

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Por recomendación de mi apreciada amiga Penélope Rodríguez quien, a su vez, había recibido la sugerencia de su hija Shalila, empecé a leer Ser Mortal. La medicina y lo que al final importa (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2018) del cirujano norteamericano Atul Gawande. Leer este libro ha sido una experiencia conmovedora y me ha puesto a meditar sobre la fragilidad de lo humano, la vejez, la enfermedad y la responsabilidad ética de los profesionales de la salud.

La obra mezcla la narración y el tono ensayístico. Gawande nos va llevando a través de la historia de sus pacientes y, a partir de tales testimonios, saca conclusiones sobre el papel de la medicina, las instituciones geriátricas y hace preguntas fuertes sobre esa última etapa de los seres humanos, cuando la enfermedad toma la delantera y se está en manos del saber médico, de los familiares y de una lógica social que poca atención presta a la dignidad del enfermo terminal. El cirujano echa mano de las voces de sus pacientes que enriquecen la descripción de los casos clínicos, ofrece estadísticas que avalan sus intuiciones, nos pone frente a los ojos el itinerario de los viejos, desde cuando luchan por mantener la independencia hasta el momento en que claman ayuda para poder “dejarse ir”.

Gawande, en una prosa limpia e interpelativa, pone sobre la mesa lo que implica la “experiencia de envejecer y morir”, pero señalando repercusiones éticas, dilemas morales, cuestionamientos sobre el papel de la familia y las instituciones de salud. A pesar de centrarse en el contexto norteamericano, los planteamientos y las conclusiones por él expuestas pueden ser aplicables a otras realidades y enfermos semejantes. Bien pudiera decirse que el hilo transversal del libro es una reflexión sobre el cuidado del otro, del otro cuando es radicalmente frágil y habitado por el dolor. En esta perspectiva, aunque a primera vista el tópico del texto sea la muerte, lo que soporta el núcleo del libro es el cuidado de la vida.

La obra es un descarnado e íntimo testimonio de la enfermedad terminal de un padre narrada por su hijo. ¡Hay tanta fuerza en dicho relato!, tanta sinceridad en los dilemas más íntimos de un médico con este tipo particular de paciente, que durante varias de sus páginas no pude evitar recordar mi propia historia, durante la enfermedad y la agonía del viejo Custodio. Quizá el libro sea un símbolo o un homenaje a su padre quien, a pesar de las circunstancias, “hizo todo lo posible para conservar la dignidad en aquellas circunstancias”.

Son agudas las críticas que hace Gawande a las casas geriátricas, a las salas de cuidados intensivos y a la falta de tacto de los médicos en la manera de acompañar tanto a los enfermos como a sus familiares durante esta etapa de “asumir la finitud”. Especial atención presta el autor al estilo de comunicación empleado por el médico y a las “conversaciones difíciles” que debe utilizar cuando a la par de hablar con verdad, también necesita estar dispuesto a favorecer las “decisiones compartidas” con el paciente. Tal vez por todo ello el cirujano ve con buenos ojos los cuidados paliativos en la medida en que, como dice él, “nuestra meta por excelencia no es una buena muerte, sino una buena vida hasta el final”.

Apenas para provocar la lectura de esta obra transcribo algunas de las ideas e interrogantes formulados a lo largo del texto: “Nuestra renuncia a examinar honestamente la experiencia de envejecer y morir ha incrementado el daño que infligimos a las personas, y les ha negado el consuelo básico que más necesitan”; “si, a medida que envejecemos, vamos apreciando cada vez más los placeres y la relaciones cotidianas en vez de los logros, lo que poseemos y lo que adquirimos, y si eso nos parece más satisfactorio, por qué esperamos tanto tiempo para hacerlo? ¿Por qué esperamos hasta que somos viejos?”; “el pavor ante la enfermedad y la vejez no es únicamente el temor a las pérdidas que uno no tiene más remedio que soportar, sino también el temor al aislamiento”; “los profesionales de la medicina se concentran en el restablecimiento de la salud, no en el sustento del alma”; “si ser humano es sinónimo de ser limitado, el papel de las profesiones y las instituciones dedicadas a la atención –desde la cirugía hasta las residencias geriátricas– debería consistir en ayudar a las personas en su lucha contra dichos límites”; “la física, la biología y el azar son los que se imponen en última instancia en nuestras vidas. Pero lo cierto es que tampoco estamos indefensos. El valor es la fortaleza de reconocer ambas realidades. Tenemos margen para actuar, para dar forma a nuestra historia, aunque, con el paso del tiempo, sea dentro de unos límites cada vez más estrechos”; “creemos que nuestra misión consiste en garantizar la salud y la supervivencia. Pero en realidad, es mucho más que eso. Consiste en hacer posible el bienestar. Y el bienestar tiene mucho que ver con las razones por las que uno desea estar vivo. Esas razones cuentan no solo al final de la vida, o cuando sobreviene la debilidad, sino a lo largo de toda nuestra existencia”.

 

La semiótica y la mentira

Ilustración de Angel Boligán

Ilustración de Ángel Boligán.

Dice Umberto Eco, en su Tratado de Semiótica general, que “la semiótica se ocupa de cualquier cosa que puede considerarse como signo”. Y agrega: “signo es cualquier cosa que pueda considerarse como substituto significante de cualquier otra cosa”. A partir de esta definición, el mismo autor señala una consecuencia fundamental: “la semiótica es, en principio, la disciplina que estudia todo lo que puede usarse para mentir”. La última observación de Eco me va a permitir desarrollar algunas ideas sobre el papel de los signos en la vida social.

Quisiera empezar con una hipótesis de trabajo: el signo o la función sígnica (es decir, aquello que consideramos como signo) nace o aparece a partir del salto del hombre de lo inmediato a la mediatez. El signo es de por sí una relación. Un puente que el hombre establece entre una cosa y un sujeto, o entre la exterioridad y la conciencia. El signo es representación. Así entendidas las cosas, una relación sígnica permite evocar, imaginar, pensar… hacer presente la ausencia. Por los signos nos convertimos en seres de cultura.

Aquello que el hombre no podía agarrar, eso otro que no lograba guardar entre sus manos… fuerzas, ritmos, olores, sensaciones… pudieron ser domeñados gracias al mecanismo de los signos. Sobre el filo de lo inmediato, de lo consumido de una vez, el hombre hizo un alto, estableció un paréntesis sígnico y distanció la acción, el movimiento. Gracias a esa perspectiva, los signos adquirieron el talante de actores, de “personajes” de una inmensa obra que podemos llamar la socialización.

Al ser una construcción, una elaboración situada en un tiempo y un espacio determinados, los signos son ambiguos, inciertos, complejos, diversos, plurales… Pueden apuntar a un sentido o a otro; a veces afirman pero, al mismo tiempo, pueden ser una clara muestra de negación o renuncia. Los signos no son transparentes. A la par que muestran o evidencian, también ocultan, velan, o disimulan. Cada vez que estamos de frente a una relación sígnica tenemos que preguntarnos cómo es su funcionamiento, cuáles son sus motivaciones y cuáles sus implicaciones. Hay como cierto claroscuro en el ser de los signos. De allí la importancia de la semiótica como una ciencia capaz de “aquilatar” hasta dónde va la sombra y hasta dónde la luz.

Por eso Umberto Eco afirma que una semiótica general se asemeja a una teoría de la mentira. Por supuesto, no se dice con ello, que la semiótica sea una disciplina para aprender a mentir. Más bien, lo que se afirma es que la semiótica es una herramienta potente para construir o deconstruir edificios de significación. Teoría de la mentira es tanto como lucidez suficiente para saber cuándo los signos nos engañan o cuando señalan la verdad. Desde luego, la verdad es más un acuerdo social que una noción definitiva. Las verdades son provisionales y dependen de los puntos de vista que, por lo demás, están marcados por una serie de intereses, pasiones y poder. Ninguna verdad es inocente, lo sabemos. Cualquier verdad algo resalta pero, en esa misma magnitud, algo cubre. En el fruto de toda gran verdad, anida el gusano de alguna falsedad.

Entendámonos mejor. Por ser seres afectables por el tiempo, por tener conciencia histórica, los seres humanos variamos, nos equivocamos, vamos de un lugar a otro, cambiamos de ruta o dirección… Y lo que en un determinado momento es considerado como verdad, justo más tarde, ya es una mentira. Mentira en cuanto no corresponde al momento o el evento ya vivido; mentira en la medida en que ya no somos los mismos. Al ser el hombre un ser en permanente devenir, los signos que emplea, las relaciones sígnicas que establece, están siempre a medio camino entre la exactitud y el equívoco, entre la sinceridad y el engaño, entre la veracidad y la falacia.

Ni qué decir de los signos que, a propósito, usamos para provocar la desconfianza, el rumor, la envidia, los celos, la enemistad o el miedo. Ni de esos otros signos que, aun sabiendo de su engaño, insistimos en creerlos o nos esforzamos para darlos por ciertos. Como quien dice, no sólo hay ambigüedad en las relaciones sígnicas que los propios signos establecen, sino en las relaciones que los hombres crean con los signos mismos. De allí la importancia de la semiótica como ejercicio de la sospecha, de la inferencia, de la indagación más allá de lo evidente.

Si se me permite plantearlo de otro modo, vivimos presos entre redes o tejidos de signos. Debido a tal maraña de significaciones, es muy habitual el no saber entender o no poder interpretar el “justo” valor de una relación sígnica. O es la palabra que consideramos ofensiva cuando apenas era una broma; o es el vestuario que, tratando ser original, se convierte en un signo de consumo masivo. O es el roce accidental que leemos como caricia amorosa; o es el gesto tímido que entendemos como hostilidad. Entre tal barullo de signos, no siempre tenemos la certera puntería para identificarlos o el suficiente tacto para palpar su intensidad. Quizá, en esa falta de “precisión” sobre la significación, en la ausencia de ese “espíritu de fineza” que reclamaba Pascal, radique el potencial o la necesidad de estudiar semiótica.

No quisiera, sin embargo, cerrar estas ideas alrededor de la semiótica general como “teoría de la mentira” con un sabor de pesimismo o escepticismo a ultranza. Si hay algo que ha caracterizado al hombre es su deseo por salir del engaño, de la ilusión. Por aceptar su entorno y aceptarse. En tal propósito, veo una ética que al menos debería servirnos como brújula en este viaje por la cultura: el de procurar no engañarnos, el de no mentirnos a nosotros mismos, el de mantener la suficiente justicia sobre nuestra conciencia. Y manteniendo tal “cordura interior”, lo otro, el no mentir a los demás, el no engañar a nuestros semejantes, parece apenas un deber elemental. Sin embargo, por trabajar con signos, por trasegar con esa dinamita especial de la significación, no podemos asumir la posición del cándido o el crédulo. Aunque promulguemos una ética, aunque mantengamos izada la bandera de lo verídico, siempre tendremos que habérnoslas con “malhechores y malandrines”, como diría Don Quijote.

Vale la pena recordarlo: en los mismos signos que constituyen la tela de Penélope se hallan inscritos los hechizos de Circe.

(De mi libro La cultura como texto. Lectura, semiótica y educación, Javegraf, Bogotá, 2002, pp. 39-41).